sábado, 9 de enero de 2021

LA REVOLUCIÓN TRIUNFANTE

 


«Por un azar de la historia, en una misma manzana de una ciudad sosegada, en medio de un país neutral y tranquilo, se urdieron las conspiraciones más turbulentas y exaltadas del siglo XX» Carlos Granés. El puño invisible.

En 1917 los dadaístas y los bolcheviques compartían un callejón en Zurich, la Spiegelgasse: a pocos metros del Cabaret Voltaire, donde Hugo Ball y Tristan Tzara practicaban sus gamberradas, Lenin planeaba el asalto al poder. Comparar ambas revoluciones, la política y la vanguardista, parecería a primera vista exagerado: la primera se apoderó de un país y del panorama intelectual de un continente hasta el último tercio del siglo XX, y ni siquiera se deshizo del todo cuando el decorado cayó dejando ver la miseria y la muerte. Pero Carlos Granés defiende que la influencia de la segunda –un «puño invisible»- ha sido más perdurable. La rebeldía adolescente de la vanguardia triunfó y se incorporó a nuestras vidas de manera tan eficaz que ni siquiera somos conscientes. Granés es un ameno guía que nos conduce a través del dadaísmo, el surrealismo, el letrismo, el situacionismo, el beat, el hipismo, el sesentayochismo, y el yippismo, y por caminos secundarios aún más pintorescos o siniestros.

Distinguía Vilfredo Pareto entre los «residuos» y las «derivaciones». Los residuos, verdaderos motores de nuestros actos, son las emociones; las derivaciones son las construcciones intelectuales con las que las pretendemos dignificar, ocultándolas bajo un manto de racionalidad. Sin duda las soporíferas derivaciones generadas por Lenin proporcionan a su revolución un aspecto mucho más sesudo que el que consigue Ball con un cucurucho en la cabeza, pero los residuos de unos y otros son igualmente potentes y con frecuencia se solapan.

Los dadaístas reivindicaron ese momento de la infancia en que el sueño y la imaginación aún no han sido disipados por la realidad, que a ellos les venía en forma de guerra. El letrista Isidore Isou afinaría más al decir que la clase llamada a protagonizar la revolución no sería el proletariado, sino la juventud. Tras la guerra toda una generación creció en un mundo súbitamente prospero, y su reacción ante las infinitas posibilidades sería indeleblemente plasmada por Kerouac: carretera, juerga y mucho refunfuñar contra los padres que las habían hecho posibles. Es decir, la reacción habitual de todo adolescente que nace en un hogar acomodado. Es muy representativo lo de Kerouac, Ginsberg y Burroughs: crearon sus propias «derivaciones», pero son imposibles de digerir una vez cumplidos 30 años. Pervive, eso sí, ese odio adolescente hacia la propia civilización, que se ejerce tranquilamente desde dentro y que se ha convertido en el pecado original del que la religión posmoderna nos pretende redimir.

Asumamos que hemos interiorizado el hedonismo egoísta de la revolución adolescente como dice Granés. Entonces los vínculos comunitarios se han visto doblemente debilitados: porque todos hemos acabado siendo un poco punks, y por nuestra prevención ilustrada ante el tribalismo. El caso es que –y esta es mi tesis- en estos momentos en que la democracia liberal está en peligro, no sólo vamos a tener que reivindicar sus instituciones amenazadas sino también resucitar virtudes ciudadanas.

martes, 29 de diciembre de 2020

LA RELIGIÓN POSMODERNA (6): PANIC AT THE DISCO

 

Estamos ante una «grave problemática social»: los jóvenes salen por la noche. Para entenderla «es crucial poner la mirada en (…) la construcción de la masculinidad hegemónica y en cómo esto se traduce en relaciones de poder y violencia sobre las mujeres en la cotidianidad de su ocio nocturno». Esto no es trivial porque, aunque las no iniciadas en la Teoría pueden creer que en la noche hay ligoteo, se equivocan: disfrazada de sexo, hay una búsqueda insaciable de poder a través de la violencia: «podemos correr el riesgo de entender las violencias sexuales, sobre todo en sus formas más sutiles, como el resultado “normal” de la sociabilidad entre sexos; olvidando con ello, que lo que constituye la finalidad de este tipo de conductas es el ejercicio del poder de los hombres sobre las mujeres»

Todo es poder y violencia. Las jóvenes deben entender que «lo que se denomina sexualidad es una dinámica de control propia de la dominación masculina, que va desde el espacio íntimo hasta el institucional, y desde una mirada hasta la violación». ¿Desde una mirada? Sí: «la violencia sexual se presenta como un continuo, que va desde la violencia más hostil, extrema e identificada claramente como tal, la violación; hasta la violencia aparentemente más sutil, normalizada y no identificada, los piropos, por ejemplo». Por si no les ha quedado claro por esta desenfadada forma de poner comas, la violación «es tan solo la punta del iceberg de una gran cantidad de violencias de género que pasan desapercibidas, están normalizadas o incluso son aprobadas a nivel social».

Nos queda un largo camino hasta meter enterito el iceberg en el Código Penal: «aún queda por hacer a nivel legislativo, ya que gran parte de las violencias sexuales que sufren las mujeres en su cotidiano (…) no están recogidas en las leyes y no son vistas como violencias sexuales». Vamos tan lento por «la cultura de la violación predominante en nuestra sociedad» ¿Ah sí? ¿En España? ¿A qué se refiere exactamente? «La cultura de la violación es “el entorno en el cual la violación ostenta una posición preponderante y en el cual la violencia sexual infligida contra la mujer se naturaliza y encuentra justificación tanto en los medios de comunicación como en la cultura popular (…) La cultura de la violación es la manera en que la sociedad se manifiesta hacia la violación y otros tipos de violencia sexual, bajo un prisma de aceptación validado social y culturalmente». Porque la violación es «ni más ni menos que un proceso consciente de intimidación por medio del cual todos los hombres mantienen a todas las mujeres en un estado de temor».

Diríase que el encargado de mantener a las mujeres en un estado injustificado de temor es el estudio Noches seguras para todas, financiado por el Ministerio de Igualdad –es decir, por ustedes-. El estudio pretende denunciar «la violencia sexual que las mujeres sufren y que los hombres ejercen en contextos de ocio nocturno». Si desean ahorrarse la lectura de sus 181 páginas, su sumario ya les puede dar una idea:

4. APORTACIONES TEÓRICAS EN MATERIA DE VIOLENCIA SEXUAL

• La violencia sexual, una cuestión de poder patriarcal

• Cosificación sexual de las mujeres, violencia simbólica y violencia sexual

• La hipersexualización de los cuerpos de mujeres racializadas

• La cultura de la violación y la aceptabilidad social de la violencia sexual contra las mujeres

• El terror sexual como arma de opresión de las mujeres

• Violencia sexual y ocio nocturno

Como pueden apreciar por el sumario y los párrafos escogidos el estudio asume todos los Dogmas del wokismo. Y como tantos movimientos fundamentalistas consigue aunar lo siniestro con lo ridículo. Porque curiosamente podría ser un manual de la Sección Femenina. Véase el epígrafe «ESTRATEGIAS DE LOS HOMBRES PARA ACCEDER A LOS CUERPOS DE LAS MUJERES EN CONTEXTOS DE OCIO NOCTURNO» -permítanme el spoiler: la estrategia preferida por los vástagos del heteropatriarcado es lo que el estudio denomina «sumisión química oportunista», vulgarmente suministrar alcohol y/o drogas-. Y véase también lo poco que le gusta la liberación sexual:

«Bajo la idea de la liberación sexual que trasgrede toda moral sexual occidental, y que parece igualar a los sexos, las mujeres pasaron a ser objetos sexuales y objetos de consumo ligados al mercado capitalista al servicio del placer masculino. Voces del feminismo actual (…) están de acuerdo en señalar la revolución sexual como el momento histórico donde la cosificación sexual e hipersexualización de las mujeres se acentúa bajo las nuevas estructuras patriarcales de un liberalismo económico y sexual, que invisibiliza este tipo de violencia de género».

En fin, es un documento del que los futuros historiadores podrán obtener valiosa información sobre nuestra sociedad –o al menos echarse unas risas- y que sin duda vale los 48.000 € que han pagado ustedes.


domingo, 27 de diciembre de 2020

LA RELIGIÓN POSMODERNA (5):EJEMPLO PRÁCTICO

 


Me preguntan por qué me preocupan tanto las corrientes de Justicia Social/wokismo, que en principio parecen meramente un disparate de los campus norteamericanos con poca repercusión en el mundo real. La respuesta es que tiene repercusión.

El pasado 23 de noviembre el CDC (Centres for Disease Prevention and Control), dependiente del HSS (U.S. Department of Health and Human Services, el Ministerio de Sanidad de USA) propuso un orden de vacunación basado en tres criterios, científico, de dificultad de implantación y ético. Sobre el primer colectivo a vacunar no había discusión: son los trabajadores sanitarios, que es donde la epidemia produce los mayores cuellos de botella; la protección de este grupo redunda en la de todos los demás. La cuestión, para el CDC, surgía en cómo priorizar los restantes grupos: mayores de 65 años, personas con problemas previos de salud y trabajadores “esenciales”. Este último grupo es bastante amplio, porque no sólo incluye a los trabajadores de primera línea, como los empleados en alimentación o distribución, sino también a los empleados de banca o a los que trabajan en producciones audiovisuales.

El criterio científico parte de la evidencia de que la mortalidad se dispara exponencialmente con la edad, y el estudio llega a la conclusión de que la estrategia de priorizar a los mayores de 65 años podría incrementar hasta 6 puntos porcentuales las muertes evitadas. Podría, entonces, salvar miles de vidas adicionales –recordemos que hasta ahora se han producido más de 330.000 muertos-.

Pero el estudio entonces hace una afirmación asombrosa: «las diferencias entre las tres estrategias es mínima», así que «los principios éticos y las consideraciones de implementación pueden contribuir en gran medida a seleccionar la secuencia óptima». El caso es que también la implementación es favorable a los mayores de 65 años –es un colectivo muy fácil de determinar-, así que el estudio fía la decisión a las «cuestiones éticas», de las que ya ha quedado claro que un exceso de miles de muertos estará ausente.

Y aquí hay un factor que, según el estudio, juega en contra de priorizar a los mayores de 65 años: «Racial and ethnic minority groups under-represented among adults >65». Han entendido bien: el estudio advierte que, al haber minorías étnicas y raciales infra-representadas entre los mayores de 65 años, priorizar a este grupo puede promover desigualdades. Así que, puestos en la balanza los miles de muertos que se podrían prevenir, y las «desigualdades étnicas o raciales», ganan estas últimas. El estudio acaba recomendado que se priorice al grupo de trabajadores no esenciales frente al de mayores de 65 años.

Al comienzo de estas líneas está es el aséptico gráfico que decide que miles de muertos son irrelevantes ante consideraciones raciales. Sí, es un criterio racista que se antepone al de la humanidad común.

¿Puede ser la cosa más terrible? Puede. Si tenemos en cuenta que el porcentaje de población negra por 1.000 americanos es de 100 entre los mayores de 65 años, y 150 entre aquéllos en edad laboral, resulta que priorizar a estos últimos supone proporcionar, comparativamente, más vacunas a los afroamericanos. Pero dado que la letalidad de la enfermedad es 10 veces superior en el primer grupo que en el segundo, resulta que la estrategia escogida está produciendo más muertes también entre la minoría racial que se supone que defiende.

Sorprendentemente el estudio no encontró inicialmente oposición. Poco a poco se alzaron voces, y el CDC acabó optando por un sistema mixto, que prioriza a los mayores de 74 años y a los trabajadores de primera línea: esta estrategia también asume muertes evitables. Pueden ver el artículo completo de Yascha Mounk aquí.


jueves, 24 de diciembre de 2020

¿PARECIDOS RAZONABLES?

 


1996. Boris Yeltsin termina su primer mandato, y su trayectoria ha discurrido entre dos imágenes. En la primera, de 1991, se ha encaramado desafiante a uno de los tanques que rodeaban el Parlamento; en la segunda, donde se ha subido es a un escenario para acompañar en sus evoluciones -sólo le falta la corbata en la cabeza- a dos atractivas cantantes.

Tras bajar del tanque, forzar a Gorbachov a desmantelar el partido comunista, ganar las elecciones y disolver la Unión Soviética, Yeltsin ha encargado la gestión de la economía a Yegor Gaidar, un ferviente creyente en el mercado. Gaidar ha emprendido dos políticas decisivas, la «privatización por bonos» y la liberalización de precios. De acuerdo con la primera, grandes sectores de la economía se han privatizado y su propiedad se ha transferido a los ciudadanos: 10.000 rublos a cada ruso mayor de 1 año. Desgraciadamente la segunda ha provocado una inflación galopante que ha reducido a la nada el valor de los bonos: ahora se puede adquirir con ellos el equivalente de una botella de vodka. Los más espabilados se han dedicado entonces a comprar su parte a los demás, y esto acabará creando una fisura gigantesca en la sociedad: 1 millón de rusos se enriquecerán, y 150 millones se hundirán en la miseria. El error de Gaidar, aplaudido por entusiastas economistas y politólogos de occidente, ha sido creer que un mercado libre generaría automáticamente instituciones democráticas. Él mismo se disculpará posteriormente: no optábamos entre una transición ideal a la economía de mercado y una transición criminalizada, sino entre ésta y una guerra civil.

Tras desprenderse de sus bonos los rusos se ven obligados a vender todo lo que tienen a su alcance para subsistir: los funcionarios, favores administrativos; los jueces, sentencias favorables; los militares, todo tipo de armamento. El deseo de los militares de disimular la súbita desaparición de tanques y helicópteros será un acelerador de la guerra con Chechenia. El caso es que en 1996 el malestar es inmenso: la corrupción es generalizada, las diferencias sociales insondables, y el principio de legalidad inexistente. Los rusos empiezan a añorar el comunismo, donde al menos podían comer y el mundo los temía. Las encuestas dicen que incluso están dispuestos a votar masivamente en favor del soso de Ziugánov y esto preocupa a los grandes oligarcas -Berezovski, Gusinski, Jodorkovski…-, que acaban de liar a Yeltsin con otro proyecto, los préstamos a cambio de acciones. ¿Acciones de qué? De las empresas más importantes que aún no se han privatizado. Los magnates ponen todos sus medios a favor de Yeltsin, que obtiene un segundo mandato.

Cuatro años más tarde las cosas en Rusia no han mejorado salvo para los magnates, que ahora afrontan la “operación reemplazo”. ¿Quién debe sustituir a Yeltsin para que todo siga igual? ¿Quién es el mejor candidato para cautivar a los rusos?  Hace su aparición Vladislav Surkov, asesor de Jodorkovski, que tras un muestreo científico decide que el personaje más popular entre los rusos es Max Stirlitz, una especie de James Bond ruso protagonista de Diecisiete instantes de una primavera. A continuación Surkov escoge a la persona real sobre la que construir un personaje más o menos parecido. Se trata de un oficial de la KGB destinado en Alemania Oriental que, tras la caída del Muro, se ha visto obligado a subsistir precariamente como taxista en Petersburgo -y este recorrido vital por la frustración será decisivo para entender su manera de ser-. Los magnates aún no lo saben, pero la elección de Vladimir Putin será la peor decisión de su vida.

La primera legislatura marcha bien. La economía crece a un ritmo del 7% anual, y Putin triunfa en la segunda guerra de Chechenia. Pero con la desintegración de la Unión Soviética Rusia se encuentra con un problema difícil de admitir: el tamaño importa. Europa está solucionándolo satisfactoriamente integrando estados, y entre 2004 y 2007 se añadirán algunos de la órbita soviética -Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumania, Chequia, Eslovaquia y Eslovenia- y las antiguas repúblicas soviéticas de Letonia, Estonia y Lituania. En esos momentos Putin mantiene buenas relaciones con la Unión Europea, y ve con buenos ojos la futura integración de Ucrania. ¿Sería la de Rusia la solución? En ese momento no se descarta, pero por desgracia Putin no ha afrontado ninguno de sus graves problemas internos: la versión mafiosa del capitalismo, la corrupción, la ausencia de instituciones neutrales, la virtual inexistencia de estado de derecho, la inequidad, la falta de oportunidades... Junto a Vladislav Surkov, que ahora es su hombre de confianza, entiende que los problemas reales son difíciles de resolver y están sujetos a evaluación de resultados: la solución es sustituirlos por problemas imaginarios, manejables para los que controlan el guion. Es decir, Putin descubre que la realidad es un fastidio, y que es mucho más manejable la ficción. ¿Cómo afrontar, entonces, el problema del tamaño? La fastidiosa Europa exige requisitos democráticos reales para la integración, así que Putin optará por una solución mitológica: Eurasia. Una entidad orgánica, bajo la hegemonía espiritual y cultural rusa, desde Lisboa a Vladivostok. En este relato es preciso una rápida reasignación de papeles, y Europa y Estados Unidos pasan a ser designados como los malos, quedando para Rusia el papel de víctima inocente y futura redentora. En los discursos de Putin empiezan a aparecer Ivan Ilyin, Lev Gumiliov y Alexander Dugin; nace el club de Izborsk; se empieza a hablar de conspiraciones judías y también –inesperadamente- de conspiraciones homosexuales. Toda esta extravagancia merece una historia aparte. Ucrania es escogida como escenario del nuevo drama y el relato acaba escrito con sangre muy real.

¿Hay moraleja? Bueno, que es tentador huir de la realidad a la ficción. Que la solución de los problemas reales puede eludirse sustituyéndolos por otros ficticios. Que en todo relato tiene que haber un malo al que echar la culpa. Que este mecanismo de evasión requiere control de los medios y supresión de los escrúpulos. Ah, y que si Putin tenía a Surkov, Sánchez tiene a Redondo, que curiosamente se llama Iván.

domingo, 13 de diciembre de 2020

LA RELIGIÓN POSMODERNA (4): LA DECONSTRUCCIÓN

 


Recapitulemos. Para los postestructuralistas la sociedad está recorrida por campos de fuerza invisibles que determinan nuestros actos, nuestra cultura e incluso nuestra forma de pensar, y que electrocutan, y confinan en identidades oprimidas, a todos los que consideran diferentes. Percibimos la realidad a través de “discursos” y “relatos” construidos mediante el lenguaje, que lejos de ser un medio de comunicación aséptico está al servicio de las identidades dominantes. Jacques Derrida llamaba a esa ingenua creencia en la neutralidad del lenguaje “logocentrismo”. “Deconstruir” los discursos para acabar con el logocentrismo era el paso previo para acabar con todos los nefastos centrismos provocados por las funestas líneas de fuerza: el etnocentrismo, el androcentrismo, el falocentrismo, el falologocentrismo e incluso el carnafalologocentrismo, todos ellos denunciados por Derrida.

Pero tras la deconstrucción ¿qué quedaría? Cabía sospechar que el relativismo total, la identificación de la realidad con constructos sociales y la deconstrucción de los “discursos” se acabarían llevando por delante la lógica, la razón y el método científico, y abriría el campo para la charlatanería total y para el capricho del gurú de turno. Esto último sería demostrado en 1987 por el propio Derrida cuando fueron descubiertos unos artículos antijudíos escritos en los 40 por su colega y amigo Paul de Man: su deconstrucción obró el milagro de convertir los textos xenófobos en una crítica al antisemitismo. Unos años más tarde Derrida pareció percatarse de que con el agua sucia de la deconstrucción se tiraba al niño - la posibilidad de realizar cualquier afirmación de valores- así que concluyó tan tranquilo que al menos el concepto de justicia no podía ser deconstruido: «Deconstrucción es justicia», decretó, y siguió dando conferencias.

En cuanto a la fertilidad del postestructuralismo y la deconstrucción para generar bullshit quedó empíricamente demostrada por Sokal y Bricmont. Mostraron, por ejemplo, que Lacan usaba una palabrería pseudo matemática para demostrar que el goce sexual es compacto, el pene es igual a la raíz cuadrada de menos uno, y el individuo neurótico es equiparable a la figura geométrica del toro –el donut-. También revelaron la utilización de las física por la filósofa Luce Irigaray para defender sus planteamientos feministas…

«¿La ecuación E = mc² es una ecuación sexuada? Tal vez. Hagamos la hipótesis afirmativa en la medida en que privilegia la velocidad de la luz respecto de otras velocidades que son vitales para nosotros. Lo que me hace pensar en la posibilidad de la naturaleza sexuada de la ecuación no es, directamente, su utilización en los armamentos nucleares, sino por el hecho de haber privilegiado a lo que va más aprisa».

… y la exégesis de la crítica literaria posmoderna Katherine Hayles según la cual si se conoce menos de la dinámica de los fluidos que de la de los sólidos es por puro machismo:

«(Irigaray) atribuye a la asociación de fluidez con feminidad el privilegio otorgado a la mecánica de los sólidos sobre la de los fluidos y la incapacidad de la ciencia para tratar los flujos turbulentos en general. Mientras que el hombre tiene unos órganos sexuales protuberantes y rígidos, la mujer los tiene abiertos y por ellos se filtra la sangre menstrual y los fluidos vaginales. Aunque el hombre en ocasiones también fluye, por ejemplo cuando eyacula el semen, este aspecto de su sexualidad no se tiene muy en cuenta. Lo que cuenta es la rigidez de los órganos masculinos, no su complicidad en el flujo de fluidos. Estas idealizaciones son reinscritas en las matemáticas, que conciben los fluidos como planos laminados y otras formas sólidas modificadas. Del mismo modo que las mujeres quedan borradas en las teorías y el lenguaje masculinos y existen sólo como no hombres, los fluidos han sido también borrados de la ciencia y existen sólo como no sólidos. Desde esta perspectiva no es sorprendente que la ciencia no haya podido trazar un modelo válido de la turbulencia. El problema del flujo turbulento no puede ser resuelto porque las concepciones acerca de los fluidos (y de la mujer) han sido formuladas para dejar necesariamente residuos inarticulados»

 

Postestructuralistas, deconstructivistas, posmodernistas

En 1966 los posestructuralistas desembarcaron en Estados Unidos, en el campus de Baltimore. Allí conoció Derrida a Paul de Man, que se convertiría en el campeón del deconstructivismo autóctono. También estuvo Lacan y Deleuze, que no pudo asistir, mandó una intervención escrita. A finales de los setenta, cuando el posestructuralismo comenzaba  su decadencia en Francia, las ideas de Foucault, Derrida, Deleuze, Guattari, Baudrillard, Kristeva y Lyotard habían invadido los campus estadounidenses. Allí se mezclaron con ideas locales dando lugar a lo que se conocería como French Theory y también posmodernismo. A partir de ahí, manteniendo una serie de ideas vagas pero sólidas, la teoría se ramificó para enfocarse en distintas identidades: teoría poscolonial, teoría crítica de la raza, teoría queer, estudios de género, estudios sobre la gordofobia… Y desde el ámbito académico comenzaron a extenderse inexorablemente por toda la sociedad.

Según Helen Pluckrose y James A. Lindsay en Cynical Theories el posmodernismo ha evolucionado desde entonces con aportaciones autóctonas y la asunción inadvertida de una serie de sesgos –notable para un movimiento tan preocupado por los sesgos derivados de la identidad- . hasta que, finalizada la primera década del s. XXI, sus tesis fundamentales se han convertido en dogmas. Por eso en su versión actual el wokismo se entiende mejor como un movimiento religioso, con inquisidores a la búsqueda de herejes y brujas. Jonathan Rauch en Kindly inquisitors por un lado, y Jonathan Haidt y Greg Lukianoff en La transformación de la mente moderna por otro han hecho un esfuerzo por identificar algunos de los sesgos y planteamientos asumidos inadvertidamente por el wokismo –le salen cuatro al primero y tres a los segundos-. Es importante porque es francamente complicado razonar con sus adeptos. Y esto es muy necesario porque no podemos olvidar que, tras la máscara de la defensa de derechos de minorías, se oculta un movimiento fundamentalista y autoritario, capaz de erosionar los valores de la democracia liberal.

viernes, 11 de diciembre de 2020

LA RELIGIÓN POSMODERNA (4): LOS POSTESTRUCTURALISTAS

 


En 1955 la elegante prosa de Claude Lévi-Strauss compone una guía antropológico-viajera de culturas primitivas, absolutamente respetables aunque bastante deprimentes. Según la tesis principal de Tristes trópicos, tomada de la teoría del lenguaje, las distintas culturas son estructuras estables cuyos elementos –creencias, tradiciones, religión, manifestaciones artísticas…- son internamente coherentes. Las distintas culturas funcionan entonces como compartimentos estancos, poco comprensibles entre sí, por lo que cualquier pretensión de universalidad de los valores es ilusoria; es más bien síntoma –según Lévi-Strauss- de etnocentrismo occidental y justificación del colonialismo.

El caso es que a comienzos del siglo XVIII el napolitano Gianbattista Vico ya había señalado algo similar: que las culturas son paquetes armónicos, que es diferente contemplarlas desde dentro o como observador, y que sólo pueden ser juzgadas desde su propia perspectiva espacial y temporal. Pero si Vico serviría a Isaiah Berlin para defender la pluralidad, y para entender el peligro de las utopías universales, Lévi-Strauss abrió sin pretenderlo la puerta a un relativismo total, y sirvió a la izquierda de los 60 para poner en cuestión todos los valores que la civilización occidental exhibía con orgullo: la razón, la ciencia, el progreso, y la democracia liberal. El ambiente emocional era propicio. En 1956 Jrushchov había denunciado el culto a la personalidad y los crímenes del estalinismo en el XX Congreso del PCUS, y la izquierda necesitaba nuevos modelos desde los que atacar el sistema capitalista y la monótona democracia. El estructuralismo de Levi-Strauss parecía confirmar un ilusorio sentimiento de superioridad por parte de una civilización occidental –de la que la izquierda siempre había desconfiado- que los procesos descolonizadores ponían ahora en evidencia.

Dice Sebreli de los postestructuralistas que «el Olimpo de aquellos dioses estaba formado por Nietzsche y Heidegger vistos a través de Foucault, Deleuze y Derrida, junto a un Marx althusseriano y maoísta y un Freud lacaniano». ¿Qué podría ir mal? Para ellos los valores, el conocimiento, la lógica, no son más que constructos sociales; relatos, discursos y sortilegios del lenguaje que maneja el poder. En estas circunstancias, la verdad objetiva no es más que un espejismo.

El caso de Michel Foucault es interesante. Su vida estuvo marcada por una época  que le impedía vivir abierta y tranquilamente su homosexualidad. Quizás por eso aceptó un trabajo en Suecia en 1955, donde no encontró mayor tolerancia. De ahí fue a Polonia y la cosa empeoró: fue prácticamente expulsado por la policía secreta.  Comenzó así a desarrollar la teoría según la cual, desde la Ilustración, se han construido en la sociedad categorías normales y anormales, tolerables y perseguibles, en áreas como la política, el delito, el sexo y la locura. El resultado fue su tesis, influida por Bataille y Sade,  Locura y Civilización (1961).

En Mayo del 68 creyó que las aborrecidas líneas de normalidad burguesa estaban siendo barridas, y que estaba ante una revolución en la que a las masas proletarias se unirían los incluidos en las categorías marginadas: mujeres, reos, pacientes psiquiátricos y homosexuales. Foucalt, simpatizante de la organización maoísta Gauche Prolétarienne, entendía que la violencia en estas circunstancias era admisible e incluso recomendable: «es muy posible que el proletariado ejerza hacia las clases sobre las que ha triunfado un poder violento, dictatorial e incluso sangriento. No consigo ver qué objeción se podría hacer a esto».

En 1970 visitó California, donde las fantasías transgresoras de Sade y Bataille se convirtieron súbitamente en realidad. En 1975 publicó Disciplina y Castigo. Impregnado de violencia y sadomasoquismo, defendía que el control social actual es más insidioso que el de, digamos, el medioevo porque se ejerce de manera invisible y sin violencia física. Esta red invisible de poder se convertirá en un tema central del posmodernismo. Recapitulemos: en los 50 Foucalt había sido estalinista; en los 60, maoísta; en el 78 apoyaría la revolución teocrática iraní, cuyas categorías sobre lo normal y lo anormal, lo aceptable y lo inaceptable, eran considerablemente más estrictas que las occidentales.

Finalmente el relativismo de Foucalt fue avasallado por una realidad objetiva, ante la que desdeñó tomar cualquier precaución, en forma de SIDA. Dice Mark Lilla que sus creencias «lo habían dejado completamente incapaz de distinguir entre un hecho biológico y su interpretación social. Si uno cree que todo "discurso" sobre la enfermedad es construido por el poder social, y que uno puede inventar estéticamente cualquier "contradiscurso", es fácil convencerse de una cierta invencibilidad. Pero Foucault no era invencible». James Miller, autor de la más completa biografía de Foucault, añade una ironía adicional: murió cuidadosamente atendido en el mismo hospital que había estudiado en Locura y civilización.

martes, 8 de diciembre de 2020

LA RELIGIÓN POSMODERNA (3)

 


Madrid, mayo de 2019. Representantes de Ciudadanos acuden a la Manifestación del Orgullo gay donde son abroncadas, acosadas, sometidas a la visión de un culo infernal –adosado a la espalda de un militante socialista- y rociadas con pis. Más tarde se dirá que la hostilidad se debía a sus pactos con Vox en Andalucía y Madrid –como si eso fuera una razón suficiente- pero en realidad los abucheos a Ciudadanos venían produciéndose desde 2015. Lo cierto es que, para una parte de los manifestantes, la presencia de Ciudadanos rechinaba. Mejor dicho: entendían perfectamente que su papel en la representación era precisamente aquél al que habían sido sometidos.

Desde las universidades el wokismo se ha propagado con bastante facilidad a la sociedad. Esto no debe extrañar, porque proporciona ventajas innegables a los adeptos a la nueva fe: permite exhibir la bondad sin esfuerzo y participar de la épica de los derechos civiles allí donde la batalla ya ha sido ganada. Y por supuesto permite señalar infieles y herejes contra los que descargar la virtuosa ira. Gracias al wokismo hemos visto, por ejemplo, que una periodista puede señalar como micromachista al camarero  que le sirve la Coca-Cola –no todo son ventajas, claro: muchos hombres blancos, heterosexuales de bajo poder adquisitivo han descubierto súbitamente que son multiopresores-.

Puesto que el wokismo es una mercancía que vende muy bien, los partidos políticos han levantado sus antenas. Ha sido naturalmente patrimonializado por los partidos de izquierda, que es donde encajaba mejor. La lucha de identidades permite sustituir casi sin solución de continuidad la lucha de clases, y el materialismo histórico predispone a identificar a la sociedad opresora, capaz de tejer telarañas invisibles de poder, con el capitalismo. El wokismo –podríamos decir- es la continuidad del marxismo por otros medios. Normalmente la izquierda ha comprado el paquete entero, con su formato religioso, sus inquisidores y sus herejes, pero hábilmente lo dosifica siguiendo la estrategia Motte and Bailey de Shackel [1]. Por un lado exhibe unas banderas –la igualdad., la lucha contra la discriminación- que nadie, absolutamente nadie, discute en la actualidad. Pero envueltas en ellas están los elementos más destructivos para la tolerancia la convivencia y la propia democracia liberal. La estrategia  es esta: cuando estos elementos son cuestionados, la izquierda se rasga las vestiduras clamando que se están atacando las banderas. Los partidos de la no izquierda caen con admirable regularidad en esta trampa. Les aterra el anatema que se decreta cuando se animan a señalar los aspectos más disparatados del wokismo, y acaban en una posición intermedia, algo pastelera, en la que renuncian a defender los principios liberales. Realmente lo que no acaban de entender es que, si bien su papel en la doctrina woke es muy importante, está predeterminado y es el de malos. De modo que Ciudadanos en el Orgullo despierta la misma perplejidad que si el diablo pretendiera cortésmente rezar en una iglesia.

El reparto de papeles es tan obvio que la adscripción a la opción política equivocada puede conllevar, incluso, la pérdida de la identidad.  En 2016 Peter Thiel, cofundador de Paypal y uno de los principales inversores de Facebook, subió al estrado de la Convención Nacional Republicana. Estoy orgulloso de ser gay –dijo-, estoy orgulloso de ser republicano, pero sobre todo estoy orgulloso de ser americano. La reivindicación pública de la homosexualidad en un reducto conservador debería ser esperanzadora para los que ven opresión por todas partes, pero Thiel fue inmediatamente excomulgado por la revista Advocate, que incluso le negó la condición de gay. Por un procedimiento similar el rapero Kanye West fue despojado sin mayores ceremonias de su condición de negro [2].

Desde luego el wokismo reporta excelentes dividendos para los partidos de izquierda, y cabe pensar que la propia gestión electoral de la agenda sea más importante que las causas invocados. En realidad la agenda política woke –y este es otro problema- ya está desplazando otros problemas, que son mucho más acuciantes pero difíciles de resolver y sujetos a la evaluación de resultados.

 

[1] El profesor Quintana Paz lo explica en este artículo de The Objective

[2] Lo cuenta con gracia Douglas Murray en La masa enfurecida.