lunes, 24 de febrero de 2014

EL ÚLTIMO DE LOS INJUSTOS (y 2)

“No cabe duda de que, sin la cooperación de las víctimas, habría sido poco menos que imposible que unos pocos miles de hombres, la mayoría de los cuales trabajaban en oficinas, liquidaran a muchos cientos de miles de individuos. En su itinerario hacia la muerte los judíos polacos vieron a muy pocos alemanes”. Robert Pendorf. Asesinos y asesinados. Eichmann y la política de los judíos del Tercer Reich.

”Desde luego Eichmann no esperaba que los judíos compartieran el general entusiasmo que su exterminio había despertado, pero sí esperaba de ellos algo más que la simple obediencia. Esperaba su activa colaboración, y la recibió en grado verdaderamente extraordinario”. Hanna Arendt. Eichmann en Jerusalén.


En la primavera de 1942, Reinhard Heydrich, por entonces Protector de Bohemia y Moravia, encarga a Eichmann la organización del gueto de Theresienstadt [1]. En principio está pensado para acoger a los judíos checos, pero muy pronto se dedicará a su objetivo definitivo. El tratamiento de determinados grupos de judíos está planteando algunos problemas a los jerarcas nazis. Están, para empezar, los ancianos. No es que despierten mayores reparos morales, pero sí un deseo de mantener una mínima coherencia en la justificación del crimen. Para los nazis la destrucción de los judíos es un mero acto de autodefensa: según su versión, son los judíos los que conspiran para destruir la raza aria. Pero ni siquiera inmersos en esta visión delirante pueden defender seriamente que los ancianos suponen una gran amenaza para el Reich. Tampoco se sostiene muy bien el concepto de enemigos de Alemania aplicado a los judíos veteranos de guerra, aquellos que han combatido por ella en los campos de Europa y han obtenido condecoraciones. En el tratamiento de los veteranos judíos influye una consideración adicional: la Wehrmacht podría sentirse molesta si no recibieran cierta consideración, y tampoco en este caso subyacen razones humanitarias, sino mero corporativismo. Finalmente otro colectivo que el Reich considerará digno de un trato privilegiado es el de los judíos eminentes: artistas, escritores y personas destacadas de la sociedad que no han sido lo suficientemente prudentes como para emigrar a tiempo.


El gueto de Theresienstadt estará destinado a acoger a todos estos grupos, y funcionará así como una “aldea Potemkin” frente a todo el mundo. Frente al exterior Theresienstadt se presentará como un lugar ordenado donde judíos viven apaciblemente, trabajan y asisten a conferencias (ver vídeo). Servirá así para demostrar que los rumores de atrocidades nazis carecen de fundamento, y, convenientemente decorado, en el verano de 1944 llegará a acoger incluso una visita de la Cruz Roja. No menos importante, Theresienstadt servirá para tranquilizar las conciencias de los propios alemanes. Y finalmente se usará para engañar a los judíos, ya de por sí bastante predispuestos al autoengaño, con respeto a su funesto destino en el este. El mantenimiento de la mentira es decisivo para el correcto funcionamiento de la máquina de destrucción, y los nazis, conscientes de ello, se toman mucho trabajo para preservarla. En una ocasión unas decenas de judíos checos de Theresienstadt deportados a Auschwitz serán mantenidos con vida durante unas semanas, en un anexo del campo construido al efecto, con el exclusivo fin de que puedan mandar cartas a sus familiares y amigos y disipar así las sospechas sobre su sombrío destino [2].


Eichmann pone al frente de Theresienstadt a hombres de su confianza, y no descuida la obtención de la colaboración judía que, como en otros guetos y campos, resultará fundamental para el correcto funcionamiento de la maquinaria de destrucción [3]. En Theresienstadt los líderes judíos no sólo contribuirán a la organización del gueto. No sólo decidirán quiénes tienen que ser deportados en cumplimiento de los cupos exigidos periódicamente por las SS. También aportarán el verdugo del campo. Cuando el comandante de Theresienstadt ha dicho al Judenälteste [4] Jakob Edelstein que disponía de cuatro horas para, alternativamente, proporcionarle un verdugo judío o inaugurar la horca que acababa de erigir, la colaboración ha fluido inmediatamente. Esta diligencia no servirá de mucho a Edelstein, que acabará muerto a tiros en Auschwitz tras asistir al asesinato de su mujer e hijos.


Los sucesores de Edelstein serán dos conocidos de la etapa vienesa de Eichmann. El primero, el doctor Paul Eppstein. El segundo, que se convertirá en Judenälteste en septiembre de 1944 cuando, en recompensa a sus desvelos, Eppstein sea despachado por las SS con un tiro en la nuca, es Benjamín Murmelstein. Ambos continuarán la línea de colaboración emprendida por Edelstein. Pero en el caso de éste sus razones, el miedo y el deseo de seguir viviendo, han sido comprensibles y por tanto tranquilizadoras. Mucho más perturbadores resultan los esfuerzos por presentar la colaboración como la más racional de las opciones disponibles, una opción dirigida a minimizar daños.


En todas las zonas bajo la influencia alemana, los consejos y dirigentes judíos se comportan con una sorprendente uniformidad, colaborando con los nazis en su destrucción. Una razón frecuentemente alegada es esta: el sacrificio de unos cuantos salvará a muchos. Este era por ejemplo el argumento del jefe del Judenrat de Vilna: “Con cien víctimas salvo a mil personas; con mil salvo a diez mil”. Con este cálculo el doctor Kastner, en Hungría, salvará exactamente a 1.684 judíos gracias al sacrificio de unas 476.000 víctimas. El dramático error del planteamiento es éste: el escenario en el que los judíos deben escoger la ‘opción más racional’ ha sido diseñado por sus enemigos mortales. En estas circunstancias no es de extrañar que la ‘opción más racional’ sea la más conveniente para éstos, y que lo ‘racional’ resulte ser que los judíos colaboren en la maquinaria del exterminio de los judíos. Franz Stangl, comandante de dos campos de exterminio afirmará: he leído un libro sobre los lemmings; me recuerdan a Treblinka [5].

Incluso cuando el exterminio sea imposible de negar continuará la colaboración de los dirigentes judíos, aunque variarán las racionalizaciones. Así hablará el decano honorario de Theresienstadt Leo Baeck:

”Cuando surgió la cuestión de si los encargados del orden judío deberían ayudar a capturar a los judíos para la deportación, asumí la postura de que sería mejor que lo hicieran, porque al menos podían ser más amables y serviciales, y hacer menos dura la prueba. Cuando, por un preso fugado de Auschwitz, Baeck tenga noticia indudable de la suerte de los judíos renunciará a contarlo porque “vivir esperando la muerte por gas sería aún peor”. Todo, al parecer, puede hacerse más llevadero. Incluso esperar pacientemente el asesinato.


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¿Y Murmelstein? ¿Qué piensa ahora de todo ello? En sus conversaciones con Lanzmann comienza presentando sus logros como Judenälteste. Gracias a él, cuenta, el gueto consiguió funcionar de manera ordenada. Murmelstein narra con orgullo algunos episodios, como cuando consiguió habilitar unos desvanes para tratar a unos pacientes infectados de tifus. Pero ¿son importantes los desvanes en mitad del cataclismo? ¿Es relevante tener hechas las camas cuando el trasatlántico está hundiéndose? La única manera de mantener penosamente cierta lógica es acortar artificialmente el campo de visión, de modo que sólo abarque el camarote y el presente. Pero el interrogatorio de Lanzmann es persistente, y, sobre todo, Murmelstein es demasiado inteligente como para sostener un relato que chirría estrepitosamente. A veces parece que lo que escucha de sus propios labios lo induce a burlarse de sí mismo. Pronto afloran otras motivaciones, mucho más comprensibles, que el espectador puede suponer extrapolables a otros consejos judíos: la supervivencia, el sexo (en el relato de Murmelstein pueden entreverse la existencia de favores sexuales para eludir la inclusión en las listas de deportación), el poder... ¿El poder? ¿Sometidos a los nazis? Pues sí. Aparentemente ni siquiera en el infierno desaparece esa pasión humana. Es significativo el caso de Chaim Rumkowsky, al que llaman Chaim I, decano de los judíos de Lodz que imprime papel moneda con su firma, sellos con su efigie, y se pasea por el gueto en un destartalado coche de caballos. Teníamos poder dentro de la impotencia, cuenta Murmelstein.

Lanzmann mantiene sus conversaciones con Mulmerstein en los 80. ¿Por qué tarda treinta años en mostrarlas? Tal vez porque pertenecen a una de las piezas más difíciles de encajar en Shoah. O sencillamente porque Murmelstein es irresistiblemente simpático a su pesar. El espectador no es en absoluto inmune a este magnetismo, y cuando ve a ambos despedirse amistosamente en el Foro romano siente que le habría gustado seguir escuchando a Murmelstein una vez que la cámara se ha apagado.
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NOTAS
[1] En checo Terezín.
[2] Esta historia estremecedora es contada en Shoah por un testigo de los hechos. Los judíos checos fueron mantenidos con vida durante semanas, para sorpresa de los más veteranos de Auschwitz, en un campo paralelo. Poco a poco la verdad se fue abriendo camino, y los confiados checos fueron informados de que, en realidad, estaban ya muertos bajo condición suspensiva. El día en que finalmente fueron introducidos en el vestuario, antesala de la cámara de gas, los judíos se enfrentaron a sus captores cantando el himno checo. A continuación fueron asesinados.
[3] ”La administración alemana no tenía un presupuesto especial para la destrucción, y en los países ocupados andaba escasa de personal. En general no financió los muros de los guetos, no mantenía el orden en las calles de los guetos, y no elaboraba las listas de deportación. Los supervisores alemanes pedían a los consejos judíos información, dinero, mano de obra o policía, y los consejos les proporcionaban estos medios todos los días de la semana. La importancia de esta función judía no les pasó por alto a los órganos de control alemanes. En una ocasión un dirigente alemán instó a que se ‘mantuviera y se fortaleciera la autoridad del consejo judío en todas las circunstancias’”. Raul Hilberg. La destrucción de los judíos europeos.
[4] Decano de los judíos. Título que ostentaban los máximos dirigentes judíos en Theresienstadt.
[5] Citado por Raul Hilberg.

IMÁGENES
1) Un partido de fútbol en Theresienstadt. Imagen tomada de un documental de propaganda; 2) Niños judíos en Theresienstadt. Documental de propaganda nazi rodado tras la visita de la Cruz Roja en 1944. 3) En esta imagen la propaganda se ha desvanecido, y muestra a un prisionero de Theresienstadt, tras la liberación del gueto, entre dos indignados miembros de la Cruz Roja (que se habían indignado mucho menos el año precedente). 4) El decano judío de Theresienstadt Paul Eppstein. A su izquierda, Benjamín Murmelstein. 5) Chaim Rumkowsky en Lodz.

VIDEO: En esta película de propaganda nazi puede verse a los judíos de Theresienstadt, bien alimentados, trabajando al son del can-can.

viernes, 14 de febrero de 2014

EL ÚLTIMO DE LOS INJUSTOS (1)


En 1985 Claude Lanzmann estrenó Shoah, un estremecedor relato sobre el Holocausto basado exclusivamente en testimonios de algunos supervivientes, víctimas y perpetradores. Casi treinta años más tarde presenta El último de los injustos, tres horas y media de conversaciones con Benjamín Murmelstein, último de los decanos judíos del gueto de Theresienstadt. Theresienstadt fue un gueto escaparate, una especie de aldea Potemkin diseñada para servir de engaño, tanto frente al exterior, como frente a los propios alemanes e incluso a los judíos. Estaba controlado por Adolf Eichmann, el principal responsable de organizar la logística de la deportación de los judíos hacia los campos de exterminio hacia el este. Fue colaborador directo, por tanto, en el asesinato de millones de personas. Murmelstein declara que Eichmann era el diablo; Hanna Arendt pensaba de él que era un payaso. Ante la divergencia, quizás convenga hacer un breve recorrido por su trayectoria.
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En 1934 Adolf Eichmann ingresa en las SS, concretamente en el Servicio de Seguridad [1] del Reichsführer SS Himmler. Hasta ese momento su currículum no ha sido deslumbrante. Suele contar que es ingeniero, y que ha sido despedido de su empleo como vendedor en la Vacuum Oil Company por su adscripción al Partido Nacionalsocialista, pero ambas informaciones son inexactas. En realidad ha sido su despido lo que ha precipitado su ingreso en el Partido en 1932; también su incesante deseo de “ser alguien”. Esto, sin duda, lo conseguirá.

En las SS Eichmann es puesto a recopilar información sobre los masones y los judíos, reunidos en la cabeza de los nazis para tramar una complicada conspiración mundial. Eichmann se dedica de lleno a la tarea y llega a leer dos libros, Der judenstaat de Theodor Herzl [2] y la Historia del sionismo de Adolf Böhm. En estos momentos Eichmann desprecia a los antisemitas ‘vulgares’ que pululan por el Partido. No es que él no comparta la necesidad de desembarazarse de los judíos, pero respeta a los sionistas, los judíos que pretenden crear una patria en Palestina, a los que considera unos idealistas como él mismo. En realidad (y esto será difícil de entender en el futuro) hay una cierta coincidencia de objetivos entre los nazis y los sionistas que, en un error de cálculo monumental, no consideran a Alemania su principal enemigo, sino a Inglaterra. De hecho agentes sionistas, que describen a Eichmann como un hombre educado, lo invitan a visitar Palestina [3], y más adelante Eichmann les devuelve la gentileza facilitándoles un tren especial, con una escolta de funcionarios nazis, para trasladar a un grupo de emigrantes judíos hasta unas granjas de adoctrinamiento sionista en Yugoslavia.


Convertido en un experto en asuntos judíos (ha leído dos libros), en 1938, tras el Anschluss, es destinado al Centro de Emigración de Judíos Austriacos en Viena. Su superior es Franz Stahlecker, un hombre, en opinión de Eichmann, “libre de odios y chovinismos de toda clase”, lejos del típico antisemita vulgar y gritón como Streicher, que no tiene el menor reparo en estrechar la mano de los representantes judíos. Eichmann contacta con el doctor Josef Löwenherz, líder de la comunidad judía en Viena, con el encargado de negocios Storfer, y con el rabino Benjamin Murmelstein, a los que necesita para facilitar la emigración de los judíos austriacos. Los resultados de la cooperación son impresionantes: en dieciocho meses ciento cincuenta mil personas, el 60% de la población judía de Austria, abandonan el país [4].

El secreto del éxito de Eichmann está en haber organizado una especie de cadena de montaje:

“Esto es como una fábrica automática, como un molino conectado con una panadería. En un extremo se pone un judío que todavía posee algo, una tienda o una cuenta en el banco, y va pasando por todo el edificio, de mostrador en mostrador, de oficina en oficina, y sale por el otro extremo sin nada de dinero, sin ninguna clase de derechos, solo con un pasaporte que dice: usted debe abandonar el país antes de quince días; de lo contrario irá a un campo de concentración”. [5]

Hace tres años que las Leyes de Nuremberg se han aprobado, pero ni siquiera los judíos parecen ser conscientes de sus siniestras implicaciones (recordemos: han hecho un gran esfuerzo por definir “judío” y “ario”) El proceso de destrucción de los judíos aún está en sus primeras fases, y aún no se contempla su exterminio directo. Pero es necesario constatar que la colaboración de los dirigentes judíos con Eichmann no se interrumpirá cuando los escenarios vayan cambiando dramáticamente. Y la acción se precipita rápidamente. En noviembre de 1938 tiene lugar la Kristallnacht. En marzo de 1939 Checoslovaquia es invadida. En septiembre de 1939 le toca el turno a Polonia. Detrás del ejército alemán, y contando con el apoyo casi unánime de éste, se desplazan siete Einsatzgruppen que se dedican a asesinar, primero a los miembros de la inteligencia polaca, y después, masivamente, a los judíos.


En 1940 Eichmann se encuentra en Berlín elaborando un plan para conseguir la deportación de todos los judíos europeos a Madagascar. Junto con la expulsión a los confines más orientales de Siberia, es una de las alternativas que Hitler ha valorado para desembarazarse de los judíos, pero ninguna de ellas prosperará. Ahora el Servicio de Seguridad de las SS se ha fusionado con la Policía de Seguridad del Reich, integrada por la Gestapo y la Kripo, en la RDSH, una de las 12 Direcciones Generales de las SS a cuyo frente se encuentra Reinhard Heydrich.


El 22 de junio de 1941 Hitler lanza su ataque sobre la Unión Soviética. Un mes más tarde Heydrich reúne a Eichmann y le dice: el Führer ha ordenado el exterminio físico de los judíos [6]. En ese momento, contará Eichmann más tarde, perdí todo: perdí la alegría por el trabajo, toda mi iniciativa, todo mi interés; quedé, resumiendo, anonadado. No lo suficiente como para renunciar a su trabajo.

A pesar del anuncio de Heydrich, los Einsatzgruppen llevan asesinando masivamente desde el 39. Y desde la primavera de ese año el anterior superior de Eichmann, el educado y nada chovinista doctor Stahlecker, se ha hecho cargo del Einsatzgruppe A que opera en los países bálticos y Bielorrusia: pocos meses más tarde podrá reportar con orgullo haber matado a tiros a 250.000 judíos. Así que, como en el este están más avanzados en el asunto, Heydrich ordena: “Eichmann, entrevístese con Globocnik en Lublin y vea lo que ha conseguido hasta el momento. Creo que se sirve de las trincheras de defensa antitanque hechas por los rusos para liquidar a los judíos”. Y así comienza el viaje de posgrado del especialista judío Eichmann.


En enero de 1942 tiene lugar la Conferencia de Wansee, a la que también asiste Eichmann: es el hombre de menor grado de las SS entre los presentes, y el estar rodeado de los más altos jerarcas de la organización sin duda lo llena de orgullo. Desde luego Eichmann ha conseguido “ser alguien”: en esos momentos se encuentra de lleno en la escena de la Historia.


En su primer viaje al este Globocnick lo ha atendido muy cortesmente y le ha expuesto sus planes para gasear a judíos usando monóxido de carbono obtenido del motor de un submarino ruso. Después de Wansee Eichmann reanuda su periodo formativo. Visita Chelmno, donde los judíos son gaseados en el interior de camiones en movimiento hacia las fosas preparadas para recibirlos. Eichmann acompaña a uno de esos camiones, y queda conmocionado al abrirse las puertas del camión y ver caer los cuerpos sin vida. Y luego es enviado a Minsk, donde aún emplean métodos tradicionales. Allí tiene ocasión de ver a unos cuantos jóvenes entrenándose disparando sobre las cabezas de judíos recién asesinados. Y después va a Lvov, donde ve otro horrible espectáculo: de una fosa donde acaban de ser enterrados unos centenares de judíos recién asesinados brota “un chorro de sangre, como si de una fuente se tratara”. Unos meses más tarde vuelve a Lublin, donde el enérgico Globocnik ya ha terminado sus preparativos. De este modo es conducido a un andén en el que aparece el nombre “Treblinka”, donde puede contemplar a un grupo de judíos desnudos, esperando entrar en un cubículo donde son gaseados con “una cosa llamada ácido ciánico”. También visitará, por supuesto, Auschwitz. Más tarde contará lo desagradables que le resultaban esas experiencias, e insistirá en que él no estaba preparado para eso. Eichmann parece situar la línea roja en realizar el disparo o accionar el dispositivo que libera el gas. No así en la logística de la matanza, que él cumplirá a la perfección. [8]

Una vez decidido el asesinato de todos los judíos, se han construido seis campos de exterminio en lo que antes ha sido Polonia: Chelmno, Belzec, Sobibor, Treblinka, Majdanek y Auschwitz. El siguiente paso consiste en recopilar a todos los judíos de las partes de Europa bajo influencia nazi y mandarlos a ellos, y en esta parte hay dos organizaciones que desempeñarán un papel decisivo: el Reichsbahn, que controla los ferrocarriles alemanes, y el departamento IV-B-4 de la RSHA, a cargo de Eichmann.


Eichmann está, desde luego, en el centro de la historia, y en este momento hay que preguntarse: ¿se ve a sí mismo como un monstruo? Obviamente no, nadie puede. Pero lo cierto es que en unos meses Eichmann ha pasado de ser comprensivo con el sionismo a participar en la matanza de millones de judíos. Pero Eichmann no es nada fuera de las SS, y no se plantea renunciar a su trabajo: en su mente, por tanto, la matanza de judíos debe convertirse en algo normal y necesario. ¿Cómo puede construirse un relato mínimamente coherente con estos elementos? El esfuerzo de racionalización es monstruoso, y la realidad es retorcida hasta convertirla en algo delirante. No obstante Eichmann cuenta con algo a su favor: toda la sociedad alemana está empeñada en un esfuerzo similar. Desde fuera, por ejemplo cuando sea juzgado en Jerusalén, los esfuerzos de racionalización de Eichmann resultarán penosos e inducirán a sospechar su estupidez. Pero inmerso en la Alemania nazi, cuya asombrosa monstruosidad es también claramente visible desde fuera, conseguirá vivir en una confortable “normalidad”.

He aquí un episodio que ilustra la delirante realidad en la que Eichmann vive merced a sucesivos ajustes de disonancia. Storfer, el encargado de negocios judío con el que ha entablado amistad en su etapa vienesa, acaba en Auschwitz y pide al comandante del campo que avise a Eichmann. Éste acude y le dice:

“Bueno, mi querido y buen Storfer, nos ha tocado. ¡Qué cochina suerte!”.

Así contara el episodio:

“Con Storfer, hombre bueno, normal y humano, tuvimos un encuentro normal y humano. Me contó sus penas y tristezas. (…) Fue una gran alegría interior para mí poder ver, al menos, al hombre con el que había trabajado tantos años, y que pudiéramos hablar”.

Tras el encuentro normal y humano Eichmann deja a Storfer en Auschwitz, donde será asesinado a tiros seis semanas más tarde.

Notas:
[1] Servicio de Seguridad: Sicherheitsdienst o SD. No confundir con la Policía de Seguridad, con la que se fusionará en 1941. Durante su juicio en Jerusalén Eichmann contará este ingreso en las SS como un ligero error: ”Yo creía que la organización en la que había entrado era aquella de la que hablaba el Münchener Illustrierten Zeitung cuando relataba que los altos jefes del Partido iban protegidos por unos hombres en pie en el estribo de sus coches”. Es posible que con esto intentase ayudar a su defensa, pero sin duda contribuyó a crear la impresión de que era un bufón.
[2] Herzl es considerado el padre del sionismo.
[3] La visita es breve. Eichmann apenas tiene tiempo de visitar el Monte Carmelo, en Haifa, antes de que las autoridades inglesas lo expulsen a Egipto y le denieguen de nuevo la entrada.
[4] “De este modo empezó lo que seguramente ha sido uno de los episodios más paradójicos de todo el régimen nazi: el hombre que iba a pasar a la historia como uno de los archiasesinos del pueblo judío empezó su carrera como colaborador activo en el rescate de los judíos de Europa”. Jon y David Kimche. Los caminos secretos: la migración “ilegal” de un pueblo, 1938-1948.
[5] Citado por Hanna Arendt en Eichmann en Jerusalén.
[6] Heydrich pide a Eichmann que redacte una carta para que sea firmada por Göring a fin de que la RSHA tenga algo que respalde su actuación. La carta, que Göring firmará, dice: ”Complementando la tarea que ya le fue asignada el 24 de enero de 1939, de alcanzar, mediante la emigración o la evacuación, una solución tan ventajosa para la cuestión judía como sea posible bajo las condiciones del momento, le encargo por la presente que realice los preparativos organizativos, funcionales y materiales necesarios para resolver completamente la cuestión judía en la esfera de influencia alemana en Europa (…) Le encargo además que en un futuro próximo me envíe un plan general sobre las medidas organizativas, funcionales y materiales que deberán adoptarse para llevar a cabo la deseada solución final de la cuestión judía.
[7] Odilo Globocnick. Jefe de Policía de Lublin, encargado de organizar cuatro de los seis campos de exterminio.
[8] Situar el crimen más allá de una línea roja que el perpetrador, según afirmaba, nunca superaría era una de las racionalizaciones exculpatorias más frecuentes entre los nazis. Así, Eichmann podía tranquilizar su conciencia pensando que él sólo transportaba los judíos, pero no los mataba. Incluso el que apretaba el gatillo podía situar la línea más allá, en mostrar un comportamiento sádico hacia la víctima. Por supuesto esta línea era móvil, y con frecuencia el perpetrador iba trasladándola más allá conforme transgredía las precedentes. Raul Hillberg lo explica muy bien en La destrucción de los judíos europeos.

Imágenes: 1) Lanzmann y Murmelstein en Roma; 2) Adolf Eichmann en sus buenos tiempos; 3) Franz Stahlecker; 4) Un Einsatzgruppe en acción; 5) la RSHA y el departamento de Eichmann; 6) Parte de un informe enviado por Stahlecker a Heydrich en 1942, detallando el número de judíos asesinados. Obsérvese que Estonia ha quedado Judenfrei, libre de judíos; 7) De nuevo los Einsatzgruppe; 8) Llegada de un cargamento de judíos a Auschwitz-Birkenau.