sábado, 23 de julio de 2016

COLA DE RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (y 11)



El juicio por herejía contra Cola di Rienzo avanza sin especial urgencia y con los retrasos burocráticos habituales; en todo caso, después de las emociones provocadas por su llegada el interés se ha apagado notablemente, y la gente de Aviñón dedica su atención a otros asuntos. El primer registro que aparece en las actas es la compra de una cama para el reo; después otros gastos realizados por Michele de Pistoia, alguacil encargado de su seguridad. El tribuno tampoco tiene prisa porque las alternativas parecen ser la prisión de por vida o la incineración en una hoguera; mientras tanto, tal vez para ablandar a los que van a juzgarlo, lee ostentosamente la Biblia, un texto más ortodoxo que sus anteriores lecturas. El momento procesal más relevante ocurre en diciembre de 1352: el papa Clemente VI, ateniéndose estrictamente a las profecías de Fra Angelo, muere.

El nuevo papa Inocencio VI se enfrenta a un doble problema heredado: la anarquía en Roma y las amenazas a la integridad de los dominios pontificios.

En cuanto a lo primero, a pesar de los consejos de Petrarca la comisión de cardenales encargada de las reforma del gobierno de Roma ha fracasado estrepitosamente. Los barones de nuevo campan a sus anchas, y los romanos, hartos, han tomado sus propias decisiones: en diciembre de 1351, reunidos en Santa María la Mayor, han declarado señor absoluto de la ciudad al plebeyo Giovanni Cerroni –lo que coincide con la principal recomendación de Petrarca-. Pero la situación, y el carácter de los propios romanos, resultan totalmente inmanejables, y en poco tiempo Cerroni se ve obligado a huir. Los barones recurren al usual sistema de dos senadores y nombran a Bertoldo Orsini y Stefanello Colonna. Esta decisión no es refrendada por el papa, que desde Aviñón nombra a su vez a Giovanni Orsini y Pietro Sciarra Colonna. Así pues en enero de 1353 hay cuatro senadores rivales gobernando Roma, pero la cosa acaba solucionándose por sí sola. En febrero, debido a la escasez de grano, los precios están por las nubes, y los indignados romanos rodean a los senadores en el mercado. Bertoldo Orsini es apedreado hasta la muerte, y Stefanello Colonna, más joven y vigoroso, se las arregla para huir. Ahora los dos senadores nombrados por Aviñón ostentan el mando indisputado, pero está situación tampoco durará mucho. Pocos meses después los romanos nombran a Francesco Baroncelli tribuno de Roma, segundo después de Cola di Rienzo.


Y en cuanto a lo segundo, los estados pontificios están siendo erosionados por todas partes. En el propio distrito de Roma el antiguo prefecto Giovanni de Vico, señor de Viterbo a quien Cola di Rienzo derrotó en su breve reinado, ha recobrado energías y se ha adueñado de dos terceras partes del territorio amenazando la propia urbe. De momento el papa lo ha contenido con la ayuda de Fra’ Moriali, quizás el más poderoso condottiero del momento. Jean de Montreal d’Albarno, proveniente de una aristocrática familia de la Provenza, ha sido Caballero Hospitalario –de ahí lo de fra'-, y ha llegado a Italia en el ejercito de Luis de Hungría en su camino hacia Nápoles. Tras la marcha de éste se ha incorporado a los mercenarios de la Gran Compañía de Werner von Urslingen, y después ha tomado el mando. Por el momento ha servido al papa, pero su fidelidad es cambiante en función del dinero, del que Fra’Moriali ha conseguido amasar una considerable cantidad; con ello planea crear un estado en el centro de Italia.

Para la reconstrucción de los dominios pontificios Inocencio VI va a contar con una ayuda inestimable, la del cardenal español Gil de Albornoz. Albornoz es “un soldado y diplomático vestido con ropas eclesiásticas”. A las órdenes de Alfonso XI de Castilla ha participado en la batalla del Salado y en el sitio de Algeciras. En junio de 1353 el nuevo papa lo nombra legado plenipotenciario del papa para los estados pontificios, y cumplirá su tarea con gran eficacia [21].

Y para solucionar el problema romano Inocencio VI cree tener un as en la manga.

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Petrarca ha ignorado las llamadas del tribuno a su llegada a Aviñon, pero las cosas parecen haberse calmado. El nuevo papa, además, no se ha visto personalmente afectado por las sucesivas traiciones de Cola di Rienzo, por lo que su animadversión hacia éste es menor. En estas circunstancias Petrarca vuelve a tomar la pluma y escribe una epístola a los romanos:

«¡Pueblo invencible, conquistador del universo, mi pueblo! Es a ti a quien me dirijo desde el anonimato. Debo discutir asuntos de la mayor importancia, y brevemente».

Petrarca promete brevedad, pero en vano. Antes de entrar en materia se pone a defender la conveniencia de que todos los reinos temporales estén unidos, y que lo estén bajo el gobierno de Roma, y cita a Virgilio que prometió incluso la inmortalidad de la Urbe. Pero ¿es posible la inmortalidad de un reino terrenal? Eso lo lleva a discutir argumentos de Virgilio y San Agustín a favor o en contra de la posible eternidad de Roma. Al final acaba reconociendo que San Agustín tiene razón, pero libera de culpa al poeta –ahora que intenta exculpar al tribuno de los cargos de herejía no es cuestión de inculpar al propio Virgilio- y se la echa nada menos que a Júpiter («Si en algún pasaje de sus obras prometió inmortalidad al imperio Romano, debe observarse que no hablaba en primera persona, sino que ponía las palabras en boca de Júpiter, de modo que la mentirosa profecía y la falsa promesa deben ser atribuidos al mentiroso Dios»). Para cuando el poeta retoma el hilo ha transcurrido un número notable de páginas.


«Vuestro anterior tribuno está ahora –oh visión melancólica- prisionero de un extranjero (…) Está acusado, no de abandonar, sino de defender la causa de la libertad. Está siendo condenado, no por haber desertado, sino por haber organizado el Capitolio. Este finalmente es el mayor cargo contra él, un crimen que debe ser expiado en el patíbulo: que ha tenido la presunción de afirmar que incluso hoy el Imperio Romano está en Roma y a disposición del pueblo de Roma. ¡Época impía! Que estás haciendo ahora, Cristo, infalible e incorruptible juez de todas las cosas? ¿Dónde están tus ojos, con los que disipas las nieblas de la miseria humana?».

Como defensa no está mal. Olvida que Cola di Rienzo está siendo juzgado por herejía –y de paso todas sus traiciones- y centra el asunto en una mera cuestión terminológica que no está siendo juzgada: si el sacro imperio que se dice romano debe estar en Roma. Eso lo lleva a exhortar al pueblo romano:

«Por tanto os ruego y suplico, pueblo ilustre, que no abandonéis a vuestro conciudadano en esta hora de extrema necesidad. Mandad una embajada formal, señalad que os pertenece y reclamadlo como vuestro (…) aún no han alcanzado el nivel de locura de atreverse a denegar que teméis derecho de jurisdicción sobre vuestros propios ciudadanos (…) Insistid que a vuestro conciudadano se le dé un juicio público y que no se le deniegue el derecho a un abogado. Exigid que él, cuyas acciones fueron realizadas a la luz del día y que derramó tanta esplendor en la tierra como es humanamente posible, no sea condenado en la oscuridad (…) Protegedlo si lo juzgáis inocente; dictad sentencia si lo juzgáis un criminal o un culpable; pero al menos evitad la posibilidad de que sea condenado de acuerdo con el capricho de cualquiera que pueda desearlo».


Y apela eficazmente a sus emociones:

«Creedme, si una sola gota de la vieja sangre aún corre por vuestras venas, teméis no escasa majestad, no mediocre autoridad (…) Nada es menos romano que el miedo; os predigo que si tenéis miedo, si despreciáis vuestro propio valor, muchos de igual manera os despreciarán, y ninguno os temerá. Pero si empezáis a dejar claro que no seréis dejados de lado, seréis respetados en todas partes».

Finaliza Petrarca con lo que parece cierto remordimiento por recomendar tanto heroísmo mientras él ha estado en silencio y permanece aún en el anonimato:

«Yo mismo que os estoy escribiendo no debería rehuir quizás morir por la verdad si mi muerte supusiera alguna ventaja para el estado. Sin embargo debo permanecer en silencio, y no debo añadir mi nombre a esta carta, suponiendo que su estilo será suficiente para revelar al escritor».

Cola di Rienzo tampoco permanece inactivo ante el cambio de panorama. Para empezar escribe una carta a Ernst Von Pardubitz rogándole que, de ser posible, no haga públicas las cartas que le escribió en Praga:

«Recuerdo que en otro tiempo, cuando mi mente estaba alterada, perturbada por el miedo, y por decirlo así, ebria, os escribí muchas cosas, y aunque no dudo de la verdad de lo que expresé tan mal, me remito a vuestro mejor juicio y las retiro a causa de los oscuros espíritus que me torturaban en aquel tiempo».

Toda la culpa era de Fra Angelo, ese “ángel satánico” que lo engañó con las manzanas de la tentación. De hecho, continúa el tribuno, se le acaba de aparecer y lo ha rechazado airadamente. Ahora no cree en profecías y se arrepiente del daño causado con su credulidad. Cola di Rienzo continúa, por tanto, en plena forma, y éste es el as en la manga que el astuto Inocencio VI guarda en la manga para solucionar el problema de Roma y desactivar simultáneamente a todos los barones y Baroncelli posibles. Así lo describe un íntimo colaborador del pontífice:

«El papa concibió el plan de liberar de prisión a Cola di Rienzo que insistentemente prometía que sería el más ardiente campeón para mantener la supremacía papal. El papa esperaba que otros tiranos serían aplastados por Cola di Rienzo, cuyo nombre gozaba aún de buena reputación entre muchos».


Resumiendo, el papa decide levantar los cargos de herejía y nombrar senador al tribuno. En septiembre de 1353, pertrechado con una suma de 200 florines, Cola di Rienzo abandona Aviñón. Un mes más tarde se encuentra con Gil de Albornoz en Perugia. El cardenal desconfía profundamente del zascandil, y marcha a luchar contra Giovanni de Vico. La historia de Cola di Rienzo se acerca a su fin, pero aún tiene que pasar por el sainete y por el drama. El tribuno se entera de que en Perugia se encuentran Brettone y Arimbaldo, hermanos pequeños de Fra’ Moriali y doctor en leyes el segundo. Cola di Rienzo se hace el encontradizo con Arimbaldo, que queda halagado por la atención del famoso tribuno. Se hacen amigos en torno a una botella de vino y a partir de ahí según cuenta el cronista “comían juntos y dormían en la misma cama”. Finalmente el tribuno le cuenta que ha sido nombrado senador, y le ofrece ser general de Roma si contribuye a financiar el ejército. Arimbaldo, que de algún modo tiene poder de disposición sobre la fortuna de Fra’ Moriali, aporta 4.000 florines de oro. Con trescientos hombres a caballo contratados con el dinero que ha birlado al temible condottiero el tribuno se dirige finalmente a Roma. Albornoz ya ha sojuzgado a Vico y ocupado Orvieto cuando en su cuartel general aparece Cola di Rienzo. Mientras tanto la caballería del Fra’ Moriali merodea los lindes de los estados pontificios sin decidirse de momento a entrar.

En noviembre de 1353 Albornoz entra en Roma por una puerta mientras Baroncelli sale por otra, pero el cardenal aún mantiene alejado a Cola di Rienzo. El tribuno tendrá que esperar hasta el 1 de agosto de 1354, aniversario de su nombramiento como caballero, de la proclamación de Roma como capital del mundo, y de la convocatoria a todos los monarcas del mundo para acudir a rendir pleitesía, para volver a entrar en Roma en medio de una de sus clásicas procesiones. «Sin resistencia por parte de sus oponentes Rienzo ha llegado al Capitolio con gran jubilo y honores. De momento se está comportando bien. Espero que siga haciéndolo y que trabaje por el bien común» dice Albornoz.

Pero los aristócratas romanos no están contentos, y con su líder Stefanello Colonna rehúsan prestar juramente de fidelidad. Es el momento de que los generales Arimbaldo y Brettone se ganen sus galones. El tribuno los envía a someter Palestrina, ante cuya vista quedan ambos paralizados. En ese momento Cola di Rienzo se entera de que Fra’ Moriali ha llegado a Roma con 40 de sus caballeros, y que parece estar negociando con los Colonna la eliminación definitiva del tribuno. Cola di Rienzo convoca al mercenario al Capitolio para hablar de dinero; el imprudente condottiero acude y es apresado. Cola di Rienzo decide ensanchar su fama a costa de Fra’ Moriali y de paso solucionar sus problemas financieros. Lo somete a tortura para que confiese sus crímenes y dónde está su dinero, pero Fra’ Moriali resiste con dignidad. «Confieso que soy un caballero, y que la guerra es la guerra, no mejor ni peor si es conducida en nombre de otro o por iniciativa propia». Cola di Rienzo lo condena a muerte. Ante el patíbulo Fra’ Moriali se encara con la multitud: «Romanos, ¿por qué consentís mi muerte? Nada os he hecho. Vuestra pobreza y mi dinero son las únicas razones por las que debo morir». Tiene razón.


En su nuevo y breve reinado Cola di Rienzo viste siempre armadura y está continuamente rodeado por una escolta de cincuenta soldados. Ya no le quedan amigos, y somete a la ciudad a continuas exacciones para mantener su ejército y su lujo. Ha engordado, y el insomnio le ha dejado una expresión de permanente estupor. Vive presa de un temor que se materializa el 8 de octubre de 1354, sesenta y nueve días después de su reentrada en Roma. Una turba inflamada por los Colonna, o por hombres de Fra'Moriali, o por el propio cardenal, penetra en palacio y arrastra a Cola di Rienzo hasta las escaleras del Capitolio. Allí permanece el tembloroso tribuno cerca de una hora hasta que una espada descarga el primer golpe. Sus despojos son llevados a la plaza de San Marcelo, en los dominios de los Colonna; allí permanece colgado unos días a merced de las piedras de los niños. También son dos Colonna los que, en una burla final, reducen a cenizas los restos del que se llamó Tribuno Augusto precisamente ante el Mausoleo de Augusto.


NOTAS
[21] Gil de Albornoz no sólo asegurará las fronteras de los estados pontificios, sino que le proporcionará una estructura jurídica, las Constituciones Egidianas, que tendrán validez jurídica hasta 1816. Las Constituciones dividen los estados pontificios en cinco provincias: Campania y Marítima, ducado de Spoleto, Marca de Ancona, Patrimonio de San Pedro y Romaña, cada una gobernada por un rector designado personalmente por el papa.

Imágenes: 1) Inocencio VI, por Henri Segur; 2) Caballeros Hospitalarios; 3) Una batalla de la Reconquista; 4) Petrarca y Laura; 5) Petrarca y Dante; 6) El cardenal Gil Álvarez de Albornoz, por Matías Moreno González. Museo del Prado; 7) El cardenal Gil de Albornoz entregando la capilla del Real Colegio de España al papa San Clemente. El Real Colegio Mayor de San Clemente de los Españoles –este es su nombre completo- fue creado por el cardenal en Bolonia tras conquistarla, y todavía está en funcionamiento para los estudiantes de derecho españoles; 8) Muerte de Cola di Rienzo en el Capitolio. Fuente de las imágenes: Wikimedia Commons.


BIBLIOGRAFÍA BÁSICA
El hilo conductor de esta historia ha sido la correspondencia entre Petrarca y Cola di Rienzo, y por eso son fundamentales las recopilaciones de cartas de Mario Emilio Cosenza (1880-1966), y en especial la reciente reedición Francesco Petrarca and the revolution of Cola di Rienzo, con comentarios de Ronald Musto.

En italiano. Con respecto a la historia del tribuno hay que partir de la Cronica dell’Anónimo Romano, obra de un historiador contemporáneo de Cola di Rienzo –según algunos, Bartolomeo di Iacovo da Valmontone-. Parte se publicó separadamente con el título Vita di Cola di Rienzo, que está repleta de detalles pintorescos y es más amena que la Storia di Roma del medioevo, de Ferdinand Grigorovius. Y si alguien está especialmente animado puede leer La vita di Cola di Rienzo de Gabrielle D’Annunzio. Es un libro bastante sesgado ya que la simpatía de D’Annunzio hacia Cola di Rienzo es evidente - lo consideraba sin matices un patriota italiano-.

En inglés está Rienzo de Victor Fleischer, que contiene mucha información, y Greater than Emperor. Cola di Rienzo and the World of Fourteenth-Century Rome de Amanda Collins.

En español hay poca cosa sobre Cola di Rienzo, pero para entender cabalmente las distintas sectas milenaristas hay que acudir a En pos del milenio, de Norman Cohn. Realmente este es un libro imprescindible.

Y por supuesto hay que navegar por el mar de información, a veces valiosa y a veces no, de la red.

domingo, 17 de julio de 2016

COLA DE RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (10)


Según algunos el alquimista Johannes de Rupescissa es francés de Auvernia, y otros dicen que es catalán de Peratallada. A favor de esta segunda hipótesis hay varios argumentos. Está la semejanza entre su nombre y el de su posible población de origen –ambos evocan, aunque no exactamente ‘piedra cortada’-. También que entre sus escritos se encuentren textos en catalán, pero ni uno solo en francés. Por último el nombre de Rupescissa o Peratallada se suele incluir junto al de Arnaldo de Vilanova y Ramón Llull, y estos últimos son indudablemente de la corona de Aragón. Se dice, en todo caso, que ha estudiado filosofía en Tolosa, que ha ingresado en los franciscanos, que se ha visto cautivado por las profecías de Joaquín de Fiore, que las ha divulgado enriquecidas con aportaciones propias, y que ha sido perseguido y encarcelado. En algún momento cercano a 1330 ha llegado a sus manos el Oráculo Angelical de Cirilo, un texto profético de gran aceptación entre los franciscanos espirituales. Se supone que Cirilo fue un sacerdote y ermitaño del Monte Carmelo que, en el transcurso de una misa, se vio sobresaltado por la irrupción de un ángel que le hizo entrega de dos tablas de plata repletas de profecías. Tras traducirlas al latín, continúa la tradición, Cirilo las mandó al propio Joaquín de Fiore que las usó para producir sus propias predicciones, de modo que para algunos el Oráculo Angelical es incluso más importante que las propias obras del abad calabrés. Rupescissa ha contribuido a dar difusión al Oráculo. Más adelante se ha centrado en la alquimia y se ha enfrascado –nunca mejor dicho- en una empresa notable, la búsqueda de la quintaesencia, una panacea a partir de la destilación de vinos escogidos.


A las pocas semanas de su llegada a la comunidad de fraticelli de los montes de Majella Cola di Rienzo es abordado por un tal Fra Angelo que le comunica varias cosas: que lo ha reconocido, que esperaba su llegada, y que según el Oráculo Angelical de Cirilo que en esos momentos enarbola –y que Fra Angelo considera de una exactitud absoluta- el ex tribuno está destinado a desempeñar un papel esencial en los acontecimientos que se avecinan. En concreto, debe contactar con el emperador vigente y entre ambos buscar a un misterioso “pastor angelical”, un nuevo Papa –que obviamente no es Clemente VI- para purificar el orden mundial, derrotar al anticristo –que este sí puede que sea Clemente VI- y preparar el inminente advenimiento de la Era del Espíritu. No le resulta difícil a Fra Angelo que Cola di Rienzo adopte este nuevo papel protagonista que se le ofrece.

Con estos mimbres Cola di Rienzo vuelve a la vida pública. En verano de 1350 viaja a Praga de incógnito, vestido de fraile, para entrevistarse con el emperador Carlos IV de Bohemia, personaje contra el que en su época de tribuno no paró de despotricar. Tal vez porque lo han reconocido, o porque continúa hablando muy bien, el tribuno consigue una audiencia con el emperador. Allí le cuenta que el mundo que conocen está próximo a su fin, y que la plaga y los terremotos han sido enviados por el creador para castigar a la iglesia corrupta y la rapacidad de los gobernantes. En realidad, continua Cola di Rienzo, de acuerdo con las profecías joaquinitas todo esto debería haber ocurrido antes, pero Dios esperó un tiempo por cariño a San Francisco y Santo Domingo. Ahora el reino del Espíritu Santo está a la vuelta de la esquina, y el emperador debe ponerse al frente de los acontecimientos, independizarse del papa corrupto, buscar al misterioso pastor angelical y marchar sobre Roma, donde para empezar erigirá un monumental templo dedicado al espíritu santo al que todos peregrinarán, incluidos los judíos y los paganos de Egipto. Cola di Rienzo desea marchar humildemente junto al emperador y allanarle el camino para que los italianos lo acepten dócilmente. Además, añade, es un gran momento para hacerse cargo de la Urbe, pues el Jubileo la ha dejado con las arcas desbordantes. En las sucesivas reuniones que mantiene con Carlos Cola di Rienzo añade algún detalle más de las profecías de Fra Angelo, por ejemplo que el vigente Papa está destinado a morir en el curso de un año y medio, y que para el año 1352 los sarracenos habrán adoptado el cristianismo. Y en otra le revela una noticia impactante: el tribuno es hijo ilegítimo del emperador Enrique VII de Luxemburgo, que en una visita no programada al Rione della Regola dejó embarazada a su madre. Así que pueden hablar de igual a igual.


El nuevo rumbo de Cola di Rienzo es asombroso incluso para quien haya presenciado todos sus bandazos previos. Aquel que no ha parado de declarar quejumbrosamente su fidelidad al papa ha devenido furibundo gibelino. El airado defensor de que Roma sólo sea gobernada por romanos le abre ahora las puertas a un bohemio al que pocos años atrás describía como ‘extranjero sediento de sangre romana’. El tribuno que se nombró a si mismo de acuerdo, según él, con las antiguas leyes de Roma pasa a declarar que sólo el emperador tiene autoridad para gobernarla - todo el que quiera gobernar sin Carlos, dice, ‘comete adulterio con la viuda Roma’-. Y para rematar pone en entredicho la honestidad de su propia madre.

Si en lugar de haber llegado hasta Carlos IV Cola di Rienzo hubiese caído en la corte de su antiguo rival Luis de Baviera, con su antipatía manifiesta a Clemente VI y sus franciscanos espirituales, quizás le habrían ido mejor las cosas. Pero Carlos es un fiel vasallo del papa, el Rex clericorum como le llama burlonamente Guillermo de Ockham, y los teólogos de Praga son más austeros, sin la capacidad para la fantasía que el relato de Cola di Rienzo exige. «Rienzo escandalizó a estos alemanes» contará el cronista. Carlos pide al tribuno que condense sus afirmaciones por escrito, lo que éste hace en extensas cartas que titula «El verdadero manifiesto del Tribuno sobre asuntos cismáticos y erróneos» y «La oración del Tribuno en respuesta al César sobre la elocuencia de la caridad». Una vez analizadas minuciosamente por el arzobispo de Praga Ernst von Pardubitz [19] éste confirma que sus opiniones parecen decididamente heréticas, por lo que deposita al tribuno en prisión. Cola di Rienzo permanece inicialmente tranquilo, pues ciertos reveses iniciales estaban incluidos en la profecía de Cirilo. Sin embargo septiembre de 1350, la fecha profetizada para su vuelta triunfal a Roma, pasa sin incidentes significativos, y comienza a ponerse nervioso. Continúa su correspondencia, tanto con Carlos como Ernst von Pardubitz, consiguiendo únicamente ser trasladado a la lóbrega fortaleza de Raudniz. El inestable temperamento de Cola di Rienzo vuelve a sumergirlo en la melancolía; escribe a Fra Angelo despidiéndose y pidiendo que cuide de su hijo.


Mientras tanto Carlos IV ha enviado noticias del encarcelamiento al papa, que inmediatamente envía una carta al arzobispo de Praga para que se lo mande o al menos lo mantenga a buen recaudo. Reitera esta petición en febrero de 1351, en tono más apremiante, recordando que el tribuno ha sido declarado hereje. Sin embargo Carlos está inmerso en su futura coronación, y decide reservarse al tribuno como una valiosa pieza para la negociación en curso. En enero de 1352 Von Pardubitz viaja a Aviñón para recordar a Clemente VI que Carlos espera ser coronado en Roma y que, a diferencia de lo que le pide Cola di Rienzo, tiene intención de salir inmediatamente después de la Urbe y no volver. La negociación no prospera, porque los florentinos y los Visconti de Milán se oponen firmemente, y el papa tampoco parece tener muchas ganas. Von Pardubitz retorna a Praga con unos enviados del papa y una carta para Carlos: «Estamos mandando instrucciones a nuestro venerable hermano Ernesto, arzobispo de Praga, al efecto de que, sin ocasionar disturbios, sea tan amable de entregar a Cola di Rienzo, el ciudadano romano condenado por herejía, a nuestros íntimos colaboradores y portadores de la presente (…) para que el dicho Cola di Rienzo sea conducido ante nos».


Carlos accede finalmente a la entrega, y a Cola di Rienzo no le parece mal. Está claro que los bohemios han resultado ser inmunes a su magnetismo. No le desagrada la idea de abandonar sus lúgubres aposentos y defenderse ante el papa en Aviñón, a quien ya cautivó cinco años atrás. Su biógrafo resume la entrega de Cola di Rienzo de una manera algo peculiar:

«Después de algún tiempo Cola pidió por favor al emperador que pudiera ir a Aviñón para aparecer frente al papa y presentarle pruebas de que no era un hereje ni un patarino [20]. El emperador dudó durante largo tiempo, pero finalmente accedió a su petición (…) En su viaje los habitantes de todos los pueblos por los que pasaba se alzaban en gran conmoción. Grandes multitudes acudían a contemplarlo con grandes gritos y alboroto. Las gentes se acercaban y le decían que querían liberarlo de las manos del papa, que no querían que lo llevaran a Aviñón. A todos les contestaba: “voy voluntariamente y no por la fuerza” Y les daba las gracias (…) Cuando Cola llegó a Aviñón habló en presencia del papa y presentó sus defensa (…) El papa permaneció en silencio ante sus palabras. Cola di Rienzo fue hecho prisionero en una sólida y espaciosa torre; una cadena notablemente fuerte fue ajustada a su pie. La cadena fue anclada a la bóveda de la torre. Allí permaneció Cola vestido con ropas bastante decentes (…) Disponía de muchos libros (…) Las cocinas del papa lo proveían de comida en abundancia».

Nada más llegar a Aviñón Cola di Rienzo intenta ponerse en contacto con Petrarca, pero éste hace oídos sordos. Quizás en parte para justificarse ante sus ojos, el poeta escribe una carta a un amigo:

«Recientemente ha llegado a la Curia, o mejor, no llegó sino que fue traído como prisionero, Cola di Rienzo, anteriormente el por todos temido Tribuno de Roma, hoy el más infortunado de los hombres (…) Rienzo entró en la Curia humillado y despreciado, aquél que una vez hizo temblar y temer a los malvados de este mundo, y que había llenado a los justos con las más gozosas esperanzas y expectativas».


Hay dos cosas que el poeta no perdona al tribuno. La primera, que no se dejara matar en el Capitolio:

«Podría haber afrontado una gloriosa muerte en el Capitolio, pero se ha sometido a las cadenas, primero de un bohemio y después de un lemosín, para su eterna deshonra y oprobio del nombre de Roma y de la república (...) A decir verdad los hechos que llevó a cabo, y los que prometió llevar a cabo cuando yo escribí sobre ellos, merecieron justamente no sólo mi elogio y admiración sino el de toda la humanidad. No creo que deba destruir ahora todas aquellas cartas por este paso en falso: que eligiera vivir en la vergüenza antes que morir en la gloria (…) El barro del que está hecha toda criatura mortal. Incluso la más sagrada y pura, puede sin duda ser destruido; pero la virtud no teme la muerte ni el reproche. La virtud es invulnerable y sobrevive toda calumnia y todo ataque inmaculada. ¡Si simplemente no hubiera manchado su honor con su letargo y cambio de propósito! No habría tenido nada que temer de la sentencia que pende sobre su cabeza excepto daño físico».

Y que no matara él mismo a los barones cuando los tuvo en su poder:

«Admito que ninguna pena es demasiado severa para Cola; primero, porque no perseveró en sus objetivos de manera tan inquebrantable como habría debido (…) y segundo porque habiéndose declarado campeón de la libertad, no debería haber permitido a los enemigos de la libertad marchar armados cuando podía haberlos aplastado de un solo golpe, una oportunidad que la fortuna no ha ofrecido nunca a un gobernante (…) Solía llamarse así mismo ‘severo y clemente’. A decir verdad, parece que decidió poner en práctica sólo la segunda parte del título y no la primera que era tan necesaria debido a la enfermedad de la república».

Y termina la carta con un enfado adicional que incluso parece supera a las dos decepciones precedentes. Según ciertos rumores Cola di Rienzo podría salvar finalmente la vida, pero no por ser un patriota sino por ser ¡un poeta! Esto resulta de lo más insultante para Petrarca que dedica el resto de una inacabable misiva a, entre innumerables citas, rebatir tal posibilidad. Porque al parecer está bien que el poeta se entrometa en las andanzas del hombre de acción, pero el hombre de acción nunca debe aspirar a convertirse en poeta.


NOTAS
[19] En bohemio Arnošt de Pardubice.
[20] La pataria fue un movimiento religioso del siglo XI centrado en Milán. Pretendían una reforma del clero, incluida la prohibición de que los clérigos mantuvieran concubinas. Posteriormente patarino se confundió con cátaro, resultando en sinónimo de hereje.

Imágenes: 1) Rupescissa y el proceso de obtención de la quintaesencia a partir del vino, similar a aquel por el que el árbol da frutos; 2) Cirilo de Constantinopla, por Zurbarán; 3) El emperador Carlos IV; 4) Ernst von Pardubitz; 5) Extensión del reino de Bohemia.

sábado, 2 de julio de 2016

COLA DE RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (9)



«La multitud de cristianos que fue a Roma era imposible de contar; pero de acuerdo a las estimaciones de aquellos que estaban residiendo en la ciudad, en Navidad en los solemnes días alrededor de esta fecha, y en el período entre Cuaresma y Pascua hubo continuamente en Roma entre 1.000.000 y 1.200.000 peregrinos. Más tarde, entre la Ascensión y Pentecostés, hubo más de 900.000 abarrotando las calles día y noche según se dice» [17].

El jubileo de 1350 resulta ser un éxito aún mayor que el de 1300, algo muy natural dadas las circunstancias. No sólo la peste negra ha devastado Italia y Europa llevándose consigo a un tercio de sus habitantes. Para rematar, violentos terremotos se han sucedido, primero en los Alpes, y más tarde en los Apeninos, afectando a la propia Roma donde iglesias y palacios han quedado reducidos a escombros. La impresión general es que Dios está molesto por los pecados de Europa, por la marcha del papa a Aviñón, o por cualquier otro motivo dependiendo de los gustos e interpretaciones de cada uno, y que muestra su enfado de manera bastante poco sutil. Los fieles se vuelven a las Escrituras con el celo de los primeros cristianos, y las profecías milenaristas son revisadas con especial atención. Así habla el propio Petrarca:

«El mundo ha sido destruido, llevado a su fin por la locura de los hombres y la mano vengadora de Dios (…) Aquel que narre los tiempos actuales de la humanidad a la posteridad–suponiendo que haya descendientes que nos sobrevivan- parecerá estar contando fábulas (…) En lo que a mí respecta, confieso francamente que la época actual, en la que la humanidad ha experimentado todo mal imaginable, me ha hecho más propenso a creer muchas cosas ante las que había sido escéptico (…) Hasta muy recientemente los escasos de entre nosotros que parecíamos habernos librado del naufragio universal teníamos la esperanza de que la mortal visita había amainado sus estragos y que la ira del Señor había sido apaciguada. Pero mirad –y quizás ignoréis esto- Roma misma fue tan violentamente sacudida por un extraño temblor que a nada similar puede compararse desde los más de dos mil años transcurridos desde su fundación. Las enormes estructuras antiguas cayeron en ruinas, estructuras que, a pesar del descuido de los ciudadanos, provocaban asombro en el extranjero (…) Estoy aterrorizado por muchas cosas pero sobre todo por la antigua profecía pronunciada mucho antes de que la ciudad fuera fundada e inscrita, no en cualquier texto menor, sino en las propias Sagradas Escrituras. A pesar de estar completamente absorbido por la literatura secular, y no familiarizado con las Escrituras, confieso que cuando lo leí por primera vez me estremecí, y la sangre en mi corazón se congeló. La declaración está en las páginas finales de la última profecía de Balaam: ‘Vendrán en galeras desde Italia, vencerán a los asirios, arrasarán a los judíos, y finalmente ellos también perecerán’».

Que Petrarca quede tan aterrorizado por una profecía tan inofensiva expresa bastante bien la histeria que se ha adueñado de Europa. Es en este ambiente en el que los peregrinos se apresuran a marchar hacia Roma para expiar los pecados que tanto parecen haber molestado a Dios. Previendo la afluencia de visitantes San Juan de Letrán es añadida como tercer destino de peregrinaje. De nuevo los precios se ponen por las nubes, y de nuevo los romanos experimentan una súbita prosperidad.


Pero Clemente VI mantiene la sede en Aviñón, lo que continúa siendo motivo de agravio para los romanos. El breve y pintoresco episodio del tribuno no ha alterado la situación política, y de nuevo los Orsini y los Colonna se reparten el poder en Roma. El cardenal Bertrand de Déaulx se ve incapaz de mantener el orden y es sucedido por Annibaldo di Ceccano como legado para el año jubilar, con lo que las cosas empeoran inmediatamente. Los romanos han comenzado a desarrollar una desconfianza hacia los gobernantes que los acompañará en los siglos venideros, y el nuevo legado les cae tan mal que las turbas lo increpan por la calle. Un día llegan a atacarlo y le vuelan el birrete de un flechazo. El cardenal reacciona con el comprensible enfado:

«¿Son estos los incentivos que vosotros romanos ofrecéis al Santo Padre para que venga a Roma? ¡El Papa no se asentará en estas tierras, ni siquiera un arcipreste lo hará! No puedo creer que haya venido aquí a perder mi tiempo. Estos romanos combinan la más abyecta pobreza con la mayor arrogancia».

No le falta razón. Por su parte el Anónimo Romano detallará los principales defectos de Annibaldo de Ceccano:

«En primer lugar era de la Campania; en segundo padecía bizquera; en tercero era muy pomposo y lleno de vanagloria; y en cuanto al cuarto, prefiero permanecer en silencio».

Poco tiempo después del ataque el cardenal abandona Roma y se dirige a Nápoles, y a la altura de San Giorgio súbitamente se pone enfermo, aparentemente de una indigestión de comida en mal estado. Siguiendo la prescripción de sus médicos procede a ingerir más comida como antídoto, se marcha a la cama y muere. El Anónimo Romano le dedicará un sentido epitafio: «era uno de los mejores bebedores de la iglesia de Dios». Como se sospecha que ha sido envenenado se le practica una rudimentaria autopsia que revela que tiene el generoso vientre relleno de cera. Esto no contribuye a clarificar la situación.


Un gobierno serio y estable para Roma se convierte en un asunto de importancia capital para Clemente VI. Finalmente en 1351 designa una comisión de cuatro cardenales para estudiar a fondo la cuestión: Bertrand de Déaulx, Gui de Bolonia, Guillermo Curti y Niccola Capocci. Todos ellos tienen amplio conocimiento en asuntos de gobierno, y deben escoger a un experto consultor que los asesore. El por qué eligen a Petrarca es un misterio. El poeta por su parte se muestra entusiasmado y prepara una larguísima exposición que propina a los cardenales en dos cartas sucesivas:

«Una pesada carga se ha colocado en mis débiles hombros por alguien a quien nada puedo negar y en beneficio de esa ciudad por la que cualquier rechazo es imposible».

Como era previsible Petrarca, acostumbrado a sacrificar la claridad de la exposición a la exhibición de erudición, vuelve la vista hacia los clásicos y toma como modelo la república romana. Pero antes de nada se centra en su preocupación principal:

«De las dos familias [los Orsini y los Colonna] de las que todos estos problemas surgen, no odio a la primera; por otra parte, no hace falta decirlo, no sólo amo, sino que he disfrutado de la otra a lo largo de un largo período de relaciones casi familiares. De hecho, quiero hacer constar aquí que ninguna de las principescas familias de este mundo han sido más queridas por mí que esta última».

Ahora bien:

«Por tantos años hemos presenciado en el Capitolio el gobierno de tiranos de origen extranjero y de tantos orgullosos tarquinos (…) Por mi parte si soy consultado no dudaré en responder que de acuerdo con la costumbre Romana el Senado Romano debería estar compuesto necesariamente por ciudadanos Romanos [18]: que los extranjeros deberían ser excluidos de su umbral, no sólo aquellos nacidos en tierras lejanas sino también los latinos y todos aquellos pueblos que habitan los territorios cercanos e incluso adyacentes al de los Romanos, pueblos que, por decirlo de algún modo, comparten el mismo cuerpo que los romanos. Añado que esos extranjeros deberían ser excluidos no solo por la palabra o por la pluma, sino incluso por la espada».


Petrarca sigue expresando cierta xenofobia que le hace atribuir todos los males de Roma a la impureza, y pone el poco estimulante ejemplo de un Aulo Manlio Torcuato;

«Cuando los latinos pidieron en una ocasión que el alto consejo y la mitad del senado fuera elegido de entre los suyos, se le despertó tal agitación que juró que entraría armado en el senado y aniquilaría a todos los latinos que encontrase allí con sus propias manos. ¿Cómo se habría sentido Torcuato si hubiera visto la totalidad del senado compuesto por gente proveniente de los bancos del Rin o de Umbría?».

Otra vez el Rin. Pero cuando sale de su monomanía, Petrarca proporciona un consejo muy razonable: que para los cargos importantes se tenga en cuenta, no sólo la cuna, sino especialmente el mérito. Todo ello entre abundantes ejemplos de la antigüedad, cómo cuando los plebeyos consiguieron:

«Que un cónsul plebeyo se pudiera sentar al lado de un patricio y pudiera, con igual majestad, gobernar la patria común y el territorio ganado a través de penalidades comunes (…) Confío en que no dudéis que la ciudad de Roma abriga muchos que son más nobles y mejores que los que sólo pueden jactarse de un noble nombre pero son una carga para el cielo y la tierra».

Y termina con su diatriba habitual:

«Así, echando a un lado mi afecto por aquellos nobles que me son muy queridos y a los que tanto tiempo he apreciado, pregunto a estos tiranos extranjeros: ¿de dónde han asumido tal arrogante soberbia en una ciudad extranjera? (…) ¡Asombroso e insufrible orgullo! Acogidos en la ciudad como exiliados extranjeros, han excluido desde hace mucho a los antiguos ciudadanos de la participación de los cargos públicos, y continuarán haciéndolo si no son controlados por la mano derecha del pontífice y por las medidas que adoptéis (…) Unamos fuerzas, por tanto contra estos indeseados barones (…) No os limitéis a admitir al pueblo común de Roma a compartir su cuota en los honores públicos, sino arrebatad a los actuales indignos titulares su cargo de senador que siempre han administrado de la forma más abominable».

¿Y Cola di Rienzo? En esos momentos se encuentra en las montañas de Majella, en una comunidad de fraticelli. Su líder espiritual, Fra Angelo, lo está iniciando en las profecías joaquinistas y lo está convenciendo de que está destinado a representar un papel clave en los momentos apocalípticos que se avecinan. NOTAS: [17] Del cronista Matteo Villani (Florencia, ¿? - 1363) [18] Obsérvese que con las mayúsculas Petrarca enfatiza ‘romanos’ en vez de ‘ciudadanos’.