domingo, 4 de octubre de 2020

EL FILÓSOFO DE PUTIN


«Mi oración es como una espada. Y mi espada es como una oración». Ivan Ilyin.

Según Platón en el origen –si es que «origen» tiene sentido en este contexto- existían las «formas» o «ideas», conceptos puros y eternos que se van corrompiendo cuando son lanzados al flujo del tiempo. Mediante los sentidos los hombres, que son temporales, sólo pueden percibir las formas o ideas como una especie de sombra o reflejo, pero pueden alcanzar su esencia a través del conocimiento. Tal vez tenía esto en su bagaje intelectual Iván Ilyin (1883-1954). También cierta predisposición al gnosticismo, según el cual el mundo tal y como lo percibimos no es más que una especie de mazmorra creada por un demiurgo, un ser maligno que ha desbaratado la obra de Dios y nos ha alejado de él. Sólo los gnósticos son capaces de ver las cosas como realmente son -como quien ha tomado la pastilla roja de Matrix- escapar del mundo-prisión del demiurgo, destruirlo –junto con todos los que no son gnósticos- y ascender a la Iluminación y al verdadero Dios.

La reformulación gnóstico-platónica de Ilyin quedaría así. Cuando Dios creó el mundo se equivocó, porque al hacerlo fragmentó la Verdad –que era él mismo- y la corrompió. El mundo previo o «categórico» era único, omnicomprensivo, perfecto y –nos atrevemos a suponer- algo aburrido. El mundo «histórico», por el contrario, es un enorme barullo en el que pulula sin sentido la vida humana, con sus pasiones y disparates diversos: «la fragmentación empírica de la existencia humana es un estado incorrecto, transitorio y metafísicamente falso del mundo». Pero Ilyin no cree que haya mediado un malvado demiurgo en el desbarajuste actual: ha sido el propio Dios el que se ha cargado imprudentemente todo al crear al hombre y el mundo. De modo que la tarea no es escapar del demiurgo y alcanzar a Dios, sino llegar directamente a Dios y ayudarle a que restaure la unidad del mundo «categórico». Pero con esto ¿no desaparecerán todos los habitantes del mundo «histórico», incluidos Ilyin y demás iniciados? Tal vez, pero lo que nadie puede dudar es que el papel de reconstruir la Totalidad divina ha recaído en Rusia. Podemos decir que toda la creación del mundo por Dios ha sido un error salvo en lo que respecta a Rusia, que tiene reservado el papel de redentora.


Que lo anterior no despiste al lector: Ilyin es una persona inteligente y extraordinariamente culta. Sin embargo, ha tenido que encajar el mundo en Hegel durante su juventud, posteriormente ha sido psicoanalizado por el propio Freud, ha desembocado en la fenomenología de Husserl, y finalmente ha acabado en un cristianismo bastante feroz. Esto en el ámbito espiritual. En cuanto al material, ha nacido en una familia aristocrática de Moscú, ha estudiado Derecho, y se ha encontrado con la revolución bolchevique. Ilyin ha continuado dando clases, pero ha tenido encontronazos con la Cheka, ha sido encarcelado –ha sido liberado a instancias del propio Lenin- y finalmente en 1922 ha sido deportado del paraíso comunista junto con otros 160 intelectuales.

Ilyin vivirá los siguientes 18 años en Berlín, desde donde contemplará con nostalgia una Rusia de la que ha sido expulsado Dios y él mismo. También observará con sumo interés el ascenso de Mussolini que, a diferencia de los rusos, ha capeado el temporal comunista dirigiendo una marcha sobre Roma y ocupando el poder. A partir de ese momento Ilyin entenderá el fascismo como el único antídoto contra el caos. Visitará Italia y publicará artículos elogiosos sobre el Duce mientras escribe un libro con el ominoso título de La utilidad de la violencia para resistir contra el mal (1925). Pero ¿y el cristianismo? ¿y lo de «ama a tus enemigos»? Es un error de interpretación, no se refiere a que una persona concreta tenga que amar a otra persona concreta. Para Ilyin el individuo carece de valor; amar significa disolverse en la totalidad y «luchar contra los enemigos del orden divino en la tierra». O sea que lo de la otra mejilla es otra interpretación equivocada. El cristianismo, en realidad, no es más que la llamada a aplicar decisiva violencia en nombre del amor. Y el que no entienda esto es un agente del mal, susceptible por tanto de ser perseguido a su vez: «aquél que se oponga al caballeroso combate contra el diablo, él mismo es el diablo». Pasado por la interpretación de Ilyin, cuando el Evangelio de san Marcos decía «no juzguéis y no seréis juzgados» quería decir «se os juzgará por no haber matado a los enemigos de Dios cuando tuvisteis oportunidad». A falta de indicaciones más concretas de Dios, sería Ilyin quien señalara a éstos.


Aparte de la predisposición a la violencia, y la subordinación del individuo a la tribu, el jurista Ilyin estaba muy preocupado por la justificación de las leyes. En 1922 Carl Schmitt ha publicado Teología Política donde defiende que el «soberano» es aquél que tiene la capacidad de saltarse el estado de derecho en nombre del interés general; llamará a esto «excepción». Esto encaja con la visión de Ilyin del fascismo como «un acto de salvación» y del líder carismático como un redentor, que representa a la comunidad en su tarea de reconstrucción del orden divino y, en consiguiente, no puede estar constreñido por minucias como las leyes. Si Schmitt ha llamado «excepción» a esta capacidad del pueblo de saltarse la ley, Ilyin lo denominará «exceso», y definirá el fascismo como «un exceso redentor de arbitrariedad patriótica» [1].


«La política es el arte de identificar y neutralizar al enemigo» escribe Ilyin; la distinción política básica es aquella entre amigo y enemigo, dirá Schmitt que, curiosamente, también se esforzará en demostrar que lo de ama a tu enemigo es un error de traducción. Posiblemente las obras de ambos son brillantes racionalizaciones de potentes emociones inadvertidas: la de Schmitt, su antisemitismo. La de Ilyin, su amor por una Rusia que sólo ha existido en su imaginación. Y también su antisemitismo.

De vuelta en Alemania Ilyin contempla la llegada a Rusia, no del redentor, sino de Stalin. Escribe -justo es reconocerlo- una amplia obra sobre las hambrunas ocasionadas por la colectivización. Observa también el ascenso de Adolf Hitler, éste sí un redentor fascista donde los haya. Su persecución de los judíos le parece bien, porque Ilyin está convencido de la existencia de una conspiración judeobolchevique. Sin embargo, no puede compartir eso de que los rusos sean subhumanos. Sus críticas en este punto hacen que pierda el trabajo, y en 1938 se ve obligado a emigrar a Suiza.


La judía no es la única conspiración en la que cree Ilyin; también cree que la música moderna –el jazz, concretamente- forma parte de un vasto plan para convertir al oyente a un bailarín mecánico incapaz de mantener relaciones sexuales saludables. Porque para Ilyin –que ya en su juventud acusaba a sus oponentes de «perversión sexual»- la sexualidad es un instinto particularmente destructivo.

Ilyin sigue convencido de la necesidad de un líder redentor para reconstruir Rusia y el mundo: «aceptaremos nuestra libertad y nuestras leyes del patriota que conduzca a Rusia a la salvación». En realidad sus enseñanzas están dirigidas a aquellos que vengan tras el bolchevismo, que deberán establecer un fascismo cristiano desde Lisboa a Vladivostok: este es su concepto de Eurasia. Porque hay que entender a Rusia, no como el peligro bolchevique actual, sino como la futura salvación cristiana. En realidad el bolchevismo ha sido culpa de aventureros europeos –los llama genéricamente «tarzanes»- que han venido a violar la pureza de la madre patria, porque –y esto es un dogma en la obra de Ilyin- Rusia es esencialmente inocente.

A partir de 2006 Putin comenzó a invocar a Ilyin, y a partir de 2014 encomendó a sus allegados leer Nuestras tareas. Desde entonces parece haberse convertido en su filósofo de cabecera. Sostiene por ello Snyder que Ilyin es el filósofo del siglo XX que más esá influyendo en la política del siglo XXI. Y por eso -sostengo yo- es necesario conocerlo.


.[1] Qué bien encaja esta descripción con lo sucedido en Cataluña los días 6 y 7 de septiembre

lunes, 28 de septiembre de 2020

LA «POLÍTICA DE LA ETERNIDAD» SEGÚN TIMOTHY SNYDER

El nombre no evoca mucho; el concepto es muy importante para entender el deterioro de la democracia liberal, a la que la «política de la eternidad» suplanta poco a poco. Hace referencia a la sustitución de la realidad por un relato; de los hechos por la propaganda; del presente por un pasado ficticio; del abandono de la razón a favor de emociones destructivas que el gestor del relato manipula. Es un proceso difuso pero muy real: podemos ver claramente alguna de sus manifestaciones pero, al no tener una visión completa, tendemos a infravalorarlas porque nos desconciertan. Por el contrario -aunque tampoco la entiendan- los gurús de la comunicación aprovechan la nueva situación: no es necesario que  un mago tenga profundos conocimientos de neurociencia para burlar nuestros procesos cognitivos, y lo mismo pasa con los tahúres demoscópicos.

Aventuremos algunos brochazos para describir el paisaje incompleto de la «política de la eternidad».

◾  El relato de la eternidad es victimista y fatalista. En él los problemas actuales son la expresión de un conflicto anclado en el tiempo y causado por enemigos perpetuos. El relato puede –y debe- ser perfectamente falso, pero en casos extremos se prohibirá incluso ponerlo en duda. Es fatalista porque en él la acción humana se entiende impotente. Y esto es muy conveniente para el gestor del relato, que puede sustituir la rendición de cuentas por el drama.

◾  El relato de la eternidad es, además, identitario. Trata de nosotros/los puros contra ellos/los malos, y el éxito de los primeros pasa por la eliminación física o política de los segundos. Lo importante son los roles inmutables atribuidos por el gestor del relato, y a partir de ahí lo relevante no es lo que uno hace, sino lo que uno es según el papel asignado. En consecuencia desaparece la objetividad. Los hechos ya no son valorados por lo que son, sino en función de sus autores: un mismo hecho es bueno si lo hace “nosotros”, y malo si lo hacen “ellos”.

◾  La polarización identitaria, tan conveniente para la política de la eternidad, se ha visto notablemente favorecida en nuestros días por la acción de las redes sociales. Con el fin de mantener nuestra atención –pues este es el producto que las redes venden a los anunciantes- los algoritmos han aprendido a proporcionarnos aquello en lo que estamos más confortables. Con ello nos han convertido en náufragos aislados que viven en islas de prejuicios autoconfirmados.

◾  Cuando Orwell describía en 1984 el “doblepensar” no estaba inventando nada: lo estaba viendo en acción. Contemplaba cómo una mentira evidente podía ser presentada y aceptada como verdad, y cómo la contradicción podía vivir perfectamente en los discursos. La mentira pública es un síntoma de política de la eternidad en acción. El público del drama eterno no sólo no penaliza la mentira, sino que tiende a percibirla como virtud o sabiduría, y tal vez sea normal. La política de la eternidad florece en momentos de incertidumbre, ansiedad y miedo, en los que la realidad es algo desagradable, y la posibilidad de sustituirla por una historia épica es tentadora. Si la verdad os hará libres, no hay que descartar que la mentira os haga momentáneamente más felices. En consecuencia, lo importante en la política de la eternidad no es conseguir resultados sino generar continuamente crisis para mantener un nivel adecuado de tensión en la audiencia.

◾  En la política de la eternidad los hechos dejan de ser percibidos como atributos de la realidad y se equiparan a las opiniones. La realidad, obviamente, continúa actuando aunque sea ignorada, pero cuando se desploma sobre los actores aunque afecte a sus vidas no suele destruir el relato. Más bien lo refuerza y acentúa la furia ante los enemigos que obviamente continúan actuando. El fracaso del relato provoca así mayor intensidad en el relato.

La política de la eternidad es, en suma, un  episodio más de olvido de la razón de los que hablaba Sebreli. A ustedes les toca decidir si todo esto tiene sentido, y si perciben síntomas en la sociedad actual. Sobre la ilustración de Moebius, nada tengo que decir.


Addenda. Timothy Snyder habla sobre las «políticas de la inevitabilidad» y las «políticas de la eternidad» 


viernes, 11 de septiembre de 2020

LA MEMORIA CALVINISTA


Denuncia Carmen Calvo que hay un «pozo ético de la democracia española», y esta es la razón de ser de la Memoria Histórica. Tenemos que entender –siempre según Calvo- que la democracia salida de la Transición es imperfecta, y que hasta ahora España no era lo suficientemente democrática. ¿Qué es lo que ha cambiado? Pues, en primer lugar, que ahora «la sociedad española ya está madura para mirarse a sí misma teniendo ordenado con dignidad y justicia el pasado». Y, sobre todo, que ahora está Carmen Calvo. Porque cuando ella habla de Memoria Histórica lo está haciendo desde una posición de superioridad moral; hacia el pasado, y hacia aquellos del presente que se atrevan a manifestar objeciones. La necesidad de reconocer simultáneamente la imperfección actual de la democracia española y la superioridad moral de Calvo es, entonces, el primer obstáculo para contemplar su proyecto de ley con simpatía.

El siguiente escollo está en que es muy razonable dudar de su sinceridad. Hace falta suspender la incredulidad -como ante una película de Harry Potter- para conceder a Calvo que tras su proyecto hay un afán de higiene democrática. No encaja bien, por ejemplo, mantener el foco en un franquismo lejano mientras se practica el blanqueo de un terrorismo reciente. ¿Cuál es entonces la agenda oculta?

El mercado laboral español, con un paro estructural del 14%, es una anomalía europea; tenemos un sistema educativo ideologizado y defectuoso; la epidemia ha demostrado que la coordinación entre administraciones no funciona, y que permite eludir responsabilidades... Podríamos seguir. España afronta una situación muy complicada cuya salida requeriría reformas muy profundas. Y no parece que el Gobierno de Sánchez, que prioriza el relato a la gestión, tenga la menor intención de emprenderlas, porque es electoralmente costoso y sujeto a la evaluación de resultados. Mucho más cómodo que ser Gobierno es ser Inquisición: fijemos una agenda religioso-cultural alternativa que nos permita, desde la posición de superioridad en la que se encuentra Calvo, sustituir política por antorchas. Convirtamos a los opositores y discrepantes en candidatos a brujas franquistas incinerables, y expulsémoslos así del escenario.

El problema de la guerra cultural es que sustituye la rendición de cuentas por la exhibición de virtud, y expulsa de la agenda aquellas reformas que, prosaicas y difíciles, son imprescindibles. Y como me conozco la táctica «estáis abucheando a Shakespeare» cuando lo estamos haciendo con Krusty, me apresuro a decir que estoy a favor de toda actuación que vaya dirigida al reconocimiento de las víctimas de la violencia, el sectarismo, la intolerancia y la xenofobia, y de las que nos sirvan para ponernos en guardia ante nuestra tendencia natural a recurrir a la cachiporra. Sólo a favor de estas.

jueves, 6 de agosto de 2020

LAS LECCIONES DE CONSTANT PARA EL S. XXI


«Una sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, y la separación de poderes no está determinada, no tiene una Constitución». Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, artículo 16. 1789.

En 1795 Benjamín Constant se establece en París. Ha aplaudido las reformas de 1789, y le han horrorizado la furia y el caos desatados a continuación. Su intención es defender los nuevos valores surgidos en 1789 de la acción destructora de los extremismos, tanto contrarreformistas como revolucionarios. Procede entonces explicar cuáles son esos valores, que ya empiezan a ser conocidos como “liberales”: gobierno constitucional, libertad, igualdad ante la ley, sometimiento de los gobernantes a la ley, y una panoplia de derechos entre los que sobresalen la libertad de pensamiento, religiosa y de prensa. Constant se pone a ello mediante una serie de artículos, ensayos y panfletos, y su nombre comienza a ser conocido.

En ese momento “liberal” y “demócrata” no caminan juntos. Constant no cree que la sociedad esté preparada para el sufragio universal que, introducido en 1792, ha desembocado en la Convención y el Terror. Porque una sociedad con instituciones liberales requiere ciudadanos con virtudes liberales. Este es, de hecho, el significado que "liberal" ha tenido en Europa desde Roma: la virtud de actuar con generosidad, magnanimidad y defendiendo el interés común de la sociedad. La acusación de individualismo y egoísmo, que pronto comenzará a asociarse a los liberales, carece entonces de fundamento. ¿Qué es lo que separa al ciudadano virtuoso de la masa ciega? Sencillamente, la educación: Constant minusvalora la tentación permanente que el primero tiene de disolverse en la segunda.

Es ese deseo de preservar los nacientes principios liberales lo que llevará a Constant a apoyar a Napoleón el 18 Brumario de 1799, convirtiéndose en uno de los 100 tribunos que asesorarán al Cónsul. Pero éste tiene su propia agenda. Conocedor, como Constant, de la vulnerabilidad de las masas a la propaganda, y desprovisto de cualquier escrúpulo a la hora de utilizarla en su beneficio, Napoleón ejerce un férreo control de los medios: cierra 69 de los 73 periódicos parisinos, y convierte a los supervivientes en órganos de información gubernamental. En 1802, el mismo año en que restablece la esclavitud en las colonias, se convierte en Cónsul Vitalicio, y en 1804 directamente en Emperador. Para ello ha sido imprescindible la colaboración de la Iglesia: el concordato firmado con la Santa Sede culminará con el Catecismo Imperial de 1806, que adjudica la condenación eterna a todo el que discuta el poder político del coronado corso.

¿Y Constant? Ha sido desprovisto de su cargo de Tribuno en cuanto ha comenzado a denunciar la acumulación de poder por Napoleón. Ha extraído una importante lección: un poder dictatorial puede disfrazarse con proclamas liberales y engañar a la masa –otra vez la masa-. Constant llama a este mecanismo “usurpación”, pero triunfarán otros nombres más comerciales como “bonapartismo” o “cesarismo”.

Los acontecimientos se desarrollan vertiginosamente. Derrotado Napoleón, Luis XVIII otorga una Carta que intenta hacer pasar como constitución liberal. Pero en 1815 el Emperador escapa de Elba y promete él mismo gobernar bajo principios constitucionales. Sorprendentemente acude a Constant en busca de ayuda y –más sorprendente aún- éste acepta. Redacta un documento llamado solemnemente Acta Adicional a las Constituciones del Imperio, y más informalmente La Benjamina en honor a su autor, que a su vez está empezando a ser conocido como Constant el Inconstante por sus fluctuaciones en torno a Napoleón.

Constant produce ese año un texto canónico del liberalismo: Principios de política aplicables a todos los gobiernos representativos. Ha extraído lecciones de la revolución, del Terror y de la dictadura napoleónica, y entre ellas una fundamental: el poder ilimitado, ejercido en nombre del rey, de una asamblea o del pueblo, es algo muy peligroso. Confíale autoridad ilimitada a una persona, a varias o a todas, advierte Constant, y descubrirás que en todo caso es malo: todos los males de la Revolución provinieron de la ignorancia de este hecho elemental. Cuando no hay límites al poder, el individuo está desprotegido frente a él. Por eso son necesarios controles y contrapesos, y es imprescindible fragmentar el poder en partes que se vigilen recíprocamente. No importa tanto el tipo de gobierno, dice Constant, como la cantidad de gobierno; lo relevante no es a quién se confía el poder, sino cuánto poder se le confía.

Las lecciones de Constant son válidas dos siglos más tarde. Para que sobreviva el oasis son necesarias tanto instituciones liberales como virtudes liberales: da la impresión de que esto no es bien entendido. El mayor peligro sigue siendo la disolución del individuo en la masa, y la manipulación de ésta por los demagogos: por eso el mayor enemigo del liberal es el populista. Constant confiaba en la educación para elevar el nivel de la sociedad por encima de la turba, pero era excesivamente optimista: nuestra tendencia tribal es innata y especialmente excitable en determinadas circunstancias. Las actuales, desgraciadamente, están entre ellas, y el escenario está poblado de cesaristas y demagogos.

miércoles, 8 de julio de 2020

PEDRO EN ITALIA


No es que Pedro Sánchez mienta: es que divide la realidad en compartimentos estancos, y lo que ocurre en cada uno de ellos es independiente de lo que pasa en los otros. Esto era, al fin, la política postmoderna: el fotograma sustituye a la secuencia, lo que hace innecesario el guion, la continuidad, la coherencia y aún la verdad. Un paso necesario en la sustitución del homo sapiens por el homo videns.

Habíamos tenido ocasión de contemplar la compartimentación temporal: un fotograma presenta a Sánchez insomne por Podemos, y otro -independiente del anterior- lo muestra sonriente junto a Iglesias; en un fotograma Sánchez demuestra firmeza ante Bildu, y en otro firma acuerdos con los filoterroristas. Ahora podemos ver la compartimentación espacial. La foto en España muestra a un Presidente-estadista clamando por la unidad y quejándose amargamente de la escasa predisposición al acuerdo del principal partido de la oposición; en Italia presenta al estadista, con el trasero al aire, preocupado por el futuro de su partido.

Hoy la política es, en gran medida, un gigantesco timo, y de ahí ese empeño en convertirla sin complejos en causa identitaria: sólo a votantes suficientemente sectarizados les basta con las fotos inconexas.


sábado, 4 de julio de 2020

TOMORROW BELONGS TO YOUR PARTY



En una perturbadora escena de Lo que queda del día -la magnífica película de James Ivory sobre el libro de Ishiguro- los invitados filonazis de Lord Darlington defienden lo absurdo del sufragio universal. ¿Cómo puede darse el voto a quien no conoce en profundidad los temas sobre los que se decide? Para demostrarlo someten a un humillante test al mayordomo Anthony Hopkins, que se ve incapaz de responder sobre complicados asuntos económicos y de política internacional.

Según la visión convencional de la democracia, son los votantes los que deciden cuáles son las políticas que consideran más convenientes, y escogen a continuación a aquellos que consideran más adecuados para llevarlas a cabo. Los partidos que gobernarán, por tanto, serán aquellos cuyas políticas encajen mejor en las preferencias de un mayor número de votantes. Entonces la secuencia sería esta: primero está la voluntad de los votantes; luego los partidos que la ejecutan en representación de aquellos.

La evidencia científica, que Christopher Achen y Larry Bartels recogen en Democracy for Realists: Why Elections Do Not Produce Responsive Government, demuestra que las cosas no son exactamente así. Desde los años 50 y 60 numerosos estudios muestran sistemáticamente a un votante pobremente informado, incapaz de identificar las cuestiones más básicas de las políticas de los partidos. Más aún, el votante, por lo general, no sólo es incapaz de identificar las políticas que defiende o practica un determinado partido: tampoco tiene una clara preferencia sobre esas políticas. En realidad, el votante no suele abandonar a su partido aunque éste altere dramáticamente su posición. En cuanto a los votantes más “preparados” –como los amigos de Lord Darlington- la cosa no es mucho mejor: por lo general repiten las consignas de la opción política a la que se han adherido, aunque sus racionalizaciones son más sofisticadas.

Ni siquiera parece cierto –otra de las asunciones de la teoría clásica- que el votante juzgue el desempeño de los gobernantes a la hora de decidir, premiándolos si ha sido bueno, y penalizándolos en caso contrario. Los estudios demuestran que los votantes tenemos una visión miope que nos lleva a valorar exclusivamente la situación económica en el momento de la elección; esto lo saben bien los políticos, que acostumbran a disparar el gasto en periodo preelectoral. Tenemos, además, una acusada tendencia a penalizar al gobernante por cualquier acontecimiento adverso, independientemente de que estuviera por completo fuera de su control: en 1916 Woodrow Wilson perdió muchos votos en las zonas costeras por los ataques mortales de un tiburón blanco en New Jersey.

¿Qué es lo que queda entonces? ¿Por qué deciden los electores? Básicamente por cuestiones identitarias de grupo: no escogemos a los partidos porque defienden las políticas que queremos, sino porque entendemos que representan lo que somos. Cómo decidimos esto último es algo que merece un análisis aparte, aunque posiblemente no sea muy diferente a lo que nos lleva a identificarnos con un equipo de fútbol –según el "ecualizador moral" de Jonathan Haidt, la diferencia de intensidad en un número limitado de intuiciones morales podría explicar la adscripción a derecha o a izquierda-. En todo caso las conclusiones de Achen y Bartels son poco estimulantes:

«Concluimos que las lealtades grupales y partidistas, y no las preferencias políticas o las ideologías, son fundamentales en la política democrática. Por lo tanto, una teoría realista de la democracia debe ser construida, no en la Ilustración francesa, ni en el liberalismo británico, ni en el progresismo americano, con su devoción a la racionalidad humana y el individualismo, sino en las percepciones de los críticos de estas tradiciones, que reconocieron que la vida humana es la vida en grupo».

No nos apresuremos a descartar la Ilustración, ni el liberalismo, ni el magnífico oasis que occidente ha sido capaz de construir. Pero, para preservarlo y mejorarlo, tal vez tengamos que aceptar que el oasis era en parte espejismo: tenemos una serie de problemas ante los que no podemos apartar la mirada.

En primer lugar, si la democracia es una cuestión de relaciones entre grupos/identidades debemos estar permanentemente en guardia ante nuestra predisposición evolutiva a entenderla como una competición de suma-cero entre tribus -o, en los casos más extremos, como una lucha religiosa a muerte entre el bien (nosotros) y el mal (ellos)-. Las presunciones y los dobles raseros son un subproducto de esta visión. Constatemos aquí, por cierto, que hay identidades políticas mucho más beligerantes que otras.

En segundo lugar, tengamos en cuenta que cuando existen identidades entrecruzadas en una sociedad el nivel de conflictividad es menor. Pero si una identidad política consigue reunir además otras identidades beligerantes –raciales, religiosas, ideológicas…- puede crear una mega-identidad hegemónica con vocación de aislar a una parte de la sociedad, lo que a su vez puede provocar una ruptura severa de la convivencia. Lo hemos visto en Cataluña, y lo vemos ahora en el resto de España.

En tercer lugar, puesto que tendemos a seguir a los partidos aunque cambien de opinión, la actuación de líderes poco escrupulosos puede acabar llevando a sus votantes, de manera inadvertida, a posiciones morales poco recomendables. También lo estamos viendo en la actualidad.


miércoles, 24 de junio de 2020

IDENTIDADES Y TAL (y 2)



Esta es una secuencia de la serie Chernobyl (disculpen, no la he encontrado en español) El ingeniero Valeri Legásov está explicando cómo funciona la central nuclear: todo se reduce a que la reactividad, o bien sube, o bien baja -«either goes up, or goes down»-. El combustible de uranio la libera, y sin medidas correctoras la reactividad continua aumentando indefinidamente: por eso hay que introducir en el reactor ciertas barras de control; el proceso hace que aumente la temperatura, y entonces hay que enfriar el reactor con agua, pero eso produce vapor, que aumenta la reactividad, que aumenta la temperatura… Una espiral que podría acabar haciendo saltar por los aires el reactor. Legásov explica con unas placas rojas y azules cuáles son las acciones que aumentan la radiactividad y cuáles las que la disminuyen. Lo que tienen que hacer los que están a cargo de la central es mantener el sistema equilibrado. Esta es, dice Legásov, «la danza invisible que provee de energía las ciudades, y es hermosa… cuando funciona normalmente».

Nuestra tendencia tribal explica el éxito de nuestra especie. Hacia dentro del grupo, posibilita la cooperación, la protección y el altruismo; nos permite actuar colaborativa y coordinadamente, y afrontar retos inalcanzables de manera individual: esta es la energía benéfica que libera. Pero esta predisposición tiene un reverso tenebroso: alienta el miedo y el odio hacia el de fuera –aunque sea idéntico al de dentro-; convierte las relaciones intergrupales en una competición de suma-cero, de la que está excluida la cooperación. Eventualmente –como la radiactividad- puede generar una espiral de agresividad que desemboque en la ruptura de la convivencia, conflictos y estallidos de violencia.

Una sociedad es más estable cuando tiene muchas identidades, poco agresivas, que se entrecruzan. Cuando un partido político consigue excitar identidades, hacerlas más beligerantes y patrimonializarlas, empieza a añadir placas rojas que pueden desequilibrar el sistema. Las distintas identidades se pueden polarizar hasta reunir en una súper-identidad hegemónica capaz de expulsar a una parte de la sociedad; placas rojas como la falsa conformidad y la espiral de silencio aceleran el proceso, que puede desembocar en la fractura social. Es un juego muy rentable para los partidos: les permite sectarizar a su votante y eludir la rendición de cuentas canalizando toda frustración hacia el ajeno al grupo. También es perfectamente irresponsable. Hemos asistido a esta reacción en cadena en Cataluña; desde hace un tiempo, mediante la excitación identitaria contra la derecha, y la patrimonialización de otras identidades mediante «guerras culturales», el modelo se ha trasladado al resto de España (más sobre esto aquí).

El desequilibrio que había comenzado en abril de 1986 en Chernobyl acabaría haciendo estallar el reactor. Si ustedes no lo entienden, dice Legásov al final de la secuencia, es normal: a fin de cuentas no trabajaban en la sala de control. Pero, continúa, resultó que los que estaban allí tampoco lo entendían. Y este es, en resumen, nuestro problema. Los políticos tienen incentivos para ir añadiendo placas rojas al sistema; y, a falta de escrúpulos, sólo dejarán de hacerlo si la ciudadanía lo entiende y los penaliza. Pero ¿cómo reaccionará una ciudadanía cada vez más inmersa en el sectarismo y el pensamiento tribal? Y las placas rojas siguen acumulándose.