martes, 29 de abril de 2014

EL CATALANISMO DE VALENTÍ ALMIRALL

”La libertad se complace en la variedad. La tiranía, tanto la de uno solo como la de una multitud, considera hereje a cualquiera que piense o sienta de manera diferente que ella”. Valenti Almirall. Lo catalanisme. 1886.


Valentí Almirall es barón del Papiol, pero nadie lo diría por su aspecto desaseado, abundante en lamparones. Este descuido no es infrecuente en el momento, incluso entre los delicados vates asiduos de los Juegos Florales. En una visita al estudio de Milá y Fontanals, el historiador Ferrán Segarra ha quedado consternado al comprobar que el poeta ha marcado la página de un libro insertando una sardina en salazón. Almirall es, además, cáustico y socarrón, y amigo de gastar bromas extrañas. En una Semana Santa, acompañado de un amigo que se ha tiznado el rostro de negro, pasea por Barcelona disfrazado de escocés. Así ataviado se acerca a las mesas petitorias, y requiriendo a su criado con un imperioso ¡Tom!, recaba de él la calderilla apropiada para la limosna. Ocasionalmente los asistentes comprueban que, como buen escocés, no lleva nada debajo del kilt, y al día siguiente el Diario de Barcelona comentará la presencia del noble caledonio que “a la usanza de su país” sigue la semana “con una profunda religiosidad”.

Inicialmente partidario del federalismo republicano, Almirall es un desengañado de la Primera República. Ha contemplado horrorizado el caos en el que ha desembocado, que atribuye a la mediocridad de sus dirigentes, y en especial de Castelar (“Cuando murió dijeron que había sido un traidor o un imbécil; es exagerado. Como la inmensa mayoría de los hombres de la República fue alguien con un sentido pobrísimo del ridículo, un aficionado a la política pedante y grandilocuente”) y Pi y Margall. En principio Almirall ha apoyado a este último, pero ha acabado considerándolo un proudhoniano dogmático incapaz de comprender la diferencia entre las abstracciones y la realidad. De hecho la diferenciación entre el pensamiento político francés, diseñado en el aséptico laboratorio de la razón, que deposita su fe en conceptos abstractos y cree, cuando estos no funcionan en la realidad, que el problema es de ésta, y el anglosajón, que aspira a la modificación gradual de las cosas que en la práctica no funcionan, será continua en su obra.


A partir de 1879 Almirall despliega una frenética actividad. Ese año funda el Diari Català, el primer periódico escrito íntegramente en catalán. En 1880 organiza el Primer Congreso Catalanista, y en 1881 promueve la creación del Centre Català, del que se convierte en su secretario. En 1885 ante un proyecto de acuerdo comercial con Gran Bretaña de Cánovas (modus vivendi), y otro de unificación del Código Civil de Martínez Campos), participa en la redacción de la Memoria en defensa de los intereses morales y materiales de Cataluña,que será enviada a Alfonso XII y conocida como Memorial de agravios (En catalán Memorial de greuges) [1].

El Memorial es presentado el 10 de mayo ante el monarca:

"No tenemos, Señor, la pretensión de debilitar, ni mucho menos atacar la gloriosa unidad de la patria española; antes por el contrario, deseamos fortificarla y consolidarla: pero entendemos que para lograrlo no es buen camino ahogar y destruir la vida regional para sustituirla por la del centro, sino que creemos que lo conveniente al par que justo, es dar expansión, desarrollo y vida espontánea y libre a las diversas provincias de España para que de todas partes de la península salga la gloria y la grandeza de la nación española”.

Dos, pues, son las amenazas que los firmantes del Memorial quieren desactivar. Una, la unificación del derecho civil. Dos, el debilitamiento del proteccionismo económico. Con respecto a la primera, hay que decir que los nacionalistas entienden que el derecho regional es una emanación más, junto con la lengua y la cultura, de ese misterioso “espíritu catalán” en el que depositan sus creencias. Se trata, pues, de una cuestión de dogma frente a la que otras cuestiones prácticas, como por ejemplo la igualdad ante la ley, deben ceder. También la lengua, otra de las manifestaciones espiritistas, es mencionada en el memorial:

”No podemos usar nuestra lengua más que en nuestros hogares y en conversaciones familiares; desterrada de las escuelas, lo ha sido más tarde de la contratación pública”.

En el futuro el nacionalismo triunfante acabará destinando al español exactamente a la situación denunciada por el Memorial.

Pero a los industriales catalanes, que contemplan con recelo las tendencias liberales en los gobiernos nacionales, lo que les preocupa especialmente es la competencia:

“A pesar de que la tendencia llamada librecambista no ha logrado hasta ahora imponer sus soluciones radicales a la legislación económica, se ha manifestado, sin embargo, constantemente en todas las situaciones y desde hace muchos años es una espada de Damocles suspendida sobre la producción”. ”El núcleo de nuestro centro industrial más importante es la manufactura algodonera, que ha creado la atmósfera que vivifica no sólo a las industrias accesorias, sino también a las que como más desligadas aparecen, y que no podrían prosperar si esta atmósfera llegara a faltarles. A la manufactura del algodón le sigue sin duda en importancia la lanera, que tiene con ella muchos puntos de relación y contacto. La plétora industrial de la Gran Bretaña, casualmente, se muestra más que en otros ramos, en su producción algodonera y lanera. ¿Cómo ha de competir nuestra industria, débil y contrariada, con la mas que robusta, pletórica, de la nación británica?".


Es notable que Almirall, que cree en la competencia, e incluso en la virtud taumatúrgica de la lucha entre opuestos para alcanzar el progreso, redacte un Memorial férreamente antiliberal. Un año más tarde ratificará su defensa del proteccionismo en una conferencia sobre el Cobden Club, un club londinense de partidarios del libre comercio:

”El Cobden Club, señores, tiene la fortuna de encontrarse en una nación que por la virilidad y actividad de su pueblo, por a sólida política de sus gobernantes, por el patriotismo de todas las clases sociales, por el estado de avance y progreso que ha alcanzado en todas las ramas de la actividad, no ha de temer, sino que ha de desear, la competencia (…) Pero señores, ¡qué diferencia de ellos a nosotros! A nosotros la naturaleza nos ha clavado en una península cuya raza dominante está prematuramente envejecida por una confluencia de causas históricas”.

Almirall mantiene que España es un país decadente y exangüe, con sus fuerzas consumidas en el esfuerzo del descubrimiento y civilización de América, y así lo describe en España tal como es:

“Nuestro orgullo nacional no puede cimentarse en la expulsión de los moros, ni en nuestra efímera preponderancia en la política europea, ya que todas las naciones cuentan en sus anales con páginas tan gloriosas como esas. Nuestro orgullo nacional debe basarse precisamente en lo que determinó nuestra caída: en el descubrimiento, la conquista y la asimilación de América. Porque en ese hecho culminante de la historia de la civilización están las causas de nuestra decadencia. Al patrocinar la idea profética de Cristóbal Colón España se sacrificó por la humanidad (…) Hoy existen en el Nuevo Mundo unas veinte naciones que hablan en la lengua que España les enseñó, que tienen los hábitos y las costumbres que les dimos; que son, en una palabra, carne de nuestra carne. España se despojó de su vida en aras de la humanidad y de la civilización, y se quedó sin fuerzas, exhausta, como una madre cuyo seno se desgarra para dar a luz a un hijo demasiado robusto”.

Porque una característica de Almirall, poco común en el nacionalismo de su época y que desaparecerá por completo del nacionalismo futuro, es que no considera a España como algo ajeno, como una entidad dedicada a explotar y esclavizar a Cataluña. Cataluña, para Almirall, no tiene sentido fuera de la empresa común española:

”Las relacionas que (Cataluña) ha mantenido durante siglos con las demás regiones de España han creado lazos de interés y de afectos recíprocos de tal índole que resultarían imposibles de romper”.

Y además:

”La industria manufacturera catalana es casi la única que existe en la nación, y tiene su mercado natural en las regiones agrícolas españolas, las cuales proveen a su vez a Cataluña de todo lo que ésta no produce y utilizan su comercio para dar salida al sobrante de sus productos”.

Sin embargo Almirall defiende la necesidad de reconocer y potenciar las diferencias regionales como único medio para sacar a España de su postración. ¿Y cuáles son éstas? Almirall nos previene:

”Casi todos los que han escrito sobre España la han pintado de tal modo que ni nosotros mismos podríamos reconocernos entre las legiones de frailes y toreros, de manolas y de chulapos, de arrieros y de mendigos con que su imaginación puebla nuestras ciudades y nuestros campos”.


Y a continuación pasa a presentar su propia colección de estampas costumbristas. Y lo hace describiendo a los pasajeros que encuentra en un viaje en tren a Madrid:

“Vemos a nuestro lado dos vascos tocados con la clásica boina (…) A su lado dos pobres gallegos que llevan al lado, sobre el asiento, todos sus bienes consistentes en un paquete de ropa usada, y que apenas se atreven a levantar la voz (…) en cuyos ojos se advierte que están ansiosos por prestar servicio al primero que lo solicite”.

Y sigue así la cosa:

“El tipo puramente andaluz es, tal vez, el más poético de España. Allí la mujer es la verdadera hembra del varón, ante el cual no tiene que cumplir más que una misión: gustarle”. “Hasta en su modo de hablar los habitantes de Madrid carecen de la gracia andaluza”. “Los aragoneses, que hablan el castellano más viril de España, no tienen nada que ver con los habitantes de Castilla la Nueva, y menos aún con los del sur (…) Lo más saliente del carácter aragonés es la franqueza y la rudeza”.

Sobre estas distinciones se puede construir una amena velada en un café, pero difícilmente servirán para sustentar una teoría política [2].
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En 1888 Almirall escribe Lo catalanisme, que será considerada piedra angular del nacionalismo catalán [3].

La preocupación por la libertad es constante en la obra. Para Almirall las políticas continentales y anglosajonas afrontan el asunto desde distintos puntos de partidas y con distintos resultados. Las continentales anuncian enfáticamente que el hombre es libre para hacer todo lo que permite la Ley; las segundas se preocupan de poner límites efectivos al poder político para que no interfiera en el campo de los hombres. Es evidente que es con estas con las que la libertad está mejor defendida. La doctrina que propone Almirall para defenderla es el particularismo:

”El sistema particularista no es en su esencia más que el reconocimiento de la variedad y, como consecuencia lógica, la consagración de la libertad (…) La unidad sistemática no se concibe sin imposición”.


Porque Almirall ve la variedad como un síntoma de la libertad, y simétricamente, la unanimidad como señal de que la opresión está en funcionamiento [4]:

”La libertad se complace en la variedad: la tiranía, tanto la de uno solo como la de una multitud, considera hereje a cualquiera que piense o sienta de manera diferente a ella”.

Y así hace un descubrimiento importante:

”Para juzgar el grado de libertad de que disfruta un pueblo hay una piedra de toque que no falla. Basta con examinar la situación en que se encuentran las minorías, especialmente aquellas que más se enfrentan a la corriente dominante (…) La libertad de nadar con la corriente existe incluso en el estado más absolutista; la cuestión está en poder nadar contra ella. Dentro de una sociedad libre cada uno ha de tener reconocido el derecho a ser extravagante, siendo la extravagancia respetada” [5].

Pero el particularismo no sólo es el sistema político que mejor defiende la libertad: también es el que asegura el progreso. Sin la variedad la humanidad se quedaría congelada en cuanto las ideas y creencias alcanzaran una cierta unanimidad. Todo invento en el orden material, toda innovación en el ámbito moral, dice Almirall, comienzan por una afirmación que contradice las ideas y creencias generalmente admitidas.

El resultado de la aplicación del particularismo es el estado compuesto, la agregación de distintas entidades con categoría de estado en un único cuerpo político. El estado compuesto es la panacea para Almirall, que dedica la tercera parte de su libro a describirlo mediante ejemplos históricos [6] [7].

Como puede verse el fundador del nacionalismo catalán del siglo XIX defiende lo opuesto al nacionalismo catalán del siglo XXI, caracterizado por el pensamiento único y la proscripción de todo aquello que intenta navegar contra la corriente. El error básico de Almirall es no darse cuenta de que el nacionalismo predica la diversidad, pero sólo hacia fuera, como un medio para crear diferencias con lo que lo rodea. Pero simultáneamente impone una férrea unanimidad hacia dentro. Porque lo que pretende es que la realidad encaje en su “espíritu nacional”, y él es el único medium capaz de conjurarlo. Lo que no encaja, sencillamente, no se tiene en cuenta, no existe.
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Notas:

NOTAS [1] No confundir con el Memorial de agravios de 1760, enviado a Carlos III por diputados de Zaragoza, Valencia, Barcelona y Palma de Mallorca.
[2] Como siempre algunas de las generalizaciones son acertadas: “Otra de sus particularidades es que la vida y la animación alcanzan allí su apogeo as la hora en que, generalmente, acaban en otras ciudades. El Madrid oficial, el verdadero Madrid, se despierta y empieza a desplegar su actividad dos horas antes de que la luz de gas haya reemplazado a la del sol. Para abordar a un personaje, y hallarlo de buen humor, el momento más favorable es entre la una y las dos de la madrugada”.
[3] “Lo catalanisme es una obra capital del pensamiento político catalanista y el punto de partida doctrinal del nacionalismo progresista posterior.” Nota a la edición de Lo catalanisme publicada por Ediciones 62 y La Caixa. 1979. En 2004 el líder de ERC afirmó "si el catalanismo fuera una religión, Almirall sería su primer santo". Los nacionalistas catalanes parecen estar muy orgullosos de Almirall y Lo catalanisme. Es una lástima que no lo hayan leído (o, si lo han hecho, lo hayan obviado).
[4] Existe un precepto del Talmud según el cual todo acusado de forma unánime por un colectivo debe ser inmediatamente liberado, pues esa unanimidad resulta sospechosa. Citado en Disecciones, de Johannes von Horrach.
[5] En este vídeo puede verse el trato que el nacionalismo catalán del siglo XXI dispensa a la diferencia, a la minoría, y en definitiva a los que se atreven a nadar contra la corriente dominante. Curiosamente los intrépidos nacionalistas acusan a Rivera de aquello que Almirall defendía: ser estrafalario.
[6] Dice Josep Pla: “La fórmula práctica del particularismo, esto es, el estado compuesto, es, según su criterio (de Almirall), la mejor de las formas políticas posibles. Siendo esta afirmación una simple profecía, toda la tercera parte de su libro es un museo”.
[7] Huyendo de la uniformidad Almirall, acaba recelando de la igualdad. Y así descubre de paso la falacia de la agregación, consistente en pensar que una ideología puede constituirse por la mera agregación de conceptos bonitos sin pararse a definirlos ni a considerar si son contradictorios: ”Ya hemos citado ese diccionario político para cuyos autores “libertad es igualdad e igualdad es libertad”. Con lo que, al mismo tiempo que confirman la divisa de todos los republicanos franceses (…) ponen en duda la competencia gramatical de los que la adoptaron, porque si ambas palabras expresan la misma idea bastaba con una, y la otra sobra”.”La igualdad es restrictiva, y no se manifiesta si no es auxiliada con medios postizos. La libertad es natural; la igualdad artificial. Aquella es hija de las facultades más nobles del hombre; esta consecuencia fatal de sus imperfecciones. La primera siempre es espontánea: la segunda no existe sino por la imposición interna o externa”.

Imágenes: 1) Valentí Almirall. 2) Pi y Margall. 3) Emblema del Cobden Club. 4) Estampa costumbrista española del siglo XIX. 5) El salón del Consejo de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona, en el que se celebró el primer Congreso Catalanista.

jueves, 10 de abril de 2014

EL CONSEJERO: UN CUENTO SÁDICO


El consejero (malísima traducción de The counselor) cuenta la historia de un abogado (ésta habría sido la traducción correcta) conectado por su trabajo con el mundo de la droga que, agobiado por apuros económicas, decide entrar directamente en él y fletar un cargamento. Este es el paso que lo conducirá a un mundo de pesadilla, porque sus habitantes no se limitan a ser hijos de puta amorales, crueles y sin escrúpulos (digamos los repugnantes mafiosos que pululan por Los Soprano). Son seres inconcebiblemente sádicos que asesinan a sus víctimas con mecanismos que parecen diseñados por Fu-Manchu, decretan castigos crueles mientras recitan a Machado, y organizan snuff-movies en las que violan y decapitan (no siempre en este orden) a bellas jóvenes. El protagonista entra en ese mundo y (¡atención spoiler!) será castigado por ello. La película tiene, pues, formato de cuento. El niño se salta las reglas y, como castigo, acaba en las garras de un ser improbable y desaforado, la bruja, lo que sirve de ejemplo para los demás niños. El problema es que a los niños les da igual que en sus cuentos salgan ogros que se comen la cabeza de sus víctimas (ellos se descojonan), pero a los adultos nos deja hechos polvo porque nos lo tomamos en serio. Además la película es de Ridley Scott, y no encaja en las habitualmente dedicadas a las desenfadadas exhibiciones sádicas, distinguibles porque las protagonistas suelen huir despavoridas sin sujetador. No es la primera vez, sin embargo, que Ridley Scott altera los procesos estomacales de los espectadores con una exhibición de sadismo. Recordemos Hannibal, en la que, a la vez que presentaba Florencia tan bella como raras veces se ha visto en cine, mostraba a Ray Liotta con el cráneo destapado mientras era alimentado por Lecter con sus propios sesos. O al multimillonario Mason Verger (Gary Oldman), desagradablemente desfigurado y mutilado tras su encuentro con el psiquiatra antropófago. Hannibal por cierto también tenía formato de cuento: Lecter solo se comía a los malos. Niños, sed buenos, comeos la sopa, y no os metáis en el mundo de la droga ni de los psiquiatras.

Aparte de esto, Scott ha tenido el discutible mérito de reunir a un cierto número de actores que habitualmente lo hacen bien y conseguir que lo hagan mal. El único que consigue crear un personaje (es decir, alguien al que el espectador consigue atribuir cierta sustancia más allá de una mera colección de frases y tics) es Brad Pitt. Michael Fassbender, Javier Bardem y Penélope Cruz abruman al espectador con diálogos estúpidos sorprendentemente largos. Estos dos últimos, además, se han blanqueado en exceso los dientes, que en el caso del rostro teñido de Bardem (es que es un narco mejicano) destacan como en aquellas discotecas que empleaban luz blanca. Por su parte Cameron Díaz aporta a su pesar la nota cómica masturbándose contra el parabrisas de un Ferrari en impecable posición de ballet. No tengo nada más que añadir.

The counselor (2013). Ridley Scott.

Imagen: Gracias a Don Belosti (ver comentarios a la entrada) me entero de que el energúmeno de las tijeras no es Struwwelpeter y no es un personaje de los cuentos infantiles de Wilhelm Busch. Es un personaje de Hoffman, un malvado sastre (el personaje, no Hoffman) que corta los dedos a Gaspar por su afición a chuparse los pulgares. Excesivo, sin duda.

miércoles, 2 de abril de 2014

ELIE KEDOURIE: NACIONALISMO Y LENGUA


Explica Elie Kedourie que el nacionalismo “sostiene que la humanidad se encuentra dividida naturalmente en naciones, que las naciones se distinguen por ciertas características que pueden ser determinadas, y que el único gobierno legítimo es el gobierno nacional. No ha sido el menor éxito de esta doctrina el que tales proposiciones hayan llegado a ser aceptadas y consideradas como evidentes por sí mismas”. [1]

Y continúa diciendo:

“Los inventores de la doctrina (nacionalista) trataron de probar que las naciones son divisiones obvias y naturales de la raza humana apelando a la historia, la antropología y la lingüística. Pero el intento fracasa porque, cualquiera que sea la doctrina etnológica o filosófica de moda, no hay razón convincente por la que a la gente que habla el mismo idioma o pertenece a la misma raza, sólo por eso, haya que darle el derecho a disfrutar un gobierno exclusivo (…) Lo que permanece en la doctrina es la afirmación de que los hombres tienen derecho a aferrarse a lo que los diferencia de los demás, aunque estas diferencias sean reales o imaginarias, importantes o no, y hacer de estas diferencias su primer principio político”.

Porque el nacionalista aspira a convertir el mundo en un jardín bien cuidado, con las distintas plantas/naciones creciendo ordenadamente en sus respectivos parterres/estados. Pero la realidad no es un jardín, y en los parterres, a lo largo del tiempo, han ido creciendo mezcladas plantas de muy diverso tipo. Esto es desagradable para el gusto nacionalista que, aunque se camufle tras la defensa virtuosa de la diversidad, aspira a imponer la uniformidad en su ámbito extirpando las malas hierbas [2]. Tras establecer que la humanidad está dividida naturalmente en naciones, al nacionalista sólo le faltaba encontrar el criterio más idóneo para delimitarlas y dejar el mundo limpio y ordenado. Algunos fueron pintorescos:

“Pleno del brillo y color de las tierras servias, leemos, en un libro cuyas conclusiones se imponían en la Conferencia de París de 1919, el pjesme -una balada épica- expresa en la tormenta y tensión de nuevas aflicciones las aspiraciones nacionales. Tan auténticos resuenan sus acentos que en vano el geógrafo intenta en su búsqueda de fronteras ciertas descubrir una guía más segura de delimitación. Del Adriático a las paredes occidentales de las cordilleras balcánicas, desde Croacia a Macedonia, la balada del guzlar [3] es el símbolo de la solidaridad internacional. El pjesme puede por tanto considerarse adecuadamente la medida y el índice de una nacionalidad cuya fibra ha conmovido. Hacer coincidir el territorio serbio con la extensión regional del pjesme implica definir el área nacional servia. Y Servia es sólo uno entre los muchos países a quienes es aplicable este método de delimitación”.

Acompáñese el pjesme con otros cantos y bailes regionales y habremos conseguido dibujar un colorido, aunque quizás poco estable, mapa de Europa. Pero los criterios folklóricos, aunque vistosos, pronto tuvieron que ceder ante otros criterios de delimitación más sencillos, y pronto el nacionalismo llegó a una conclusión sencilla y conveniente: “el idioma es el signo externo y visible de las diferencias que distinguen una nación de otra; es el criterio más importante por el que reconocer la existencia de una nación, y su derecho a formar su propio estado”.

Y por consiguiente:

“corresponde a una nación merecedora de ese nombre revivir, desarrollar y extender lo que se considera su lengua original, incluso aunque sólo se encuentre en aldeas remotas o no se haya utilizado durante siglos, incluso aunque sus recursos sean inadecuados y su literatura pobre, pues sólo su idioma original permitirá a la nación realizarse a sí mismo y alcanzar su libertad”.

En ello estamos.
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La construcción ideológica del lenguaje como característica esencial e intransferible de los pueblos corresponde sucesivamente a Johann Gottfried Herder y Johann Gottlieb Fichte. En su Tratado sobre el origen del idioma de 1772 Herder explica como el lenguaje primitivo se forma por el contacto del hombre con la naturaleza. Las primeras palabras hacen referencia a experiencias y sensaciones directas (hambre, dolor, fuego, agua…) y sólo más adelante el hombre inventa palabras abstractas. Pero para Herder incluso éstas “se encuentran sólidamente basadas en un sustrato de impresiones y reacciones de los sentidos” [4]. Un pueblo nórdico, digamos, puede haber construido su concepto de grandeza a partir de la contemplación de montañas gigantescas que se alzan cubiertas de hielo, y por ello ese concepto no será estrictamente trasladable a un nómada del desierto. De acuerdo con esta visión el teólogo y filósofo Friedrich Schleiermacher podrá decir:


“Sólo un idioma se implanta firmemente en el individuo. Sólo a uno pertenece enteramente, no importa cuántos aprenda después (…) Pues cada idioma es un particular modo de pensamiento, y lo que se piensa en un idioma no puede nunca ser repetido del mismo modo en otro (…) El idioma por tanto (…) es la expresión de una vida peculiar que se contiene en él”.

Fichte, recogiendo la tesis de Herder, desarrolla una distinción entre idiomas originales, los de los pueblos que han experimentado las sensaciones que sirven de cimientos a las ideas abstractas contenidas en ellos, y los derivados, que son los que importan conceptos de idiomas originales. Los idiomas originales son superiores, porque quienes los hablan mantienen intacta la conexión entre las ideas abstractas y la experiencia sensorial que las ha originado. Un idioma así es una lengua viva, porque “desde el momento en que surgió el primer sonido en ese pueblo, se ha desarrollado sin solución de continuidad a partir de la vida común efectiva de ese pueblo, y no ha entrado en él ningún elemento que no exprese una observación realmente experimentada por este pueblo”.

Por el contrario en los idiomas derivados la conexión entre la experiencia sensorial y el concepto abstracto está cortada:

“Para ellos la imagen verbal contiene una comparación con una observación de los sentidos (…) que todavía no han tenido y quizás nunca puedan tener (…) De este modo reciben la historia monótona y muerta de una cultura extranjera, pero en modo alguno (desarrollan) una cultura propia. Reciben símbolos que para ellos no son inmediatamente claros ni capaces de estimular vida”.

Así que la diferencia es, para Fichte, fundamental. Los idiomas derivados son, sencillamente, lenguas muertas. En cambio, para los que tienen la suerte de disfrutarlo, un idioma original “no ejerce una influencia sobre la vida: constituye él mismo la vida de quien piensa (…) precisamente porque esta clase de pensamiento es vida, es experimentado por quien lo posee con intenso placer en su poder vitalizador, transfigurador y liberador”.

Como era previsible, Fichte no tarda en descubrir que el alemán es un idioma original y vivo. El francés, por el contrario, es un idioma mestizo y por consiguiente muerto. De esta aversión al francés no está ausente el rencor y la frustración de Fichte por el reconocimiento que reciben en su patria los autores franceses.
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De este modo el idioma se llegará a convertir en el elemento idóneo para definir las naciones, pero no quiere decir que esto configure un tipo especial de nacionalismo. En un párrafo clave de su obra afirma Kedourie:

“A veces se argumenta que hay dos o más variedades de nacionalismo, siendo el lingüístico uno de tantos, aduciéndose la doctrina nazi para ilustrar el argumento según el cual puede haber nacionalismos raciales, religiosos y otros más. Pero de hecho no hay ninguna distinción claramente definida entre el nacionalismo lingüístico y el racial. En un principio la doctrina puso énfasis en el idioma como la prueba de la nacionalidad, porque el idioma era un signo externo de la identidad peculiar de un grupo y un medio significativo de asegurar su continuidad. Pero el idioma de una nación le es peculiar sólo porque tal nación constituye una raza diferente de la de otras naciones. El nacionalista francés Charles Maurras (1868-1952) ejemplificaba esta conexión entre raza e idioma cuando señalaba que ningún judío, ningún semita, podía comprender o utilizar la lengua francesa tan bien como un francés propiamente dicho (…) Por consiguiente no era accidental que las clasificaciones raciales fueran, al mismo tiempo lingüísticas, y que los nazis distinguieran los miembros de la raza alemana aria desparramados por Europa central y oriental según un criterio lingüístico”. [5]

En una próxima entrada hablaré de la relación entre el nacionalismo y la juventud.

Elie Kedourie: Nacionalismo (1966).

NOTAS [1] En efecto el gran éxito del nacionalismo ha sido presentar la simpleza como verdad evidente y, por tanto, no sujeta a discusión. [2] Por eso la situación de las minorías es mucho más precaria que en las sociedades abiertas: en éstas la pluralidad es aceptada; en el nacionalismo es contemplada como una discordancia desagradable. En definitiva, acceder a la ‘democrática’ pretensión de la autodeterminación suele condenar a las minorías a una nada democrática situación de desigualdad y pérdida de derechos. [3] Guzlar, el que toca la guzla. En la traducción aparece “guzñar” pero gracias a Alfanje (ver comentarios a la entrada) podemos descartarlo como error tipográfico. También gracias a Alfanje nos enteramos de que Radovan Karadzic era guzlar. [4] Palabras de Kedourie que no he conseguido resumir mejor. [5] El nacionalismo vasco ejemplifica perfectamente la perfecta intercambiabilidad de criterios para distinguir a la nación ideal. Por esa razón el nacionalismo racista de Sabino Arana pudo transformarse, sin variar un ápice su contenido, en el nacionalismo etnicista-lingüístico-revolucionario de Federico Krutwig.

Imágenes: 1) Kedourie; 2) Herder; 3) Fichte.