miércoles, 28 de enero de 2015

THOMAS MÜNTZER

Ha llegado la hora de los segadores, por más que grite la cizaña que falta mucho para la siega.

Aunque más tarde sus admiradores le fabricaran una biografía más apropiada, Thomas Müntzer no nace en la pobreza, sino en una relativa prosperidad. Tampoco es cierto que su padre muriera ahorcado por un despótico señor feudal: lo hizo tranquilamente en su cama a una edad avanzada. De los pecados de la avaricia y la lujuria, considerados los principales responsables de la corrupción del mundo, Müntzer se muestra bastante inmune al primero. Sin embargo según Melancthon (y tras sus palabras parece ocultarse cierta envidia) cada vez que pronunciaba un sermón se acostaba con la más bella de las asistentes. Nada que objetar.


Ha nacido en Sajonia en 1488, y hasta los treinta años ha sido un estudioso inagotable. Domina el griego y hebreo, y se ha sumergido en los textos de San Eusebio, San Jerónimo y San Agustín. También ha frecuentado a Johannes Tauler y a los místicos alemanes, y ha dedicado especial atención al abad calabrés Joaquín de Fiore (1135-1202). Precursor del historicismo, a partir de la lectura de las Escrituras cree poder profetizar la evolución de la humanidad, y vaticina que ésta tiene lugar en tres etapas. La primera fue la Edad del Padre, que comenzó con la creación y término en el nacimiento de Cristo. La segunda, la actual, es la Edad del Hijo. La tercera, la Edad del Espíritu Santo, comenzará con la segunda venida de Cristo, durará mil años, y comparada con las anteriores será la como la luz del sol frente a la de las estrellas, o el verano frente al invierno [1]. Será una edad dorada de amor, donde todos vivirán como hermanos sin conflictos ni privaciones.

Entretanto una potente corriente actúa en Alemania. En 1517 Martín Lutero ha clavado en la iglesia de Wittenberg sus 95 tesis en contra de la venta de indulgencias; en 1519 cuestiona la supremacía del Papa en la interpretación de las escrituras; en 1520 es excomulgado por publicar los tres tratados que lanzarán la reforma. Müntzer se apunta inicialmente a la ola luterana. Pronto la abandonará.

En 1520 accede a un puesto de sacerdote en Zwickau, convertido desde mediados del siglo XV en un importante centro industrial y minero, cuyos crónicos excedentes de mano de obra son una fuente inagotable de desarraigados. La iglesia en la que predica Müntzer es frecuentada por el gremio de tejedores, que tiene allí su cofradía. Uno de ellos, Niklas Storch, lo introduce en las doctrinas taboritas. Storch le cuenta que en ese preciso momento Dios se está comunicando directamente con los Elegidos, es decir, con él mismo y sus seguidores. Esto está ocurriendo porque el Milenio estaba al caer. La toma de Constantinopla por los turcos fue la primera señal; ahora el Anticristo gobierna el mundo, y es el turno de los Elegidos de alzarse y limpiar el mundo de corruptos para preparar la segunda venida de Cristo que inaugurará el milenio. El programa atrae irresistiblemente a Müntzer, que abandona a Lutero y comienza a predicar el Apocalipsis y los episodios más truculentos del Antiguo Testamento, como el degollamiento de los sacerdotes de Baal por Elías, o el asesinato de los hijos de Ahab por Jehu. También se dedica a despotricar contra el más famoso predicador de Zwickau, un discípulo de Lutero. Pronto consigue sembrar la cizaña y dividir a la ciudad en dos facciones irreconciliables entre sí, y en abril de 1521, viendo que el conflicto es inminente, los regidores de Zwickau deciden expulsar al turbulento predicador, que emigra a Bohemia con la esperanza de encontrar taboritas.


En Praga Müntzer redacta un manifiesto anunciando la fundación de una nueva iglesia compuesta únicamente por los Elegidos, que tendrán comunicación directa con Dios. Ellos serán los encargados de poner orden en el mundo antes de la llegada de Cristo:

”Es tiempo de cosecha, así que el mismo Dios me ha encargado que la haga. He afilado mi guadaña, porque mi pensamiento está centrado en la verdad, y mis labios, manos, piel, pelo cuerpo y alma maldicen a los descreídos”. ”El Dios vivo ha afilado su guadaña en mí, para que yo pueda cortar las amapolas rojas y los azules acianos”.

A partir de ese momento empieza a firmar como “mensajero de Cristo”. En 1523 se encuentra predicando en la pequeña ciudad de Allstedt, donde parece haber sentado la cabeza. Se casa con Ottilie von Gersen, monja exclaustrada, crea la primera liturgia en alemán y traduce himnos latinos a este idioma. Su reputación como predicador atrae a los artesanos locales, a los campesinos de los alrededores, y a los trabajadores de las minas de cobre. La mayor parte de ellas pertenece al conde de Mansfeld, que prohibirá a los mineros acudir ante el agitador. Pronto vuelve Müntzer a las andadas y organiza con sus adeptos la Liga de los Elegidos. En lugar de sacar las conclusiones necesarias, se enorgullece de que sus seguidores sean gente ignorante y sin formación, y afirma que la iluminación espiritual sustituye en ellos al estudio y la argumentación.

Pronto Müntzer tiene conflictos con las autoridades locales, y atrae la atención de Federico, Elector de Sajonia, y de su hermano el conde Juan. Este último, intrigado por los sermones de Müntzer, acude a Allstedt y le ordena que le predique personalmente. En lugar de edulcorar su discurso, Müntzer intenta captarlo para la causa milenarista. Le explica que el mundo está ahora gobernado por el Demonio, y que el clero y los gobernantes no son sino sus servidores. Es tarea de la Liga de los Elegidos destruirlos para que Cristo encuentre un mundo más aseado:

“En tiempo de cosecha uno debe arrancar los hierbajos [2] de la viña del Señor (…) Pero los ángeles que están afilando sus hoces para la tarea no son otros que los fervorosos sirvientes de Dios (…) Porque los impíos no tienen derecho a vivir, sino en la medida en que los Elegidos quieran concedérselo.

Y es el momento de que los duques de Sajonia escojan si van a estar del lado de Dios o del diablo. Müntzer entiende, no obstante, que los duques, a diferencia de los Elegidos, no reciben instrucciones directas de Dios. Por eso es necesario que cuenten con un guía, alguien que, como él mismo (por ejemplo), haya alcanzado el estado de gracia por su sacrificio y abnegación.

¿Cómo será el Milenio? ¿Cómo será la Edad Dorada que comenzará tras la segunda venida de Cristo? Lo cierto es que en sus prédicas Müntzer le dedica mucha menos atención que a los sangrientos preparativos necesarios para su acaecimiento. En cualquier caso se tratará de recobrar ese paraíso igualitario que alguna vez fue, en el que todos compartían todo y disfrutaban del mismo rango.


Müntzer queda convencido de haberse ganado al Elector y a su hermano, y por eso les pide ayuda cuando, unos días más tarde, el conde de Mansfeld persigue a algunos de sus seguidores. Por su parte Lutero les escribe la Carta a los príncipes de Sajonia en la que les explica lo peligroso que resulta el “energúmeno Müntzer”. Como resultado el energúmeno es convocado a Weimar para dar explicaciones.

Decepcionado Müntzer emite un panfleto llamado Desenmascaramiento explícito de las falsas creencias del mundo descreído, según el evangelio de Lucas, expuesto ante la desdichada y miserable Cristiandad para que reconozca su desvarío. Thomas Müntzer con su martillo. Explica que los poderosos no van a tener ningún papel relevante en la preparación del Milenio (salvo el de ser eliminados) porque “se han pasado toda su vida comiendo y bebiendo como glotones”. Amparados por escribas como Lutero ”los grandes hacen todo lo que está en su mano para impedir que las personas humildes accedan a la verdad”. Esto lo han conseguido manteniéndolos en la ignorancia, porque los tienen tan abrumados con tributos que no les dejan tiempo libre para estudiar y seguir la ley de Dios. Ahora serán estos pobres ignorantes los Elegidos, los encargados de llevar a cabo los preparativos para el Milenio igualitario. Tras la siega de los poderosos, los pobres emergerán como una nueva iglesia.

Anticipando en unos siglos la formulación del materialismo histórico, Müntzer defiende que en manos de los poderosos la Ley de Dios se convierte sencillamente en un mecanismo para proteger la propiedad que ellos mismos han robado previamente. Estos ladrones, dice, usan la ley para prohibir a otros que les roben:

”Ellos difunden los mandamientos de Dios entre los pobres y les dicen: Dios ordena que no debéis robar. Ellos oprimen a todos, y esquilan al labrador y a todo aquel que vive. Sin embargo si éste comete la más mínima ofensa se le cuelga”.

Una vez más Müntzer defiende el derecho y el deber de los Elegidos, que se encontrarán entre el pueblo llano, para alzar la espada que aniquilará a los impíos, incluyendo, ahora sí, a los gobernantes sajones que, por cierto, se muestran francamente tolerantes. A continuación dedica un texto a Lutero, Apología sumamente justificada y respuesta a la carne sin espíritu que se solaza en Wittemberg y que de manera notoria, robando las Sagradas Escrituras, ha mancillado muy deplorablemente a la lastimosa Cristiandad, en el que le asigna los títulos de Bestia del Apocalipsis y Puta de Babilonia, que por entonces cambiaban con bastante frecuencia de mano.


Sin esperar la reacción de los príncipes Müntzer abandona Allstedt y se refugia en Mühlhausen. La elección es buena para sus experimentos: casi la mitad de su población, una proporción mucho mayor que cualquier otra ciudad alemana, se encuentra en extrema pobreza. Rápidamente reúne una colección de adeptos, y patrulla con ellos las calles enarbolando un crucifijo rojo y una espada desenvainada. También entra en contacto con otro agitador, un antiguo monje llamado Heinrich Pfeiffer. Allí se encuentran ambos en el momento en que se desencadenan las Guerras Campesinas.

Imposible resumir aquí las causas de conflicto. Los príncipes y landgraves, la baja nobleza, el clero, los patricios de las ciudades, los burgueses: las piezas de la sociedad se están moviendo, y con cada movimiento contribuyen a agravar la situación de los campesinos. Lo cierto es que las reivindicaciones de éstos, plasmadas en el manifiesto de los Doce Artículos, se refieren a mejoras concretas muy alejadas de las fantasías milenaristas. Pero en las tierras del Elector los campesinos acabarán buscando a Müntzer como líder. Él no se perdería algo así.

En abril de 1525 Müntzer cuelga en su iglesia de Mühlhausen un estandarte blanco con un arco íris, símbolo de su pacto con Dios. En el curso de ese mes él y Pfeiffer participan en una serie de expediciones que concluyen con el saqueo de cierto número de conventos y monasterios, pero esto queda muy lejos del baño de sangre con el que sueña. Él continúa lanzando sus sermones incendiarios: ”A por ellos, a por ellos mientras el fuego está aún caliente. No dejéis que se enfríen vuestras espadas. No dejéis que se enmohezcan. Descargad el martillo sobre Nemrod” [3].

Por si faltaba alguien en Mühlhausen, aparece también Niklas Storch, su antiguo maestro, que rodeado de doce apóstoles afirma que Dios le ha prometido que en cuatro años habrá destruido a los poderosos, se habrá convertido en gobernante del mundo, y estará distribuyendo reinos entre los Elegidos: en este punto el influjo de la fantasía igualitaria parece haberse desvanecido notablemente.

Entretanto una partida de campesinos ha asaltado el castillo de Weinsberg y ha masacrado a sus ocupantes. Lutero emite un documento llamado Contra las bandas criminales y ladronas de campesinos que galvaniza a los gobernantes más dubitativos en contra de la revuelta. En ese momento el Elector Federico, que no había mostrado la menor intención de marchar contra los campesinos, muere. Su hermano pide ayuda al landgrave Felipe de Hesse, que inmediatamente reúne un ejército y marcha a Mühlhausen, considerada la cuna de la rebelión sajona.


Cerca de allí, en Falkenhausen, se congregan unos 8.000 campesinos. Pfeiffer decide prudentemente no acudir, pero Müntzer marcha con 300 de los suyos. El número no es casual: con una fuerza igual Gedeón arrolló a los madianitas.

Müntzer llega a Falkenhausen el 11 de mayo de 1525 e inmediatamente imparte instrucciones: todos los campesinos de los alrededores deben reunirse con ellos o serán obligados por la fuerza. Además dirige una misiva poco diplomática a su acérrimo enemigo el conde de Mansfeld:

“Dime, andrajoso saco de gusanos, ¿quién te hizo príncipe sobre aquellos a los que Cristo redimió con su sangre?”

Mansfeld se reservará la respuesta para más adelante. El ejército de Felipe de Hesse es inferior en número, pero tiene artillería y caballería. También los campesinos tienen algunos cañones pero son inservibles: un suizo encargado de comprar pólvora se ha largado con el dinero. La batalla sólo puede tener un desenlace, pero el landgrave hace una oferta: los campesinos salvarán sus vidas si se rinden incondicionalmente y entregan a Müntzer. Éste se sube entonces a un improvisado púlpito y exhorta a sus fieles. Nada deben temer: Dios le ha prometido la victoria, y, añade en tono desafiante, si les disparan él mismo atrapará los proyectiles y los irá guardando en las mangas. En ese momento aparece un arco iris, que los delirantes fieles interpretan como una señal divina. Comienzan a cantar ”ven Espíritu Santo”, un preparativo que se revela insuficiente cuando el de Hesse lanza su primera andanada, que los pone en desbandada. La caballería consuma la carnicería. Müntzer consigue huir del campo de batalla, pero es posteriormente encontrado por un lansquenete en un sótano de una población vecina. Es entregado al conde de Mansfeld, que tras torturarlo salvajemente lo decapita junto a Pfeiffer.

La muerte de Müntzer no acabará con su influencia. A corto plazo estimulará los nuevos brotes milenaristas protagonizados por los anabaptistas. Y tres siglos y medio más tarde Engels lo considerará un precursor y un héroe en la historia de la lucha de clases, planteamiento que será recogido por los historiadores marxistas. Como dice Norman Cohn ” Müntzer era un profeta obsesionado con fantasías milenaristas que intentó trasladar a la realidad explotando el descontento social. Es posible, por tanto, que haya sido una acertada intuición lo que ha llevado a los marxistas a considerarlo uno de los suyos”.

Notas
[1] En un capítulo de El gen egoísta Richard Dawkins propone el concepto de “meme” como idea o unidad cultural con capacidad de reproducción en las sociedades. Del mismo modo que los genes que mejor se adaptan al medio proliferan en el acervo génico, así los memes que mejor se adaptan al entorno psicológico y emocional proliferan en el acervo cultural. Dawkins propone como ejemplo de meme exitoso la inmortalidad del alma. Otro podría ser la teoría de las tres edades de Joaquín de Fiore, que será recogido por el positivista Augusto Comte (para él las edades de la humanidad serán la teológica, la metafísica y la científica), y por Marx (con su división en feudalismo, capitalismo y comunismo). Más curioso aún: los nazis, que se presentaban como el Tercer Reich, afirmaban que su reino estaba destinado a durar, precisamente, mil años, otro exitoso meme apocalíptico.

[2] La parábola del jardinero y el jardín ordenado es otro exitoso “meme” que los nacionalistas emplearán implícitamente a mansalva al reclamar que cada parterre (los estados) del jardín (el mundo) estén ocupados por personas que hablen la misma lengua y tengan una cultura uniforme. Para ello, claro, hay que usar previamente la guadaña.

[3] En ambientes milenaristas se consideraba a Nemrod, no sólo el constructor de la Torre de Babel, sino también el creador de la propiedad privada, de las diferencias de rango, y en suma el destructor del estado natural igualitario.

Bibliografía básica:
- Norman Cohn: En pos del milenio.
- Ernst Bloch: Thomas Müntzer, teólogo de la revolución. Este libro es muy interesante porque presenta la historia de Müntzer a través de unas gafas marxistas, con sus proletarios, sus pequeñoburgueses y sus conciencias de clase. Bloch presenta a Müntzer y sus Elegidos como proto-bolcheviques, y define así al profeta: ”Müntzer se manifiesta en lo esencial como comunista con conciencia de clase, revolucionario y milenarista”. De forma simétrica, es posible que esta definición pueda ser aplicada a los modernos profetas a partir del siglo XIX. Una pequeña maldad. Según el traductor del libro de Bloch Müntzer quiere decir “acuñador de moneda”, es decir… ¡Monedero!

Imágenes: 1) Müntzer; 2) Lutero; 3) Federico III, Príncipe Elector de Sajonia, por Lucas Cranach; 4) Los Doce Artículos reivindicados por los campesinos; 5) El landgrave Felipe de Hesse.

sábado, 24 de enero de 2015

LOS TABORITAS

En 1411 el Papa Juan XXIII (más tarde antipapa) emitió dos bulas en las que anunciaba una cruzada contra el reino de Nápoles, la excomunión de su rey Ladislao, y el suministro de indulgencias para todos aquellos que proporcionaran fondos para la causa. Cuando los emisarios papales llegaron a Praga Jan Hus, sacerdote y rector de la universidad, se opuso frontalmente. Hus era conocido por la elocuencia de sus prédicas en las que acostumbraba a criticar la relajación de las costumbres del clero, un tópico del momento reforzado por la situación del papado, sumido en un poco edificante cisma. Hus, que era seguidor de Wycliff, afirmaba que la voluntad de Dios se expresaba en las escrituras, y que si el Papa difería de ella no se le debía obedecer (lo que abría la puerta a las más sorprendentes interpretaciones de la voluntad de Dios, como veremos). Esta postura no le granjeó grandes simpatías en Roma, y en 1412 fue excomulgado. En 1414 fue convocado ante el Concilio Ecuménico reunido en Constanza, y fue tan imprudente como para ir. Aparentemente pensaba convencerlos de la necesidad de profundas reformas en la Iglesia, pero fue arrestado y quemado al no querer retractarse de su posición.


La ejecución de Hus causó una conmoción en Bohemia, porque diversos ingredientes contribuían para formar un coctel explosivo. Los más importantes irán siendo descritos a lo largo de estas líneas, pero adelantemos que muchos de los integrantes del alto clero bohemio no sólo eran muy ricos, sino también de ascendencia y cultura alemana, descendientes de las grandes inmigraciones del siglo XIII, lo que provocaba el resentimiento de los eslavos. A esto se unía que la nobleza estaba interesada en contar en el clero con personas afines a las que poder controlar. Entre 1415 y 1418, con la aquiescencia del rey Wenceslao IV, la jerarquía de la iglesia, predominantemente alemana y afín a Roma, fue gradualmente sustituida por bohemios cercanos a las tesis husitas y mucho más receptivos a las indicaciones seculares.

Dentro de las cuestiones procedimentales la nueva jerarquía husita estableció la regla utraquista [1], que defendía que en la comunión todos los fieles, y no sólo los sacerdotes, debían recibir no sólo el pan sino también el vino. Los Evangelios, afirmaban, lo decían claramente: ”el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”. La salvación, por tanto, estaba en juego.

Pero en 1419 el rey Wenceslao, por la presión del Papa Martin V y del Emperador Segismundo, que además era su hermano, dio un viraje completo a la reforma iniciada. En julio, cuando Wenceslao pretendió sustituir a los recién nombrados miembros husitas del consejo de la Ciudad Nueva de Praga, se produjo una revuelta. Husitas enfurecidos irrumpieron en el ayuntamiento y arrojaron al nuevo alcalde, al juez, y a cinco miembros más del Consejo por la ventana, inaugurando así una tradición estrictamente praguense de resolución de conflictos [2]. Al enterarse Wenceslao sufrió una apoplejía y murió.



Entre los miembros de la insurrección de Praga había muchos representantes de los gremios, potentes pero desprovistos de influencia política en la administración municipal. Pero la base del movimiento, la carne de cañón, la formaban los segmentos más bajos de la población, incluyendo trabajadores no cualificados, mendigos, prostitutas y criminales. Praga tenía una gran cantidad de pobres, afluidos desde al campo a lo largo de los 30 años precedentes. El radicalismo también encontró combustible en el campo. Comparándola con la del resto de Europa, hasta comienzos del siglo XV la situación del campesinado bohemio no había sido mala. Gracias a las medidas introducidas por los inmigrantes alemanes del siglo XIII, ampliamente extendidas, los siervos poseían derechos hereditarios sobre los campos que cultivaban e incuso la capacidad de venderlos, lo que les proporcionaba cierta movilidad, pero esta tendencia comenzaba a revertir por la presión de los señores feudales. En el momento de la revolución husita el campesinado era plenamente consciente de lo precario de su situación.

Enfrentados con la nueva política de Wenceslao, clérigos radicales comenzaron a organizar congregaciones en lo alto de colinas del sur de Bohemia, donde adoptaban la comunión utraquista y la costumbre de despotricar contra Roma, los ricos y en general contra todos los que no pertenecían a su secta. Su organización se basaba en la tenencia de los bienes en común y el amor fraternal, que reservaban exclusivamente para los de dentro de la congregación. El más importante de estos asentamientos estaba cerca del rio Lužnice, y fue llamado Monte Tabor. Ellos mismos se llamaron taboritas, y el nombre se extendió a otras congregaciones. A partir de ese momento el movimiento husita se escindió en una versión conservadora, los utraquistas, y una radical, los taboritas.


Al igual que había hecho Hus, los taboritas defendían el derecho absoluto a interpretar las escrituras sin necesidad de un intérprete romano. Pero también tenían un fuerte componente milenarista [3]. El milenarismo estaba presente en Bohemia desde 1390, gracias a las enseñanzas de Jan Milic y Mateo de Janov. Este último identificaba al Anticristo con la corrupción de la Iglesia [4]. Desde luego el triunfo final de Cristo estaba asegurado, pero los buenos cristianos debían preparar el segundo advenimiento, y un aspecto esencial era la comunión diaria, que debía ser considerada el alimento espiritual de los fieles, y por tanto a repartir con la mayor frecuencia posible. El componente milenarista se había reforzado con la secta de los Picardos [4], que habían llegado a Praga en 1418, y que defendían que el Anticristo era el propio Papa y que la iglesia era la ramera de Babilonia.

Pero junto con el milenarismo, las características esenciales de los taboritas, que se alimentaban mutuamente, eran la creencia en un edén igualitarista y el odio. Desde tiempo atrás circulaba la creencia en una época dorada en Bohemia, en la que no había existido la propiedad privada y todos disfrutaban en común de los bienes, que fue destruida por la codicia de unos cuantos:

“Como los rayos del sol, o las gotas de lluvia, así los pastos y los campos arados, incluso los mismos matrimonios, estaban en común (…) Nadie sabía decir “mío”, sino que, como en la vida monástica, llamaban a todo lo que tenían “nuestro”. No había cerraduras en sus chozas, no cerraban sus puertas a los necesitados porque no había ladrones ni pobres (…). Pero ¡ay! cambiaron la prosperidad por su contrario, y la propiedad comunal por la propiedad privada (…) porque la pasión por poseer arde en ellos más fieramente que los fuegos del Etna”. [5]

Como es natural los ricos, los avariciosos que habían destruido este paraíso igualitario, merecían todo el odio de los taboritas. Y el milenio consistiría en el restablecimiento de la perdida sociedad comunista, en la que la propiedad privada sería de nuevo abolida, así como las rentas, los tributos e incluso el trabajo. La nobleza bohemia, tanto la católica como la husita, rápidamente se puso de acuerdo en acabar con los taboritas, y pactaron una tregua con el emperador Segismundo, católico y aspirante a la sucesión al trono bohemio.


Mientras tanto el milenarismo de los taboritas entró en una nueva etapa. Un grupo de sacerdotes radicales encabezados por Martin Huska (llamado Loquis por su elocuencia) no sólo afirmaba que el milenio era inminente, sino que aventuró una fecha cercana: entre el 10 y el 14 de febrero de 1420 todos los pueblos y ciudades serían destruidos por el fuego como Sodoma, y la ira de Dios caería inexorable sobre todos aquellos que no acudieran inmediatamente a alguna de las congregaciones taboritas. Multitudes de personas en distintos niveles de desarraigo acudieron a la llamada, vendieron sus pertenencias y entregaron el dinero correspondiente a los profetas taboritas. Mientras tanto éstos, no contentos con esperar a la ira de Dios, llamaron a los fieles para que emprendieran la destrucción por sí mismos.

Jan Capek, un graduado de la universidad de Praga, escribió un tratado, del que se decía que estaba “tan lleno de sangre como de agua una charca”, en el que demostraba con la ayuda de los evangelios que era el deber inexcusable de los buenos cristianos asesinar en nombre del Señor. Otros predicadores recogieron el argumento y aportaron los suyos propios para animar a los fieles a la masacre:

“Maldito aquél que no aporta su espada para derramar la sangre de los enemigos de Cristo. Todo creyente debe lavar su manos en esa sangre”.


Y los propios clérigos se apuntaron alegremente a la matanza porque “todo sacerdote debe legítimamente perseguir, herir y matar pecadores”. “Los justos (..) ahora se regocijarán buscando venganza y lavando sus manos en la sangre de todos los pecadores”. De hecho todos aquellos que no contribuyeran a exterminar pecadores pasarían a ser considerados sospechosos de integrar las huestes del Anticristo, disponibles a su vez para la aniquilación.

Los receptores privilegiados de la ira taborita eran los ricos urbanos: mercaderes, alemanes, y propietarios de tierras. Pero pronto fueron incluidos todos aquellos que se interpusieran en su camino, pues desde su punto de vista todos sus adversarios eran pecadores que debían ser exterminados. En ese momento Praga era considerada Babilonia, escenario de la lujuria y la avaricia y hogar del Anticristo.

A pesar de las profecías apocalípticas de Martin Huska, febrero de 1420 transcurrió sin acontecimientos sobrenaturales relevantes. Sin desanimarse por ello los taboritas del monte Tabor capturaron la ciudad de Usti y la rebautizaron como Tabor. En marzo el caudillo Jan Žižka trasladó allí su cuartel general. Entretanto finalizó la tregua entre los husitas y el emperador Segismundo, con un ejército católico de composición internacional pero predominantemente alemán y húngaro, invadió Bohemia.

Mientras tanto la Edad de Oro comunista se resistía a llegar, entre otras cosas porque, preocupados por el disfrute común de los bienes, los taboritas se desentendían del trabajo y la producción. Cuando el oro que los fieles habían aportado fue agotándose en sus arcas, los taboritas declararon que, como elegidos, estaban autorizados para despojar de sus bienes a las huestes del Anticristo (para simplificar, todos aquellos que no fueran taboritas). Como denunciaba un utraquista “muchas comunidades (taboritas) jamás piensan en ganar su sustento mediante su trabajo, y únicamente desean vivir de las propiedades de los otros y en organizar campañas con el único propósito de robarles”.


A partir de 1420 los taboritas exigieron tributos a los campesinos dentro de su área de influencia, que fueron gradualmente incrementándose de modo que pronto los siervos se vieron mucho más agobiados fiscalmente que antes del advenimiento del paraíso igualitario. Mientras tanto el ejército taborita de Žižka colaboraba con los utraquistas en la defensa de Praga contra el ejército invasor. La guerra tampoco contribuyó al desarrollo del igualitarismo: Žižka reservaba los puestos de mando a los que, como él, provenían de la baja nobleza y poseían por ello conocimientos militares. Tampoco ayudó el que los artesanos taboritas comenzaran a organizarse en gremios.

Sin embargo los más radicales de los taboritas permanecían inmunes a la realidad. El inagotable Martin Huska desarrolló una liturgia que negaba la transustanciación, rompiendo así con una de las creencias básicas de los taboritas y uno de los motivos originales de fricción de los husitas con la jerarquía romana. Además una nueva secta nació en el seno de los taboritas, los adanitas, que pensaban que Dios habitaba en los elegidos de los días previos al milenio, es decir, en ellos mismos, y eso los hacía superiores al propio Cristo, que a fin de cuentas había sido meramente un hombre. Para enfatizar su pureza solían andar completamente desnudos, algo meritorio cuando se vive por encima del paralelo 45º. Su líder se llamaba indistintamente Adán y Moisés, y entre ellos había una mujer que afirmaba ser la virgen María. Practicaban el amor libre, si bien todo coito debía ser previamente bendecido por Adán-Moisés. También ellos eran adictos a la violencia, pues se consideraban ángeles vengadores encargados de limpiar el mundo del mal. Para ello, afirmaban, la sangre debía inundar el mundo hasta la altura de la cabeza de un caballo. Y a pesar de su escaso número hicieron lo posible para conseguirlo. Organizaban expediciones dedicadas al robo, quemando a continuación las villas escogidas con todos los hombres, mujeres y niños que tenían la desgracia de encontrarse en su camino.

Žižka tuvo que interrumpir sus campañas contra los invasores para tratar con los adanitas. En abril capturó a 75 de ellos y los quemó como herejes, pero ellos continuaron sus andanzas. Žižka organizó entonces un ejército. Adán-Moisés se mantuvo imperturbable, y aseguró a sus adeptos que si permanecían a su lado serían invulnerables. La mayoría lo creyeron, porque la realidad había dejado de ser un factor relevante para ellos. En octubre de 1420 fueron exterminados todos salvo Adán-Moises, que tras ser interrogado fue reducido a cenizas.

En su versión menos igualitaria, los taboritas se mantuvieron hasta 1434, momento en que fueron derrotados en Lipany por la Liga Bohemia, una alianza de utraquistas y católicos. Su influencia, sin embargo se haría sentir por Europa, especialmente en Alemania.


Notas
[1] La comunión debía darse ”sub utraque specie”, es decir, "en ambas especies". Los defensores del utraquismo se basaban en la literalidad de Juan 6:54: ”El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”.
[2] Ésta fue la primera de una serie de defenestraciones en Praga, siendo la más famosa la de 1618, desencadenante de la guerra de los Treinta Años.
[3] Una breve introducción sobre el milenarismo aquí.
[4] El nombre Picardos parece derivar, o bien de su procedencia de la región de Picardía, o bien de ser begardos.
[5] Cosme de Praga (1045-1125) Estas fantasías fueron posteriormente recogidas en la llamada Cronica de Dalimil, de comienzos del siglo XIV.

Imágenes: 1) Ejecución de Jan Hus; 2) Primera defenestración de Praga; 3) Predicador taborita, por K. F. Lessing; 4) El apocalipsis, por Durero; 5) Taboritas masacrando a sus vecinos. 5) Más taboritas. 6) Carro de combate desarrollado por Žižka. Cuando eran atacados se ponían en círculo y se unían con cadenas, una técnica que siglos más tarde se adoptaría en el far west.

Bibliografía básica. Norman Cohn: En pos del milenio; Joseph Williams: Hussites, a short history; The hussite wars, Osprey Publishing.