lunes, 28 de octubre de 2013

EPÍLOGO: DE SABINO A KRUTWIG


Para terminar este recorrido, parece conveniente hacer una mención al hilo que conecta el odio racial sembrado a conciencia por Sabino con la organización criminal que lo llevará a la práctica. Y para ello traemos a un curioso ideólogo: Federico Krutwig (1921-1998). De ascendencia vasco-alemana, en 1963 escribe Vasconia [1], un libro que para algunos autores representa un aporte ideológico fundamental para ETA en el momento de su nacimiento [2].

Lo realmente interesante de Krutwig es que permite observar con total nitidez cómo son las emociones las que determinan la ideología. La comparación de Krutwig con Sabino enseña que los potentes impulsos tribales se han mantenido básicamente inalterados, y que lo único que ha variado es su justificación ideológica, que está sometida a la moda. Por eso las teorías de Sabino y Krutwig parecen distintas, pero los instintos que subyacen y las provocan (el deseo de pertenencia, la tentación de disolución individual en la masa, el afán de exclusión y el odio al extraño... ) se adivinan idénticos. Sencillamente, las justificaciones racistas de Sabino dejan de ser admisibles en la Europa posterior a Hitler, y Krutwig se ve obligado a pergeñar las suyas propias. El resultado es una empanada marxista-anarquista de difícil digestión, basada en la etnia, la lengua y la revolución.

Aunque en realidad ni siquiera por consideraciones de etiqueta consigue Krutwig abandonar el planteamiento racista:

“Un racismo eugenésico es muy deseable para nuestro pueblo y el combatirlo sería una desgracia para los vascos (...) Un racismo vasco que no quiera mezclar la propia sangre con gentes de tez oscura, de talla pequeña, y de cualidades físicas inferiores, en tanto que éstas deriven claramente de condiciones previas raciales, es un noble sentimiento que todo nacionalista vasco debería hacer suyo. No se trata de perseguir a otros pueblos y razas sino de mejorar la propia composición, de protegerse contra la mezcolanza y la mulatización, no permitiendo la mezcla de sangre con elementos africanos o africanoides.

“Una mezcla de vascos con elementos negríticos desvirtuaría la raza vasca, y difícilmente se podrá tratar de vasco a un negro”

Esto escribe en 1963 en Vasconia. Cuando en 1978 produce Garaldea la etiqueta antirracista parece haberse atenuado notablemente:

“Si consideramos las proposiciones de la Teoría de Woelfel [3] (...) veremos que, contrariamente a los ‘aryanistas’ e ‘indoeuropeistas’, supone que los CREADORES DE TODA LA CULTURA EMPIRICA EUROPEA son los pueblos megalíticos, que él supone estar emparentados con los guanches y con los vascos, siendo hoy en día, desde un punto de vista étnico, UNICAMENTE los vascos los descendientes de aquel pueblo creador de toda la cultura. [4] (las mayúsculas son de Krutwig, las negritas mías)

La idea de los pueblos creadores de cultura proviene directamente de la corriente Völkisch en la que se desarrolló el nazismo. Distinguía entre creadores, imitadores y destructores de cultura, siendo (obviamente) los primeros los arios y los últimos los judíos. Krutwig no niega esta distinción como arbitraria, estúpida o peligrosa, sino que se limita a desplazar el papel de creadores desde los arios hasta los vascos, emparentados con los guanches para la ocasión. El resto, sostiene Krutwig, son meros parásitos:

“Hoy en día muchos investigadores se dan cuenta (de) que (...) la mayor parte de los hombres del siglo XX están en un estadio mucho más primitivo y subdesarrollado que los agricultores y creadores de cultura del Neolítico, que aparecieron en algunas restringidas partes del Universo (sic). A estos grupos restringidos... y en realidad deberíamos decir las cosas claramente UNICAMENTE A ELLOS, les debemos todo el progreso CULTURAL y MATERIAL de la entera Humanidad. El resto de la Humanidad han sido, como también pasa hoy en día, parásitos que se han beneficiado del esfuerzo mental de unos pocos. Y les guste o no a los descendientes de los parásitos, aún hoy en día vemos que son unos pocos hombres quienes producen la cultura y el progreso, mientras que el resto de la humanidad (esta vez en minúscula) tan solo son APROVECHADORES DEL ESFUERZO MENTAL AJENO” [4] (las mayúsculas son de Krutwig, lo que está entre paréntesis mío)

No es la única relación de Krutwig con el Völkisch. En lo religioso, aspecto en el que se aparta del fundamentalismo católico de Arana, se inclina hacia el ocultismo y hacia el teosofismo, la doctrina creada por la medium Madame Blavatsky. Además recoge el mito Völkisch de la Atlántida como origen de la raza escogida (antes los arios, ahora los vascos).


En todo caso, apartada ligeramente la raza por cuestiones de imagen Krutwig se centra en la etnia, entendida como un cóctel de lengua, costumbres, instituciones, folklore y raza. La etnia es, para Krutwig, un ser vivo con conciencia y voluntad, a cuyo bienestar deben ser supeditados los intereses de las personas. El ingrediente esencial de la etnia es la lengua:

“No hay duda de que un vasco castellanizante, por muchos apellidos que lleve y por mucha conciencia independentista vasca que posea, si no domina el euskara y no lo emplea corrientemente, es menos vasco que un euskaldun que se sirva de esta lengua, por más que no tenga ni un solo apellido vasco.”

La importancia de la lengua deriva de ser el molde que prefigura la razón: no es una herramienta aséptica para la materialización del pensamiento, sino que condiciona decididamente éste. Y como era previsible el vasco resulta ser idioma más apto para que se exprese la libertad, mientras que el español y el francés son los cauces perfectos para que circule los pensamientos tiránicos:

“El euskara era el símbolo de la autonomía y fraternidad libertaria (...) El castellano suponía el régimen del explotador”

“Desapareciendo el euskara moría el espíritu indomable que animaba toda nuestra libertad, toda nuestra organización comunitaria y libre del país. No es de extrañar que la opresión, la tiranía hablase en castellano y francés”

“La lengua vasca era incompatible con la expoliación a manos de la burguesía, son dos cosas en desacuerdo”

La explotación en vasco se convierte así en algo lingüísticamente imposible. Para el padre Astarloa la lengua vasca era la hablada en el Paraíso; también para Krutwig es la más idónea para el Paraíso... socialista.
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Dadas sus profundas afinidades emocionales no es de extrañar que Krutwig hable de Sabino con veneración, dirigiéndose a él en términos como “Maestro” y “mártir de Abando”. Continuemos con el estudio comparado de ambos autores, y viendo cómo sus emociones compartidas se expresan de manera distinta atendiendo a las exigencias de la moda intelectual del momento. Por ejemplo ambos comparten una visión idílica del pasado, pero mientras la de Sabino es bucólica la de Krutwig ha pasado por las corrientes marxistas. También por los anarquistas Proudhon y Kropotkin, de quienes espolvorea citas por su obra, vengan o no a cuento, como si se tratara de azúcar glas. El resultado es singular:

“Una sana base de la sociedad era la que existía en Vizcaya antes de la usurpación y la ocupación militar por parte de las fuerzas españolas, en que existía un régimen político propio, sui generis, que podría llamarse de (sic) comunismo federalista, que solamente vivía, como decía Kropotkin ‘por la constante cooperación de todos’”

“El estado es, en general, siempre un instrumento de la opresión al servicio de las clases dominantes, cuando tales clases existen, claro está. La organización estatal vasca no desempeñaba tal función puesto que la estructuración jurídica de Vizcaya, Guipúzcoa, Laburdi y Álava, especialmente, aunque no pueda excluirse al resto de los estados vascos, carecía de clases oprimidas, y el estado era la federación de comunas”

Y el análisis es similar en el resto de los asuntos. Ya hemos visto que para Chaho las guerras carlistas no eran más que guerras de independencia vascas. Para Krutwig se trataba de guerras nacional-revolucionarias en las que los carlistas eran... comunistas:

“Frente al principio que proclamaba en lengua castellana la libertad del individuo y entregaba a éste a la explotación capitalista, se levantaba el principio de la comunidad euskaldun, defendido por el comunista ‘txapelgorri’”

En este contexto Zumalacárregui queda convertido en un revolucionario de izquierdas: “No es extraño que los verdaderos defensores de la libertad y de la igualdad (...) fueran aquellos guerreros (...) a las órdenes de Tomás de Zumalacárregui (...) Ellos eran los guerrilleros de la libertad, la explosión del sentimiento libertario”
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El ámbito geográfico de la Vasconia de Krutwig es mucho más ambicioso que el de Sabino, para quien la cosa acababa en el Ebro. El resultado será un país decisivo en el panorama internacional:

“Solamente la existencia de Estados como la futura Vasconia reunificada podrá aportar una solución duradera a las nuevas condiciones sociales de la Era atómica

Por el oeste incluye prácticamente toda la provincia de Santander; por el suroeste abarca la burgalesa comarca de La Bureba. Esto plantea algunos problemas: “El hecho de estar anexionado a la provincia de Burgos hace que gran parte de la población haya perdido su conciencia nacional y se crean burgaleses”

Un despiste explicable, porque según Krutwig España ha colonizado Vasconia tan exhaustivamente que muchos se han olvidado de que son vascos: “La primera fase de la desnacionalización efectuada en aras del colonialismo que practica España en Vasconia ha tenido lugar en los territorios de la Euskaria irredenta, que fue donde primeramente esta política de genocidio fue llevada con más saña. Las tierras de La Rioja, Moncayo, Bureba, Montaña y Huesca pronto perdieron la savia vivificadora a través de la castellanización.”

Fiel a esta visión la Vasconia de Krutwig fagocita la Rioja y la mitad de Soria. Hacia el este absorbe Aragón. Y en el norte penetra decididamente hasta el río Garona y se queda sin complejos con toda Aquitania. Con ello descubre que la poesía de los trovadores es un invento vasco: “Su fondo es el matriarcado vascón con su amor libre (...) Sin un fondo vascón no son comprensibles esos juicios de las damas que tan en alto ponían el amor libre y que con toda justeza juzgan y dan razón al adulterio (...) Los vascones no tenían esa idea de la propiedad, no conocían el adulterio” En ese momento Krutwig se abandona a melancólicas ensoñaciones eróticas (en detrimento de la sintaxis) y recuerda anhelante las hazañas de Guillermo VII, duque de Aquitania (y por tanto vasco) que “se lió con dos domnas (sic) prudentes, en las que (sic) una vez que estuvo a solas con ellas llevó a cabo sus proezas amorosas, durante ocho días.”

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Sabino ha dedicado mucha atención a los parásitos maketos que han llegado para robar a los vascos sus trabajos. Krutwig traslada la condición parasitaria al resto de España, que vive como una sanguijuela de robar a los vascos:

“Así como es contrario a toda norma de justicia que una sociedad tenga que alimentar a elementos parásitos, no lo es menos que un pueblo trabajador tenga que estar sometido a un estado que lo explota (...) en beneficio de una casta o de un grupo étnico parásito, tal y como sucede con los vascos, explotados y robados del fruto de su trabajo en favor de una etnia cuya filosofía nacional desprecia el trabajo.”

"El problema que supone para Euzkadi la injusticia de tener que soportar un país subdesarrollado como es España, es un insulto a toda norma de convivencia entre los pueblos. No hay límites ni palabras con que calificar esta opresión, a manos de un militarismo y feudalismo estrujadores, que en su tierra tan sólo alaban el dolce farniente, no cabiéndoles otra deshonra que el trabajo. No se comprende por qué ley de justicia (a no ser la del avasallamiento colonial) tengan que mantener los vascos a un pueblo de zánganos de profesión y explotadores tanto más cuando las mismas clases explotadas, en tanto se trata de la opresión del pueblo de Euskeria, hacen causa común con sus castas feudales y militaristas para atacar los derechos de la nación vasca. Se trata de una ignominiosa opresión en Europa."

El mito ‘España nos roba’ tendrá una proyección duradera en el tiempo.
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También en Krutwig, como en el caso de Sabino, surge el problema de los vascos no nacionalistas, aquéllos que no comulgan con su visión. ¿Qué ocurre con los vascos que no creen en el mensaje etno-lingüístico-revolucionario de Krutwig? Pues esos son como los maketófilos del mártir de Abando:

“No hay duda de que, al igual que hay proletarios que son reaccionarios, hay vascos que son españolistas o afrancesados. Se trata de excreciones cancerosas que produce la naturaleza.”

“La sociedad de burgueses bilbaínos (favorable al liberalismo) nada tenía que ver con el espíritu del pueblo vasco. Era un cáncer desarrollándose en un cuerpo sano. La excreción cancerosa, que concentraba en torno al Nervión a masas humanas extrañas al país, era tan enemiga del pueblo vasco como las células enfermas son en el cuerpo vivo del hombre sano.”

Las personas que se ponen en el camino de la etnia quedan así convertidas en células cancerosas. Y contra ellas sólo caben medidas terapéuticas. Porque en Krutwig permanece intacto el odio de Sabino. Pero sus resonancias son más cercanas, más familiares y por tanto aún más siniestras. Se expresa especialmente en la parte de Vasconia llamada Bellica:

"El pueblo vasco, no solamente tiene derecho a levantarse en armas para oponerse a la desnacionalización por parte de España y Francia, sino que se trata de un deber moral el que se oponga a la deshumanización hecha por vías del Estado opresor. Es una obligación para todo hijo de Euskalherria oponerse a la desnacionalización. aunque para ello haya que emplearse la revolución, el terrorismo y la guerra. El exterminio de los maestros y de los agentes de la desnacionalización es una obligación que la Naturaleza reclama de todo hombre. Más vale morir como hombres que vivir como bestias deshumanizadas por España y Francia."

Krutwig inventa el término plastikolari para designar al terrorista provisto de explosivos, arma esencial en su ‘guerra de descolonización’. En esta materia, en la que puede canalizar a gusto su odio, Krutwig queda perfectamente expuesto:

“No se deberá nunca dejar lugar a dudas de que todo policía o militar enemigo es un objetivo de nuestra actividad guerrera. Los policías que hasta hoy han torturado a los detenidos vascos deberán ser pasados por las armas o degollados. En estos casos es recomendable siempre que se pueda emplear el degüello de estos entes infrahumanos. No se debe tener para ellos otro sentimiento que el que se posee frente a las plagas que hay que exterminar. Cuando ello no represente un peligro para el guerrillero. Estos torturadores deberán ser eliminados por medio de tortura. Si las fuerzas de ocupación siguieren con sus medidas de tortura no se deberá nunca dudar en el empleo del retalión para exterminar a los familiares de los torturadores.

Dejemos aquí a Krutwig, en el momento en que lo siniestro empieza a ocultar lo ridículo. Y terminemos aquí esta historia.

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Notas

[1] La mayoría de las citas de este capítulo pertenecen a Vasconia, salvo unas pocas, que indicaré expresamente, que corresponden a Garaldea.

[2] Antonio Elorza defiende esta influencia decisiva. No así Jon Juaristi, aunque afirma que “las ideas fundamentales de (Vasconia) ya eran moneda corriente entre los nacionalistas de mi generación”. Por lo tanto, incluso en este caso, parece razonable usar a Krutwig como exponente del estado del pensamiento de Sabino en esa época.

[3] En Garaldea Krutwig se apoya en un estudio del etnólogo austriaco Dominik Woelfel (1888-1962). En Canarias, el inesperado papel protagonista otorgado por Woelfel a los guanches causó cierto entusiasmo en la universidad, sector habitualmente sensible a las afecciones nacionalistas. En 1941 le fue ofrecida una plaza en la universidad de La Laguna aunque no llegó a ocuparla, y en 1960 se le concedió un doctorado honorario en esa misma universidad. Por su parte Garaldea recibiría la atención del grupo terrorista canario MPAIAC.

[4] Garaldea.

Imágenes: 1) Federico Krutwig. 2) Madame Blavatsky; 3) Mapa de la Vasconia expandida de Krutwig. 3) Trovador vasco en acción.

viernes, 18 de octubre de 2013

AMOR Y ORGANILLOS



 

En general Sabino no tiene una gran opinión de las mujeres:

”La mujer, pues, es vana, es superficial, es egoísta, tiene en sumo grado todas las debilidades propias de la naturaleza humana: por eso fue ella la que primeramente cayó. Pero por eso precisamente de ser inferior al hombre en cabeza y en corazón, por eso el hombre debe amarla: ¿qué sería de la mujer si el hombre no la amara? Bestia de carga, e instrumento de su bestial pasión: nada más. La mujer necesita de la protección del hombre, de su tutela; como el hombre necesita de la compañía de la mujer.”

Pero en 1899 se echa novia. La elegida, Nicolasa de Achicallende, reúne muchos méritos para haberlo cautivado. Para empezar es una aldeana. Sabino, admirador del Peru Abarca [1] de Juan Antonio Moguel sabe que en el campesino vasco permanecen intactas las virtudes no corrompidas de la raza. Además es de Busturia, lugar de nacimiento de Jaun Zuría, el héroe vizcaíno que les dio una buena lección a los leoneses/españoles en Arrigorriaga. Sabino no es estrictamente un campesino, pero cerca de allí, en Pedernales, tiene su segunda residencia. Y sospecha que puede ser el nuevo Jaun Zuría, el libertador de los vizcaínos de la insoportable opresión de los maquetos. Todo confluye, pues, hacia ese enclave mágico donde se encuentra su amada.

En cualquier caso su noviazgo no es bien visto por sus compañeros de partido, que si bien saben como Sabino que las campesinas vizcaínas son las depositarias de las esencias vascas, creen que casarse con una de ellas es llevar las cosas demasiado lejos. En realidad Sabino tampoco las tiene todas consigo, pero por una razón distinta: le preocupa que Achicallende no sea un apellido lo suficientemente vasco.

“Me ha dado bastante que pensar el apellido de mi amada, con ser aldeana y todo. Es un apellido único en Vizcaya, que sólo allí existe: Achica-Allende.”

Tras múltiples argumentaciones consigo mismo Sabino decide que Achica es decididamente vasco, y que lo de Allende es un añadido para distinguir el caserío de su amada de aquel de Achica de abajo. Queda así muy reconfortado:

“con este motivo son ya 126 los apellidos de mi futura esposa que tengo hallados y puestos en cuadro sinóptico o árbol genealógico: todos ellos son euskéricos”.

Y termina sabiamente: “procuraré suprimir el Allende”.

No es, en cualquier caso, el Fundador quien inicia la práctica vasca del camuflaje de apellidos sospechosos. Su hermano Luís, tras involucrarse sentimentalmente con la zaragozana Josefa Egüés Hernández, cocinera en casa de sus padres, le ha cambiado los apellidos por Eguaraz Hernandorena. Y tampoco es la primera vez que Sabino se ha metido a cambiar nombres. En noviembre de 1897 ha comunicado a su buen amigo Kondaño:

“Y a propósito tengo que darte una mala noticia: (...) Ya, en vez de Aingeru, te llamas Gotzon

Volviendo al proyecto matrimonial de Sabino, el caso es que tampoco los vecinos de Busturia están contentos con el asunto. Todo parece indicar que, en su rusticidad, creen que Sabino es un señorito de ciudad que pretende aprovecharse de su paisana. Las murmuraciones finalmente llegan a extremos intolerables:

“Y aún aseguran (esto ya es el colmo de la audacia) que bailé con mi novia al piano de manubrio el día de Santiago.”



Completamente inaceptable. Porque si hay algo que Sabino detesta es el organillo:

“Ahora se valsea al estilo de los chulos; y no al son del tamboril, instrumento desterrado por lo antiguo, sino al son de las guitarras , bandurrias, violines, murgas... y el maldito piano de manubrio.
Salido este de las callejuelas madrileñas, en donde hacía las delicias de esa escoria de la humanidad, del indecente y soez chulo, se ha introducido en nuestras aldeas y hoy es raro ya el bizkaino que no sabe hacer con su cuerpo las impúdicas contorsiones propias del baile flamenco.” [2]

Sabino constata, además, que el mal se está extendiendo:

“Hemos visto en Durango, pueblo que lleva fama de religioso, plantarse el piano de manubrio en el sitio más escogido (...) El Día de San Juan se celebró la romería en Sondika. No quisimos ir allá por no tropezarnos con el infame armatoste, ni con esa serie de guitarristas lisiados que atruenan los aires con sus cantares obscenos. Hace unos años si nuestros baserritarres hubiesen escuchado tales canciones, es seguro que hubiesen arrojado a palos a los trovadores”

Las quejas de Sabino hacia el maléfico instrumento son constantes, por lo que no resulta extraño que al ser elegido para a la diputación de Vizcaya aproveche para atizarle un impuesto:

“Explotando a nuestros administrados, rondan por los pueblos de Vizcaya, muy especialmente en esta época de romerías, numerosos individuos que, acompañados de ciertos instrumentos de música, además de obtener con su industria pingües rendimientos, molestan a quien tenga mediano oído y ofenden a la moral con los bailes que provocan y los soeces cantares que profieren (…) juzgo pertinente y razonable, salvo el digno parecer de esta Excelentísima Corporación, proponer a S.E. el siguiente impuesto a dichos instrumentos de música desafinada y a los individuos extraños al país vendedores de coplas:
- Cincuenta pesetas por año económico a cada piano de manubrio.
- (…) Diez pesetas por año económico a cada extraño al país que se dedique a cantar y vender coplas.”

Como puede verse, al hablar del temible piano de manubrio Sabino no consigue mantener ni la ecuanimidad ni el tono legalista que conviene a un diputado, y el texto legal acaba siendo un tanto intemperante. Pero ¿tan temible es el organillo? Pues sí, porque su propagación es paralela a la del verdadero cáncer de la raza vasca: el baile agarrao.
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A comienzos el siglo XVII Pierre de Lancre, el afamado cazador de brujas de Burdeos, declaraba que en la raíz de la tendencia natural de los vascos hacia el mal estaba su afición a la danza [3]. Desde entonces las cosas han cambiado, y los bailes vascos han ido evolucionando hacia formas más castas en las que incluso el contacto de las manos está mal visto. Ahora sin embargo la pureza vasca se ve nuevamente amenazada por la irrupción de bailes extranjeros en los que los cuerpos de los participantes se rozan impúdicamente. Así habla un crítico musical en 1886:

"Con las jotas y fandangos peninsulares, las contradanzas inglesas y los interminables rigodones franceses, han recibido los provincianos y navarros, como de sorpresa, los bailes vertiginosos, las polkas, los galops, los schottisch y todo género de bailes aglutinantes afrenta de la verdadera cultura social [...] ¡Ah! Los desprevenidos vascos, los inventores del honesto y decoroso zortzico, del noble aurresku y de la varonil espatadantza, han tomado aquellos inmundos bailes como moneda de buena ley, y hoy se ceban en ellos solo porque los han visto aceptados por gente de la corte, sin advertir por qué gente! ¡Quiera el cielo que se curen de la funesta manía de remedar en todo las modas de este pandemonium de Madrid!" [4]

Sabino está completamente de acuerdo, y escribe:

“Eran estos (los bailes) hasta hace poco alegres e inofensivos; divertíase la gente joven más, mucho más, que ahora, pero decentemente sin faltar a la moral, porque esos bailes presididos por el Alcalde del pueblo, reducíanse únicamente al aurresku, arin-arin y algún otro aire y se permitía en ellos valsear, llegando el pudor hasta el extremo de que, cuando era preciso formar cadena, la hacían por medio de pañuelos agarrando el hombre un extremo y la mujer otro. Ahora no hay nada de eso.“ [2]

Y también:

“Ved un baile bizkaino presidido por las autoridades eclesiásticas y civiles y sentiréis regocijarse el ánimo al son del "txistu", la alboka o la dulzaina y al ver unidos en admirable consorcio el más sencillo candor y la loca más alegría; presenciad un baile español y si no os causa náuseas el liviano, asqueroso y cínico abrazo de los dos sexos queda acreditada la robustez de vuestro estómago”. [5]

Obsérvese que, en ambos casos, Sabino parece considerar parte esencial de la gracia del baile vasco la supervisión de las autoridades civiles y eclesiásticas.

En algunos casos el conflicto alcanza mayor intensidad. En Bergara, durante las fiestas de San Pedro de 1897, el alcalde publica un bando prohibiendo el baile agarrao y prescribiendo el uso alternativo del tamboril. Un grupo de paisanos se siente poco inclinado hacia el sucedáneo y traslada la juerga al Espolón, donde son practicados los bailes proscritos. Ante ello un jesuita llamado Ibarguren se flagela públicamente para pedir perdón por los pecados de los danzantes que, para colmo de desvergüenza, continúan con sus evoluciones durante todo el incidente. Sabino, muy enfadado, dedica al asunto un artículo titulado Efectos de la invasión:

”Que al norte de Marruecos hay un pueblo cuyos bailes peculiares son indecentes hasta la fetidez; y que al norte de este segundo pueblo hay otro cuyas danzas nacionales son honestas y decorosas hasta la perfección; y entonces no les chocaría que el alcalde de un pueblo euskeriano prohibiese el bailar al uso maketo, como es el hacerlo abrazado asquerosamente a la pareja, para restaurar en su lugar el uso nacional de Euskeria.” [6]

El legado de Sabino será perdurable también en esta materia, y los bailes agarraos continuarán siendo contemplados con suspicacia. En 1909 socios del bachoqui de Sestao aprobarán por unanimidad una norma según la cuál se expulsará “a todo socio del que se tenga noticia de haber bailado el agarrao”. Y aún en 1928 la revista Txistulari, periódico oficial de la asociación de chistularis, pedirá a los intérpretes que "no toquen con el txistu ‘tangos’, ‘abaneras’, ‘fostrotes’ y otras cosas así, que eso ni es de txistularis, ni de cristianos, ni de vascos". [7]



[1] Más sobre Peru Abarca aquí.
[2] Las romerías de hoy. Baserritarra nº 10, julio de 1897.
[3] Pierre Lancre, Descripción de la inconstancia de los malos ángeles y demonios.
[4] Pedro de Madrazo. Citado en Euskomedia.
[5] ¿Qué somos? Bizkaitarra nº 29, junio de 1895.
[6] Efectos de la invasión. Baserritarra nº 11, julio de 1897 .
[7] Txistulari nº 5, año 1928. Citado en Euskomedia.

Imágenes: 1) Piano de manubrio; 2) Danza vasca, de Ana María Marín; 3) Escena del Sabbath, según Pierre Lancre; 4) La varonil ezpatadantza.

domingo, 6 de octubre de 2013

SABINO, LA EPICA Y LA LIRICA



 

LIBE.- (Con dulzura) Florecillas puras y olorosas, ¿para quién tan lindas? ¿A quién ofrecéis vuestro suave aroma y vuestras galas? Vosotras amáis ¿no es verdad? (Interrumpiendo el riego, medrosa y pensativa.) ¡Ay! También yo... siento no sé qué... que nunca he sentido...

En 1902 Sabino escribe Libe, un melodrama sobre la batalla de Munguía (una de las ‘cuatro glorias’ de Bizcaya por su independencia) que publica en 1903 en castellano bajo el seudónimo de Jelalde. La acción se desarrolla en 1471, y la protagonista es Libe, hija del señor de la vizcaína torre de Bilala. Es pretendida por Andima, otro aguerrido vizcaíno, pero no ha tenido mejor ocurrencia que enamorarse del Conde Don Diego, un españolazo al servicio del Conde de Haro. Desde el comienzo Libe, y el propio Don Diego, no dejan de percibir a dúo que su amor es un disparate:

LIBE.- ¡Puro sueño! ¡Es extranjero! ¡Puro sueño! / DON DIEGO.- ¡Suerte cruel! ¡Ser extranjero! ¡Suerte cruel!

Obsérvese la asimetría: Don Diego no lamenta que Libe sea extranjera, sino que entiende que el problema es suyo por no ser vizcaíno. Sin embargo se atreve a entrevistarse con el padre de Libe para exponerle su pretensión. A pesar de que éste descubre que Don Diego ha salvado la vida de su hijo en una batalla precedente contra los moros, lo reconviene amablemente:

EL DE BILALA. (Al Conde, advirtiéndole cortésmente) Mirad que sois extranjero.

EL CONDE (Humilde) Lo sé, señor, pero el corazón no me respeta.

Sin embargo, en un momento de flaqueza, el de Bilala acepta la candidatura de Don Diego dada su condición de salvador de su hijo. Grave error. Permitir el matrimonio con el extranjero, la temible mezcla, desencadenará el desastre.

En la siguiente escena un grupo de campesinas contempla la comitiva del conde de Haro:

ALDEANAS.- ¡Qué trajes, qué joyas! ¡Cuánto oro y plata! ¡Esplendor por fuera! Por dentro ¿serán felices?
Nosotras lo somos. No cambiemos nuestros vestidos por los suyos, ni nuestros flequillos [1] por sus montañas de cabello (...)
No cambiemos nuestras caserías por sus palacios.
No vistamos la toca blanca por esposos extranjeros.
Volvamos a nuestros caseríos alegres y contentas. Volvamos, volvamos.
¡Qué encantador es el caserío bizkaino! Palomas, blancas como tocas de casada, cobijadas en frondoso roble. Corderillos, blancos como la nieve, desparramados en verde pasto.

Entra entonces Andima que acaba de vencer, como es natural, a un castellano en un torneo:

ANDIMA.- ¡Oh Libe! (...) Tú tan bella, tan vasca ¿amar a un extranjero?

Se encuentra entonces con Don Diego y el señor de Bilala, recrimina a este último que no haya reservado su hija para un aborigen, y le suelta una grosería al primero:

ANDIMA.- (Lento) Más honrado que un bizkaino ningún español. (Aún más lento) Tan honrado como yo pocos. (No tan lento pero más frío) Probadlo si os place.

El padre evita que se enzarcen, y Don Diego queda admirado:

EL CONDE.- Es muchacho noble y valiente.
EL DE BILALA.- (Con gravedad) Es bizkaino.

En el siguiente acto, en el que abundan el “tibio céfiro” y los “parleros pajarillos”, los enamorados Don Diego y Libe se dicen las cosas de rigor, pero la tormenta se cierne sobre ellos. El argumento es difícil de seguir. Según la creencia general el señorío de Vizcaya lleva definitivamente incorporado a la corona de Castilla desde 1379, pero Sabino, que ha investigado más, demuestra que no es así la cosa. Resulta que Vizcaya es en realidad una república, “la República de Bizkaya”, y Enrique IV (al que, para complicar aún más las cosas, Sabino se empeña en llamar Enrique II, como si Vizcaya fuera finalmente un reino y tuviese una numeración particular) tiene las tierras vizcaínas “otorgadas por su oficio de señor”. De este modo Enrique IV es rey en todos sus territorios excepto en Vizcaya, donde es presidente de la República.  Y, sin darse cuenta de esto, ha decidido poner al frente de ella al Conde de Haro sin pasar por las urnas. Los vizcaínos se han molestado y, reunidos en Junta, le han declarado la guerra (aunque lo correcto quizás habría sido una moción de censura). Para enfatizarlo los junteros han terminado lanzando a coro el irrintzi. [2]

En el último acto tiene lugar la batalla. Libe, que es bastante voluble, es presa de un súbito fervor patriótico que la lleva sucesivamente a agarrar una bandera, a recordar a los vizcaínos que Vizcaya siempre fue libre, y a ser derribada por un arcabuzazo. Lo de la independencia ancestral de Vizcaya es obviamente el mensaje de la obra, y para que al público le quede claro Sabino lo repite hasta la extenuación: “¡Bizkaya siempre fue libre!”; “Bizcaya lucha por su independencia. Siempre fue libre”; “Bizcaya será libre. Como siempre antes”, etc.

La victoria es para los vizcaínos, que entre irrintzis llevan a la moribunda Libe ante su padre. También pasan por allí Andima y Don Diego, que ha sido hecho prisionero por aquél. El señor de Bilala se ha dado cuenta de su fatal pecado, haber permitido la mezcla racial, y Andima lanza un discurso en el que, junto a lo de la libertad inmemorial de Vizcaya, lanza una pulla contra la mestiza España:

ANDIMA.- Antes que tú España, ocupaba el vasco Europa entera. ¿No le has de permitir ni este rincón de áspera tierra para vivir libre? Entre tus progenitores fue uno el vasco. Más ya que no reconozcas a todos tus padres, respeta al menos al pueblo que es más antiguo que tú: respeta al que fue libre antes de que tú nacieras.

Libe muere feliz, porque le han “enseñado a amar a Bizcaya”, el telón cae y el público abandona la sala, suponemos, conmovido y edificado.



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En cuanto a la poesía propiamente dicha, más que poemas Sabino escribe canciones, pues sus versos suelen estar diseñados para encajar en una melodía preexistente [3]. Sabino trata de impregnar los cantos populares con su peculiar visión racista para devolvérselos a continuación al pueblo, que anda bastante despistado y no se entera del peligro en que se encuentra su patria. Porque la raza vasca, perfecta, pura y generadora de unas leyes miríficas, vivía en el pasado en armonía en una Arcadia feliz bajo la benévola mirada de Jaungoikua. Ahora, sin embargo, agoniza por la opresión del taimado invasor maqueto, a cuyo contacto el vasco se corrompe. Ahora el vasco abandona sus costumbres, sus tradiciones e incluso a su Dios. La única solución es levantarse y destruir al invasor. De ese modo se recobrará la armonía del pasado y los vascos volverán a vivir felices a mayor gloria de Dios (y viceversa).

Sabino escribe sus primeras composiciones durante su etapa de (ejem) estudiante en Barcelona. Son ¡Siñismena! (Fe), Kantauritarrak (Los cántabros) y una oda al sacerdote Pedro Pablo de Astarloa [5]. Más adelante, en Bizkaitarra, entre 1894 y 1895 produce una segunda tanda de canciones. En ellas llama la atención que utiliza contra los españoles no vascos, con mucha más frecuencia que en la prosa, el nombre infamante usado para referirse a los agotes: “mochas” (contracción de “belarrimochas”, “orejas cortas”). También “belchas” y “azurbelchas” (“negros” y “huesos negros”), que Sabino reserva a los maquetos en su condición de liberales.

En 1895 escribe Bizkaitarrak gara (Somos vizcaínos). ¿Y que son los vizcaínos según el poema? Pues básicamente se describen por oposición: son los que no son amigos de los maquetos/mochas. En realidad el primer mandamiento del vizcaíno es odiarlos:

Bizkaia maitetako, bera areijuaren
Arerijuak ixan biogu lengo-len.
(Para amar a Vizcaya antes que nada
hay que ser enemigo de sus enemigos.)

Ahora hay que seguir el ejemplo del pasado, recreado en Bizcaya por su independencia, y ahogar al enemigo en su sangre:

Baña asaba zerdenak eratzi ebezan,
odolez ibaiturik erri-mugea alan.
(Pero nuestros antepasados los destrozaron y, en un baño de sangre,
los arrojaron fuera de las fronteras de la patria.)

Una vez libre de los maquetos/mochas, la tierra de los vascos quedará descontaminada:

Oikinde onak eta ekandu ederrak
ordetuko ditube motzaren okerrak.
Los buenos usos y las hermosas costumbres
en adelante sustituirán a las viciosas de los mochas.

Entonces la orgullosa raza vasca recuperará la situación de preeminencia que naturalmente le corresponde:

Antziñeko enda zarr, garbi ta bakana
orain maketuenak dagona betuta,
biztuko da  ta betik jagiko da gora,
eta bizkaitarrena Bizcaya ixango da.
(La vieja raza de los tiempos antiguos, limpia y especial,
ahora humillada por los maketos,
vivirá y para siempre se alzará a lo alto,
y de los vizcaínos Vizcaya será.)

Y así el poema resume la idea esencial (y única) del nacionalismo de Sabino: la lucha de la raza vizcaína contra el impuro enemigo opresor (el maqueto o belarrimocha portador del vicio y el castellano), iniciada en la edad media, y cuyo camino está marcado por cuatro gloriosos y sangrientos hitos, debe reanudarse ahora. Tras el combate la raza vasca recuperará su glorioso pasado iluminado por Dios desde lo alto... de la Junta de Guernica (y limitado Él mismo por las leyes vascas):

Jaun Done Goikuaren beian egongo da
Bizkai’ko erri danon Gernika’n Batzarra.
Antxe lagi ederrak eingo deuskuzala
Lagi Zarr’tik urteniz, artez-arte dana.
(El Santo Señor de lo Alto velará
en la Junta de Guernica del pueblo de Vizcaya.
Allá nos hará hermosas leyes extraídas
todas directamente de la Ley Vieja.)

Posteriores cantos representarán variaciones (mínimas) de este mismo tema. En 1897 publica Oraingo Bizkai-bizkarrak (Las espaldas vizcaínas de ahora). En ella juega con el doble sentido de “bizkarrak”, que puede significar tanto espalda como loma, y de su semejanza con “Bizkaia”, que hace descender de aquélla. De este modo Vizcaya es ahora impura porque sobre las espaldas de sus habitantes recae la opresión de los mochas, y sus hermosas lomas están plagadas de mochas y “mochófilos” (“motzalez ta motzez”).

En ¡Lenago il! (Antes morir) Sabino comienza desde la primera estrofa el habitual lamento por la degeneración de la raza vasca y por la destrucción del mundo rural por los “insaciables maketos”. Fruto de la contaminación, ahora los vascos se están volviendo blasfemos y descreídos y ofenden a Jaungoikua hablando en castellano:

Orain motzak lez loiztuten dabe,
loidun erderaz egiten.
(Ahora lo ensucian como los mochas
hablando en inmundo extranjero.)

Y sigue así la cosa. Como en Mendiko negarra (El llanto de los bosques):ºº

Ara motzenak gaur emen zeure bijotz garbija usteltzen.
(Hoy aquí las [costumbres] de los mochas pudren tu limpio corazón.)

Finalmente el ideario de Sabino queda condensado en el estribillo de Ken:

¡Kendu, kendu maketuok eta euzkeldun maketuzaliok!
¡Bota, bota azurbaltzok eta euron lagun guztijok!
(¡Quita, quita maquetos y vascos maquetófilos!
¡Fuera, fuera azurbelchas y todos sus compañeros!)


[1] Descubrimos aquí el origen del temible peinado de las actuales aberchales.
[2] Obsérvese aquí como se puede armonizar lo tradicional con lo científico.
[3] Los versos que se citan, y sus traducciones, se han extraído de la obra ya mencionada de Antonio Elorza Tras las huellas de Sabino Arana.
[4] Astarloa ha sido mencionado en un capítulo precedente.

Imágenes: 1) y 2) ¿La venganza de Don Mendo? No, Libe, reestrenada en los años 30 por Ramón de la Sota.

sábado, 5 de octubre de 2013

TROLERIAS

Filología vasco-mariana
El 15 de junio de 1900 Bilbao celebró como pudo el VIº Centenario de su Carta Puebla. A remolque del evento, Nuestra Señora de Begoña, que tampoco vivía su etapa más boyante, tuvo su Coronación oficial el 8 de septiembre.
La Virgen de Begoña había sido, a la disolución del antiguo régimen, una de las mayores fortunas de Vizcaya. Begoña fue entonces plata maciza, y de ahí para arriba. Pasaron luego las hordas galas, la republicana y la napoleónica, las hordas carlistas y liberales, la horda bancaria hipotecaria (para techar y apuntalar tanta ruina)…  Un cabildo begoñés en quiebra, pero con aldabas en Roma, discurre aprovechar el 1900 para obtener del papa una coronación canonica (en regla) de la Andra-Mari Begoñacua.
Los nuevos ricos bilbainos, la burguesía ‘fenicia’ tan denostada por Sabino, no se volcaron. La Corona magnífica fue costeada, según trascendió, por una tal Sra. de García (Dª. María Aguirre), que puso su joyero personal en manos del joyero Anduiza.  «Se asegura que el valor total de la corona asciende a 98.500 pesetas», ponderaba  Arístides de Artíñano, cronista oficial y diz que muñidor del evento. Más del doble que el cetro de María y la corona del Niño juntos, «cuyo valor se aproxima a 46.000 pesetas… producto de suscripción popular en halajas y metálico»[1].
Otros muchos regalos ingresó el tesoro begoñés, prendas de la devoción de los vizcaínos. Pero hubo un cabujón nada despreciable, que si no entró en inventario fue por no tener valor de cambio, pues no era del mundo de la materia, sino del espíritu. Por primera vez, desde su aparición en siglos remotos, se enteró la Virgen de Begoña de cómo se dice  ‘coronación’ y ‘corona’ en vascuence.
¡Pero cómo! Un pueblo tan religioso como el vasco, con sus innumerables  vírgenes, santas y santos, todos coronados, y con el clero más copioso de España y de la cristiandad, cada cura y fraile con su tonsura coroniforme («Buenas tardes, señor barbero. Lo de siempre: afeitar y hacerme la corona»)... ¿ese pueblo no sabía decir ‘corona’ en su lengua propia perfectísima?
Claro que sí; pero con palabra prestada: coron/corona, coro, coroe, coroi, coru, corue… hasta coghua, en el grasseyé suletino. Tanta variedad es toda ella sobre un mismo tema latino, corona. Y lo peor de lo peor: un latín demasiado parecido al castellano.
Corría el año, y ya los puristas del euskera se preguntaban cómo escribir ‘coronación’ en la lengua ágrafa milenaria. Pero escribirlo y decirlo bien, no como los curas de pueblo, que desde el púlpito anunciaban la ‘coronaziño’.
Curiosamente, Sabino Arana, tan begoñés de coraziño, en toda esta movida coronaria se mantuvo distante [2]. No nos quepa duda, a él le habría parecido lo más normal del mundo que se le hubiese consultado sobre un punto tan sensible y trascendental. Los únicos popes de la lengua vascongada eran él mismo y don Resurrección María de Azcue. Para entonces, Sabino cada vez salía menos de su Pedernales, que él había rebautizado Sukarrieta. «–A ver por dónde sale Azkue». Eso: su rival Azcue, que tanto ironizaba sobre él («Arana, nuestro audaz ‘neólogo’»); a ver cómo resolvía la papeleta de decir ‘Himno a la Coronación de Ntra. Señora de Begoña’ en euskera pulido.
Conocemos al sacerdote Azkue como ganador de la primera cátedra de euskera en Bilbao, frente a Unamuno y Arana. También por su zarzuela nacionalista ‘Vizcaytik Bizkaira’, saludada en su día por Sabino en estos términos:
«El Sr. Azkue, mientras inadvertidamente ha sido españolista, no ha tenido más lema que Dios y la Patria, mas la falsa Patria; hoy, que ha abierto los ojos,  no tiene tampoco más lema que Dios y la Patria, pero la erdadera Patria. […]
La obra del Sr. Azkue ha sido un acontecimiento para el partido nacionalista de Bizkaya. Ha estrenado el Teatro Nacional.» [3]
Un buen día 28 de mayo Sabino lee en el Noticiero Bilbaino la letra de un himno nuevo en vascuence  a la Virgen de Begoña, con firma escueta: Azkue. Y allí, en la segunda línea del título, una palabra insólita (traduzco):

A la Andra-Mari de Begoña
En su Buruntzialdi

¿Y qué era eso de buruntzialdi? Hay que llegar a la 3ª estrofa del himno para sospecharlo (sigo traduciendo):
En Vizcaya ningún terrestre usó
el buruntzi señorial,
pues ‘siempre tuvimos por reina
a la Andra-María de Begoña’.

Con que el buruntzi era un atributo de señorío regio. Tres son los atributos principales de realeza: la corona, el cetro y el manto. Por exclusión, nos quedamos con la corona, por aquello de buru, cabeza.
La solución de la charada se podía confirmar  por otra vía. En el subtítulo del poema, Buruntzialdi (atento el sufijo -aldi, tiempo u ocasión) sólo podía ser Coronación, excluidas a priori Cetrificación y Mantificación de Nuestra Señora. Ingenioso todo ello, y altamente filológico, aunque la emoción estética y religiosa algo pierdan en el envite.
Aun así, tan misterioso era el vocablo, que el propio vate había prevenido una notita con la clave. No es corriente que los poetas y poetastros nos hagamos entender a golpe de notas («Hemos traído por los pelos el Corpus Christi y otros latinajos, por no disponer en castellano de consonantes para ‘Un soneto le debo a Jon Juaristi», etc. …). Eso quiere decir que Azkue no las tenía todas consigo. Porque, como pareja de primeros espadas en un mano a mano, también don Resurrección María se preguntaba en sus adentros: «A ver por dónde me sale Arana».
Y vaya si le salió rana el Arana. En principio, con su punto de razón; porque hay que ver el contenido de la nota explicativa de Azcue. Más o menos, la ficha lexicográfica que luego utilizó en su monumental  ‘Diccionario Vasco-Español-Francés’ (1905-1906): buruntzi o buruntzaki, que en el dialecto vizcaino de la parte de Marquina se usaba para significar el ‘aro superior de un cesto’, «por extensión apliqué yo a significar ‘corona’, en un himno a nuestra Señora de Begoña».
Por aquí le embistió Sabino con su estrategia habitual, esto es, abriéndose de capote con una carta de provocación, con vistas a un carteo y polémica de campanillas. De hecho, añadía esta posdata:
«P. D. No tengo inconveniente dé V. a la publicidad estas líneas, si lo juzga oportuno.»
«Estas líneas» –dos cuartillas, como poco– configuraban todo un discurso tripartito:

1º. Exordio. Advertencia preliminar (devolviendo a Azkue su propio dardo): ojo con los neologismos, que no todo vale.
«Advierte V. en nota ser usual dicho vocablo. Esto último, este hecho, no lo dudo desde el momento que V. lo asegura; pero bien sabe V. que no nos debe bastar el simple hecho material de usarse una voz … Es preciso estudiar y saber cómo se usa y por quiénes, y aun después de esto, examinarla en sí misma. 
También se usa, por ejemplo, txi(s)mistargi por luz eléctrica y aun por electricidad (como si ésta fura luz); pero sería imperdonable admitiéramos una voz tan risible, inventada, sin duda, en algún rato de ocio y buen humor, por algún txistulari o bertsolari aficionado a gramática e inspirado por la sidra o el chacolí.»
2º. Cuerpo. Lección magistral, refutando la interpretación que hacía Azkue del vocablo y rechazando su validez (una contrapropuesta de Sabino quedaría para más adelante):
«El vocablo buruntzi ha sido indudablemente compuesto de buru-ontzi; pero con bien poca gracia para el pobre euzkera. Lo que buru-ontzi podría significar (y así y todo a duras penas) es el casco o capacete guerrero…»

«De mí sé decir que nunca aceptaría como buena la voz buru-ontzi para significar casco guerrero, mucho menos corona…  Apurándolo mucho, podría pasar… para expresar el cráneo (que ya tiene su nombre y no necesita otro)... y apurándolo más, para significar el cerebro mismo, que es el vaso fisiológico de la cabeza [¡?]...»

«El hallar tan consciente e inconsideradamente formado el vocablo buruntzi, nos puede convencer de que no es usual con el uso que hace auténticas las voces… Seguramente la voz buruntzi ha pasado de algún libro o de algún púlpito…; y ya tratándose de invenciones precisa someterlas a riguroso examen…»
3º. Despedida. Quede Azkue avisado, a tiempo está de retirar la propuesta, o aténgase a nueva intervención de Sabino:
«He cumplido con mi deber de patriota al escribir a V. la presente por el bien de la lengua de mi raza, y creo firmemente de V. , hará lo que a su juicio sea más conveniente para la misma.»
Aun siendo fama que don Resurrección era sensible a la lisonja, no hay base alguna para imaginar que aquella carta, aun encabezada por «Mi  buen amigo» y cerrada por un «Ordene V. a su amigo y servidor en Jel», le cayese bien. Sabino había empezado por admitirle bajo su palabra que buruntzi era voz usual, para terminar desmintiéndolo como engendro libresco, o caído de algún púlpito, o peor aún, inventado «con muy poca gracia»; bajo la inspiración, quién lo sabe, de «la sidra o el chacolí».
No he podido ver la respuesta de Azcue, el 31 de mayo. El hecho es que puntualmente respondió, que era como entrarle al trapo a Sabino. Sólo cinco días después de la primera carta, partía de Pedernales una segunda, mucho más extensa y, desde luego, más sarcásticamente humillante, amén de trolesca. Porque Arana era todo un trol, de manual.
Para mí que esta segunda carta había sido redactada junto con la primera, y antes por tanto de recibir la «muy atenta» del «apreciado amigo», que incautamente le explica la acepción original del vocablo: ‘aro de cesto’; y de ahí, por extensión del propio Azcue, ‘corona’.
¡Con que esas tenemos, ‘aro de cesto’! Sabino empieza haciéndose el bobo, como que él había creído entender que la voz era usual y con el significado de ‘corona’. Ahora resultaba que el gran Azcue se había permitido coronizar un aro de cesto.
«Estuve, pues, muy lejos de sospechar, como V. ha creído, fuese usted mismo el autor del vocablo, puesto que V., o algún otro por encargo o con ausencia de V. aseguraba en el Noticiero ser usado; y así es que no comprendo el tono que V. creyó ver en mi carta (de la cual no tengo copia), pues que no quise decir más que lo que decía…»

Lo demás es otra digresión de burlesca pedantería, donde no falta alguna cita de San Pablo traída por los pelos; siempre para echar en cara al pobre Azcue lo mál que discurre como filólogo, al menos en comparación con su corresponsal Sabino. El cual se comporta con aquél, como un sumo pontífice del vascuence lo haría con su antipapa. O con el sacristán de su antipapa, que para el caso es lo mismo.
«No pretendo –tartufea–, ni nunca he pretendido, a que [sic] prevalezcan las voces que yo he creado sobre las que antes se hayan inventado o actualmente se formen…»

Formar, inventar palabras, crearlas. Éste último verbo, crear,  es el que se reserva para sí Sabino, en su modestia sólo aparente. Los demás inventan, forman. Sabino/Demiurgo/Vulgo crea lenguaje. Y lo crea –agarrémonos– mediante el instinto, no por raciocinio académico. El galimatías final de la carta es antológico:
«El uso legítimo, en efecto, nunca yerra: su origen es siempre inconveniente [¿?] e instintivo, pero siempre correcto. No le quepa a V., pues, la menor duda de que ha de hallar muchas veces incorrección en los productos académicos, pero nunca en los del legítimo uso vulgar. El vulgo, irreflexivo e ignorante, es el sabio autor de nuestro euzkera, el único académico infalible del lenguaje: porque el instinto, por su misma dependencia esencial [¿?], es, en sí mismo, infalible, mientras que la razón, por su misma independencia, es en extremo falible
Para entender del todo la zumba sabiniana, ya entonces iba cuajando el proyecto de Academia de la Lengua Vasca, que tendrá por fundador y director vitalicio a Azcue. Y vistas las diferencias de criterio, un Arana Goiri escaldado en su oposición a la cátedra difícilmente habría sido candidato académico; eso sin contar su muerte prematura.
Dueño de la plaza, el trol Sabino se prometía un continuará. Azcue, con buen acuerdo, dio por zanjada la lidia a costa suya. Bien es verdad que en el pecado llevaba su penitencia. Aquella manía de convertir el templo y el culto en clase de vascuence, distrayendo a los fieles de lo sustancial, se entiende mejor considerando lo que vemos hoy, cuando circular por carretera, ir a la consulta médica, cumplir con hacienda, visitar un museo etc., va asociado a su dosis obligada de lengua propia.
Y con la lengua, la construcción nacional. Algo así vería también el obispo de Vitoria don Mateo Múgica –ya en tiempo de la II República (nótese esto bien)–, que por mor de la paz tuvo que prohibir en los
actos religiosos la Marcha de San Ignacio con letra de Sabino, puesta al servicio de la agitación política jeltzale [4].
Todo este lance es muy ilustrativo de la idiosincrasia sabiniana. Enfrascado en una palabreja ensartada en un poema a la Virgen, Sabino se olvida del contenida y estética del poema, y hasta de la misma Virgen. En cuanto a la palabreja, Sabino tampoco ha visto un burunzi en su vida; pero le basta conocer la palabra para penetrar de inmediato en su significado ‘auténtico y legítimo’, como por ciencia infusa. Él parte de una etimología arbitraria, ‘vaso de cabeza’ (¡casco guerrero, pero hombre!), sin pararse a pensar en un posible contrario,  ‘cabecera o principio de vaso’, es decir, la cercha de vilorta que sirve de apoyo para ir trenzando el cesto, si es eso lo que entendía Azcue. Y por qué no, también el rodete de paño, trenza etc. que se pone sobre la cabeza para llevar encima un peso.
Pues con la gente, con la sociedad que le rodea, le ocurría lo mismo. Mal observador, sin estudiar lo que hay o es, Sabino elucubra sobre lo que debe haber y ser, según los cánones de su idealismo platono-autista…
Pero salgamos nosotros cuanto antes de este aro, anillo o círculo encantado sabiniano. Porque con los maquetos, no sé, pero con Sabino no falla: sus defectos se pegan por contacto.
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[1] Coronación canónica de Nuestra Señora de Begoña. Barcelona, J. Thomas, 1901, págs. 22-23.

 [2] En noviembre, la Diputación celebró en Guernica una recepción en honor de Mons. Ricardo Sanz de Samper, delegado especial del papa León XIII. Sabino Arana disculpó su inasistencia alegando una indisposición. Cfr. Fundación ‘Sabino Arana’, Fondo Sabino Arana, Nº 15: «Borrador de una carta supuestamente dirigida… por Sabino Arana al Presidente de la Diputación de Bizkaia, Enrique Aresti y Torres…» [3] El día siguiente al estreno, Azkue aceptó un banquete ofrecido por el Bachoqui,  En él, su brindis fue breve y claro: Ama daukanak, zertarako dau ama-ordia? Gure Amagaitik, gustijon osasunerako ta neure onerako (Quien tiene Madre, ¿para qué quiere madrastra? Por mi Madre, a la salud de todos y a mi provecho).

Arana, aun tragando saliva por lo de la cátedra de vascuence, se trabajó mucho al Azkue del momento, adulándole sin reserva. Incluso se erigió en medio empresario de la obra teatral, proyectando representaciones por cuenta del Bachoqui, con un reparto de socios aficionados. Ahí se plantó Azkue, dejando a Sabino con las entradas impresas y muy enfadado. A partir de ahí, todo se volvió rencor, improperios y burlas contra el cura vendido al oro de los ‘fenicios’ (los euskalerríacos).
[4] «Ese cántico noble y santo… es ocasión en estos últimos tiempos… de disonancias y choques entre los fieles… No cabe tolerancia, ni flexibles modos, en aquello que tiende a turbar la paz del culto…» (Boletín eclesiástico de la Diócesis de Vitoria, 15 de julio 1934).
Imágenes: 1) 'La Coronación de la Virgen de Begoña'. Gran óleo de José Echenagusía (1902). Basílica de Begoña;