jueves, 30 de junio de 2011

LOS NUEVOS GNÓSTICOS (2)


Las distintas sectas gnósticas de los primeros siglos de la Cristiandad creían que el mundo no había sido creado por un dios bondadoso y sabio, sino por un demiurgo inferior de naturaleza maligna. Existía, sí, ese dios bueno, que presidía un panteón luminoso conocido como el Pleroma, pero permanecía desconocido para el común de los mortales. La divinidad suprema gobernaba el Pleroma asistido por los Eones, que eran sucesivas emanaciones suyas de naturaleza masculina o femenina. A partir de aquí, las diferentes sectas difieren en algunos aspectos. Para algunas, dentro del Pleroma también existía el mal, como una característica estructural más. Para otras, el mal se generó por la soberbia de un Eón femenino, pues en las sectas gnósticas predominaba una visión misógina del mundo. En cualquier caso, al emerger el mal surgió una nueva generación de seres, los Arcontes o demiurgos, que pretendieron ser como el Dios primordial y se rebelaron contra él. Su líder, Ialdabaoth, consumó la rebelión creando la materia y el cosmos, un lugar de tinieblas en el cuál el mundo representa la última mazmorra. Ialdabaoth creó entonces al hombre y lo encerró en ella. El hombre permanece allí, diríamos, narcotizado y completamente inconsciente del mundo de luz que es el Pleroma. Pero en el transcurso del conflicto entre los Arcontes y la divinidad suprema, parte de la luz del Pleroma se perdió en el mundo, y, sin saberlo, algunos hombres fueron desde entonces portadores de ella. Únicamente faltaba que un enviado especial, un profeta, despertara a los elegidos, les proporcionara el conocimiento (gnosis), y les hiciera saber cuál era su verdadera misión. Que no era otra que reintegrar la luz al Pleroma en el momento en que las tinieblas, y con ellas el mundo, fueran abolidas por el Dios supremo. A partir de ese momento, los elegidos gnósticos vivirían felices en el Pleroma. Los no elegidos, obviamente, no: serían destruidos con el mundo.

Hans Jonas distingue dos grandes corrientes en el gnosticismo: la iraní y la sirio-egipcia. A la primera pertenecen el mandeísmo y el maniqueísmo. A la segunda, los maestros Valentín y Basílides. Existen abundantes documentos de esta segunda escuela, gracias al descubrimiento de los manuscritos de Nag Hammadi, una colección de códices cuidadosamente guardados en vasijas selladas y escondidas en una cueva, que fueron descubiertos en 1945. Brevemente (y de forma nada sistemática, me temo) comentaré algunos de las escuelas, así como algunos de los textos.


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1) Posiblemente el primer predicador gnóstico de cierto relieve fue Simón el Mago, y tal vez por eso sus enseñanzas son las menos elaboradas. Era samaritano, contemporáneo de los apóstoles, y fue considerado posteriormente por los cristianos como el padre de todas las herejías. Se le conocen, al menos, tres encuentros directos con los apóstoles. Uno con Simón Pedro, al que ofreció dinero si le transmitía el poder de realizar milagros (de ahí viene la ‘simonía’, que consiste en la adquisición de beneficios espirituales mediante bienes materiales). Y dos con Felipe, que primero lo bautizó y más adelante lo escuchó predicar que era “el poder de Dios, llamado el Grande”. Porque Simón, a diferencia de otros maestros gnósticos, no se presentaba como un mero profeta, sino como Dios.

Según Simón, en el principio había un Dios supremo del que en su momento, emanaron dos principios, uno masculino y otro femenino. De éstos, únicamente el femenino, llamado Ennoia o Sofía, tenía capacidad para engendrar nuevos seres, lo que la llenaba de presunción por considerarse igual que el dios primigenio. Pero no era así: sus creaciones eran torpes remedos del original, de modo que cada estirpe se separaba progresivamente del dios verdadero. Y así hasta llegar a los hombres, algunos de los cuáles, no obstante, retenían una parte de la luz divina. Simón el Mago afirmaba ser el Dios supremo, que había descendido al mundo para rescatar a estos hombres en general y al último avatar de Ennoia en particular, una prostituta de Tiro llamada Helena que, tras ser rescatada, lo acompañaba en todos sus actos terrenales.


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2) En el “Tratado Tripartito” y “Sobre el origen del mundo”, dos de los textos gnósticos de Nag Hammadi, también se imputa a Sofía el origen del desastre. Ocurrió que, en su presuntuoso intento de emular a Dios, “la luz que primeramente existió”, se puso a emanar Arcontes sin ton ni son, entre ellos al demiurgo Ialdabaoth.

En ambos textos la descripción de la creación del mundo es una parodia del Génesis cristiano. Ialdabaoth, que equivale a Yahvé/Jehová, separa el mundo de las aguas y engendra a Sabaoth, la versión gnóstica de Cristo. Pero, a diferencia de su equivalente cristiano, Sabaoth detesta a su progenitor: “Sabaoth odió a su padre, la oscuridad, ya su madre, el abismo”. Esto es así porque había sido iluminado por Pistis, un Eón masculino contemporáneo (si tal término es aplicable a los Eones) de Sofía, que se encargó de revelarle la verdadera naturaleza de las cosas y el carácter maligno de su padre Ialdabaoth.

Tanto el “Tratado Tripartito” y “Sobre el origen del mundo” coinciden en que la humanidad representa el escalón inferior de la creación: no se puede caer más bajo. Pero también están de acuerdo en que hay unos pocos elegidos. El Tratado se refiere a ellos como “la raza espiritual” o “los pneumaticos”, pues el pneuma (el espíritu) es la chispa de luz divina que brilla en ellos. Frente a ellos se encuentran ”la raza material” o “hylicos”, que tal vez podría traducirse por “ilusos”, pues son los que permanecen engañados por el espejismo del mundo material. Estos están condenados a ser destruidos con el mundo cuando el Pleroma vuelva a tomar las riendas.

Recapitulemos. Estamos intentando vislumbrar el componente emocional de las gentes que se adherían a ese tipo de sectas, porque tal vez nos permita establecer comparaciones con los de aquellos que actualmente se sienten atraídos por ciertas ideologías actuales*. En este sentido se pregunta Bertonneau: “¿Qué es lo que atraía a la gente a relatos de este tipo?. Una sensación combinada de alienación del mundo y superioridad frente a él es una respuesta ineludible; pero resumiéndolo en una sola palabra uno podría decir, sencillamente, resentimiento.”

Es significativo, además, observar cómo el gnosticismo necesita una doctrina para definirse contra ella. Es una religión a la contra, podríamos decir, que se define como el negativo virtuoso de una realidad detestable. Por eso la creación gnóstica es un reflejo del génesis de la religión dominante. Esta característica también puede observarse en la utilización gnóstica de símbolos y mitos tradicionales, pero subvirtiéndolos completamente e intercambiando los papeles del bien y el mal. Este es el caso de la serpiente del paraíso terrenal, que en la versión gnóstica no representa el papel corruptor de la humanidad, sino el de desbaratadora de los designios de Ialdabaoth al proporcionar la revelación a los elegidos. De manera similar, los gnósticos se sentían atraídos por la figura de Caín, condenado por rebelarse contra el demiurgo, e incluso una de sus sectas, los Cainítas, tomaron de él su nombre.

* Ver 'Los nuevos gnósticos (1)'

(continuará)

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Imágenes:
1. Eón con cabeza de león.
2. Códices de Nag Hammadi.
3. Simón el Mago siendo llevado a los infiernos. Miniatura en un códice (cristiano, obviamente).

lunes, 27 de junio de 2011

IG FARBEN (10)


A pesar de sus buenas relaciones con las SS, el proyecto Farben Auschwitz no progresaba adecuadamente. Uno de los mayores problemas consistía en que los prisioneros debían caminar diariamente casi cuatro kilómetros desde el campo hasta las plantas de IG, tanto a pleno sol en verano, como bajo un frío polar en invierno, lo que menguaba sus ya escasas energías. Las marchas debían ser realizadas a la luz del día para prevenir intentos de fuga, y en caso de que hubiera niebla se suspendía el traslado. Todo esto hacía que la producción progresara muy lentamente. Con una gigantesca inversión de 900 millones de marcos en juego, era necesario adoptar medidas contundentes, y en julio de 1942 el consejo de administración de IG acordó solventar todos sus problemas laborales construyendo su propio campo de concentración, que se situaría junto al complejo industrial. El plan, que requería una inversión adicional de 5 millones de marcos, era bastante innovador para una compañía privada, pero tanto la inversión realizada, como el temor a la ira de Hitler si no se cumplían los plazos para la producción, aconsejaban la adopción de medidas audaces.

El campo fue finalizado al terminar el verano de 1942, y recibió el nombre de la cercana aldea de Monowice (Monowitz, en alemán). Contenía todos los ingredientes de cualquier otro campo estándar gestionado por las SS: alambradas, guardias armados, torres de vigilancia con focos, ametralladoras, sirenas, perros adiestrados… Todo él estaba circundado por una alambrada electrificada, y contaba tanto con celdas de castigo, en las que el infortunado ocupante no podía mantenerse de pie ni tumbado, como con una horca, habitualmente aprovisionada con uno o dos cadáveres que se encargaban de mandar un fúnebre mensaje a los trabajadores. En el arco de entrada figuraba el lema de Auschwitz: el trabajo hace libres.


A partir de ese momento el complejo Auschwitz constaba de tres campos principales de concentración: el original, Auschwitz I, Auschwitz II (Birkenau), y Auschwitz III (Monowitz), llamado también Campo Buna. A estos se unían una multitud de subcampos. No todos eran iguales: Monowitz era un campo de trabajo, y Birkenau un campo de exterminio. La distancia que mediaba entre uno y otro era la “selección”.

Cuando los judíos llegaban a Auschwitz eran separados aquéllos considerados idóneos para trabajar de aquellos que no lo eran: hombres débiles, ancianos, mujeres, niños… Los primeros eran enviados a trabajar en las plantas de IG. Los demás eran mandados, sin más dilación, a las cámaras de gas de Birkenau. Pero superar con éxito la primera selección no era una garantía definitiva para los trabajadores forzados del Campo Buna. La ominosa presencia de Birkenau era un poderoso estímulo laboral, pero la menguada dieta hacía que las fuerzas fueran disminuyendo progresivamente. Como los trabajos solían quedar por debajo de lo previsto en las estimaciones y calendarios, los directivos de IG se quejaban continuamente de la pobre condición física de los trabajadores asignados. Por eso, todas las mañanas, el oficial de asignación de trabajo de Auschwitz acudía a Monowitz y se colocaba en la puerta, por donde los trabajadores salían en filas de cinco. Allí escogía a los más evidentemente débiles, y los que sufrían esta nueva selección eran enviados a Birkenau.

La dieta de los prisioneros de Monowitz, a la que llamaban “sopa de Buna”, era mejor que la de los otros campos del complejo, pero claramente deficitaria. El trabajador perdía un promedio de entre tres y cuatro kilos y medio por semana. Al finalizar su primer mes de trabajo el cambio de su apariencia era notable; al cabo de dos, empezaba a parecer un esqueleto; a los tres, eran prácticamente inservible para el trabajo, con lo cuál era derivado a Birkenau. Este efecto fue estudiado y recogido por dos médicos de Monowitz: los prisioneros conseguían vivir de sus propias reservas energéticas hasta tres meses. A partir de ahí quedaban exhaustos.

No era raro que los prisioneros trabajaran hasta la muerte. Con frecuencia, los grupos de trabajo de entre 400 y 500 hombres volvían, al finalizar la jornada con un promedio entre 5 y 20 cadáveres, que eran apilados en una zona visible del campo de dónde eran retirados tres veces por semana, lo que suponía un nuevo, y lúgubre, recordatorio para los trabajadores.


Farben-Auschwitz supuso una innovación financiera con respecto a los métodos de los esclavistas tradicionales. Para, digamos, el dueño de una plantación de algodón del sur de Estados Unidos en el siglo XIX el esclavo era considerado una inversión, que debía mantenerse para que fuera depreciándose a lo largo de su vida humana. Para IG Farben, para quien la fuerza individual de trabajo se consumía en tres meses, la vida humana ni siquiera era una inversión sino un mero producto fungible, que se gastaba por su uso.

Karl Krauch parecía completamente satisfecho con el enfoque laboral de Auschwitz, y en febrero de 1944 escribió a los técnicos de las planta de IG en Heydebreck: “Para solucionar la continua escasez de mano de obra, Heydebreck debe establecer un gran campo de concentración lo antes posible siguiendo el ejemplo de Auschwitz.

La satisfacción de Krauch no estaba justificada. Habían sido invertidos más de 900 millones de marcos en Farben-Auschwitz; 300.000 prisioneros trabajaron en las factorías, de los cuáles 25.000 lo hicieron hasta la muerte; las plantas eran tan grandes que consumían más energía eléctrica que Berlín. Pero a pesar de ello, únicamente se consiguió producir modestas cantidades de carburante sintético, y ni un gramo de Buna.
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Imágenes.
1.- Karl Krauch.
2 y 3.- Fotos aéreas del complejo Auschwitz.

miércoles, 22 de junio de 2011

LOS NUEVOS GNÓSTICOS (1)


En su libro “Ciencia, política y gnosticismo” Eric Voegelin aventura una comparación entre las sectas gnósticas, que surgieron y se extendieron de forma paralela al cristianismo en los primeros siglos de nuestra era, y grandes corrientes intelectuales del siglo XIX y XX como el positivismo y el marxismo. Quedémonos con la comparación entre el marxismo y sus derivados y el gnosticismo. Por un lado tenemos la doctrina que ha ejercido una mayor influencia sobre los intelectuales del S.XX, y, por tanto, la que ha sido considerada durante mucho tiempo la más avanzada y moderna. Y, por otro, a un grupo de sectas religiosas de los tres primeros siglos de nuestra era cuya compleja cosmogonía es sorprendentemente parecida a Matrix. El símil es, por tanto, sugestivo, e induce a seguir investigando sobre el asunto.

No es la primera vez, desde luego, que el marxismo y sus derivados son considerados una religión sustitutoria. La Ilustración desacreditó las religiones, y convenció al hombre, de manera bastante injustificada, de que era un ser racional. Pero al desterrar la religión de su vida quedaron desamparadas las emociones que aquéllas satisfacían, y el hombre tuvo que buscar rápidamente un sustitutivo en el que esas emociones pudieran materializarse. El marxismo, desde ese punto de vista, era una religión, pero disfrazada de cientificidad, y con eso quedaban satisfechas simultáneamente las necesidades emocionales y la apariencia de razón. La novedad de Voegelin consiste, no en señalar la cualidad religiosa del marxismo, sino en identificarlo con una religión concreta: el gnosticismo.

Esto es importante, porque no todas las ideologías (o religiones, para el caso) son iguales, y, por tanto, no todas sirven igual de bien para satisfacer las peculiares necesidades emocionales de cada uno. Por eso, dentro del muestrario disponible, cada persona escoge la más adecuada para que fluya su particular combinado de emociones. Estas emociones son los verdaderos motores personales, y las ideologías, que se escogen a posteriori con respecto a aquéllas, un mero intento de proporcionar al caótico potaje emocional de cada uno la apariencia de un relato coherente y vistoso. Las ideologías (‘derivaciones’ en terminología de Pareto) varían mucho con el tiempo, pues están sujetas a la moda, pero las principales emociones de las personas permanecen básicamente estables. He aquí, por tanto, que no sea descabellado que un grupo determinado de personas del siglo I, que comparten entre ellas un combinado emocional similar, sean comparables con otras del s.XXI cuyo sustrato emocional es parecido. Queda, por tanto, intentar adivinar cuál es ese sustrato. Y para ello es útil ver lo que ofrecen las ideologías a sus usuarios.

El libro de Hans Jonas ‘La religión gnóstica’ permite una profunda visión sobre las diversas sectas gnósticas. Y recientemente Thomas Bertonneau ha desarrollado la tesis de Voegelin en una serie de interesantes artículos publicados en The Brussels Journal. El resultado proporciona sorprendentes coincidencias entre los antiguos gnósticos de los siglos I y II y nuestros modernos progresistas del siglo XX y XXI. A partir de aquí hablaré de gnósticos para referirme indistintamente a unos y otros.

Lo primero que hay que destacar es que para el gnosticismo primitivo el mundo es intrínsecamente malvado, lo que permite al adepto odiarlo y aspirar a su destrucción. Y que esta cualidad concurre en el gnosticismo actual, que detesta el mundo capitalista occidental del que forma parte y aspira a abolirlo. Y esto nos permite sospechar cuáles son los ingredientes básicos de la receta emocional de los gnósticos: ansiedad, frustración y resentimiento. Cuando alguien vive bien cuesta mucho denunciar el resentimiento, pues uno tiene la impresión de estar siendo injusto con aquellos a los que la vida ha maltratado. Pero es perfectamente observable que no sólo experimentan resentimiento contra el mundo los desfavorecidos por éste, y que la propensión al resentimiento, más que un factor circunstancial, es con frecuencia un factor estructural de las personas.

En el mundo de los antiguos gnósticos existía la desigualdad y la injusticia. En el de nuestros progresistas también, aunque en una cantidad considerablemente menor. Pero el gnóstico actual es incapaz de ver los logros de la sociedad, mientras que es rapidísimo detectando sus defectos, sean reales o figurados. En realidad, los gnósticos parecen buscar con afán las desigualdades del mundo, pero no tanto para remediarlas como para justificar su odio. De esta manera, tienden a camuflar como virtud su resentimiento: odian al mundo porque es malo. Y, de paso, esta cobertura virtuosa del resentimiento les proporciona otra de sus características esenciales: la superioridad moral, tan desconcertante cuando se intenta comprender mediante la mera aplicación de la razón.

He dicho que los gnósticos odian al mundo porque consideran que es malvado. Pero ¿y ellos? ¿No forman parte de él? ¿Son, por consiguiente, igual de malvados? Pues no, porque una de las características del gnóstico consiste en su capacidad para ponerse de perfil y, mediante la denuncia del mundo, quedar purificado de su maldad... a pesar de seguir viviendo en él.

En próximas entradas haré una sucinta (muy sucinta, realmente) descripción del gnosticismo y de sus más notorias sectas.

martes, 21 de junio de 2011

MAS SOBRE LOS INDIGNADOS

Ya he comentado que una de las características más relevantes de los indignados es su adanismo. Ellos no son en absoluto conscientes del grado de complejidad y refinamiento de la civilización en la que habitan, que se ha ido formando a lo largo de milenios. Están, eso sí cargados de resentimiento, y creen que este mundo (cuya estructura, insisto, no ven en absoluto) es una birria y que ellos pueden construir otro mejor. Inmediatamente. Con dos cojones. Ellos viven, por supuesto, perfectamente protegidos en la sociedad que ignoran, y en este sentido su actitud es tan coherente como la de una tenia que se dedicara a despotricar contra el intestino grueso.

El resultado, en lo intelectual, es la desoladora penuria intelectual de sus comunicados. Y, en lo material, queda simbolizada por la estructura estable que han dejado en Sol, que no es precisamente el baldaquino de Bernini.

lunes, 6 de junio de 2011

IG FARBEN (9)

En el verano de 1941 los trabajos en Farben-Auschwitz no progresaban a la velocidad esperada, y los directivos comenzaron a temer que las plantas de Buna y carburante sintético no estuvieran a punto para contribuir a la recién comenzada campaña rusa. Entre continuos retrasos y roturas de stock, los encargados de IG comenzaron a culpar al personal de las SS que, en su opinión, no parecían entender “los métodos de trabajo de la libre empresa”*. Uno de los problemas detectados consistía en que los kapos azotaban a los trabajadores forzados del campo a la vista de todo el mundo, lo que resultaba desagradable, tanto para los trabajadores libres (polacos de los pueblos vecinos), como para los técnicos alemanes. De modo que en el informe de Farben-Auschwitz correspondiente a la primera semana de agosto de 1941 consignaron lo siguiente:

Hemos llamado la atención a los oficiales del campo sobre el hecho de que, en las últimas semanas, los prisioneros están siendo duramente, y en forma creciente, azotados por los capos, y esto se aplica a los más débiles, que realmente no pueden trabajar más duro. Las desagradables escenas que tienen lugar en las obras están empezando a tener un efecto desmoralizador, tanto sobre los trabajadores libres como sobre los alemanes. Por lo tanto, les hemos pedido que se abstengan de continuar con los azotes en las obras, y que los pospongan para el campo de concentración.


Los rendimientos de trabajo diferían de los previstos inicialmente. Según un informe enviado por el ingeniero jefe Max Faust, el rendimiento de los trabajadores polacos era equivalente al 50% del de los alemanes, y el de los prisioneros del campo sólo llegaba a un tercio de éste. Otros problemas técnicos incluían cuellos de botella en determinados procesos, escasez de vehículos de motor, y sobrecarga de la estación de ferrocarril.

Mientras tanto, motivada por la saturación de prisioneros en Auschwitz, en octubre concluyó la construcción de un segundo campo de concentración: Birkenau. Por aquél entonces los responsables de IG comenzaban a valorar el trabajo de los métodos de las SS, y en el informe correspondiente a la tercera semana de diciembre comentaron:

El trabajo, en particular el de los polacos y los prisioneros, continúa dejando mucho margen para la mejora. Nuestra experiencia hasta el momento ha demostrado que únicamente la fuerza bruta produce algún resultado con esta gente. (…) Como es sabido, el Comandante (Hoess) siempre dice que, en lo que se refiere al trabajo de los prisioneros, es imposible conseguir que el trabajo se realice sin que medie castigo corporal.

Mientras tanto las SS afrontaban sus propios problemas. Durante la invasión de Polonia, nutriéndose básicamente de personal de la Gestapo y la Kripo, las SS habían organizado los Einsatzgruppen, grupos armados dedicados a asesinar a todos aquellos que por su nivel cultural, social o militar podían llegar a constituir focos de resistencia. Más adelante, en el verano de 1941, nuevos Einsatzgruppen siguieron el avance de la Wehrmacht sobre Rusia. A ellos se unieron batallones de la Ordungspolizei, y entre ambos se dedicaron a la tarea de exterminar a la población judía en los territorios ocupados. A pasar de que los métodos inicialmente empleados eran artesanales, pronto alcanzaron cifras realmente asombrosas. Por ejemplo en septiembre de 1941 la acción coordinada de un Einsatzgruppe, un batallón de la Ordungspolizei, y otros grupos de las SS, consiguió, en el breve plazo de dos días, la aniquilación de 33.000 judíos en el barranco de Babi-Yar, en Ucrania. Pero pronto fue evidente para los nazis que, dada la magnitud del proyecto de exterminio, las técnicas artesanales debían ceder ante los métodos industriales. El primer ensayo en este sentido fue llevado a cabo a partir de diciembre de 1941 en el campo de concentración de Chelmno, a 50 kilómetros de Lodz. Allí los judíos eran recibidos por personal de las SS, que, con el fin de no alarmarlos prematuramente (lo que habría dificultado la operación), se habían disfrazado previamente con batas blancas de médicos, o ropas de hacendados, y que les contaban que iban a ser llevados a trabajar a Alemania. A continuación se les pedía que se desnudasen para proceder a la desinfección de sus ropas, y se les hacía descender por una rampa hasta un reducido espacio cerrado con capacidad para sesenta o setenta personas. El cubículo era, en realidad, la caja de un camión en la que desembocaba su propio tubo de escape. El camión era puesto en marcha, y el monóxido de carbono asfixiaba a los judíos.


En enero de 1942, reunidos en el suburbio berlinés de Wansee, Heydrich y otros jerarcas nazis explicitaron la definitiva destrucción de los judíos en Europa. En marzo, los nuevos campos de exterminio de Belzec y Sobibor comenzaron su actividad. Ese mismo mes comenzaron a funcionar las cámaras de gas del nuevo campo de Birkenau. Si bien los primeros se decidieron por el empleo de monóxido de carbono, en Birkenau se optó por un agente tóxico distinto: el ácido prúsico. Habitualmente empleado como insecticida, el ácido prúsico era comercializado en régimen de monopolio, con el nombre de Zyklon B, por la empresa Deutsche Gesellschaft für Schaedlings-Bekämpfung (Corporación Alemana para el Control de Plagas), cuyo nombre comercial era Degesch. IG Farben poseía un 42,5% del accionariado de Degesch, y Deutsche Gold und Silberscheidenanstalt, de la que IG era propietaria en un tercio, poseía otro 42,5%. IG controlaba de hecho Degesch, y de los 11 miembros del consejo de administración de ésta, 5 pertenecían a aquélla. En principio Degesch había vendido cantidades moderadas de Zyklon B a los campos de concentración para el control de plagas. Pero cuando la Solución Final fue explícitamente formulada sus ventas se incrementaron exponencialmente. Los directivos de Degesch sabían el nuevo uso al que se destinaría el Zyklon B, entre otras cosas porque las SS habían pedido que eliminaran de su fórmula el olor indicador que alertaba de su presencia a las personas. De hecho, habían protestado ante esto, pero sus motivos no eran humanitarios sino comerciales. La patente de Zyklon B había expirado hacía tiempo, y ahora Degesch sólo mantenía la patente sobre el indicador, por lo que su eliminación podía suponer el fin del monopolio.




* Extracto del informe de Farben-Auschwitz correspondiente a la primera semana de agosto de 1941

Imágenes.
1) Trabajadores forzados en Auschwitz.
2) Campo de concentración de Chelmno: camión-cámara de gas.
3) Bidón de Zyklon B de la Degesch.