lunes, 27 de enero de 2014

VILFREDO PARETO: LAS ÉLITES, LOS RESIDUOS Y LAS DERIVACIONES

Para explicar la historia y las sociedades Marx ha propuesto el materialismo histórico y la lucha de clases. Según el primero, para comprender una sociedad es inútil atender a manifestaciones externas tales como sus instituciones jurídicas o políticas, o sus expresiones culturales. Lo que hay que estudiar es su estructura económica, entendida como a) el modo en que en ella se distribuye la propiedad y la renta (en terminología marxista, las ‘relaciones de producción’), y b) el nivel científico y tecnológico (las ‘fuerzas productivas’) que ha alcanzado en cada momento. La irregular distribución de las ‘relaciones de producción’ determina la aparición de clases, y cada una desarrolla sus propios intereses derivados de sus respectivas situaciones económicas. Porque, aunque el sujeto no sea consciente de ello, su adscripción a una clase determina incluso su forma de pensar: "no es la conciencia de los hombres lo que determina su existencia, es por el contrario su existencia social lo que determina su conciencia [1]". Los hombres se convierten así en esclavos de sus intereses de clase, que es realmente la que determina sus convicciones y valores [2]. Por eso Marx distingue la estructura económica, que es lo realmente relevante, de la superestructura social, el edificio jurídico, político, cultural y moral que las sociedades edifican sobre su sustrato económico, y que se adapta necesariamente a la forma de éste.

Los movimientos de la sociedad se producen porque en determinadas épocas los avances técnicos provocan discordancias entre las ‘fuerzas productivas’ y las ‘relaciones de producción’. En ese momento la clase privilegiada se aferra a las relaciones de producción que han quedado obsoletas por la irrupción de las nuevas fuerzas productivas, y la otra clase, que se acomoda mejor a éstas, se convierte en representante del progreso. El motor de la historia es, pues la lucha de clases, y la revolución no es algo a evitar, sino la expresión de una necesidad histórica. La violencia es la partera de la historia [3], y la tarea del intelectual es facilitar y acelerar el parto. Las ‘relaciones de producción’ del capitalismo consisten en que unos tienen la propiedad de los medios de producción (el ‘capital’) y otros sólo tienen su fuerza de trabajo. En realidad el capitalismo ya ha entrado en una fase de ‘contradicción’: gracias a los avances tecnológicos el capitalismo cada vez puede producir más, pero (según Marx) cada vez genera más miseria. El capitalismo está provocando la pauperización de la sociedad, es decir, su polarización en una minoría muy rica y una aplastante mayoría cada vez más pobre: el proletariado. Lo único que hace falta es que el proletariado adquiera conciencia de clase y se encargue de dirigir la revolución progresista que llevará a la destrucción del capitalismo. Pero esta revolución, según Marx, tiene un carácter único. Hasta ahora todas las revoluciones han sido hechas por minorías en beneficio de minorías: la del proletariado será una revolución de la mayoría en favor de todos. Una vez que haya triunfado el proletariado instaurará una dictadura que abolirá la propiedad privada de los medios de producción, organizará una sociedad comunista, y, tras un periodo no definido (pero sin duda breve), provocará el nacimiento de una sociedad sin clases y por tanto sin conflictos.


Vilfredo Pareto (1848-1923) comparte algunas cosas con la visión marxista, y difiere notablemente en la mayoría:

”Muchas personas piensan que si fuese posible encontrar una receta para conseguir la desaparición del ‘conflicto entre el capital y el trabajo’ desaparecería también la lucha de clases. Se trata de una ilusión propia del grupo muy numeroso de los que confunden la forma con el fondo (...) Supongamos que el colectivismo ha quedado establecido, que ya no existe el ‘capital’: es claro que este ya no podrá competir con el trabajo. Mas lo único que habrá desaparecido será una forma de lucha de clases, y habrá otras que vengan a reemplazarla. Surgirán conflictos entre los distintos grupos de trabajadores del Estado socialista, entre los ‘intelectuales’ y los ‘no intelectuales’, entre los diversos tipos de políticos, entre éstos y sus administradores, entre los innovadores y los conservadores. ¿Puede haber realmente personas que piensen seriamente que el advenimiento del socialismo habrá de destruir definitivamente la fuente de las innovaciones sociales. ¿Qué la fantasía de los hombres no engendrará nuevos proyectos, que el interés no impulsará a algunos a adoptar estos proyectos con la esperanza de conquistar un lugar preponderante en la sociedad?”. [4]

Dice Pareto (y confirmará posteriormente la realidad) que si la revolución prevista por Marx tiene lugar no desembocará en un paraíso sin clases, sin oprimidos ni opresores. Por el contrario, una nueva élite privilegiada surgirá: la de los sumos sacerdotes marxistas que se erijan en augures de la voluntad del proletariado y afirmen hablar en su nombre. Esta nueva élite gobernará y disfrutará de sus privilegios en nombre de un paraíso permanentemente futuro:

”’Todos los movimientos históricos – decía en 1848 el Manifiesto del partido Comunista – han sido hasta ahora movimientos de minorías en beneficio de minorías. El movimiento proletario es el movimiento espontáneo de la inmensa mayoría en beneficio de la inmensa mayoría’. Desgraciadamente esta auténtica revolución, que debe aportar a los hombres una felicidad sin sombra, no es más que un engañoso espejismo que nunca se hará realidad. Se asemeja a la edad de oro de los milenaristas [5]: siempre esperada, se pierde en las brumas del provenir, y siempre escapa a sus fieles en el momento mismo en que creen aferrarla”. [6]

Porque para Pareto el fenómeno socialmente más relevante para explicar la sociedad no es la lucha de clase, sino el ascenso y caída de las élites gobernantes: ”La historia de las sociedades humanas es en gran parte la historia de la sucesión de las aristocracias” [7]. La historia es “un cementerio de aristocracias”, eliminadas por aquellas que las han sucedido en el poder. Hay que decir inmediatamente que con el término “élite” Pareto se refiere a una situación de hecho, independiente de toda valoración: aquéllos que, en cada campo, han alcanzado el nivel más alto. La élite de los ajedrecistas está integrada por los mejores jugadores; la élite de los ladrones por aquellos que roban más eficazmente y logran eludir durante más tiempo la acción de la justicia; la élite de los gobernantes está compuesta por los triunfadores en la lucha por el poder. En la sociología de Marx la clase es el elemento clave; en la de Pareto lo es la distinción entre la masa y la élite:

”Este fenómeno de las nuevas élites, que por un movimiento incesante de circulación surgen de las capas inferiores de la sociedad, ascienden a las capas superiores, así se desarrollan, y luego entran en decadencia, son aniquiladas, y desaparecen, es uno de los principios de la historia, y es indispensable tenerlo en cuenta para comprender los grandes movimientos sociales”.
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Pareto está de acuerdo con Marx en que, en su mayor parte, los actos humanos no están guiados por la razón. Pero en lugar de hacerlos depender de una supuesta “conciencia de clase”, sitúa su origen en la propia naturaleza humana. Pareto, además de sociólogo, es ingeniero y economista. Y observa que el comportamiento del hombre en cada uno de estos campos es completamente diferente. El ingeniero afronta su tarea racionalmente usando el conocimiento científico a su alcance: calcula las fuerzas y tensiones en juego, diseña las estructuras, y ello le permite construir un puente estable. El agente económico es también, hasta cierto punto racional, y se supone que busca racionalmente maximizar su utilidad. Ambos realizan lo que Pareto llama "actos lógicos". Pero en la mayoría de sus facetas el hombre es un ser no-lógico. Cuando el general romano intenta averiguar el desenlace de la batalla en las entrañas de un ave ejecuta un acto no-lógico. Cuando el druida atribuye virtudes taumatúrgicas a un roble comete un acto no-lógico. Cuando el socialista predica la destrucción de una clase en nombre de la humanidad realiza un acto no-lógico [8]. El campo de estudio de la sociología es el de los actos-no lógicos. ¿Cuál es el origen de estos actos no-lógicos?

"Para empezar, debemos hacer constar que la mayor parte de las acciones humanas tienen su origen, no en el razonamiento lógico, sino en el sentimiento. (…) No obstante al hombre, impelido a actuar por motivos no-lógicos, le gusta relacionar lógicamente sus actos con ciertos principios; de este modo inventa estos a posteriori para justificar sus acciones. Así sucede que una acción A, que en realidad es el efecto de la causa B, es presentada por su autor como el efecto de una muy frecuentemente imaginaria causa C. El hombre que engaña a sí a sus iguales comienza engañándose a sí mismo, y firmemente cree en su propio argumento”. [9]

Los hombres no somos racionales, sino razonadores. En la mayoría de los casos nuestros actos son fruto de nuestros instintos y pasiones, y no de la razón. Pero como nos gusta pensar que somos racionales, tendemos a disfrazar nuestras acciones con formulaciones lógicas construidas a posteriori, como si hubieran sido éstas las que realmente nos han movido a la acción. Las emociones se disfrazan así de razones, y este enmascaramiento consigue engañar tanto al protagonista como a los espectadores. Pareto lo simboliza en el siguiente esquema, en el que A representa el estado emocional del individuo, B sus acciones y C las razones invocadas para éstas, que pueden tomar el aspecto de una teoría o una ideología. Y explica:

”La tendencia muy marcada que tienen los hombres a tomar las acciones no-lógicas por acciones lógicas los lleva a creer que B es un efecto de la ‘causa’ C. De este modo se establece una relación directa CB en lugar de la relación indirecta que resulta de las dos relaciones AB, AC”.


Puesto que son los sentimientos (A) los que determinan nuestra conducta (B), las refutaciones lógicas de la cobertura ideológica (C) tienen escasa utilidad. Es ésta una aparente paradoja que explica cómo personas inteligentes soportan ver demolida argumentalmente su ideología sin que esto les haga variar un ápice su posición. Para modificar los comportamientos hay que actuar sobre los sentimientos. Sólo a largo plazo las discusiones en las ideologías pueden influir en ellos. Por eso “para actuar sobre los hombres los razonamientos necesitan transformarse en sentimientos” [10]. El propio Pareto revela algunos mecanismos dialécticos para influir en el comportamiento humano:

”Aunque no tenga el más mínimo valor lógico-experimental, la repetición vale más y es mejor que la más rigurosa demostración lógico experimental. La repetición actúa especialmente sobre los sentimientos y modifica los residuos. La demostración lógico experimental actúa sobre la razón; en el mejor de los casos, puede modificar las derivaciones, pero tiene escasa influencia sobre los sentimientos.” [11]

Pareto llama residuos a las expresiones de los instintos, sentimientos o pasiones codificados en la naturaleza humana, y derivaciones a las construcciones intelectuales con los que las personas disfrazan los residuos y pretender dar apariencia de racionalidad a comportamientos que carecen de ella. En el gráfico, A representa a los residuos, y C a las derivaciones.

Los residuos son, pues, manifestaciones de nuestro sustrato instintivo y emocional. A partir de la observación y los datos históricos Pareto realiza una exhaustiva clasificación en cinco clases. Sin embargo las más importantes son la primera y la segunda, y en menor medida la cuarta:

- La primera clase de residuos es “el instinto de las combinaciones”. Refleja la tendencia a establecer relaciones entre las cosas, a realizar desarrollos lógicos, a razonar. Las sociedades más brillantes de la historia son aquellas en las que, según Pareto, han predominado los residuos de la primera clase, como la Atenas de Pericles. [12]

- La segunda clase es “la persistencia de los conglomerados”, y es en cierto modo la otra cara de la moneda de la anterior. Si el instinto de las combinaciones impulsa a las sociedades hacia el cambio y la renovación, la persistencia de los conglomerados refleja la tendencia a conservar las instituciones ya formadas y a rechazar los cambios. Dentro de los residuos de segunda clase Pareto incluye las costumbres, creencias, y religiones. Y si la Atenas de Pericles estaba saturada de residuos de la primera clase, en Esparta predominaban más bien los de segunda.

- La cuarta clase es la de los ”residuos en relación con la sociabilidad”, cuyo género más importante es el de la ”necesidad de uniformidad”. Este género recoge una de las tendencias más intensas en los hombres, derivado de su tendencia a pensar que su modo de vivir es el único adecuado. La “necesidad de uniformidad” es lo que lleva a las sociedades, a través de mecanismos de mimetismo y pertenencia, a que todos sus miembros se comporten de manera uniforme y a perseguir la divergencia.

En cuanto a las derivaciones, de la gran y vistosa variedad de argumentos con que los hombres pueden justificar sus actos Pareto se limita a establecer cuatro categorías, que recogen aquellas argumentaciones que suelen ser más convincentes, tanto para el que las emite como para el que las recibe:

1. Las simples afirmaciones.
2. Los argumentos de autoridad.
3. La apelación a entidades sobrenaturales o a principios abstractos (la igualdad, la democracia…)
4. Las acrobacias verbales.

Según Pareto, aunque el catálogo de residuos es relativamente estable en el espacio y el tiempo (es similar a lo largo de los siglos, y en un país u otro) varía el peso relativo de los mismos, tanto en las personas, como en los grupos sociales. De hecho puede observarse que en esta variación está sujeta a oscilaciones o ciclos temporales. Dado que los residuos de primera clase favorecen el progreso (o, al menos, el movimiento), el individualismo, la sofisticación y, quizás, la decadencia de las sociedades, y los de la segunda y cuarta clase favorecen la estabilidad, unos contrapesan a otros. De modo que la alteración cíclica de pesos y contrapesos determina los movimientos sociales.

Pareto dice que hay momentos de la historia en que es detectable un fuerte incremento del sentimiento religioso. Uno de ellos coincide con la expansión del cristianismo en el imperio romano. Otro con la expansión del socialismo. Tanto el cristianismo como el socialismo son, para Pareto, meras derivaciones, expresiones ambas de un sentimiento religioso predominante. Pero el enorme éxito de la derivación “socialismo” proviene de tener, además, una convincente apariencia científica. La Ilustración no significó tanto el triunfo de la razón como el triunfo del prestigio de la razón, y desde entonces toda derivación necesita tener una buena apariencia de racionalidad. Podría decirse que esa necesidad de apariencia de razón se ha incorporado ya a los residuos.
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Los residuos nos permiten entender la circulación de las élites. ¿Por qué decaen las élites? En la Edad Media, cuando se trataba de aristocracias militares la cosa estaba clara: sus miembros tenían tendencia a acabar muriendo en combate. Otro factor de decadencia está en que el talento no es estrictamente hereditario, y no está garantizado que los descendientes de los que adquirieron el poder tengan la misma habilidad para conservarlo. Por eso, en cada momento hay en la élite individuos que no merecen formar parte de ella. Y simultáneamente en la masa hay otros que sí tienen capacidad, y por supuesto ganas, de alcanzar el poder. Un buen sistema, por tanto, para mantener la estabilidad es permitir el acceso de estos últimos a la élite, como ocurre con la aristocracia inglesa.

Pero sucede también que las sociedades se ven sacudidas por oscilaciones en el peso de los residuos de primera, segunda y cuarta clase. La desgraciada paradoja de la civilización es esta: las sociedades que abundan en residuos de la primera clase son más brillantes, más avanzadas y más refinadas, pero también más débiles y propensas a la decadencia. Por el contrario las sociedades en las que predominan los residuos de segunda y cuarta clase son más toscas, más primitivas y en general más próximas a una tribu, pero por esa razón más sólidas y cohesionadas. Tal vez una situación más estable sería aquella en la que en la élite predominan los residuos de primera clase, pero sin pasarse, y en la masa los de segunda y cuarta clase.

Por su parte las élites también tienden a sofisticarse cuando llevan mucho tiempo en el poder saturándose de residuos de primera clase. Pero al volverse más tolerables atraen las revoluciones. Porque la élite gobernante no puede renunciar a imponer cierto grado de fuerza. Las élites más primitivas, con sus residuos de segundo y cuarto grado, lo hacen con brutalidad y sin miramientos: estamos ante una “élite de leones”. Las élites que llevan más tiempo en el poder, más sofisticadas, intentan hacerlo con sutileza: son ”élites de zorros” [13]. Pareto coincide con Tocqueville en que lo que desencadena las revoluciones (y esta es otra desgraciada paradoja) no suele ser el rigor de la clase gobernante, sino su debilidad, y que las aristocracias más moderadas, y por tanto menos molestas para la masa gobernada, son más vulnerables a ser eliminadas y sustituidas por una nueva élite violenta:

”Toda élite que no esté dispuesta a librar batalla para defender sus posiciones se encuentra en plena decadencia. Y no le queda otra salida que la de dejar su lugar a otra élite que posea las cualidades viriles que a ella le faltan. Será presa de una mera ensoñación si imagina que los principios humanitarios que ella ha proclamado le van a ser aplicados: los vencedores harán resonar en sus oídos el implacable vae victis. La cuchilla de la guillotina estaba siendo afilada en la sombra cuando a finales del siglo XVIII las clases dirigentes francesas se dedicaban a cultivar su “sensibilidad”. Aquella sociedad ociosa y frívola, que vivía como un parásito de su país, hablaba en sus cenas elegantes de liberar al mundo de “la superstición y de aplastar al infame”, sin advertir que era ella misma la que estaba tan cerca de ser aplastada”. [14]


Naturalmente Pareto cree que el mejor sistema político es aquel en el que existe un menor nivel de violencia, pero también que la pretensión ilusoria de hacer desaparecer por completo la fuerza acaba desatándola. Los pacifistas, dice Pareto, acaban contribuyendo al estallido de las guerras; los “humanitarios” a precipitar las revoluciones. Para el fascismo italiano será fácil encontrar justificación en los escritos de Pareto para su actuación violenta.

Pero ¿apoya Pareto el fascismo? Desde luego no ha demostrado gran admiración por lo que llama "pluto-democracia", según él un régimen débil y decadente, muy vulnerable a revoluciones sangrientas como la producida en Rusia, gobernado por una “élite de zorros” repleta de residuos de la primera clase y falso humanitarismo. A esta visión no es ajeno el haber sido espectador de los gobiernos de Giolitti [15]. Como Pareto morirá en 1923, poco después de la marcha sobre Roma, es imposible predecir su reacción ante el desarrollo del fascismo. No es descabellado aventurar una evolución similar a la de Benedetto Croce, que ha acogido con inicial simpatía al nuevo régimen, pero acabará convirtiéndose en líder de la oposición liberal. En principio Pareto acepta un cargo de senador ofrecido por el nuevo régimen, pero poco antes de su muerte escribe un artículo titulado “Libertad” en Gerarchia, la revista oficial del Partido Fascista, en el que lo previene contra tentaciones tales como las aventuras guerreras, la restricción de la libertad de prensa, la limitación de la libertad de enseñanza y la sumisión a la Iglesia. También contra la imposición excesiva de impuestos porque nadie puede dudar que, al menos en lo económico, Pareto es un liberal.


Como economista Pareto estudia dos tensiones que también contribuyen a los movimientos sociales, la que se produce entre creadores de riqueza y burócratas, y la que tiene lugar entre especuladores y rentistas. En cuanto a la primera, Pareto defiende que es la iniciativa privada la que crea riqueza en la sociedad, y observa que las élites con el fin de acrecentar su poder, intervienen cada vez más en la economía, provocando la sustitución de los agentes privados por los burócratas y con ella la esclerosis económica de las sociedades. En cuanto a la contraposición entre especuladores y rentistas, Pareto también atribuye la diferencia de carácter entre ambos a la preponderancia de residuos de la primera clase (en el caso de los empresarios) y de segunda clase (en el caso de los rentistas):

”Entre los empresarios se cuentan también las personas cuyo instinto de las combinaciones está bien desarrollado, un instinto que es indispensable para tener éxito en esta profesión. Las personas en las que predominan los residuos de la persistencia de los agregados se quedan en simples poseedores de ahorro. Por eso los empresarios son generalmente personas audaces, a la caza de novedades tanto en el terreno económico como en el social. No les arredran los movimientos porque esperan aprovecharlos. Por el contrario los simples poseedores de ahorro son a menudo personas tranquilas, timoratas, con el oído siempre alerta como la liebre. Esperan poco y temen mucho de cualquier tipo de movimientos, pues una dura experiencia les ha enseñado que casi siempre son ellos quienes tendrán que pagar los gastos”. [16]

Pareto observa que, tan constante como la división entre élite y masa, y paralela a ésta, existe en las sociedades una desigual distribución de la renta:

”Estos resultados son muy notables. Es absolutamente imposible que respondan sólo al azar. Hay ciertamente una causa que produce la tendencia de los ingresos a distribuirse siguiendo una cierta curva. La forma de esta curva depende al parecer solamente en pequeña medida de las diferentes condiciones económicas, porque los efectos son aproximadamente los mismos para países con situaciones económicas tan diferentes como las de Inglaterra, Irlanda, Alemania, las ciudades italianas e incluso el Perú” [17].

Pareto desarrolla una curva logarítmica [18] que refleja esta desigual distribución, que no responde tanto a la organización política como a la naturaleza de los hombres:

”La desigualdad en la distribución de los ingresos parece por tanto depender mucho más de la naturaleza misma de los hombres que de la organización económica de la sociedad. Las modificaciones profundas de esta organización ejercerían una influencia muy escasa en el sentido de la modificación de la ley de la distribución de los ingresos”. [19]


Vistas así las cosas, el mejor sistema para incrementar el bienestar de la población no es la búsqueda e una ilusoria igualdad, sino el fomento del crecimiento económico:

”El problema del aumento del bienestar de las clases pobres es más bien un problema de producción y de conservación de la riqueza que un problema de distribución. La manera más segura de mejorar la condición de las clases pobres es arreglar las cosas de manera que la riqueza crezca más velozmente que la población” [20]

NOTAS.
[1] ”En la producción social de su existencia los hombres configuran relaciones determinadas, necesarias e independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a un grado dado del desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones forma la estructura económica de la sociedad, el fundamento real sobre el que se eleva el edificio jurídico y político, y al que corresponden formas determinadas de la conciencia social. El modo de producción de la vida material domina en general el desarrollo de la vida social, política, e intelectual. No es la conciencia de los hombres lo que determina su existencia, es por el contrario su existencia social lo que determina su conciencia”. Marx, Contribución a la crítica de la economía política.
[2] Y con esto Marx se anticipa al mecanismo del ajuste de disonancia descrito por Festinger.
[3] “La violencia es la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva”. K. Marx, El capital.
[4] Pareto: Los sistemas socialistas.
[5] La negrita es mía. Sobre la relación entre el milenarismo, el gnósticismoy el socialismo he hablado en algunas ocasiones.
[6] Pareto: Los sistemas socialistas.
[7] Pareto: Manual de economía política.
[8] Cuando escribía esto tenía en mente esta frase atribuida a Lenin que el líder de las Brigadas Rojas formuló en el juicio de Turín: “la muerte de un enemigo de clase es el más alto acto de humanidad posible en una sociedad dividida en clases”.
[9] Pareto: Ascenso y caída de las élites.
[10] Raymond Aron: Las etapas del pensamiento sociológico.
[11] Pareto: Tratado de sociología general.
[12] Cada una de las clase de residuos está dividida a su vez en géneros. Por ejemplo, los residuos de la primera clase se subdividen así:
Clase 1) El instinto de las combinaciones. 1-1) Instinto de las combinaciones en general. 1-2) Instinto de las combinaciones de las cosas semejantes o contrarias. 1-3) El poder misterioso de ciertas cosas o ciertos actos. 1-4) Necesidad de unir los residuos. 1-5) Necesidad de desarrollos lógicos. 1-6) Fe en la eficacia de las combinaciones.
[13] Esta es una transposición que Pareto hace de las categorías de gobernantes según Maquiavelo.
[14] Pareto: Los sistemas socialistas.
[15] Sobre Giolitti escribe Paul Guichonnet: ”Giolitti (...) es un realista y un empirista (...) Su “dictadura” es flexible y abunda en compromisos, en favores que neutralizan o incorporan al adversario, apoyándose en la corrupción para obtener sus mayorías. Eficaz en el plano táctico, el giolittismo ha contribuido a desacreditar la institución parlamentaria y a debilitar la idea cívica en un país donde la tradición democrática no tenía aún más que raíces frágiles”.
[16] Tratado de sociología general.
[17] Curso de economía política.
[18] Como ejemplo de la curva de la distribución de la riqueza de Pareto les traigo este gráfico extraído de un sitio particularmente interesante: El Blog Salmón (www.elblogsalmon.com). En realidad se trata de la curva de Lorenz, desarrollada a partir de la de Pareto. En el eje horizontal está la porcentaje acumulado de la población de un país ordenada por su nivel de ingresos (de menos a más). En el eje vertical están los ingresos. Si la distribución fuera perfectamente equitativa obtendríamos la línea verde, en la que el 20% de la población, tiene el 20% de los ingresos, el 40% tiene el 40% etc. Y si fuera totalmente inequitativa, de modo que uno sólo tuviera el 100% de los ingresos, obtendríamos la línea azul oscuro. Pero esto nunca es así. En la curva roja del gráfico, el 20% más pobre disfruta de un 4% de los ingresos, mientras que el 20% más rico de la población (reflejado por el salto entre el 80% y el 100%) disfruta del 58% de los ingresos. La curva de distribución de Pareto se ha popularizado como la regla del 80/20, que se aplica a todo venga o no a cuento (por ejemplo, el 20% de la población disfruta del 80% de la renta, el 20% de los clientes de una empresa le proporcionan el 80% de los beneficios...)
[19] Curso de economía política.
[20] Curso de economía política.

MATÍAS VALLÉS O LA ECUANIMIDAD

Permítanme presentarles hoy a Matías Vallés, columnista del Diario de Mallorca.

Su característica principal es que dispone de un caudal de resentimiento aparentemente inagotable. Él sabrá de dónde lo extrae, y por qué ha decidido canalizarlo permanentemente hacia el mismo lado (el lado derecho). El resultado es que Matías Vallés, que comenzó siendo un columnista con cierta gracia, lleva años escribiendo el mismo artículo. Esto facilita la tarea de los lectores, que pueden optar por saltarse sus artículos sin temor a perder información.

El mismo día en que el Juez decretó el archivo de la querella presentada tras la desgraciada muerte del emigrante senegalés, Vallés volvió a presentar su versión de los hechos: Alpha Pam murió porque la sanidad balear, sabiendo que podía padecer tuberculosis, prefirió ahorrarse los 20 € de una radiografía. Aparentemente Vallés opina que los trabajadores de los hospitales de Baleares no son sólo malos, sino también estúpidos, pero es que todos sus artículos presentan una profundidad similar. En realidad Matías Vallés parece habitar en el reverso tenebroso de los Teletubbies, y ayer, por si no había quedado claro, volvió a insistir en una columna cuyo titular era éste: “si Alpha Pam hubiera sido español le habrían salvado la vida”.

El caso es que Matías Vallés recoge las opiniones del “hermano” de Alpha Pam, y las comillas son de Matías Vallés, no mías: así se refiere a un compañero del fallecido, supongo que para que la noticia sea más impactante. Llama la atención, no obstante, que Matías Vallés dedique mucha más atención a las declaraciones del “hermano” del fallecido que a las de sus familiares sin comillas, según las cuales su pariente sí recibió atención médica. Su propio periódico lo contó el 21/11/2013, así como que los querellantes, los de la querella cuyo archivo molesta tanto a Matías Vallés, habían llegado hasta el punto de oponerse a que la familia del fallecido (sin comillas) se personase en la causa. No está mal.

Racismo, recortes, maldad y estupidez. Normal, tratándose del PP. Esta es la nube acusatoria preparada por Matías Vallés. Es pertinente recordar que no es el único en haber hablado de racismo sin haberse disculpado posteriormente. El propio Alfredo Pérez Rubalcaba atribuyó la muerte a la aprobación por el PP de una norma “con un tufo insoportablemente racista” (el Decreto 16/2012), y Cayo Lara y Llamazares hablaron de “apartheid sanitario”. Es también pertinente recordar que estos últimos exigieron enérgicamente la intervención de la Fiscalía. Pues bien, esto es lo que la Fiscalía dijo:

“En sus más de veintidós años de ejercicio profesional el fiscal que suscribe jamás había asistido a una maliciosa utilización tan evidente de la acción penal para, lejos de descubrir la verdad, perseguir el delito y castigar al delincuente, satisfacer otro tipo de pretensiones perfectamente calificables como políticas”.

Esto, por supuesto, le trae sin cuidado a Matías Vallés, que previsiblemente seguirá escribiendo su artículo, siempre el mismo, desde su púlpito del Diario de Mallorca.

LO QUE NO ESPERÁBAMOS OÍR DE CESAR MOLINAS

Ayer El País publicó un extraño artículo de César Molinas en El País: Lo que no se quiere oír sobre Cataluña.

El año pasado Molinas saltó a la fama por una excelente columna en la que caracterizaba a la clase política española como una “élite extractiva”, término extraído de Por qué fracasan las naciones de Azemoglu y Robinson. Con estos mimbres acabó tejiendo un libro llamado Qué hacer con España, en el que extrapolaba en exceso las conclusiones del artículo original. El error es frecuente: conseguimos proyectar un brillante haz de luz sobre un cuarto oscuro, y con el vistazo nos creemos capaces de aventurar todo su contenido.

En su artículo de ayer Molinas compara a Cataluña con Lombardía (Italia), Baden-Württemberg (Alemania) y Rhône-Alpes (Francia). Esto le permite definir el problema catalán, que es el de “encaje de un pueblo norteño en un país sureño”. Este concepto lo extrae, al parecer, del libro de Robert Kaplan La venganza de la geografía, en el que defiende que las cuatro regiones son “norteñas, que no se sienten identificadas con las que creen regiones atrasadas, perezosas y subsidiadas del sur mediterráneo”. Es una maldición geográfica, pues su característica deriva de estar situadas en un supuesto eje que une el Canal de la Mancha con los Alpes, ruta principal de comunicaciones del imperio carolingio (el lector que consulte un mapa no podrá dejar de ver que Cataluña queda algo fuera de ese eje; tampoco le quedará clara la importancia que pueden tener las comunicaciones carolingias en el siglo XXI). En cualquier caso esto hace que, según Molinas, estas regiones sean europeas “pata negra”, lo que hace suponer que hay otras, en sus respectivos países, de menor calidad europeísta. Pero ¿por qué se califica de “norteñas” a estas regiones? En primer lugar, no todas ellas están en el norte de sus respectivos países. Y en segundo ¿no se puede decir que cualquier otra región de Alemania es más norteña que Cataluña o Lombardía?

El argumento de la influencia fatal de la geografía en la formación del carácter de las sociedades lo creíamos felizmente superado, pero no hay problema porque el propio Molinas lo abandona a mitad de artículo para agarrarse a Toni Judt, que pasaba por allí. Ahora el problema pasa a estar en que estas cuatro regiones ”se sienten europeas, pagan sus impuestos, están mejor educadas, tienen una ética del trabajo y una industriosidad (sic) que no comparten otras regiones de los Estados a los que pertenecen —regiones a las que se ven obligadas a subvencionar” (una vez más, esto implica que el resto de regiones “subvencionadas” por las “pata negra” no se sienten europeas, no pagan sus impuestos, están peor educadas y no tienen una ética del trabajo). Molinas acaba recogiendo una afirmación de Vicens Vives para explicar el problema de Cataluña: es que vive “un permanente éxtasis transpirenaico”.

Luego continúa Molina describiendo el espíritu catalán como “menestral” (pone como ejemplos a Oriol Junqueras y a la monja Forcades) y con una clara “limitación de horizontes” (lo que choca un poco con el “éxtasis transpirenaico”), pero lo hace con orgullo. Esto le sirve (de forma un tanto inesperada) para reconocer que el modelo de sociedad ideal del independentismo menestral recuerda al pueblo de los hobbits, y (de manera algo desconcertante) para contarnos que desde el XIX se han realizado infructuosos intentos por “catalanizar España construyendo una sociedad moderna basada en el trabajo”, tal vez exportando Hobbiton al resto de España. Termina reconociendo que Cataluña, a pesar de sus grandes semejanzas con Baden-Wurttemberg y Rhone-Alpes, no tiene, como éstas, grandes empresas multinacionales porque los catalanes no son ambiciosos y tienen (lo repite varias veces) “limitación de horizontes”, y esto sí tienen que aprenderlo de los españoles, que no dan ni golpe pero tienen ambición.

En todo el artículo (que, recordemos, se supone que trata sobre los problemas de Cataluña) no existe la menor mención al nacionalismo catalán (que también choca con el “éxtasis transpirenaico”). Posiblemente porque él mismo lo ha contraído inadvertidamente, como demuestran sus empeños por buscar el alma catalana. La afección se confirma al leer sus conclusiones: si no se consigue ofrecer una alternativa atractiva, ”lo mejor que podrían hacer los catalanes es soltar lastre y plantearse el debate por separado”.

(Comentario publicado en el blog de Santiago González el 20/01/2014)

viernes, 17 de enero de 2014

GAETANO MOSCA Y LA CLASE POLÍTICA

“La política debe ser realista; la política debe ser idealista. Dos principios que son ciertos cuando se complementan, y falsos cuando aparecen por separado”. J. K. Bluntschli

A lo largo del siglo pasado no era infrecuente la siguiente proposición: el socialismo real es superior a las democracias liberales. Y esto se afirmaba tranquilamente a la vez que se descubrían renuentemente los horrores del estalinismo y la ruina económica de los países bendecidos con el paraíso comunista. Curiosamente la magnitud de la falacia pasaba a menudo desapercibida incluso para los que tenían que rebatirla: consistía en comparar las democracias reales con el comunismo ideal, las democracias tal y como eran con el comunismo tal y como debía ser en la imaginación de sus sostenedores. Por eso Sartori propone (y eso es lo que refleja la frase de apertura) que la definición de democracia debe ser simultáneamente descriptiva (lo que es) y prescriptiva (lo que debe ser), y que la primera debe apuntar siempre hacia la segunda.

El no reconocimiento de las dos facetas, real e ideal, de la democracia no sólo conduce a colosales falacias como la mencionada. También puede hacer que las posturas del idealismo y realismo puro se desencanten con la democracia y la abandonen. Este es el caso de los tres pensadores italianos de los que trata esta serie: Gaetano Mosca, Vilfredo Pareto y Robert Michels [1]. Estos autores están hoy, en cierto modo, injustamente marginados por su rechazo a la democracia y porque son considerados precursores del fascismo italiano. Lo primero es cierto, lo segundo no, como veremos. El realismo de los autores los alejó de la democracia; por un error simétrico, la defensa de la democracia nos puede inducir a despreciar el realismo político. Con eso desperdiciaremos el pensamiento de Mosca, Pareto y Michels, todos brillantes, y sin duda uno de ellos constructor de una de las obras más sugestivas de comienzos del pasado siglo.
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¿Por qué las sociedades presentan distintas organizaciones políticas? ¿De dónde provienen las diferencias? Gaetano Mosca descubre que los estudiosos del asunto tradicionalmente recurren a dos métodos:

“El que hace depender la diferenciación política de las distintas sociedades de la variedad del ambiente y, sobre todo, del clima donde ellas se encuentran; y el otro, el que la hace depender principalmente de las diferencias físicas, y por consiguiente psicológicas, que existen entre las distintas razas humanas [2]".

Unos autores derivan, pues, las diferencias del medio ambiente, y otros intentan explicarla por la raza. Entre los primeros está Montesquieu, para quien el clima es determinante, no sólo en la configuración política de las sociedades, sino incluso en su moral: “cuando nos acercamos a los países del Mediodía, uno puede creer que se va alejando de la moral misma [3]”. Montesquieu opina que la libertad es incompatible con la calidez del clima, y afirma que no crece donde florece el naranjo.

Y en el bando de los que buscan el origen de las diferencias en la raza la cosa es aún peor:

”Para De Gobineau [4] el punto central de la historia se encuentra siempre allí donde habita el grupo blanco más puro, más inteligente, más fuerte. Lapouge lleva la doctrina hasta sus últimas consecuencias: según este autor, no sólo la raza verdaderamente moral y superior en todo es la aria, sino que también dentro de ésta llegan a la cima de excelencia sólo aquellos individuos donde el tipo ario se presenta puro e incontaminado: los altos, rubios y dolicocéfalos”.

De entre estos algunos hablaran del ‘espíritu de la raza’:

“(…) muchos creen que algunas de ellas (las razas) tendrían especiales cualidades intelectuales y morales, que se corresponden necesariamente con ciertos tipos de organización social y política, de los que no les permite alejarse su espíritu, o, mejor todavía, lo que suele llamarse el genio mismo de la raza [5]“.

Todo esta discusión no es meramente doctrinal. A la evidencia de que existen diferencias entre las sociedades, sigue la de que unas triunfan y otras no. Si situamos la diferencia en la raza podemos dar un pequeño salto hacia al darwinismo social, decidir que existe una lucha entre las sociedades por la supervivencia del mejor preparado, y que las perdedoras merecen su triste suerte:

“Se ha hecho la distinción entre razas superiores e inferiores, atribuyéndoles a las primeras la civilización, la moralidad, la capacidad de constituirse en grandes conglomerados políticos, y reservándole a las otras la suerte dura, pero fatal, de desaparecer ante las razas elevadas, o bien de ser conquistadas y civilizadas por ellas”.


Con un potente bagaje de conocimientos históricos Mosca se dedica con paciencia, y frecuentemente con humor, a rebatir ambas tendencias. Y acaba llegando a una importante conclusión: en realidad, las semejanzas psíquicas entre los hombres son enormes, y existe una gran estabilidad de sus emociones a lo largo del espacio y el tiempo:

Quien ha viajado mucho termina afiliándose a la opinión de que los hombres, por debajo de sus diferencias de costumbres y de apariencias, se asemejan muchísimo en su fondo psicológico. Quien ha leído mucha historia adquiere una convicción análoga por lo que respecta a las distintas épocas de la civilización humana: recorriendo los documentos que nos informan sobre cómo sentían los hombres de otras épocas, y como pensaban y vivían, la conclusión a la que se llega es siempre idéntica: que eran muy parecidos a nosotros”.

Afirma además que los fenómenos sociales son “el efecto de tendencias psicológicas constantes, que determinan la acción de las masas humanas”. Para entender la sociedad y la política no hay que acudir a la raza o al clima, sino estudiar estas tendencias psicológicas. Pero si la raza y el clima son escasamente relevantes ¿cómo es posible entonces que las sociedades acaben presentando cierta homogeneidad, ciertas características que diferencian unas de otras? El propio Mosca reconoce esta semejanza:

”Es innegable que, no digamos cada raza, sino cada nación, cada región, cada ciudad, tiene cierto tipo especial, no igualmente determinado y preciso, que consiste en un complejo de ideas, de creencias, de opiniones, de sentimientos, de costumbres y de prejuicios, que representan para cada grupo humano lo que las líneas de fisonomía para los individuos”.

Mosca denomina tipo social a cada una de estas agrupaciones más o menos homogéneas de personas que comparten ciertas creencias, costumbres y modas. Y a continuación formula una teoría para explicar cómo se forman los tipos sociales sin apoyarse ni en la raza ni en el clima sino

“en otro hecho, que es uno de los más seguros y constantes que se puedan establecer merced a la observación de la naturaleza humana. Estamos aludiendo al mimetismo, a esa gran fuerza psicológica por la cual cada individuo suele adquirir las ideas, las creencias y los sentimientos que son más comunes en el ambiente en el que ha crecido. Salvo raras excepciones, se piensa, se emiten juicios, se cree, tal como piensa, juzga y cree la sociedad en la cual se vive. Generalmente se aprecia el lado de las cosas que más notan las personas que nos circundan, y se desarrollan en el individuo con preferencia las actitudes morales e intelectuales con más prestigio y más comunes en el ambiente humano donde se ha formado”.

Mosca ha definido así el mimetismo y las corrientes de opinión en las que el individuo nada y a las que se adapta inconscientemente. Él las llama “los grandes ambientes nacionales” o “las grandes corrientes psicológicas”, que es aún mejor. De este modo el tipo social puede ser racialmente heterogéneo, pero adquirirá homogeneidad por el mimetismo. Y añade: “El así llamado genio de las razas no es, pues, nada fatal y necesario, como a algunos les place imaginar”.

Recordemos esta saludable conclusión a la que llega Mosca cuando lo encontremos entre los autores proscritos por los demócratas más virtuosos.
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Mosca esboza por primera vez sus teorías en 1884 en Sulla teorica dei governi e sul governo parlamentare (Sobre la teoría de los gobiernos y sobre el gobierno parlamentario). Es la obra apasionada pero intelectualmente sólida de un joven (ha nacido 26 años antes en Palermo) que levemente corregida, y unida a otra obra de juventud, se reeditará en 1896 con el nombre de Elementi di scienza politica (Elementos de ciencia política). Los Elementi contienen las líneas maestras del pensamiento de Mosca, que volverá a publicarlos, corregidos y aumentados, en 1923 y 1939.

Como he comentado anteriormente, Mosca cree que hay leyes universales en las sociedades que determinan su organización política, y un estudio científico de la política debe comenzar por esta:

“En todas las sociedades (...) existen dos clases de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados. La primera, que es siempre la menos numerosa, desempeña todas las funciones políticas, monopoliza el poder y disfruta de las ventajas que van unidas a él. En tanto la segunda, más numerosa, es dirigida y regulada por la primera de un modo más o menos arbitrario y violento”.

Esto ocurre “en todo tiempo y lugar”. Los elementos que contribuyen a la formación de esta “clase especial” ”pueden variar muchísimo, ciertamente, pero de cualquier modo que esté compuesta, siempre constituye una escasa minoría ante la masa de los gobernados ante los que se impone” [6].

Así pues hay algún mecanismo sociológico que lleva a que en todo grupo humano el poder se concentre en una minoría organizada, a la que Mosca llama clase política. Con esto Mosca está bosquejando la teoría de las élites políticas, que más tarde perfilará brillantemente Pareto. Mosca, por cierto, reconoce su deuda intelectual en este sentido con Saint-Simon y Taine, cosa que Pareto, que no mencionará a las élites hasta 1902 en Los sistemas socialistas, no hará con el propio Mosca.

Desde este punto de vista las clasificaciones de las distintas organizaciones políticas hechas por Aristóteles (monarquía, aristocracia y democracia) y por Montesquieu (despotismo, monarquía y república) son erróneas: en la historia siempre ha regido una aristocracia. En realidad Mosca aspira a definir científicamente la política, y a que la futura clase política esté constituida por una “aristocracia intelectual”, anhelo que por el momento está lejos de ser alcanzado.

La teoría de la clase política de Mosca es sin duda razonable [7], el problema es la conclusión a la que llega a continuación: la democracia como gobierno del pueblo no es más que una farsa ya que al final sólo son unos pocos los que detentan el poder. La democracia es, sencillamente, la coartada actual de la clase política:

“La clase política no justifica su poder sólo con poseerlo de hecho, sino que procura darle una base moral y hasta legal, haciéndolo surgir como consecuencia necesaria de doctrinas y creencias generalmente reconocidas y aceptadas en la sociedad regida por esa clase”.

Mosca llama “fórmula política” a estas elaboraciones doctrinales mediante las que la clase política justifica el monopolio del poder, y equivale a lo que Pareto llamará “derivaciones”. En otras épocas la “fórmula política” ha sido “por la gracia de Dios”. La democracia es, sencillamente, la “formula política” del momento, aquella con la que los gobernantes, actuando como en todas las épocas en su propio interés, declaran actuar en nombre del pueblo [8].
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Mosca es, desde luego, un precursor. También anticipa una teoría sobre los movimientos sociales que cristalizará en la “circulación de las élites” de Pareto…

“Se puede decir que toda la historia de la humanidad civilizada se resume en la lucha entre la tendencia que tienen los elementos dominantes a monopolizar en forma estable las fuerzas políticas y la tendencia no menos fuerte hacia el relevo y cambio de estas fuerzas y la afirmación de fuerzas nuevas”.

… así como el componente cíclico de esos movimientos sociales (que también Pareto, aunque no lo admita, recogerá):

“Observamos que en las sociedades humanas predomina a veces la tendencia que produce la clausura, la inmovilidad, la cristalización de la clase política, y otras veces la que tiene por consecuencia su más o menos rápida renovación”.

“En fin con el tiempo se forma la fuerza conservadora por excelencia, la de la costumbre, por la cual muchos se resignan a estar abajo, y los miembros de ciertas familias o clase privilegiadas adquieren la convicción de que para ellos es casi un derecho absoluto estar arriba y comandar”.

Y con su teoría de la “sociedad burocrática” (la actual) se adelanta en más de un siglo a la teoría de las ”élites extractivas” [9]:

“Creemos que la característica principal de este tipo de organización social reside en este hecho: que allí donde ella subsiste el poder central retira por vía de impuestos una parte notable de la riqueza social, la cual sirve (...) para subvenir una cantidad más o menos grande de funcionarios civiles. De modo que una sociedad será tanto más burocrática cuanto mayor sea la cantidad de funcionarios que desempeñan oficios públicos y viven recibiendo un salario del gobierno central y de los organismos locales”.

Este sistema asegura un control y una disciplina férrea por parte de la clase política. En el sistema feudal deponer a un vasallo rebelde, que estaba rodeado de sus propios guerreros, requería un esfuerzo considerable. En el burocrático la situación de los cargos dependientes del poder “a los cuales un golpe de telégrafo puede despojar de pronto de toda autoridad y hasta de su retribución” es mucho más precaria.

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En cualquier caso el realismo de Mosca no le lleva a identificar el poder que detenta la clase política con la fuerza, y mucho menos a legitimar ésta. Mosca no muestra una indiferencia ética ante las distintas clases políticas en acción, y esto le lleva a desarrollar el concepto de “protección jurídica”. Con este nombre poco afortunado Mosca se refiere a “aquellos mecanismos sociales que regulan la disciplina del sentido de la moral“ (la definición tampoco es afortunada). Mosca define la bondad de un sistema político en función del grado de “protección jurídica” que las personas puedan esperar en él. Y entiende que el mejor sistema es aquel en el que está presente un mayor número de fuerzas sociales contrapuestas, pues de este modo unas sirven como contrapeso a las otras. Con esto sí que coincide con Montesquieu y la conveniencia de la separación de poderes:

”La preponderancia absoluta de una sola fuerza política, el predominio de un concepto simple en la organización del Estado, la aplicación severamente lógica de un solo principio inspirador de todo el derecho público, son los elementos necesarios para cualquier género de despotismo; tanto para el que se funda en el derecho divino como para el que presume tener su base en la soberanía popular, por el hecho de que dichos elementos le permiten, al que tiene en sus manos el poder, disfrutar de las ventajas de una posición superior en beneficio de sus propias pasiones. En efecto cuando los que están en la cima de la clase gobernante son los interpretes exclusivos de la voluntad de Dios o del pueblo [10], y ejercen la soberanía en nombre de estas entidades en sociedades profundamente impregnadas de creencias religiosas o de fanatismo democrático, y cuando no existen otras fuerzas sociales organizadas fuera de las que representan el principio sobre el que se basa el régimen predominante en la nación, entonces no es posible ninguna resistencia, ningún control eficaz que sirva para frenar la tendencia a abusar de su poder que tienen los que están a la cabeza de la jerarquía social”.

Este aprecio por el gobierno mixto, entendido como aquél en el que intervienen de forma equilibrada distintas fuerzas sociales, irá llevando poco a poco a Mosca a un reconocimiento de las bondades prácticas del sistema parlamentario:

“Resulta innegable que el sistema representativo da a las múltiples fuerzas sociales la manera de participar en el régimen político, controlando y limitando la acción de otras fuerzas sociales”.

De hecho se mantendrá como un liberal firme cuando el fascismo se haga con el poder. Eso no quiere decir que acepte el sufragio universal, del cual será firme adversario hasta el fin de sus días.
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Notas:
[1] ¿Michels italiano? Bueno no, era alemán. Pero, obligado a largarse de su patria por sus simpatías políticas, se estableció en Italia donde ejerció y escribió sus libros. Su pensamiento está muy relacionado con el de Mosca y Pareto, y de hecho los tres forman la llamada Escuela Italiana de Elitistas.
[2] La mayoría de las citas provienen de Elementi di scienza politica (Elementos de ciencia política), la obra que, reformulada a lo largo de su vida, recoge el legado político de Mosca. Cuando la cita provenga de un libro distinto se indicará expresamente.
[3] Montesquieu, El espíritu de las leyes. Citado en los Elementi.
[4] Sería interesante hacer un estudio sobre la relación de las teorías racistas de Gobineau con su nostalgia por la aristocracia de sangre, a la que su familia había pertenecido, destruida por la Revolución Francesa. Gobineau creía simultáneamente a) que la raza superior era la germánica y b) que los aristócratas franceses descendían directamente de los francos, pueblo germánico, mientras que el pueblo llano descendía de los galos, celtas vulgares. De este modo Gobineau conseguía mantenerse en el bando de los superiores. Esta última teoría no es de Gobineau (Saint-Simon, que también era aristócrata, ya la menciona), pero le permitía trasladar la superioridad racial de los arios a la social de los aristócratas.
[5] Por ejemplo el nacionalista catalán Prat de la Riba escribirá sobre el espíritu catalán, síntesis afortunada de la raza, la tierra y la cultura catalanas.
[6] Mosca, Sulla teorica dei governi e sul governo parlamentare.
[7] Este cambio de enfoque es decisivo. Para la teoría democrática los políticos son los representantes del pueblo; para la teoría elitista la clase política, que se desarrolla inevitablemente en todos los sistemas políticos, se representa a sí misma. Júzguese en el momento actual cuál de las dos afirmaciones es más valida. La consideración de los políticos como clase (o casta) permite entender fenómenos como la auto-concesión de privilegios económicos, judiciales o fiscales. O el desarrollo de políticas que, si bien son difíciles de entender como beneficiosas para la sociedad en su conjunto, contribuyen indudablemente al mantenimiento del poder de la clase política. Obviamente los integrantes de la clase política acostumbran a afirmar virtuosamente que obran en nombre del pueblo, y con frecuencia incluso lo creen. Pero ¿y los privilegios que se conceden, superiores a los del pueblo que dicen defender? No hay problema: de acuerdo con Mosca, en los miembros de la clase política se activa un mecanismo psicológico que los lleva a la convicción de merecerlos por el hecho, precisamente, de formar parte de la elite política.
[8] La decepción de Mosca, Pareto y Michels con la democracia no carece de fundamento. En 1876 la derecha piamontesa sucesora de Cavour pierde el poder a favor de una serie de gobernantes ventajistas y poco escrupulosos cuya máxima expresión será Giolitti, que gobernará entre 1897 y 1914. Dotado de un esqueleto de convicciones flexible, que le permitirá adaptarse a cualquier circunstancia con tal de mantener el poder, y practicante de un eficaz caciquismo electoral, Giolitti practicará una forma de gobierno consistente en “contemporizar por miras interesadas”. En Italia esto se conocerá como giolittismo; en España esta es la definición exacta que la RAE otorga a “pastelear”. Curiosamente, en una especia de justicia poética, a la mayoría de los turistas que recorren actualmente Roma Giolitti únicamente les evoca una pastelería cercana a la Cámara de los Diputados, famosa por sus helados. Posiblemente el giolittismo (y no el realismo político) debilitó la confianza de los italianos en el sistema representativo y acabó facilitando la llegada del fascismo. Sirva esto de enseñanza a los giolittistas actuales.
[9] Formulada por Daren Azemoglu y James Robinson, Why nations fail.
[10] O de la nación.

Imágenes: 1) Busto de Gaetano Mosca; 2) El conde Gobineau; 3) El palacio Montecitorio, sede de la Cámara de Diputados; 4) Giolitti.

lunes, 13 de enero de 2014

CONTRA EL LADO EQUIVOCADO


¿Cuál es la receta del éxito de las sociedades? ¿Por qué unas progresan económica, social y culturalmente y otras se estancan o retroceden? Brillantes pensadores (y también de los otros) han intentado encontrar una respuesta atendiendo a sus particulares preferencias, y de este modo han querido ver las raíces del progreso en la raza, la etnia, el medio físico, o la lengua. Sin embargo el siglo XX nos ha proporcionado irrefutables ejemplos que demuestran que cuando una misma sociedad (con el mismo componente racial y cultural, habitando en el mismo medio físico, y hablando la misma lengua) es dividida arbitrariamente en dos, y cada una de las partes resultantes es sometida a un sistema económico y político diferente, el progreso de ambas es dramáticamente divergente, y en muy poco tiempo la diferencia es notable. Parece obvio, por tanto, que no hay que buscar en la raza, el clima o la lengua las claves del éxito de una sociedad: la clave está en las instituciones políticas y económicas. El resultado inexorable de uno de estos experimentos, la división de un país por la línea artificial del paralelo 38º, está todavía hoy a nuestra vista.

Otro de estos experimentos tuvo lugar en Alemania entre 1945 y 1989, y las dos películas de las que hoy hablo se sitúan en ese periodo y tratan de lo mismo. Sus protagonistas rebosan idealismo, rabia, falta de empatía, afán de protagonismo: es decir, son muy jóvenes. Encontrando insoportables e injustas las condiciones de la sociedad en la que les ha tocado vivir, y admirando la que tienen enfrente, optan por emprender el camino del terrorismo. Asumen los asesinatos con total tranquilidad, pues pueden alegar que luchan por mejorar la sociedad, y a esa sociedad abstracta y futura pueden ser sacrificadas unas cuantas personas actuales y concretas. Lo curioso es que ellos, a pesar de su frustración e ira, han tenido la fortuna de caer en la parte buena del experimento, aquella con mayor libertad y bienestar económico. La sociedad en la que viven y que quieren destruir es Alemania occidental, y aquella por la que suspiran es Alemania oriental.

Por supuesto ellos invocan la libertad y la igualdad. En realidad disponen de un amplísimo, vistoso y vacío argumentario para justificar sus acciones. Las emociones de estos jóvenes son estables en el tiempo: por ejemplo, se adivinan muy similares a las de los terroristas populistas rusos del siglo XIX. Pero, ¡ay!, el argumentario de cobertura está sujeto a la moda. La principal virtud de estas películas es que, transcurrido el tiempo, la fraseología marxista, revolucionaria o maoísta ha quedado completamente anticuada, y de ese modo desactivada. Ahora el conjuro ha desaparecido, y cuando los terroristas recitan su letanía quedan expuestos en su desnudez. Desaparecida la cháchara pseudo-política, ahora se ven los hilos de las emociones, que son realmente las que determinan sus acciones.


La primera de estas películas tiene el poco estimulante título de ”R.A.F. Facción del Ejército Rojo” (”Der Baader Meinhof Komplex”, 2008), es del alemán Uli Edel. Edel se dio a conocer a conocer en los 80 con la durísima ”Yo, Cristina F.”. Después se trasladó a Estados Unidos y rodó un bodrio con Madonna y Willem Defoe [1] que lo condenó justamente al ostracismo cinematográfico, del que ahora emerge con esta película que está muy bien. A pesar de ser alemana, la historia tiene ritmo y los personajes tienen la virtud de parecer reales (quizás el más acartonado es precisamente el actor más conocido, Bruno Ganz), y la única objeción que se le puede hacer (aunque realmente es de agradecer) es que todas las terroristas son guapísimas, algo que choca frontalmente con nuestra experiencia española.

La segunda película es El silencio tras el disparo (”Die Stille nach dem Schuß", 2000) del no menos alemán Volker Schlöndorff, y también está muy bien. Trata del periplo vital de una idealista abogada de Berlín occidental que se ve obligada a huir a Alemania oriental por un lamentable error (no haber previsto que si entrega una pistola a un terrorista éste la va a usar). La Stasi acoge a ella y sus compañeros con los brazos abiertos, y les dispensa grandes honores que se concretan en una barbacoa de lo más occidental (visualicen, por favor, esa siniestra reunión de terroristas y agentes de la Stasi comiendo salchichas al mejor estilo de Homer Simpson). A partir de ese momento ella se sumerge en la impecable sordidez del paraíso comunista pero es feliz porque, aunque su mirada es dulce, su visión es fanática, y sólo percibe lo que encaja en sus prejuicios monolíticos. Por eso acaba recriminando a sus compañeras de trabajo (que también es sórdido) que se muestren alegres por la inminente caída del muro anteponiendo sus burguesas ganas de libertad a la sociedad comunista tan trabajosamente creada. Y es que su visión totalitaria se resume muy bien en la frase de un camarada de la Stasi: a veces hay que obligar a la gente a ser feliz.

Notas
[1] Seguramente el objetivo de Madonna con El cuerpo del delito (que tal era el infortunado nombre de la película) era consagrarse como mito erótico, algo que no consiguió al aparecer con unas bragas excesivamente altas de talle, derramar cera ardiendo con cara de lunática sobre el cuerpo del pobre Dafoe, y, en general, no darse cuenta de que protagonizaba una película cómica. El objetivo del abrasado Willem Defoe permanece oscuro.

viernes, 10 de enero de 2014

PRAT DE LA RIBA Y 'LA NACIONALIDAD CATALANA'


En 1906 Prat de la Riba condensa su pensamiento en lo que Eugeni D’Ors calificará como “el libro de cabecera de Cataluña”: La nacionalidad catalana.

La obra comienza con una descripción lírica del ciclo vital de las estaciones: el invierno despoja a los árboles de sus hojas dejándolos desnudos y como muertos bajo el frío, pero la primavera se encarga de desmentir esa aparente muerte devolviéndoles el follaje en el que luego cantan los pajaritos y todo eso. Pues bien, el invierno catalán ya había comenzado antes de 1714:

“Se mantenían todavía en pie, esperando la hora próxima en que los hacheros de Felipe V las hicieran leña, las instituciones políticas de Cataluña”.

Pero Prat reconoce que la cultura catalana (para ser exactos, lo que él entiende por cultura catalana) llevaba tiempo en baja forma:

“Boscán escribe en castellano sus composiciones poéticas; Pujades publica en castellano su Crónica, que había comenzado en lengua catalana; en castellano escribe sus Anales Feliu de la Peña; en castellano componen los galanteadores sonetos y madrigales a las damas en las reuniones de la nobleza provinciana. (...) Cuando en 1714 cayó el último baluarte de las libertades políticas, ya la intelectualidad catalana había adoptado el castellano por lengua vulgar de la cultura”.

Para ser un invierno era realmente largo: con Boscán nos estamos remontando a los Reyes Católicos. Afortunadamente “en el corazón mismo de ese invierno comenzó la vida nueva”. Y del mismo modo en que “fecunda la semilla sepultada en sus entrañas, la tierra fecundó el espíritu catalán que el mal tiempo refugió en ella”. En principio la primavera se manifestó tímidamente en los primeros Juegos Florales, una fase que deplora Prat:

”No existe todavía conciencia de una diferenciación fundamental: las diferencias son detalles, son excepciones, fueros o privilegios más o menos disculpados o excusados. Nuestros clásicos son los clásicos castellanos, la lengua castellana es nuestra lengua, nuestra historia es la historia de España (...) los grandes hombres y las grandes obras de la civilización castellana, nuestros grandes hombres y nuestras grandes obras”.


Pero afortunadamente (para Prat) esa etapa blandengue pasa y los verdaderos brotes catalanistas cobran fuerza:

”Y viene, entonces, un gran pensador [1] y nos enseña que Cataluña no solamente tiene una lengua, un derecho, un espíritu y un carácter nacionales, sino que tiene también un pensamiento nacional.

”Nosotros no dudábamos, no. Nosotros veíamos el espíritu nacional, el carácter nacional, el pensamiento nacional; veíamos el derecho, veíamos la lengua; y de lengua, derecho y organismo, de pensamiento, carácter y espíritu nacionales sacábamos la nación, es decir, una sociedad de gentes que hablan una lengua propia y tienen un mismo espíritu.

”La sociedad que da a los hombres todos estos elementos de cultura, que los liga y forma con todos una unidad superior, un ser colectivo informado por un mismo espíritu, esta sociedad natural es la NACIONALIDAD”.

En los párrafos precedentes es visible el virus. Prat ha decidido que existe algo vivo, orgánico, que es la nación catalana, y que ésta tiene un “pensamiento, carácter y espíritu nacionales”. Prat lo cuenta como si no estuviera inventando nada: se está limitando a describir científicamente a la nación, que es un organismo de la naturaleza (¿y quiénes somos nosotros para discutir con la naturaleza?) al que la persona está inexorablemente vinculada:

“su espíritu individual queda soldado para siempre con el alma colectiva, y por siempre también, al lado de la vida propia de la individualidad, vivirá como los pólipos del coral la vida compleja y rica de la comunidad”.

El ciudadano ha quedado así reducido a humilde pólipo del coral nacional. Y los nacionalistas, como quien no quiere la cosa, de manera natural, se han reservado la poderosa facultad de definir (científicamente, por supuesto) el coral al que deben adherirse, y de descontar a los que no quieren ser sus pólipos.

Valentí Almirall había defendido el particularismo como un intento de defender la diversidad, y con ella la libertad, frente a la uniformidad asfixiante del centralismo. En Prat de la Riba esta preocupación desaparece por completo:

”Una Cataluña libre podría ser uniformista, centralizadora, democrática, absolutista, librepensadora, unitaria, federal, individualista, estatista, autonomista, imperialista, sin dejar de ser catalana. Son problemas interiores que se resuelven en la conciencia y en la voluntad del pueblo, como sus equivalentes se resuelven en el alma del hombre, sin que hombre ni pueblo dejen de ser el mismo hombre y el mismo pueblo por el hecho de atravesar esos estados diferentes”.

Lo único importante es ser catalán (para ser exactos, ser nacionalista catalán): la libertad y la diversidad son asuntos secundarios que el alma catalana decidirá como mejor le convenga. En realidad una vez definida la nación catalana la unanimidad es una consecuencia inevitable. Establecida esa “sociedad de gentes que hablan una lengua propia y tienen un mismo espíritu que se manifiesta uno y característico”, todo aquel que se desvíe de la uniformidad será algo aberrante, algo monstruoso. Aquellos que no participen del “espíritu nacional” (aquéllos, por ejemplo, a los que no interese en exceso la “milenaria barretina”) en el mejor de los casos no serán tenidos en cuenta, ni siquiera aunque constituyan una mayoría en la población. La creencia en el pueblo catalán se antepone a todo lo demás, y el nacionalista desarrolla así una peculiar visión que le impide reconocer la existencia de todos aquellos que no encajan en sus estereotipos. Se manifiesta así una primera paradoja: el nacionalismo, que aspira al reconocimiento de su diversidad frente al exterior, no está capacitado para reconocerla en su interior. La nacionalidad se convierte así en una especie de fatalismo, ante el que la capacidad de decisión de la persona se evapora.

No parece, por tanto que la máxima preocupación del político nacionalista Prat sea la consecución del mejor sistema político, sino el triunfo del nacionalismo. En el binomio político-nacionalista, el segundo término pesa mucho más que el primero, y para que no queden dudas lo remacha:

”No es cuestión de buen gobierno ni de administración; no es cuestión de libertad ni de igualdad; no es cuestión de progreso ni de tradición: es cuestión de patria”.
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Como decimos la fase de “descubrimiento” de la identidad catalana siguió a la tímida primera fase de la primavera nacionalista, pero quedaba la tercera:

”Había que acabar de una vez con esa monstruosa bifurcación de nuestra alma, había que saber que éramos catalanes y que no éramos más que catalanes, sentir lo que no éramos para saber claramente, hondamente, lo que éramos, lo que era Cataluña. Esta obra, esta segunda fase del proceso de nacionalización catalana, no la hizo el amor como la primera, sino el odio”.

Porque toda identidad se construye frente a los otros, levantando muros para diferenciares y protegerse de los de fuera. Y previamente hay que convertir a estos en algo odioso para que se entienda la necesidad de amurallarse. Una vez definida la nación ésta reclama, naturalmente, un estado:

”La tendencia de cada nación a tener un Estado propio que traduzca su criterio, su sentimiento, su voluntad colectiva; la anormalidad morbosa de vivir sujeta al Estado, organizado, inspirado, dirigido por otra Nación; el derecho de cada Nación a constituirse en Estado (...) todo brotaba naturalmente”.

En efecto, todo brota naturalmente en el pensamiento nacionalista. ¿Quién decide en Cataluña? La nación catalana ¿Y quiénes la componen? Los que hablan catalán y comparten el espíritu nacional. ¿Y quienes definen (perdón, descubren “científicamente”) esa nación catalana? Los nacionalistas. La masa compra fácilmente la mercancía, que le resulta emocionalmente atractiva e intelectualmente asequible (porque es “natural”), y la élite nacionalista se convierte en gestora de la identidad obteniendo de ello su poder. De este modo, con total naturalidad, el virus va extendiéndose.
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¿Y cómo han nacido estas identidades? ¿Cuál es su fuente? No es la tierra, aunque es importante:

”La tierra de los padres que guarda los despojos de nuestros muertos y guardará los nuestros y los de nuestros hijos, es la tierra viva de las generaciones, es la ubre nunca seca que nutrirá a las generaciones venideras como ha nutrido a las pasadas [2]”.

Tampoco es exactamente la raza, aunque es importante:

”La raza es, pues, otro elemento importantísimo. Ser de una raza quiere decir tanto como tener el cráneo más o menos largo o amplio, alto o achatado, poseer un ángulo encefálico más grande o más pequeño, ser de complexión orgánica fuerte débil, ágil o pesada, delicada o grosera, estar inclinado a tales pasiones o vicios o a tales cualidades o virtudes”.

Y no es exactamente la lengua o el derecho, aunque son importantes. Es una suma misteriosa de todos esos elementos:

”Los pueblos (...) son principios espirituales. En vano se querrá dar de ellos una explicación geográfica, etnográfica o filológica. El ser y esencia del pueblo están, no en las razas ni en las lenguas, sino en las almas. La nacionalidad es, pues, un Volkgeist, un espíritu social y público”.

Y con total tranquilidad Prat concluye:

”La idea de la nacionalidad viene a ser la flor de toda esta elaboración científica”.

En cualquier caso, como el espíritu es algo difícil de distinguir a simple vista (excepto para los nacionalistas) será la lengua el factor que más obviamente sirva para construir la nacionalidad catalana.

Prat define así el poder dinámico del espíritu:

”El pueblo es, pues, un principio espiritual, una unidad fundamental de los espíritus, una especie de ambiente moral, que se apodera de los hombres y los penetra, y los moldea y los trabaja desde que nacen hasta que mueren. Poned bajo la acción del espíritu nacional gente extraña, gentes de otras naciones y razas, y veréis como suavemente, poco a poco, va revistiéndolas de ligeras pero sucesivas capas de barniz nacional, va modificando sus maneras, sus instintos, sus aficiones, infunde ideas nuevas en su inteligencia y hasta llega a torcer poco o mucho sus sentimientos”.

Por esas fechas el político siciliano Gaetano Mosca ha descrito este fenómeno por el cuál la persona va asumiendo la identidad colectiva sin apelar a misteriosos espíritus: lo ha denominado mimesis [3]. En cualquier caso Prat de la Riba añade una pista fundamental: “y si en vez de hombres ya hechos, le dais niños recién nacidos, la asimilación será radical y perfecta”. En efecto, en adelante los nacionalistas se afanarán por apropiarse de la educación con el fin de formar el espíritu nacional.
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En el capítulo VII de La nacionalidad catalana Prat comete la imprudencia de abandonar las generalidades para adentrarse por el camino concreto de la formación de la nación catalana. Así averiguamos que su embrión es la “etnos ibérica”.

“Cuando el viajante fenicio que copió Avienus [4] recorría 500 años antes de J.C. las costas del mar sardo, se encontró allí la etnos ibérica, la nacionalidad ibérica extendida desde Murcia al Ródano; es decir desde la gente libo-fenicia de la Andalucía oriental hasta los ligurios de la Provenza. Aquellas gentes son nuestros antepasados, aquella etnos ibérica el primer anillo que la historia nos deja ver de la cadena de generaciones que han forjado el alma catalana.

La etnos ibérica vivía feliz dedicada a sus asuntos, pero enseguida empezaron los vecinos a dar la lata:

”Por la parte del mediodía, las tribus fugitivas de Tartesia habían invadido también la tierra ibera estableciéndose en la Edetania, la moderna Valencia, donde las vio Herodoto”.

Y también importunaban lo suyo los ligurios, gaélicos, griegos y fenicios, pero la etnos ibérica aguantaba el tirón. Pero un mal día, ¡ay! hicieron su aparición las potencias imperialistas:

”Un día la tierra catalana se estremeció toda sintiendo pasar todo el poder de Cartago hacia Italia, y aún no se había repuesto de la impresión de ese espectáculo cuando desembarcaron en su costa los primeros legionarios de Roma. Al cabo de tres siglos la etnos ibérica había desaparecido, como casi todas las de la Europa occidental, entre los pliegues de la civilización romana. Un trozo lo habían unido a la Hispania, el otro a la Galia”.

Ahí está la proto Cataluña desmembrada. Pero todo el poder romano no consiguió aplastar la cultura etnos ibérica, que volvió a renacer con pujanza en cuanto Roma se vino abajo:

”Pero bajo el peso de la dominación romana el espíritu de las viejas nacionalidades latía con fuerza. La unidad romana sólo existía por encima: por dentro, la variedad de los pueblos perduraba como siempre. La civilización y el imperio de Roma habían tapado las almas de las naciones dominadas, pero no habían podido ahogarlas (…) y un día cuando ya el poder político de Roma había saltado hecho pedazos, salieron a la luz de la historia los viejos pueblos soterrados, cada uno hablando su lengua, y la vieja etnos ibérica, la primera, hizo resonar los acentos de la lengua catalana desde Murcia a la Provenza, desde el Mediterráneo al mar de Aquitania [5]. Ligurios, gaélicos y tartesios, griegos y fenicios, cartagineses y romanos, no habían hecho retroceder un solo palmo de tierra a nuestro pueblo. Las fronteras de la lengua catalana eran las mismas que señaló a la etnos ibérica el más antiguo de los exploradores historiográficos. Ese hecho, esa transformación de la civilización latina en civilización catalana, es un hecho que por sí solo, sin necesidad de ningún otro, demuestra la existencia del espíritu nacional catalán [6]”.

El relato de Prat es singular. En los albores de la historia, y por medios no especificados, nace y se consolida la etnos ibérico-catalana, y a partir de ese momento se muestra impermeable a todas las aportaciones culturales foráneas, incluidas aquellas que, a simple vista, parecen superiores a la propia. En cualquier caso tal vez convendría avanzar un poco más atrás en la investigación histórica, porque ¿no podría ser que la etnos ibérico-catalana hubiera sido, a su vez, un poder imperialista, un poder unificador que aplastara el alma de los pueblos preexistentes? En ese caso ¿no sería mejor abandonarla y volver directamente a éstos, a los, digamos, layetanos, o edetanos, o galos?

En cualquier caso la etnos ibérico-catalana acabó convertida en una única nación repartida entre dos estados. En realidad, según Prat, una nación puede tener más de un estado; lo malo es cuando un estado abarca más de una nación:

”Tan griego era el estado de Atenas como el de Esparta, tan catalán el Condado de Barcelona. Una sola nacionalidad era substractum (sic) de estos Estados: no contenían toda la nación, pero no contenían tampoco naciones diferentes: la sociedad que estos Estados dirigían era una sociedad homogénea. Con el Estado-Imperio no. El Estado-Imperio es integrado casi siempre por dos o más nacionalidades, la sociedad es heterogénea; si sólo un Estado lo dirige viene a ser, fatalmente, Estado de una sola nacionalidad, y entonces comienza una dominación: la de la nacionalidad favorecida sobre las demás”.

Si está hablando de la Grecia clásica la comparación no es afortunada porque, a grandes rasgos, Atenas era jónica, mientras que Esparta era dórica. Los jonios eran uno de los tres pueblos (los otros dos eran los eolios y los aqueos), tal vez emparentados con los celtas, que en los siglos XIV y XIII a.C. descendieron desde el Danubio sobre Grecia, la conquistaron gracias a sus armas de hierro, y se mezclaron con los pelasgos [7], la población local (que sólo tenía armas de bronce), manteniéndose como élite dirigente. Los dorios eran un pueblo distinto, posiblemente emparentados con pueblos germánicos [8], que invadió Grecia hacia el año 1100 a.C. porque tenía armas aún mejores. Todos ellos acabaron, eso sí, hablando griego, y es correcto considerarlos griegos. Pero no debe olvidarse que constituían una mezcla heterogénea: exactamente igual que ocurre con los catalanes. Las sociedades son dinámicas, y se van formando (y deshaciendo) por aportaciones diversas: es absurdo buscar un pueblo inalterable en el tiempo, congelado. La búsqueda de las esencias identitarias suele bordear (por dentro) el terreno del ridículo, y por eso algunos estudiosos han animado a considerar la falta del sentido del ridículo como un síntoma de la presencia del virus nacionalista [9].


Notas:
[1] Se refiere al obispo Josep Torras y Bages, autor de La tradició catalana (1892), un “estudio del valor ético y racional del regionalismo catalán”. Su lema más conocido es “Cataluña será cristiana o no será”, esculpido en la portada de la abadía de Monserrat. Por alguna razón el clero suele ser especialmente sensible al virus nacionalista, y hay quien dice que con el tiempo este lema ha devenido en “la Iglesia en Cataluña será catalanista o no será”.
[2] De hecho para Prat “la entrada de gente payesa en la vida pública catalana hizo empezar el renacimiento” catalán. La explicación está para Prat en que los payeses, por su relación con la tierra, han mantenido telúricamente un contacto mucho más estrecho con la decaída nación catalana, por lo que les ha resultado más sencillo revivirla.
[3] Posteriormente, ya en el siglo XXI, el filósofo Benjamingrullo perfilará el concepto y lo rebautizará como “pertenencia”.
[4] Rufo Festo Avieno, poeta latino de Bolsena del siglo IV d.C. Es autor de la Ora marítima, una obra dedicada a su amigo Probo en la que describe las costas del mar Mediterráneo y del Atlántico hasta Bretaña, así como los pueblos que las habitan. Según algunos la Ora marítima se basa en el relato previo de un marinero griego del siglo VI a.C., y según otros de uno fenicio del siglo VII a.C., y de ahí lo del “viajante que copió Avienus” que dice Prat. Con frecuencia la precisión del relato de Avieno es limitada. Por ejemplo, para situar Calpe se limita a decir que está “a la derecha de las columnas de Hércules” (el estrecho de Gibraltar). En cualquier caso se trata de una descripción predominantemente náutica, en la que resulta francamente complicado rastrear el origen de la nación catalana o de cualquier otra.
[5] Dice Prat: ”La unidad de la cultura se manifestó de una manera esplendorosa. La poesía de los trovadores (…) fue un bello florecer del espíritu de un gran pueblo; los sonidos de aquella lengua artificiosa, hecha con motz triatz entre los diferentes dialectos de nuestro idioma nacional, se hicieron oír en todas las cortes del Occidente y del Mediodía y despertaron la inspiración poética en el alma de todas las naciones que los escucharon”. Y es curiosa esta afición de los nacionalistas a apropiarse de los méritos de la poesía de los trovadores. De manera aún más sorprendente que en el caso de Prat, Federico Krutwig también afirmara que ésta es un invento vasco.
[6] Prat concede una importancia tremenda al relato de Avienus, “el más antiguo de los historiadores historiográficos”, y cree que la reaparición de la etnos ibérica y la lengua catalana tras la caída de Roma es “un hecho que por sí solo, sin necesidad de ningún otro, demuestra la existencia del espíritu nacional catalán”. Pues bien, este es el momento de aclarar que, tristemente, ni Avienus ni el marino que lo precedió hacen la menor mención a una unidad étnica o lingüística de los pueblos que habitaban entre Murcia y Liguria. La etnos ibérica es una invención de Prat. De todas maneras es difícil que en Cataluña lleguen a darse cuenta, porque la inmersión ha transformado a Avieno en Avié y así no hay quien lo encuentre en internet.
[7] Así pues ¿por qué no defender el nacionalismo pelasgo y considerar al griego un invasor? Los nacionalistas presentan sus identidades como hechos inmutables, como fatalidades irresistibles e indiscutibles, pero eso es únicamente porque son ellos los gestores de la identidad. Así deciden a su antojo cuando se ha formado, ignoran si les conviene las conquistas, y obvian las aportaciones culturales que no convengan a su visión.
[8] Dice Indro Montanelli de los dorios: “Eran altos, de cráneo redondo y ojos azules, de un valor y una ignorancia a toda prueba. Se trataba, ciertamente, de una raza nórdica”.
[9] Así entre otros el profesor Navarth de la Universidad de Miskatonic (Arkham).

Imágenes: 1) Prat de la Riba. 2) Emblema de los primeros Juegos Florales de 1859; 3) Prat de la Riba de nuevo; 4) La etnos ibérica antes de descubrir el seny; 5) El imperialista Escipión Africano tras su contacto con la etnos ibérico-catalana.

martes, 7 de enero de 2014

PRAT DE LA RIBA Y LAS BASES DE MANRESA

 (Nota. Este humilde autor tiene la intención de escribir algunas cosas sobre el nacionalismo catalán, pero se conoce lo suficiente para saber que estos viajes empiezan pero no siempre llegan a puerto. De momento escribirá sobre lo que se ocurra, de forma poco sistemática y no cronológica. Después ya se verá)


El origen de las Bases de Manresa está en la aprobación del Código Civil de 1889. Más concretamente en su artículo 15, que visto desde fuera no parece especialmente alarmante o provocador: se limita a establecer criterios para la sujeción de los españoles al derecho común o foral en materia de capacidad legal, familia y sucesiones. En realidad la Liga de Cataluña ha recibido la aprobación del Código con bastante indiferencia, pero uno de sus socios, Narcís Verdaguer y Callís, no ha parado de enredar hasta convencer al resto de la conveniencia de organizar una intensa campaña en contra del artículo 15, que finalmente acaba siendo redactado de nuevo. Hasta ese momento la Liga de Cataluña, formada por la fusión del Centro Escolar Catalanista con miembros escindidos del Centro Catalán, ha sido la organización catalanista más importante. En 1891 la Liga se une con otras asociaciones para formar la Unión Catalanista [1], que un año más tarde organiza una reunión en Manresa para presentar las “Bases para la Constitución Regional Catalana”.

Curiosamente la primera Base no se refiere a la organización política de Cataluña, sino a cómo debe organizarse el poder central para satisfacer los gustos de ésta, definiendo un peculiar poder legislativo integrado por una cámara legislativa y el Rey, en el que las distintas regiones aportarán representantes en función de su población y, significativamente, su tributación. A continuación las Bases describen, con distinto nivel de profundidad, distintos aspectos del futuro gobierno regional. Entre las cosas más relevantes, establecen un Tribunal Supremo catalán sin instancia superior central, una división territorial en comarcas y municipios, y la delegación del orden público en el Somatén (una milicia ciudadana proveniente de la Edad Media) y algún otro cuerpo “similar al de los Mozos de Escuadra o de la Guardia Civil”. El poder legislativo regional se confía a las Cortes catalanas, que únicamente deberán reunirse anualmente aunque serán itinerantes. Resulta interesante (aunque algo confuso) el medio de escoger a sus miembros:

"Base 7. (...) Las Cortes se formarán por sufragio de todos los cabezas de familia agrupados en clases basadas en el trabajo manual, en la capacidad o en las carreras profesionales y en la propiedad, industria y comercio, mediante la correspondiente organización gremial siempre que sea posible".

Se prevé, pues, una especie de sufragio censitario y gremial. Esta apelación a los gremios no debe sorprender, porque, como se verá, las Bases recogen el anhelo del nacionalismo catalán de retornar a la Edad Media. También en cuanto al contenido de la legislación venidera las Bases se orientan sin complejos al pasado:

"Base 2: Se deberá mantener la vocación expansiva de nuestra legislación antigua, reformando, para adecuarlas a las nuevas necesidades, las sabias disposiciones que contiene respecto de los derechos y libertades de los catalanes.

Base 17 (disposiciones transitorias). Se reformará la legislación civil de Cataluña tomando como base el estado anterior al Decreto de Nueva Planta".

De momento las Bases prevén que continúe aplicándose el Código Penal y el Código de Comercio, pero las futuras modificaciones correrán a cargo de las Cortes Catalanas. También dedican una gran atención a la educación:

"Base 15. La enseñanza pública, en sus diferentes ramas y grados, deberá organizarse de manera adecuada a las necesidades y carácter de la civilización de Cataluña (…) En cada comarca, según sea su carácter agrícola, industrial comercial etc., se establecerán escuelas prácticas de agricultura, de artes y oficios, de comercio, etc. Deberá informar los planes de enseñanza el principio de dividir y especializar las carreras evitando las enseñanzas enciclopédicas".

Y el saber que si uno nace en una comarca agrícola va a realizar estudios agrícolas sin duda satisfará un anhelo de seguridad perdido desde la bendita Edad Media.
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En Manresa, en la defensa de las Bases destaca el Secretario de la Unión Catalanista, el joven de veintidós años Enric Prat de la Riba. Nacido en 1870, proviene del Centro Escolar Catalanista y se declara enfáticamente seguidor de las teorías que Valentí Almirall ha plasmado en El catalanismo, del que dice que es una obra “hasta ahora no superada ni igualada por los que después han tratado materias similares”. Pero dicho esto el camino que emprende Prat es completamente diferente al que El catalanismo parecía proponer. En su libro Almirall ha sostenido la doctrina del “particularismo”, consistente en la defensa de la variedad contra un estado centralizador, uniformador y, en consecuencia, opresor. Porque en última instancia la defensa de la variedad es, para Almirall, una defensa de la libertad. A pesar de su encendida defensa Prat encuentra lo del particularismo excesivamente abstracto porque, a fin de cuentas, ¿en qué nivel debemos fijarnos para defender ese particularismo? ¿En el individuo? ¿En el municipio? ¿En la comarca? Prat, aunque no lo explicite, parece tenerlo claro: lo que es digno de protección es la visión folclórico-kitsch de Cataluña que habita en su mente:

”Fue abriéndose camino el amor a la lengua catalana, el estudio de la historia propia, la adhesión al derecho civil. Las costumbres patriarcales de la familia catalana, la milenaria barretina, todo lo típico y especial de nuestra tierra inspiró a lo poetas”.

Por esa razón Prat acaba tomando de El catalanismo únicamente sus aspectos menos interesantes y más pintorescos, aquellos en los que Almirall se entretiene en resaltar las diferencias estereotipadas de los distintos pueblos de España. Por supuesto Prat también recoge el memorial de agravios contra los catalanes esbozado por Almirall, y a partir de ellos se dedica a reconstruir su sociedad catalana idílica:

”Más allá del periodo absolutista encontramos un periodo que hace palpitar el corazón de alegría. Cataluña, desligada de toda injerencia perturbadora, dejada a su espontaneidad, fue creciendo y formándose y convirtiéndose en nacionalidad próspera y poderosa”.

Los Decretos de Nueva Planta constituyen un hito fundamental del decaimiento de Cataluña, pero no es el único. Antes de la reunión de Manresa Joan Mañé y Flaquer, director del Diario de Barcelona, se ha dirigido irónicamente a los nacionalistas diciéndoles que sólo ha habido en la historia dos pequeños acontecimientos desfavorables para sus tesis, el Renacimiento y la Revolución Francesa. Para triunfar, ha continuado, tendréis que borrar estos acontecimientos considerables. Prat no se ha amilanado por la ironía (o sencillamente no la ha percibido) y ha contestado:

”Es chocante pero es cierto: la primera constitución que declaró los derechos del hombre fue la que entronizó el más absorbente de los absolutismos, la que más aniquiló la consideración del individuo frente al poder público”.

También Almirall ha denunciado el estado centralista francés surgido de la Revolución: lo ha hecho porque, en su opinión, en su empeño por establecer la igualdad legal ha conseguido una sofocante unanimidad. Pero al llegar a Prat esta denuncia se ha convertido en un mero mantra cuyo poder de convicción no deriva de su contenido sino de su repetición. Por eso, aunque invocan la libertad, los nacionalistas reunidos en Manresa no buscan la diversidad en la nación de su fantasía, sino que están sentando las bases de una agobiante uniformidad:

"Base 3. La lengua catalana será la única que, con carácter oficial, podrá usarse en Cataluña y en las relaciones de esta región con el poder central.

Base 4. Sólo los catalanes, ya sea por nacimiento o en virtud de naturalización podrán desempeñar en Cataluña cargos públicos, incluso tratándose de los gubernamentales o administrativos que dependan del poder central".

Esta preocupación por la catalanidad llega hasta la Iglesia:

”Deberá procurarse que, respecto de Cataluña se prevenga en el Concordato que sean catalanes los que ejerciten jurisdicción eclesiástica propia o delegada, como también los que obtengan dignidades o prebendas”.

Junto con las quejas hacia los Decretos de Nueva Planta y la Revolución, la letanía nacionalista se completa con las críticas al Renacimiento, entendido como el momento en que se crearon los nefastos estados unitarios europeos. Esto provoca que, al soñar su nación ideal, los nacionalistas dirijan su mirada hasta la Edad Media, un periodo considerado generalmente algo oscuro. Y por eso Prat cree con total tranquilidad que ambos acontecimientos, Renacimiento y Revolución, deben ser borrados sin dejar rastro. Afirma, además, que los nacionalistas no están solos en la tarea, que toda la ciencia contemporánea está ya afortunadamente empeñada en una labor de “destrucción de la obra aparatosa de la Revolución francesa y del Renacimiento”, y que simultáneamente “hay un movimiento de retorno a las instituciones de la Edad Media” [2].

Por lo expuesto hasta ahora puede decirse que, desde el comienzo, se manifiestan en el nacionalismo dos paradojas. Una: la continua invocación de la libertad mientras se supedita la del individuo a una comunidad ideal. Dos: la permanente apelación al progreso mientras se suspira por un retorno a la Edad Media.

Las Bases de Manresa son acogidas con impecable indiferencia por la mayoría de la sociedad catalana. Por su parte el particularisnmo también parece haber prendido en la propia Unión Catalanista, y dos facciones comienzan a abrirse camino: una alrededor del periódico La Renaixença, y la otra en torno a Prat de la Riba y Verdaguer y Callís. En 1899 esta segunda facción se escinde y crea el Centro Nacional Catalán, que en 1901 se funde con la Unión Regionalista para crear la Liga Regionalista, esta sí destinada a durar más tiempo.

En 1906 Prat de la Riba condensará su pensamiento nacionalista en La nacionalidad catalana, libro que será tratado en una próxima entrada.

Notas:
[1] En efecto, toda esta profusión de nombres similares en este periodo recuerda un poco a La vida de Brian.
[2] Citado por Josep Pla en O.C. XXV, “Francesc Cambó”.

Imágenes: 1) La reunión nacionalista de Manresa; 2) Prat de la Riba.