jueves, 20 de febrero de 2020

VENEZUELA, CHUPITO


Sucedía en El Congreso, cuando era diputado. Cuando alguien recordaba a Pablo Iglesias su relación bidireccional con el chavismo –ideólogo del régimen; ideologizado y financiado por él- desde la bancada de Podemos alzaban brazos burlones en un brindis invisible: Venezuela, chupito. Ya está la cantinela de los fachas alarmistas, asustados y cansinos. La maniobra era bastante eficaz: en mayor o menor medida el estigma se asumía inconscientemente por los denunciantes, y aquellos que han contribuido eficazmente a destruir un país volvían a quedar indemnes. Es un mecanismo idéntico al despectivo «España se rompe» –con iguales connotaciones que el «Venezuela, chupito»- que durante mucho tiempo nos dedicaron a los que denunciábamos los peligros del nacionalismo.


Los sorprendentes movimientos del sanchismo en relación con la dictadura venezolana –la transformación del presidente encargado Guaidó en líder de la oposición, el vodevil de Ábalos y Delcy Rodríguez en Barajas, los discursos desvariados de Zapatero…- han provocado un spin-off del «Venezuela, chupito»: «esto no interesa a nadie; dediquémonos a lo que verdaderamente importa a los españoles». Lo repiten obedientemente, no sólo los chavistas, sino también los socialistas e incluso los independentistas. A Pablo Iglesias le ha gustado tanto que ha aplicado una segunda derivada a las preguntas sobre su negativa a una comisión de investigación sobre la prostitución de menores acogidas en centros de Baleares, demostrando así que la obscenidad no tiene límites.


En todas las series hay actores mejores y peores, y uno especialmente malo en ésta es Carmen Calvo, que no entendió el guion y convirtió el “estas preguntas no interesan a nadie” en “Venezuela no interesa a nadie”. Pero bueno, todo esto lo cuenta mucho mejor Rafa Latorre aquí.

* En la imagen central  puede verse al insufrible Roger Waters de Pink Floyd brindando directamente por Maduro: parece que tampoco entendió lo del chupito.

jueves, 13 de febrero de 2020

LA POSVERDAD


No está claro que exista en español una palabra específica para bullshit o su equivalente más fino humbug -literalmente ‘zumbido de insectos’-. Defiende Santi González que sí, que bullshit en español es “caca de la vaca”, y la traducción tiene mérito: evoca algo expelido de forma apresurada y sin gracia que desprende un olor desagradable. Sin embargo no hay que olvidar que el bullshit no siempre es producto de una evacuación urgente: en campos tan fértiles como la política hay cuidadosos artesanos que, con sofisticadas herramientas como la demoscopia, producen artísticos zurullos.

Rafa Latorre abogaba recientemente por traducir bullshit como “paparruchas”, que tiene la ventaja de ser sonoramente despectivo. Y hoy Arcadi Espada, recordando los vaivenes del presidente del Gobierno, habla de “posverdad”. La posverdad es un mundo en el que Sánchez no miente aunque continuamente emita afirmaciones contradictorias. En realidad, en ese mundo ni siquiera la palabra “afirmación” tiene sentido –y tampoco “en realidad”-. Es un ecosistema poco apto para Popper –en la posverdad, recuerda Arcadi, Sánchez no es falsable- y sí para Humpty Dumpty.

En su breve ensayo On bullshit, Harry G. Frankfurt establecía la siguiente regla para distinguir al mentiroso del bullshitter. El que dice la verdad sabe que lo que afirma es cierto, y el mentiroso sabe que lo que dice es falso: ambos, por tanto, se sienten constreñidos por la conexión de sus afirmaciones con los hechos objetivos. Ambos, por decirlo de alguna manera, respetan las reglas del mismo juego, aunque juegan en equipos diferentes. Por el contrario, lo que caracteriza al emisor de bullshit es su olímpica desconexión de la verdad y los hechos. En realidad lo único que realmente le interesa es vender la imagen de sí mismo, y ha descubierto que le basta con presentar una serie de fotografías inconexas en lugar de una historia sujeta a un guion.

Frankfurt coincide, pues, con Espada. La posverdad, ese parque temático en el que la verdad y los hechos han dejado de ser relevantes, es la Disneylandia del bullshitter. Allí ha trasladado Sánchez el Gobierno de España.

martes, 11 de febrero de 2020

RESPUESTA A LA GESTORA DE CIUDADANOS

Querido Andrés. Cuando el 25 de enero defendí en el Consejo General la enmienda a la totalidad al proyecto de Estatutos, tu respuesta fue una descalificación ad hominem: sólo desde la mala fe y la ignorancia –alegaste- se podía presentar tal enmienda ¿Para qué debatir entonces? Tu artículo de hoy prosigue con otra desautorización más novedosa: la enmienda es sospechosa porque se inspira en los estatutos de UPyD. ¿No provienen –recuerdas- sus defensores de ese partido? Pues asunto zanjado.

Parece que los estatutos de UPyD son muy versátiles: servían antes para calificar al partido de jacobino, y ahora para acusarlo de defender baronías. Por cierto, recuerdo otra cosa de los peores momentos de ese partido que quizás sea más aplicable a este caso: la descalificación inmisericorde del discrepante, y la asunción acrítica de los argumentos más inverosímiles proporcionados por la Nomenklatura.

Ciertamente hemos consultado los estatutos de partidos muy diversos: eso que llamas “copiar” se llama ahora “benchmarking”, que es más fino. En algunos casos hemos encontrado cosas sorprendentes como esta: «derecho de todo afiliado a ejercer la crítica o a emitir opinión sobre las políticas y líneas estratégicas adoptadas por los órganos competentes». Este derecho está incluido en los estatutos de un partido difícilmente calificable como liberal –Vox-, y en los nuestros ha sido catalogado en los apartados “faltas graves” y “faltas muy graves”; en este último caso si el Comité de Régimen Disciplinario –recordemos que la Ejecutiva nombra a TODOS sus miembros- decide que concurre con el temible derecho el muy indeterminado término jurídico “deslealtad”.

Termino aclarando una acusación que ya me fue formulada en ese Consejo del 25 de enero: algunos de los que ahora presentamos la enmienda votamos favorablemente los anteriores estatutos, de los que el actual proyecto es mera continuidad. ¿No es esto una muestra clara de inconsistencia o, incluso, deslealtad?

Efectivamente –contesté en el Consejo- voté a favor de los anteriores estatutos, y me equivoqué. Me equivoqué gravemente al no darle la relevancia que tenían. Al no entender que lo que predicamos para una sociedad saneada –instituciones inclusivas, contrapoderes, ausencia de élites extractivas, derechos de las personas- debemos aplicarlo también en el interior de los partidos. Que es necesario llevar en el frontispicio de nuestro partido eso de «ciudadanos, libres, iguales y solidarios», pero que todo eso no se debe dejar colgado en la puerta junto a los abrigos. Pero ahora no tenemos excusa, porque hemos podido ver en qué se ha convertido la Organización del partido gracias a los anteriores estatutos. No añadamos al error la contumacia en el error.

Y sobre eso de que nuestra enmienda es «una enmienda a Ciudadanos» hablamos, si te parece, otro día. Parece, más bien, que la enmienda a Ciudadanos es abandonar nuestro proyecto reformista de centro, pensado para romper una política cainita de bloques, para acabar disolviéndonos en uno de ellos.

jueves, 6 de febrero de 2020

LA QUINTAESENCIA A LA PUERTAS (Y NI UN PASO MÁS)


Un miembro de la Gestora de Ciudadanos defendió que los estatutos del partido son “la quintaesencia del liberalismo”. ¿En qué se basaba? Sencillamente, en que en ellos figuran las palabras libertad, igualdad y solidaridad. Que la quintaesencia del liberalismo sean la libertad, la igualdad y la solidaridad no lo vamos a discutir; que la organización de un partido se convierta en quintaesencia del liberalismo por llevar estos lemas en su frontispicio ya es otra cuestión –de hecho ¿qué partido no las llevaría?-

El actual proyecto de estatutos confía un poder absoluto, no contrapesado por la actuación de otros órganos o afiliados, a la Comisión ejecutiva. Un ejemplo: dentro del Comité autonómico –máximo órgano territorial en este ámbito- la Comisión ejecutiva nombra discrecionalmente 1) a la persona que lo preside, 2) a tres miembros de la junta directiva del mismo, 3) a un número adicional de hasta cinco miembros elegidos de entre los cargos institucionales de la Comunidad, y 4) a otro número adicional de hasta cinco miembros elegidos de donde le parezca oportuno. Previamente ha nombrado también 5) a los coordinadores provinciales o insulares, que también forman parte del Comité autonómico. De este modo los Comités autonómicos quedan reducidos a 17 expresiones de la Comisión ejecutiva. Algo similar ocurre con los Comités provinciales e insulares.

Más alarmante aún es que la Comisión de régimen disciplinario –el poder “judicial” del partido- tampoco es independiente de la Comisión ejecutiva, que nombra directamente a todos –sí, todos- sus miembros. Ciertamente el afiliado puede recurrir las decisiones de la Comisión de régimen disciplinario ante la Comisión de Garantías: aquí la Comisión ejecutiva sólo nombra al 25% de sus miembros.

El debate y la discrepancia tampoco son bien recibidos. Entre las faltas “graves” que establece el régimen disciplinario está emitir públicamente opiniones discrepantes, y entre las “muy graves” aquellas que puedan ser consideradas «desleales o contrarias a los intereses del partido». ¿Y quién decide si son desleales? El Comité ejecutivo/disciplinario.

Es decir la separación de poderes, la existencia de pesos y contrapesos, la posibilidad de debate –que también son quintaesencia de lo liberal- pueden estar en el ideario del partido y estar ausentes de su organización. Se produce así un curioso efecto: con estos estatutos el partido predica hacia fuera lo que no practica dentro.

El artículo 6 de la Constitución exige que los partidos sean democráticos en su funcionamiento y estructura interna; Robert Michels, cuando enunció lúgubremente la «ley de hierro de las oligarquías», avisó de la permanente tentación de huir en dirección contraria. Estos estatutos parecen convertir a esta organización en una eficaz forja de ese hierro.

Pero todo esto es teoría; que los afiliados lo contrasten con los datos empíricos. ¿Ha funcionado bien hasta ahora la organización de Ciudadanos con unos estatutos similares? ¿Creen que puede mejorar con estos?

POR QUÉ FRACASAN LOS PARTIDOS

No es la raza; no es el clima; no son supuestas características étnico-culturales las que determinan el éxito o fracaso de un país. Son las instituciones. El siglo XX nos ha mostrado dramáticos ejemplos en que, al tomar un país –con la misma raza, historia y cultura-, partirlo en dos con cualquier criterio arbitrario –por ejemplo, la posición respecto al paralelo 38 norte-, y someter cada parte resultante a un modelo político y económico distinto, se inicia inmediatamente una divergencia que acaba llevando a situaciones muy dispares. Es el caso de Alemania, o de Corea. Esta es la idea que subyace en el famoso ¿Por qué fracasan las naciones? de Azemoglu y Robinson. Si un país consigue desarrollar “instituciones inclusivas”, mediante las que el poder está distribuido y se evita una excesiva concentración, prosperará; en caso contrario se desarrollaran “élites extractivas”, o lo que Huntington llama “sociedades pretorianas”: «sistemas en los que se desdeña la ley y los gobernantes actúan en función de sus propios intereses en lugar de los del estado». Las instituciones funcionan, por tanto, como las herramientas para conseguir un ecosistema donde florezcan las buenas prácticas. Pero si esta es la receta adecuada para un país ¿por qué no también para las propias instituciones? ¿Por qué no para las organizaciones que canalizan la vida política en los países? Esta era la paradoja que detectó Robert Michels cuando formuló su famosa «ley de hierro de las oligarquías»: los partidos centro de la vida democrática, tienden a ser poco democráticos en su funcionamiento. Este dilema, nada menos, es el que ahora se plantea ante los estatutos de Ciudadanos. Desde @CsEresTu pretendemos crear un partido inclusivo, donde la opinión circule libremente, el talento sea reconocido, los afiliados decidan, y no exista una abrumadora concentración de poder; de lo contrario, se convertirá en el ecosistema ideal para el desarrollo de elites pretorianas. Ahora es el momento de presentar enmiendas. Decides tú.

miércoles, 5 de febrero de 2020

CUANDO LA PROFECÍA SE EQUIVOCA


A comienzos de 1954 La Hermandad de los Siete Rayos, una secta del medio oeste de los Estados Unidos, anunció el fin del mundo para el 21 de diciembre de ese mismo año. Había extraído esta información por una serie de canales: la escritura automática de una adepta que recogía mensajes de un avatar de Jesucristo, los arrebatos de otra acólita en los que un demiurgo hablaba en tono lúgubre por su boca, y las revelaciones de un médium en contacto permanente con extraterrestres. La noticia, sin embargo, no debía llevar a la desesperación: la noche previa al desastre los fieles de la Hermandad serían recogidos por una flotilla de platillos volantes, que los trasladaría con total tranquilidad a otro planeta mucho más espiritual que el presente.

En los meses que quedaban al mundo, el psicólogo Leon Festinger infiltró una serie de ayudantes en la secta. Había desarrollado la teoría de la disonancia cognitiva, según la cual cuando las convicciones y la realidad chocan es esta última la que suele ser sacrificada, y sospechaba que un eventual fracaso de la profecía no desmoralizaría a los miembros de la Hermandad.

Así ocurrió. Cuando el 21 de diciembre llegó y pasó sin incidentes significativos, y tras unos breves momentos de desconcierto, las creencias de los adeptos -a través de las racionalizaciones más disparatadas- quedaron incluso reforzadas. Más aún: se produjo un espectacular aumento del proselitismo. Para los fieles, que habían hecho una enorme inversión vital en la secta, el coste de aceptar la realidad era demasiado elevado, así que intentaban desesperadamente contrapesarla con un aumento del respaldo social: dijeran lo que dijeran los hechos –pensaban-, si un número suficiente estuviera con ellos sin duda tendrían razón. No era así, claro.

When prophecy fails. 1956. Leon Festinger, H.Riecken, S.Schachter

domingo, 19 de enero de 2020

EL DICTADOR EN EL NAUFRAGIO


Cuenta Simon Leys que la historia del Batavia lo fascinó, que se dedicó a recolectar información sobre el asunto, y que nunca llegaba a escribir un libro porque diversas contingencias –la pereza entre ellas- se cruzaban continuamente en su camino. Por eso, cada vez que algo nuevo sobre el buque era publicado acudía a leerlo con aprensión, temiendo que esta vez el autor hubiera acertado con el enfoque y le hubiera pisado la historia. Y así fue ocurriendo, cuenta Leys, hasta que Mike Dash publicó La tumba del Batavia. Leys entonces escribió el suyo, recomendando modestamente a los lectores que acudan al de Dash, mucho más completo, y que utilicen el suyo simplemente como complemento o resumen.

El caso es que nada en el libro de Dash justifica las amables palabras de Leys. La historia -efectivamente apasionante- es sofocada y sepultada bajo una hojarasca de información inútil. Cabe pensar que tal vez Leys leyó el libro, extrajo el cadáver del relato de entre sus interminables páginas, y lo devolvió a la vida en su propio libro.

El Batavia era un navío de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Compuesta por mercaderes dedicados al comercio de las especias, la Compañía, con ejército propio, capacidad para firmar tratados e incluso para acuñar moneda, reunía poderes similares a un estado, y en todo caso puede considerarse la primera multinacional. En 1629 el Batavia, con 320 pasajeros a bordo –hombres, mujeres y niños-, realizaba un trayecto habitual consistente en doblar el cabo de Buena Esperanza, descender hasta encontrar los “cuarenta bramadores”, los fuertes vientos del oeste que circulan por el paralelo 40, para luego ascender con vientos del sureste en dirección a Java. Los viajes eran inciertos en ese momento porque, si bien los marinos sabían localizarse en latitud –la distancia con respecto al ecuador- era extremadamente difícil orientarse en longitud –la distancia con respecto al meridiano base, actualmente Greenwich-. Por esa razón, impulsado por los “cuarenta bramadores” el Batavia avanzó mucho más hacia el este de lo previsto, ascendió al norte en un ágil rumbo largo, y se empotró sin mayores ceremonias contra los arrecifes de Houtman Abrolhos, descubiertos diez años antes por otro buque de la Compañía de manera menos abrupta que el propio Batavia.

Los Houtman Abrolhos son una cadena de islotes inhóspitos -algunos meras rocas-, poblados por arbustos raquíticos abrumados por el viento, y rodeados por barreras de coral y aguas cristalinas que los tripulantes del Batavia no estaban en condiciones de apreciar. Utilizando dos de los botes del barco, más de la mitad de los pasajeros fueron evacuados a un islote cercano. Entretanto marineros de menor rango habían optado por saquear las bodegas y estaban empezando a vaciar sus barriles, y ante el temor de que intentaran apoderarse de las embarcaciones la evacuación se interrumpió. Quedaron en los restos del barco setenta personas, entre ellas el mercader Jeronimus Cornelisz. Previamente farmacéutico en Haarlem, Cornelisz había ingresado en la Compañía por la quiebra de su negocio y la sospecha de estar siendo investigado por opiniones heréticas.

La situación era complicada, y el mercader jefe de la Compañía y el capitán tomaron una decisión. Reuniendo a cincuenta personas, y dejando menguadas provisiones a los supervivientes del islote, partieron en un bote en dirección a Java con el fin de encontrar ayuda para los náufragos o, al menos, salvarse ellos mismos. Mientras tanto las olas estaban desmenuzando al Batavia contra el arrecife. Aterrorizado entre sus restos -no sabía nadar- Cornelisz contemplaba cómo los demás intentaban llegar a los islotes cercanos agarrados a improvisadas balsas. Finalmente las olas acabaron por partir el buque. Cornelisz fue lanzado al mar, consiguió aferrarse a unos restos y milagrosamente llegó hasta el islote, donde sus ocupantes lo acogieron con alegría y lo cuidaron. Visto retrospectivamente, no fue una buena decisión.

Inteligente y dotado de una gran capacidad de persuasión, Cornelisz fue puesto al mando de los náufragos, lo que aplacó momentáneamente su vanidad. Pero, aparte del disfrute de la pompa, las tareas de dirigir y organizar a los supervivientes lo cansaban. Enseguida entendió, además, que había muchos náufragos para tan pocas provisiones. Cornelisz, que ya había intentado provocar un motín antes del naufragio, reanudó las conspiraciones en cuanto pudo ponerse en pie, y en un par de semanas había conseguido convencer a unos 30 de las 182 náufragos del islote. Su desventaja numérica era de 6 a 1, y para corregirla usó la vieja táctica –es asombroso que aún funcione- de dividir las fuerzas del contrario y ocultar las verdaderas intenciones. Comenzó organizando expediciones a los islotes cercanos con el único bote que les había quedado con el proyecto declarado de que buscaran agua y alimentos, y con la intención oculta de abandonarlos para que murieran de inanición. A continuación, comenzó a practicar asesinatos disimulados. Para cuándo ya no hubo manera de disimular, continuó asesinando abiertamente a través de sus sicarios. A las mujeres más jóvenes les perdonó la vida para entregarlas a sus hombres; a las otras, no. Instauró así en su islote un régimen de poder absoluto y terror indiscriminado.

Sin duda en el combinado emocional de Cornelisz convivían glotonería de poder con una indiferencia absoluta por las personas. También frustración y resentimiento por lo que debía de entender un reconocimiento insuficiente de sus méritos por parte de la vida. Pero es más interesante intentar ahondar en las racionalizaciones de sus actos, las que permitían que perpetrara sus actos sin sufrir el incómodo aguijonazo de la conciencia. Dos son los aspectos que pueden aquí ser tenidos en cuenta.

Los padres de Cornelisz eran anabaptistas. En su versión holandesa, a través de las prédicas de Melchor Hoffmann y Jan Matthys –éste último de Haarlem como el propio Cornelisz-, el anabaptismo había derivado rápidamente al milenarismo; se había convertido así en un cauce virtuoso para evacuar el resentimiento y la violencia. Además, Cornelisz había entablado estrechas relaciones con el pintor Torrentius, que relativizaba los conceptos del bien y del mal y sostenía que el diablo le ayudaba a pintar sus cuadros.

Recuerda Leys que una sociedad civilizada no es aquella en la que no hay elementos malignos, sino aquella en la que éstos no pueden desarrollar sus inclinaciones. Los sicarios de Cornelisz no habían manifestado sus tendencias criminales en la civilización, pero Cornelisz creó el ecosistema adecuado. Que también, por cierto, permitió que brotara el héroe de esta historia: un tal Wiebbe Hayes, hasta ese momento soldado insignificante. Hayes había formado parte de una de las expediciones-deportaciones de Cornelisz a otros islotes, y no sólo se las había arreglado para mantener con vida a sus compañeros, sino que había acabado encontrando pozos de agua y reservas de comida. Cornelisz, dictador en su islote, mandó una expedición para acabar con Hayes que resultó en su captura –la de Cornelisz- y la eliminación de sus secuaces más sanguinarios. Una segunda expedición estuvo a punto de acabar con Hayes, pero en ese momento una vela en el horizonte –pues toda esta historia parece diseñada por un guionista de Hollywood- los salvó: era el mercader jefe, que había conseguido llegar a Java y volvía con ayuda. La cosa, felizmente, terminó mal para Cornelisz.

The wreck of the Batavia. Simon Leys

Imagen: Naturaleza muerta con brida, de Torrentius