jueves, 22 de marzo de 2012

EL PERDEDOR RADICAL


El presidente José Luís nos advirtió de que el origen del terrorismo estaba en el "mar de injusticia universal" en que flota nuestro mundo globalizado. Con esto conseguía trasladar parte de la culpa a las víctimas, algo muy apreciado por el pensamiento equidistante, y de paso también al traidor occidente, culpable de haberse dejado ganar por el capitalismo y la democracia. Enzensberger enfoca el asunto de manera muy distinta: la violencia se desencadena por la frustración personal. Esa es la motivación que induce a un ciudadano a subirse a un campanario y liarse a tiros con los viandantes hasta que él mismo es abatido. También, la que mueve a los terroristas. Estos son los "perdedores radicales". Analizar el asunto de otro modo es mirar el dedo en vez de la luna.

El perdedor radical suele ser, me temo, hombre. Posee un exagerado concepto de su propia importancia, y un perfecto desinterés hacia la de los demás. Por eso, aunque frecuentemente se envuelva en sonoras palabras como ‘justicia’ o ‘solidaridad’, es impecablemente egoísta. Su frustración y su rabia (van en el mismo lote) no surgen exactamente de sus condiciones de vida, sino de su comparación con los demás. El perdedor radical se siente humillado por el triunfo ajeno, ya que evidencia su propio fracaso. En este sentido, podemos corregir ya a José Luís: el terrorista no es fruto de la injusticia, sino de la ausencia (afortunada) de igualitarismo (esto no lo dice Enzensberger, lo digo yo)

Hay que hacer dos distinciones inmediatas. Una, que no todos aquellos a los que no les va bien en la vida se transforman en perdedores radicales. Dos, que la situación insatisfactoria puede ser imputable a factores externos o a la actuación de uno mismo, pero tampoco en este último caso se atenuará la rabia del perdedor. En realidad, el perdedor radical sospecha que es culpable de su situación, y de este modo conviven en él el odio hacia los demás con el desprecio hacia sí mismo. Y por eso cuando se sube al campanario pretende acabar tanto consigo mismo como con los otros. Esto podría explicar la satisfacción de Hitler en su búnker al contemplar como los alemanes, perdedores como él, lo precedían en el camino a la muerte.

¿Qué diferencia al terrorista propiamente dicho del asesino del campanario? Enzensberger no lo menciona, pero el primero se acoge a una ideología de disolución, que le permite renunciar a su individualidad y fundirse en una masa ideal. También le posibilita descargar su odio, pues los movimientos de disolución se definen siempre en contraposición a un enemigo. Podríamos decir que en el perdedor radical concurren un factor subjetivo y previo, la frustración, y una ideología de masas. Este es el caso del nazismo, ideología que vino a vestir la frustración derivada de la derrota bélica y la crisis económica.

En la actualidad el único movimiento de masas fracasadas con alcance mundial, capaz de proporcionar una cantera inagotable de perdedores radicales, es el islamismo. El mundo musulmán ofrece, tanto las condiciones idóneas para la frustración, pues su atraso con respecto a occidente es innegable, como la ideología. ¿Hay solución? Enzensberger no es optimista al respecto, y sugiere que nos acostumbremos a vivir con ello. Pero afrontemos el problema sin complejos. Y sin Currin.

martes, 20 de marzo de 2012

PACTO TENEBROSO ('Sleep my love'; 1948; Douglas Sirk)


Realmente, la película no empieza mal. Claudette Colbert se despierta desconcertada en un tren sin saber qué demonios hace allí. En su bolso, lleva una pistola. La policía es avisada, y también su marido (Don Ameche), que aparece con una expresión de inocencia tal que el espectador, antes de tiempo, se da cuenta de que algo siniestro está tramando. Un amable policía factura a Claudette en un avión de vuelta a casa, y en él coincide con Robert Cummings, el amante de Grace Kelly en ‘Crimen perfecto’. Cummings se siente inmediatamente atraído por Claudette, y esto es realmente difícil de entender para un espectador del siglo XXI.

Al llegar a casa, Ameche le cuenta a Claudette que le ha disparado estando sonámbula, le convence para que visite a un psiquiatra, y comienza a hacerle luz de gas. A tal fin en lugar de mandarle un facultativo le envía un cómplice, provisto de siniestras gafas, que luego desaparece. Empieza así el clásico juego de “te juro que lo he visto”, “cariño te lo has imaginado todo”. Además del truco del evanescente psiquiatra Ameche se dedica a drogar a su mujer por las noches. En uno de los estados de estupefacción, Claudette es inducida por su marido para que, sonámbula, se tire por el balcón. Y ya puestos ¿por qué no la tira él directamente? El plan es realmente enrevesado para el espectador, en cuya inteligencia el director no acaba de confiar.

Se descubre que Ameche está liado con una golfa de muslos poderosos, y que quiere librarse de Claudette para quedarse con su dinero. Esto, al menos, explica por qué se ha casado con ella. Cummings, que sospecha de Ameche (no se sabe muy bien por qué), hace averiguaciones y da con la amante. Por cierto, es curioso constatar el encasillamiento de este actor en el personaje de enamorado de mujer a la que el marido quiere liquidar (lo digo por ‘Crimen perfecto’) También encuentra al psiquiatra ful. Distrayéndole consigue hallar, en el primer cajón que abre, un manual de drogas e hipnotismo, y de este modo accede a la verdad. Tras robarle las gafas siniestras, con cuya exhibición pretende demostrar que Claudette no está loca (a mi no me pregunten, yo he perdido el hilo argumental hace un rato), se las entrega a su compañero, un chino recién casado que le ayuda en las pesquisas (sí, ya se que no he hablado del chino pero ¿de verdad quieren que me extienda sobre este asunto?), y se queda tranquilamente fumando un cigarrillo a la espera de que el psiquiatra salga y lo deje inconsciente.

Mientras tanto Ameche, que ha convocado a su cómplice esa noche para una nueva sesión de espantos (es notable que, cada vez que el psiquiatra se aparece a Claudette, suena música de ovnis), cambia de plan sobre la marcha y decide inducir hipnóticamente a su mujer para que lo mate. Con esto, pretende eliminar a un molesto testigo y conseguir que Claudette vaya a la cárcel o al manicomio. Pero ¿el plan de la locura no se basaba en pretender que el psiquiatra no existía? Pues sí, pero seamos comprensivos con el guionista, que posiblemente tenía cosas más importantes que hacer. En una dramática escena final, Claudette, asistida por Ameche, dispara al de las gafas, y éste, tras enunciar todo el plan para que Claudette se entere y pueda irse con Cummings, mata a Ameche, muriendo él a continuación de una manera bastante tonta. Esto es todo.

p.d. Obsérvese, en el cartel de la película, a Don Ameche con exagerada cara de no haber roto un plato.

sábado, 17 de marzo de 2012

EPISODIOS DEL VÖLKITSCH. Apéndice 3: HITLER

Hemos visto la sofisticación intelectual de autores como Guido von List y Lanz von Liebenfels. No está de más finalizar echando un vistazo a la del propio Hitler.


En 1920, por encargo de su superior en la Abwehr, Hitler escribe una carta al soldado Adolf Gemlich, que se ha dirigido al ejército para conocer su opinión sobre la “cuestión judía”. Esta carta tiene un cierto interés, pues es la primera manifestación escrita de las ideas del futuro Führer. Pues bien, en ella Hitler define a los judíos como la “tuberculosis racial de los pueblos”. Afirma, además, que un gobierno responsable debe, desde luego, privarlos de sus derechos civiles, pero su objetivo final debe ser la “eliminación de todos los judíos”.

En esos momentos, entre sus fuentes básicas de conocimiento (además de la revista “Ostara” de Lanz von Liebenfels) están los “Protocolos”. En 1923, momento en que los alemanes contemplan como la superinflación devora su riqueza, escribe: “según los Protocolos de Sión a los pueblos se los ha de reducir a la sumisión por el hambre. La segunda revolución bajo la estrella de David es el objetivo de los judíos en nuestro tiempo”. El año siguiente Hitler escribe Mein Kampf en la cárcel, y se dedica a describir las maniobras empleadas por los judíos para dominar el mundo y fastidiar a los arios.

En 1924 se publica “El bolchevismo de Moisés hasta Lenin: diálogo entre Adolf Hitler y yo”, de Dietrich Eckart. Eckart, periodista, poeta, amigo personal de Hitler, y uno de los fundadores del partido nacionalsocialista, ha fallecido un año antes de la publicación de su libro, y Hitler finalizará Mein Kampf con una invocación a su memoria (1). Del contenido del libro, que por todo lo dicho debe considerarse fidedigno, podemos extraer una imagen bastante nítida de la visión del dictador, que se resume en lo siguiente. Lo expresado por Darwin para el mundo animal es aplicable a la estructura de las sociedades y a las relaciones de éstas entre sí. Las sociedades deben luchar por su supervivencia, y de esta lucha debe resultar naturalmente un ecosistema jerarquizado. Por lo tanto, hay razas inferiores y superiores, y en la cúspide debe estar, naturalmente, la raza superior, es decir, los arios. Pero cuando no ocurre así, cuando los arios experimentan dificultades, quiere decir que alguien ha obstaculizado los designios de la naturaleza, y ese alguien son los judíos. Realmente, los judíos son la gran enfermedad de la humanidad. En su momento se encargaron de socavar la sociedad del antiguo Egipto mediante la introducción del capitalismo y la sublevación de las clases inferiores contra las castas superiores. Desde este punto de vista, José es el primer capitalista de la historia, y Moisés el primer bolchevique y el precursor de Lenin, de cuya ascendencia judía tanto Hitler como Eckart están plenamente convencidos. También el cristianismo fue un invento judío para corroer al Imperio romano. Es cierto que Jesús era indiscutiblemente ario, pero Saulo era un judío de tomo y lomo. Después vino la Revolución Francesa, en la que los judíos se aliaron con los masones para destruir a la aristocracia. Seguirían el liberalismo y la democracia, otras tantas herramientas judías. Y finalmente el bolchevismo, ultimo movimiento de los judíos en su lucha contra las demás razas. Hitler entiende, además, que las sociedades también deben estar internamente jerarquizadas. Históricamente, las clases superiores han sido las racialmente puras, y los estratos inferiores un batiburrillo bastante desagradable. La historia es, por tanto, la historia de la conspiración judía para dominar el mundo, y de los sucesivos derrocamientos de las clases superiores a favor de la chusma impura.


Lo que Eckart registra en 1923 es confirmado por el propio Hitler, más explícitamente que en Mein Kampf, en un libro sobre política internacional que escribe posteriormente, en 1928. En esos momentos Mein Kampf no se está vendiendo muy bien, y el editor renunció a publicarlo. Y cuando Hitler alcanza el poder renuncia el mismo ante la evidencia de que revela demasiado explícitamente su política exterior. De este modo el libro no verá la luz hasta 1961, momento en que será traducido al inglés y publicado con el título de “El segundo libro de Hitler”, en Inglaterra, y “El libro secreto de Hitler”, en Estados Unidos. El libro es una exhortación a una alianza con la Italia fascista, pero incluye un epílogo en el que se lanza a una furibunda diatriba antisemita. Hitler insiste en revelar los planes judíos de conseguir la mezcla racial, con el fin de obtener sociedades más aborregadas. Por eso, afirma, “tras la revolución bolchevique (el judío) (...) abolió el matrimonio y proclamó en su lugar la cópula general, con el objeto de crear una mezcolanza general humana inferior mediante una bastardización caótica, que por sí misma sería incapaz de dirigirse, y que acabaría por no saber hacer nada sin los judíos como único elemento intelectual”, párrafo en el que parecen vislumbrarse las peculiares preocupaciones sexuales de la Teozoología de von Liebenfels.

¿Y en Mein Kampf?. Pues también allí hace referencia a sus fuentes: “La medida en que toda la existencia del pueblo (judío) se basa en la mentira se revela de modo incomparable en los Protocolos de los Sabios de Sión, que tanto odian los judíos”. Un texto especialmente (y escalofriantemente) revelador es este: “Si el judío conquistara, con la ayuda del credo marxista, las naciones de este mundo, su corona sería la guirnalda fúnebre de la raza humana y el planeta volvería a girar en el espacio despoblado como lo hacía millones de años atrás. (...). De ahí que yo me crea en el deber de obrar del Todopoderosos Creador: al combatir a los judíos, cumplo la tarea del Señor”. Las implicaciones del ominoso párrafo son claras: la dominación judía significaría el final de la humanidad, porque los judíos, no son humanos.


Mein Kampf señala también a los responsables de la derrota alemana en la gran guerra: si Alemania perdió la guerra fue porque los judíos minaron su voluntad de combatir. Y propone soluciones al asunto: “Si al principio de la guerra o durante la guerra se hubiera administrado gas tóxico a 12 o 15.000 de esos corruptores del pueblo, el sacrificio de millones en el frente no habría sido en vano. Por el contrario, la eliminación de 12.000 miserables en el buen momento quizás habría salvado las vidas de un millón de alemanes decentes, tan valiosas para el futuro”.

Los alemanes no estaban engañados a este respecto. En un discurso en el Reichstag el 30 de enero de 1939 Hitler continúa revelando el destino de los judíos: “Hoy voy a ser profeta una vez más: si los financieros judíos internacionales de Europa y fuera de Europa logran sumir a las naciones una vez más en una guerra mundial, entonces el resultado no será la bolchevización de la Tierra, y con ella la victoria del judaísmo, sino la aniquilación de la raza judía en Europa”. El Führer, pues, echa la culpa a los judíos, no sólo de la guerra que él mismo está desencadenando, sino de su destino final. El propio Hitler da gran importancia a esta arenga, que repetirá, casi literalmente, en varias ocasiones: el 30 de enero de 1941 ("Y no quiero que se olvide la sugerencia que hice ya el 1 de septiembre de 1939 en el Reichstag alemán: que si el mundo se ve sumido en una guerra general, el judaísmo en su totalidad se verá acabado en Europa. Que se rían de esto hoy, como se han reído antes de mis profecías. Los meses y los años venideros demostrarán que también en este caso he acertado"); el 30 de enero 1943 (“Comprendemos cabalmente que esta guerra no puede terminar más que con el exterminio de los pueblos arios o con la desaparición del judaísmo en Europa. Ya dije el 1 de septiembre de 1939 en el Reichstag alemán -y yo me cuido mucho de hacer profecías temerarias- que esta guerra no terminará como se imaginan los judíos, es decir, con el exterminio de los pueblos arios de Europa, sino que su resultado será la aniquilación del judaísmo"); y en el mensaje de Año Nuevo de 1943 ("Ya he dicho que la esperanza del judaísmo internacional de que destruiría a Alemania y a otros pueblos europeos en una nueva guerra mundial será el peor de los errores cometidos por los judíos en miles de años; porque no van a destruir al pueblo alemán, sino a sí mismos, y acerca de eso no cabe hoy día la menor duda")

Coda. Hitler no engañó a los alemanes, y los europeos no valoraron correctamente el peligro que suponía. Es imprudente subestimar la capacidad de destrucción de un hombre ridículo.

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(1) “Quiero citar también al hombre que, como uno de los mejores, consagró su vida en la poesía, en la idea y por último en la acción, al resurgimiento del pueblo suyo y nuestro: Dietrich Eckart. Un abrazo!!!
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IMÁGENES. Retratos del Führer:
1.- Por Fritz Erler.
2.- Por Hubert Lanzinger.
3.- Por K. Stauber.

sábado, 10 de marzo de 2012

EPISODIOS DEL VÖLKITSCH. Apéndice 2: LOS PROTOCOLOS DE LOS SABIOS DE SIÓN


En 1797 el jesuita francés Augustin Barruel publica las “Memorias para ilustrar la historia del jacobinismo”. Barruel, como tantos otros, se encuentra profundamente desorientado tras la destrucción de su mundo por la Revolución Francesa, y se ha dedicado afanosamente a buscar sus causas. En los cinco tomos de sus Memorias, Barruel revela que todo se inició en el siglo XIV, cuando el rey Felipe intentó destruir a los templarios. Resulta que la aniquilación de la Orden no fue total, y sus miembros supervivientes, lógicamente enfadados, constituyeron una organización secreta que desde entonces está consagrada a la destrucción de todas las monarquías occidentales. Ya en el siglo XVIII los templarios se han infiltrado en la masonería, a la que ahora controlan por completo. Por si faltaba alguien más, Barruel ha descubierto que el núcleo actual de la conjura han sido los Illuminati de Baviera (1), una sociedad secreta fundada en 1776 por Adam Weishaupt. En realidad, Barruel no sospechaba la existencia de una conspiración mientras experimentaba la Revolución. La idea se la ha dado el matemático escocés John Robison, que se encuentra preparando un libro sobre el asunto con el poco comercial título “Pruebas de una conspiración contra todas las religiones y todos los gobiernos de Europa, organizadas por las sociedades secretas de los masones, los Illuminati y las sociedades de lectura”. Profundamente impresionado, Barruel ha robado la idea del imprudente matemático, ha escrito y publicado antes su propio libro, y se ha hecho rico. En un principio Barruel no ha atribuído ninguna participación en la conjura a los judíos, pero un día recibe una carta desde Florencia de un oficial llamado J. B. Simonini que, tras felicitarlo por haber desenmascarado a las sectas infernales que están abriendo el camino al Anticristo”, le revela que la “secta judaica” está detrás de toda la maquinación. El mito de la conspiración judeo-masónica acaba de nacer.


El siguiente hito lo encontramos en 1868, en Alemania. Bajo el seudónimo de John Retcliffe, el periodista Hermann Goedsche publica una novelita gótica llamada Biarritz. En uno de sus capítulos, “En el cementerio de Praga”, se describe un misterioso cónclave nocturno de jerarcas judíos ante una tumba, que resulta ser la del mismísimo diablo. En el transcurso del diabólico sanedrín, cada uno de los asistentes va detallando el estado de los planes que están desarrollando para controlar el mundo. En 1872 una adaptación anónima del relato de Goedsche aparece en San Petersburgo, y advierte de forma ominosa que se trata de una ficción, sí, pero basada en hechos reales. En 1886 una nuevo versión se publica en París: en esta ocasión se supone que la historia recoge un suceso absolutamente real que ha descubierto “el diplomático sir John Readclif”. En la versión de 1896 sir John Readclif se ha convertido en un rabino. Y la de 1933 anuncia lúgubremente que el heroico Sir John Readclif ha pagado con su vida el haber revelado al mundo la siniestra cábala. Los sucesivos avatares del folletín de Goedsche, asumidos ya como el relato de un hecho histórico, acaban siendo conocidos genéricamente como “El discurso del rabino”. El texto termina adquiriendo cierta notoriedad, y el propio Theodor Fritsch lo incluye dentro de su “Catecismo antisemita”. Además, su idea central, una pérfida intriga judía a escala planetaria, proporcionará la base de los Protocolos.

Los Protocolos de los Sabios de Sión pretenden ser las actas secretas de la “Cancillería Central de Sión, en Francia”. En su versión general, constan de 24 actas en las que los Sabios de Sión detallan su proyecto de dominación mundial. Dentro del batiburrillo de su contenido se pueden distinguir tres temas principales: una crítica del liberalismo, una explicación de los métodos que los judíos van a emplear para lograr sus fines, y una descripción del escenario futuro, un reino mesiánico gobernado por un descendiente de la casa de David. Los dos primeros asuntos predominan en los 9 primeros protocolos, mientras que los 15 restantes se centran en la descripción del estado futuro. Ya de entrada hay varias cosas curiosas. Una, que el temible reino judío no está, en realidad, nada mal: el futuro soberano será una persona intachable, que trabajará constantemente en las tareas de gobierno y conseguirá un mundo sin violencia ni injusticia en el que todos disfrutarán de prosperidad. Otra, que en el texto, impecable en su tosquedad, se entreveran algunos razonamientos brillantes. Esto último tiene una explicación.


En cuanto al argumento, resulta completamente imposible resumirlo de forma coherente. Resulta que los judíos están embarcados, desde hace siglos, en una conspiración para lograr el poder mundial. La Revolución Francesa y el liberalismo son obra de esta conjura, y su finalidad no es otra que debilitar a los aristócratas, que son los únicos capaces de contener a las masas. El liberalismo está produciendo una sociedad fofa, sin valores ni principios, fácilmente manejable (en esto los Protocolos no andan desencaminados). Además, para debilitar aún más a los gentiles, los Sabios fomentan continuamente el vicio y la degeneración. Como controlan la economía, pueden causar la agitación en los obreros y derribar gobiernos. Por si esto fuera poco, los Sabios han promovido la idea de construir el Metro en algunas ciudades, cuyo objeto no es otro que poder volarlas cómodamente si sus ciudadanos se muestran especialmente refractarios a la dominación.


La primera versión de los Protocolos se publica en San Petersburgo entre junio y septiembre de 1903, en varias entregas del periódico Znamya (La Bandera). El director de Znamya es Pavel Krushevan, un virulento antisemita que unos meses antes ha instigado el pogrom de Kishinev, en Besarabia. Dos años después de aparecer por fascículos en Znamya, los Protocolos se editan por primera vez en forma de libro con el título “La raíz de nuestros males”. El editor es Grigori Butmi, socio de Krushevan con el que en esos momentos está fundando la Unión del Pueblo Ruso, organización de extrema derecha que más tarde será conocida como las Centurias Negras. El libro tiene una tirada muy escasa, pero simultáneamente los Protocolos se publican como parte del libro “Lo grande en lo pequeño. El Anticristo como una posibilidad política inminente”. El autor es Sergey Nilus, un terrateniente que, tras dilapidar enérgicamente su herencia, ha pasado a considerarse un místico y un instrumento de Dios a mayor gloria del zar. Hay que decir que Nilus se hace un lío con el título y confunde Sión (Francia) con el movimiento sionista, identificando así al Gran Maestre de la conjura en la persona del sionista Theodor Herzl, y los Protocolos como las actas del primer congreso sionista de Basilea.



En cualquier caso, Nilus se toma muy en serio los Protocolos. Guarda el manuscrito bajo llave, convenientemente exorcizado dentro de un sobre negro con una gran cruz, la inscripción "con este signo vencerás", y una estampa del arcángel Miguel. Por eso, le resulta muy frustrante comprobar que sus compatriotas no acaban de compartir su preocupación por la amenaza judía. Contribuye a ello la actitud del propio zar. En un principio Nicolas II ha leído los Protocolos con entusiasmo, como atestiguan las notas manuscritas que deja en ellos: "Qué profundidad de ideas"; "Qué percepción"; "Qué exactitud en la realización del programa. Nuestro año de 1905 ha transcurrido como si los Sabios lo hubieses programado"; "En todas partes se ve la mano rectora y destructora del judaísmo". Pero cuando representantes de la Unión del Pueblo Ruso le piden que los Protocolos sean usados a gran escala para alertar del peligro judío, el zar encarga a Stolypin, Ministro del Interior, que verifique su autenticidad, y éste concluye que son falsos. Decepcionado, Nicolás II afirma "Dejemos los protocolos. No se puede defender una causa pura con métodos sucios".

Pero en julio de 1918 la familia imperial es asesinada en Ekaterimburgo. Una semana más tarde, los ejércitos blancos penetran en la ciudad y descubren sus restos en un bosque cercano, desmembrados y quemados en el pozo de una mina. Al visitar la casa Ipatiev (2), y entrar en los últimos aposentos de la zarina, los soldados encuentran tres libros: la Biblia, “Guerra y Paz”, y “Lo grande en lo pequeño”. Descubren, además, un detalle curioso: la zarina ha dibujado una esvástica en la ventana. Parece ser que la consideraba una especie de talismán, un amuleto que proporcionaba buena suerte, pero para muchos otros el símbolo tiene otro significado. Guido von List lleva tiempo presentándolo como el símbolo de los arios, y a éstos como el bastión de la lucha contra los judíos. Para ellos, descubrir junto a la zarina asesinada el documento que revela la conspiración mundial de los judíos y una esvástica, proporciona a los Protocolos una dimensión monstruosa. En los ejércitos blancos de Kolchak, Denikin, y Wrangel, antiguos miembros de las extintas Centurias Negras se dedican a propagar los Protocolos y a instigar pogromos. De repente, también el bolchevismo comienza a ser atribuido a la conspiración judía. Entre 1918 y 1920, más de 100.000 judíos son asesinados. Los Protocolos acaban de demostrar su potencial criminal.


Y a todo esto ¿de dónde han salido los Protocolos? ¿Quién los ha escrito? El texto original se escribe entre 1897 y 1898 en Francia, en francés, e indudablemente redactado por un ruso. Alguno, desde luego, interesado en promover pogroms. Existen varios candidatos para la autoría, pero el más consistente es Pyotr Ivanovich Rachkovsky, el intrigante jefe de la policía secreta zarista (Ojrana).

En todo caso, resulta tan sensato creer en los Protocolos como en la capacidad de la astrología para adivinar el futuro. Pero es que, además, muy pronto se descubre, sin dejar margen para la duda, su naturaleza fraudulenta. Resulta que el autor de los Protocolos, sin duda agobiado por la tarea de redactar las actas de una reunión imaginaria, se ha inspirado en un libro preexistente. Se trata del ”Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu”, del francés Maurice Joly, una crítica del gobierno de Napoleón III. En el libro Montesquieu y Maquiavelo conversan, el primero defendiendo una versión de la política ideal y el segundo contraponiendo otra de la política real. El discurso de Maquiavelo es brillante, y pone de manifiesto como, con frecuencia, bajo las formas liberales se esconden gobiernos despóticos. El autor de los Protocolos usa mayoritariamente la parte de diálogo de Maquiavelo, que, en muchos casos, copia casi literalmente. Este pequeño detalle, que las supuestas actas de una cábala secreta no sean más que la adaptación de un libelo contra Napoleón III, no desanima a los entusiastas partidarios de los Protocolos que, a partir de 1920, se extienden por el mundo. Por si están interesados, aquí pueden ver algunas de las ediciones.


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1) Qué magnífica ironía: el mito de la conspiración judía nace de una supuesta conspiración de un grupo de iluminados bávaros, y es finalmente otro grupo de iluminados bávaros el que lo llevará a su paroxismo.

2) Ultima vivienda de los Romanov, propiedad de un comerciante con ese nombre.
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IMAGENES:
1) Augustin Barruel.
2) Hermann Goedsche alias John Retcliffe.
3) Construcción del Metro de París, obra de los Sabios de Sión para poder dinamitar la ciudad en caso necesario.
4) Pavel Krushevan.
5) Sergei Nilus.
6) La casa Ipatiev.
7) Maurice Joly.

sábado, 3 de marzo de 2012

EPISODIOS DEL VÖLKITSCH. Apéndice 1: LOS ASESINOS RIDÍCULOS


Tras la guerra, contemplada la inaudita magnitud de los crímenes nazis, comenzó a extenderse una visión de Hitler que lo presentaba como un mero cínico oportunista, que había engañado a la sociedad alemana para alcanzar y mantener el poder. Muchos llegaron a afirmar, completamente en serio, que Hitler era, en realidad, un hipnotizador dotado de poderes parapsicológicos, que había empleado para anular la voluntad de los alemanes. Esta versión era reconfortante, pues aliviaba la responsabilidad de éstos en los horrores del nazismo. Y esto era muy conveniente, pues los alemanes empezaban a ser considerados aliados necesarios en la lucha que se avecinaba contra el comunismo.


Esta versión no era cierta: Hitler creía sinceramente en su visión völkisch-racista de las cosas. Y los alemanes que lo alzaron y mantuvieron en el poder la compartían, y no fueron engañados. Obviamente, el alcance de la visión difería entre las distintas personas. O, más bien, el campo de las creencias se extendía, desde su núcleo, en distintas direcciones y con distinta intensidad. Hitler se limitó a llevarla a su extremo más delirantemente criminal. Pero Hitler no fue un hecho aislado, y la “era lunática” (según definición de Norman Cohn) alemana que culminó en el nazismo no surgió de la nada. Al menos el nazismo debería servirnos para comprender que las sociedades, si se permite que se infecten por determinadas ideologías, pueden enfermar y pudrirse. Tenemos ejemplos actuales.


He dicho que los alemanes compartían la visión de Hitler, y que no todos lo hacían con el mismo alcance criminal. Probablemente, ni siquiera una mayoría. A fin de cuentas, el völkisch-racista no es más que un pretexto. Una forma de canalizar, con apariencia de ideología, las fuertes corrientes emocionales de frustración, incertidumbre y odio que se desataron en los alemanas al presenciar la crisis de su sociedad. El völkisch no es más que la cobertura exterior: el paisaje que se ofrece a la vista. Pero este paisaje está modelado por los movimientos sísmicos emocionales que subyacen a él. Por ello, la corteza völkisch se adapta al subsuelo emocional de cada uno. Para desgracia de Europa, el de Hitler se caracterizaba por una enorme frustración, y así llevó el völkisch al paroxismo del odio. En cuanto a los alemanes a los que el exterminio de los judíos podía parecer excesivo (aunque no les pareció excesivo que se les privara de sus derechos y que fueran excluidos de la sociedad), sus creencias más moderadas les sirvieron, al menos, para racionalizar su inactividad y cobardía: vale, los nazis se están pasando, pero los judíos se lo estaban buscando.


El origen del völkisch se remonta a las guerras napoleónicas, pero en las entradas que componen esta serie me he centrado en las corrientes ariosofistas nacidas a finales del siglo XIX, y desde ahí he intentado presentar sus rasgos comunes con el nazismo (1). Siguiendo con la analogía geológica, puede decirse que ambas ideologías comparten el hipocentro emocional y el epicentro ideológico, aunque luego se extienden por la periferia con distinta amplitud. En ocasiones se quiere demostrar que ariosofismo y nazismo no tenían nada que ver porque no compartían algunas de las características de la periferia, olvidando que el hipocentro y el epicentro era el mismo. Hitler compartía el núcleo doctrinal del ariosofismo, aunque no se sintiera tan atraído por alguna faceta periférica como el ocultismo. En todo caso, hemos trazado una línea directa que une a Guido von List, a través de sus discípulos en la Germanenorden, y de la Sociedad Thule, hasta llegar a la fundación del DAP y el NSDAP. Hemos visto como Himmler tenía en Wiligut a su particular ariosofista-ocultista de cabecera. Añadamos que, durante sus años en Viena, el propio Hitler fue ávido lector y coleccionista de la revista Ostara, de Lanz von Liebenfels, y que incluso se entrevistó con él en una ocasión. En este camino entre el ariosofismo y el nazismo, la esvástica sirve perfectamente de hilo conductor.


He repetido “epicentro”. Dentro del paisaje völkisch-racista se puede localizar éste con precisión: un feroz racismo antisemita unido con una visión yin-yang del mundo. El mundo luminoso de lo ario, espiritual y creador de cultura, enfrentado en una guerra a muerte a los subhumanos judíos (2), materialistas y destructores de cultura. Y en esta definición están los dos elementos que prefiguran los horrores del nazismo: los judíos no son personas, sino organismo letales que hay que eliminar para garantizar la supervivencia de lo ario.


El völkisch-racista es una ideología de disolución. Permite a la persona, agobiada por ansiedades y frustraciones, disolverse en una entidad intemporal a la que se dota de cualidades maravillosas: el mundo ario. El ariosofismo de Guido von List y Lanz von Liebenfels nació como respuesta a la ansiedad experimentada por la población germano parlante del Imperio austro-húngaro ante la presión de la población eslava, y resultó perfectamente exportable a la Alemania de la posguerra, que experimentaba sus propias frustraciones derivadas de la derrota militar y la crisis económica. Pero para completar el esquema era necesario un enemigo en el que descargar el odio. Las personas responden a la frustración con violencia, y, cuando la violencia se extiende, se amenaza la propia existencia de la sociedad. René Girard nos ha explicado el mecanismo antropológico que las sociedades primitivas desarrollaron para evitar su desintegración ante la expansión de la violencia incontrolada: la concentración de todas las violencias dispersas en una violencia unánime contra un enemigo común. Este enemigo común es externo al grupo y perfectamente inocente: un chivo expiatorio. Sobre el asesinato de esta víctima inocente, las sociedades primitivas recuperan el consenso y superan la crisis. Los judíos llevaban mucho tiempo desempeñando en Europa ese papel, y en este caso fueron el chivo expiatorio obvio. En este escenario, la difusión de los Protocolos de los Sabios de Sión, que decían desvelar la existencia de una conspiración judía para dominar el mundo, tuvo una gran relevancia. En resumen, el völkisch proporcionaba una comunidad ideal y un enemigo. Por ello, en la cosmovisión völkisch lo ario y lo judío son las dos caras inseparables de la misma moneda.


He escogido a los ariosofistas por otra razón: son impecablemente ridículos. El ariosofismo compartió con el nazismo, no sólo el abandono de la razón, sino también el del sentido del ridículo. La magnitud del horror del nazismo ha ocultado su faceta grotesca, del mismo modo que lo ridículo de los ariosofistas contribuye a enmascarar su potencial criminal. En realidad, había pensado centrar esta serie en los nazis, y titularla como este apéndice: “los asesinos ridículos”. En el próximo apéndice hablaré de Hitler.


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(1) He mencionado a algunos de los autores que desarrollaron una teoría “científica” del racismo. Me he dejado a otros que merecerían un lugar en esta historia, como Paul de Lagarde o Houston Stewart Chamberlain. Resulte muy perturbador comprobar que algunos de ellos eran realmente eruditos, como Eugen Dühring (mencionado en el episodio de Theodor Fritsch) y el propio Houston Stewart Chamberlain.

(2) Durante el nazismo, el judío era frecuentemente asimilado a un organismo dañino: una bacteria.
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IMAGENES: el yin-yang del nacionalsocialismo.

1.- Portada de la revista mensual “Neues Volk” representando a un familia aria ideal.

2.- Cartel “El judío eterno”, de una exposición nazi celebrada en Viena en 1938. Obsérvese su versatilidad para el mal: en una mano sostiene unas monedas, símbolo de su afán capitalista por el dinero, y en la otra un mapa de la Rusia bolchevique.

3.- Cartel del NSDAP.

4.- Ilustración del libro infantil “Der Giftpilz” (El hongo venenoso), editado por Julius Streicher. A la ilustración acompaña la explicación “El dinero es el Dios de los judíos”

5.- “El guardían”. Vigoroso relieve de Arno Brecker.

6.- El judío, sospechoso de pederastia. Otra ilustración de “Der Giftpilz”: “La experiencia de Hans y Helse con un extraño”.

7.- “Deportes acuáticos” de Albert Janesh, o cómo la propaganda racial exagerada se aproxima a “Village people”.

8.- Portada de “Der Stürmer”.