lunes, 26 de junio de 2017

MIQUEL LUPIÁÑEZ, ALCALDE DE BLANES (TRAGEDIA RIDÍCULA EN UN ACTO)


Alsina: Así que usted está a favor de que se celebre el referéndum de autodeterminación.
Lupiáñez, rotundamente:
Alsina: Y en contra, por consiguiente, de la posición de su partido.
Lupiáñez sometido a estrés: Uh… sí… No


«Vas a la razón democrática del ser humano y te dices ¿qué daño se hace depositando un voto en una urna? Ninguno. Simplemente es un acto participativo». Así hablaba hoy Lupiáñez en el programa de Alsina, y hasta ese momento –tosquedad aparte- se ajustaba milimétricamente al discurso usado por los nacionalistas para saltarse la ley. ¿Qué hay de malo en votar? ¿No son las urnas la esencia de la democracia? ¿Hay algo más esponjoso que una nube? Es un discurso fastidioso, porque el monstruo siempre se mantiene cuidadosamente oculto: hasta el mayor zote sabe que hay cosas que es mejor no explicitar. Pero Lupiáñez ha demostrado que no es persona que se deje constreñir por los dictados de la etiqueta, y el monstruo de la xenofobia ha deambulado libremente.

«Somos diferentes, aquí se trabaj… las prioridades son otras. La sociedad se mueve más por espíritus (sic) de construcción, de avanzar, de esfuerzo, de responsabilidad, de compromiso».

Lupiáñez hará esta enumeración de virtudes catalanas tres veces a lo largo del discurso. Pero entonces ¿el resto de los españoles no construye, no avanza, no se esfuerza, no es responsable? Aquí ha sentido levemente la presión de la etiqueta y la exigencia del disimulo:

«Me preocupa muchísimo que se caiga en la demagogia en relación a que los catalanes son diferentes (dice Lupiañez olvidando que ha sido él quien lo ha afirmado). Aquí se vive de otra manera, Nosotros aquí tenemos nivel de vida. Pero hay otras zonas donde la calidad de la vida es extraordinaria, y yo envidio esa calidad de vida que aquí en Cataluña, posiblemente por esa responsabilidad, por ese compromiso, por ese querer avanzar, pues se vive de otra manera. Igual ocurre en Dinamarca con respecto al Magreb. Son actitudes enfrente de la vida diferentes».

¿Está Lupiáñez comparando al resto de España con el Magreb, y a los nacionalistas catalanes con Dinamarca? Para ser exactos, parece estar comparando Andalucía con el Magreb. Previamente ha explicado que él es de las Alpujarras, y que su familia tuvo que emigrar a Barcelona para poder comer. Pero Lupiáñez es condescendiente. Sabe que, si bien los nacionalistas catalanes son responsables, comprometidos, industriosos etc., los andaluces, los españoles, y el resto de pueblos del Magreb, tienen sus cosas pintorescas:

«En todas las partes del ecuador para arriba… Francia es mucho más desarrollada a nivel de calidad de vida y nivel de vida (aquí Lupiáñez se lía). La calidad de vida es la que es y el nivel de vida, como se desenvuelve la gente socialmente, la luz, la calidad de vida, las relaciones humanas, la relación con los vecinos, es mucho más afectuosa, más próxima en un sur que en un norte»

No se lo pierdan. Serán 16 minutos extraordinariamente reveladores.

* Título alternativo: Lupiáñez, el Magreb, y otras cosas de meter (la pata)

jueves, 22 de junio de 2017

EL MODELO


«Cumpliendo el mandato de nuestros pueblos, con la fortaleza de nuestra Pachamama y gracias a Dios, refundamos el estado plurinacional». Váyanse acostumbrando a esta terminología exótica, porque Adriana Lastra ha puesto a Bolivia como modelo del estado plurinacional del pluripartido PSOE. Y no es de extrañar porque, como pueden ver, su Constitución es mucho más entretenida que la española. Fíjense en nuestro sosísimo artículo 1 -«España propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político»-, y compárenlo con el artículo 8.1 de la boliviana: «el Estado asume y promueve como principios ético-morales de la sociedad plural: ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón), suma qamaña (vivir bien), ñandereko (vida armoniosa), teko kavi (vida buena), ivi maraei (tierra sin mal) y qhapaj ñan (camino o vida noble)». Es obvio que la libertad palidece ante el ñandereko, y que el pluralismo político carece de sentido si no se complementa con el teko kavi.

Y en lo que a la nación se refiere, observen nuestro insípido artículo 2la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles»-, y compárenlo con el multicolor artículo 3 de Bolivia: «la nación boliviana está conformada por la totalidad de las bolivianas y los bolivianos, las naciones y pueblos indígena originario campesinos, y las comunidades interculturales y afrobolivianas que en conjunto constituyen el pueblo boliviano».

Naciones hay unas cuantas, porque cuando uno se plurinacionaliza mejor hacerlo a conciencia: «aymara, araona, baure, bésiro, canichana, cavineño, cayubaba, chácobo, chimán, ese ejja, guaraní, guarasu’we, guarayu, itonama, leco, machajuyai-kallawaya, machineri, maropa, mojeño-trinitario, mojeño-ignaciano, moré, mosetén, movima, pacawara, puquina, quechua, sirionó, tacana, tapiete, toromona, uru-chipaya, weenhayek, yaminawa, yuki, yuracaré y zamuco». Desgraciadamente el reconocimiento constitucional llegó un poco tarde para la tribu lkallawaya, que ya se había extinguido.

Todos estos pueblos, naciones, comunidades y agregados diversos tienen derechos, algunos espirituales (protección de sus lugares sagrados) y otros no tanto (acceso gratuito a tierras y a la participación en los beneficios de la explotación de los recursos naturales en sus territorios). La constitución boliviana sustituye así los anticuados derechos de los ciudadanos por los privilegios colectivos.


Quizás no lo sepan, pero la constitución boliviana fue redactada con ayuda de asesores españoles. Este es el caso de Rubén Martínez Dalmau, profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Valencia. Fue también diputado de Podemos y miembro, junto con Iglesias y Monedero, de la famosa Fundación CEPS, generosamente regada con dinero del chavismo. Sirva esto para recomendar a los socialistas que escojan sus modelos con más cuidado, porque boliviano parece estar cerca de bolivariano.

Publicado en Mallorca Confidencial el 22 de junio de 2017

jueves, 15 de junio de 2017

ALGUNOS HOMBRES MEMOS

Me doy cuenta ahora, tras recuperarme de los soporíferos discursos que nos propinó, de que Pablo Iglesias adoptó un tono de superioridad intelectual hacia nosotros que finalmente me ha preocupado. ¿Y si tuviera razón? ¿Y si estuviéramos faltos de lecturas? Por eso, con firme propósito de enmienda intelectual, he decidido retomar a un autor que, si bien no es de lectura fácil, suele ser muy revelador y no exento de –involuntaria- comicidad: Pablo Iglesias. Recupero, por tanto, algunas cosas que he ido escribiendo, empezando por la disección que hace de la película Algunos hombres buenos.



En su imprescindible libro Maquiavelo frente a la gran pantalla Pablo Iglesias analiza algunas películas con el propósito, no siempre alcanzado, de afianzar sus particulares planteamientos políticos. Una de estas películas es Algunos hombres buenos de Rob Reiner. Pablo Iglesias ha escogido esta película «con el objetivo de plantear una noción, digamos dura, de la verdad en política como decisión sobre la vida» y de paso para revelar «el carácter de última ratio de la excepcionalidad en política». ¿Cómo piensa hacerlo? Pues a través de los “códigos rojos”.

Recordemos. La película trata del juicio a dos marines de Guantánamo por la muerte de un tercer marine. El espectador irá sabiendo que, con el fin de conseguir su traslado a un destino más confortable, el marine muerto pensaba denunciar a sus compañeros por una irregularidad en acto de servicio. Enterado de ello el coronel Jessep (Jack Nicholson) ordenó que se le administrara un “código rojo”, una paliza para que aprendiera que las cosas del cuerpo de marines deben solucionarse dentro del cuerpo de marines, pero resultó que el recluta tenía un problema cardiaco y murió. Los “códigos rojos” están prohibidos en el ejército, de manera que todo el trabajo del abogado defensor de los marines acusados (Tom Cruise) consiste en sacar de quicio a Jessep hasta que confiese que fue él el que ordeno el famoso código. Lo consigue con bastante facilidad, y Jessep es enchironado.

Con este argumento Pablo Iglesias decide que «lo que hay que resolver es el problema de las relaciones entre estructura y superestructura (Gramsci, 1975)» -que no se sabe muy bien qué tiene que ver con todo esto- y se lanza a explicar «el planteamiento agambeniano que entiende la política como excepcionalidad y decisión sobre la vida» afirmando que «vamos a buscar esos códigos rojos de Algunos hombres buenos (…) como elementos constitutivos, en tanto que estructura del orden político». Y con estos mimbres llega a la siguiente conclusión:

«El poder soberano no puede ser otro que el poder ilimitado de decisión sobre la vida».

Esta es, según Pablo Iglesias, «la verdadera naturaleza del poder frente a la que ceden todos los derechos, la fuerza capaz de expulsar de la comunidad (…) el poder soberano que decide sobre la vida». «La decisión sobre la vida y la capacidad de excluir son, por lo tanto, la condición de posibilidad de la soberanía y del poder constituyente, así como de toda lucha en la que el antagonista desafía al poder».

Entendámonos: no es que a Pablo Iglesias le parezca mal este concepto de la política como poder supremo sobre la vida. No es que esté criticando a las democracias occidentales a través de Estados Unidos, cuyos códigos rojos pretende descubrir. Simplemente se limita a poner de manifiesto que esa es la «verdad política», la «noción, digamos dura» de la política que se proponía desvelar. Aclaremos que «la decisión sobre la vida» es, para Pablo Iglesias, elemento constitutivo no sólo del estado, sino también de los revolucionarios, los «antagonistas que desafían el poder».

Y remata Pablo Iglesias: «La lucha política llevada a sus últimas consecuencias ha de asumir necesariamente también una dimensión constituyente, esto es, ser capaz de crear y de sustraerse al mismo tiempo al Derecho. La lucha política es “verdadera” en la medida en que aplica una nueva fuerza soberana ante la cual la vida queda, de nuevo, al desnudo».

Que alguien que pretende alcanzar el poder político defienda la legitimidad de sustraerse al derecho porque su esencia es el poder supremo sobre la vida debe causar bastante desazón en los destinados a ser gobernados por él -nosotros- Esto es lo que quería señalar, y aquí podría acabar este comentario, pero me gustaría añadir otra cuestión.

Por lo que vamos conociendo -y no es poco- del pensamiento político de Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, parece consistir en una sucesión de afirmaciones inconexas que no pretenden agruparse en una estructura lógica o ensamblarse entre sí ofreciendo la solución de un rompecabezas. A cambio, como ambos son profesores, estas afirmaciones suelen estar sazonadas con referencias a sesudos autores con los que frecuentemente no tienen nada que ver, y que inducen al lector a sospechar que quizás no han comprendido bien lo que han leído. Uno puede entender perfectamente que Pablo Iglesias no haya entendido a Giorgio Agamben --e incluso que sea imposible entender a Agamben- pero ¿es normal que alguien se anime a escribir un libro sobre política y cine cuando sospechamos que no lee con aprovechamiento textos políticos, y nos consta que no se entera de las películas?

Porque si Pablo Iglesias quería demostrar que la capacidad de sustraerse al derecho y decidir sobre la vida es la verdadera esencia del poder político, no ha podido escoger una película peor. Porque, en efecto, el coronel Jessep se sustrae al derecho y toma una decisión que, involuntariamente, cuesta la vida a un soldado. Pero el estado, el poder político, no se queda diciendo «¡Ah, vaya! Iglesias y Agamben tenían razón». No. ¡El estado mete en la cárcel a Jessep! Y no sólo eso sino que condena también a los dos marines, los que se habían limitado a cumplir sus órdenes.


Espero que un día tengamos ocasión de contar la interpretación que Iglesias hace de Lolita de Kubrick, de la que me permito dejarles un adelanto:

«La lógica capitalista de acumulación y expansión sin fin no sólo determina las relaciones centro-periferia que condicionan la representación del otro colonizado o del otro migrante, sino que el lugar de enunciación también se halla determinado por la hegemonía de valores patriarcales y heteronormativos que condicionan toda representación de lo femenino».

Como para pedirse palomitas.



lunes, 12 de junio de 2017

INVISIBLE

Entrevista a Oriol Junqueras: el referéndum es una exigencia ciudadana… no hay nada más democrático que las urnas… el pueblo nos lo pide ¿qué quiere usted que hagamos?… es una exigencia democrática. Así, bajo un manto respetable de democracia, avanza el nacionalismo destruyendo el orden legal y la convivencia. Como un monstruo invisible que delata su paso por las ramas rotas y los árboles derribados.

Quitémosle el manto. Veamos al monstruo. La democracia no puede exigir que se destruya la democracia, así que lo que nos propone Junqueras tiene que ser otra cosa. Aunque se resista a decirlo, lo que ofrece frente a nuestra nación cívica -basada en las leyes, la libertad y la igualdad- es la nación étnica, fundada en los criterios de pertenencia y exclusión, en la afirmación de la diferencia y en el odio al de fuera. Por supuesto los criterios de diferenciación –la raza, la etnia, los genes, la cultura, la lengua- son intercambiables y dependen de las modas del momento. ¿Quién se atrevería hoy a invocar la raza? Son meras racionalizaciones ex post para justificar lo que el nacionalista sabe de antemano: que es diferente, y por supuesto mejor. Y sirven para destruir la igualdad de la nación cívica. El odio es un elemento natural en el esquema, y los nacionalistas omiten su concienzuda siembra –en las escuelas y en los medios- cuando ahora, ya florecido, hablan de la reivindicación del pueblo.

Sin la nación étnica no se entiende la alegría con que los nacionalistas omiten las leyes y rompen la convivencia; éstos son los árboles derribados, y aquélla el monstruo invisible. Diferencia y ruptura de la convivencia no parece una alternativa muy estimulante frente a libertad e igualdad en las leyes, así que los nacionalistas son prudentes al disfrazarse de democracia.

Publicado en Mallorca Confidencial, 8 de junio de 2017

martes, 2 de mayo de 2017

LA MENTE CAUTIVA

«En mi país la adhesión obligatoria y sin reservas de los escritores y los artistas al “realismo socialista” fue bastante tardía, en los años 1949-1950. Esto equivalía a exigir de ellos una ortodoxia filosófica al cien por cien. Con asombro me percaté de que no estaba capacitado para hacerlo (…) Una oposición emocional decidió que la rechazara. Pero precisamente gracias al hecho de que durante mucho tiempo sopesé los argumentos a favor y en contra puedo ahora escribir este libro. Es a la vez un intento de descripción, como un diálogo con los que se declararon a favor del estalinismo, y asimismo un diálogo conmigo mismo. Hay, pues, en él tanto de observación como de introspección».

Así habla Czeslaw Milosz (1911-2004), y continúa:

«Intento mostrar en él cómo funciona el pensamiento humano en las democracias populares (…) ¿Cómo se puede vivir y pensar en los países estalinistas?, se preguntan muchos hoy en día. En otras palabras, tenemos aquí una ocasión para analizar cómo el ser humano se adapta a circunstancias increíbles».


Para explicar este sutil juego de graduales claudicaciones y ajustes de disonancia que desembocan en la venta del alma Milosz emplea una método poco convencional: comienza hablando de Murti-Bing y el Ketman.

En 1927 Stanisław Witkiewicz escribió Insaciabilidad, una distopía sobre la conquista de Polonia por un imperio chino-mongol creado sobre las bases de la revolución bolchevique. El éxito de este imperio derivaba de las pastillas del filósofo Murti-Bing, que proporcionaban al que las ingería una nueva visión del mundo y le permitían alcanzar la serenidad. Pues bien, este relato de ficción se materializó con admirable precisión en un par de décadas:

«En el año 1945 los países de Europa del Este quedaron subyugados por la Nueva Fe que provenía del Este. En los círculos intelectuales de Varsovia se había convertido en una moda comparar el comunismo con el primer cristianismo (…) Mi actitud con la nueva religión laica, y especialmente con el Método en el que aquella se basaba (el Método Diamat, o materialismo dialéctico, pero no en la concepción de Marx y Engels, sino en la concepción de Lenin y Stalin), era de desconfianza. Pero esto no significa que no experimentara en mí mismo, igual que otros, su potente influencia».

Porque las pastillas de Murti-Bing son la dialéctica y el materialismo histórico [1], cuya capacidad para anegar el pensamiento es difícil de comprender cabalmente en la actualidad. Convertido el Partido en la encarnación de la Historia, cualquiera de sus actuaciones resultaba justificada, especialmente una vez que la dialéctica había sustituido a la antigua lógica. El convencimiento en la cientificidad del Método era tan esencial como la creencia en los dogmas de una religión. Esto proporcionaba a la nueva religión del comunismo una fuerza imparable:

«El programa totalitario de la derecha era un medio sumamente miserable. Tan sólo podía colmar una serie de satisfacciones que se reducían a un calor colectivo: la multitud, las bocas abiertas para el grito, caras rojas, marchas, los brazos alzados con bastones. Era aún peor cuando se procuraba una justificación racional. Ni el culto de la Raza, ni el odio hacia las personas de otro origen, ni el embellecimiento exagerado de la tradición de la propia nación eran capaces de eliminar el sentimiento de que todo aquel programa era una improvisación para un uso puntual y que estaba suspendido en el vacío. El murtibinguismo era otra cosa; proporcionaba bases científicas».


El análisis de Milosz es tanto más interesante en cuanto que él cree en las virtudes del marxismo [1], y atribuye a Lenin y Stalin la corrupción del Método. En todo caso, puesto que el estalinismo no se conformaba con una mera adhesión exterior, sino que pretendía dominar el pensamiento, era importante ocultar éste y no emitir señales delatoras. Este es el arte del disimulo, del Ketman:

«El lugar donde se actúa no es un escenario, sino la calle, la oficina, la fábrica, la sala de reuniones, e incluso la habitación en la que se vive. Es un arte elevado que exige atención mental. No tan sólo cada palabra que se pronuncia debería ser rápidamente valorada antes de que salga de la boca por las consecuencias que pueda acarrear. Una sonrisa que aparece en un momento inapropiado, una mirada que expresa no lo que debería expresar, pueden ser motivo de sospechas y acusaciones peligrosas. Igualmente, la manera de ser, el tono de voz, la preferencia por unas corbatas y no otras son interpretados como signos de tendencias políticas. Un viaje a Occidente es para un hombre de la Europa del Este un choque enorme, puesto que a la hora de tratar con otros –empezando por un botones o un taxista– no encuentra resistencia alguna, están completamente relajados, les falta aquella concentración interior que se expresa bajando la cabeza o con los ojos que miran de un sitio a otro intranquilamente, dicen lo primero que les viene a la cabeza, ríen a carcajada abierta; ¿es posible que las relaciones interpersonales puedan llegar a ser tan simples?».


Una vez descrito el ecosistema estalinista, Milosz pasa a describir la inmersión en él de cuatro intelectuales a los que llama Alfa, Beta, Gamma y Delta [2]. La persona no iniciada en el Método

«mira con sorpresa los cambios acaecidos en las personas. Observando cómo sus conocidos se van convirtiendo poco a poco en partidarios del sistema intenta explicárselo a su torpe manera con palabras como oportunismo, cobardía, traición. Tiene que tener estas etiquetas, sin ellas se siente perdido. Como su razonamiento se basa en la regla “o-o”, intenta dividir su entorno en “comunistas“ y “no comunistas”, aunque en las democracias populares una distinción como ésta pierde cualquier fundamento: allí donde la dialéctica forma la vida, alguien que quiera aplicar la antigua lógica se tiene que sentir completamente fuera de sus casillas».

Y esto en sí es una muestra del Ketman por parte de Milosz: es obvio que las palabras oportunismo, cobardía o traición son aplicables a todos los casos, y todas ellas juntas en un grado superlativo a Gamma. El Método, a fin de cuentas, proporciona excelentes excusas para claudicar sin deterioro de la propia imagen.

El libro contiene un interés adicional, A través de la historia de los cuatro intelectuales analizados contemplamos la de la propia Polonia: la ocupación, el antisemitismo, el gueto y el levantamiento de Varsovia, Katyn, e incluso Auschwitz, donde Beta fue recluido. El libro de éste This Way for the Gas, Ladies and Gentlemen será sin duda objeto de análisis en otro momento.

The captive mind. 1953, Czesław Miłosz.

Notas:

[1] Personalmente creo que esto es intentar exculpar el huevo que contiene la serpiente. Pueden encontrar algo sobre el materialismo histórico de Marx aquí, y sobre la dialéctica aquí.

[2] Los nombres reales no son familiares para el público español. Alfa es Jerzy Andrzejewski, Beta es Tadeusz Borowski, Gamma es Jerzy Putrament, y Delta es Konstanty Ildefons Gałczyński.

Imágenes: 1) Milosz; 2) Witkiewicz; 3) Stalin.

jueves, 6 de abril de 2017

¿UN DEDO LEGAL?

Publicado en Diario de Mallorca, 05/04/2017

sábado, 25 de marzo de 2017

EL MÉTODO IGLESIAS

El método Iglesias consiste en detectar un problema, señalarlo airadamente, y mostrarlo como prueba irrefutable de la maldad de la sociedad y de todos aquellos que, a diferencia de él, permanecen impasibles ante la perversidad denunciada. Pero ¿no es esto el proceder de todo reformador? No exactamente. El reformador, cuando detecta los problemas, sopesa las alternativas e intenta corregirlos para mejorar la sociedad; Iglesias los señala como prueba de la necesidad imperiosa de destruirla y cambiarla por otra. De las alternativas que ofrece a cambio no suele hablar mucho después del fracaso del modelo bolivariano en Venezuela, y esto en sí ya es una muestra de la radical insinceridad de su indignación: si la opción que defendía ha resultado empeorar notablemente las cosas debería haber dado alguna explicación. Pero es que lo importante es destruir, y luego ya veremos.

El pasado martes Podemos presentó un proyecto de ley sobre suicidio asistido que mostró esa voluntad de buscar fisuras y esa virtud impostada que resultan tan cargantes. Este, como veremos, es un asunto muy complicado, con puntos de vista muy dispares, que afecta afortunadamente a muy pocas personas. Hay otro asunto relacionado sobre el que sí existe un gran consenso: facilitar las cosas a las personas al final de su vida. Y esto sí afecta a muchos que mueren con sufrimiento o sin ser informados de su situación y sus opciones.

Parece lógico empezar afrontando el problema que afecta a más personas y que reúne mayor consenso, pero ese no es el método Iglesias. Si disponen de diez minutos vean por favor la intervención de mi compañero Paco Igea, que demuestra cuál debería ser siempre la función del parlamento.