lunes, 12 de noviembre de 2018

EMOCIONES DE IZQUIERDA Y DE DERECHA: DE PARETO A HAIDT

PROPOSICIÓN 1: Los humanos no somos tanto racionales como racionalizadores.


"Para empezar, debemos hacer constar que la mayor parte de las acciones humanas tienen su origen, no en el razonamiento lógico, sino en el sentimiento. (…) No obstante al hombre, impelido a actuar por motivos no-lógicos, le gusta relacionar lógicamente sus actos con ciertos principios; de este modo inventa estos a posteriori para justificar sus acciones. Así sucede que una acción A, que en realidad es el efecto de la causa B, es presentada por su autor como el efecto de una muy frecuentemente imaginaria causa C. El hombre que engaña a sí a sus iguales comienza engañándose a sí mismo, y firmemente cree en su propio argumento”. Vilfredo Pareto: Un applicazione di teorie sociologiche. Rivista Italiana di Sociologia. 1901.

Al estudiar el comportamiento de las personas Pareto distingue entre los “residuos” y las “derivaciones”. Los residuos representan nuestro bagaje emocional evolutivo: el conjunto de deseos, pulsiones, instintos y sentimientos que nos dirigen, generalmente sin que seamos conscientes de ello. Las derivaciones son el intento de mantener una apariencia de racionalidad en comportamientos que carecen de ella: son las construcciones intelectuales ex post con los que las personas pretenden explicar –de forma automática, ante los demás y ante ellas mismas- por qué se han posicionado y actuado, algo que, en realidad, ha sido motivado por sus residuos. De esto se infiere inmediatamente una lección: para influir en el comportamiento de las personas de nada sirve dirigirse a sus derivaciones; hay que hacerlo a su sustrato emocional.


«La mente está dividida, como un jinete sobre un elefante, y la función del jinete es servir al elefante. El jinete es nuestro razonamiento consciente –la corriente de palabras e imágenes de las que nos damos perfecta cuenta-. El elefante es el otro 99% de procesos mentales, aquellos que tienen lugar fuera de nuestra consciencia pero que realmente gobiernan nuestro comportamiento». Jonathan Haidt. The righteous mind. 2012.

El jinete de Haidt simboliza nuestro yo consciente; el elefante es ese misterioso conjunto de mecanismos no conscientes -instintos, tendencias, gustos, atajos mentales- que condiciona nuestro comportamiento. El jinete no es estrictamente racional: no se comporta, por lo general, como un filósofo encargado de encontrar la verdad, sino que ha evolucionado para servir al elefante. No guía al elefante, sino que es más bien su portavoz, el encargado de proporcionar justificaciones y racionalizaciones ex post a sus movimientos, aunque casi nunca los entienda. En este sentido este singular portavoz, como Pareto adivinó, es el primer engañado por sus propios argumentos.


PROPOSICIÓN 2: Nuestra estructura emocional define nuestra inclinación política.

Tras haber descrito los residuos, Pareto se embarca en clasificarlos exhaustivamente en grupos y subgrupos, a los que proporciona nombres pintorescos. Los dos primeros grupos de residuos, que son los que nos interesan para este argumento, son “el instinto de las combinaciones” y “la persistencia de los conglomerados”. Simplificando bastante, los primeros impulsan al cambio y la renovación; los segundos reflejan la tendencia a conservar las instituciones ya formadas. Si en nuestra estructura emocional predominan los residuos del primer grupo tenderemos a ser progresistas –de los de verdad, me refiero- . Si abundan los residuos del segundo grupo tenderemos a ser conservadores.

Por su parte Haidt desarrolla la llamada Teoría de los Fundamentos Morales y propone la siguiente alegoría: al igual que la lengua dispone de receptores para captar cinco tipos de sabores, la mente humana dispone de seis receptores morales, nacidos por adaptación evolutiva. Su explicación llevaría más tiempo, pero básicamente son protección del vulnerable, equidad en los intercambios interpersonales, lealtad al grupo, respeto a la autoridad, no reconocimiento de la autoridad no merecida, y preservación de la santidad/pureza.

Es importante hacer notar que algunos de estos módulos tienen un reverso tenebroso. Especialmente el módulo de lealtad al grupo, que evolucionó en respuesta al desafío adaptativo de formar y mantener coaliciones. Somos los descendientes de tribalistas, no de sus más individualistas primos –los bonobos, tal vez-. El instinto tribal ha sido útil para el sapiens, pero nos predispone a dividir el mundo en nosotros-ellos, a la confrontación, a la xenofobia, al odio al ajeno al grupo, a mecanismos de chivo expiatorio, y a la guerra.

Según Haidt la moralidad de cada sociedad, de manera asimilar a su gastronomía, es una construcción cultural que, partiendo de los mismos receptores morales -o gustativos-, e influenciada por azares de ambiente e historia, llega a unas construcciones diferentes. Podría decirse que la mente virtuosa es un ecualizador; un aparato con seis módulos morales que ecualizados de distinta forma producen diferentes tonos morales.


También, obviamente, las personas realizan su propio ajuste fino partiendo de su disposición genética, la experiencia, y la adopción de uno u otro relato existencial –y hay relatos que son hegemónicos- De este modo las diferencias en ecualización predisponen a ser liberales o conservadores, de izquierdas o de derechas:



PROPOSICIÓN 3: La ola de tribalismo.

Pero entonces, si las diferencias entre izquierdas y derechas son emocionales y por tanto bastante permanentes ¿por qué en ocasiones el eje izquierda-derecha se difumina o desaparece? ¿Por qué en la actualidad populismos o nacionalismos de izquierda y derecha pueden congeniar a la perfección? Sugiero esta explicación. En momentos de crisis y de incertidumbre, generadores de miedo y frustración, el impulso tribal se ecualiza al máximo, y su sonido apaga el resto de resto de los módulos morales. Las sociedades quedan anegadas por el tribalismo, de modo que la izquierda y la derecha quedan como dos rocas separadas pero sumergidas.

El tribalismo, inscrito en nuestros genes, es un componente emocional mucho más potente que los otros. Nuestro triunfo como especie se debe a él, pero ahora, en su versión alta ecualización, está desfasado y es peligroso. Ocurre como con el azúcar, muy útil para nuestros antepasados homínidos, pero que ahora nos condena a la diabetes. Aunque nos cueste verlo, y aunque continuamente tengamos que introducir mejoras, nuestra sociedad actual es un oasis de tolerancia, seguridad y respeto a las personas. Es una construcción cultural: un triunfo de la Ilustración frente a la tribu, de la razón frente a las –malas- emociones. En estos momentos de crisis, necesitamos recuperar la razón para defender el oasis.

viernes, 19 de octubre de 2018

LAS DEMOCRACIAS EN PELIGRO

Publicado en Revista ENKI nº 31

¿Cómo mueren las democracias? El profesor de Harvard Steven Levitsky advierte que -al menos desde el final de la Guerra Fría- esto no suele ocurrir a través de insurrecciones sangrientas. Lo habitual es que los futuros autócratas lleguen al poder por las urnas, y una vez allí se dediquen cuidadosamente a desmontar todos los sistemas de control, todos los contrapesos que impiden que su poder se convierta en absoluto. Es un fenómeno insidioso porque es difícil de ver: a diferencia de lo ocurrido el 23-F de 1981, las democracias pueden ser atacadas sin asaltos armados al Parlamento, ni tanques por la calle, ni supresión formal de las instituciones. Como no hay un momento evidente en que el político autoritario cruza la línea roja, como los pasos que da son disimulados -y siempre en nombre del Pueblo-, los ciudadanos pueden darse cuenta demasiado tarde de que la democracia ha sido desmantelada, y con ella sus derechos y libertades.

Los ejemplos, en distintos grados de destrucción democrática, son muy numerosos: Fujimori en Perú, Marcos en Filipinas, Chávez en Venezuela, Putin en Rusia, Orbán en Hungría, Erdogán en Turquía... Todos ellos alcanzaron el poder a través de elecciones, y todos ellos siguieron un patrón para hacerlo inexpugnable: capturar o debilitar a los árbitros -los jueces-; atacar o comprar los medios y a los disidentes; negar la legitimidad de los adversarios... A veces, en una fase posterior se procedió a la demolición efectiva de instituciones básicas, pero antes el gobernante autoritario había tenido que debilitar las estructuras del estado. En 2017, Nicolás Maduro, sucesor de Chávez, creó una Asamblea Constituyente para suplantar al Congreso: solo entonces la comunidad internacional entendió que Venezuela era una autocracia. Habían transcurrido casi dos décadas de erosión antidemocrática que muchos se habían resistido a ver.

El problema está, por tanto, en que los ciudadanos comprendan la gravedad de esos pasos previos en la destrucción de la democracia. Consiste, por tanto, en delimitar nuevas líneas rojas más sutiles que hagan saltar las alarmas a tiempo. Ese, por cierto, ha sido el problema con el golpe del separatismo catalán: muchos ciudadanos -y también instituciones y medios europeos- han sido incapaces de entender la gravedad de los hechos. Y de este modo, los separatistas se han permitido infringir las leyes mientras hablaban de democracia, dividir la sociedad en bandos enfrentados apelando al Pueblo, y marginar a la mitad de la población mientras invocaban la libertad. Ha sido un golpe líquido, escurridizo: un golpe posmoderno, como acertadamente ha definido el periodista Daniel Gascón en un imprescindible libro.

Para preservar la democracia, Levitsky propone dos recetas. La primera, obvia, entender y defender los mecanismos e instituciones de la democracia liberal, incluidas sus reglas no escritas -más sobre esto otro día-. La segunda, los partidos democráticos deben actuar como gatekeepers de la democracia, como guardianes. Vamos con esto último.

Ante la llegada de los que pretenden desmantelarla, los partidos constitucionalistas tienen una gran responsabilidad con la democracia. Son la primera línea de defensa, y para ejercer esta función deben renunciar al oportunismo electoral. He aquí un par de ejemplos. En Venezuela, Rafael Caldera, uno de los artífices de la transición a la democracia –el llamado Pacto de Punto Fijo-, sucumbió a la tentación de aprovechar el tirón electoral de Chávez en un país inmerso en la crisis; de este modo contribuyó a limpiar la imagen del golpista y propició su ascenso al poder. Por el contrario, en Austria, el ÖVP, el mayor partido de centro derecha, renunció a aliarse con el FPÖ del ultraderechista Norbert Hofer, impidiendo así el acceso al poder de éste. Dos comportamientos opuestos que marcaron la diferencia para sus respectivos países.

Los partidos democráticos deben aislar, en lugar de legitimar, a los extremistas, y evitar todo tipo de alianzas con ellos. Desgraciadamente Pedro Sánchez parece haber elegido la opción Caldera. Llegado al Gobierno con una escuálida mayoría, y necesitado de los votos de nacionalistas, populistas e incluso filoterroristas -es decir, de aquellos que quieren destruir la democracia española-, debe pagar puntualmente con cesiones el alquiler de La Moncloa. Ahora habla de nuevas cesiones de competencias desde la debilitada administración central del Estado. Ahora, mientras se reparte cargos de la televisión española con los populistas, se dedica a normalizar a un racista como Torra, que continúa afirmando su voluntad de quebrantar las reglas democráticas de juego; de ese modo, una vez más, renuncia a defender a la mitad de la sociedad catalana.

Recuerda Levitsky que aislar a los partidos peligrosos para la democracia requiere coraje político. Pero cuando el miedo, el oportunismo o el error de cálculo lleva a los partidos constitucionalistas a normalizar a los populistas la democracia está en peligro. Pues eso.

viernes, 5 de octubre de 2018

LAS LENGUAS COOFICIALES COMO BARRERAS IDENTITARIAS

Publicado en El Español 05/10/2018

Estaba claro que lo harían los nacionalistas. Para ellos, aunque invoquen virtuosamente la cultura, las lenguas son herramientas. ¿Para expresar? ¿Para comunicarse? No: para separar. Utilizan las lenguas como criterio de diferenciación -como antes se hacía con la raza- para distinguir la Tribu y señalar a los de fuera. Por eso el español, la lengua común, les estorba. Nosotros frente a Ellos: estamos evolutivamente predispuestos para aceptar esta dicotomía destructiva. Nos permite la satisfacción moral de ser parte de los buenos y la evacuación emocional contra los otros, convertidos en perpetuos chivos expiatorios de nuestra ira y frustración. Debemos estar permanentemente alerta contra esta tentación tribal, contra la que el único antídoto conocido es la democracia liberal.

Presentábamos en el Congreso una propuesta bastante razonable: que las lenguas cooficiales no puedan usarse como barreras. Que cualquier español pueda acceder al empleo público sin restricciones en cualquier parte de España. Que un gallego pueda trabajar sin problemas en Barcelona, y un mallorquín pueda hacerlo en Bilbao. No desperdiciar la ventaja de disponer de esa suerte de koiné universal que es el español. Que las lenguas cooficiales puedan ser un mérito, sí, pero dependiendo del puesto: no es lo mismo estar atendiendo al público que diseccionando cadáveres nada locuaces.

Esta mención no es trivial: el pasado mes de mayo, en Baleares, quedaron excluidos, por no disponer del certificado de catalán correspondiente, el 62% de aspirantes en anatomía patológica -peor fue en radioterapia, donde nada menos que el 89% de los aspirantes fueron rechazados por la misma razón-. Porque en Baleares la socialista Francina Armengol ha pretendido usar la lengua para imponer su proyecto identitario, no sólo por encima de la razón, sino también de la salud de los ciudadanos. No es lo mismo disponer de una cartera de 10 profesionales que de otra de 100 que incluye a los 10 anteriores, por lo que la decisión de Armengol afectaba directamente a la calidad de la asistencia sanitaria. La presidenta demostraba así su orden de prioridades –identidad por encima de sanidad– que además decidía imponer a sus ciudadanos convertidos en súbditos.

En el Congreso los nacionalistas emplearon el movimiento en tenaza habitual. Por un lado, negaron el problema: no hay conflicto, el castellano no está siendo discriminado ni en la educación, ni en el acceso al empleo. Y simultáneamente, de manera furibunda, presentaron a Ciudadanos como los creadores del conflicto y la discordia. El portavoz de Compromís llamó enfermo al diputado que había defendido nuestra propuesta, que fue definida como "macarra" por el de Convergencia/PDeCAT; el del PNV nos llamó falangistas; el de En Comú Podem nos calificó como "tiburones que huelen la sangre" poco antes de acabar, en un momento de exaltación, pidiendo la oficialidad del bable. Todo esto era más o menos previsible.

Pero ¿y los socialistas? ¿No es la igualdad la bandera que dicen defender con mayor empeño? Una vez más parece que se contentan con agitarla en el aire. De una manera extraña la diputada Perea i Conillas afirmó que con nuestra iniciativa pretendemos “atentar contra la Constitución”, que todo está claro en su artículo 3 –efectivamente, léanlo-, y que los de Ciudadanos “se están petando (sic) la Constitución por la puerta de atrás”, demostrando que, al menos en el Congreso, el español sí tiene algún problema.

Votaron no. La igualdad, la libertad de circulación, el libre acceso a la profesión, la calidad sanitaria… Todo ello lo supeditaron a los caprichos de los nacionalistas, a los que deben la estancia de Sánchez en la Moncloa. El PSOE ha muerto: viva el PSC –y el PSIB-.

martes, 4 de septiembre de 2018

EL LIBERALISMO SEGUN EDMUND FAWCETT


«Los liberales querían un orden ético sin apelar a la autoridad divina, la tradición establecida o costumbres estrechas. Querían un orden social sin jerarquías fijadas legalmente o clases privilegiadas. Querían un orden económico libre de interferencias estatales o regias, de privilegios monopolísticos y de obstáculos locales para los mercados nacionales. Querían un orden internacional en el que el comercio prevaleciera sobre la guerra y el tratado sobre la fuerza. Querían, por último, un orden político sin autoridades absolutas ni poderes irrestrictos, que todos los ciudadanos pudieran entender y aceptar, bajo disposiciones legales que respetaran y promovieran todos esos anhelos. La pesadilla liberal consistía en un mundo en caos (…) El liberalismo, tal y como lo veo, sintetizó sueño y pesadilla en una imagen de la sociedad como un lugar poco fraternal y sin armonía natural del cual los intereses contrapuestos y las creencias discordantes jamás podrían ser eliminados, pero en el que, con suerte y acertadas leyes, el conflicto incesante podría derivar felizmente en innovación, argumentación e intercambio. La imagen del conflicto canalizado en pacifica competición conseguía convertir una sociedad desconcertante, fluida y permanentemente sorprendente en algo inteligible para los liberales, y de este modo en cierto sentido justificable o aceptable».

En resumen los liberales buscaban orden en un mundo vuelto del revés tras las revoluciones francesa y americana y el naciente capitalismo industrial. Edmund Fawcett emprende así un recorrido por el liberalismo, como teoría política y como práctica, a través de cuatro fases. La primera abarca desde 1830 a 1880 -lo que convierte en protoliberales a Locke, Kant, Madison y Constant-. La segunda desde 1880 hasta la Segunda Guerra Mundial. La tercera, desde 1945 hasta la caída del comunismo, un momento en que parecía que su triunfo era definitivo tal y como proclamó Fukuyama; y la última desde entonces hasta la actualidad. Fawcett recuerda que en cada una de ellas el liberalismo ha tenido poderosos rivales: el conservadurismo y el socialismo en el siglo XIX; el comunismo y el fascismo en la primera mitad del XX; el populismo, el nacionalismo, los “autoritarismos competitivos” –en terminología de Steven Levitsky- y la teocracia islamista en la actualidad. Fawcett realiza este viaje enfocándose en cuatro países –Francia, Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos- y varias decenas de autores del panteón liberal.


¿Quiénes eran –son- los liberales? La primera dificultad está en que, con excepción del Partido Liberal inglés, y el Partido Nacional Liberal alemán, los liberales no solían llamarse a sí mismos así, y algunos de los que así se llaman actualmente no necesariamente lo son. La segunda, en que cabría pensar que el principal valor del liberalismo es la libertad –en realidad, así es-, pero no nos servirá de mucho para definir a un liberal: se trata de una bandera tan bonita que nadie ha querido renunciar a ella, ni los estados esclavistas del sur de Estados Unidos, ni el comunismo, ni el nacionalsocialismo. En los extremos está claro quién es y no es liberal –Tocqueville, sí; Marx, no-. Esto no sirve de mucho, así que Fawcett intenta afinar un poco más:

«Entiendo el liberalismo como una práctica guiada por cuatro ideas difusas. Las señalo resumidamente como conflicto, resistencia al poder, progreso y respeto».

Pues veámoslas.

1. Dice Fawcett que desde el comienzo los liberales entendieron que el conflicto de intereses, visiones y creencias es algo inevitable en una sociedad, y que la armonía social absoluta es una quimera. Una quimera poco deseable además: la ausencia de conflicto, que sólo se puede lograr mediante la imposición absoluta, equivale a la sofocante unanimidad. La tarea del liberal debería ser, por tanto, evitar que el conflicto supere niveles peligrosos para la sociedad y canalizar las diferencias de manera que la sociedad se vea enriquecida por el debate y la confrontación de ideas. Esta era, por ejemplo, la visión de Mill.

Los rivales del liberalismo en el siglo XIX tenían una visión distinta del conflicto. Tanto conservadores –aquellos que añoraban el Antiguo Régimen previo a las revoluciones- como socialistas -desde los utópicos sin complejos como Fourier, a los utópicos vergonzantes como Marx- creían que el estado natural de la sociedad era la armonía. Pero mientras los primeros intentaban recuperarla restableciendo las jerarquías del pasado, los segundos querían crearla en una fraternidad igualitaria futura. Hay una diferencia adicional: mientras los liberales pensaban que el conflicto es omnipresente y multidimensional, los socialistas pensaban que el conflicto deriva exclusivamente de que una parte de la sociedad explota a la otra –ellos mismos se encargarían de definir a explotadores y explotados-, y que por tanto desaparecería en cuanto se alcanzase la igualdad material. Esta diferencia de visión es decisiva: si todo el conflicto se reduce a una cuestión de opresores y oprimidos, la política se hará sólo para los segundos y consistirá en la eliminación de los primeros: es ésta una visión que se extendió por el siglo XX y que perdura, en algunos partidos, en nuestros días. Por el contrario si se considera que la sociedad armónica y perfecta no puede existir –entre otras cosas, porque no puede haber acuerdo sobre qué es la perfección- se entenderá la política como la necesidad de llegar a acuerdos, compromisos y transacciones que necesariamente no serán perfectos, pero pueden lograr que la sociedad prospere estable y pacíficamente.


2. El poder, para los liberales, es implacable y no se puede confiar en él. Guizot, por ejemplo, afirmaba la «radical ilegitimidad de cualquier poder absoluto», y alertó de la imperiosa necesidad de evitar que cualquier fe, cualquier ideología, o cualquier clase dominase la sociedad. El poder sobre los demás tiende necesariamente a la arbitrariedad y la opresión a no ser que sea cuidadosamente limitado, dividido y contrapesado. Como, además, el poder es fluido y cambiante, la política es la forma de encontrar nuevos equilibrios y balances entre intereses opuestos. Al hablar de poder los liberales no sólo se referían al poder político, del estado sobre el ciudadano, sino también al social: la opresión de las corrientes hegemónicas en una sociedad que pueden asfixiar la diversidad en favor de la ortodoxia. Es el peligro de la tiranía de la mayoría que detectaron Madison, Tocqueville y Mill.

3. Para los liberales y socialistas decimonónicos, ni las personas ni las sociedades son fijas y estables: ambos pueden evolucionar y mejorar. Pero, mientras los socialistas creían en un cambio revolucionario hacia una nueva sociedad, diseñado por una elite en nombre del pueblo en el laboratorio de la razón –e indiferente, por lo general, a los resultados y a la propia realidad-, los liberales creían en el cambio gradual, incremental, basado en la prueba y error, de la sociedad existente.

4. El respeto cívico hace referencia a la necesidad de proteger una esfera individual, privada, en la que la persona es soberana. En ese ámbito el poder político no puede pretender tener ni siquiera autoridad moral, y su único límite admisible es el respeto hacia los demás: en eso consiste el principio del daño del Mills. El respeto cívico se descompone para Fawcett en los principios de no intrusión –en las personas y sus propiedades, no exclusión –principio sólo alcanzado después de la Segunda Guerra Mundial- y no obstrucción.

En realidad los cuatro mandamientos de Fawcett –esto no lo dice él- se cierran en uno: la creencia en la persona. En su libertad –finalmente la libertad reaparece como rasgo de los liberales- y en su responsabilidad. La persona, entiende el liberal, es el único centro admisible de la política, y merece respeto por sí misma, no porque sea incluida en un agregado determinado como la raza, la clase o la nacionalidad. En terminología kantiana, las personas deben ser consideradas como fines en sí mismas, nunca como medios: esto es una advertencia ante la tentación utilitarista.


Dice Fawcett que el liberalismo es tanto una idea como una práctica, pero quizás sobre todo es un carácter. La creencia en la autonomía de la persona; la oposición a su dilución en agregados; la propensión al compromiso con el adversario; el aborrecimiento de las políticas bipolares nosotros-ellos y de búsqueda de chivos expiatorios; la tendencia a la reforma gradual frente a la destrucción revolucionaria; la aversión al caos. Todos ellos derivan de –o conforman- un carácter especial.

Se acepten o no plenamente los criterios clasificatorios de Fawcett, es indiscutible la necesidad de encontrarlos. Su libro contiene, además, un asombroso caudal de información, y funciona de este modo como manual para entrar en contacto con aquellos pensadores y políticos menos conocidos del panteón liberal.

Edmund Fawcett. Liberalism. The life of an Idea

viernes, 24 de agosto de 2018

NUEVA GERMANIA Y TAL



El 15 de febrero de 1886 zarpó de Hamburgo el vapor Uruguay. Contenía catorce familias sajonas lideradas por Bernhard Förster y su mujer Elisabeth Nietzsche, hermana del filósofo. Förster, que no era un gran orador se dirigió así a sus compañeros: “estoy en compañía de un pequeño grupo de amigos y compañeros; pronto se unirán otros”. La ocasión habría permitido un discurso más solemne: el destino final de los viajeros era un rincón bastante inhóspito de Paraguay donde pretendían materializar su particular utopía. Pero no se trataba de algo como lo que ya habían intentado Owen o Cabet. A diferencia de éstos, los expedicionarios sajones no pretendían haber descubierto algún sistema para conseguir una humanidad feliz, sino segregarse cuidadosamente de una parte de ésta a la que consideraban infecciosa.

Bernhard Förster era amigo de Richard Wagner y asiduo de su círculo en Bayreuth, donde había conocido a Elisabeth. Tan antisemita como el músico, la hermana del filósofo y el filósofo mismo –a quien últimamente se pretende rehabilitar- había comenzado su activismo político con el militar Max Liebermann von Sonnenberg. Fueron, a su modo, unos pioneros: en 1880 habían organizado una petición, que reunió 225.000 firmas, solicitando que los judíos fueran expulsados de todos los cargos públicos, algo que no ocurriría hasta medio siglo más tarde. Un año más tarde, en 1881, fundaron el Deutscher Volksverein, la Liga del Pueblo Alemán, para gestionar su agenda racista. En un momento dado, quizás influido por las ideas de Wagner, Förster decidió que la contaminación judía en el Viejo Mundo era irreparable, y que la solución estaba en emigrar a otro nuevo donde refundar un imperio ario limpio y puro desde el principio. Por diferentes razones el lugar escogido para tal honor fue un rincón paraguayo habitado por guaraníes e infestado de mosquitos. Allí los Förster-Nietzsche crearían una comunidad racialmente pura, que sería el embrión de un nuevo imperio ario no mancillado por los judíos. Sus principios rectores, al parecer compatibles, serían el antisemitismo, el luteranismo y el vegetarianismo.


En 1883 Förster había emprendido un primer viaje de reconocimiento a Paraguay. La noticia fue recogida por The Times:

«El doctor Förster, uno de los líderes de la agitación antisemita en Alemania (…) con una pequeña pero devota banda de seguidores (…) embarcó hacia Paraguay, donde fundarán una nueva Alemania impoluta de cualquier descendiente de Abraham (..) Él es un hombre, como muchos de sus compatriotas, de una única idea, y esa idea es “Alemania para los alemanes y no para los judíos”. Encontrando esa idea poco realista en su país natal él, con unos pocos como él, ha zarpado hacia un lejano país donde fundar una nueva Alemania, donde las sinagogas estarán prohibidas y las Bolsas serán desconocidas».

En Paraguay Förster fue cordialmente atendido por el ministro de inmigración Heinrich von Morgenstern. Su principal función ministerial consistía en atraer, mediante generosas ofertas de tierra, publicidad engañosa y mentiras directas, a colonos europeos para repoblar Paraguay, cuya población masculina había sido reducida a la cuarta parte en la insensata guerra de la Triple Alianza. Förster no lo sabía, y sin duda lo habría considerado un mal augurio, pero Morgenstern se llamaba en realidad Morgenstein y era de origen judío: la cosa no empezaba bien.

De vuelta a Alemania en 1885 Förster emprendió su propia campaña de publicidad de la futura colonia, se casó con Elisabeth Nietzsche, y entre ambos consiguieron convencer a unos cuantos incautos. Como siempre en estas empresas los primeros en picar son algunos familiares, pero también había un miembro de la pequeña nobleza local, un tal Kürbitz banquero de Naumburgo, y Max Schubert, pariente del músico y empresario de Chemnitz. En todo caso, el grueso de la expedición lo constituían modestos campesinos sajones, muy afectados por la crisis económica y sin nada que perder. Para resumir, la expedición llegó a los muelles de Asunción el 15 de marzo de 1886, completó penosamente la fase final del viaje por río y tierra, y fundó en el barro una colonia llamada ampulosamente Nueva Germania.


El caso es que los Förster-Nietzsche parecían creer implícitamente que bastaría una comunidad aria sana, libre de influencia semita, para que todo fuera bien, independientemente de la capacidad de sus miembros. Pero el proyecto estaba condenado al fracaso por una serie de razones prácticas, filosóficas y psicológicas. Entre las primeras estaba el hecho de que Förster no era propietario de las tierras que cedía por un precio a los nuevos colonos. Había llegado a un acuerdo con Morgenstern según el cual el gobierno adelantaría la mayor parte del pago a su propietario original. Pero se trataba de un pago condicional: si en dos años el número de familias no superaba ciento cuarenta, las tierras revertirían al estado. Esta cifra no se alcanzó en ningún momento.

Entre las razones filosóficas, todo parece indicar que el matrimonio era adepto a las consignas nietzscheanas de vivir peligrosamente y de convertir la vida en una obra de arte, y esto sin duda lo consiguieron: el viaje de los Förster-Nietzsche a través de la jungla, con el piano de Elisabeth a cuestas, recuerda al Fitzcarraldo de Herzog. Pero también parecían creer en el superhombre capaz de situarse más allá del bien y del mal y de guiar a las masas en una superproducción esteticista, y en esto fracasaron. Para empezar, nadie más alejado de un superhombre que el neurótico Förster. Pero además los sufridos colonos se resistieron desde el primer momento a representar el papel de masas figurantes en la epopeya aria. No veían con buenos ojos que el matrimonio viviera en una mansión mientras ellos se hacinaban en cabañas insalubres, y desde luego no soportaban con ecuanimidad que Förster se paseara por sus terrenos en un caballo blanco y pretendiera que se descubrieran respetuosamente a su paso.


En cuanto a las sicológicas los Förster-Nietzsche habían conseguido reunir un grupo poco prometedor de gente sin oficio ni beneficio aglutinado meramente por el odio racista, y cometió el error elemental de llevarlo a un sitio donde no había judíos. De este modo cuando los problemas se presentaron, cuando sus incapacidades se pusieron de manifiesto, cuando las frustraciones comenzaron a crecer, no tuvieron a nadie a quién echar la culpa.

En los primeros dos años cuarenta familias viajaron a Nueva Germania; de éstas, un cuarto había abandonado la colonia en julio de 1888. Förster debía conseguir 110 familias más en menos de un año para mantener la propiedad, pero resultó que a su incompetencia acompañaba su cobardía. En una pared de la mansión colgaba un lema extraído de Goethe: frente a todos los obstáculos, mantente firme. Pero cuando los problemas económicos y de todo tipo se multiplicaron Förster huyo de Nueva Germania, se refugió en el Hotel del Lago en San Bernardino, una colonia alemana en las afueras de Asunción, y comenzó a beber copiosamente. Quedó al frente de la colonia Elisabeth, que al menos sí tenía carácter, aunque fuera mal carácter. La situación no duró mucho: el 2 de junio de 1889 Förster ingirió un combinado de morfina y estricnina y abandonó el mundo. Unos meses más tarde Elisabeth volvía a Alemania.


EPÍLOGO


La aventura equinoccial Förster-Nietzsche no fue única. Normalmente, tras el inevitable fracaso, los participantes retornaban a sus países de origen o se integraban en la población local. ¿Qué ocurrió con los habitantes de Nueva Germania? Todo parece indicar que el virus racista es especialmente resistente, sin duda porque los humanos tenemos una predisposición innata a alojarlo. Pero Nueva Germania, que nunca contó con una población muy abundante, se veía enfrentada a la maldición del racista: si evitaba la mezcla y optaba por la endogamia sin duda continuaría produciendo especímenes rubios y puros, pero no necesariamente muy listos. Curiosamente en sus diarios paraguayos Bernhard Förster habla de los rumores acerca de una raza de apariencia aria oculta en las profundidades de la jungla: «No sé si creer estas historias, muy extendidas pero quizás exageradas, de una raza de gente rubia, absolutamente sin civilizar, cuyo diferente lenguaje los ha mantenido aparte de los guaraníes». Quizás sin saberlo estaba pronosticando el futuro de los antisemitas sajones de Nueva Germania.


Vean este breve documental, resumen del excelente artículo que Simón Romero publicó en el The New York Times. Ahora la mayoría de las familias de Nueva Germania se han mezclado, pero aún hay algunos que se aferran desesperadamente a un patético supremacismo. Observen a partir del minuto 2:48 a una mujer rubia expresando su orgullo de raza. Y a continuación al impecable palurdo llamado Fischer. Los que entienden de esto dicen que los alemanes tienen la mayor parte del juicio del mundo, nos cuenta. Y luego, continúa, vienen los coreanos, digo los japoneses. He aquí el líder que Nueva Germania necesita para salir del estancamiento. Bastará que se deje flequillo, y que afirme incansable que Paraguay los roba y que los paraguayos son un lastre. Al menos, tal vez consiga abrirse camino en Waterloo.


domingo, 22 de julio de 2018

LOS LENGUAJES DE CALVO


Habita el planeta Pao una sociedad estancada y apática, vulnerable a periódicos pillajes de planetas vecinos, militarmente más activos, y al despilfarro de sus ingentes recursos naturales. Ante esta situación el Panarca, gobernante absoluto de Pao, decide emprender un gigantesco experimento de ingeniería social: crear una casta de científicos, otra de guerreros y otra de comerciantes. Para ello segrega del conjunto de la sociedad a grupos de niños a los que imparte educaciones diferenciadas. El punto fuerte del proyecto consiste en crear, para cada una de las castas, un lenguaje específico, diferenciado de los otros y del común de Pao. El lenguaje de los guerreros está estructurado para fomentar el ardor guerrero, y se articula en torno a conceptos como “gloria”, “heroísmo” y “camaradería. Del mismo modo la estructura y gramática de los lenguajes científico y mercantil son diseñadas para modular las mentes de los futuros integrantes en las direcciones adecuadas.

Implícita en Los lenguajes de Pao (Jack Vance, 1958) está la hipótesis Sapir–Whorf, según la cual el lenguaje no es un mero cauce para expresar el pensamiento, sino que determina éste: los conceptos y categorías que el lenguaje incluya delimitarán el alcance de aquél. Dicho de otro modo, el lenguaje determina decisivamente el modo en que sus hablantes entienden la realidad. Whorf extrajo sus conclusiones del estudio de lenguajes mesoamericanos, especialmente los apache y los hopi. Por ejemplo, siempre según Whorf, los hopi no tienen en su lenguaje el concepto del tiempo, por lo que su pensamiento no puede ser equiparable al de un occidental estándar –y en ningún caso cabe esperar que lleguen puntuales-. Para demostrarlo Whorf tradujo de manera pintoresca una serie de frases hopi, que parecían demostrar que vivían en un mundo completamente aparte. Los hopi por cierto parecen ejercer una atracción irresistible sobre todo pensamiento místico, y más adelante aportaron al acervo Koyaanisqatsi, una palabra que se tradujo como “vida desequilibrada” y propició una fábula ecológico-soporífera.


En todo caso la implicación de la hipótesis Sapir–Whorf es muy notable: las categorías con la que percibimos la realidad no están en el mundo, ni en nuestra propia naturaleza, sino que son impuestas por la cultura. Y desde luego las diferencias entre lenguajes ocasionan diferencias en el pensamiento de sus hablantes. Obviamente esto no es nuevo. Que los lenguajes son causa o consecuencia de las diferencias irreductibles entre pueblos es uno de los fundamentos del romanticismo alemán, y ya lo habían defendido Herder, Fichte o el filósofo Friedrich Schleiermacher: «cada idioma es un particular modo de pensamiento, y lo que se piensa en un idioma no puede nunca ser repetido del mismo modo en otro (…) El idioma por tanto (…) es la expresión de una vida peculiar que se contiene en él». Pero -empezando por su nombre tan impactante- la hipótesis Sapir-Whorf otorgaba una pátina científica a este anhelo romántico-tribal de diferenciación. Y además llegó en un momento emocional propicio. Si el lenguaje determina el pensamiento, cualquier pretensión de cosmopolitismo y universalización es ilusoria. Y cuando los occidentales hablamos de libertad, ciencia o democracia liberal como valores universales somos víctimas de un espejismo logocéntrico y culpables de complejo de superioridad cultural. ¿Acaso los hopi, con su olímpica ignorancia del tiempo, no pueden tener una visión mucho más profunda de la realidad? Incluso ese indígena de apariencia primitiva, que se pasea con un plato bajo el labio inferior, sin duda pertenece a una cultura tan completa como la nuestra, que por tanto es absurdo juzgar. De este modo la hipótesis fue precursora del relativismo cultural. Y de deconstructivismo claro: si el lenguaje determina el pensamiento ¿cómo poder entender algo si previamente no lo reconstruimos? Quedaba así el campo abierto para la época de la charlatanería posmoderna, que haría las delicias de Sokal y Bricmont.


Con el tiempo las pintorescas traducciones de Whorf fueron demolidas, y resultó que el pensamiento hopi no era tan inmune al tiempo como él pensaba. En todo caso, a través de un camino iniciado por Chomsky, la premisa fundamental de que el lenguaje es una construcción cultural ha demostrado ser espectacularmente falsa. El lingüista Derek Bickerton explica que, cuando en plantaciones y campos de trabajo se reunían trabajadores forzados de distintas procedencias, desarrollaban entre ellos una jerga no estructurada compuesta por palabras de las distintas lenguas: se llama a esto pidgin. Sin embargo –y esto es lo realmente asombroso- las siguientes generaciones desarrollaban a partir del pidgin un lenguaje realmente complejo con sus verbos, gramática y la estructura habitual de todo lenguaje humano: esta lengua así creada se llama criollo. Venimos por tanto equipados de fábrica con los módulos del lenguaje, que viene a ser algo así como un instinto, tan inconsciente como el que hace a la araña construir su tela. Como dice Pinker «el quid de la cuestión es que el lenguaje complejo es universal porque los niños realmente lo reinventan generación tras generación, no porque les sea enseñado, no porque en general sean listos, no porque les sea útil, sino porque no pueden evitarlo». No parece, por cierto, que nuestro pensamiento necesite el lenguaje para ser elaborado. Todo parece indicar que se organiza en nuestra mente con algún tipo de lenguaje simbólico –podríamos llamarlo mentalés- y que luego se canaliza al exterior a través de nuestra lengua hablada y escrita.


Ahora la vicepresidenta Carmen Calvo, como el Panarca de Pao, se propone emprender su particular proyecto de ingeniería social. A falta de ideas, y sobrada de voluntad de extender la acción política mucho más allá de su ámbito razonable, pretende modificar el lenguaje español para que sus usuarios sean incapaces de ser machistas. El experimento de la Panarca Calvo –o Calva- está desde luego condenado al fracaso. Aunque consiguiera imponer su lenguaje, y desatase aún más a la Inquisición de la corrección, las siguientes generaciones “criollizarían” y devolverían las cosas a su cauce. De momento, eso sí, dejarían nuestra lengua convertida en un artefacto bastante cómico. Como demuestra el exitoso experimento bolivariano:

Artículo 41. Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad, podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y aquellos contemplados en la ley orgánica de la Fuerza Armada Nacional.



jueves, 5 de julio de 2018

NACIONALISMO ÉTNICO VS PATRIOTISMO CÍVICO: SANGRE Y PERTENENCIA


«El nacionalismo étnico defiende que los vínculos más profundos de un individuo son heredados, no elegidos. Es la comunidad nacional la que define al individuo, no los individuos los que definen la comunidad nacional (…) Según el nacionalismo cívico, lo que mantiene unida una sociedad no son unas raíces comunes sino la ley. Al suscribir un conjunto de procedimientos y valores democráticos, los individuos pueden combinar el derecho a vivir sus propias vidas con la necesidad de pertenecer a una comunidad. Esto, a su vez, asume que la pertenencia a una nación puede ser en cierto modo un vínculo racional».

Para el nacionalismo étnico –o nacionalismo a secas- el individuo está condicionado por una serie de factores –la raza, la etnia, el folklore, la lengua, el espíritu, la tierra- que lo adscriben inexorablemente a determinadas tribus llamadas naciones. Estos criterios de adscripción son intercambiables y varían en función de las modas del momento: puede ser usado uno u otro o todos ellos simultáneamente. La raza tuvo mucho éxito durante un tiempo, pero quedó definitivamente desacreditada después de los millones de muertos que produjo, y ahora sólo especímenes especialmente primitivos continúan apelando a ella. Ahora los distintos criterios se invocan de una manera más difusa, pero no hay ninguna diferencia. En realidad no son más que racionalizaciones de un potentísimo impulso inscrito en los genes humanos: a integrarse en tribus y señalar como enemigos a los que quedan al alcance de la cachiporra.

Para el nacionalista las tribus-naciones son algo así como seres vivos: tienen sus propios deseos, intereses y agenda que los chamanes -los líderes nacionalistas- pueden interpretar. Obviamente, por un puro principio utilitarista, el bienestar de ese ser es mucho más importante que el de las células –las personas concretas- que lo componen. Pero a cambio éstas obtienen muchos beneficios. Primero, el calor de la tribu: disolverse en ella proporciona al individuo seguridad, y lo libera de los sobresaltos de la libertad y las incomodidades de la responsabilidad. Segundo, al definirse contra supuestos enemigos la tribu-nación proporciona un cauce ideal para que sus integrantes puedan desaguar sus frustraciones y demás residuos emocionales:

«El nacionalismo funciona como un lenguaje moral de autoexculpación. El único responsable de todo lo que ocurre es el otro bando».

Por último, y no es poco, también garantiza cierta inmortalidad: las celulillas mueren pero pueden creer que seguirán vivas, al menos en el recuerdo, de la tribu-nación inmortal –que tampoco lo es-.

Entonces es comprensible que los nacionalistas crean que la humanidad deba compartimentarse en naciones homogéneas. En esto se comportan como jardineros obsesivos que aspirasen a tener el mundo como un jardín con plantas de la misma especie–que no existen en la realidad- en cada parcela. Esto condena a todos aquellos que no deseen integrarse en la tribu, pero tengan la mala suerte de compartir maceta con los nacionalistas, a la condición de malas hierbas:

«El pecado del nacionalismo es que al final se convierte en la tiranía de la mayoría».

Frente al nacionalismo étnico está el patriotismo cívico: una adscripción racional a los valores de la Ilustración y las instituciones de la democracia liberal. ¿Cómo saber cuándo estamos ante uno u otro? La manera más sencilla es definir unos ejes con unas variables clave, y ver dónde se sitúa cada uno:


Cada eje del gráfico representa un asunto determinado con visiones políticas opuestas en los extremos:

- Valor supremo de la persona, frente a valor supremo de la tribu.
- Política schmittiana de amigos contra enemigos, frente a política democrática basada en el acuerdo, la transacción y la tolerancia.
- Creencia en el imperio de la ley, frente a subordinación de ésta a la tribu-nación.
- Creencia en el libre comercio como cauce para la prosperidad y la convivencia pacífica, frente a la tendencia a levantar fronteras protectoras.

La línea superior, aleatoriamente marcada de color naranja, representaría la constelación del patriotismo cívico basado en la democracia liberal. La inferior, de color no menos aleatorio amarillo, representa la constelación del nacionalismo étnico. Como puede verse, el patriotismo cívico no es un nacionalismo alternativo: es lo opuesto al nacionalismo.

Dejo este modelo para la crítica y la reflexión, pero me interesa destacar una cosa: la tentación de la tribu y búsqueda de chivo expiatorio la llevamos inscrita en los genes, mientras que el patriotismo cívico es una construcción intelectual. Este último apela a la razón, pero el primero a las tripas: es obvio cual resulta más atractivo a los humanos.

«El nacionalismo tiene el inmenso atractivo de la agitación permanente, de la exaltación constante. En vez de la banal política de lo real, en vez de un mundo de la política que afronta los hechos (…) la terca mediocridad de la vida corriente (…) el nacionalismo dirige la mente a planos más elevados. Ofrece la gloriosa política de la identidad y la autoafirmación. En vez de la política interminable del interés y la negociación, hay enemigos internos y externos a los que derrotar; está la causa eterna, los mártires del pasado y del presente a los que ser fieles».

«Y ni a los criminales ni a los cínicos se les escapa que en este estado de exaltación organizada y constante, ningún cinismo, ningún crimen, ninguna atrocidad grande o pequeña, dejará de ser perdonado si las palabras "nación", "pueblo", "derechos" y "libertad" se espolvorean delicadamente por encima».

Así pues el patriotismo cívico tiene la ingrata tarea de defender un oasis permanentemente amenazado por el retorno a la barbarie.

«No puedo evitar pensar que una civilización liberal (el imperio de la ley en vez de los hombres, de la discusión en vez de la fuerza, del compromiso en lugar de la violencia) va profundamente en contra del carácter del hombre y solo se logra y se sostiene gracias a una lucha implacable contra la naturaleza humana. Las virtudes liberales (la tolerancia, el compromiso y la razón) siguen siendo tan valiosas como siempre, pero no se pueden enseñar a aquellos que están llenos de locura o de resentimiento».

¿Qué podemos ofrecer para hacer atractiva la tarea? Sólo se me ocurre el orgullo.

Michael Ignatieff. Sangre y pertenencia: Viajes por el nuevo nacionalismo.