miércoles, 26 de agosto de 2009

EL MANTRA KEYNESIANO

En España funcionan dos tipos de mantras. En primer lugar existe el mantra básico, que es el que se encuentra habitualmente en el blog de Pajín y en los sermones de Fernández de la Vega. El triunfador de la pasada legislatura fue el de la “crispación”, que no ha conseguido ser igualado por el, no obstante exitoso, que establece el deber genérico de la oposición de “arrimar el hombro” (con su variante “tirar del carro”) Luego hay un segundo nivel de mantras que está dedicado a un público algo más sofisticado pero no mucho, y entre estos el más potente actualmente es el del “keynesianismo”. Ahora, si se fijan, la progresía se declara fervientemente “keynesiana”. Hay que decir que, cuando Keynes vivía, la izquierda no era en absoluto keynesiana, pues ni siquiera creía en el mercado y prefería que fuera el poder político (de izquierdas) el que planificase la economía. En este sentido, algo hemos avanzado (aunque es bien sabido que la progresía, como centro del universo, no se mueve, sino que es el resto el que debe ajustar su posición relativa con respecto a él)

El actual mantra del “keynesianismo” surge de la doble necesidad de 1) echar la culpa de la crisis a la derecha y 2) aumentar los impuestos. La primera se soluciona estableciendo una distinción entre “ultraliberales”, que son los que quieren eludir toda intervención política para forrarse y devastar el planeta, y “keynesianos”, que son los políticos paternales que desean intervenir para preservar el bien del pueblo. En cuanto a la segunda necesidad, el aumento de los impuestos, deriva de 2-1) el desastre económico y 1-2) la necesidad de que la casta política continúe manejando dinero en abundancia, pues es lo que constituye la base de su poder (y que resulta tanto más acuciante en un país fragmentado como España, donde también hay que atender a las castas locales), y se justifica apelando al intervencionismo público al que Keynes era favorable.

En resumen, el “keynesianismo” al que se ha aficionado la progresía reclama, en realidad, mayor poder para los políticos, una petición que las actuales evidencias empíricas convierten en extraordinariamente alarmante.

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