miércoles, 27 de junio de 2012

ESCENAS DEL POPULISMO RUSO (6): LA REVUELTA ESTUDIANTIL

Las protestas universitarias que comenzaron a extenderse desde mediados del s XIX por las universidades rusas tuvieron su origen, no tanto en razones ideológicas, como en las turbulencias emocionales y hormonales que se desatan en esa enfermedad llamada extrema juventud. Por eso cuando hablemos de las ideologías invocadas por la segunda generación de populistas, no olvidemos que, en realidad, solían ser el disfraz virtuoso de estallidos de adanismo, mimetismo, y testosterona. Como dice Venturi, refiriéndose a estos alborotos:

“No es necesario en este punto un examen detallado de estos movimientos. Con frecuencia carecían de contenido político, y más que otra cosa revelan un estado mental de frustración, preparado para manifestarse en las más diversas, e incluso contradictorias, formas y direcciones.”


En las universidades rusas de la primera mitad del siglo XIX se recibía formación militar, se prestaba una gran atención al uniforme, y la disciplina era estricta. Esto último no me parece tan mal. Lo peor es que el acceso era muy complicado, y todos aquéllos que no pertenecieran a la nobleza encontraban muchas restricciones para ingresar. Como resultado, en 1853 el número total de estudiantes en todas las universidades rusas era inferior a 3.000. El objetivo prioritario de las universidades era formar a los futuros miembros de la administración, y el pensamiento independiente era desalentado. Como consecuencia, la oferta en disciplinas humanistas, tales como filosofía o historia, era muy restringida. En 1856, del total de 429 estudiantes de la universidad de San Petersburgo, únicamente 30 estaban adscritos a la facultad de filosofía, y el año siguiente sólo uno obtuvo la licenciatura.

Tras la muerte de Nicolás I en 1855, el nuevo zar, Alejandro II, comenzó una rápida apertura de las universidades. Se les dio libertad de organización, y fueron abolidos tanto el uniforme como la formación militar. Asimismo, se relajó la disciplina sobre los alumnos. A partir de 1857 las universidades tuvieron su propio órgano de gobierno, y, no sólo se permitió, sino que incluso se alentó la impresión y difusión de periódicos universitarios. Incluso uno de ellos llevaba el nombre de Kolokol, el periódico prohibido de Herzen. Pero estas medidas no tuvieron éxito, porque la bronca continua era mucho más entretenida. Por ejemplo, en Kazan, los universitarios se habían acostumbrado a desafiar la obligación de llevar uniforme acudiendo vestidos con pieles como trogloditas, y no estaban dispuestos a renunciar a la diversión porque la obligación contra la que se manifestaban hubiera desaparecido. En Moscú y San Petersburgo pasaba algo parecido: los estudiantes habían comenzado a ir a clase disfrazados con trajes regionales de campesinos.


Dos medidas adicionales, excelentes ambas, produjeron, sin embargo, un incremento de las algaradas. La primera, la apertura de las universidades a todas las clases sociales, que provocó la aparición de lo que Venturi llama “proletariado del pensamiento”, una masa de estudiantes pobres, sin apenas dinero para vivir, que generó un foco de descontento. La segunda la incorporación de las mujeres, que provocó un incremento de los conflictos derivado del natural afán de sus compañeros de otro sexo por impresionarlas.

En este ambiente de excitación general sólo faltaba una causa a la que abrazar que justificara virtuosamente la trifulca. Algunos estudiantes se inclinaron hacia la liberación de las nacionalidades del Imperio como los polacos, pero no encontraron unanimidad. Por el contrario, la defensa de los campesinos encontró un apoyo arrollador. Estar al corriente de la moda era esencial, y ésta era dictada por Herzen y, sobre todo, por Chernishevsky. Comenta un estudiante de la época: “no recuerdo a uno solo de mis compañeros que no sintiera una vocación por alguna actividad social”.

El primer incidente serio tuvo lugar en otoño de 1856 en la Universidad de Kazan. Los estudiantes, que gozaban de una sólida reputación de bebedores e indisciplinados, se enfrentaron con la guarnición local alegando vagas razones. Los detenidos fueron tratados con gran benevolencia, y se convertirían con el tiempo en los cabecillas de movimientos locales. Casi simultáneamente, en Kiev, un estudiante mostró su descontento mediante una patada que lanzó por los aires al perro del coronel de la guarnición. Un episodio más grave tuvo lugar en Moscú un año más tarde. Los estudiantes se atrincheraron en las facultades y fueron desalojados sin contemplaciones por la policía. El zar se puso de parte de los estudiantes, y algunos miembros de las fuerzas de seguridad fueron sancionados. Pero el apaciguamiento no genera paz, sino violencia, y la escalada de alborotos continuó.


En otoño de 1858 Alejandro II dejó de ver con benevolencia los desórdenes, y tras nuevos disturbios producidos en la universidad de Kharkov declaró públicamente que los estudiantes estaban yendo demasiado lejos. Pero ahora estaban crecidos, y comenzaron a exigir la destitución de aquellos profesores que no les gustaban. Con frecuencia eran apoyados por Chernishevsky y Dovrolyubov desde su revista Sovremennik . A estas alturas muchos estaban hartos de los tumultos juveniles. En 1859 un grupo de profesores encabezados por el jurista y filósofo Boris Chicherin, inspirador del programa de reformas de Alejandro II, firmó un manifiesto que decía: “La sociedad rusa ha dado a sus estudiantes una sensación de su propia importancia que no existe en ningún otro país (...) El estudiante no es ya un alumno, sino que pretende ser un maestro y un guía de la sociedad

De nuevo fue restringido parcialmente el acceso a la universidad. En septiembre de 1861 la ola de disturbios alcanzó, por primera vez, la universidad de San Petersburgo. Los altercados fueron especialmente violentos: los estudiantes se enfrentaron al ejército, y únicamente se dispersaron cuando el oficial al mando les dijo que, de no hacerlo, les esperaba “no una muerte gloriosa, sino una buena tunda”.

Alejandro II no había descubierto ese medio infalible de desactivar por completo a la juventud que es el botellón.




Imágenes:
1.- Estudiante nihilista, por Ilya Repin.
2.- Estudiantes en Ulm.
3.- Coronación e Alejandro II.
4.- Juerga de cosacos, por Ilya Repin, algo que, por supuesto, no tiene nada que ver con los movimientos estudiantiles populistas.

martes, 19 de junio de 2012

ESCENAS DEL POPULISMO RUSO (5): CHERNISHEVSKI

Si tuviéramos que decir el título de la novela rusa del siglo XIX que mayor influencia ha tenido en esa sociedad (…) la que puede reclamar el honor con mayor justicia es "¿Qué hacer?" de N. G. Chernyshevski, un libro del que pocos occidentales han oído hablar y muchos menos han leído. Sin embargo ninguna obra de la moderna literatura (…) puede competir con "¿Qué hacer?" en sus efectos sobre las vidas humanas y en su poder para cambiar la historia. Porque la novela de Chernishevsky, mucho más que “El Capital” de Marx, proporcionó la dinámica emocional que eventualmente desembocaría en la Revolución Rusa

J. Frank: “N. G. Chernishevsky: una utopía rusa”




Nikolai Chernishevsky nace en 1828 en Saratov. Su padre es un párroco profundamente instruido, que proporciona a su hijo una sólida formación. El pequeño Nikolai es inteligente, aprende varios idiomas, y en la biblioteca familiar desarrolla una perdurable afición a la lectura. A los catorce años ingresa en el seminario de Saratov donde rápidamente destaca, no sólo por su rendimiento académico, sino por su costumbre de ayudar en los estudios a sus compañeros menos dotados. Así comienzan a vislumbrarse algunas facetas de su carácter que permanecerán toda su vida: una extraordinaria confianza en su capacidad intelectual, acompañada de una gran intransigencia hacia las opiniones ajenas; una inclinación a la compasión y a la ayuda a los menos favorecidos, matizada por una acusada tendencia al paternalismo.

A los dieciocho años su padre, convencido del potencial de su hijo, y de las limitaciones que le impondría su permanencia en Saratov, lo envía a estudiar a la universidad de San Petersburgo. Su inquietud intelectual lo lleva a frecuentar círculos estudiantiles donde se debate sobre filosofía. Allí entra en contacto con las ideas del socialista utópico Charles Fourier y su discípulo Victor Considérant, y se interesa por sus falansterios. También lee a Ludwig Feuerbach, cuyo “ateísmo antropológico” lo inducirá, tras severas crisis existenciales, a abandonar la religión.



Pero Chernyshevski es culto pero sin gracia. Está dotado de un físico poco impresionante y un aspecto general de infeliz, lo que le provoca una gran timidez. Toda su seguridad intelectual se desvanece en público, donde suele representar papeles poco airosos. Con estos dones despierta poco interés entre las mujeres, lo que le hace sufrir.

Vuelve Chernyshevski a Saratov “hecho un socialista y un ateo” (1), y, contra todo pronóstico, se casa. Su novia, Olga, es una chica alegre y pizpireta, perfectamente indiferente a las inquietudes sociales y políticas de su marido. Chernyshevski no sólo está profundamente enamorado de ella, sino que ve la oportunidad de superar su bajo rendimiento en sociedad, y escribe en su diario “Debo casarme también porque así me convertiré en un hombre en vez del niño que soy ahora. Entonces mi timidez, retraimiento, etc. desaparecerán”. Además Chernyshevski está muy influido por las ideas feministas de George Sand, y se ve a sí mismo como el liberador de su mujer de una situación familiar opresiva (opinión que Olga no parece compartir en absoluto). Chernyshevski reflejará más tarde está situación en "¿Qué hacer?"

De vuelta a San Petersburgo Chernyshevski ingresa en el diario Sovremennik (El Contemporáneo), de Nikolai Nekrasov, donde comienza una prometedora carrera como crítico literario. En esta época Chernyshevski ha leído con gran interés a los utilitaristas ingleses, Bentham y Stuart Mill (que consideran que el mejor sistema para una sociedad será aquél que maximice su felicidad global), y desarrolla su peculiar teoría del “egoísmo científico”. Para Chernyshevski absolutamente todas las motivaciones de la persona se reducen a maximizar el placer y minimizar el dolor. Estas motivaciones son constantes en todos los humanos, de modo que las diferencias en el comportamiento vienen motivadas exclusivamente por las condiciones socioeconómicas. De modo que se trata únicamente de encontrar la sociedad ideal en la que el egoísmo de todos trabaje hacia al bien común. Chernyshevski ya sabe de antemano cuál es ésta: un socialismo organizado en cooperativas derivadas de la obshchina. Estos dos dogmas proporcionan así a Chernyshevski el principio (el “egoísmo científico”) y el final (el socialismo) del relato, de modo que no se ve en la obligación de explicar la relación entre ambos, que considera obvia. Para el lector actual, desde luego, no lo es. Lo curioso, en cualquier caso, es que Chernishevsky, al postular los efectos benéficos del egoísmo, está trasladando los principios del liberalismo económico a la sociedad socialista, y, a la vez que rechaza la economía de mercado, esta creando una supuesta “sociología de mercado”.


Además, con su formulación del “egoísmo científico” Chernyshevski relativiza por completo los conceptos de bien y mal: una cosa será, simultáneamente, considerada buena por aquél a quien beneficie y mala por el perjudicado. Llevándola a su extremo lógico Pisarev se preguntará, completamente en serio, si es lícito matar a la propia madre. “¿Y por qué no, si lo deseo y me resulta útil?”, contestará. Y más adelante los nihilistas y revolucionarios llevarán esta formulación a la práctica.

Por otra parte, al establecer que las motivaciones son iguales para todos, y que las estructuras sociales (el estado, la religión, la familia…) las que determinan nuestro comportamiento, Chernyshevski no cree que las reformas graduales de estas estructuras puedan mejorar nada. Únicamente es posible destruirlas mediante una revolución. Esto lo lleva a enfrentarse con los reformistas liberales. Comienza, además, a establecer las diferencias insalvables entre su ‘nosotros’, los revolucionarios que desean destruir el mundo para alcanzar el paraíso, y su ‘ellos’, los que se obstinan en mantener el mundo meramente reformándolo. El honrado, culto, y compasivo Chernyshevski se ha convertido ya en un fanático sectario.


En Sovremennik ha coincidido con Nikolai Dobrolyubov, hijo de un párroco como Chernishevsky, con el que comparte la misma visión unidireccional de las cosas, y entre ambos van determinando la deriva radical de la revista. Para ellos, cientificistas empedernidos, la emoción artística es, en el mejor de los casos, superflua, y, en el peor, peligrosa, pues entorpece el conocimiento científico de las cosas. La función de la literatura y el arte no es el placer estético, sino educar, y hay que decir que Chernishevsky, una vez embarcado en un argumento, es capaz de llevarlo alegremente hasta sus consecuencias más disparatadas. Así, por ejemplo, llega a defender que el valor de una pintura marina no está en su mérito artístico, sino en que enseña lo que es el mar a todos aquellos que, por vivir tierra adentro, no lo han podido ver. Estos planteamientos llevan a Chernyshevski y Dobrolyubov a chocar con Turgénev, que también escribe en la revista, que creará al nihilista de “Padres e hijos” inspirándose en este último.

Entretanto la Tercera Sección ha comenzado a preocuparse seriamente por la influencia de Sovremennik en la juventud. A comienzos de 1862, aprovechando una imprudencia de Herzen, que en una carta al fundador de Zemlya i Volya le ha recomendado ponerse en contacto con Chernishevsky, la policía arresta a ambos. Encerrado en la fortaleza de Pedro y Pablo, a lo largo de dos años espera ser juzgado. Allí escribe "¿Qué hacer?". Después, en sucesivos simulacros de juicio, es condenado. Pasará los siguientes dieciocho años, primero en la cárcel, y después exiliado en Siberia. Este trato cruel no sólo resulta injusto, sino contraproducente: convertirá a Chernyshevski en un mártir ante la juventud.
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 “¿Qué hacer?" no sólo influyó decisivamente en las generaciones de jóvenes populistas revolucionarios simultáneas y posteriores a su publicación, sino que proporcionó un relato para la revolución bolchevique que estallaría en el siglo siguiente. Plejanov lo calificó como “el libro ruso más importante desde la invención de la imprenta”. Fue el favorito del joven Lenin, que no sólo tomó prestado su título en un ensayo en el que presentaba el esqueleto de su proyecto revolucionario, sino que intentó reproducir en sí mismo las virtudes del revolucionario Rajmetov. Pero ¿tan bueno es?


Pues no. Es un libro realmente mal escrito cuyos protagonistas, en contra de la intención de su autor, resultan insufribles, con su continuo cientificismo, para el lector actual (aunque no tanto como las continuas intromisiones paternalistas de Chernyshevski dirigiéndose a éste). Por eso quizás pueda decirse que "¿Qué hacer?" está piadosamente olvidado. Porque en general, si un editor lo rescatara y, sin conocer nada de su autor, procediera a clasificarlo, posiblemente lo haría en la sección de auto ayuda.


El libro narra la liberación y realización de la protagonista, Vera Pavlovna. En su ascenso es sucesivamente ayudada por dos “hombres nuevos”, Lopukhov (trasunto del propio Chernishevsky) y Kirsanov, cuyos caracteres resultan completamente indiferenciados para el lector. Estos “hombres nuevos” se distinguen de los hombres vulgares, es decir, todos aquellos que no han dado el salto evolutivo hacia el socialismo. Además está Rajmetov, un “hombre extraordinario”, que representa el ideal revolucionario. La definición de Rajmetov es curiosa porque es, antes que otra cosa, un culturista, lo que parece reflejar que en el más íntimo deseo de Chernyshevski estaba estar cachas para impresionar a las chicas.




Los sucesivos ascensos personales de Vera Pavlovna van precedidos por sueños. En el cuarto y último de ellos Chernyshevski presenta su sociedad utópica y falansterio particular: un palacio de aluminio y cristal, inspirado en el Palacio de Cristal de Joseph Paxton (2), en el que la gente trabaja por las mañanas, canta y discute de filosofía por las tardes, y es permanentemente feliz.


Para finalizar, la más intrigante respuesta al "¿Qué hacer?" proviene de Dostoyevski que, en sus “Apuntes del subsuelo”, opone a los insípidos Eloi de Chernyshevski un potentísimo Morlock.


(1) Esta expresión se la dedicaba la “cadizpedia” al anarquista Fermín Salvochea. Me hizo gracia, y encaja muy bien aquí.
(2) El Palacio de Cristal de Paxton fue destruido por un incendio, pero los madrileños aún pueden visitar el del Retiro, que está inspirado en él.


Imágenes: 1.- Nikolai Chernishevsky. 2.- Diseño de un falansterio. 3.- Colaboradores habituales de Sovremennik antes de que Chernyshevski y Dobrolyuvov impusieran su linea editorial. El segundo por la izquierda es Turgénev, y el tercero Tolstoy. 4.- Dobrolyubov. 5.- El Palacio de Cristal de Paxton, que se usó en la Gran Exposición de 1851. 6.- El Palacio de Cristal del Retiro, inspirado en el de Paxton.

sábado, 16 de junio de 2012

ESCENAS DEL POPULISMO RUSO (4): BAKUNIN

En “Los usos del pesimismo” Roger Scruton describe al “optimista sin escrúpulos”, cuyo pensamiento se sustenta en una serie de falacias. Una de éstas es la falacia de la agregación. Consiste en definir un ideal político o social a base de acumular conceptos agradables al oído (libertad, igualdad, bienestar, justicia, abundancia…), sin pararse a definirlos, ni mucho menos a describir las posibles interacciones e incompatibilidades entre ellos. Para el optimista sin escrúpulos no existen restricciones al fijarse objetivos: todos pueden tener lugar inmediata y simultáneamente. Entiende que el hombre es naturalmente bueno y el mundo es un lugar feliz, y si las condiciones reales no se ajustan a esta descripción es porque algunos están malévolamente obstaculizando el proceso. Esta última parte, que está implícita en la falacia, es la más siniestra de todas, pues permite al optimista sin escrúpulos imputar los males del mundo (es decir, las desviaciones de la realidad con respecto a su visión mirífica) en un culpable. Establece así una frontera entre él (y los que piensan como él), y los causantes de la infelicidad de la sociedad. De este obtiene dos resultados inmediatos: 1) colocarse, sin mayor esfuerzo, en el bando de los buenos, y 2) canalizar sus resentimientos, sin remordimientos, hacia terceros.


No sé si Scruton pensaba en Bakunin cuando describía el funcionamiento de esta falacia, pero desde luego es un buen ejemplo de su utilización. Dice Isaiah Berlin:

Bakunin agrupa todas las virtudes juntas en una vasta amalgama indiferenciada: justicia, humanidad, bondad, libertad, igualdad (“la libertad de cada uno a través de la libertad de todos” es otro de sus vacíos ensalmos), ciencia, razón, sentido común (…) todas ellas representadas de algún modo formando un único, brillante y concreto ideal, para cuya consecución los medios estarían perfectamente al alcance de la mano si los hombres no fueran tan estúpidos, o ciegos.

Todo ello, en palabras de Bakunin, dentro de “la Iglesia universal y auténticamente democrática de la libertad”. Y esto ¿qué quiere decir? Poca cosa, realmente. La búsqueda de significados profundos, o simplemente coherentes, en el pensamiento de Bakunin no suele verse recompensada. Bakunin, en realidad, no elaboró un sistema de pensamiento dirigido a la capacidad de razonar, sino un conjunto heterogéneo de frases estimulantes dirigidas a los instintos.


Pero aún es frecuente encontrar descripciones de Bakunin que lo presentan como un apóstol de libertad. Por ello interesa, en primer lugar, su definición (si es que puede hablarse de definición en Bakunin) de ésta. Y, en segundo, cuál considera que es su relación con la igualdad. En cuanto a lo segundo, Bakunin ni siquiera se plantea que pueda existir la menor incompatibilidad entre libertad e igualdad. En cuanto a lo primero, Bakunin describe la libertad, sencillamente, como la total ausencia de normas: “La tempestad y la vida, he aquí lo que necesitamos. Un mundo nuevo sin leyes, y por lo tanto libre”. Pero ¿un mundo sin leyes es libre? Bakunin no entra a razonar este dilema, pero, sin preocuparse en lo más mínimo por evitar la incoherencia, cuando define su sociedad futura (y lo hace en muchas ocasiones) dibuja, sin ambages, una dictadura totalitaria:

un fuerte poder dictatorial (…) un poder rodeado de partidarios, iluminado por sus consejos, reforzado por su libre colaboración, pero al que nada ni nadie ponga límites”.

He aquí cómo el ansia infinita de libertad de Bakunin resulta desembocar en una tiranía. Peculiar, en alguien para quien el Estado es el enemigo a batir: “El Estado más pequeño es también criminal en sus sueños”. Pero hay algo más que irresponsabilidad e incoherencia en Bakunin. Existe también lo que parece ser un innegable placer en la agitación, la violencia, y la destrucción:

Mi naturaleza siempre ha tenido un vicio muy arraigado: mi amor por fantásticas, por inusuales, por inauditas aventuras que abrieran horizontes ilimitados. En un entorno tranquilo y cotidiano sentía que me sofocaba. Normalmente los hombres buscan la tranquilidad, y la consideran el bien más preciado. Pero a mí la tranquilidad me provocaba desesperación; mi alma vivía en medio de una incesante agitación: pedía acción, movimiento y vida. Yo tenía que haber nacido entre los colonizadores europeos en los bosques americanos, donde la civilización aún no ha brotado, donde la vida es todavía una incesante lucha contra los hombres y la naturaleza salvaje, y no en una bien ordenada sociedad burguesa.

A este placer personal debía subordinarse el destino de todos los hombres: bastaba con decir que se actuaba en nombre de éstos. El mundo, para Bakunin, era una gigantesca obra de teatro en la que él era el protagonista, y los demás formaban parte de la escenografía.
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 Una muy breve historia de Bakunin. Nace en 1814 en una pequeña aldea cerca de Moscú, en una familia noble algo venida a menos (únicamente poseía 500 siervos, según wikipedia). A los 14 años ingresa en la academia de Artillería de San Petersburgo pero su rendimiento no es brillante, y sus calificaciones decepcionantes. A los 21 años, a pesar de la oposición de su padre, renuncia a continuar la carrera militar y acude a Moscú a estudiar filosofía. Conoce al filósofo Stankevich, al crítico literario Belinsky, a Herzen, y a Ogarev. Estudia a Fichte, y luego se sumerge en Hegel con avidez, lo que, según admitirá posteriormente, le provoca efectos secundarios: “no veía otra cosa que las categorías de Hegel”. También, al igual que Herzen, es cautivado por los socialistas franceses, la pasada generación de Fourier y Saint-Simon, y la actual de Proudhon y Louis Blanc. Pero, curiosamente, en esta fase de su vida sus amigos lo consideran algo conservador, y su pensamiento no les resulta cautivador.


En 1840, financiado por Herzen, marcha a Berlín, donde pretende convertirse en profesor universitario. Inmediatamente se mezcla en círculos socialistas y radicales, y abandona su inicial pretensión. En 1842 escribe “La reacción en Alemania”, que demuestra que el lenguaje de Hegel le ha proporcionado una vistosa jerga para racionalizar su innata tendencia a la destrucción. Así describe la relación dialéctica entre lo Negativo (la revolución) y lo Positivo (el orden establecido), muy favorable al primero:

(la relación) no es de equilibrio, sino de predominancia de lo Negativo, que constituye la fase dialéctica de cercenamiento. Lo Negativo, como determinante de la vida misma de lo Positivo, incluye él solo en sí la totalidad de la contradicción, y por ello por sí solo tiene absoluta justificación.

A la Revolución, pues, pero por exigencia filosófica. Pero después Bakunin abandona a Hegel. Se ha hartado de los alemanes y, entendámoslo, es difícil admitir que la culminación del Espíritu de la Historia es el estado prusiano cuando no se es alemán. De este periodo concluye: “Marx es un gran pensador, pero Proudhon entendió y tuvo un sentimiento mucho más grande de la libertad. Es muy probable que, en teoría, Marx pueda construir un sistema aún más racional de la libertad que Proudhon, pero carece del gusto instintivo por ella. Como alemán, y como judío, es un autoritario de la cabeza a los pies”. El “verdadero comunismo” para Bakunin se halla desde entonces en Proudhon, y no en Marx.


Mientras tanto ha atraído la atención de la policía zarista, y en 1844 recibe la orden de volver a Rusia. Bakunin ignora prudentemente la orden, y es nuevamente conminado a volver de inmediato “por haber tenido criminales relaciones en el extranjero con un grupo de elementos desafectos, y por no haberse sometido a las órdenes del Gobierno de Su Majestad de volver a Rusia, para ser privado de todos sus derechos y dignidades, y (…) ser deportado para realizar trabajos forzados en Siberia, y ser confiscados todos sus bienes (si los tuviera)”. Ante semejante perspectiva, Bakunin declina nuevamente la invitación.

“Los días que siguieron a la revolución (de 1848) fueron los más felices de la vida de Bakunin” escribirá más tarde Herzen. En plena efervescencia revolucionaria viaja a Praga, donde se celebra el Primer Congreso pan-eslávico. Desde allí describe su programa para el gobierno revolucionario:

No estoy demasiado interesado en los debates parlamentarios. (…) No creo en Constituciones ni en leyes. Ni siquiera la mejor Constitución me satisfaría.” “El gobierno revolucionario, con ilimitado poder revolucionario, se sentaría en Praga. La nobleza y el clero hostil serían expulsados, la administración austriaca reducida a cenizas, los funcionarios expulsados excepto unos pocos entre los más competentes e importantes, que serían usados como consejeros y también para gestionar una librería de estadísticas en Praga. Todos las asociaciones, periódicos, y demás expresiones de charlatanería anárquica serían sujetos a un único poder dictatorial. Todos los jóvenes y demás gente aprovechable serían divididos en categorías de acuerdo con su carácter, capacidad, y dedicación, y después esparcidos por el territorio para proporcionar formación revolucionaria y un ejército temporal.


En 1849 acude a Alemania y coincide con Richard Wagner en la insurrección de Dresde. Es detenido por la policía sajona y condenado a muerte, pero su sentencia es conmutada por la extradición a Rusia. Es recluido en la fortaleza de Pedro y Pablo de San Petersburgo, donde rápidamente se consume. En un estado de profunda depresión, mientras espera su deportación a Siberia, recibe la visita del conde Orlov, ayuda de cámara del zar Nicolás I, que le transmite el encargo de realizar una confesión: “Dile (a Bakunin) que me escribirá como un hijo a su padre espiritual.” El resultado es sorprendente, y causará bastante zozobra a sus biógrafos. El caso es que Bakunin escribe la confesión solicitada con lo que parece una sincera deferencia hacia el Zar y una innegable sinceridad. Una vez más, de las páginas de la Confesión podemos extraer su visión del mundo post revolucionario:

Para Rusia es necesario un fuerte poder dictatorial preocupado exclusivamente por ilustrar e instruir a las masas; un poder que es libre en tendencia y espíritu, pero sin una forma parlamentaria; un poder que imprime libros de contenido libre, pero sin permitir la libertad de prensa; un poder rodeado, aconsejado y apoyado por la libre colaboración de personas con sus mismas ideas, pero que no está limitado por nada ni por nadie


En este nuevo mundo Bakunin no se reserva el poder de dictador: a él le basta con destruir: “el trabajo (de construir un nuevo mundo) se hará por otros mejores, más inteligentes, y con mayor frescura que nosotros.

Dejemos por el momento a Bakunin, que la entrada se está alargando demasiado. Volverá a aparecer en dudosa compañía.


Imágenes:
1 y 2.- Bakunin.
3.- El joven Bakunin.
4.- Vissarion Belinsky.
5.- Barricadas en Praga en 1948.
6.- Barricadas en Dresde en 1949.
7.- La fortaleza de Pedro y Pablo.

sábado, 9 de junio de 2012

ESCENAS DEL POPULISMO RUSO: INTERLUDIO

Aprovechando esta serie de entradas sobre el populismo ruso del siglo XIX, he vuelto a hojear el libro “Revolutionary dreams”, de Richard Stites. Su idea es muy interesante: intenta describir el relato del régimen bolchevique a través de sus mitos, símbolos y celebraciones. En mi opinión, no lo acaba de conseguir, pero a cambio proporciona información curiosa como ésta que transmito a continuación (que no tiene nada que ver, insisto, con el populismo ruso del siglo XIX sino con el régimen comunista del XX).
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Entendiendo que la religión tradicional era su más directa competidora, pues su campo de satisfacción emocional se solapaba con el del comunismo, y conscientes de la potencia de los símbolos y ceremonias de aquélla, los bolcheviques pusieron gran empeño en sustituir algunas de las tradicionales ceremonias religiosas por su contrapartida revolucionaria. Por ejemplo, la Navidad se intentó reemplazar por una frustrada “ceremonia invernal del komsomol (1)”, intento que recuerda a los de algunos de nuestros más esforzados progresistas por implantar la Fiesta del Solsticio de Invierno.

Este afán de desplazar lo religioso afectaba también a las ceremonias privadas. Así, a partir de 1920 se promovió la sustitución de los bautizos por la ceremonia de la “octubrización”. Stites describe alguna de éstas. En una, celebrada en Kharkov en 1923, el niño felizmente “octubrizado” recibió como regalo un retrato de Lenin. A continuación, los padres se comprometieron solemnemente a educar al niño en los valores del comunismo, se cantó la Internacional, y se bailaron danzas populares. En otra, en Moscú, los invitados portaron banderas y tambores y entonaron “somos la Joven Guardia de trabajadores y campesinos”. La madre, con signos de emoción, declamó: “el niño me pertenece sólo físicamente; para su formación espiritual lo entrego a la sociedad”.

El temor a la exclusión, e incluso a consecuencias directas mucho más desagradables, impulsó a muchos rusos a adoptar ruidosamente los bautizos bolcheviques. Y, con el fin de demostrar un celo revolucionario adecuado, los padres se dedicaron a escoger, para los pobres niños, nombres que reflejaran un celo revolucionario adecuado. Stites presenta un listado de nombres impuestos en estas ceremonias, interesantísimo porque refleja la iconografía revolucionaria y la capacidad de mimetismo de los padres.

DERIVADOS DE HEROES Y HEROINAS REVOLUCIONARIAS: Spartak, Marks, Engelina, Roza, Lyuksemburg (éstos dos últimos en honor a Rosa Luxemburgo), Robesper, Danton, Ilich, Ilina ( por Lenin), Bukharina, Budena, Melor (Acrónimo de Marx, Engels, Lenin, Octubre y Revolución).

DERIVADOS DE CONCEPTOS REVOLUCIONARIOS: Pravda, Barrikada, Giotin (de guillotina), Bastil (de Bastilla), Revolyutsiya, Kommuna, Parizhkommuna(Comuna de París), Proletarii, Oktyabrina, Volya(voluntad o libertad), Svoboda (libertad), Dinamit, Ateist, Avangarda, Marseleza (Marsellesa).

DERIVADOS DE LOS AVANCES TÉCNICOS, CIENTÍFICOS E INDUSTRIALES DE LA REVOLUCIÓN (estos son mis preferidos): Tekstil, Industriya, Traktorina, Dinamo, Radium, Genii (genio), Idea, Elektrifikatsiya.

DERIVADOS DE LA EXALTACIÓN DE LA CULTURA, LA NATURALEZA Y LUGARES ESCOGIDOS: Traviata, Aida, Okean (océano), Solntse (sol), Zvezda (estrella), Atlántida, Monblan (Mont Blanc), Singapur (¿?)

DERIVADOS DE LAMENTABLES ERRORES: Markiza (de marquesa, quizás por considerarlo exótico (2)), Embryo, Kommentario, Vinaigrette (vinagreta).

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(1) Komsomol: las juventudes del partido comunista.
(2) Dramático. En condiciones estándar un nombre así habría asegurado a su portadora las burlas de otros niños. En la Rusia Bolchevique, es muy posible que sirviera de pasaporte para el Gulag.

Imagen: Bautismo comunista (1920)

p.d. Ya ves, BENJA, lo del País Vasco podría haber sido mucho peor. De hecho “Barrikada” y “Dinamita” habrían sido perfectamente recuperables.

domingo, 3 de junio de 2012

ESCENAS DEL POPULISMO RUSO (3): HERZEN

La vida es un gran deber social (dijo Louis Blanc): el hombre debe constantemente sacrificarse por la sociedad.
¿Por qué?, pregunté de repente.
¿Cómo que “por qué”? Sin duda el único propósito y misión del hombre es el bienestar de la sociedad.
Pero nunca será conseguido si todo el mundo se sacrifica y nadie disfruta.
Alexander Herzen. ‘Mi pasado y pensamientos’


Alexander Herzen nace en Moscú en 1812, unos meses antes de que Napoleón ocupe la ciudad. Su padre, Ivan Alekseyevich Yakovlev, proviene de una antigua, rica, y aristocrática familia de Moscú. Durante uno de sus viajes al extranjero ha conocido a Luisa Haag, hija de un oficial en Württemberg, y se la ha traído a Moscú. Quizás por la diferencia de clases, Ivan Yakovlev ni se ha casado con ella ni ha dado su nombre a Alexander, pero en todo lo demás lo trata como su legítimo hijo y heredero. Y quizás para explicitar que es el hijo de su corazón le da el apellido ‘Herzen’ (1). El joven recibe la educación normal de un vástago de la alta sociedad. Primero, toda una retahíla de preceptores extranjeros; después, con 17 años, ingresa en la Universidad de Moscú y estudia filosofía, literatura, y ciencias naturales.

Como cualquier joven, es muy sensible a los dictados de la moda, incluida la intelectual, y así se apasiona por los escritos de los socialistas franceses y los idealistas alemanes. Especialmente Hegel: en esos momentos se piensa que el filósofo alemán ha proporcionado la llave última del conocimiento, y las discusiones intelectuales se desarrollan en una jerigonza indescifrable. El propio Herzen se burlará más tarde de esta situación, y llamará a esta jerga “el lenguaje de los sacerdotes del conocimiento, un lenguaje para la fe, que ninguno de los catecúmenos entendía”:

Puedo decirlo porque, llevado por la corriente de la época, yo mismo escribía exactamente igual, y me quedé realmente sorprendido cuando el famoso astrónomo Perevoshchikov describió este lenguaje como ‘gorjeo de pájaros’. Ninguno, en aquellos días, habría dudado al escribir una frase como esta: ‘la concreción de ideas abstractas en la esfera de lo estético presenta esa fase de la auto-investigación del espíritu en la que, definiéndose a sí mismo, pasa de la potencialidad de la inmanencia natural a la armoniosa esfera de la pictórica consciencia de la belleza’ (…) Amigos que se apreciaban pasaban semanas sin hablarse porque habían discutido acerca de ‘la ubicuidad del espíritu’, o habían tomado como un insulto personal una opinión sobre ‘la personalidad absoluta y su existencia en sí misma’.”


Sus conocidos destacan la brillantez de Herzen, su desconcertante habilidad para asociar conceptos inesperados, y una facilidad para la ironía que con frecuencia puede llegar a ser cruel. Esto le proporciona casi tantos amigos como enemigos. Entre los primeros se encuentran Turgenev, Bakunin, Belinsky, Ogarev y Stankevich. La opresiva sociedad rusa de Alejandro I no ve con buenos ojos la libertad de opinión, y las de Herzen complican, tanto su estancia en la universidad, como su posterior carrera en el servicio civil. Es exiliado dos veces por “manifestar ideas peligrosas”. Mientras tanto escribe, y ocasionalmente publica, relatos, novelas y ensayos. Destacan dos. Uno, de elegante frivolidad, sobre las diferencias entre las sociedades de Moscú y San Petersburgo. Otro, sobre el peligro del intelectual de caer en los extremos del diletantismo y la pedantería. En 1846 muere su padre. Un año más tarde Herzen, con sus necesidades económicas definitivamente cubiertas, y tras haber arruinado su carrera en la administración rusa, emigra a París. Nunca volverá a Rusia.

Hasta entonces, los emigrados rusos han sido acogidos en los círculos intelectuales franceses como una curiosidad, un fruto de la exótica y semisalvaje Rusia, pero Herzen se impone como un igual. Entre los intelectuales franceses encuentra con frecuencia actitudes solemnes y pomposas, lo que le permite ejercitar sus acreditadas dotes para la burla. Más tarde detallará, con notable precisión, el defecto esencial del pensamiento político francés, y, por extensión, del continental: su creencia en que es posible definir, con la mera fuerza del intelecto, un esquema del mundo al que la realidad se apresurará a ajustarse. Y el haber convertido este proyecto de reforma en un deber religioso:

Los franceses son el pueblo más abstracto y religioso del mundo; en ellos, el fanatismo de las ideas va de la mano de la falta de respeto por las personas, del desprecio por sus vecinos. Los franceses convierten todo en un ídolo, y pobre del que no doble la rodilla ante el ídolo del día. El despótico”bien del pueblo”, y el sanguinario e inquisitorial “que se haga justicia aunque el mundo perezca”, están instalados por igual en la conciencia de monárquicos y demócratas. Leed a George Sand , Pierre Leroux, Louis Blanc, Michelet, encontraréis por todos lados cristianismo y romanticismo adaptados a nuestra propia moralidad; por todas partes dualismo, abstracción, deber abstracto, virtudes impuestas y una moralidad oficial y retórica moralidad sin ninguna relación con la vida real.


Herzen asiste a las revoluciones de 1848, y su colapso en un país tras otro lo influyen decisivamente. Se ha visto decepcionado, tanto por el comportamiento de las masas, como por el de los pensadores, aprendices de brujos inconscientes de las fuerzas que estaban desencadenando:

Las masas son indiferentes a la libertad individual y a la libertad de opinión. Las masas aman la autoridad. Están todavía cegadas por el brillo de la autoridad, y odian a aquéllos que se mantienen en solitario. Por igualdad entienden igualdad en la opresión. Quieren un gobierno que mande en su beneficio, y no, como el actual, en contra de él. Pero se les pasa por la cabeza gobernarse a sí mismas.

Muy desmoralizado, Herzen marcha a Londres y en los 50 comienza a publicar dos periódicos en ruso destinados a denunciar el régimen zarista. El primero, “La Estrella Polar”. El segundo, “La campana” (“Kolokol”). El triunfo de “La Campana” en Rusia es arrollador, y, a pesar de estar oficialmente prohibidos, los artículos de Herzen son leídos ávidamente por todos, desde el último funcionario hasta el Zar. Según cuenta Herzen “estábamos de moda. y en una guía turística se me mencionaba como una de las curiosidades de Putney”. Es así. Herzen se convierte en una celebridad, y su casa se convierte en lugar de peregrinaje de exiliados políticos de toda Europa. Especialmente de los polacos, cuya causa siempre apoyará. También de la nueva generación de radicales rusos, a los que Herzen contempla con cierto desdén. En esta época inglesa escribe sus mejores libros, entre ellos sus memorias (“Mi pasado y pensamientos”) y “Desde la otra orilla”, un compendio de reflexiones producidas por las frustradas revueltas de 1848.


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El párrafo que abre esta entrada, ejemplo de la aparente ligereza con que Herzen suele defender sus convicciones más profundas, resume algunos de los elementos centrales de su pensamiento, que son estos. Uno, que el bien máximo de las personas es la libertad. Dos, que la libertad presente de personas concretas no puede ser sacrificada en nombre de abstracciones futuras. Tres, que la tendencia humana a querer almacenar la existencia es un deseo mal formulado. Empecemos por el último:

Los seres humanos tienen un instintivo afán de preservar todo lo que les gusta. El hombre nace, y por eso desea vivir para siempre. El hombre se enamora, y desea ser amado para siempre, desde el preciso instante de su declaración. (…) El presente le pertenece, pero los seres humanos no están satisfechos con esto: deben poseer también el futuro

El hombre es un ser en movimiento, y, por eso, la existencia es fugaz. Esta es una característica estructural en él, que no podría ser alterada sin alterar su propia naturaleza, lo que no es concebible. Los intentos de atesorar la existencia y la belleza sólo pueden aspirar a la congelación, y provocan que se desperdicie el presente, el momento en que ambas tienen lugar:

(…) esas personas, muy sentimentales, que derraman una lágrima siempre que se dan cuenta de que ‘el hombre ha nacido para morir. Mirar al final, y no a la acción en sí, es un error capital”.

¿Cuál es la finalidad de una canción?, se pregunta Herzen. Si nos obsesionamos con intentar preservarla para siempre lo único que conseguiremos será darnos cuenta, cuando el cantante termine, de que no estábamos escuchando.


Esto enlaza con lo esencial de su pensamiento político. Herzen se siente horrorizado por aquéllos que reclaman el máximo sacrificio en nombre de abstracciones como la humanidad, o el socialismo, o el nacionalismo. Porque, adivina, en nombre de esas abstracciones estarán fanáticamente dispuestos a cometer las mayores atrocidades con expresión virtuosa. Para Herzen el propósito de la lucha por la libertad es la libertad presente, y por tanto real, de personas concretas, y no la libertad futura, y por tanto incierta de abstracciones. Le repugna la opresión actual, pero está horrorizado con el fanatismo de los “libertadores”:

 “¿Quién acabará con nosotros? La barbarie senil del cetro, o la salvaje barbarie del comunismo; el sable ensangrentado o la bandera roja? (…) El comunismo barrerá el planeta en una tempestad violenta, terrible, sangrienta, injusta, rápida. (…) ¿Lamentas el fin de la civilización? Yo también. Pero las masas no lo lamentarán. Las masas (…) quieren ignorancia y humillación.

Herzen no comparte el historicismo de sus contemporáneos, la creencia en que la historia puede ser científicamente profetizada. De este modo opone su visión dinámica de las cosas al estático nirvana futuro, sin clases, de Marx y Engels.

El socialismo se desarrollará en todas sus fases hasta que alcance sus propios extremos y absurdidades. Entonces, de nuevo, surgirá del pecho titánico de una minoría revolucionaria un grito de negación. Una vez más se entablara una lucha mortal en la que el socialismo ocupará el lugar del conservadurismo actual, y será derrotado por la revolución venidera, que nosotros aún no podemos ver.

Los bolcheviques proporcionarán a Herzen un sitio de honor en el panteón de sus héroes, sin duda por no haberlo leído realmente. Herzen se habría sentido desolado ante esta inclusión. O quizás la habría contemplado con una sonrisa irónica en los labios.
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(1) En alemán, Herz es corazón. La declinación Herzen podría traducirse como ‘de mi corazón’.

Imágenes:
1.- Herzen.
2.- Hegel
3.- Barricada en París en 1848.
4.- Portada de Kolokol.
5.- Ogarev y Herzen.