sábado, 4 de julio de 2020

TOMORROW BELONGS TO YOUR PARTY



En una perturbadora escena de Lo que queda del día -la magnífica película de James Ivory sobre el libro de Ishiguro- los invitados filonazis de Lord Darlington defienden lo absurdo del sufragio universal. ¿Cómo puede darse el voto a quien no conoce en profundidad los temas sobre los que se decide? Para demostrarlo someten a un humillante test al mayordomo Anthony Hopkins, que se ve incapaz de responder sobre complicados asuntos económicos y de política internacional.

Según la visión convencional de la democracia, son los votantes los que deciden cuáles son las políticas que consideran más convenientes, y escogen a continuación a aquellos que consideran más adecuados para llevarlas a cabo. Los partidos que gobernarán, por tanto, serán aquellos cuyas políticas encajen mejor en las preferencias de un mayor número de votantes. Entonces la secuencia sería esta: primero está la voluntad de los votantes; luego los partidos que la ejecutan en representación de aquellos.

La evidencia científica, que Christopher Achen y Larry Bartels recogen en Democracy for Realists: Why Elections Do Not Produce Responsive Government, demuestra que las cosas no son exactamente así. Desde los años 50 y 60 numerosos estudios muestran sistemáticamente a un votante pobremente informado, incapaz de identificar las cuestiones más básicas de las políticas de los partidos. Más aún, el votante, por lo general, no sólo es incapaz de identificar las políticas que defiende o practica un determinado partido: tampoco tiene una clara preferencia sobre esas políticas. En realidad, el votante no suele abandonar a su partido aunque éste altere dramáticamente su posición. En cuanto a los votantes más “preparados” –como los amigos de Lord Darlington- la cosa no es mucho mejor: por lo general repiten las consignas de la opción política a la que se han adherido, aunque sus racionalizaciones son más sofisticadas.

Ni siquiera parece cierto –otra de las asunciones de la teoría clásica- que el votante juzgue el desempeño de los gobernantes a la hora de decidir, premiándolos si ha sido bueno, y penalizándolos en caso contrario. Los estudios demuestran que los votantes tenemos una visión miope que nos lleva a valorar exclusivamente la situación económica en el momento de la elección; esto lo saben bien los políticos, que acostumbran a disparar el gasto en periodo preelectoral. Tenemos, además, una acusada tendencia a penalizar al gobernante por cualquier acontecimiento adverso, independientemente de que estuviera por completo fuera de su control: en 1916 Woodrow Wilson perdió muchos votos en las zonas costeras por los ataques mortales de un tiburón blanco en New Jersey.

¿Qué es lo que queda entonces? ¿Por qué deciden los electores? Básicamente por cuestiones identitarias de grupo: no escogemos a los partidos porque defienden las políticas que queremos, sino porque entendemos que representan lo que somos. Cómo decidimos esto último es algo que merece un análisis aparte, aunque posiblemente no sea muy diferente a lo que nos lleva a identificarnos con un equipo de fútbol –según el "ecualizador moral" de Jonathan Haidt, la diferencia de intensidad en un número limitado de intuiciones morales podría explicar la adscripción a derecha o a izquierda-. En todo caso las conclusiones de Achen y Bartels son poco estimulantes:

«Concluimos que las lealtades grupales y partidistas, y no las preferencias políticas o las ideologías, son fundamentales en la política democrática. Por lo tanto, una teoría realista de la democracia debe ser construida, no en la Ilustración francesa, ni en el liberalismo británico, ni en el progresismo americano, con su devoción a la racionalidad humana y el individualismo, sino en las percepciones de los críticos de estas tradiciones, que reconocieron que la vida humana es la vida en grupo».

No nos apresuremos a descartar la Ilustración, ni el liberalismo, ni el magnífico oasis que occidente ha sido capaz de construir. Pero, para preservarlo y mejorarlo, tal vez tengamos que aceptar que el oasis era en parte espejismo: tenemos una serie de problemas ante los que no podemos apartar la mirada.

En primer lugar, si la democracia es una cuestión de relaciones entre grupos/identidades debemos estar permanentemente en guardia ante nuestra predisposición evolutiva a entenderla como una competición de suma-cero entre tribus -o, en los casos más extremos, como una lucha religiosa a muerte entre el bien (nosotros) y el mal (ellos)-. Las presunciones y los dobles raseros son un subproducto de esta visión. Constatemos aquí, por cierto, que hay identidades políticas mucho más beligerantes que otras.

En segundo lugar, tengamos en cuenta que cuando existen identidades entrecruzadas en una sociedad el nivel de conflictividad es menor. Pero si una identidad política consigue reunir además otras identidades beligerantes –raciales, religiosas, ideológicas…- puede crear una mega-identidad hegemónica con vocación de aislar a una parte de la sociedad, lo que a su vez puede provocar una ruptura severa de la convivencia. Lo hemos visto en Cataluña, y lo vemos ahora en el resto de España.

En tercer lugar, puesto que tendemos a seguir a los partidos aunque cambien de opinión, la actuación de líderes poco escrupulosos puede acabar llevando a sus votantes, de manera inadvertida, a posiciones morales poco recomendables. También lo estamos viendo en la actualidad.


miércoles, 24 de junio de 2020

IDENTIDADES Y TAL (y 2)



Esta es una secuencia de la serie Chernobyl (disculpen, no la he encontrado en español) El ingeniero Valeri Legásov está explicando cómo funciona la central nuclear: todo se reduce a que la reactividad, o bien sube, o bien baja -«either goes up, or goes down»-. El combustible de uranio la libera, y sin medidas correctoras la reactividad continua aumentando indefinidamente: por eso hay que introducir en el reactor ciertas barras de control; el proceso hace que aumente la temperatura, y entonces hay que enfriar el reactor con agua, pero eso produce vapor, que aumenta la reactividad, que aumenta la temperatura… Una espiral que podría acabar haciendo saltar por los aires el reactor. Legásov explica con unas placas rojas y azules cuáles son las acciones que aumentan la radiactividad y cuáles las que la disminuyen. Lo que tienen que hacer los que están a cargo de la central es mantener el sistema equilibrado. Esta es, dice Legásov, «la danza invisible que provee de energía las ciudades, y es hermosa… cuando funciona normalmente».

Nuestra tendencia tribal explica el éxito de nuestra especie. Hacia dentro del grupo, posibilita la cooperación, la protección y el altruismo; nos permite actuar colaborativa y coordinadamente, y afrontar retos inalcanzables de manera individual: esta es la energía benéfica que libera. Pero esta predisposición tiene un reverso tenebroso: alienta el miedo y el odio hacia el de fuera –aunque sea idéntico al de dentro-; convierte las relaciones intergrupales en una competición de suma-cero, de la que está excluida la cooperación. Eventualmente –como la radiactividad- puede generar una espiral de agresividad que desemboque en la ruptura de la convivencia, conflictos y estallidos de violencia.

Una sociedad es más estable cuando tiene muchas identidades, poco agresivas, que se entrecruzan. Cuando un partido político consigue excitar identidades, hacerlas más beligerantes y patrimonializarlas, empieza a añadir placas rojas que pueden desequilibrar el sistema. Las distintas identidades se pueden polarizar hasta reunir en una súper-identidad hegemónica capaz de expulsar a una parte de la sociedad; placas rojas como la falsa conformidad y la espiral de silencio aceleran el proceso, que puede desembocar en la fractura social. Es un juego muy rentable para los partidos: les permite sectarizar a su votante y eludir la rendición de cuentas canalizando toda frustración hacia el ajeno al grupo. También es perfectamente irresponsable. Hemos asistido a esta reacción en cadena en Cataluña; desde hace un tiempo, mediante la excitación identitaria contra la derecha, y la patrimonialización de otras identidades mediante «guerras culturales», el modelo se ha trasladado al resto de España (más sobre esto aquí).

El desequilibrio que había comenzado en abril de 1986 en Chernobyl acabaría haciendo estallar el reactor. Si ustedes no lo entienden, dice Legásov al final de la secuencia, es normal: a fin de cuentas no trabajaban en la sala de control. Pero, continúa, resultó que los que estaban allí tampoco lo entendían. Y este es, en resumen, nuestro problema. Los políticos tienen incentivos para ir añadiendo placas rojas al sistema; y, a falta de escrúpulos, sólo dejarán de hacerlo si la ciudadanía lo entiende y los penaliza. Pero ¿cómo reaccionará una ciudadanía cada vez más inmersa en el sectarismo y el pensamiento tribal? Y las placas rojas siguen acumulándose.

martes, 23 de junio de 2020

IDENTIDADES Y TAL


Una persona puede ser simultáneamente hombre, blanco, calvo, homosexual, nacionalista catalán, taxista, vegano, cazador, socialista, nudista, del Atleti…. ¿Son todas identidades? El lector probablemente contestará que no: hay distinciones que son relevantes y otras que no, y sólo las primeras mueven a las personas a agruparse y alzar las banderas. ¿Es así?

En 1970 el psicólogo social Henry Tajfel reunió a 60 niños de un colegio, les mostró brevemente una imagen con un cierto número de puntos, y les pidió que estimaran cuántos había. Unos dijeron de más y otros dijeron de menos, y de esta manera tan espectacularmente trivial nacieron espontáneamente dos grupos: los infracalculadores y los sobrecalculadores. ¿Eran dos identidades? Pues sí. Tajfel sometió a los niños a pruebas que conllevaban la asignación de cantidades de dinero entre sus compañeros, y comprobó que todos ellos tendían sistemáticamente a privilegiar a los de su recién creado grupo. Peor aún: los niños demostraron que, en el reparto, lo relevante no era tanto que los miembros de su grupo recibieran más, sino que la diferencia con los del otro grupo fuera mayor -preferían, por ejemplo, asignar 4 dólares a los de su grupo si los rivales sólo recibían 1, antes que llevarse 10 si los contrarios recibían 9-.

En realidad Tajfel no esperaba que nuestra tendencia grupal funcionara tan rápidamente: había diseñado el experimento como un punto de partida a partir del que iría añadiendo elementos hasta que se disparase el tribalismo. No hizo falta. El más absurdo, artificial e irrelevante de los criterios –la estimación de unos puntos en una imagen- hizo que los niños generasen tribus, y que a partir de ese momento comenzasen a interactuar motivados por el deseo de derrotar al adversario. La cooperación entre los niños desapareció, siendo sustituida por una relación de suma-cero aun cuando no había existido el menor conflicto previo entre ellos.

Este es, entonces, el punto de partida al hablar de identidades: somos animales grupales, y nuestra supervivencia estaba ligada al triunfo de nuestra tribu sobre los competidores. La evolución nos ha seleccionado: hoy estamos aquí los más predispuestos a formar grupos, a defender a los nuestros y a odiar al de fuera, y los criterios identitarios que invocamos no suelen ser más que racionalizaciones ex post de ese impulso.

Y a partir de ahí la cosa se pone peor: una vez que actuamos en modo grupo/tribu/identidad nuestra forma de pensar se altera, incluso en las áreas más específicamente técnicas y científicas. En 2013 el profesor de Yale Dan Kahan reunió a unos voluntarios, averiguó su adscripción política, y les sometió a una serie de pruebas –con enrevesados datos estadísticos sobre la eficacia de un bronceador- para conocer sus habilidades numéricas. A continuación les presentó un problema de similar dificultad matemática, pero sobre un asunto ideologizado: según los datos presentados a un grupo, el control de armas reducía significativamente el crimen; según los datos ofrecidos a otro, el control era perfectamente irrelevante. Kahan descubrió que aquellos con mayores conocimientos matemáticos interpretaban correctamente los datos… siempre que encajaran en sus prejuicios ideológicos. ¿Qué ocurría cuando no era así? Pues que los mejores matemáticos obtenían peores resultados que los numéricamente más torpes: sencillamente, eran capaces de construir racionalizaciones más sofisticadas para sostener sus inalterables planteamientos previos. Lo han entendido bien: una vez sectarizados, cuanto más inteligentes más capaces somos de profundizar en la estupidez. No estamos guiados por el deseo de averiguar la verdad, sino por la voluntad de triunfo de nuestro grupo y sus planteamientos ideológicos.

(continuará)

viernes, 12 de junio de 2020

RUIDOSOS Y SUMISOS


Señala Rafa Latorre el elemento característico de las protestas. Mientras muchos contemplan, conmocionados, la brutal muerte de George Floyd, otros se apresuran a añadirle el calificativo “estructural”: no es un hecho aislado, sino consecuencia de un defecto esencial e insalvable de la sociedad. ¿Veis como no funciona? Es una táctica bastante eficaz: la casa está bastante limpia y ordenada, pero ellos sólo muestran un rincón con una telaraña. ¿Y no podríamos limitarnos a limpiar el rincón? Existen leyes y tribunales; existen cauces pacíficos para protestar. No ¡A derribar la casa!

De este modo la ira se libera revestida de virtud. Los destructores antisistema se convierten en luchadores antifascistas, y pueden expresarse según sus inclinaciones particulares: algunos acusan y señalan; otros derriban estatuas; otros saquean y roban; otros golpean o matan a los que pasan por ahí.

Los gritos airados de los neovirtuosos amedrentan a los observadores: si están tan enfadados, algo habremos hecho. Gritad “arrepentíos” con la suficiente furia, y el espectador se sentirá culpable de cualquier cosa. En 1878 la activista Vera Zasulich expresó su disgusto con la sociedad zarista disparando sobre el pecho del jefe de policía de San Petersburgo: la sociedad zarista, compungida, la absolvió -el fiscal lo calificó como una «loable protesta de la dignidad humana herida»-. Todo parece indicar que somos especialmente vulnerables al mito de la violencia sanadora.

Ahora ciudadanos y políticos se apresuran a hincar la rodilla ante los inquisidores. Es prudente: cuando la masa avanza con antorchas, más vale disolverse en ella -tampoco es que medie un proceso racional: son nuestras antenas de pertenencia las que nos orientan en todo momento-. Y la humillación, aunque se perciba, tiene premio: la aceptación y la bondad sin esfuerzo provocan una balsámica sensación que resulta adictiva. Lo más grotesco es que se contemplen a sí mismos como rebeldes.

jueves, 4 de junio de 2020

VIVA EL 8-M


Viva el 8-M, dijo Sánchez en Pleno. Podría pensarse que pretendía ocultar el pecado original de su gestión del coronavirus exhibiéndolo: esconde su elefante, como la carta robada, dejándolo a la vista de todo el mundo, en una atrevida fusión de Lakoff y Poe. Pero no es eso: de nuevo es la amenaza -que creíamos superada- de anatema.

En esta epidemia España ha tenido los peores resultados en fallecimientos y sanitarios contagiados; ha tenido que hacer el confinamiento más estricto, y la economía está sufriendo en esa misma proporción. ¿Qué ha pasado aquí?

En los últimos años una serie de causas indiscutidamente justas se han dogmatizado. La defensa de la igualdad de derechos entre hombre y mujer, la lucha contra la violencia contra la mujer, el reconocimiento de la diversidad sexual, la defensa del medio ambiente… Alrededor de estas empresas se han construido edificios dogmático-ideológicos inmunes a la discusión. Cualquier intento de cuestionar el edificio se denuncia como ataque a la causa, y al atrevido se le impone el anatema entre escándalo farisaico y rasgado de vestiduras. Se llaman “guerras culturales” pero parecen más bien religiosas: el discrepante sabe que será señalado, estigmatizado y expulsado como hereje. Unos optarán por el silencio y otros por la conversión; estos últimos no tendrán éxito si no exhiben la necesaria limpieza de sangre ideológica porque no, bonita, el feminismo no es de todas.

Obviamente estos nuevos credos son muy rentables para sus sacerdotes. Tanto que puede resultar tentador anteponer el dogma –que a fin de cuentas puede lanzarse a la cabeza del adversario – a la causa –que es más abstracta-. Y así estábamos cuando llegó el 8-M. El Gobierno no quería renunciar a su suculenta causa divisiva y asumió riesgos; los adversarios callaron porque temían ser demonizados. Se sacrificó al dios de la demoscopia un tiempo precioso en el que había que tomar medidas restrictivas. Porque las guerras de religión producen resultados adversos en este mundo: esta, entiendo, tendría que haber sido la lección aprendida.

El presidente Sánchez demostró ayer que no ha aprendido nada, y que su receta para lidiar con los problemas –especialmente los que él mismo ocasiona- seguirá siendo la persecución del hereje en la nueva normalidad ancestral. Penitentiam agite, réprobos.

martes, 2 de junio de 2020

LA MALDICIÓN DEL AJUSTE DE DISONANCIA


La discrepancia entre nuestras creencias y nuestra conducta nos provoca un malestar que tiene incluso nombre: disonancia cognitiva. El caso es que evitar esa discrepancia, manteniendo siempre la coherencia entre las dos variables, no es fácil: es frecuente que la senda marcada por las convicciones no sea la más sencilla, sino que suponga asumir esfuerzos y costes. Entonces ¿qué hacer? ¿Mantener la coherencia y afrontar las incomodidades, o evitar esfuerzos y sufrir por disonancia cognitiva? El psicólogo Leon Festinger enseñó que el sapiens dispone de una herramienta que le permite tomar el camino más sencillo y a la vez no sufrir por no ser coherente con sus propias creencias: el ajuste de disonancia.

El ajuste de disonancia introduce de forma automática correcciones en las convicciones o en los hechos. En el primer caso se aceptan –de forma tramposa- atenuantes o circunstancias especiales que pretenden mitigar la incoherencia: por ejemplo, el infiel delega la responsabilidad en su pareja por no hacerle suficiente caso. En el segundo, se relativiza la realidad; se acepta la bruma del bullshit en el discurso, o se introduce la mentira directa -Festinger demostró que el mentiroso acaba creyendo sus propias mentiras-. En todo caso, el ajuste de disonancia nos libera de sufrimiento pero es un proceso pernicioso.

Tengamos en cuenta, además, que el ajuste de disonancia no actúa aislado. Puede concurrir con atajos y presunciones que nos llevan a enjuiciar los hechos de manera distinta según los protagonicen “los nuestros” o “los otros”. En el límite –cuando uno ya se ha introducido en el reino del sectarismo- lo que hacen los nuestros es -por definición- bueno, y lo que hacen los otros es –también por definición- malo, aunque se trate en ambos casos de un hecho idéntico. En ese momento no sólo el análisis de los hechos deja de tener valor: son los actos de los nuestros los que determinan nuestras convicciones por ajuste de disonancia.

Un ejemplo. Supongamos que un votante cree que pactar con una organización filoterrorista está mal. Si el líder de su partido, por conveniencia electoral, llega de repente a acuerdos con una organización filoterrorista, el votante tiene dos opciones: aceptar que su partido está obrando mal –y éste es un camino difícil y costoso, con dolorosas renuncias emocionales-, o ajustar la disonancia alterando las convicciones previas de manera que su líder no haya obrado mal. De este modo acabará defendiendo que pactar con filoterroristas no está tan mal, o que la organización con la que su líder ha pactado no es en realidad filoterrorista.

Otro ejemplo. El líder de otro partido reivindica otra organización terrorista sencillamente porque su padre militaba en ella. El ajuste de disonancia puede acabar llevando a sus seguidores a legitimar el asesinato político.

Todo eso está pasando ahora, ante nuestros ojos y a sorprendente velocidad.

p.d. ¿Por qué los niblonianos? Porque, en lugar de tener que desplazar la nave por el universo, consiguen que sea el universo el que se reordene en torno a la nave.

sábado, 23 de mayo de 2020

¿CRISIS DE REPRESENTACION?


En su famoso libro Los principios del gobierno representativo (Gutiérrez, que le veo) Bernard Manin distingue tres etapas: el parlamentarismo –desde su origen hasta el último tercio del s. XIX-, la democracia de partidos –hasta el último tercio del s. XX-, y la democracia de audiencia -la actual-. Y lo hace en función de lo que considera cuatro características esenciales: la autonomía de los representantes, la toma de decisiones a partir del debate, la celebración periódica de elecciones y la prensa libre. Me interesa hablar de las dos primeras.

En el parlamentarismo la autonomía de los representantes políticos a la hora de tomar decisiones es total. Es el momento del Discurso a los electores de Bristol de Burke, en el que deja claro que, como representante, no es un mero encargado de transmitir las instrucciones de sus votantes, sino que éstos, confiando en su superior juicio para tratar los asuntos públicos, delegan en él la toma de decisiones. Pero, además, los representantes ni siquiera están constreñidos por un programa político prefijado. El parlamentarismo es, además, el momento en el que las cuestiones pueden ser realmente sometidas a deliberación en el Parlamento, sometiendo las cuestiones debatidas al juicio de los argumentos más poderosos.

En la democracia de partidos la base democrática se ha ampliado, y el conocimiento personal hacia los representantes se desplaza hacia la imagen de marca de los partidos de masas. Esto es posible porque la principal línea divisoria en la sociedad es la posición económica, y se entiende que los partidos se limitan a representar diferentes intereses de clase. Además, aparecen programas electorales que limitan la capacidad de actuación. El debate desaparece del parlamento, que se convierte en mera representación de las diferentes posiciones adoptadas en el interior de los partidos. Los representantes políticos mantienen su autonomía de decisión con respecto a los electores, pero están sujetos por la disciplina del partido a las decisiones emanadas producidas por la oligarquía del partido –pues este es el momento de Michels-.

En la fase actual, la democracia de audiencia, la imagen de marca del partido se ha trasladado al impacto de líderes mediáticos: esta fase es producto de la gradual transformación del homo sapiens en homo videns. Ahora el votante no es cautivo de una opción política. Como la clase obrera se ha difuminado en una gran clase media, y hay distintas líneas de división en la sociedad, las opciones políticas se esfuerzan por acentuarlas –o crear diferencias artificiales- con el fin de marcar diferencias con el adversario. Los programas electorales, por cierto, también se difuminan. Las decisiones siguen siendo producidas por un grupúsculo en los partidos, en los cuales cobran especial peso los expertos en comunicación y demoscopos. El Parlamento sigue siendo un mero escaparate de las decisiones adoptadas por esos.

¿Dónde está el debate? ¿Quiénes toman las decisiones? En cada partido, reducidos sanedrines en torno al líder mediático –auxiliados por los sacerdotes de los medios y la demoscopia- generan decisiones misteriosas que son trasladadas –a veces no- al resto del partido, los militantes y los votantes. Estas decisiones no están constreñidas por las promesas electorales ni –según vamos viendo- por la necesidad de ajustarse a la verdad. Acabamos de ver como el “tridente” formado por Sánchez, Iglesias y el gurú Redondo han tomado una devastadora decisión a espaldas, incluso, del resto de los miembros del Gobierno.

¿Van viendo ustedes el problema?