miércoles, 14 de septiembre de 2011

EL HOMBRE DISUELTO

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Hay potentes fuerzas que llevan a la persona a querer disolverse en una masa.

Una de ellas es la frustración. El hombre dispone de un tiempo limitado y desea interpretar un buen papel. Cuando fracasa en el empeño, la única salida posible puede ser renunciar al protagonismo (en realidad, a la propia individualidad) y convertirse en elemento de la masa, que pasa a ser la protagonista de la película. En este punto hay que hacer notar tres cosas. Una, que el fracaso puede ser imputable a la persona (uno puede no tener las energías, la decisión, o las ganas de pelear por un buen resultado) o a las circunstancias (la naturaleza, o la sociedad, pueden haberlo tratado cruelmente). No obstante el occidental, quizás como consecuencia de un complejo de culpa derivado de la evidencia de que no todos tenemos las mismas oportunidades, suele cometer el error de englobar a ambos grupos en la misma categoría (los desheredados, los oprimidos, lo que sea), lo que en ocasiones le lleva a un análisis excesivamente benevolente. Dos, que la respuesta del ser humano a la frustración es la violencia y el odio. El frustrado que se disuelve en la masa alberga un potente resentimiento, tanto contra el mundo en el que ha fracasado, como contra aquél que ha triunfado. Este resentimiento, convenientemente enfocado contra un enemigo exterior, resulta ser el mejor cemento para cohesionar la masa, pero convierte al frustrado en un ser altamente destructivo (y el reconocimiento de este hecho tampoco debe verse enturbiado por complejos de culpa). Tres, la disolución en la masa satisface el anhelo de igualdad, entendido como el deseo de que nadie pueda destacar y poner de manifiesto, por comparación, nuestras propias carencias.

Otra fuerza es la incertidumbre. La libertad no es una ganga: la persona debe comprender la realidad y tomar sus propias decisiones, y éstas pueden ser equivocadas. Ante esto, el mayor temor que experimentamos no es el suscitado por el resultado adverso que una mala elección pudiera provocar, sino el que provoca la posibilidad de descubrir que somos memos. En la masa la incertidumbre desaparece, y el lugar de uno en el mundo queda perfectamente definido. La disolución en la masa, desde este punto de vista, implica renunciar a la penosa carga de la libertad, liberándose de su aún más penosa contrapartida, la responsabilidad.

Una tercera es la aversión a la muerte. Las personas somos mortales, mientras que la masa escogida es inmortal (entendámonos, inmortal, en términos humanos, equivale a unos cientos o miles, de años; a partir de ahí, la idea de inmortalidad comienza a ponerse agobiante). Disolviéndonos en la masa compartimos sus atributos, y de este modo alcanzamos la inmortalidad. Es por eso que la disolución conlleva el desprecio por las vidas individuales, no sólo las ajenas sino incluso la propia. Obsérvese que el adepto dispone de una enorme capacidad de autosacrificio a favor de la masa, pero esta aparente renuncia es egoísta: el adepto puede llegar a renunciar a su propia vida por la masa, pero es porque es en ésta en la que ha depositado su propia inmortalidad.

De estas motivaciones se nutren las masas, y son estables en la cartografía emocional de la persona. Lo que varía en el tiempo, pues está sujeta a la moda y a la etiqueta, es la forma de la masa en la que la persona opta por disolverse. En el Tercer Mundo la religión continúa siendo la forma preferida, y en la actualidad el islamismo es, posiblemente, la masa más potente en acción. Por el contrario, en nuestras modernas sociedades ilustradas la masa suele adoptar la forma de ideología o nación.

He comenzado a hablar de adepto para referirme a la persona que se disuelve en una masa. Es, creo, la traducción más aproximada de true believer*, título del libro de Eric Hoffer al que me gustaría dedicar alguna entrada más sobre este asunto.

* “The true believer”. Eric Hoffer.

sábado, 3 de septiembre de 2011

THE WIRE

La política debería ser realista; la política debería ser idealista. Estos dos principios son verdaderos cuando se complementan, y falsos por separado.” Johann K. Bluntschli


La política puede contemplarse desde una perspectiva ideal y otra real. O bien prescriptiva (lo que debe ser) y descriptiva (lo que es). Lo importante es destacar que, cuando el análisis se acomete exclusivamente desde una de las perspectivas, el error (o el desastre, cuando se tiene poder efectivo) están garantizados. De paso, sospecho que cuando políticos poco escrupulosos llegan al poder, y acceden a un conocimiento privilegiado de la política real, el efecto es devastador. Es fácil que estos políticos lleguen rápidamente a la conclusión de que toda la política es real, y olviden con la misma velocidad el plano ideal o prescriptivo. El político así liberado de escrúpulos pensará que todos los que continúan contemplando la política desde una perspectiva de valores son meros ingenuos, y que él no es un sinvergüenza, sino un nuevo Maquiavelo. Personajes como Rubalcaba o Pepe Blanco encajan especialmente bien en este modelo.

En una sociedad ideal, la policía debe perseguir a los delincuentes, los jueces deben juzgarlos, los políticos dirigir… The wire presenta la red de fuerzas reales que concurren en una sociedad determinada. El lugar escogido es Baltimore; el momento, la actualidad. A través de cinco temporadas, la serie describe algunos aspectos de la realidad; la policía, las calles, el puerto y los sindicatos, la educación, la prensa… Y, por supuesto, la política. El candidato a alcalde Thomas Carcetti, que comienza siendo un trepa, acaba convertido en un tipo bastante honesto que, sin embargo, tiene las manos muy atadas por todas las fuerzas en juego. Tan atadas, que su margen de actuación parece, finalmente, muy escaso. Como la serie es muy real, es fácil caer en la desesperanza o el cinismo.

Pero lo importante son las personas, y The Wire las muestra creando caracteres convincentes. ¿Qué hacen? Pues cada uno actúa bien o mal, según sus inclinaciones personales, pero siempre sometido a los campos magnéticos de los distintos poderes en juego. Obviamente, los que actúan bien, aquellos que intentan hacer correctamente su trabajo, no siempre son premiados. Más bien lo contrario. Jimmy Mc Nulty y Lester Freamon son excelentes policías, y, en consecuencia, no es raro encontrarlos desterrados en los trabajos más ingratos: confinados en los archivos de una comisaría, o patrullando en una lancha las frías aguas de la bahía. Porque para la policía de Baltimore no siempre es prioritario resolver los casos, y es posible que prefiera que unos cuantos cadáveres permanezcan sin descubrir con tal de que sus estadísticas no empeoren. El caso de McNulty y Freamon es importante, porque plantea interesantes dilemas morales. Sometidos a unas reglas de juego que consideran corruptas acaban, sencillamente, haciendo trampas. Hasta extremos espectaculares, en la última temporada.

La serie, es magnífica, y supone un salto cualitativo con respecto a las que estábamos acostumbrados. No se la pierdan, pero véanla en inglés subtitulado: con el doblaje español, los negros de la calle hablan como académicos de la lengua.