miércoles, 30 de julio de 2014

OS LO DIJE, JODIDOS IDIOTAS


El historiador británico Robert Conquest fue uno de los primeros en intentar cuantificar los éxitos del comunismo ruso. En sus libros La cosecha del dolor y El Gran Terror expuso:

- Que Lenin y Stalin habían infligido sucesivamente al pueblo ruso una asombrosa cifra de muertes prematuras (Lenin: unos 9.000.000 por la guerra civil, la guerra contra el campesinado y las hambrunas; Stalin: unos 20.000.000 por la destrucción de los kulaks, las hambrunas en Ucrania, Kaszajstan y el Cáucaso y las purgas [1])

- Que Stalin no había sido una aberración con respecto al sistema comunista creado por Lenin, sino la lógica continuación de este.

- Que los intelectuales europeos habían permanecido voluntariamente ciegos frente a datos al alcance de cualquiera.

Conquest publicó El Gran Terror en 1968, cuatro años antes de que el primer volumen de Archipiélago Gulag viera la luz. Cuando en 1990, tras la caída del Muro y la aparición de datos irrefutables desde la propia Rusia, el editor preparó una reedición y preguntó si quería modificar el título, Conquest le proporcionó uno alternativo: Os lo dije, jodidos idiotas [2].

Pues bien, transcurrido casi un siglo desde los crímenes de Lenin, más de 70 años desde los de Stalin, casi 50 años desde las primeras denuncias de Conquest, y más de 20 desde la caída del Muro, el nostálgico [3] Juan Carlos Monedero continúa publicando cosas como éstas:

”la entrega y el sacrificio (fue el ejército rojo quien frenó a los nazis), la eficacia económica (Rusia y China salieron del feudalismo), la conquista de derechos sociales y políticos, la descolonización, el pacifismo, el ecologismo son todos logros de la izquierda”


http://www.aporrea.org/actualidad/a151741.html

[1] Estas cifras incluyen únicamente los muertos, pero no es éste el único sufrimiento proporcionado a los rusos por los dictadores del proletariado. El propio Conquest proporciona la cifra de 40.000.000 de represaliados por el estalinismo, en grados que van desde la persecución y pérdida de trabajo hasta el encarcelamiento o el internamiento en el Gulag.
[2] The Guardian, 15/02/2003.
[3] Parece obvio que Conquest habría usado otro adjetivo.

jueves, 3 de julio de 2014

¿VENEZUELA? ELIGE


El inesperado (excepto, según dice, para Arriola) brote de Podemos, y su vinculación con la revolución bolivariana de Chávez hace conveniente que dediquemos a ésta cierta atención. Para muchos (me incluyo) ha sido un desastre; para Iglesias y Monedero, un ejemplo a seguir y un motivo de esperanza: si ha sido posible en Venezuela ¿por qué no en España? Pero ¿existe alguna semejanza entre la situación de Venezuela y España ante los respectivos advenimientos de Chávez e Iglesias? Pues me temo que sí.

1) Venezuela, al igual que España, protagonizó una exitosa transición a un sistema democrático. En 1958, mientras la dictadura de Marcos Pérez Jiménez da las últimas boqueadas (gracias, por cierto, a los propios militares) Rómulo Betancourt (Acción Democrática, un partido socialista de corte aprista), Rafael Caldera (Partido Social Cristiano-COPEI), y Jovito Villalba (Unión Republicana Democrática) firman el Pacto de Punto Fijo, por el que se comprometen a apoyar, mediante un gobierno de coalición, al candidato más votado en las elecciones que una Asamblea Provisional está preparando. El ganador resultará ser Rómulo Betancourt. A pesar de las grandes dificultades que afrontará (el casi simultáneo triunfo de Fidel Castro en Cuba alentará los focos de guerrilla en todo Sudamérica; por otro lado, Betancourt salvará la vida de milagro en un atentado patrocinado por Trujillo), lo cierto es que el Pacto de Punto Fijo abrirá un periodo de 40 años de democracia en Venezuela durante los cuales los países de su entorno (incluido el civilizadísimo Chile) irán alternando dictaduras de todo pelaje. A pesar de ese éxito notable llegará el momento en que la recién creada democracia se vea como algo agotado sin remedio. Como la Transición en España.


2) El petróleo provocará un gran desarrollo económico en Venezuela, pero simultáneamente la llevara a un nivel de gasto público insostenible. Nosotros no tenemos petróleo (y ahí está Paulino Rivero para librarnos de la tentación) pero somos más chulos. Y además tenemos comunidades autónomas y nacionalistas, que suponen fuertes estímulos para crear gigantescas estructuras de gasto improductivo (excepto para los que las controlan).

3) A finales de los 80 Venezuela está inmersa en una corrupción generalizada que provoca un imparable (y generalmente merecido) desprestigio de la clase política. España seguirá sus pasos firmemente.

4) El detonante para el estallido del malestar de la gente es, paradójicamente y como ocurrirá en España, la imposición por Carlos Andrés Pérez de medidas liberalizadoras y de reducción del déficit público. En España se traducirá en ocupaciones de la Puerta del Sol y manifestaciones continuas, más o menos violentas, en Madrid, pero en Venezuela la cosa es más seria. Entre febrero y marzo de 1989 se producen una serie de saqueos y motines en Caracas, que serán conocidos como el Caracazo y que ocasionarán un número indeterminado de muertes. El motín será entendido como una prueba de que la democracia no funciona. El dramaturgo Ibsen Martínez (grandísimo nombre) dirá con acierto:

”El Caracazo fue mostrado por los medios y los “analistas” como la prueba reina del fracaso de toda la clase política y como un veredicto de culpabilidad de la democracia representativa venezolana. Poco faltó para que a los saqueadores de supermercados, tiendas de electrodomésticos y licorerías se les asignara el rango de expertos en macroeconomía y derecho constitucional”.

La joven democracia venezolana no se recobrará de este golpe. Mucha gente está en esa predisposición típica de las crisis a confiar ciegamente en el caudillo providencial (por pintoresco que este sea) que las sacará de ella. En 1992 Hugo Chávez dará un golpe de estado; el 1993 el recién elegido Rafael Caldera (uno de los firmantes del Pacto de Punto Fijo, artífice por tanto de la transición venezolana) decidirá, de forma suicida, amnistiarlo; en 1998 Chávez ganará las elecciones.


Poco antes de ellas el filósofo y escritor Alejandro Rossi escribe un artículo en El Universal previniendo contra lo que efectivamente ocurrirá. Lo transcribo íntegramente, pues resume muy bien la historia de la democracia venezolana, y creo que contiene un inquietante paralelismo con España (las negritas son mías).


VENEZUELA ELIGE. Alejandro Rossi

Venezuela se encuentra en un momento de delicadísima definición política. La situación es sumamente confusa y está cargada de presagios. En una semana, el domingo 6 de diciembre, habrá elecciones presidenciales. Llega a su fin el gobierno de Rafael Caldera —uno de los grandes protagonistas de la vida democrática venezolana— y es muy probable que también concluya aquel período que se inició en 1958, con la caída de Pérez Jiménez. No quiero decir que necesariamente terminará la democracia venezolana, aunque hay signos alarmantes de que tal vez pudiese ocurrir.  

Me refiero más bien a dos hechos sobresalientes: la desaparición de las figuras que crearon la modernidad política venezolana y la crisis de los partidos. Para lo primero hay que remontarse al primer gobierno de Acción Democrática, allá en 1945, sin por ello olvidar la novedad que supuso la presidencia de Isaías Medina Angarita en el principio de la década de los cuarenta, y sin tampoco cerrar los ojos ante la violencia —golpe de Estado— con que se instauró la aludida modernidad. Violencia cuya mancha —hay que agregar— siempre ha ensuciado la memoria histórica de Acción Democrática. Pero la historia política de un país nunca es un camino de santidad y los errores, nos guste o no, se entremezclan con las virtudes. Los tres nombres capitales de esa transformación fueron Rómulo Betancourt, Jovito Villalba y Rafael Caldera. Encabezaban respectivamente los partidos Acción Democrática, Unión Republicana Democrática y el Partido Social Cristiano Copei. Acción Democrática se funda en 1941 y los otros dos en 1946. En 1947 se llevan a cabo —después de haber aprobado la nueva Constitución— las primeras elecciones verdaderas de la historia de Venezuela. Don Rómulo Gallegos, candidato de ad, toma posesión como presidente en 1948. En noviembre de ese año otro golpe militar derriba al gobierno legítimo y empiezan a correr los diez años de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. El 23 de enero de 1958 —en un movimiento de protesta generalizada en el que intervienen los tres partidos señalados, más el pc, estudiantes y grupos ciudadanos—, los militares deciden sacar del poder a Pérez Jiménez y crear una Junta transitoria. De nuevo los militares son la palanca del cambio político. En 1958, sin embargo, se crea la estructura básica que ha garantizado la existencia de la democracia venezolana. Lo más importante es el pacto (llamado de "Punto Fijo") que establecen ad, urd y Copei, para apoyar al candidato que resultara ganador en las elecciones de diciembre de ese año de 58 y formar —importantísimo— un gobierno de coalición. Lo cual significaba un indispensable respiro político y a la vez la instauración de los partidos como elementos definitorios de la política nacional. Un cambio enorme. En febrero de 1959, Rómulo Betancourt asume la presidencia.

Fueron cinco años dificilísimos. Gobernar en coalición no era nada fácil, no había práctica, todos estaban aprendiendo. Pero lo peor fueron los intentos de golpe de estado, la tradición caudillesca y bárbara que se negaba a morir y que se disfrazaba de ideologías diferentes. Hubo, así, alzamientos organizados por la vieja casta de las fuerzas armadas y también rebeliones de izquierda, las más tenaces, en ocasiones una mezcla de militares de graduación media, civiles extremistas —remedos del llamado "nasserismo"— y del Partido Comunista, que demencialmente apostó a la línea insurreccional. Añádase a Fidel Castro, decidido, con apoyos de todo orden, a reventar la democracia, y a la creación, por consiguiente, de la guerrilla urbana y campesina, la formación de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional. Para completar el cuadro, también hubo un atentado contra el presidente, planeado por Rafael Leónidas Trujillo, esa sombra obscura. En aquellos años Fidel Castro representaba para muchos el futuro, la revolución bonita, la fundación de la nueva utopía, y Rómulo Betancourt, por el contrario, era el lento reformista antiguo, el que creía, según ellos, en hipócritas valores democráticos. Tuvo Venezuela esa mala suerte histórica: que su momento político clave coincidiera con la Cuba fidelista. La confusión emotiva e intelectual que esto produjo fue muy profunda. Lo extraordinario, no obstante, es que la democracia venezolana haya resistido. Lo considero una hazaña y por eso pienso que Rómulo Betancourt —más allá de matices y de posibles críticas— es, entre todos, la personalidad política más destacada de la Venezuela moderna.

Las cosas, después, fueron más fáciles. Poco a poco se pacificó el país y los rebeldes en buena medida se incorporaron a la vida civil. Las sucesivas elecciones presidenciales se han llevado a cabo con normalidad, y Rafael Caldera llegó a su primera presidencia en 1969 y derrotó —fijarse bien— a Acción Democrática por apenas treinta mil votos: se respetó el resultado y se inauguró la alternancia en el poder. De ahí en adelante el sistema político se basó en un bipartidismo.

Han pasado cuarenta años. Caldera, el último de los fundadores, deja la Presidencia. Las figuras políticas de prestigio son, por desgracia, escasas. El único que quedaba, Carlos Andrés Pérez, ha sido víctima —a pesar de sus excepcionales dotes de supervivencia— de su propia desmesura y de una implacable persecución política. Esta pobreza de nombres se debe a algo bastante más grave: la crisis de los partidos políticos tradicionales, especialmente la de los dos mayores, Acción Democrática y Copei, ambos sin dirigentes de peso, agobiados por las rencillas y las divisiones. La impresión, además, es la de que todos los partidos han dejado de ser nacionales para convertirse en sectoriales. Las últimas elecciones de las cámaras y de las gobernaturas así lo demuestran: una votación fragmentada que exige complicadas alianzas.

Los dos candidatos más fuertes para la Presidencia de la República no pertenecen, en efecto, a los partidos clásicos. Lo que han creado son agrupaciones electorales de carácter personal y contingente. Otra singularidad es que ninguna de las dos agrupaciones superó en la Cámara a Acción Democrática, cuyo candidato presidencial, debido a problemas de liderazgo e imagen, sin embargo está en las encuestas muy por debajo de Henrique Salas Römer y del teniente coronel Hugo Chávez Frías. El Comandante es, según opiniones especializadas, quien cuenta con mayores probabilidades. Se trata del militar que se levantó en armas en 1992 en contra del entonces gobierno presidido por Carlos Andrés Pérez, rebelión que dejó, por cierto, más de cuatrocientos muertos. Es increíble que la legalidad republicana haya permitido que se presentara como candidato. El Teniente Coronel favorece la boina roja —esos signos típicos de los grupos de choque—, gusta de las amenazas, nada veladas, a la estructura democrática de Venezuela, y balbucea un brumoso programa populista de justicia social.

Los problemas de Venezuela —es verdad— son graves. Una democracia que en un principio era de una honradez impecable, permitió con el paso de los años la corrupción. La inmensa riqueza petrolera y minera ciertamente transformó el país, aunque no eliminó la pobreza. Hay delincuencia creciente, hay crisis financiera, las clases medias han sido castigadas, se vive la dura prueba de mantener la democracia con políticas de austeridad económica, hay impaciencia y fatiga civil. Todo esto es verdad. Pero nada justifica arriesgar la democracia, condición necesaria de cualquier solución. El comandante Chávez es el resultado —grotesco, desde luego— de situaciones y tentaciones latentes en toda Hispanoamérica. Es, pues, una buena oportunidad para reflexionar y sacar conclusiones. Todos.

— El Universal, 29 de noviembre de 1998.