sábado, 25 de marzo de 2017

EL MÉTODO IGLESIAS

El método Iglesias consiste en detectar un problema, señalarlo airadamente, y mostrarlo como prueba irrefutable de la maldad de la sociedad y de todos aquellos que, a diferencia de él, permanecen impasibles ante la perversidad denunciada. Pero ¿no es esto el proceder de todo reformador? No exactamente. El reformador, cuando detecta los problemas, sopesa las alternativas e intenta corregirlos para mejorar la sociedad; Iglesias los señala como prueba de la necesidad imperiosa de destruirla y cambiarla por otra. De las alternativas que ofrece a cambio no suele hablar mucho después del fracaso del modelo bolivariano en Venezuela, y esto en sí ya es una muestra de la radical insinceridad de su indignación: si la opción que defendía ha resultado empeorar notablemente las cosas debería haber dado alguna explicación. Pero es que lo importante es destruir, y luego ya veremos.

El pasado martes Podemos presentó un proyecto de ley sobre suicidio asistido que mostró esa voluntad de buscar fisuras y esa virtud impostada que resultan tan cargantes. Este, como veremos, es un asunto muy complicado, con puntos de vista muy dispares, que afecta afortunadamente a muy pocas personas. Hay otro asunto relacionado sobre el que sí existe un gran consenso: facilitar las cosas a las personas al final de su vida. Y esto sí afecta a muchos que mueren con sufrimiento o sin ser informados de su situación y sus opciones.

Parece lógico empezar afrontando el problema que afecta a más personas y que reúne mayor consenso, pero ese no es el método Iglesias. Si disponen de diez minutos vean por favor la intervención de mi compañero Paco Igea, que demuestra cuál debería ser siempre la función del parlamento.




lunes, 6 de marzo de 2017

PENSADORES REACCIONARIOS


En su imprescindible The reckless mind (Pensadores temerarios) Mark Lilla nos presentaba a intelectuales –Heidegger, Schmitt, Benjamin, Foucault, Derrida, y, de paso, Sartre- obnubilados por dictaduras –respectivamente la Alemania Nazi, la Unión Soviética, la china comunista y la teocracia iraní-: «Pretendía arrojar algo de luz sobre lo que llamo tiranofilia, la atracción narcisista de intelectuales hacia tiranos de los que imaginan que están trasladando sus ideas a la realidad política».

Ahora en The shipwrecked mind (Pensadores del naufragio) nos muestra a pensadores reaccionarios. ¿Cómo los define? Empieza reconociendo que, si bien hay cientos de libros sobre la revolución, «no tenemos similares teorías sobe la reacción, simplemente la autocomplaciente convicción de que se asienta en la ignorancia o en la intransigencia, si no en motivos aún más oscuros».

El origen del término debe situarse en la Ilustración y la Revolución Francesa, y más concretamente en el convencimiento de que, a partir de entonces, la luz de la razón alumbraría el camino de la humanidad a un futuro glorioso. Según este relato el reaccionario, alarmado por la revolución, pretendía revertir ese camino y volver a la oscuridad, y así el término adquirió una connotación moral negativa que lo acompaña hasta ahora.

Además de despojarlo de prejuicios morales es necesario afinar más porque no todos los que manifestaron sus dudas ante la revolución o ante el Terror subsiguiente – Constant, Tocqueville, Burke- pueden ser llamados reaccionarios:

«Reaccionario no equivale a conservador. Esto es lo primero que hay que hay que entender sobre el asunto. Son, a su modo, tan radicales como los revolucionarios, e igualmente dominados por fantasías historicistas. Las expectativas milenaristas de un nuevo orden social y una humanidad rejuvenecida inspiran al revolucionario; temores apocalípticos de entrar en una nueva edad oscura atormentan al reaccionario».


¿Qué es entonces lo que define al reaccionario?

«El revolucionario ve ante sí el radiante futuro, invisible a los demás, y esto lo enardece. El reaccionario, inmune a los espejismos actuales, ve el pasado en todo su esplendor y es a su vez enardecido. Se siente en una posición más fuerte que su adversario porque se cree el guardián de lo que realmente ocurrió, no el profeta de lo que podría ser».

No es así, desde luego: ambos persiguen quimeras, unos hacia el pasado y otros hacia el futuro, y ambos comparten el motor emocional de la ansiedad y la frustración provocadas por el presente. Revolucionarios y reaccionarios son, en suma, dos extremos que se tocan.

Pero que sus pensamientos nazcan de la ansiedad no quiere decir que las racionalizaciones subsiguientes –es decir, sus ideologías- no sean ocasionalmente brillantes. Y Lilla nos guía con maestría por los esfuerzos de Franz Rosenzweig para restablecer el papel del judaísmo y liberar al hombre de la Ilustración y la filosofía, por la ingente obra de Eric Voegelin, por los intentos de Leo Strauss por restaurar simultáneamente Atenas y Jerusalén, o por el pesimismo bastante justificado de Michel Houellebecq sobre el interés de nuestra sociedad hacia la libertad. La lista de Lilla no es exhaustiva: Spengler sólo es mencionado, y se echa inmediatamente de menos a De Maistre y MacIntyre.

Lilla actúa como un sherpa tibetano sin cuya ayuda es francamente complicado acceder a los distintos autores –en el caso del Rosenzweig, la tarea es poco menos que imposible-, lo que haría que nos perdiéramos libros tan interesantes como Natural right and history de Strauss.


Pero posiblemente es Voegelin quien merece mayor atención. En un principio es uno más de los pensadores del desastre, empeñado en desentrañar los mecanismos de la historia y de averiguar cuando se torcieron las cosas. Para ello se dedica a investigar en un amplísimo campo de conocimientos que abarca los símbolos visuales del paleolítico, el zoroastrismo, la filosofía helénica, los manuscritos del mar muerto, el arte polinesio, la cosmología egipcia, la teología medieval, la sicología de la Gestalt y el código de Hammurabi. El primer tomo de su magna obra Orden e Historia aparece en 1956; cuando veinte años más tarde se publica el cuarto sus lectores quedan sorprendidos ante la confesión de que él mismo había caído ante el «monomaníaco deseo de forzar las operaciones del espíritu en la historia en una única línea». La historia, parece reconocer Voegelin, no es una autopista sin salidas, ni un río: en todo caso un manglar con numerosos cauces. Por desgracia la claridad de su exposición se ve enturbiada por una terminología de su invención que incluye alarmantes conceptos como “consciencia metaléptica”, “teofanía pneumática” y “fe metastática”.

En todo caso, aunque sólo fuera por esta honestidad intelectual que le hace enmendar todo su pensamiento anterior, Voegelin merece respeto. Pero además desde su libro Las religiones políticas-, publicado justo antes del Anschluss, Voegelin sostiene una intuición: política y religión son esencialmente iguales. «Cuando Dios se ha hecho invisible detrás del mundo, las cosas del mundo se vuelven nuevos dioses», afirma Voegelin. O, como resume acertadamente Lilla,

«Una vez que esto es entendido la verdadera naturaleza de los movimientos ideológicos de masas del siglo XX –Marxismo, fascismo, nacionalismo- se vuelve evidente: todas ellas son “religiones políticas” completas, con sus profetas, sacerdotes y sacrificios en el templo. Cuando abandonas a dios, es sólo cuestión de tiempo que empieces a adorar a un Führer».

Hay que decir que Voegelin, a diferencia de Rosenzweig, no propone como solución retornar a Dios: se limita a desenmascarar el mecanismo por el cuál las emociones religiosas se canalizan hacia religiones “científicas” tras ser desacreditadas las oficiales por la Ilustración. Pero Voegelin va un paso más allá, y dentro de las religiones disponibles identifica una con la que las ideologías del siglo XX parecen encajar como un guante: el gnosticismo. Si quieren leer algo sobre este interesante asunto pueden consultar aquí y aquí


Imágenes: 1) Pues eso, un naufragio; 2) Leo Strauss; 3) Eric Voegelin; 4) Abraxas, símbolo gnóstico.