domingo, 22 de julio de 2018

LOS LENGUAJES DE CALVO


Habita el planeta Pao una sociedad estancada y apática, vulnerable a periódicos pillajes de planetas vecinos, militarmente más activos, y al despilfarro de sus ingentes recursos naturales. Ante esta situación el Panarca, gobernante absoluto de Pao, decide emprender un gigantesco experimento de ingeniería social: crear una casta de científicos, otra de guerreros y otra de comerciantes. Para ello segrega del conjunto de la sociedad a grupos de niños a los que imparte educaciones diferenciadas. El punto fuerte del proyecto consiste en crear, para cada una de las castas, un lenguaje específico, diferenciado de los otros y del común de Pao. El lenguaje de los guerreros está estructurado para fomentar el ardor guerrero, y se articula en torno a conceptos como “gloria”, “heroísmo” y “camaradería. Del mismo modo la estructura y gramática de los lenguajes científico y mercantil son diseñadas para modular las mentes de los futuros integrantes en las direcciones adecuadas.

Implícita en Los lenguajes de Pao (Jack Vance, 1958) está la hipótesis Sapir–Whorf, según la cual el lenguaje no es un mero cauce para expresar el pensamiento, sino que determina éste: los conceptos y categorías que el lenguaje incluya delimitarán el alcance de aquél. Dicho de otro modo, el lenguaje determina decisivamente el modo en que sus hablantes entienden la realidad. Whorf extrajo sus conclusiones del estudio de lenguajes mesoamericanos, especialmente los apache y los hopi. Por ejemplo, siempre según Whorf, los hopi no tienen en su lenguaje el concepto del tiempo, por lo que su pensamiento no puede ser equiparable al de un occidental estándar –y en ningún caso cabe esperar que lleguen puntuales-. Para demostrarlo Whorf tradujo de manera pintoresca una serie de frases hopi, que parecían demostrar que vivían en un mundo completamente aparte. Los hopi por cierto parecen ejercer una atracción irresistible sobre todo pensamiento místico, y más adelante aportaron al acervo Koyaanisqatsi, una palabra que se tradujo como “vida desequilibrada” y propició una fábula ecológico-soporífera.


En todo caso la implicación de la hipótesis Sapir–Whorf es muy notable: las categorías con la que percibimos la realidad no están en el mundo, ni en nuestra propia naturaleza, sino que son impuestas por la cultura. Y desde luego las diferencias entre lenguajes ocasionan diferencias en el pensamiento de sus hablantes. Obviamente esto no es nuevo. Que los lenguajes son causa o consecuencia de las diferencias irreductibles entre pueblos es uno de los fundamentos del romanticismo alemán, y ya lo habían defendido Herder, Fichte o el filósofo Friedrich Schleiermacher: «cada idioma es un particular modo de pensamiento, y lo que se piensa en un idioma no puede nunca ser repetido del mismo modo en otro (…) El idioma por tanto (…) es la expresión de una vida peculiar que se contiene en él». Pero -empezando por su nombre tan impactante- la hipótesis Sapir-Whorf otorgaba una pátina científica a este anhelo romántico-tribal de diferenciación. Y además llegó en un momento emocional propicio. Si el lenguaje determina el pensamiento, cualquier pretensión de cosmopolitismo y universalización es ilusoria. Y cuando los occidentales hablamos de libertad, ciencia o democracia liberal como valores universales somos víctimas de un espejismo logocéntrico y culpables de complejo de superioridad cultural. ¿Acaso los hopi, con su olímpica ignorancia del tiempo, no pueden tener una visión mucho más profunda de la realidad? Incluso ese indígena de apariencia primitiva, que se pasea con un plato bajo el labio inferior, sin duda pertenece a una cultura tan completa como la nuestra, que por tanto es absurdo juzgar. De este modo la hipótesis fue precursora del relativismo cultural. Y de deconstructivismo claro: si el lenguaje determina el pensamiento ¿cómo poder entender algo si previamente no lo reconstruimos? Quedaba así el campo abierto para la época de la charlatanería posmoderna, que haría las delicias de Sokal y Bricmont.


Con el tiempo las pintorescas traducciones de Whorf fueron demolidas, y resultó que el pensamiento hopi no era tan inmune al tiempo como él pensaba. En todo caso, a través de un camino iniciado por Chomsky, la premisa fundamental de que el lenguaje es una construcción cultural ha demostrado ser espectacularmente falsa. El lingüista Derek Bickerton explica que, cuando en plantaciones y campos de trabajo se reunían trabajadores forzados de distintas procedencias, desarrollaban entre ellos una jerga no estructurada compuesta por palabras de las distintas lenguas: se llama a esto pidgin. Sin embargo –y esto es lo realmente asombroso- las siguientes generaciones desarrollaban a partir del pidgin un lenguaje realmente complejo con sus verbos, gramática y la estructura habitual de todo lenguaje humano: esta lengua así creada se llama criollo. Venimos por tanto equipados de fábrica con los módulos del lenguaje, que viene a ser algo así como un instinto, tan inconsciente como el que hace a la araña construir su tela. Como dice Pinker «el quid de la cuestión es que el lenguaje complejo es universal porque los niños realmente lo reinventan generación tras generación, no porque les sea enseñado, no porque en general sean listos, no porque les sea útil, sino porque no pueden evitarlo». No parece, por cierto, que nuestro pensamiento necesite el lenguaje para ser elaborado. Todo parece indicar que se organiza en nuestra mente con algún tipo de lenguaje simbólico –podríamos llamarlo mentalés- y que luego se canaliza al exterior a través de nuestra lengua hablada y escrita.


Ahora la vicepresidenta Carmen Calvo, como el Panarca de Pao, se propone emprender su particular proyecto de ingeniería social. A falta de ideas, y sobrada de voluntad de extender la acción política mucho más allá de su ámbito razonable, pretende modificar el lenguaje español para que sus usuarios sean incapaces de ser machistas. El experimento de la Panarca Calvo –o Calva- está desde luego condenado al fracaso. Aunque consiguiera imponer su lenguaje, y desatase aún más a la Inquisición de la corrección, las siguientes generaciones “criollizarían” y devolverían las cosas a su cauce. De momento, eso sí, dejarían nuestra lengua convertida en un artefacto bastante cómico. Como demuestra el exitoso experimento bolivariano:

Artículo 41. Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad, podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y aquellos contemplados en la ley orgánica de la Fuerza Armada Nacional.



jueves, 5 de julio de 2018

NACIONALISMO ÉTNICO VS PATRIOTISMO CÍVICO: SANGRE Y PERTENENCIA


«El nacionalismo étnico defiende que los vínculos más profundos de un individuo son heredados, no elegidos. Es la comunidad nacional la que define al individuo, no los individuos los que definen la comunidad nacional (…) Según el nacionalismo cívico, lo que mantiene unida una sociedad no son unas raíces comunes sino la ley. Al suscribir un conjunto de procedimientos y valores democráticos, los individuos pueden combinar el derecho a vivir sus propias vidas con la necesidad de pertenecer a una comunidad. Esto, a su vez, asume que la pertenencia a una nación puede ser en cierto modo un vínculo racional».

Para el nacionalismo étnico –o nacionalismo a secas- el individuo está condicionado por una serie de factores –la raza, la etnia, el folklore, la lengua, el espíritu, la tierra- que lo adscriben inexorablemente a determinadas tribus llamadas naciones. Estos criterios de adscripción son intercambiables y varían en función de las modas del momento: puede ser usado uno u otro o todos ellos simultáneamente. La raza tuvo mucho éxito durante un tiempo, pero quedó definitivamente desacreditada después de los millones de muertos que produjo, y ahora sólo especímenes especialmente primitivos continúan apelando a ella. Ahora los distintos criterios se invocan de una manera más difusa, pero no hay ninguna diferencia. En realidad no son más que racionalizaciones de un potentísimo impulso inscrito en los genes humanos: a integrarse en tribus y señalar como enemigos a los que quedan al alcance de la cachiporra.

Para el nacionalista las tribus-naciones son algo así como seres vivos: tienen sus propios deseos, intereses y agenda que los chamanes -los líderes nacionalistas- pueden interpretar. Obviamente, por un puro principio utilitarista, el bienestar de ese ser es mucho más importante que el de las células –las personas concretas- que lo componen. Pero a cambio éstas obtienen muchos beneficios. Primero, el calor de la tribu: disolverse en ella proporciona al individuo seguridad, y lo libera de los sobresaltos de la libertad y las incomodidades de la responsabilidad. Segundo, al definirse contra supuestos enemigos la tribu-nación proporciona un cauce ideal para que sus integrantes puedan desaguar sus frustraciones y demás residuos emocionales:

«El nacionalismo funciona como un lenguaje moral de autoexculpación. El único responsable de todo lo que ocurre es el otro bando».

Por último, y no es poco, también garantiza cierta inmortalidad: las celulillas mueren pero pueden creer que seguirán vivas, al menos en el recuerdo, de la tribu-nación inmortal –que tampoco lo es-.

Entonces es comprensible que los nacionalistas crean que la humanidad deba compartimentarse en naciones homogéneas. En esto se comportan como jardineros obsesivos que aspirasen a tener el mundo como un jardín con plantas de la misma especie–que no existen en la realidad- en cada parcela. Esto condena a todos aquellos que no deseen integrarse en la tribu, pero tengan la mala suerte de compartir maceta con los nacionalistas, a la condición de malas hierbas:

«El pecado del nacionalismo es que al final se convierte en la tiranía de la mayoría».

Frente al nacionalismo étnico está el patriotismo cívico: una adscripción racional a los valores de la Ilustración y las instituciones de la democracia liberal. ¿Cómo saber cuándo estamos ante uno u otro? La manera más sencilla es definir unos ejes con unas variables clave, y ver dónde se sitúa cada uno:


Cada eje del gráfico representa un asunto determinado con visiones políticas opuestas en los extremos:

- Valor supremo de la persona, frente a valor supremo de la tribu.
- Política schmittiana de amigos contra enemigos, frente a política democrática basada en el acuerdo, la transacción y la tolerancia.
- Creencia en el imperio de la ley, frente a subordinación de ésta a la tribu-nación.
- Creencia en el libre comercio como cauce para la prosperidad y la convivencia pacífica, frente a la tendencia a levantar fronteras protectoras.

La línea superior, aleatoriamente marcada de color naranja, representaría la constelación del patriotismo cívico basado en la democracia liberal. La inferior, de color no menos aleatorio amarillo, representa la constelación del nacionalismo étnico. Como puede verse, el patriotismo cívico no es un nacionalismo alternativo: es lo opuesto al nacionalismo.

Dejo este modelo para la crítica y la reflexión, pero me interesa destacar una cosa: la tentación de la tribu y búsqueda de chivo expiatorio la llevamos inscrita en los genes, mientras que el patriotismo cívico es una construcción intelectual. Este último apela a la razón, pero el primero a las tripas: es obvio cual resulta más atractivo a los humanos.

«El nacionalismo tiene el inmenso atractivo de la agitación permanente, de la exaltación constante. En vez de la banal política de lo real, en vez de un mundo de la política que afronta los hechos (…) la terca mediocridad de la vida corriente (…) el nacionalismo dirige la mente a planos más elevados. Ofrece la gloriosa política de la identidad y la autoafirmación. En vez de la política interminable del interés y la negociación, hay enemigos internos y externos a los que derrotar; está la causa eterna, los mártires del pasado y del presente a los que ser fieles».

«Y ni a los criminales ni a los cínicos se les escapa que en este estado de exaltación organizada y constante, ningún cinismo, ningún crimen, ninguna atrocidad grande o pequeña, dejará de ser perdonado si las palabras "nación", "pueblo", "derechos" y "libertad" se espolvorean delicadamente por encima».

Así pues el patriotismo cívico tiene la ingrata tarea de defender un oasis permanentemente amenazado por el retorno a la barbarie.

«No puedo evitar pensar que una civilización liberal (el imperio de la ley en vez de los hombres, de la discusión en vez de la fuerza, del compromiso en lugar de la violencia) va profundamente en contra del carácter del hombre y solo se logra y se sostiene gracias a una lucha implacable contra la naturaleza humana. Las virtudes liberales (la tolerancia, el compromiso y la razón) siguen siendo tan valiosas como siempre, pero no se pueden enseñar a aquellos que están llenos de locura o de resentimiento».

¿Qué podemos ofrecer para hacer atractiva la tarea? Sólo se me ocurre el orgullo.

Michael Ignatieff. Sangre y pertenencia: Viajes por el nuevo nacionalismo.

lunes, 7 de mayo de 2018

ENTREVISTA EN ULTIMA HORA 06/05/2018

Mi entrevista en Última Hora:


martes, 1 de mayo de 2018

WILD WILD COUNTRY

¡Atención spoiler! Dejen inmediatamente de leer, vayan a Netflix y vuelvan después de haber visto el documental.


En la imagen Bhagwan Shree Rajneesh, gurú hindú que imparte revelación mediante la alternancia de silencios y sentencias sencillas con apariencia de profundidad y susceptibles de muchas interpretaciones. Desde un punto de vista puramente racional recuerda un poco a Míster Chance, pero indudablemente conoce la naturaleza humana. Regenta una comunidad en la India, y gran número de fieles occidentales acuden para disolverse en el calor de la tribu. Nada fuera de lo normal, pero en un momento dado, quizás para huir de la justicia hindú, los rajneeshitas deciden trasladarse a los Estados Unidos. La secta dispone de mucho dinero –muchos de sus adeptos son acaudalados-, lo que le permite adquirir un rancho de 26.000 hectáreas: Big Muddy en Oregón.


Hay que decir que el hombre nuevo que predica Bhagwan aspira a combinar la espiritualidad oriental con la ciencia –y aún el capitalismo- occidental. Entre sus adeptos hay técnicos y arquitectos que no desdeñan el progreso científico, y que consiguen convertir el gran lodazal en un rancho bien cuidado e irrigado. Rebautizado como Rajneeshpuram Big Muddy llegará a tener 7.000 habitantes, aeródromo y código postal: el 97741.

Es importante entender que estamos ante una secta, un grupo excluyente con vocación totalitaria incompatible por definición con una sociedad abierta. Este es el centro del conflicto que los aturdidos habitantes de Oregón no sabrán formular cabalmente cuando aquella comience a expandirse. De manera poco efectiva enfocarán sus críticas en un aspecto accesorio pero llamativo: las orgías en las que los bhagwanitas alcanzan éxtasis espirituales y de los otros.


He aquí una teoría: existe una serie de tipos humanos que se van repitiendo en las distintas sociedades a lo largo de la historia. Aunque difieran en las accesorias, sus características fundamentales permanecen inmutables, y por eso pueden ser reconocidos en los escenarios más diversos con los disfraces más variados. La capacidad para detectarlos y presentarlos es una de las razones del éxito de Shakespeare, y en esta historia aparecen tipos con nitidez shakesperiana. El primero es el déspota, la persona que utiliza a las personas para alcanzar y mantener el poder y que con frecuencia las atormenta incluso sin necesidad, quizás para evidenciar el nivel alcanzado en la jerarquía del grupo. Todos hemos conocido alguno, en el trabajo, en la política -cierto líder actual encaja perfectamente en la categoría- o incluso encarnado en la persona de un funcionario poco colaborativo. En Rajneeshpuram el papel es desempeñado por Ma Anand Sheela.


Al establecerse en los Estados Unidos Bhagwan se ha relajado un poco, lo que tal vez sea imputable al exceso de sexo y vehículos de lujo. La situación ha ido escalando hasta que el gurú ha entrado en contacto con unos adeptos acaudalados de Hollywood: además de facilitarle nuevos placeres, lo han introducido en drogas no habituales como el gas de la risa. Ahora la mirada de Bhagwan ha cambiado: de escrutar el alma del oyente y desentrañar los secretos del cosmos ha pasado a reflejar un divertido estupor. Y la lógica de su discurso también se ha resentido. Poco a poco ha dejado de hablar en público, y se limita a pasear sonriente repartiendo bendiciones en todas direcciones. En estas circunstancias ha ido delegando gradualmente las tareas de gobierno en Sheela, hasta entonces su secretaria personal.

El mandato de Sheela llega en un momento importante para la expansión de la secta. Experta en usar las fisuras de una ley en la que no cree –y supongo que esto también les suena en la política actual-, ha conseguido controlar por la fuerza de los votos Antelope, un pequeño pueblo cercano al rancho cuyos poco sofisticados vecinos asisten con impotente alarma a la marea roja que los engulle. Con el rancho incorporado a la ciudad Sheela puede crear una policía armada de la secta, a la que dota de armas semiautomáticas –al menos 100 Kalashnikov AK-47 y 20 Uzis- y el orwelliano nombre de Fuerza de Paz de Rajneeshpuram.


El siguiente paso es controlar todo el condado de Wasco. Un día Sheela manda una cuadrilla de autocares en todas direcciones. Su objetivo declarado es recoger indigentes, los desheredados de la tierra a los que todas las sociedades han marginado pero a los que ahora los bhagwanitas van a devolver su dignidad; el real, que voten a favor de la secta para conseguir controlar también el condado. Pero la fiscalía ha comenzado a ponerse en marcha, y con una serie de argumentos legales consigue desactivar la posibilidad de sufragio mendicante. Ahora los vagabundos, a los que se les ha dado unas expectativas exageradas, constituyen un grupo turbulento que amenaza la tranquilidad de la secta. Sheela toma entonces una serie de medidas expeditivas: para garantizar el buen comportamiento de los desheredados de la tierra comienza a prescribir regularmente narcóticos en su cerveza vespertina -posteriormente los reembarcará en los autobuses y los irá depositando en ciudades cercanas-; para conseguir una mayoría en las futuras elecciones emprende sobre los vecinos no afines una campaña de envenenamiento con salmonella; para neutralizar a las autoridades decide asesinar al fiscal.

Aparece aquí otro de los tipos humanos: el asesino. En este caso se trata de una adepta australiana incorporada desde el origen a la secta y que, racionalizándolo de las maneras más pintorescas, se presentará voluntaria a todas las iniciativas homicidas que Sheela proponga. El asesino, obvio es, acaba siendo siempre herramienta necesaria del déspota.


Tal vez porque empieza a atisbar un horizonte penal incierto, o por mera codicia, Sheela acaba fugándose a Europa con unos cuantos adeptos –asesina incluida- y 45 millones de dólares pertenecientes a la secta. Los bhagwanitas quedan en estado de shock, y Bhagwan se ve obligado a recuperar el habla. En una escenografía chocante el gurú mantiene el tono doctrinal, pero el contenido ha descendido a niveles muy groseros: Sheela es una criminal, ha planeado crímenes, ha pretendido bombardear la fiscalía –esto no lo sabíamos- , toma drogas duras, nos ha birlado el dinero, y en resumen debe ser devuelta cargada de cadenas. El discurso proporciona al FBI la oportunidad de enviar un ejército de investigadores al rancho, que entre otras cosas, descubren el asombroso sistema de grabaciones que Sheela tenía organizado, una pequeña Stasi en un rincón de Oregón. Ella por su parte se encuentra concediendo exclusivas al Stern y posando en pelotas.

¿Por qué esta historia extraordinaria en tan poco conocida fuera de Estados Unidos? Posiblemente porque, a pesar de tener todos los ingredientes necesarios, no acaba en baño de sangre. Justo cuando las autoridades estadounidenses planean el asalto al rancho para desmantelarlo por completo un jet despega con destino a las Bermudas llevando al líder espiritual en su interior. A pesar de haber sido abandonados por segunda vez, los adeptos bhagwanitas se mantendrán fieles a la secta hasta el final, y esto, huida del líder y fidelidad perruna de los adeptos, también tiene ecos en nuestro paisaje político. Posiblemente es normal: es muy duro renunciar al caudal de lealtad invertido aunque el depositario demuestre fehacientemente no merecerlo, y en este sentido la lealtad perruna del alcalde electo de Rajneeshpuram configura un tercer tipo universal.


Vean la serie si es que aún no lo han hecho. Disfrutarán, además, de los testimonios de todos los protagonistas.

domingo, 15 de abril de 2018

LA RAZA CATALANA

Entrevista a Francisco Caja en La Gaceta (11 de julio de 2016): “El catalanismo desde un punto de vista doctrinal debe ser colocado entre las filas de lo que se denomina técnicamente la raciología (…) Se estudian los textos y se constata la existencia de una raza catalana con unas características singulares”. La raza es, ha sido siempre, una «diferencia» de naturaleza espiritual, manifiesta el presidente de Convivencia Cívica Catalana, que explica que la definen fundamentalmente, porque no pueden recurrir a otra cosa, por rasgos espirituales, una diferencia espiritual en relación al otro, al enemigo, que es el castellano.


Esta es, pues, la tesis básica de La raza catalana: «Este libro sostiene que el núcleo de la doctrina catalanista es la doctrina de la raza». Como es natural, a partir de la segunda guerra mundial este fundamento está cuidadosamente disimulado: «Si uno dijera: los inmigrantes son una raza inferior que amenaza la pureza de sangre de la raza catalana sería inmediatamente tachado de racista. Consecuentemente la forma de burlar esa “prohibición” es transferir la estructura que se contiene en esa fórmula a términos “abstractos” o “metafóricos”, que expresan lo mismo pero consiguen “hacer pasar” el contenido prohibido-reprimido». ¿Y la raciología qué es? «Su presupuesto es la existencia de una diferencia espiritual irreductible entre los grupos humanos, esto es, su desigualdad esencial, observable en sus manifestaciones “materiales”».

«Die Religion ist einerlei. In der Rasse liegt die Schweinerei» No importa lo que reza; la condición del cerdo está en la raza. Esta es la traducción aproximada de un ripio, dedicado a los judíos, que circulaba en la Alemania de los años 30. Tras la llegada del nacionalsocialismo al poder un Decreto de 7 de abril de 1933 ordenó la expulsión de funcionarios de “ascendencia no aria”. Faltaba entonces definir los criterios raciales que permitirían distinguir a los arios de los no arios, y un reglamento de 11 de abril hizo una primera aproximación: no arios serían aquellos que tuvieran un progenitor o un abuelo judío. ¿Y cómo se detectaría a estos? Pues no por la sangre, o por criterios físicos tales como la curvatura de la nariz, sino por la religión que practicaban. En 1935, en una de las masivas manifestaciones de Nuremberg, Hitler ordenó que se redactara inmediatamente una “Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes” –obsérvese la mezcla de aspectos físicos y espirituales-. Su forma definitiva se alcanzó un par de meses después en la Primera Ordenanza de la Ley de Ciudadanía del Reich, que dividió, a través de una casuística complicada, a los no arios entre judíos y Mischlinge –mezclados-: sobre los judíos recaería toda la acción criminal nazi. Lo importante –y sorprendente- es constatar que, a pesar de llamarse “leyes raciales”, el criterio seguía sin ser racial sino religioso; y lo determinante ni siquiera sería la religión del afectado, sino la de sus antecesores [1].

Por tanto ni siquiera el mayor de los racialismos es racista: ésta no es más que una etiqueta para el potente impulso destructivo que subyace. ¿Y cuál es este? Llámese racialismo, nacionalismo, etnicismo o supremacismo ante lo que estamos es ante la necesidad de definir un agregado de personas –una tribu, un clan, una raza, una etnia, una nación- a la que se atribuye una superioridad espiritual:

«Los pueblos (...) son principios espirituales. En vano se querrá dar de ellos una explicación geográfica, etnográfica o filológica. El ser y esencia del pueblo están, no en las razas ni en las lenguas, sino en las almas. La nacionalidad es, pues, un Volkgeist, un espíritu social y público». [2] 


Como la definición se hace por contraposición a un enemigo -que funciona como el espejo deformado del agregado ideal- el catalizador es el odio. [3]. Sí, uno de los atractivos de este movimiento es la canalización del resentimiento y la frustración, y por eso los brotes más virulentos se producen en las crisis más profundas. Se suele asociar el nacionalismo al romanticismo, pero este impulso primordial –construcción especular del agregado propio y el enemigo- es obviamente muy anterior. Según Tony Blair nació cuando el primer troglodita se asomó desde su cueva y, señalando hacia afuera con su cachiporra, dijo: ahí está el enemigo. Propongo, por tanto, “tribalismo” para describir este fenómeno.

Es importante entender que este impulso está inscrito en nuestros genes. La democracia liberal –el oasis- es una construcción cultural; la disolución en la tribu- el desierto- es una tendencia biológica. Por eso la segunda es mucho más potente que la primera, lo que dificulta notablemente la defensa del oasis.


He aquí unas pinceladas de muestra. Observen qué parecida es esta dicotomía de Domènec Martí i Julià a las que hacía Sabino Arana entre vascos y maketos: no falta ni el organillo que tanto atribulaba al patriota vasco:

«En Cataluña (¡que siempre lo podamos decir!) no existen los dos terribles elementos que son más expresivos de la decadencia de los pueblos: los atentados a las personas y el vicio de la bebida. Los atentados a las personas [...] son cometidos la inmensa mayoría de veces por individuos forasteros. [...] Lo mismo puede decirse de los borrachos: son pocos y no de casa. Poseyendo nuestra personalidad nacional caracteres antropológicos y sociales de tanto valor, clama al cielo que se permitan costumbres tan desnaturalizadoras como -la estampa es el retrato mismo de la corrupción-: ‘En una mala barraca, en la penumbra, en la que corrientes de aire helado hieren los pulmones como puñaladas, mientras un piano de manubrio excita apetitos infames con sus toques indecentes de la flamenquería castellana’».


O la teoría de Pompeu Gener:

«El problema está entablado entre la España Lemosina, Aria de origen y por tanto evolutiva, y la España Castellana, cuyos elementos Presemíticos y Semíticos, triunfando sobre los Arios, la han paralizado, haciéndola vivir sólo de cosas que ya pasaron».

«España está paralizada por una necrosis producida por la sangre de razas inferiores como la Semítica, la Berber y la Mogólica, y por espurgo que en sus razas fuertes hizo la Inquisición y el Trono, seleccionando todos lo que pensaban, dejando apenas como residuo más que fanáticos, serviles e imbéciles».

«La raza del Centro que quería pasar por superior y culta, resulta bárbara, monótona y atrasada como una tribu de África».

… sin olvidar, por supuesto, su explicación química de la diferencia:

«La atmósfera de Madrid es pobre en helio y argón, y en sus aguas faltan el ‘krypton, el neon y el xenon’, de forma que en Madrid «la inteligencia tiene que funcionar mal por fuerza, por la deficiente nutrición del cerebro».

Tampoco es que sea mucho más sofisticada la distinción que hace Enric Prat de Riba entre las mentalidades catalana y castellana:

«la una positiva y realista, la otra fantasiosa y charlatana; la una llena de previsión, la otra el colmo de la imprevisión; la una ligada a la corriente industrial de los pueblos modernos, la otra nutrida de prejuicios de hidalgo cargado de deudas e inflado de orgullo. Éstos son los rasgos distintivos propios de los dos pueblos que son la antítesis uno del otro por la raza, el temperamento y el carácter; por el estado social y la vida económica. [...] Los castellanos, que los extranjeros designan en general con la denominación de españoles, son un pueblo en el que el carácter semítico es predominante; la sangre árabe y africana que las frecuentes invasiones de los pueblos del sur le han inoculado se revela en su manera de ser, de pensar, de sentir y en todas las manifestaciones de su vida pública y privada».

La distinción entre catalanes-arios y castellanos-semitas se convertirá, especialmente después de la crisis del 98, en una de las ideas clave del nacionalismo catalán. Después de la Segunda Guerra Mundial la racionalización racista del tribalismo desaparece apresuradamente [4] y, manteniéndose intacto éste, es sustituida aquella por un cóctel de cultura, etnia y lengua [5]: ahora la etiqueta triunfadora es “respecto a la identidad cultural”.


La cuestión es esta: el tribalismo, independientemente de la etiqueta con que se adorne, destruye meticulosamente todos los valores ilustrados que conforman nuestra democracia liberal. El más obvio, la igualdad. Pero también anula la libertad y la autonomía personal: al conferir determinados valores espirituales a los agregados –buenos al propio, malos al ajeno- se acepta implícitamente que los miembros de cada uno de ellos están impregnados fatalmente por ellos. El cervantino “no es un hombre más que otro si no hace más que otro” se sustituye por “un hombre es más que otro si pertenece a la tribu adecuada” –desde sus respectivas perspectivas tribales todas lo son, claro-. Ante esto el progreso personal no es posible.

Como recuerda el profesor Caja «la raza manda, es un fatalismo -el término es del propio Robert- frente al que la voluntad política nada podrá». Estamos ante la famosa distinción de Ignatieff entre nación étnica –la definida por los valores imaginarios del agregado escogido- y nación cívica –la determinada por los derechos de ciudadanía-. Pere Bosch Gimpera distinguirá entre el pueblo, lo auténtico y esencial, y el estado, lo falso y contingente e impotente ante aquel. Así lo describe Prat de la Riba:

«que España no es nuestra patria [...] que el Estado es una entidad artificial, que se hace y deshace por voluntad de los hombres, mientras que la patria es una comunidad natural, necesaria, anterior y superior a la voluntad de los hombres».

Adiós, por tanto al concepto universal de ciudadanía; en su lugar la sociedad queda dividida entre buenos y malos, puros e impuros con algún hereje de por medio.

Observemos ahora estos dos textos, este del Doctor Bartomeu Robert en su discurso del Ateneo de 1900:

«El hombre, considerado en el concepto de su conformación física, a pesar de la multiplicidad de los órganos que lo componen, no es más que una inmensa federación celular. La Nación en el concepto orgánico, no es otra cosa que una numerosa agrupación de hombres los cuales vienen a representar, respecto del conjunto, una manera de células sociales»,


Y este de Martí i Julià:

«Los pueblos, los núcleos sociales diferenciados, las nacionalidades, son organismos vivos en los cuales se encuentran todas las funciones y actividades que posee la personalidad humana. Son organismos más superiores aún que los humanos porque poseen funciones intelectuales y morales más desarrolladas, más extensas, más complejas, y porque puede decirse que son organismos más conscientes y con mayor conocimiento de todos los atributos, antecedentes y accidentes. El elemento fundamental de estos organismos sociales es la personalidad nacional, que no está precisamente localizada en el individuo, porque es imposible que la individualidad sea pura y sin defectos, pero que, aunque se encuentra en el conjunto de todos los individuos, es la expresión de una suma de individualidades con las menos imperfecciones posibles».

En el tribalismo las personas quedan reducidas a células del organismo superior –y Martí i Juliá explicita lo superior que es éste-, lo que quiere decir a que las personas siempre serán subordinables a la tribu. Este es el último y devastador ataque contra el principio ilustrado –y kantiano- del valor absoluto de la persona. Adiós a los derechos individuales; bienvenidos los derechos de los pueblos y las lenguas.

Hemos dicho desde el principio que el impulso tribal está en la naturaleza humana. ¿Qué es lo que ofrece a la persona, tentándola a abdicar de la libertad, la igualdad, y la ciudadanía? Pues lo habitual: la tribu ofrece calor, certeza, elusión de responsabilidad, sentido a la vida e inmortalidad: «El individuo y la raza son eternos a través del soma, que pasa de padres a hijos y no muere». [6] 

Por supuesto el tribalismo marcha invocando todos los valores que va destruyendo en su camino. Por supuesto apela continuamente a la democracia, con la que es incompatible: hay que estar en guardia ante los espejismos que conjura, a base de convertir los valores ilustrados en palabras bonitas y huecas. Quizás el caso más llamativo sea el de la diversidad, a la que el tribalismo aborrece, y que invoca para construir parcelas que no puedan contaminarse al contacto con el otro: en ningún sitio es más visible este temor al contagio que cuando el nacionalismo reclama un estado, puro e incontaminado, para la tribu.

En el segundo tomo de La raza catalana Francisco Caja explica como el pujolismo, sin alterar en absoluto el contenido tribal del nacionalismo catalán, cambia la racionalización racista por la étnico-cultural- lingüística. Lo veremos en una próxima entrada.

La raza catalana (Volumen 1). Francisco Caja López (2009).


NOTAS:

[1] Francisco Caja recuerda estos comentarios de Hitler recogidos por Martin Bormann: «Hablamos de raza judía por comodidad de lenguaje, puesto que no existe, propiamente hablando, y desde el punto de vista de la genética, una raza judía. Sin embargo, existe una realidad de hecho a la que, sin la menor duda, se puede otorgar esta calificación que es incluso admitida por los mismos judíos (…) La raza judía es ante todo una raza mental».

[2] Prat de la Riba.

[3] Prat de la Riba lo revelará ingenuamente «éramos catalanes y nada más que catalanes, sentir lo que no éramos para saber claramente, profundamente, lo que éramos, lo que era Cataluña; esta obra, esta segunda fase del proceso de nacionalización catalana, no la hizo el amor, como la primera, sino el odio».

[4] A excepción de Bosch Gimpera, de quien hablaremos en su momento.

[5] Francisco Caja afirma que la lengua de los nacionalistas «es un devorador de cuerpos, un super-organismo que tiene derechos imprescriptibles, que impone deberes, que exige fidelidad absoluta, una lealtad inexcusable, que toma posesión de los cuerpos».

[6] Bosch Gimpera.

Imágenes: 1) Francisco Caja; 2) Enric Prat de la Riba; 3) Domènec Martí i Julià; 4) Pompeu Gener; 5) Pere Bosch Gimpera; 6) Estatua al doctor Robert en Sitges.

martes, 27 de marzo de 2018

EL DILEMA DEL PRISIONERO


Keawe [1] está desesperado y a primera vista no se entiende por qué. Es poseedor de una botella mágica que le proporciona todo tipo de riquezas y ventajas. La adquirió por 2 céntimos y le sirvió para curar a su mujer, gravemente enferma, y para vivir en un palacio repleto de lujos. El problema es que la botella es del diablo: la puso en circulación en su momento por un precio elevado con dos condiciones: a) sólo puede cambiar de titularidad si alguien la adquiere, por billetes o monedas enteras, a un precio inferior al que pagó el último comprador; b) el poseedor que muera sin haberse desembarazado de ella por esta vía irá directamente al infierno. Dado que Keawe pagó dos céntimos tiene que venderla por uno, y aquel que la adquiera ya no podrá desprenderse de ella al no haber ninguna moneda inferior. ¿Quién la adquiriría en estas condiciones, sabiendo que es un pasaporte seguro hacia el infierno? Keawe debería haber sabido que nunca se desprendería de ella, y si la compró fue exclusivamente para salvar a su mujer. Pero ¿y el anterior propietario? ¿Cómo se atrevió a comprarla sabiendo que aquél a quien a vendiera ya no podría librarse de ella? ¿Y el anterior? Es evidente que cuando la botella tenía un precio elevado –digamos 10.000 $- era fácil de vender por un precio de 9.999 $. Pero ¿en qué momento misterioso la botella se convirtió en algo intransmisible?

El economista Martin Shubik diseño un juego similar llamado “la subasta del dólar”, aunque yo sugiero que imaginen un billete de 50€. El juego es el siguiente: los jugadores pueden pujar para llevarse el billete. Se trata en parte de una puja ordinaria, en la que cada uno tiene que superar la puja precedente y el mejor postor se llevará el billete; pero existe una condición adicional: aquel que haga la segunda mejor puja debe pagar esa cantidad sin llevarse nada a cambio. Es tentador y parece seguro - tentación y seguridad parecen ser los parámetros clave del juego- realizar las primeras pujas: 1 céntimo por un billete de 50€. Y así las siguientes. Pero al igual que con la botella del diablo, hay un momento en que la cosa se tuerce. ¿Hasta dónde llegarán las pujas? Cabría pensar que hasta 50€, pero no es así: en ese momento el asunto ha adquirido una dinámica propia. El licitador que acabe pujando 50€ por el billete de 50€ -anulando así todo beneficio- tiene detrás al penúltimo licitador que deberá pagar la cantidad ofertada previamente –digamos 49€-. Éste estará entonces tentado a ofrecer 51€ por el dichoso billete disminuyendo su pérdida de 49€ a 1€. Obsérvese que el juego, que ha empezado como una posibilidad de ganancia, se ha convertido sin transición aparente en un intento desesperado de evitar pérdidas. Pero si se produce la puja por 51€ el anterior licitador tiene ante sí un nuevo dilema: la pérdida cierta de 50€ o la probabilidad de limitar la pérdida a 2€. Y así en adelante.


Hay juegos que tienen una solución racional. Este es el caso del reparto de una tarta entre dos personas cuando se asigna a una de ellas la tarea de cortarla y a la otra la de elegir el trozo que prefiera. Si asumimos que ambos jugadores pretenden llevarse el máximo de tarta, es obvio que el segundo jugador escogerá el trozo más grande de los que el primero haya producido, y éste, por tanto, se llevará el menor. De este modo la estrategia del cortador debe estar dirigida a maximizar el mínimo que sabe que inevitablemente se va a llevar, y eso lo consigue cortando la tarta en dos partes iguales. Esto se conoce como “teorema minimax”, que establece que en los juegos bipersonales de suma cero, donde cada jugador conoce de antemano la estrategia de su oponente y sus consecuencias, existe una estrategia que permite a ambos jugadores minimizar la pérdida máxima esperada. Fue enunciado por el matemático John Von Neumann en 1928 en un documento titulado “Teoría de juegos de salón”. Años más tarde, en 1944, Von Neumann y el economista de Princeton Oskar Morgenstern, publicarían “Teoría de juegos y comportamiento económico”.

¿Hay entonces una vía racional de acción ante cada dilema? Desgraciadamente no. En 1949 la URSS detonó su primera bomba atómica, mucho antes de lo previsto por occidente, iniciando así la carrera nuclear; era una situación única en la historia, en la que un país podía alcanzar la fuerza suficiente para borrar por completo a sus enemigos del mapa. En 1950 surgieron muchas voces en Estados Unidos pidiendo a Truman que lanzase un ataque devastador contra la URSS. La que tuvo más difusión fue la del Secretario de Estado de Marina Francis P. Matthews, que urgió a los americanos a convertirse en “agresores por la paz”; a continuación el presidente recibió cientos de cartas cuya lectura resulta bastante descorazonadora. Un pastor presbiteriano escribió a Truman: «Estamos un 110% a favor de su idea de bombardear a Stalin. Cuando en la granja queremos librarnos de las mofetas que matan nuestros pollos, vamos a sus guaridas y las volamos; con Stalin igual que con las mofetas, vuélelo y dele lo que se merece». Otros fueron aún más lejos y sugirieron bombardear también China. Por lo general tampoco los que se manifestaban horrorizados ante la idea de volatilizar fríamente cientos de miles de vidas conseguían racionalizarlo con claridad. Algunos llegaron a atribuirlo a una conjura del Vaticano –Matthews era un ferviente católico- destinada a que las superpotencias se destruyeran entre sí para gobernar sobre las ruinas resultantes. Otros compararon al Secretario de Estado con Hitler, el propio Stalin, e incluso la Inquisición española. Es curioso comprobar que la mayoría de ellos, estuvieran a favor o en contra del bombardeo, parecían convencidos de que todo el mundo compartía su respectiva opinión.


Pero no sólo eran anónimos ciudadanos –y Matthews- los que se manifestaban a favor del “ataque preventivo”. Bertrand Russell abogó decididamente por un ultimátum a la URSS seguido por un inmediato ataque en caso de que ésta no aceptase renunciar a su soberanía a favor de un gobierno mundial de los Estados Unidos [2]. El propio Von Neumann fue más directo: «Si me preguntan por qué no bombardearlos mañana contestaré ¿por qué no hoy? Si me dicen “hoy a las cinco” contestaré ¿por qué no a la una?». La carrera armamentística nuclear puede ser vista como un clásico ejemplo del “dilema del prisionero”. Fue formulado por primera vez en 1950 por Merril Flood y Melvin Dresher [3] de la RAND Corporation, un think tank dedicado, ente otras cosas, a estudiar estrategias para la nueva era nuclear. Imaginemos a dos delincuentes que han asaltado un banco y son detenidos por la policía, que no tiene pruebas concluyentes contra ellos. Los encierran en distintas celdas, y a cada uno de ellos por separado les proponen simultáneamente un mismo trato: tenemos suficientes pruebas para meteros un año en la cárcel por un cargo menor, pero si delatas a tu compañero quedarás libre y a él lo condenaremos cuatro años; no obstante, si ambos os delatáis recíprocamente os condenaremos a ambos a tres años de cárcel. El dilema se puede representar de la siguiente forma:

“Traicionar” equivale a delatar al compinche, y “cooperar” a renunciar a hacerlo. En cada celda está el resultado entre paréntesis medido en años de prisión, correspondiendo el primer término al jugador 1. Por ejemplo, en la celda superior derecha el resultado (-4, 0) refleja que si el delincuente/jugador 1 coopera, y el delincuente/jugador 2 traiciona, el primero es condenado a cuatro años y el segundo queda libre -el signo negativo hace referencia a que el resultado es desfavorable-.

Es evidente que el mejor resultado en conjunto es el representado en la celda superior izquierda: ambos cooperan y reciben un año de condena cada uno. Sin embargo obsérvese desde este punto de vista: para cada jugador, independientemente de lo que haga el otro, lo más “racional” –el resultado esperado es superior- es traicionar. Obsérvese desde la perspectiva del jugador 2. Si el jugador 1 ha cooperado, el 2 queda libre si ha traicionado y es condenado a un año si ha cooperado a su vez; si el 1 ha traicionado, el 2 es condenado a 3 años si ha traicionado a su vez, y a cuatro años si le ha ocurrido cooperar. En este último caso además, se le ha quedado cara de tonto, cosa que no es relevante a efectos de teoría de juegos pero sí en el mundo real. Pero, si desde la perspectiva de cualquiera de los jugadores, es más rentable traicionar, es inmediato que se den cuenta de que el otro se encuentra en una posición simétrica. De modo que la solución “racional” al que los jugadores del dilema del prisionero se ven impulsados es la celda inferior derecha (-3, -3): ambos traicionan y reciben tres años de condena. Lo perturbador del dilema es que parece conducir a una solución distinta a lo requerido por el bien común: casilla superior izquierda (-1, -1).


En Doctor Strangelove Kubrick presentaba el precario equilibrio nuclear entre los bloques americano y soviético como una pesadilla, un momento de locura protagonizado por unos políticos chiflados dominados por la testosterona [4]. Ojalá hubiera sido así: querría decir que en realidad había existido una solución racional al problema. Pero obsérvese la decisión de Estados Unidos y la URSS de aumentar su arsenal nuclear y compárese con el dilema del prisionero: ambos países habrían estado mejor si ninguno la hubiera emprendido, pero el dilema los empujaba a una desdichada espiral armamentística. Desgraciadamente en política el dilema del prisionero no es infrecuente.

Hay un motivo para la esperanza. En el mundo real la mayoría de los dilemas del prisionero son iterados -se van repitiendo-. Y ante un dilema del prisionero iterado la cooperación sí es la mejor estrategia. Consiste en comenzar cooperando y efectuar el siguiente movimiento en función de lo que haya hecho el oponente: si a su vez cooperó se continúa cooperando, y si traicionó es traicionado en la siguiente jugada. Es lo que en inglés se conoce como tit for tat, es una estrategia evolutivamente estable –la teoría de juegos también se aplica en psicología evolutiva- y parece explicar que nuestra tendencia natural a la equidad –o, si lo prefieren, nuestra tendencia a penalizar a los aprovechados- es uno de nuestros módulos morales más sólidos. Más sobre esto otro día.




Notas:
[1] El diablo de la botella, Robert Louis Stevenson.
[2] Obsérvense los niveles de inhumanidad a los que conduce una aplicación “racional” del utilitarismo.
[3] Aunque el nombre, y esquema más conocido, se debe a Albert Tucker, también de la RAND Corporation.
[4] El sexo es omnipresente en la película, que comienza con misiles alzándose en amenazadoras erecciones y bombarderos copulando con aviones nodriza, y culmina con orgásmicas explosiones nucleares. Recordemos además que el general Ripper –fíjense en los nombres de todos los protagonistas- desencadena el conflicto por una impotencia sobrevenida que atribuye a una conspiración soviética.

¿Desean saber más? Lean El dilema del prisionero, de William Poundstone. También pueden aproximarse a los fundamentos matemáticos de la teoría de juegos a través del curso impartido por la Universidad de Stanford a través de Coursera.

domingo, 18 de marzo de 2018

MAS INFORMACIÓN, PEOR INFORMADOS


Tocqueville y Stuart Mill nos previnieron contra la tiranía de la mayoría, la sofocante unanimidad intelectual creada por las corrientes emocionales dominantes, generadas a su vez por el movimiento de la masa social. Y también nos recomendaron los antídotos adecuados para combatirla: la libertad de expresión (Mill) y la prensa libre (Tocqueville). Ellos posibilitarían la libre circulación de opiniones que, confrontadas en el campo de la argumentación, harían que prevalecieran la razón y la verdad. Cabría pensar que en el mundo de internet, con la facilidad de circulación de la información, habríamos conseguido un campo fértil para que las mejores ideas floreciesen. ¿Está ocurriendo así? Dos artículos parecen indica que la mayor accesibilidad al conocimiento no está consiguiendo una sociedad mejor informada.

El primero, de Manuel Toscano en Vozpopuli, habla sobre el avance de la falsedad en la era digital. El artículo –léanlo, lo explica mejor que yo- recoge un estudio de Vosoughi, Roy y Aral realizado sobre Twitter según el cual, en las redes, la fuerza de propagación de la mentira es mucho mayor que la de la verdad. Según el estudio las historias falsas alcanzan a más personas, lo hacen más rápidamente y son mucho más retuiteadas que las verdaderas. Esto se acentúa en el caso de las noticias políticas. El éxito de la mentira no parece estar en la habilidad o dedicación de los propagadores, ni tampoco en los dichosos bots. El atractivo está en las propia mentiras, mucho más emocionantes que la aburrida verdad y más aptas para captar eficazmente nuestra atención. Dicho de otro modo, el éxito de la mentira está en nuestra propia estructura biológica. Los intentos, por cierto, por neutralizarlas son con frecuencia contraproducentes, efecto detectado por Lakoff que hace que muchos afectados renuncien a la defensa en un intento de no convertir bulos en elefantes.

«Las redes sociales funcionan como máquinas de polarización», dice Toscano, y eso nos lleva al segundo de los artículos, éste del NYT: YouTube, the great radicalizer de Zeynep Tufecki. Describe cómo los algoritmos que utiliza YouTube para detector un patrón de preferencias en el usuario acaban conduciéndolo a las versiones más extremas de estas. Como cuenta la autora, si busca contenidos sobre Trump YouTube le acaba sugiriendo noticias sobre supremacistas blancos; y si es sobre Clinton es muy posible que acabe atendiendo a teorías conspirativas sobre el 11-s. Como si el algoritmo de Youtube fuera continuamente subiendo la puja hacia lo más radical de la opción escogida. ¿Una exageración? Parece que no. En una investigación conducida por el WSJ –apoyada por un ex ingeniero de Youtube- se concluyó que, en efecto, cuando el usuario manifiesta su interés por noticias relacionadas con la derecha o la izquierda moderadas acaba siendo llevado a sus versiones más extremas.

Esto no es porque los ingenieros de YouTube sean unos supervillanos empeñados en destruir el mundo. Sencillamente, quieren atraer audiencia porque viven de los anunciantes, y todo parece indicar que la audiencia es mejor enganchada cuanto más desaforada es la historia. Con esto volvemos a nuestra estructura biológica: detrás de nuestra curiosidad hay rasgos evolutivos y sesgos cognitivos que quizás estén mal adaptados a nuestra sociedad de la información- Y del mismo modo en que nuestro gusto por el azúcar y la grasa está mal adaptado a una sociedad de abundancia, Youtube y las redes podrían estar sobrealimentando una curiosidad morbosa poco adaptada a la búsqueda fría de la verdad.

En todo caso esto es alarmante, porque quiere decir que el algoritmo del YouTube acaba dando más visibilidad a las tendencias más extremas, y premiando al político incendiario frente al moderado. Todos conocíamos la existencia del sesgo confirmatorio, nuestra tendencia a buscar exclusivamente la información que confirme nuestra opinión. Lo que no sospechábamos era la capacidad de la tecnología para exacerbarlo y llevarnos a la polarización. Curiosamente, la información más accesible no parece estar consiguiendo que el “mercado de las ideas” funcione mejor.