martes, 15 de agosto de 2017

MANCHESTER BY THE FACE

(¡Atención spoiler! Aunque me lo agradecerán)


El protagonista es un hombre taciturno, adusto, diríase con cierto retardo. Trabaja de ñapas y ocupa su ocio emborrachándose y buscando bronca. Pero no siempre fue así: el espectador aprende que en algún momento fue un padre jovial y cariñoso con sus tres hijos. Tiene además un hermano de salud débil cuya muerte desencadenará la historia. Pero en sus primeros compases se limita a ser un ejemplo más de cine deprimente, ese género en el que director y espectadores se regodean en situaciones sórdidas que aparentemente pretenden reflejar la realidad cotidiana. Ocurría con cierta frecuencia en España en la Transición, y ahora en México en las películas en las que aparece Gael García Bernal. ¿La historia del oscuro marmolillo es, pues, un reflejo de lo cotidiano? Lo veremos.

El caso es que el hermano que fallece deja un hijo, un adolescente follador cuya tutela encomienda inopinadamente al protagonista. ¿A semejante sieso? Pues sí. El protagonista, dentro de sus límites, simpatiza con el adolescente, parece existir cierta química entre ellos, y eso hace albergar ciertas esperanzas de recuperación y normalización de las cosas. Pero entonces ¿qué ha pasado? ¿Cuál es el episodio que ha dejado tan malparado al protagonista? El director, dispuesto a demostrarnos que no hay que juzgar por las apariencias, que el pasado nos puede ayudar a comprender y ser más benevolentes con comportamientos erráticos, y convencido en definitiva de que vamos a acabar adorando al protagonista, nos lo cuenta. Resulta que el protagonista organiza en su casa una juerga con amigotes, en la que no sólo se emborrachan como topos sino que consumen cantidades homéricas de cocaína. Cuando finalmente la mujer echa a los amigos alborotadores, el protagonista, absolutamente ciego pero incapacitado para dormir por la cocaína, decide encender la chimenea. Decide también que aún no ha bebido lo suficiente, y dado que las cervezas se han acabado marcha a por ellas. A medio camino sospecha que ha olvidado poner la pantalla protectora, la que impide que un tronco salte y prenda fuego a la casa, pero sopesando riesgos con cervezas decide seguir adelante. Cuando finalmente vuelve con las cervezas la casa está en llamas y sus tres hijos calcinados.

Esta asombrosa irresponsabilidad va, obviamente, mucho más allá de simple accidente, pero el director está tan confiado en nuestra simpatía que pretende hacernos creer que la ex mujer del protagonista -la madre de los niños abrasados por la imprudencia-, en lugar de haber contratado a un sicario continúa enamorada del protagonista y pretende volver con él. Antes de finalizar la película, por cierto, el peligroso idiota está a punto de calcinar también a su sobrino tutelado.

Así que esto es lo que hay. Lo único notable es el parecido de Casey Affleck, el protagonista, con Oriol Junqueras si éste último perdiera súbitamente veinte kilos.

Manchester by the sea (2016). Kenneth Lonergan

domingo, 13 de agosto de 2017

SOBRE EL LIBERALISMO

(Transcripción aproximada de la charla del día 20 de julio de 2017 en los Cursos de verano del Real Centro Universitario María Cristina de El Escorial)


El objetivo de esta presentación inicial es ambicioso. En una primera parte pretendo recorrer a marchas forzadas el panteón liberal –aclaro que no será realmente un panteón, porque ni remotamente estarán todos los pensadores-, con el fin de extraer una serie de ideas clave; en la segunda me propongo utilizarlas para definir una serie de ejes donde situar el liberalismo, puesto que el tradicional eje izquierda-derecha es absolutamente insuficiente.

Obviamente el tema del liberalismo es la libertad, pero esto no es decir mucho: ésta es una palabra que ha tenido tanto éxito que ni siquiera los que no tienen el menor interés en la libertad renuncian a ella. Afinando más podríamos decir que el liberalismo enfoca en la persona y no en sus agregados, y esto supone situar en lo más alto de la escala de valores su libertad su autonomía y su responsabilidad. Quizás podría decirse que el liberalismo es un carácter, por cierto no muy habitual. Si es así ha habido liberales desde el comienzo de los tiempos, pero hace al menos cuatro siglos que algunos decidieron desarrollar teorías para proteger la libertad. Lo hicieron construyendo barreras contra sus principales amenazas -veremos en esta presentación que éstas han variado a lo largo del tiempo-. Y los primeros autores tenían muy claro cuál era la amenaza para la persona: el poder ilimitado del gobernante. De modo que lo fundamental era limitarlo contrapesándolo y sobre todo sometiéndolo a la ley. - Libertad es «no estar sometido a la voluble, incierta, desconocida, arbitraria voluntad de otro hombre», dice JOHN LOCKE, y también «donde no hay ley no hay libertad». Puede considerarse que su Segundo Tratado sobre el gobierno y su Ensayo sobre la tolerancia son las primeras piedras del edificio liberal, Locke entiende que el gobierno es necesario pues es la única alternativa a un estado de naturaleza bastante desagradable. Pero por eso mismo sólo es legítimo si cumple unos fines: proteger la vida, la libertad y la propiedad de los gobernados. Es el primero en desarrollar la teoría del contrato social entre gobernantes y gobernados, y también de la separación de poderes que más adelante desarrollará MONTESQUIEU. Traigo a este autor, además, porque tiene sentido del humor –sus Cartas Persas son muy divertidas-. No es imprescindible tener sentido del humor para ser liberal –aunque es recomendable-, pero hay que observar que cuando una persona comienza a disolverse en la masa lo primero que pierde es el sentido del ridículo. Llevamos un tiempo viéndolo en Cataluña.

Sigamos con BENJAMÍN CONSTANT, cuyo ensayo sobre las libertades de los antiguos y los modernos es muy interesante y se lee con gran facilidad. Y con JAMES MADISON, padre de la Constitución norteamericana y cuarto presidente de los Estados Unidos. ¿Por qué es importante todo esto a estas alturas? Porque los mecanismos que el liberalismo desarrolla para proteger la libertad individual son el sometimiento a la ley –el rule of law- y el estado constitucional basado en una ley suprema básicamente estable, creada a partir de grandes consensos, e inmune a los caprichos de una mayoría precaria que pueda brotar en tiempos de agitación. Porque como dirá Kelsen la democracia «sin la autolimitación que representa el principio de legalidad se autodestruye». La primera aportación del liberalismo a la democracia es la enseñanza de que no hay democracia fuera de la ley, y por eso es escalofriante asistir a la frivolidad con la que algunos gobernantes actuales anuncian la intención de infringir la ley sometiéndola a su visión de las cosas. Este será, por tanto, uno de los ejes que incluiremos: el respeto a la ley frente a su sumisión a la Idea –con mayúscula-.


Continuemos con KANT, que empieza por preguntarse lo básico: si el hombre puede ser libre o, como el resto de los animales, no es más que una serie de impulsos programados para responder de determinada manera. Él cree que sí puede ser libre; menos mal, porque en el momento en que decidiéramos que el hombre no tiene realmente posibilidad de elección, la libertad, y con ella los liberales, nos extinguiríamos. El yo, nos dice Kant, debe “elevarse por encima de la necesidad natural”, pues si los hombres son gobernados por las mismas leyes que rigen el mundo material “no se puede salvar la libertad”, y sin libertad no hay moral. Y esta elevación con respecto del mundo material la consigue con la razón. Kant establece que la persona siempre debe ser considerada como un fin y nunca como un medio. Esto es importante, porque el debate ético actual se desarrolla entre el utilitarismo y los neokantianos o deontologistas.


ALEXIS DE TOCQUEVILLE es clarividente al detectar nuevas amenazas contra la libertad. En su primera época entiende que la democracia, que en ese momento identifica meramente con igualdad, es una marea que puede anegar la diversidad e imponer una sofocante uniformidad, incluso de pensamiento. Lo llama “tiranía de la mayoría”:

 «es preciso estar protegidos también contra la tiranía de las opiniones y de los sentimientos predominantes, contra la tendencia de la sociedad a imponer […] sus propias ideas y costumbres como reglas de conducta a aquellos que se apartan de ellas […] obligando a todos los caracteres a adaptarse a su modelo».

Por eso marcha a Estados Unidos, porque cree que allí han conjurado los problemas de la democracia con las instituciones adecuadas y se propone estudiarlas: nace así Democracia en América. Posteriormente, en una segunda etapa, a mediados de siglo, Tocqueville detecta una nueva amenaza para la libertad. La primera revolución industrial, altamente beneficiosa en su conjunto, ha provocado el sufrimiento de un gran número de personas que, desarraigadas y trasladadas a las ciudades, malviven en condiciones inhumanas. Este grito de angustia está siendo recogido por una serie de pensadores que, agrupados vagamente en torno al lema socialismo, pretenden una enmienda a la totalidad a la organización política vigente. En el convencimiento de que la razón puede construir una sociedad nueva, y que los problemas de la actual son debidos a maldad de los gobernantes, o a ignorancia general, o a ambas, diseñan sociedades utópicas en las que la propiedad privada es abolida y todos los aspectos de la existencia son meticulosamente ordenados. El proceso culminará con el advenimiento del marxismo, una religión con apariencia –ese es el secreto de su éxito- científica. La religión, como tal, cuenta con dogmas y herejes, lo que provocará graves problemas durante mucho más de un siglo. Para empezar, a la Idea marxista quedará subordinada la ley, destruyendo así todos los avances del constitucionalismo desde Locke, y la libertad. ”Se trata efectivamente de abolir la individualidad, la independencia y la libertad burguesas”, dirá Marx en el Manifiesto Comunista. Es normal, porque para él no son más que superestructura, manifestaciones de la estructura económica de la sociedad que determina incluso la conciencia y el pensamiento de las personas –excepto, claro está, el de Marx-. Pero además, al establecer la lucha de clases como motor de la historia, y la necesidad de que la burguesía sea extinguida para alcanzar el paraíso comunista, Marx destruye todos los avances en la tolerancia y en el valor del debate entre adversarios, volviendo a considerarlos enemigos a destruir y reinstaurando la violencia de las guerras de religión.

Ante el avance del socialismo Tocqueville entiende que es éste y no la democracia el enemigo de la libertad:

«La democracia extiende la esfera de la libertad individual; el socialismo la restringe. La democracia atribuye todo valor posible al individuo; el socialismo hace de cada hombre un simple agente, un simple número».

«El socialismo hace de cada ciudadano un niño; la democracia hace de cada uno un hombre».

«La democracia y el socialismo sólo tienen en común una palabra: igualdad. Pero adviértase la diferencia: mientras la democracia aspira a la igualdad en la libertad, el socialismo aspira a la igualdad en la coerción y la servidumbre».

A partir de ese momento la democracia a la que se refiere Tocqueville es la democracia liberal, aquella que ha incorporado las aportaciones del liberalismo. Todo esto nos va a permitir incorporar nuevos ejes para definir el liberalismo. Uno de ellos, esencial, el que va desde la tolerancia hasta la consideración schmitiana de la política como lucha sin cuartel entre amigo y enemigo. Otro, el que va desde el constitucionalismo y el respeto de la ley hasta la subordinación de ésta a la Idea.


Tal vez sea JOHN STUART MILL quien mejor ilustre que el liberalismo es un carácter peculiar. Su padre, adepto de Bentham, lo educa –lo adiestra, cabría decir- en el utilitarismo de forma tan concienzuda que acaba provocándole una severa crisis nerviosa. Mill no quiere renunciar al utilitarismo, pero mucho menos a la libertad que ve constreñida por aquél, de modo que acaba introduciéndole matizaciones que acabarán dejándolo irreconocible. También está muy preocupado por la tiranía de la mayoría y el consenso social alcanzado por mimetismo o temor. Él defiende la necesidad de la variedad de opiniones y del debate para la existencia de una sociedad saludable. Su más famoso ensayo es Sobre la libertad.

No se puede negar una aportación de los españoles al liberalismo: el nombre. Por eso aparece aquí AGUSTÍN DE ARGÜELLES, redactor del preámbulo de la Constitución de 1812. Como puede verse el nombre nació después que la criatura: ni Locke ni Montesquieu sabían que eran liberales. Y de hecho nació en un momento desafortunado, en el momento en que la escuela de Manchester apoyaba un laissez faire extremo que no contribuía a paliar el sufrimiento de los obreros. Liberalismo quedó así ligado a liberalismo económico, en su fase más dura, además. De este modo la izquierda consiguió estigmatizarlo y presentarlo como símbolo de explotación, y sus logros del liberalismo acabaron siendo fagocitados por la palabra democracia –recordemos siempre que nuestra democracia basada en la ley y los derechos individuales es una democracia liberal-.

Ya que hemos hablado del liberalismo económico tenemos que mencionar una pieza clave, que nos proporcionará un nuevo eje de estudio: ADAM SMITH y su descripción del mercado como un mecanismo, casi milagroso, para asignar eficientemente los recursos. Ni menos, ni más. No busquemos milagros adicionales en el mercado. No confiemos en él y sólo en él para alcanzar la justicia social. Pero en eso, en recoger las preferencias de la gente, en arbitrar, en orientar la producción, sí es milagroso. Este es, como digo, otro eje que hay que tratar al hablar del liberalismo: iniciativa privada y mercado frente a estatismo y planificación centralizada. Y sigamos hablando de economistas. LUDWIG VON MISES, fundador de la Escuela Austriaca y autor de La acción humana. Y FRIEDRICH HAYEK. Es el primero en entender que liberalismo político y liberalismo económico deben ir unidos. Que la planificación centralizada no sólo es ineficiente, no sólo proporciona al poder político la posibilidad de utilizar la economía para generar redes clientelares, añadiendo así a la ineficiencia corrupción: sobre todo acaba extinguiendo la libertad. Es autor de Camino a la servidumbre.


Y llegamos así a KARL POPPER que en este camino saca a la luz algo capital: la permanente tentación de la persona hacia la tribu. Una fuerza que atrae a las personas en sentido contrario a la libertad, hacia la disolución en la masa, en la tribu o en la ideología. Porque es el momento de entender un par de cosas sobre la libertad. La primera es que, si bien libertad es una palabra muy atractiva –ha triunfado en el terreno del marketing, podríamos decir- lo cierto es que puede ser una carga muy pesada. Porque la libertad conlleva la necesidad de tomar decisiones, la posibilidad de que sean erróneas, la responsabilidad por las propias acciones. En cambio la disolución en una entidad superior tiene muchas ventajas: proporciona un lugar en el mundo; proporciona certeza y seguridad; elimina la engorrosa responsabilidad; y, un aspecto nada desdeñable, proporciona una parcela de inmortalidad puesto que la entidad en la que uno se disuelve –la nación, el pueblo, la ideología- es inmortal, viene del pasado y se proyecta hacia el futuro. La segunda cosa que hay que entender es que, por todo lo anterior, la experiencia demuestra que la gente puede renunciar con bastante facilidad a la libertad. En realidad podría decirse que el liberalismo es el empeño exitoso de unos cuantos que se han empeñado en convencer a un gran número, contra los impulsos reales de estos últimos, de que la libertad es algo importante, y por eso la cosa es bastante frágil.

Esta tentación tribal, por cierto, se agudiza en momentos de incertidumbre y crisis. Hay algún mecanismo antropológico que lleva a las sociedades en crisis a cerrarse, a señalar un enemigo, a focalizar en él los problemas, y a intentar destruirlo creyendo que con su eliminación desaparecerán los problemas. Recomiendo la lectura El chivo expiatorio de Girard.

En resumen, si queremos entender qué es liberalismo, éste es un eje fundamental: persona frente a tribu.

Sigamos nuestro camino con ISAIAH BERLIN, un autor imprescindible. No sólo tiene un conocimiento enciclopédico, sino que suele presentar enfoques innovadores de los asuntos que estudia. Quiero quedarme aquí con su visión de la tolerancia. Parte de la evidencia de que en política no hay una solución absoluta, una receta perfecta que mezcle de manera inapelable ingredientes que con frecuencia son poco compatibles entre sí –véase la libertad y la igualdad-. La tolerancia parte de un concepto dubitativo y cauteloso de la política, que lleva a aceptar que la diversidad es enriquecedora y que el adversario puede tener razón. Desde este punto de vista la única receta contra el fanatismo y la intolerancia es la aceptación sincera de las reglas del debate: la aceptación de que uno puede ser convencido con argumentos más potentes. Podemos definir así otro eje para situar el liberalismo. En un extremo estarían los que entienden la política a la manera maniquea de Carl Schmitt, como una lucha entre amigos y enemigos a los que hay que destruir, y en el otro los que practican la virtud de la tolerancia.

Nuestro camino pasa ahora por ERIC HOFER, entre otras cosas por una cuestión sentimental: fue el primer libro que leí sobre la disolución del individuo en la masa: El verdadero creyente.

JOHN RAWLS, filósofo neokantiano autor de la voluminosa Teoría de la Justicia. Una pequeña aclaración: a pesar de que sus rivales se siguen empeñando en identificar el liberalismo como un sistema cruel, inmune al sufrimiento humano, es obvio que la justicia social, la red para acoger a los más desfavorecidos, es un asunto plenamente incorporado en su agenda. Desde luego la aportación de la socialdemocracia, desde el momento en que abandonó el marxismo, ha sido fundamental. Para Rawls la justicia es el asunto más importante, y para ello prescribe el “velo de la ignorancia”. Se trata de un esfuerzo de imaginación: para decidir si una sociedad es justa, hagámoslo como si no supiéramos el lugar que ocuparemos en ella, sin saber si seremos de determinada raza, sexo, sin conocer nuestra posición económica, e incluso nuestras capacidades. Y hay que decir que, para un liberal, Rawls es un tanto aguafiestas: para él todo es fruto del azar. Eso equivale, en definitiva, a negar la autonomía, la libertad y la responsabilidad. Por eso Rawls hay que leerlo junto con su rival ROBERT NOZICK, para que ente ellos haya una saludable tensión –si Rawls se queda a veces corto en su planteamiento liberal, Nozick con su estado mínimo se pasa ampliamente-. Ambos están bien juntos, pero regular por separado.


Menciono ahora a CARLOS RANGEL, el que mejor ha entendido los complejos de América latina en Del buen salvaje al buen revolucionario, y uno de los que mejor ha sabido describir la democracia liberal como algo gradual y dubitativo. Y JONATHAN HAIDT, sicólogo social y autor de La mente virtuosa, donde analiza brillantemente nuestro ecualizador moral, fruto de la evolución, y las causas de la polarización política. Porque, aparte de la filosofía, el pensamiento político no puede estar al margen de los avances de la sicología evolutiva, la antropología, la neurociencia o las ciencias del lenguaje. Este es GIOVANNI SARTORI, el mejor politólogo actual, que acaba de morir. Y finalizo con ALEXANDER HERZEN, no por nada, sino porque se me había olvidado ponerlo antes y haberlo puesto en su lugar más o menos cronológico me habría obligado a rehacer toda la presentación. Elegante, clarividente, opuesto a la autocracia zarista, escéptico pero socialista hasta el final. Sin embargo, y esta es otra de las pruebas de que el liberalismo es un carácter especial, su aprecio por el hombre y la libertad impregna Mi pasado y pensamientos, sus memorias. Puso en guardia del peligro que suponía subordinar el hombre a la Humanidad o a otras abstracciones similares. Y anticipó con bastante claridad, y sin ningún entusiasmo, lo que sería la revolución rusa. Los bolcheviques también lo tenían en su panteón, lo que parece indicar que no lo habían leído bien.


De este breve paseo por el panteón liberal me gustaría extraer una conclusión bastante importante: la democracia liberal no es un producto natural –digamos, como una berenjena-. Es una construcción cultural. No parece que llevemos inscrito en los genes el deseo hacia la autonomía, la libertad y la responsabilidad, sino más bien todo lo contrario: nuestros genes nos llevan más bien en dirección opuesta, hacia la disolución en el confort de la tribu. A veces parece que los liberales son unos tipos un tanto raros –quizás una mutación genética- que se han empeñado, y han conseguido contra todo pronóstico, convencer a todo el mundo, en contra de la naturaleza de todo el mundo, de que la persona y su libertad son los valores máximos.

La democracia liberal es un oasis, en el espacio y el tiempo. Incluso quienes más ferozmente la critican, dado que no suelen decidirse a abandonarla, reconocen implícitamente esto. Es un oasis precario, rodeado y acechado por el desierto que permanentemente amenaza con engullirlo. Pues bien, puesto que la democracia liberal es una construcción cultural, y no natural, si queremos preservarla debemos conocer, al menos someramente, cual es el pensamiento político de estos persistentes liberales que han conseguido construirla. Porque el liberalismo, es tanto un sistema de valores como un conjunto de soluciones ante las amenazas a esos valores en cada momento. Si somos adanistas, si creemos que la historia comienza con nosotros desperdiciaremos insensatamente esa experiencia.

Ahora viene la segunda parte. En este breve paseo hemos detectado una serie de ejes sobre los que localizar el liberalismo y distinguirlo de doctrinas e ideologías rivales. Esto es importante porque, como decía al comienzo de esta charla, el tradicional eje derecha-izquierda se muestra completamente insuficiente para analizar la situación actual. Propongo inicialmente estos:


Se pueden incluir otros ejes, jugar con ellos, y extraer conclusiones. En todo caso, éstos son relevantes. Si ahora localizamos en cada eje dónde creemos que se sitúa el pensamiento liberal, y unimos los puntos, obtendremos el área donde habita el liberalismo (curiosamente es naranja):


Hagamos lo mismo con el nacionalismo (en verde), y veremos sus radicales diferencias con el liberalismo:


Esto nos sirve para desmontar de un vistazo una falacia muy querida por los nacionalistas. A todos los que hemos defendido el proyecto común español en un territorio contaminado de nacionalismo se nos ha acusado en algún momento de ser “nacionalistas españoles”. Es obvio, y el gráfico lo muestra de manera muy visual, que liberalismo y nacionalismo son antagónicos.

He aquí otra falacia muy habitual: ¿cómo van a tener cosas en común Podemos y el Frente Nacional, si un partido es de extrema izquierda y otro de extrema derecha? Cambiemos ahora un par de ejes, incluyamos el eje izquierda-derecha, y comparemos el liberalismo con los populismos. En este caso represento uno de extrema izquierda con el color rojo


Y otro de extrema derecha con el color azul.


Como puede verse, los populismos de derecha e izquierda comparten un amplio hábitat; lo mismo ocurriría si incluyéramos al nacionalismo. Lo opuesto a un populismo de derechas no es un populismo de izquierdas, y ambos son esencialmente parecidos al nacionalismo. Lo realmente opuesto a ideologías tan destructivas como los nacionalismos y los populismos es el liberalismo, y es por tanto desde él desde donde debemos dar la batalla ideológica. Finalizo aquí esta charla. Gracias por la paciencia.


lunes, 26 de junio de 2017

LUPIÁÑEZ, EL MAGREB, Y OTRAS COSAS DE METER (LA PATA)


Alsina: Así que usted está a favor de que se celebre el referéndum de autodeterminación.
Lupiáñez, rotundamente:
Alsina: Y en contra, por consiguiente, de la posición de su partido.
Lupiáñez sometido a estrés: Uh… sí… No


«Vas a la razón democrática del ser humano y te dices ¿qué daño se hace depositando un voto en una urna? Ninguno. Simplemente es un acto participativo». Así hablaba hoy Lupiáñez, alcalde de Blanes, en el programa de Alsina, y hasta ese momento –tosquedad aparte- se ajustaba milimétricamente al discurso usado por los nacionalistas para saltarse la ley. ¿Qué hay de malo en votar? ¿No son las urnas la esencia de la democracia? ¿Hay algo más esponjoso que una nube? Es un discurso fastidioso, porque el monstruo siempre se mantiene cuidadosamente oculto: hasta el mayor zote sabe que hay cosas que es mejor no explicitar. Pero Lupiáñez ha demostrado que no es persona que se deje constreñir por los dictados de la etiqueta, y el monstruo de la xenofobia ha deambulado libremente.

«Somos diferentes, aquí se trabaj… las prioridades son otras. La sociedad se mueve más por espíritus (sic) de construcción, de avanzar, de esfuerzo, de responsabilidad, de compromiso».

Lupiáñez hará esta enumeración de virtudes catalanas tres veces a lo largo del discurso. Pero entonces ¿el resto de los españoles no construye, no avanza, no se esfuerza, no es responsable? Aquí el alcalde ha sentido levemente la presión de la etiqueta y la exigencia del disimulo:

«Me preocupa muchísimo que se caiga en la demagogia en relación a que los catalanes son diferentes (dice Lupiañez olvidando que ha sido él quien lo ha afirmado). Aquí se vive de otra manera, Nosotros aquí tenemos nivel de vida. Pero hay otras zonas donde la calidad de la vida es extraordinaria, y yo envidio esa calidad de vida que aquí en Cataluña, posiblemente por esa responsabilidad, por ese compromiso, por ese querer avanzar, pues se vive de otra manera. Igual ocurre en Dinamarca con respecto al Magreb. Son actitudes enfrente de la vida diferentes».

¿Está Lupiáñez comparando al resto de España con el Magreb, y a los nacionalistas catalanes con Dinamarca? Para ser exactos, parece estar comparando Andalucía con el Magreb. Previamente ha explicado que él es de las Alpujarras, y que su familia tuvo que emigrar a Barcelona para poder comer. Pero Lupiáñez es condescendiente. Sabe que, si bien los nacionalistas catalanes son responsables, comprometidos, industriosos etc., los andaluces, los españoles, y el resto de pueblos del Magreb, tienen sus cosas pintorescas:

«En todas las partes del ecuador para arriba… Francia es mucho más desarrollada a nivel de calidad de vida y nivel de vida (aquí Lupiáñez se lía). La calidad de vida es la que es y el nivel de vida, como se desenvuelve la gente socialmente, la luz, la calidad de vida, las relaciones humanas, la relación con los vecinos, es mucho más afectuosa, más próxima en un sur que en un norte»

No se lo pierdan. Serán 16 minutos extraordinariamente reveladores.

jueves, 22 de junio de 2017

EL MODELO


«Cumpliendo el mandato de nuestros pueblos, con la fortaleza de nuestra Pachamama y gracias a Dios, refundamos el estado plurinacional». Váyanse acostumbrando a esta terminología exótica, porque Adriana Lastra ha puesto a Bolivia como modelo del estado plurinacional del pluripartido PSOE. Y no es de extrañar porque, como pueden ver, su Constitución es mucho más entretenida que la española. Fíjense en nuestro sosísimo artículo 1 -«España propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político»-, y compárenlo con el artículo 8.1 de la boliviana: «el Estado asume y promueve como principios ético-morales de la sociedad plural: ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón), suma qamaña (vivir bien), ñandereko (vida armoniosa), teko kavi (vida buena), ivi maraei (tierra sin mal) y qhapaj ñan (camino o vida noble)». Es obvio que la libertad palidece ante el ñandereko, y que el pluralismo político carece de sentido si no se complementa con el teko kavi.

Y en lo que a la nación se refiere, observen nuestro insípido artículo 2la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles»-, y compárenlo con el multicolor artículo 3 de Bolivia: «la nación boliviana está conformada por la totalidad de las bolivianas y los bolivianos, las naciones y pueblos indígena originario campesinos, y las comunidades interculturales y afrobolivianas que en conjunto constituyen el pueblo boliviano».

Naciones hay unas cuantas, porque cuando uno se plurinacionaliza mejor hacerlo a conciencia: «aymara, araona, baure, bésiro, canichana, cavineño, cayubaba, chácobo, chimán, ese ejja, guaraní, guarasu’we, guarayu, itonama, leco, machajuyai-kallawaya, machineri, maropa, mojeño-trinitario, mojeño-ignaciano, moré, mosetén, movima, pacawara, puquina, quechua, sirionó, tacana, tapiete, toromona, uru-chipaya, weenhayek, yaminawa, yuki, yuracaré y zamuco». Desgraciadamente el reconocimiento constitucional llegó un poco tarde para la tribu lkallawaya, que ya se había extinguido.

Todos estos pueblos, naciones, comunidades y agregados diversos tienen derechos, algunos espirituales (protección de sus lugares sagrados) y otros no tanto (acceso gratuito a tierras y a la participación en los beneficios de la explotación de los recursos naturales en sus territorios). La constitución boliviana sustituye así los anticuados derechos de los ciudadanos por los privilegios colectivos.


Quizás no lo sepan, pero la constitución boliviana fue redactada con ayuda de asesores españoles. Este es el caso de Rubén Martínez Dalmau, profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Valencia. Fue también diputado de Podemos y miembro, junto con Iglesias y Monedero, de la famosa Fundación CEPS, generosamente regada con dinero del chavismo. Sirva esto para recomendar a los socialistas que escojan sus modelos con más cuidado, porque boliviano parece estar cerca de bolivariano.

Publicado en Mallorca Confidencial el 22 de junio de 2017

jueves, 15 de junio de 2017

ALGUNOS HOMBRES MEMOS

Me doy cuenta ahora, tras recuperarme de los soporíferos discursos que nos propinó, de que Pablo Iglesias adoptó un tono de superioridad intelectual hacia nosotros que finalmente me ha preocupado. ¿Y si tuviera razón? ¿Y si estuviéramos faltos de lecturas? Por eso, con firme propósito de enmienda intelectual, he decidido retomar a un autor que, si bien no es de lectura fácil, suele ser muy revelador: Pablo Iglesias. Recupero, por tanto, algunas cosas que he ido escribiendo, empezando por la disección que hace de la película Algunos hombres buenos.



En su imprescindible libro Maquiavelo frente a la gran pantalla Pablo Iglesias analiza algunas películas con el propósito, no siempre alcanzado, de afianzar sus particulares planteamientos políticos. Una de estas películas es Algunos hombres buenos de Rob Reiner. Pablo Iglesias ha escogido esta película «con el objetivo de plantear una noción, digamos dura, de la verdad en política como decisión sobre la vida» y de paso para revelar «el carácter de última ratio de la excepcionalidad en política». ¿Cómo piensa hacerlo? Pues a través de los “códigos rojos”.

Recordemos. La película trata del juicio a dos marines de Guantánamo por la muerte de un tercer marine. El espectador irá sabiendo que, con el fin de conseguir su traslado a un destino más confortable, el marine muerto pensaba denunciar a sus compañeros por una irregularidad en acto de servicio. Enterado de ello el coronel Jessep (Jack Nicholson) ordenó que se le administrara un “código rojo”, una paliza para que aprendiera que las cosas del cuerpo de marines deben solucionarse dentro del cuerpo de marines, pero resultó que el recluta tenía un problema cardiaco y murió. Los “códigos rojos” están prohibidos en el ejército, de manera que todo el trabajo del abogado defensor de los marines acusados (Tom Cruise) consiste en sacar de quicio a Jessep hasta que confiese que fue él el que ordeno el famoso código. Lo consigue con bastante facilidad, y Jessep es enchironado.

Con este argumento Pablo Iglesias decide que «lo que hay que resolver es el problema de las relaciones entre estructura y superestructura (Gramsci, 1975)» -que no se sabe muy bien qué tiene que ver con todo esto- y se lanza a explicar «el planteamiento agambeniano que entiende la política como excepcionalidad y decisión sobre la vida» afirmando que «vamos a buscar esos códigos rojos de Algunos hombres buenos (…) como elementos constitutivos, en tanto que estructura del orden político». Y con estos mimbres llega a la siguiente conclusión:

«El poder soberano no puede ser otro que el poder ilimitado de decisión sobre la vida».

Esta es, según Pablo Iglesias, «la verdadera naturaleza del poder frente a la que ceden todos los derechos, la fuerza capaz de expulsar de la comunidad (…) el poder soberano que decide sobre la vida». «La decisión sobre la vida y la capacidad de excluir son, por lo tanto, la condición de posibilidad de la soberanía y del poder constituyente, así como de toda lucha en la que el antagonista desafía al poder».

Entendámonos: no es que a Pablo Iglesias le parezca mal este concepto de la política como poder supremo sobre la vida. No es que esté criticando a las democracias occidentales a través de Estados Unidos, cuyos códigos rojos pretende descubrir. Simplemente se limita a poner de manifiesto que esa es la «verdad política», la «noción, digamos dura» de la política que se proponía desvelar. Aclaremos que «la decisión sobre la vida» es, para Pablo Iglesias, elemento constitutivo no sólo del estado, sino también de los revolucionarios, los «antagonistas que desafían el poder».

Y remata Pablo Iglesias: «La lucha política llevada a sus últimas consecuencias ha de asumir necesariamente también una dimensión constituyente, esto es, ser capaz de crear y de sustraerse al mismo tiempo al Derecho. La lucha política es “verdadera” en la medida en que aplica una nueva fuerza soberana ante la cual la vida queda, de nuevo, al desnudo».

Que alguien que pretende alcanzar el poder defienda la legitimidad de sustraerse al derecho, porque entiende que la esencia de la política es el poder supremo sobre la vida, tiene que causar bastante desazón en aquellos sobre los que pretende gobernar. Esto es lo que quería señalar, y aquí podría acabar este comentario, pero me gustaría añadir otra cuestión.

Por lo que vamos conociendo -y no es poco- del pensamiento político de Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, parece consistir en una sucesión de afirmaciones inconexas cuyos autores no aspiran a encajar en una estructura lógica, ni a ensamblar como las piezas de un rompecabezas que ofrezca una imagen final coherente. A cambio, como ambos son profesores, estas afirmaciones suelen estar sazonadas con referencias a sesudos autores con los que frecuentemente no tienen nada que ver, y que inducen al lector a sospechar que quizás no han comprendido bien lo que han leído. Uno puede entender perfectamente que Pablo Iglesias no haya entendido a Giorgio Agamben --e incluso que sea imposible entender a Agamben- pero ¿es normal que alguien se anime a escribir un libro sobre política y cine cuando sospechamos que no lee con aprovechamiento textos políticos, y nos consta que no se entera de las películas?

Porque si Pablo Iglesias quería demostrar que la capacidad de sustraerse al derecho y decidir sobre la vida es la verdadera esencia del poder político, no ha podido escoger una película peor. Porque, en efecto, el coronel Jessep se sustrae al derecho y toma una decisión que, involuntariamente, cuesta la vida a un soldado. Pero el estado, el poder político, no se queda diciendo «¡Ah, vaya! Iglesias y Agamben tenían razón». No. ¡El estado mete en la cárcel a Jessep! Y no sólo eso sino que condena también a los dos marines, los que se habían limitado a cumplir sus órdenes.


Espero que un día tengamos ocasión de contar la interpretación que Iglesias hace de Lolita de Kubrick, de la que me permito dejarles un adelanto:

«La lógica capitalista de acumulación y expansión sin fin no sólo determina las relaciones centro-periferia que condicionan la representación del otro colonizado o del otro migrante, sino que el lugar de enunciación también se halla determinado por la hegemonía de valores patriarcales y heteronormativos que condicionan toda representación de lo femenino».

Como para pedirse palomitas.



lunes, 12 de junio de 2017

INVISIBLE

Entrevista a Oriol Junqueras: el referéndum es una exigencia ciudadana… no hay nada más democrático que las urnas… el pueblo nos lo pide ¿qué quiere usted que hagamos?… es una exigencia democrática. Así, bajo un manto respetable de democracia, avanza el nacionalismo destruyendo el orden legal y la convivencia. Como un monstruo invisible que delata su paso por las ramas rotas y los árboles derribados.

Quitémosle el manto. Veamos al monstruo. La democracia no puede exigir que se destruya la democracia, así que lo que nos propone Junqueras tiene que ser otra cosa. Aunque se resista a decirlo, lo que ofrece frente a nuestra nación cívica -basada en las leyes, la libertad y la igualdad- es la nación étnica, fundada en los criterios de pertenencia y exclusión, en la afirmación de la diferencia y en el odio al de fuera. Por supuesto los criterios de diferenciación –la raza, la etnia, los genes, la cultura, la lengua- son intercambiables y dependen de las modas del momento. ¿Quién se atrevería hoy a invocar la raza? Son meras racionalizaciones ex post para justificar lo que el nacionalista sabe de antemano: que es diferente, y por supuesto mejor. Y sirven para destruir la igualdad de la nación cívica. El odio es un elemento natural en el esquema, y los nacionalistas omiten su concienzuda siembra –en las escuelas y en los medios- cuando ahora, ya florecido, hablan de la reivindicación del pueblo.

Sin la nación étnica no se entiende la alegría con que los nacionalistas omiten las leyes y rompen la convivencia; éstos son los árboles derribados, y aquélla el monstruo invisible. Diferencia y ruptura de la convivencia no parece una alternativa muy estimulante frente a libertad e igualdad en las leyes, así que los nacionalistas son prudentes al disfrazarse de democracia.

Publicado en Mallorca Confidencial, 8 de junio de 2017

martes, 2 de mayo de 2017

LA MENTE CAUTIVA

«En mi país la adhesión obligatoria y sin reservas de los escritores y los artistas al “realismo socialista” fue bastante tardía, en los años 1949-1950. Esto equivalía a exigir de ellos una ortodoxia filosófica al cien por cien. Con asombro me percaté de que no estaba capacitado para hacerlo (…) Una oposición emocional decidió que la rechazara. Pero precisamente gracias al hecho de que durante mucho tiempo sopesé los argumentos a favor y en contra puedo ahora escribir este libro. Es a la vez un intento de descripción, como un diálogo con los que se declararon a favor del estalinismo, y asimismo un diálogo conmigo mismo. Hay, pues, en él tanto de observación como de introspección».

Así habla Czeslaw Milosz (1911-2004), y continúa:

«Intento mostrar en él cómo funciona el pensamiento humano en las democracias populares (…) ¿Cómo se puede vivir y pensar en los países estalinistas?, se preguntan muchos hoy en día. En otras palabras, tenemos aquí una ocasión para analizar cómo el ser humano se adapta a circunstancias increíbles».


Para explicar este sutil juego de graduales claudicaciones y ajustes de disonancia que desembocan en la venta del alma Milosz emplea una método poco convencional: comienza hablando de Murti-Bing y el Ketman.

En 1927 Stanisław Witkiewicz escribió Insaciabilidad, una distopía sobre la conquista de Polonia por un imperio chino-mongol creado sobre las bases de la revolución bolchevique. El éxito de este imperio derivaba de las pastillas del filósofo Murti-Bing, que proporcionaban al que las ingería una nueva visión del mundo y le permitían alcanzar la serenidad. Pues bien, este relato de ficción se materializó con admirable precisión en un par de décadas:

«En el año 1945 los países de Europa del Este quedaron subyugados por la Nueva Fe que provenía del Este. En los círculos intelectuales de Varsovia se había convertido en una moda comparar el comunismo con el primer cristianismo (…) Mi actitud con la nueva religión laica, y especialmente con el Método en el que aquella se basaba (el Método Diamat, o materialismo dialéctico, pero no en la concepción de Marx y Engels, sino en la concepción de Lenin y Stalin), era de desconfianza. Pero esto no significa que no experimentara en mí mismo, igual que otros, su potente influencia».

Porque las pastillas de Murti-Bing son la dialéctica y el materialismo histórico [1], cuya capacidad para anegar el pensamiento es difícil de comprender cabalmente en la actualidad. Convertido el Partido en la encarnación de la Historia, cualquiera de sus actuaciones resultaba justificada, especialmente una vez que la dialéctica había sustituido a la antigua lógica. El convencimiento en la cientificidad del Método era tan esencial como la creencia en los dogmas de una religión. Esto proporcionaba a la nueva religión del comunismo una fuerza imparable:

«El programa totalitario de la derecha era un medio sumamente miserable. Tan sólo podía colmar una serie de satisfacciones que se reducían a un calor colectivo: la multitud, las bocas abiertas para el grito, caras rojas, marchas, los brazos alzados con bastones. Era aún peor cuando se procuraba una justificación racional. Ni el culto de la Raza, ni el odio hacia las personas de otro origen, ni el embellecimiento exagerado de la tradición de la propia nación eran capaces de eliminar el sentimiento de que todo aquel programa era una improvisación para un uso puntual y que estaba suspendido en el vacío. El murtibinguismo era otra cosa; proporcionaba bases científicas».


El análisis de Milosz es tanto más interesante en cuanto que él cree en las virtudes del marxismo [1], y atribuye a Lenin y Stalin la corrupción del Método. En todo caso, puesto que el estalinismo no se conformaba con una mera adhesión exterior, sino que pretendía dominar el pensamiento, era importante ocultar éste y no emitir señales delatoras. Este es el arte del disimulo, del Ketman:

«El lugar donde se actúa no es un escenario, sino la calle, la oficina, la fábrica, la sala de reuniones, e incluso la habitación en la que se vive. Es un arte elevado que exige atención mental. No tan sólo cada palabra que se pronuncia debería ser rápidamente valorada antes de que salga de la boca por las consecuencias que pueda acarrear. Una sonrisa que aparece en un momento inapropiado, una mirada que expresa no lo que debería expresar, pueden ser motivo de sospechas y acusaciones peligrosas. Igualmente, la manera de ser, el tono de voz, la preferencia por unas corbatas y no otras son interpretados como signos de tendencias políticas. Un viaje a Occidente es para un hombre de la Europa del Este un choque enorme, puesto que a la hora de tratar con otros –empezando por un botones o un taxista– no encuentra resistencia alguna, están completamente relajados, les falta aquella concentración interior que se expresa bajando la cabeza o con los ojos que miran de un sitio a otro intranquilamente, dicen lo primero que les viene a la cabeza, ríen a carcajada abierta; ¿es posible que las relaciones interpersonales puedan llegar a ser tan simples?».


Una vez descrito el ecosistema estalinista, Milosz pasa a describir la inmersión en él de cuatro intelectuales a los que llama Alfa, Beta, Gamma y Delta [2]. La persona no iniciada en el Método

«mira con sorpresa los cambios acaecidos en las personas. Observando cómo sus conocidos se van convirtiendo poco a poco en partidarios del sistema intenta explicárselo a su torpe manera con palabras como oportunismo, cobardía, traición. Tiene que tener estas etiquetas, sin ellas se siente perdido. Como su razonamiento se basa en la regla “o-o”, intenta dividir su entorno en “comunistas“ y “no comunistas”, aunque en las democracias populares una distinción como ésta pierde cualquier fundamento: allí donde la dialéctica forma la vida, alguien que quiera aplicar la antigua lógica se tiene que sentir completamente fuera de sus casillas».

Y esto en sí es una muestra del Ketman por parte de Milosz: es obvio que las palabras oportunismo, cobardía o traición son aplicables a todos los casos, y todas ellas juntas en un grado superlativo a Gamma. El Método, a fin de cuentas, proporciona excelentes excusas para claudicar sin deterioro de la propia imagen.

El libro contiene un interés adicional, A través de la historia de los cuatro intelectuales analizados contemplamos la de la propia Polonia: la ocupación, el antisemitismo, el gueto y el levantamiento de Varsovia, Katyn, e incluso Auschwitz, donde Beta fue recluido. El libro de éste This Way for the Gas, Ladies and Gentlemen será sin duda objeto de análisis en otro momento.

The captive mind. 1953, Czesław Miłosz.

Notas:

[1] Personalmente creo que esto es intentar exculpar el huevo que contiene la serpiente. Pueden encontrar algo sobre el materialismo histórico de Marx aquí, y sobre la dialéctica aquí.

[2] Los nombres reales no son familiares para el público español. Alfa es Jerzy Andrzejewski, Beta es Tadeusz Borowski, Gamma es Jerzy Putrament, y Delta es Konstanty Ildefons Gałczyński.

Imágenes: 1) Milosz; 2) Witkiewicz; 3) Stalin.

jueves, 6 de abril de 2017

¿UN DEDO LEGAL?

Publicado en Diario de Mallorca, 05/04/2017

sábado, 25 de marzo de 2017

EL MÉTODO IGLESIAS

El método Iglesias consiste en detectar un problema, señalarlo airadamente, y mostrarlo como prueba irrefutable de la maldad de la sociedad y de todos aquellos que, a diferencia de él, permanecen impasibles ante la perversidad denunciada. Pero ¿no es esto el proceder de todo reformador? No exactamente. El reformador, cuando detecta los problemas, sopesa las alternativas e intenta corregirlos para mejorar la sociedad; Iglesias los señala como prueba de la necesidad imperiosa de destruirla y cambiarla por otra. De las alternativas que ofrece a cambio no suele hablar mucho después del fracaso del modelo bolivariano en Venezuela, y esto en sí ya es una muestra de la radical insinceridad de su indignación: si la opción que defendía ha resultado empeorar notablemente las cosas debería haber dado alguna explicación. Pero es que lo importante es destruir, y luego ya veremos.

El pasado martes Podemos presentó un proyecto de ley sobre suicidio asistido que mostró esa voluntad de buscar fisuras y esa virtud impostada que resultan tan cargantes. Este, como veremos, es un asunto muy complicado, con puntos de vista muy dispares, que afecta afortunadamente a muy pocas personas. Hay otro asunto relacionado sobre el que sí existe un gran consenso: facilitar las cosas a las personas al final de su vida. Y esto sí afecta a muchos que mueren con sufrimiento o sin ser informados de su situación y sus opciones.

Parece lógico empezar afrontando el problema que afecta a más personas y que reúne mayor consenso, pero ese no es el método Iglesias. Si disponen de diez minutos vean por favor la intervención de mi compañero Paco Igea, que demuestra cuál debería ser siempre la función del parlamento.




lunes, 6 de marzo de 2017

PENSADORES REACCIONARIOS


En su imprescindible The reckless mind (Pensadores temerarios) Mark Lilla nos presentaba a intelectuales –Heidegger, Schmitt, Benjamin, Foucault, Derrida, y, de paso, Sartre- obnubilados por dictaduras –respectivamente la Alemania Nazi, la Unión Soviética, la china comunista y la teocracia iraní-: «Pretendía arrojar algo de luz sobre lo que llamo tiranofilia, la atracción narcisista de intelectuales hacia tiranos de los que imaginan que están trasladando sus ideas a la realidad política».

Ahora en The shipwrecked mind (Pensadores del naufragio) nos muestra a pensadores reaccionarios. ¿Cómo los define? Empieza reconociendo que, si bien hay cientos de libros sobre la revolución, «no tenemos similares teorías sobe la reacción, simplemente la autocomplaciente convicción de que se asienta en la ignorancia o en la intransigencia, si no en motivos aún más oscuros».

El origen del término debe situarse en la Ilustración y la Revolución Francesa, y más concretamente en el convencimiento de que, a partir de entonces, la luz de la razón alumbraría el camino de la humanidad a un futuro glorioso. Según este relato el reaccionario, alarmado por la revolución, pretendía revertir ese camino y volver a la oscuridad, y así el término adquirió una connotación moral negativa que lo acompaña hasta ahora.

Además de despojarlo de prejuicios morales es necesario afinar más porque no todos los que manifestaron sus dudas ante la revolución o ante el Terror subsiguiente – Constant, Tocqueville, Burke- pueden ser llamados reaccionarios:

«Reaccionario no equivale a conservador. Esto es lo primero que hay que hay que entender sobre el asunto. Son, a su modo, tan radicales como los revolucionarios, e igualmente dominados por fantasías historicistas. Las expectativas milenaristas de un nuevo orden social y una humanidad rejuvenecida inspiran al revolucionario; temores apocalípticos de entrar en una nueva edad oscura atormentan al reaccionario».


¿Qué es entonces lo que define al reaccionario?

«El revolucionario ve ante sí el radiante futuro, invisible a los demás, y esto lo enardece. El reaccionario, inmune a los espejismos actuales, ve el pasado en todo su esplendor y es a su vez enardecido. Se siente en una posición más fuerte que su adversario porque se cree el guardián de lo que realmente ocurrió, no el profeta de lo que podría ser».

No es así, desde luego: ambos persiguen quimeras, unos hacia el pasado y otros hacia el futuro, y ambos comparten el motor emocional de la ansiedad y la frustración provocadas por el presente. Revolucionarios y reaccionarios son, en suma, dos extremos que se tocan.

Pero que sus pensamientos nazcan de la ansiedad no quiere decir que las racionalizaciones subsiguientes –es decir, sus ideologías- no sean ocasionalmente brillantes. Y Lilla nos guía con maestría por los esfuerzos de Franz Rosenzweig para restablecer el papel del judaísmo y liberar al hombre de la Ilustración y la filosofía, por la ingente obra de Eric Voegelin, por los intentos de Leo Strauss por restaurar simultáneamente Atenas y Jerusalén, o por el pesimismo bastante justificado de Michel Houellebecq sobre el interés de nuestra sociedad hacia la libertad. La lista de Lilla no es exhaustiva: Spengler sólo es mencionado, y se echa inmediatamente de menos a De Maistre y MacIntyre.

Lilla actúa como un sherpa tibetano sin cuya ayuda es francamente complicado acceder a los distintos autores –en el caso del Rosenzweig, la tarea es poco menos que imposible-, lo que haría que nos perdiéramos libros tan interesantes como Natural right and history de Strauss.


Pero posiblemente es Voegelin quien merece mayor atención. En un principio es uno más de los pensadores del desastre, empeñado en desentrañar los mecanismos de la historia y de averiguar cuando se torcieron las cosas. Para ello se dedica a investigar en un amplísimo campo de conocimientos que abarca los símbolos visuales del paleolítico, el zoroastrismo, la filosofía helénica, los manuscritos del mar muerto, el arte polinesio, la cosmología egipcia, la teología medieval, la sicología de la Gestalt y el código de Hammurabi. El primer tomo de su magna obra Orden e Historia aparece en 1956; cuando veinte años más tarde se publica el cuarto sus lectores quedan sorprendidos ante la confesión de que él mismo había caído ante el «monomaníaco deseo de forzar las operaciones del espíritu en la historia en una única línea». La historia, parece reconocer Voegelin, no es una autopista sin salidas, ni un río: en todo caso un manglar con numerosos cauces. Por desgracia la claridad de su exposición se ve enturbiada por una terminología de su invención que incluye alarmantes conceptos como “consciencia metaléptica”, “teofanía pneumática” y “fe metastática”.

En todo caso, aunque sólo fuera por esta honestidad intelectual que le hace enmendar todo su pensamiento anterior, Voegelin merece respeto. Pero además desde su libro Las religiones políticas-, publicado justo antes del Anschluss, Voegelin sostiene una intuición: política y religión son esencialmente iguales. «Cuando Dios se ha hecho invisible detrás del mundo, las cosas del mundo se vuelven nuevos dioses», afirma Voegelin. O, como resume acertadamente Lilla,

«Una vez que esto es entendido la verdadera naturaleza de los movimientos ideológicos de masas del siglo XX –Marxismo, fascismo, nacionalismo- se vuelve evidente: todas ellas son “religiones políticas” completas, con sus profetas, sacerdotes y sacrificios en el templo. Cuando abandonas a dios, es sólo cuestión de tiempo que empieces a adorar a un Führer».

Hay que decir que Voegelin, a diferencia de Rosenzweig, no propone como solución retornar a Dios: se limita a desenmascarar el mecanismo por el cuál las emociones religiosas se canalizan hacia religiones “científicas” tras ser desacreditadas las oficiales por la Ilustración. Pero Voegelin va un paso más allá, y dentro de las religiones disponibles identifica una con la que las ideologías del siglo XX parecen encajar como un guante: el gnosticismo. Si quieren leer algo sobre este interesante asunto pueden consultar aquí y aquí


Imágenes: 1) Pues eso, un naufragio; 2) Leo Strauss; 3) Eric Voegelin; 4) Abraxas, símbolo gnóstico.