jueves, 23 de agosto de 2012

jueves, 16 de agosto de 2012

lunes, 13 de agosto de 2012

sábado, 11 de agosto de 2012

ESCENAS DEL POPULISMO RUSO (13): CHAIKOVSKY Y LOS NARODNIKI

Realmente el verdadero fundador del círculo de Chaikovsky no ha sido éste, sino un tal Mark Andreyevich Natanson, que a principios de la década de los 80 ha reunido un grupo de estudiantes en la Escuela de Medicina de la Universidad de San Petersburgo. La ciudad se está convirtiendo en el foco de populismo del momento: una versión dulcificada de las precedentes de Nechayev y Tkachev. Natanson dura tan poco en el grupo que ni siquiera tiene tiempo para darle su nombre. En 1871 es detenido por realizar actividades subversivas, y comienza así una serie de detenciones que acabarán llevándolo a Siberia.


Nikolai Vasilevich Chaikovsky toma el relevo. Está agobiado por profundas dudas existenciales, y busca denodadamente un sentido a su vida. Durante dos años lo busca en el populismo, y llama a su círculo “la Orden” como si de monjes se tratara. Pero finalmente lo encuentra en el deo-humanismo de Alexander Malikov, una religión que a diferencia del populismo se reconoce como tal, y que pretende encontrar a Dios en el interior de cada uno. Mas tarde contará uno de sus compañeros del círculo:

Chaikovsky vio en esta predicación una revelación desde arriba. En un fogonazo solucionó todos los problemas que lo torturaban. Le dio todo lo que estaba buscando, correspondía exactamente a los deseos de su alma, que era honorable, compasiva, y recta. Ya no eran necesarias la conspiración, el secreto, la revolución o la revuelta (...) Él creyó con total fe, y súbitamente se desprendió de sus espaldas el peso de los problemas y las dudas que lo atormentaban. Alcanzó calma y paz de mente, que incluso se reflejó en su estado físico: de ser un estudiante flaco pasó a ser un hombre robusto”.

A partir de ese momento Chaikovsky trata de convertir a sus compañeros a la nueva fe, pero sólo uno, Vasily Alexeyev, ve la luz; el resto continúa apegado a la doctrina populista. En 1874 Chaikovsky, Alexeyev y el propio Malikov emigran a los Estados Unidos y fundan una comuna socialista/deo-humanista en Cedarville, Kansas. Chaikovsky volverá posteriormente a Rusia. En 1917 combatirá a los bolcheviques, y llegará a ser el gobernador delegado de los ejércitos blancos en la provincia de Arcángel. Su discípulo Alexeyev también volverá a Rusia. No habrá encontrado a Dios en su interior, pero al menos habrá hallado el amor en el exterior. Concretamente, en la mujer del maestro Malikov, que se traerá de vuelta con él.


Los Chaikovskistas son extremadamente jóvenes. Uno de sus miembros más viejos (30 años) es Piotr Kropotkin. Perteneciente a la nobleza más antigua de Rusia, y descendiente de la casa de Rurik, ha servido en el exclusivo cuerpo de pajes de Nicolás I. Ha sufrido con su hermano las inquietudes políticas y sociales de la época, y ha quedado destrozado cuando éste, tras ser deportado a Siberia, se ha suicidado. Tras abandonar su brillante carrera militar, entre 1862 y 1867 ha viajado por Siberia en expediciones científicas y geográficas. Después se ha sentido atraído por las prédicas de Bakunin, y ha recalado finalmente en el grupo.


Los Chaikovskistas son los primeros populistas en extender su radio de acción a los obreros. En principio se centran exclusivamente en los de la industria textil, a los que consideran más auténticos y cercanos a los campesinos, y desdeñan a los de la metalurgia, de los que piensan que están irremediablemente corrompidos por la civilización urbana. Así que también en la lucha de clases hay clases. Estos encuentros con obreros ocasionan una serie de arrestos, y para el invierno de 1873 el círculo de Chaikovsky está desbandado. De él surgirán muchos de los que posteriormente formaran los grupos Zemlya i Volya (el segundo con este nombre) y Narodnaya Volya, como Sofía Perovskaya.


Pero los Chaikovskyistas no son los organizadores del movimiento “al encuentro del pueblo” que se extenderá de 1873 a 1874. Los narodniki, que es como serán conocidos estos peregrinos, brotan espontáneamente por centenares en las universidades, fruto de décadas de siembra de distintas semillas de populismo. Por primera vez la cosecha populista es masiva, y el fruto es una ideología difusa dominada por una única y sencilla idea: tenemos una deuda con el pueblo. Esta idea provoca un intenso sentimiento de culpa a los narodniki, por lo que puede decirse que éstos, más que marchar al encuentro del pueblo, van en busca de la salvación de su alma. También es posible afirmar esto: el movimiento “al encuentro del pueblo” es una gigantesca superproducción en la que el pueblo no es realmente el protagonista, sino el gigantesco decorado para que 10.000 protagonistas consigan que los relatos de sus vidas tengan sentido y sean emocionantes.

El encuentro de los narodniki con el objeto de sus afanes es decepcionante. El pueblo, entendido como depositario del alma rusa, no aparece por ningún lado. En su lugar encuentran campesinos que no consiguen contagiarse del entusiasmo de los narodniki por su propia salvación, y que parecen escasamente interesados en el socialismo. Miran con desconfianza a los estudiantes, y con frecuencia los denuncian a las autoridades. Su nivel cultural es decepcionante, y su propensión a la bebida alarmante, incluso para los criterios de los propios estudiantes. El movimiento “al encuentro del pueblo” se desvanecerá en cuanto se enfríe el entusiasmo inicial, pero mientras tanto los más contumaces narodniki se ven obligados a simplificar el discurso para adaptarlo a las circunstancias. Un ejemplo de esta predicación narodniki es éste:

Al principio Dios creó iguales a todos los hombres y les regaló las tierras, pero luego vinieron los nobles y se apropiaron de las mejores. Y mira por donde, hermano, ahora los campesinos tienen que pagar fuertes contribuciones para que no engorden demasiado. Pero los campesinos olvidan que son cien veces más fuertes que sus opresores. Ahora deben tomar venganza y fundar un imperio campesino en el que sólo reine la fraternidad

Y otro éste:

Esta medida de aguardiente la pagas tú ahora a cinco kopeks; pero cuatro de esos cinco kopeks van a parar al bolsillo de aristócratas y usureros; y si se matase a todos los aristócratas y usureros todos podríamos, ¡y tú también, hermano!, beber cinco medidas de aguardiente por cinco kopeks”.

Puesta en funcionamiento la policía zarista se producen detenciones a gran escala, y el movimiento es definitivamente desarbolado. En 1877 tendrá lugar en San Petersburgo el juicio multitudinario contra los narodniki, con resultados inesperados para las autoridades.

Imágenes: 1) Chaikovsky, muchos años después de su aventura populista. 2) Retrato de la madre de Kropotkin. 3) Kropotkin. 4) Sofía Perovskaya.

domingo, 5 de agosto de 2012

ESCENAS DEL POPULISMO RUSO (12): TKACHEV O LA PESADILLA IGUALITARIA

Cuanto más abstracto es un ideal, más lógico es; porque al edificar un sistema así el hombre está guiado únicamente por las leyes de la pura lógica. No puede contener nada ilógico, ninguna contradicción. Todo se deduce de una idea, todo es armonioso y equilibrado”. Petr Tkachev

La política debería ser realista; la política debería ser idealista. Estos dos principios son verdaderos cuando se complementan, y falsos por separado”. Johann K. Bluntschli


Tras la desaparición de Nechayev de la escena parece que el fanatismo y la tendencia al crimen en los movimientos populistas se moderan un poco. En este ambiente surgirán el círculo de Chaikovski y el movimiento “Al encuentro del pueblo" (1). Durará poco porque el pueblo, una vez encontrado, defraudará por completo sus expectativas revolucionarias, y los populistas volverán a encaminarse decididamente al crimen, tanto en la teoría como en la práctica. En este sentido Petr Tkachev va desfasado con respecto a la corriente dominante, pues en todo momento es tan partidario del terrorismo como el propio Nechayev.


Desde 1861, año en que ha ingresado en la universidad de San Petersburgo, Tkachev parece haber estado metido en todos los tumultos universitarios, y ha pasado brevemente por la cárcel varias veces. En 1868 escribe junto a Nechayev un “Programa de acción revolucionaria”. Un año más tarde vuelve a ser detenido y condenado a deportación en Siberia, pero la sentencia se conmuta por alejamiento a su distrito natal de Velikiye Luki. Desde allí organiza su fuga, y en 1874 llega a Ginebra.

A finales de 1875 Tkachev, con un grupo de exiliados rusos y polacos, lanza en Ginebra la revista Nabat (“La campana de alarma”). A diferencia de Bakunin y Nechayev, que se han limitado a exponer el programa revolucionario de destrucción de la sociedad, dejando para los que vengan detrás la tarea de reconstruirla, Tkachev defiende que la revolución debe planificarse en sus dos fases, la destructiva y la constructiva (léase, el ejercicio del poder por los revolucionarios). El resultado es aún más inquietante.

En el número séptimo de Nabat Tkachev expone una serie de directrices que deberán orientar a los revolucionarios cuando hayan alcanzado el poder. Además de las inevitables menciones a la obshchina, y a la abolición de la propiedad privada, resulta interesante el objetivo detallado en la cuarta directriz:

4) La gradual abolición de las diferencias físicas, intelectuales, y morales entre los hombres por medio de un sistema de educación social forzosa, igual para todos e inspirado por el espíritu de amor, igualdad y fraternidad”.

Porque la piedra angular de la ideología de Tkachev es el igualitarismo. Y con igualitarismo, aclara Tkachev, se refiere “a una igualdad que no debe de ningún modo ser confundida con igualdad política, legal, o económica, sino una igualdad orgánica y fisiológica producida por la misma educación y condiciones de vida comunes”. Para Tkachev este es un asunto de la máxima importancia, y lo repetirá en muchas ocasiones. Así por ejemplo, al intentar definir el valor de la unidad de trabajo cuando se evalúa el de personas distintas, afirma:

Lo cierto es que este problema se resolverá de la manera más sencilla conforme las diferencias entre individuos disminuyan y su igualdad desde el punto de vista físico y psicológico sea absoluta. El problema se resolverá cuando todo el mundo sea incondicionalmente igual, cuando no haya diferencias entre cualquiera, ni desde el punto de vista intelectual, ni moral, ni físico”.

Y aparentemente no le perturba la visión de pesadilla de una sociedad de himenópteros*.

Como todos los populistas, Tkachev cree que el único método posible para mejorar las cosas es la revolución violenta. Piensa que, con respecto a lo antiguo y lo nuevo, “no se debe ocultar que existe un abismo entre ellos”. Para Tkachev una transición pacífica entre un orden social y el siguiente no es más que una de esas quimeras que la humanidad inventa para su propia tranquilidad. Además, a diferencia de los Chaikovskistas y los integrantes de “al encuentro del pueblo”, está convencido de que la revolución es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de sus destinatarios. Él no cree que se deba adoctrinar al pueblo, ya que si se pierde en tiempo en docencias “una sangrienta y violenta revolución se convertiría en algo impensable”.

¿Y quién será aquel sobre el que recaerá el peso de la revolución? Tkachev presenta una versión mejorada del “hombre extraordinario” de Chernishevsky, el fanático puro:

Su seña de identidad consiste en que toda su actividad, todo su modo de vida, está dominado por una ambición, una idea apasionada: hacer felices a la mayoría de los hombres e invitar al mayor número posible al banquete de la vida. La realización de esta idea se convierte en el único propósito de su actividad, porque esta idea está por completo fundida es su concepto de felicidad personal. Todo está subordinado a esta idea, y todo sacrificado a ella (si es que puede hablarse de sacrificio)”.

Como siempre en estos casos, la definición de la felicidad de la mayoría queda a cargo del propio Tkachev. En todo caso, los fanáticos constituirán la élite revolucionaria que desarrollará la revolución en sus dos fases. Pero esta élite, una vez en el poder, ¿no acabará representando la sustitución de una aristocracia por otra? De ningún modo, afirma Tkachev. El poder no corromperá ni cambiará a estos revolucionarios puros de corazón y diáfanos de cerebro:

¿De qué os asustáis? Qué derecho tenéis a pensar que esta minoría (...) totalmente devota a los intereses del pueblo, al alcanzar el poder, pueda súbitamente convertirse en un grupo de tiranos. Decís: el poder corrompe. Pero ¿en qué basáis esa extraña idea? ¿En los ejemplos de la historia? Leed biografías y os convenceréis de lo contrario”.

Y a continuación pone un ejemplo inapelable para afianzar su tesis: Robespierre. Porque hay que decir que Tkachev, en lo esencial, se equivoca espectacularmente casi siempre, pero lo hace argumentando con gran tenacidad. La afinidad de Tkachev con Robespierre es recurrente. En una ocasión ha afirmado que la revolución en Rusia no será posible si previamente no se ha decapitado a todo varón mayor de 25 años.


En realidad Tkachev se considera a sí mismo un utópico, pero, tal y como refleja la cita que abre esta entrada, su alejamiento de la realidad no lo perturba, sino que lo considera una virtud. Para Tkachev las utopías son las más extremadamente lógicas expresiones de un principio. Esto encaja con su aversión a los que prefieren la reforma gradual a la revolución, y pone un ejemplo significativo en las revueltas campesinas del s XVI. Para él los milenaristas Juan de Leyden y Thomas Müntzer fueron más realistas que aquellos que se limitaron a exigir mejoras concretas de las condiciones de vida de los campesinos, pues a la larga éstos sólo contribuyeron a perpetuar un orden social injusto. En estas entradas he comentado las semejanzas entre los populistas rusos y los milenaristas. En el caso de Tkachev, la asociación es directa e invocada por él mismo.

Desgraciadamente Tkachev no podrá llevar a cabo sus sugestivos proyectos, porque en 1882 enferma y su estado mental decae rápidamente. Los últimos días los pasará en un “asilo de lunáticos”.


P.d. Hay algún autor que posteriormente llamará a Tkachev “el primer bolchevique”, y lo considerará el precursor de Lenin. Lo cierto es que los bolcheviques acabarán demostrando que es posible implantar el ideal igualitario en una sociedad, siempre que se haga al nivel más bajo de ésta y excluyendo a los miembros del Partido.

(1) Esta es la traducción más aproximada en su significado a “to go to the people”. La traducción literal, “marchar al pueblo”, parece evocar más bien unas vacaciones rústicas.

* Con su permiso, Belosticalle.