domingo, 14 de febrero de 2016

COLA DI RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (3)


Marzo de 1314. Con una ira más que justificada el Maestre de los templarios Jacques de Molay, poco antes de que las llamas lo alcancen, ha lanzado una maldición contra Felipe IV el Justo y el papa Clemente V, que habrán muerto antes de que termine el año. Pero la maldición parece tener más largo alcance: en 1328, transcurridos catorce años y cuatro monarcas franceses, no queda ningún descendiente varón del rey maldito. Hay una hija, Isabel, casada con Eduardo II de Inglaterra al que ha hecho abdicar con ayuda de su amante Roger Mortimer [7] . Isabel tiene un hijo de dieciséis años, que gobierna Inglaterra como Eduardo III. La situación entonces es ésta: los franceses sólo pueden aportar como candidato al trono a Felipe de Valois, nieto de Felipe III e hijo de un hermano de Felipe IV; Eduardo, por el contrario, es sucesor directo de Felipe IV. La candidatura de la propia Isabel no se tiene en cuenta porque recientemente los franceses, tras la muerte de Carlos X, han decidido que las mujeres no tienen derecho al trono, pero ¿pueden transmitir los derechos sucesorios a sus hijos varones? Los ingleses no ven el menor inconveniente. ¿Acaso Enrique II no obtuvo los suyos a través de su madre Matilda? A los precedentes históricos los jurisconsultos ingleses añaden abundante doctrina y jurisprudencia. Todo esto da igual a los franceses, que sencillamente no tienen la menor intención de tener a un rey inglés en el trono de Francia. Se realizan apresuradamente las modificaciones legislativas oportunas y Valois es coronado como Felipe VI el Afortunado. El título no es muy acertado. Eduardo no renunciará a su reivindicación sobre el trono francés, lo que será el embrión de la guerra de los Cien Años en la que las cosas no irán muy bien para Francia.

Desde que en 1344 ha vuelto a Roma con un empleo estable, un sueldo mensual de cinco florines de oro y una carta de recomendación de Clemente VI, Cola di Rienzo no ha permanecido inactivo. Contrariamente a lo que esperaba el papa ni su ambición ni su vanidad se han visto satisfechas con las dádivas, y ahora dispone de más recursos para perseguir el papel protagonista para el que se cree destinado. Dispone además de la herramienta perfecta: la muchedumbre. Cola di Rienzo reúne multitudes a las que repite sin cesar las mismas consignas: Roma languidece, Roma debe recobrar la importancia que merece, sólo los avariciosos nobles se interponen en el camino de su grandeza… Poco importa que al principio las gentes más simples no entiendan sus proclamas. Cuando vuelvan a escucharlas les resultarán familiares y por tanto ciertas. El odio y el resentimiento son emociones fáciles de despertar, y Cola di Rienzo sabe cómo enardecer a la turba. Precursor de la agitación y propaganda es consciente de que el mensaje más sólido y perdurable no es el que apela a la razón sino a la emoción, y no el que entra por los oídos sino el que lo hace por los ojos. De este modo, dado que tiene dinero suficiente, encarga el primero de una larga serie de murales alegóricos en los muros del palacio senatorial en el Capitolio. En él se puede ver una tempestad en la que ya han naufragado unas naves que representan a Babilonia, Cartago, Troya y Jerusalén. Roma, de luto, también está en un bajel a punto de irse a pique. Unas bestias, que representan a los nobles de Roma, producen la tormenta con su aliento mefítico. Subido a un estrado Cola di Rienzo completa el relato audiovisual. Cuando el auditorio abandona el lugar está, si no más edificado, al menos más excitado.


Mientras tanto el turbulento notario continúa explorando ruinas y desentrañando inscripciones en latín. Un día deambulando entre los escombros desechados tras la reconstrucción de la iglesia de San Juan de Letrán [8] hace un extraordinario hallazgo. En una plancha de bronce, que había servido para decorar el altar destruido, se encuentra una parte de la Lex Regia.

La Ley de Imperio Vespasiani o Lex Regia fue dictada en tiempos de este emperador para dejar claro que en él residía todo el poder. Sólo el prestigio de la república romana, de la que en tiempos de Vespasiano sólo quedaba un nombre hueco, y la correlativa aversión a la monarquía, evitaba que los sucesivos emperadores asumieran el título de rey, pero sus poderes eran los de monarcas absolutos. Y en el bronce descubierto por Cola di Rienzo quedaba bastante clara esta ilimitación de funciones:

Que el emperador César Vespasiano sea dispensado de obedecer las leyes y plebiscitos de cuyo cumplimiento se eximió al divino Augusto, Tiberio Julio César Augusto y Tiberio Claudio César Augusto Germánico y todo lo que en virtud de una lex rogata les fue permitido a estos sea consentido hacer al César Vespasiano Augusto.
Que posea el derecho y el poder de cumplir y hacer cuanto considere útil para el bien público y la majestad de las cosas divinas, humanas, públicas o privadas, en la misma medida en que este derecho ha sido reconocido al divino Augusto, Tiberio Julio César Augusto y Tiberio Claudio César Augusto Germánico.
En relación con los candidatos a una magistratura o a un desempeño importante por su potestas o su imperium, o a una curatio, a los que él haya recomendado ante el Senado o el pueblo romano, o a los que haya dado o prometido su sufragio, que se les tenga en cuenta fuera del orden normal de las elecciones.
Y que los actos ejecutados, los decretos dictados por el emperador César Vespasiano Augusto, sea por orden suya o por orden de uno de sus delegados antes de esta lex rogata, que sean tenidos conformes con el derecho y ratificados come si hubiesen sido realizados por orden del pueblo o la plebe.



Vespasiano, en resumen, podía disponer lo que le viniera en gana y nombrar a quien le pareciese oportuno sin ajustarse a las leyes. Haría falta una desenvoltura extraordinaria para presentar la Lex Regia como una prueba de que la soberanía reside en el pueblo de Roma, pero de esto Cola di Rienzo anda sobrado. De nuevo organiza un espectáculo en Letrán, con el mural correspondiente. Él aparece en un estrado vestido dramáticamente de blanco, con una capucha ribeteada de pequeñas coronas doradas que otorga solemnidad a sus facciones. Y allí, mientras una voz en off va desgranando el texto de la Lex Regia, Cola di Rienzo les cuenta a su manera que los ciudadanos de Roma depositaron voluntariamente y temporalmente el poder en manos de Vespasiano, omitiendo el papel que sus legiones desempeñaron en el asunto. Puesto que esta delegación es temporal, continúa, el poder continúa residiendo en todos vosotros, los que ahora os congregáis frente a mí, incluidos tú -un mendigo que espanta moscas con la mirada perdida-, y tú -un anciano desdentado-.


Cola di Rienzo es ya famoso en Roma, los nobles lo invitan a sus casas, algo a lo que él es incapaz de resistirse. Pero no lo hacen en calidad de visionario o de líder carismático, sino de bufón, porque a los nobles les hacen mucha gracia las ocurrencias del notario. Un día en casa de Gianni Colonna los huéspedes se entretienen en tomarle el pelo hasta que Cola di Rienzo pierde la paciencia: esperad, les espeta airadamente, esperad a que sea un hombre poderoso, a que sea emperador; tú y tú seréis decapitados. Los nobles asistentes se partían de risa, contará más tarde el cronista. (continuará) 

Notas:
[7] Amante de ella. La aclaración es en este caso es pertinente, porque Eduardo era homosexual.
[8] Ha sido parcialmente destruida por un incendio en 1308.

Imágenes: 1) Coronación de Felipe IV. 2) Cuadro genealógico con los descendientes de Felipe IV y que explica el parentesco de Eduardo III. Lo incluyo porque es muy claro pero contiene dos errores: a) no incluye a Juan I hijo póstumo de Luis X, que reinó los 5 días que vivió; y b) el reinado de Felipe VI comenzó en 1328 y no en 1318, pues se habría solapado con el rey precedente. 3) El bronce de la Lex Regia encontrado por Cola di Rienzo, actualmente en los Museos Capitolinos. 4) Vespasiano. 5) Cola di Rienzo reflexionando frente a Roma, por Federico Faruffini.