martes, 2 de mayo de 2017

LA MENTE CAUTIVA

«En mi país la adhesión obligatoria y sin reservas de los escritores y los artistas al “realismo socialista” fue bastante tardía, en los años 1949-1950. Esto equivalía a exigir de ellos una ortodoxia filosófica al cien por cien. Con asombro me percaté de que no estaba capacitado para hacerlo (…) Una oposición emocional decidió que la rechazara. Pero precisamente gracias al hecho de que durante mucho tiempo sopesé los argumentos a favor y en contra puedo ahora escribir este libro. Es a la vez un intento de descripción, como un diálogo con los que se declararon a favor del estalinismo, y asimismo un diálogo conmigo mismo. Hay, pues, en él tanto de observación como de introspección».

Así habla Czeslaw Milosz (1911-2004), y continúa:

«Intento mostrar en él cómo funciona el pensamiento humano en las democracias populares (…) ¿Cómo se puede vivir y pensar en los países estalinistas?, se preguntan muchos hoy en día. En otras palabras, tenemos aquí una ocasión para analizar cómo el ser humano se adapta a circunstancias increíbles».


Para explicar este sutil juego de graduales claudicaciones y ajustes de disonancia que desembocan en la venta del alma Milosz emplea una método poco convencional: comienza hablando de Murti-Bing y el Ketman.

En 1927 Stanisław Witkiewicz escribió Insaciabilidad, una distopía sobre la conquista de Polonia por un imperio chino-mongol creado sobre las bases de la revolución bolchevique. El éxito de este imperio derivaba de las pastillas del filósofo Murti-Bing, que proporcionaban al que las ingería una nueva visión del mundo y le permitían alcanzar la serenidad. Pues bien, este relato de ficción se materializó con admirable precisión en un par de décadas:

«En el año 1945 los países de Europa del Este quedaron subyugados por la Nueva Fe que provenía del Este. En los círculos intelectuales de Varsovia se había convertido en una moda comparar el comunismo con el primer cristianismo (…) Mi actitud con la nueva religión laica, y especialmente con el Método en el que aquella se basaba (el Método Diamat, o materialismo dialéctico, pero no en la concepción de Marx y Engels, sino en la concepción de Lenin y Stalin), era de desconfianza. Pero esto no significa que no experimentara en mí mismo, igual que otros, su potente influencia».

Porque las pastillas de Murti-Bing son la dialéctica y el materialismo histórico [1], cuya capacidad para anegar el pensamiento es difícil de comprender cabalmente en la actualidad. Convertido el Partido en la encarnación de la Historia, cualquiera de sus actuaciones resultaba justificada, especialmente una vez que la dialéctica había sustituido a la antigua lógica. El convencimiento en la cientificidad del Método era tan esencial como la creencia en los dogmas de una religión. Esto proporcionaba a la nueva religión del comunismo una fuerza imparable:

«El programa totalitario de la derecha era un medio sumamente miserable. Tan sólo podía colmar una serie de satisfacciones que se reducían a un calor colectivo: la multitud, las bocas abiertas para el grito, caras rojas, marchas, los brazos alzados con bastones. Era aún peor cuando se procuraba una justificación racional. Ni el culto de la Raza, ni el odio hacia las personas de otro origen, ni el embellecimiento exagerado de la tradición de la propia nación eran capaces de eliminar el sentimiento de que todo aquel programa era una improvisación para un uso puntual y que estaba suspendido en el vacío. El murtibinguismo era otra cosa; proporcionaba bases científicas».


El análisis de Milosz es tanto más interesante en cuanto que él cree en las virtudes del marxismo [1], y atribuye a Lenin y Stalin la corrupción del Método. En todo caso, puesto que el estalinismo no se conformaba con una mera adhesión exterior, sino que pretendía dominar el pensamiento, era importante ocultar éste y no emitir señales delatoras. Este es el arte del disimulo, del Ketman:

«El lugar donde se actúa no es un escenario, sino la calle, la oficina, la fábrica, la sala de reuniones, e incluso la habitación en la que se vive. Es un arte elevado que exige atención mental. No tan sólo cada palabra que se pronuncia debería ser rápidamente valorada antes de que salga de la boca por las consecuencias que pueda acarrear. Una sonrisa que aparece en un momento inapropiado, una mirada que expresa no lo que debería expresar, pueden ser motivo de sospechas y acusaciones peligrosas. Igualmente, la manera de ser, el tono de voz, la preferencia por unas corbatas y no otras son interpretados como signos de tendencias políticas. Un viaje a Occidente es para un hombre de la Europa del Este un choque enorme, puesto que a la hora de tratar con otros –empezando por un botones o un taxista– no encuentra resistencia alguna, están completamente relajados, les falta aquella concentración interior que se expresa bajando la cabeza o con los ojos que miran de un sitio a otro intranquilamente, dicen lo primero que les viene a la cabeza, ríen a carcajada abierta; ¿es posible que las relaciones interpersonales puedan llegar a ser tan simples?».


Una vez descrito el ecosistema estalinista, Milosz pasa a describir la inmersión en él de cuatro intelectuales a los que llama Alfa, Beta, Gamma y Delta [2]. La persona no iniciada en el Método

«mira con sorpresa los cambios acaecidos en las personas. Observando cómo sus conocidos se van convirtiendo poco a poco en partidarios del sistema intenta explicárselo a su torpe manera con palabras como oportunismo, cobardía, traición. Tiene que tener estas etiquetas, sin ellas se siente perdido. Como su razonamiento se basa en la regla “o-o”, intenta dividir su entorno en “comunistas“ y “no comunistas”, aunque en las democracias populares una distinción como ésta pierde cualquier fundamento: allí donde la dialéctica forma la vida, alguien que quiera aplicar la antigua lógica se tiene que sentir completamente fuera de sus casillas».

Y esto en sí es una muestra del Ketman por parte de Milosz: es obvio que las palabras oportunismo, cobardía o traición son aplicables a todos los casos, y todas ellas juntas en un grado superlativo a Gamma. El Método, a fin de cuentas, proporciona excelentes excusas para claudicar sin deterioro de la propia imagen.

El libro contiene un interés adicional, A través de la historia de los cuatro intelectuales analizados contemplamos la de la propia Polonia: la ocupación, el antisemitismo, el gueto y el levantamiento de Varsovia, Katyn, e incluso Auschwitz, donde Beta fue recluido. El libro de éste This Way for the Gas, Ladies and Gentlemen será sin duda objeto de análisis en otro momento.

The captive mind. 1953, Czesław Miłosz.

Notas:

[1] Personalmente creo que esto es intentar exculpar el huevo que contiene la serpiente. Pueden encontrar algo sobre el materialismo histórico de Marx aquí, y sobre la dialéctica aquí.

[2] Los nombres reales no son familiares para el público español. Alfa es Jerzy Andrzejewski, Beta es Tadeusz Borowski, Gamma es Jerzy Putrament, y Delta es Konstanty Ildefons Gałczyński.

Imágenes: 1) Milosz; 2) Witkiewicz; 3) Stalin.

jueves, 6 de abril de 2017

¿UN DEDO LEGAL?

Publicado en Diario de Mallorca, 05/04/2017

sábado, 25 de marzo de 2017

EL MÉTODO IGLESIAS

El método Iglesias consiste en detectar un problema, señalarlo airadamente, y mostrarlo como prueba irrefutable de la maldad de la sociedad y de todos aquellos que, a diferencia de él, permanecen impasibles ante la perversidad denunciada. Pero ¿no es esto el proceder de todo reformador? No exactamente. El reformador, cuando detecta los problemas, sopesa las alternativas e intenta corregirlos para mejorar la sociedad; Iglesias los señala como prueba de la necesidad imperiosa de destruirla y cambiarla por otra. De las alternativas que ofrece a cambio no suele hablar mucho después del fracaso del modelo bolivariano en Venezuela, y esto en sí ya es una muestra de la radical insinceridad de su indignación: si la opción que defendía ha resultado empeorar notablemente las cosas debería haber dado alguna explicación. Pero es que lo importante es destruir, y luego ya veremos.

El pasado martes Podemos presentó un proyecto de ley sobre suicidio asistido que mostró esa voluntad de buscar fisuras y esa virtud impostada que resultan tan cargantes. Este, como veremos, es un asunto muy complicado, con puntos de vista muy dispares, que afecta afortunadamente a muy pocas personas. Hay otro asunto relacionado sobre el que sí existe un gran consenso: facilitar las cosas a las personas al final de su vida. Y esto sí afecta a muchos que mueren con sufrimiento o sin ser informados de su situación y sus opciones.

Parece lógico empezar afrontando el problema que afecta a más personas y que reúne mayor consenso, pero ese no es el método Iglesias. Si disponen de diez minutos vean por favor la intervención de mi compañero Paco Igea, que demuestra cuál debería ser siempre la función del parlamento.




lunes, 6 de marzo de 2017

PENSADORES REACCIONARIOS


En su imprescindible The reckless mind (Pensadores temerarios) Mark Lilla nos presentaba a intelectuales –Heidegger, Schmitt, Benjamin, Foucault, Derrida, y, de paso, Sartre- obnubilados por dictaduras –respectivamente la Alemania Nazi, la Unión Soviética, la china comunista y la teocracia iraní-: «Pretendía arrojar algo de luz sobre lo que llamo tiranofilia, la atracción narcisista de intelectuales hacia tiranos de los que imaginan que están trasladando sus ideas a la realidad política».

Ahora en The shipwrecked mind (Pensadores del naufragio) nos muestra a pensadores reaccionarios. ¿Cómo los define? Empieza reconociendo que, si bien hay cientos de libros sobre la revolución, «no tenemos similares teorías sobe la reacción, simplemente la autocomplaciente convicción de que se asienta en la ignorancia o en la intransigencia, si no en motivos aún más oscuros».

El origen del término debe situarse en la Ilustración y la Revolución Francesa, y más concretamente en el convencimiento de que, a partir de entonces, la luz de la razón alumbraría el camino de la humanidad a un futuro glorioso. Según este relato el reaccionario, alarmado por la revolución, pretendía revertir ese camino y volver a la oscuridad, y así el término adquirió una connotación moral negativa que lo acompaña hasta ahora.

Además de despojarlo de prejuicios morales es necesario afinar más porque no todos los que manifestaron sus dudas ante la revolución o ante el Terror subsiguiente – Constant, Tocqueville, Burke- pueden ser llamados reaccionarios:

«Reaccionario no equivale a conservador. Esto es lo primero que hay que hay que entender sobre el asunto. Son, a su modo, tan radicales como los revolucionarios, e igualmente dominados por fantasías historicistas. Las expectativas milenaristas de un nuevo orden social y una humanidad rejuvenecida inspiran al revolucionario; temores apocalípticos de entrar en una nueva edad oscura atormentan al reaccionario».


¿Qué es entonces lo que define al reaccionario?

«El revolucionario ve ante sí el radiante futuro, invisible a los demás, y esto lo enardece. El reaccionario, inmune a los espejismos actuales, ve el pasado en todo su esplendor y es a su vez enardecido. Se siente en una posición más fuerte que su adversario porque se cree el guardián de lo que realmente ocurrió, no el profeta de lo que podría ser».

No es así, desde luego: ambos persiguen quimeras, unos hacia el pasado y otros hacia el futuro, y ambos comparten el motor emocional de la ansiedad y la frustración provocadas por el presente. Revolucionarios y reaccionarios son, en suma, dos extremos que se tocan.

Pero que sus pensamientos nazcan de la ansiedad no quiere decir que las racionalizaciones subsiguientes –es decir, sus ideologías- no sean ocasionalmente brillantes. Y Lilla nos guía con maestría por los esfuerzos de Franz Rosenzweig para restablecer el papel del judaísmo y liberar al hombre de la Ilustración y la filosofía, por la ingente obra de Eric Voegelin, por los intentos de Leo Strauss por restaurar simultáneamente Atenas y Jerusalén, o por el pesimismo bastante justificado de Michel Houellebecq sobre el interés de nuestra sociedad hacia la libertad. La lista de Lilla no es exhaustiva: Spengler sólo es mencionado, y se echa inmediatamente de menos a De Maistre y MacIntyre.

Lilla actúa como un sherpa tibetano sin cuya ayuda es francamente complicado acceder a los distintos autores –en el caso del Rosenzweig, la tarea es poco menos que imposible-, lo que haría que nos perdiéramos libros tan interesantes como Natural right and history de Strauss.


Pero posiblemente es Voegelin quien merece mayor atención. En un principio es uno más de los pensadores del desastre, empeñado en desentrañar los mecanismos de la historia y de averiguar cuando se torcieron las cosas. Para ello se dedica a investigar en un amplísimo campo de conocimientos que abarca los símbolos visuales del paleolítico, el zoroastrismo, la filosofía helénica, los manuscritos del mar muerto, el arte polinesio, la cosmología egipcia, la teología medieval, la sicología de la Gestalt y el código de Hammurabi. El primer tomo de su magna obra Orden e Historia aparece en 1956; cuando veinte años más tarde se publica el cuarto sus lectores quedan sorprendidos ante la confesión de que él mismo había caído ante el «monomaníaco deseo de forzar las operaciones del espíritu en la historia en una única línea». La historia, parece reconocer Voegelin, no es una autopista sin salidas, ni un río: en todo caso un manglar con numerosos cauces. Por desgracia la claridad de su exposición se ve enturbiada por una terminología de su invención que incluye alarmantes conceptos como “consciencia metaléptica”, “teofanía pneumática” y “fe metastática”.

En todo caso, aunque sólo fuera por esta honestidad intelectual que le hace enmendar todo su pensamiento anterior, Voegelin merece respeto. Pero además desde su libro Las religiones políticas-, publicado justo antes del Anschluss, Voegelin sostiene una intuición: política y religión son esencialmente iguales. «Cuando Dios se ha hecho invisible detrás del mundo, las cosas del mundo se vuelven nuevos dioses», afirma Voegelin. O, como resume acertadamente Lilla,

«Una vez que esto es entendido la verdadera naturaleza de los movimientos ideológicos de masas del siglo XX –Marxismo, fascismo, nacionalismo- se vuelve evidente: todas ellas son “religiones políticas” completas, con sus profetas, sacerdotes y sacrificios en el templo. Cuando abandonas a dios, es sólo cuestión de tiempo que empieces a adorar a un Führer».

Hay que decir que Voegelin, a diferencia de Rosenzweig, no propone como solución retornar a Dios: se limita a desenmascarar el mecanismo por el cuál las emociones religiosas se canalizan hacia religiones “científicas” tras ser desacreditadas las oficiales por la Ilustración. Pero Voegelin va un paso más allá, y dentro de las religiones disponibles identifica una con la que las ideologías del siglo XX parecen encajar como un guante: el gnosticismo. Si quieren leer algo sobre este interesante asunto pueden consultar aquí y aquí


Imágenes: 1) Pues eso, un naufragio; 2) Leo Strauss; 3) Eric Voegelin; 4) Abraxas, símbolo gnóstico.