martes, 29 de marzo de 2016

COLA DE RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (5)


«En el Capitolio, donde vivimos una honrada vida bajo el reino de la justicia.

Nicolás, el severo y clemente, por la gracia de nuestro misericordioso señor Jesucristo Tribuno de libertad, de paz y de justicia, e ilustre salvador de la sagrada república romana, envía saludos y deseos de abundante felicidad y honores para el señor Francesco Petrarca, el de la más ilustre fama, el más digno poeta laureado, y su bienamado conciudadano».

La respuesta de Cola di Rienzo a la fervorosa carta de Petrarca es escueta y más bien fría, y en ella el Tribuno se sitúa en un escalón bastante más alto que el poeta. El tono es de benévola condescendencia, el que corresponde a la magnanimidad del que ha recibido el merecido homenaje de un inferior. Petrarca percibe la falta de entusiasmo, pero se convence de que es debida a la carga de trabajo del héroe. Procede a su vez a responder:

«Has ascendido a un alto pináculo en el que estás expuesto a la mirada, a la crítica, y al juicio no solo de los italianos sino de toda la humanidad, y no sólo de los que viven sino de todas las generaciones que aún no han nacido».

A continuación, entre las loas de rigor, el poeta desliza su mayor inquietud: sin duda debido a que hay algunos malmetiendo, el afecto del Papa hacia el Tribuno está menguando rápidamente.

«Ni siquiera los oráculos del délfico Apolo habían sido retorcidos de tal manera y alterados hasta conseguir significados tan diferentes. Alabo por tanto la precaución que has mostrado hasta ahora. Hasta ahora has tenido mucho cuidado en moderar tu tono y lo has conseguido más allá de cualquier reproche (…) Tus palabras revelan la grandeza de tu alma y la majestad del pueblo romano, pero nunca olvidan ni oscurecen la reverencia y el respeto debido al pontífice romano».


En un principio Clemente VI no ha visto con malos ojos el golpe de mano de Cola di Rienzo, que ha servido para meter en vereda a los turbulentos barones de Roma. Pero, aunque el Tribuno no deja de mandar melifluas cartas reiterando su fidelidad al pontífice («Todo lo que haga en el futuro estará guiado por mi devoción y respeto por Su Santidad, no me apartaré de estos sentimientos mientras dure mi vida», «No ha habido un solo día en el que haya emprendido algo contra la Santa Iglesia (…) o su Santidad, ni en hechos ni en pensamientos»), Raimundo de Orvieto se encarga de contar a Clemente por dónde van realmente las cosas. Así, un Clemente sucesivamente preocupado, sorprendido, boquiabierto y encolerizado va conociendo el bautismo de Cola di Rienzo en la pila de Constantino, su proclamación como caballero, un edicto decretando la existencia de la nación italiana, otro en el que se declaran nulos todos los privilegios concedidos por el pueblo romano al papado, un memorable festival por la unidad de Italia, y una sucesión de cartas que el Tribuno está enviando a los gobernantes de Europa y más allá: a Carlos de Bohemia, a Luis de Hungría, a los reyes de Inglaterra y Francia, al emperador de Bizancio e incluso al sultán de Egipto. De hecho, tal vez para dotarse de una dignidad equivalente a la de sus nuevos interlocutores, Cola di Rienzo ha programado su propia coronación para el 15 de agosto, día de la Asunción.

También los cardenales Orsini y Colonna van recibiendo noticias en Aviñón a través de sus propios canales, lo que va colocando a Petrarca, objeto de generoso mecenazgo por parte del segundo, en una situación insostenible. Pero a pesar de las crecientes presiones y dificultades, el poeta continuará defendiendo a quien cree su amigo y verdadero salvador de Roma.

«Siempre que la Fortuna me coloca entre aquellos que discuten tus asuntos con obstinada insolencia, tomo partido en tu defensa. Esto es un hecho bien conocido (…) Me ha traído sin cuidado el pasado o el futuro; tampoco me ha preocupado a quien podría irritar u ofender con mis palabras. Debido a mi discurso sin restricciones me he alejado de aquellos cuyo favor había logrado tras una larga intimidad».


El discurso de Petrarca ha cambiado: por momentos abandona la solemnidad acostumbrada y se hace más humano:

«No me esfuerzo tanto en escribir con un estilo brillante como en, despreocupándome del estilo, verter en tus oídos las preocupaciones de mi alma (…) Recibe por tanto mis cartas esperando encontrar la conversación de un amigo antes que la elegante exposición de tus actos».

Y es que caído en desgracia Petrarca continúa defendiendo a Cola di Rienzo. Y lo hace entre visibles sudores, angustias y agobios, lejos de la impávida solemnidad de los héroes de sus obras. De este modo, aunque no lo sepa, adquiere para el espectador no sólo grandeza, sino también simpatía. Harto de las presiones y desplantes el poeta acaba abandonando Aviñón y se traslada a las fuentes de Vaucluse, un recóndito valle a menos de treinta kilómetros del sobrevenido agobio de la urbe.

«He estado navegando las tormentosas aguas de esta curia que se dice romana en una travesía larga y difícil. Me he hecho bastante viejo en estas lides, pero todavía soy un torpe e inexperto marinero. En consecuencia acabo de huir de las turbulentas aguas de Aviñón y he buscado el puerto que, como siempre, me ofrece la tranquilidad de la soledad, ese Valle Cerrado que recibe su nombre de su propia naturaleza (…) Ambos lugares no tienen nada en común excepto el cielo: las gentes son de diferente naturaleza, las aguas poseen una cualidad diferente, la tierra produce una diferente vegetación».

Petrarca disfruta de la belleza del paisaje, y puede volver a centrarse en las cosas que más le gustan. La nueva composición que debe contar la situación de Roma ¿debe ser una égloga, una pastoral, o una escena silvestre? Le traslada estas dudas a Cola di Rienzo, a quien le traen sin cuidado. Será finalmente una égloga, que también manda al Tribuno:

«No te obligaré a ti, que tienes todos los nervios en tensión para resolver las más serias cuestiones de estado, a desperdiciar la menor energía en las palabras de siquiera uno de estos pastores ficticios».

Los pastores son el belicoso Marcio y el más hedonista Apicio, y la complicada fábula que protagonizan está abierta a interpretaciones diversas [9]. No nos entretendremos en ellas.


El lugar escogido por Cola di Rienzo para su coronación es la basílica de Santa María la Mayor, en la que desde el día precedente los fieles, convenientemente estimulados con dinero, cantan ¡Ecce Salvator! ¡Veniat Imperator! [10]. ¿Imperator? Aparentemente la creciente ambición de Cola se desarrolla en paralelo a la mengua de su sentido del ridículo. Pero el pueblo de Roma está encantado con los jolgorios y celebraciones que jalonan el vertiginoso cursus honorum del Tribuno. A través de una impresionante –y costosa- ceremonia Cola di Rienzo es investido sucesivamente con cinco coronas: la primera de hojas de roble por el prior de Letrán; la segunda, de hiedra, por el de San Pedro; la tercera, de mirto, por el de San Pablo Extramuros; la cuarta, de laurel, por el de San Lorenzo; la última, de olivo, por el de Santa María la Mayor. Es imposible no maravillarse ante el poder de convocatoria de Cola de Rienzo sobre el clero. Falta en todo caso la corona más importante: una de plata que le impone el síndico municipal Goffredo degli Scotti a la vez que le entrega un orbe de plata con una cruz: «Tribuno Augusto toma este orbe, administra justicia y devuélvenos paz y libertad». Sí, Augusto también.

En septiembre un nuevo mensajero de Cola di Rienzo es enviado a Aviñón. Lleva una carta a Clemente VI con las ya habituales protestas de lealtad hacia el pontífice, pero éstas no llegan a su destino: el enviado es emboscado desnudado, apaleado y enviado de vuelta a Roma. Al enterarse, un furioso Petrarca escribe a Cola de Rienzo una carta rebosante de odio contra Aviñon:

«Como sabes, en el poder de muchos no reside tanto en su propia fuerza como en la debilidad e otros. Ese poder, por tanto, desaparecerá cuando el oponente recobre su vigor. Sólo entonces, Aviñón, sabrás cuál es tu verdadero lugar cuando te des cuenta de cuan poderosa es Roma todavía. Roma, cuyos enviados pisoteas ahora en el polvo creyendo que no hay nadie para vengar la afrenta. Te engañas; te comportas como una idiota; actúas como una loca. Dios será el vengador en el cielo; y en la tierra uno de nuestros conciudadanos que realmente adora el dios que tu desconoces vengará del mismo modo los hechos».

Y exhorta a Cola de Rienzo «¡Vamos, sin más retraso! Aplasta, pisotea, muele bajo tus pies este sapo que hinchándose ridículamente simula el volumen de un buey».


Considera Petrarca, con razón, que la decadencia de Roma es el reverso del esplendor de Aviñón, y eso le lleva a personalizar la ciudad y enfocar en ella su rabia. Pero no todo en la carta es prosopopeya: también los prebostes –sin determinar- de la ciudad son objeto de sus diatribas.

«Ser capaz de inferir daño en otros no es verdadera grandeza, ni tampoco un símbolo de poder. El más pequeño y malvado de los insectos también lo puede hacer (…) ¿Qué grandeza hay en ello? Realmente ¿qué es sino un poder cuyo valor debe ser reconocido como menor que cero? (…) Este es el tipo de grandeza que estos hombres honorables han conseguido ejerciendo sus artes. Es la grandeza que un escorpión o una araña podrían haber alcanzado».

En octubre Cola di Rienzo organiza un banquete al que invita a los principales nobles de la ciudad. Lo que ocurre a continuación no está claro. En un momento dado unos Colonna se enzarzan con otros comensales y emiten opiniones poco favorables hacia el advenedizo hijo del posadero: según algunos Cola di Rienzo ha aleccionado a unos asistentes para que los provoquen. El tono se eleva rápidamente y súbitamente, como en una maniobra ensayada, soldados de la milicia romana entran en la sala y arrestan a todos los nobles asistentes. La secuencia se desencadena. Tras acusarlos de traición, Cola di Rienzo los hace condenar sumariamente a muerte, programa su ejecución para el día siguiente, y les envía sacerdotes para que procedan a su alivio espiritual, ya que con lo material poco queda por hacer. Durante la noche un patíbulo es levantado apresuradamente en el Capitolio, al que son conducidos al amanecer los aterrorizados barones. ¿Se trata de un ataque de ira del Amator Orbis, de una purga deliberada, de una nueva representación? De nuevo es difícil saberlo, pero el caso es que una vez allí Cola di Rienzo procede a concederles un magnánimo perdón y a devolverles sus títulos y honores. Es una situación grotesca que los barones, en cuanto recobran el resuello, aprovechan prudentemente para largarse a sus feudos fuera de Roma. Desde Palestrina los Colonna, desde Marino algunos de los Orsini –pues otros continúan comandando el ejército de Cola di Rienzo-, comienzan a prepararse abiertamente para reunir tropas y recuperar por la fuerza el control de la ciudad.

NOTAS:
[9] Para algunos Marcio representa a los Colonna y Apicio a los Orsini, pero entonces el argumento se vuelve aún más incomprensible.
[10] He aquí el Salvador, Viene el Emperador.

Imágenes: 1) Casa de Cola de Rienzo, por Ettore Roesler Franz - Scanning of reproduction, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1038364. 2) Escudo de armas de Clemente VI; 3) El poeta Petrarca; 4) El emperador Rienzo; 5) El palacio papal en Aviñón.

viernes, 25 de marzo de 2016

LA PONENCIA


Publicado en El Mundo/El día de Baleares. 25/03/2016

lunes, 14 de marzo de 2016

COLA DI RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (4)

Pentecostés de 1347. Los romanos que pasan por delante de la iglesia de Sant'Angelo in Pescheria se ven sobresaltados al brotar de ella, entre fanfarrias y estandartes, un grupo de hombres armados. Su líder, precedido por varios heraldos, lleva reluciente armadura y la cabeza descubierta. Hace unas semanas ha aparecido en las paredes del templo una pintura que anunciaba algo parecido: un ángel saliendo de la iglesia, portando una espada desnuda y decidido a salvar a la siempre atribulada Roma. El ángel resulta ser Cola di Rienzo. Ha pasado toda la noche arrodillado, y ahora el notario, que nunca antes ha manejado un arma, emerge empuñando una espada. La acción es el resultado de semanas de incansables reuniones secretas con comerciantes y miembros de la pequeña nobleza romana, todos ellos hartos de la decadencia de Roma, la inseguridad de sus calles y la rapacidad de los gobernantes.


Los conspiradores saben que la milicia senatorial ha sido enviada fuera de la urbe para escoltar un cargamento de grano, y ahora se dirigen con paso decidido hacia el Capitolio. Junto a Cola di Rienzo se encuentra el obispo Raimundo de Orvieto, cardenal vicario que imprudentemente se ha dejado enredar. Curiosos y zascandiles diversos se van sumando a la procesión según se acerca a las escaleras del Capitolio, congregando una aceptable multitud ante la cual los escasos soldados que permanecen frente al palacio senatorial se esfuman prudentemente. Cola di Rienzo asciende solemnemente y propina un sermón a los asistentes. Esta vez no sólo lanza sus habituales diatribas contra los Colonna y sus secuaces; no sólo emite los consabidos lamentos por la suerte de Roma. Ahora lleva también un conjunto de leyes que ha estado redactando a lo largo de las últimas semanas. Los textos son leídos ante la gente, y si bien su contenido no es cabalmente entendido por todos, abunda en palabras altisonantes. En resumen todo el poder os pertenece a vosotros, los romanos, ¿estáis de acuerdo? Sí, sí, ruge la multitud. Ahora sólo falta decidir a quién encomendar la tarea de ejercer ese poder, siempre en nombre y por el bien del pueblo, claro. La claque repartida estratégicamente entre la muchedumbre empieza a gritar el nombre de Cola di Rienzo. El mimetismo, incentivado por la presencia de hombres armados, hace que toda la muchedumbre acabe repitiendo el nombre. En cuestión de momentos, sin saber muy bien cómo ha ocurrido, los romanos tienen una nueva constitución y un nuevo gobernante. Inmediatamente Cola di Rienzo proclama modestamente que él no quiere ser el único gobernante de Roma. Su amor por Roma, proclama, es sólo comparable a su lealtad hacia el Papa, así que propone que el obispo de Orvieto, traído a tal fin, sea su colega en el mando.


El propio obispo Raimundo se encarga de transmitir, envuelta en protestas de fidelidad, la noticia de los cambios a Clemente VI. El caso es que el Papa guarda buen recuerdo de Cola di Rienzo y, tras refunfuñar ante sus allegados, y expresar una protesta sobre las formas empleadas, acaba nombrando a él y a Raimundo Rectores de Roma. Un nuevo éxito del turbulento notario. Pero cuando, transcurridas unas semanas, el enviado papal llega a Roma con los nombramientos, e incluso regalos para los nuevos gobernantes, las cosas han cambiado notablemente. Uno de los Rectores, el obispo de Orvieto, ha sido ya apartado del mando. Y Cola di Rienzo, que ha optado por un título más adecuado a su dignidad, comienza a firmar cartas, órdenes y edictos como “Nicolaus, por la gracia de nuestro señor Jesucristo el severo y misericordioso, Tribuno de la libertad, la paz y la justicia, libertador de la sagrada república romana”. La cosa ha ocurrido así.


Tras realizar una segunda aparición en el Capitolio el Tribuno, dada la situación de necesidad, y siempre pensando en el pueblo de Roma, ha reclamado para sí poderes ilimitados que una vez más ha obtenido por aclamación. A continuación ha emprendido una ofensiva en tres círculos concéntricos, el primero de los cuales es el control efectivo de Roma. Para empezar, necesita dinero para armar su milicia, contentar a los conspiradores, entretener a la plebe, y satisfacer su propia vanidad. Los primeros blancos de sus exacciones son, como era previsible, los senadores y las grandes familias de Roma. Es hora de que empecéis a devolver todo lo que habéis robado, anuncia. Además les obliga a demoler, a su costa, todas las fortificaciones que mantienen dentro de las murallas y en especial las situadas en los puentes sobre el Tiber, vitales para el control de la ciudad. Stefano Colonna, a pesar de sus ochenta años, ruge de furia y desafía al Tribuno. Inmediatamente es organizada una muchedumbre espontánea que se lanza contra su palacio haciéndole huir a sus posesiones de Palestrina. Los demás nobles podrían aún hacer frente al Tribuno, pero han vivido en crónica discordia y ahora no saben muy bien qué hacer: al final, demuestran ser poco más que bandas de matones. Pronto los Orsini, Anibaldi, Savelli, y finalmente el propio hijo de Stefano Colonna, se ven obligados a jurar lealtad a Cola di Rienzo. Los que aún dudan van a parar a los calabozos por los más diversos motivos, y únicamente Giovanni de Vico, señor de Viterbo, y Niccoló Gaetano, conde de Fondi, presentan una resistencia eficaz.


En un movimiento inesperado Cola di Rienzo nombra comandantes de la milicia a dos miembros del clan Orsini, que ha sabido detectar con especial rapidez por dónde sopla ahora el viento. Vico es prontamente derrotado y llevado a Roma, y un nuevo festejo es programado para celebrar la victoria. Precedido por un estandarte que enfatiza su dignidad, Cola di Rienzo, vestido de blanco con cintas y lazos dorados, cabalga un caballo también blanco. Tras él marchan los miembros de la milicia con armaduras bruñidas y un centenar de músicos que se encargan de poner la banda sonora a la escena; y para asegurarse de que la representación satisface por completo al público, desde la comitiva se le arrojan monedas. El festejo es el primero de otros muchos, pues Roma ha quedado convertida en un gran escenario a mayor gloria de Cola di Rienzo.

Las noticias de las andanzas de Cola di Rienzo, que llegan a Aviñón con el retraso habitual, llenan de entusiasmo a Petrarca, que inmediatamente procede a redactar una extensísima carta en la que celebra la libertad recobrada por los romanos:

«No habrá ni uno que no prefiera vivir libre antes que vivir como esclavo, siempre que una gota de sangre romana aún fluya por sus venas».

«Oh, los más ilustres ciudadanos, habéis vivido como esclavos, vosotros a quien todas las naciones antaño sirvieron. A pesar de que los reyes se arrodillaron a vuestros pies, habéis yacido pasivamente bajo la tiranía de unos pocos. Pero lo que hace rebosar la taza del dolor y la vergüenza es pensar que habéis tenido como tiranos a extranjeros y a señores de linaje extranjero (…) El valle de Spoleto reclama a éste. El Rin o el Ródano, o algún oscuro rincón de mundo nos ha mandado al otro. Aquél que hasta hace poco era conducido en triunfo con las manos atadas a la espalda, de cautivo se ha convertido en ciudadano; no, no sólo un ciudadano sino un tirano».

Porque más que de libertad la carta rebosa otra emoción humana más potente: el impulso de pertenencia, el cierre de filas en un grupo y el señalamiento como enemigo del que queda fuera. Petrarca, Cola di Rienzo y los destinatarios de sus mensajes comparten tácitamente una convicción. Los romanos constituyen un pueblo superior, un pueblo elegido que legítimamente gobernó el mundo y que debe recobrar su posición. Esta visión grandiosa choca frontalmente con la evidente decadencia de Roma, despojada de la sede papal y de toda influencia, y del choque brotan simultáneamente la frustración y la ira. La ira necesita conjurar un enemigo, al que se le atribuirá toda la discordancia entre la visión idealizada y la real: una vez eliminado el enemigo, ambas volverán a coincidir. Por eso, para hacer más visible la pureza de los romanos, Petrarca define a los Colonna y Orsini, las familias más influyentes de Roma desde hace siglos, como extranjeros. Con esto hace referencia a los ancestros germánicos de ambas [8] Roma está en decadencia porque extraños al pueblo, impuros, se han adueñado de sus riendas. ¿Cómo podría ser de otro modo?

«Si al menos hubierais tenido este consuelo en vuestra miseria, que erais esclavos de un solo hombre, fuera conciudadano o rey, y no hubierais estado sojuzgados por muchos ladrones extranjeros a la vez».


Definido el enemigo exterior falta por delimitar el interior, los colaboracionistas: todos aquellos que no compartan su entusiasmo por la aventura de Cola di Rienzo. Para estos el poeta tampoco reserva mucha piedad:

«El pueblo de Roma tendrá gran poder siempre que se mantenga unido. Ciertamente ha tenido lugar un comienzo; el deseo ahora existe. Todo aquel que lo sienta de otro modo no debería ser incluido entre los ciudadanos sino entre los enemigos. El estado debe ser aliviado de estos como el cuerpo debe ser liberado de una excrecencia venenosa. Así el estado, aunque menor en número, será más fuerte y saludable (…) Con gente así, o mejor –por expresar realmente lo que siento- con semejantes bestias salvajes toda severidad es benévola, toda piedad es inhumana».

A continuación Petrarca exalta las virtudes de Cola di Rienzo:

«Hay ahora tres de nombre Bruto celebrados en nuestra historia. El primero exilió al orgulloso Tarquino; el segundo mató a Julio César; el tercero ha traído exilio y muerte a los tiranos de nuestra época (…) Éste es sin embargo más parecido al primer Bruto al disimular su naturaleza y ocultar su propósito (…) Si asumió una apariencia falsa como el otro Bruto fue para así, esperando el momento propicio bajo su falsa máscara, poder finalmente revelarse a sí mismo en su verdadero carácter, el liberador del pueblo de Roma».

Aquí Petrarca demuestra que sabe que Cola di Rienzo hace no mucho aceptaba la invitación a la mesa de los nobles a los que ahora persigue con tanta saña, y que entonces lo consideraban un bufón. Un pensamiento perturbador para el que ahora Petrarca, encuentra una explicación; Cola di Rienzo, como el primer Bruto, estaba astutamente disimulando. Es dudoso sin embargo que Cola di Rienzo no haya sentido cierta inquietud al leer el siguiente párrafo:

«Habrá muchos que crean que han conseguido un gran y noble fin si son saludados en las calles (…) Habrá muchos parásitos asquerosos y muertos de hambre que se sienten a la malvada mesa de sus tiranos y engullan ávidamente todo lo que escape de los esófagos de sus señores».


Ajeno a esto Petrarca concluye:

«Tú, hombre extraordinario, te has abierto camino hacia la inmortalidad. Debes perseverar si deseas alcanzar tu objetivo (…) Pero vosotros ciudadanos, ahora que por primera vez realmente merecéis el nombre de ciudadanos, estad plenamente convencidos de que este hombre os ha sido enviado del cielo. Celebradlo como uno de los raros regalos de dios. Arriesgad vuestras vidas en su defensa, porque él también podría haber escogido vivir su vida en esclavitud con el resto».

Controlada y pacificada Roma el Tribuno puede concentrarse en un segundo nivel de influencia. A tal fin envía mensajeros a las principales ciudades y reinos de la península: a los Visconti en Milán, a los Scala en Verona, a los Este en Ferrara, y a los Gonzaga en Mantua; a Venecia, a Florencia, a las ciudades de Umbria. A todos les pide colaboración y les presenta un proyecto ambicioso: “Italia Una”. Juntos seremos más fuertes; es el momento de restaurar la gloria de la antigua Roma. El programa produce curiosidad en algunas ciudades y aprensión en otras. En especial en Florencia y Todi, poco contentas con la perspectiva de una Roma súbitamente ávida de poder.

En la tarde del 31 de julio una nueva comitiva compuesta por banda de música, doscientos caballeros, quinientas damas, lictores, portaestandartes, portadores de la espada de la justicia y Cola di Rienzo, se dirige a Letrán. En el baptisterio, el mismo en el que según la leyenda fue bautizado el emperador Constantino, se ha preparado un lecho para el Tribuno, que a la mañana siguiente emerge convertido en Caballero del Espíritu Santo. Un miembro de los Orsini y un caballero de Perugia han sido designados para ceñir espuelas de oro al antiguo notario. A continuación el antiguo notario toma una espada y la extiende enérgicamente  tres veces frente a sí mientras proclama questo è mio, questo è mio, questo è mio. Y a sus anteriores títulos añade Celator Italiae y Amator Orbis: Vigía de Italia y Amante del Mundo. 


Notas
[8] Suele decirse en tiempos de Cola di Rienzo que los Colonna provienen de los bancos del Rin. En realidad su genealogía puede trazarse hasta Alberic, conde de Tusculum. El primer Colonna que empieza a hacerse notar en los asuntos de Roma es un tal Petrus de Columpna, que allá por el año 1100 se opone ferozmente al papa Pascual II. A partir de ahí los Colonna se hacen señores de Palestrina y comienzan a ejercer una enorme influencia en los asuntos romanos. Desde el comienzo son gibelinos, partidarios del Sacro Imperio Romano germánico en sus disputas con el Papa. Los antepasados de los Orsini son más difíciles de trazar. Unos los hacen remontar al valle de Spoleto, en Umbria, y otros de nuevo al Rín. Los Orsini son güelfos, partidarios del papa en sus contiendas con el emperador, y eso explica la constante rivalidad entre ambas familias.