domingo, 31 de enero de 2016

COLA DI RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (2)



«Nicolaus Laurentius, Cónsul de Roma. Único embajador del pueblo, los huérfanos, las viudas y los pobres, ante nuestro señor el Papa de Roma». Así termina Cola di Rienzo la carta que envía a Roma anunciando simultáneamente el Jubileo y la megalomanía del firmante. La propia Roma es descrita como una viuda sufriente que ahora podrá abandonar el luto, una figura a la que Cola di Rienzo recurrirá con frecuencia. Por su parte Clemente VI es comparado favorablemente con Escipión, César, Marcelo, un Cecilio Metelo sin especificar, y otros héroes de la Roma antigua. Con todo esto Cola di Rienzo parece haber olvidado cuál era su misión original: revelar al papa que los senadores han sido desposeídos de poder, que su mandato es nulo, y que ahora los Trece gobiernan la ciudad en nombre –aunque de momento sin que él lo sepa- del Santo Padre. Pero de momento su capacidad para la retórica le ha abierto las puertas del palacio de Clemente, con quien concierta una audiencia. Con cierta cautela inicial Cola di Rienzo comienza a contarle la situación en Roma y los abusos de los nobles: nada que sorprenda en exceso a Clemente, a quien el vehemente joven parece caerle bien.



Un día, en la iglesia de San Agrícola, Cola di Rienzo conoce a Francesco Petrarca, a cuya coronación poética en el Capitolio ha tenido ocasión de asistir [7]. Ambos comparten la admiración por una Roma antigua, que posiblemente sólo ha existido en su imaginación, y la tristeza por la Roma actual, esta última muy real: la comparación entre ambas exacerbará su indignación, algo que a Cola di Rienzo se le da muy bien. Este encuentro marca el inicio de una correspondencia entre ambos, que será mucho más apasionada por la parte del poeta:

«Cuando recuerdo esa conversación tan ferviente e inspirada que mantuvimos hace dos días frente al pórtico de ese famoso y antiguo santuario, reboso de tal felicidad que considero tus palabras como las de un oráculo que hablara desde los más recónditos recovecos de ese templo. Me parece haber estado escuchando a un dios, no a un hombre. Te quejaste de la situación actual –no, más bien de la verdadera caída y ruina de la república- en palabras de tal inspiración divina, y con los rayos de tu elocuencia expusiste nuestras heridas con tal nitidez, que siempre que recuerdo el sonido y el contenido de tus palabras las lágrimas acuden a mis ojos, y la pena vuelve a atenazar mi espíritu».

A continuación Petrarca recrimina a Dios, a quien no se le escapan «ni la vasta extensión del cielo, ni las insondables profundidades, ni las gotas del océano, ni las hojas en los bosques, ni las arenas del mar, ni todas las estrellas, ni todas las criaturas vivas, ni las innumerables plantas y arbustos», que permanezca impasible ante el sufrimiento de Roma, pero, continua el poeta, en ese momento la desesperación deja paso a la esperanza y las lágrimas vuelven a brotar, «no afeminadas sino viriles y audaces porque, si la ocasión se presentara, me atrevería a llevar a cabo alguna gesta patriótica y a lanzarme en defensa de la justicia como corresponde a un hombre». ¿Será Cola di Rienzo la persona providencial que Roma espera? «Oh, si ocurriera en mis días… Si tan solo pudiera compartir tan gloriosa, tan noble empresa». Y el vate finaliza con una petición:

«Te suplico, oh Dios, que o bien destruyas los innumerables males del mundo, o bien destruyas al mundo».

El mundo es un lugar desdichado por culpa de enemigos tan insondablemente malvados que bastará con aniquilarlos para recobrar la felicidad. El poeta es ahora milenarista, pero es que Cola di Rienzo tiene esa facilidad para exacerbar las pasiones violentas.


Las siguientes semanas en Avignon fluyen agradablemente. El poeta y el revolucionario se encuentran con asiduidad, y el primero lee al segundo pasajes inéditos de África, el poema épico sobre Escipión Africano que acaba de completar. Tras la primera reunión con Clemente VI se suceden otras, y finalmente el papa convoca un encuentro con los cardenales para que también ellos conozcan por boca de Cola di Rienzo las noticias de Roma. Confiado en el ascendiente adquirido sobre el papa describe sin disimulos su visión de las cosas: lejos de la autoridad papal Roma se ha convertido en una selva en la que merodean a su antojo los lobos Colonna y Orsini. Esta vez no ha medido bien sus fuerzas: entre los cardenales, con expresión tan inescrutable como la de un lagarto, Giovanni Colonna asiste a la diatriba del embajador de los Trece.

Unas semanas más tarde Cola di Rienzo sigue deambulando por Avignon, pero su aspecto es diferente. Sus ropas tiene menos lustre, y sus mejillas se han hundido por falta de un aporte calórico suficiente: ahora se ve obligado a procurarse alimento haciendo cola en las iglesias con el resto de los mendigos. Giovanni Colonna ha maniobrado eficazmente entre el resto de los cardenales, y ahora Cola di Rienzo es un apestado, no sólo entre ellos, sino entre todos los miembros de la corte que, viendo por donde sopla ahora el viento, eluden cuidadosamente su presencia. Las noticias de la caída en desgracia acaban llegando a Roma, y los nobles aprovechan para embargar los bienes del notario. Únicamente Petrarca permanece fiel. Y lo hace corriendo riesgos, pues él mismo es un protegido de Giovanni Colonna. Con la intercesión del poeta, el enfado del cardenal va cediendo poco a poco. En unos meses los cardenales levantan el veto a Cola di Rienzo, y el papa procede de buen grado a su rehabilitación.


A pesar de que lo esperan su mujer e hijos, Cola di Rienzo permanece algunos meses más en Avignon, ahora mucho más refinada que Roma. Clemente VI es un hombre de gusto sofisticado que ha convertido la sede papal en punto de encuentro de poetas, escritores, pintores y aún políticos, y que no desdeña en absoluto los placeres del lujo y la buena comida. Cola di Rienzo saborea esta nueva etapa de su existencia. Ahora el látigo de la nobleza está encantado de poder sentarse a su mesa. Ahora no tiene inconveniente en lisonjear a Giovanni Colonna, ni en besar la mano de Reinaldo Orsini. Por ahora. En Roma se encuentran las masas miserables tan necesarias para la ambición del revolucionario devenido gorrón. Sólo queda una cosa más. Aprovechando sus buenas relaciones con Clemente, y que este se siente en falta por haberlo dejado caer inicialmente a instancias de los cardenales, Cola di Rienzo le solicita un puesto de notario en la Cámara Civil de Roma, encargado de la supervisión de sus finanzas, reportando únicamente al tesorero y los dos senadores, y con un sueldo suculento de cinco florines de oro al mes. El papa accede, y en la primavera de 1344 el ascendido funcionario regresa a Roma. (continuará)

Notas.
[7] Ha tenido lugar en 1341.

Imágenes: 1) Estatua de Cola di Rienzo en el Capitolio; 2) Coronación poética de Petraca en el mismo lugar; 3) Petrarca coronado; 4) Clemente VI.

lunes, 25 de enero de 2016

COLA DI RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA

El 7 de mayo de 1342 Pierre Roger de Beaumont es elegido papa en Avignon, y unas semanas más tarde una comitiva se pone en marcha desde Roma. Formada por dieciocho personas, está encabezada por los senadores Stefano Colonna y Bertoldo Orsini a los que acompañan otros representantes de la ciudad. Lleva a Clemente VI -que tal es el nombre escogido por Beaumont- una petición principal: que el papa vuelva a Roma. En ese sentido la misión parte condenada al fracaso.


El traslado de la sede papal a Avignon ha tenido su origen en las disputas entre Bonifacio VIII [1] y los monarcas europeos. El papa, confiando en exceso en su condición de representante de dios en la tierra, ha pretendido imponer su autoridad directa sobre los reyes. En 1296 ha publicado la bula Clericis laicos, en la que les ha prohibido que impongan tributos al clero sin su consentimiento, lo que no ha sido recibido con ecuanimidad por los gobernantes. Felipe IV de Francia, el más beligerante, ha prohibido la salida de dinero, ya sea proveniente de limosnas, diezmos o lo que sea, hacia Roma. Como respuesta Bonifacio ha emitido en 1305 la bula Ausculta fili [2], en la que ha recriminado paternalmente a Felipe que no haya hecho caso de la bula precedente; Felipe, en un acto nada filial, ha ordenado que sea quemada. La escalada búlica ha continuado hasta la publicación, en 1302, de Unam Sanctam, con la que Bonifacio ha pretendido zanjar la cuestión afirmando que sólo responde a Dios, es superior a todos los gobernantes del mundo y punto. El caso es que Felipe IV no teme a Dios y mucho menos a su delegado en la Tierra, y para reforzar sus propios argumentos ha enviado a Guillermo de Nogaret con un centenar de caballeros armados -a los que se unirá una partida de los Colonna- a Anagni, residencia veraniega del papa. Allí, abandonando toda ceremonia, los miembros de la comitiva han exigido al Santo Padre, con una espada en su cuello, su rectificación y renuncia al cargo. Bonifacio ha mantenido el tipo, y noticias de una posible revuelta en Roma han hecho que los caballeros abandonen precipitadamente, pero un año más tarde el papa habrá muerto, según dicen a consecuencia del susto. Bonifacio ha sido sucedido por Benedicto XI que sólo ha reinado un año. Para entonces Felipe IV, que ha seguido maniobrando en Roma, ha conseguido promover la candidatura del francés Bertrand de Got, que adoptará el nombre de Clemente V. El nuevo Papa no sólo ayudará a Felipe IV a desembarazarse de los templarios y a apropiarse de sus riquezas, sino que trasladará la corte papal a Avignon. Se encargará además de nombrar cardenales compatriotas en un número suficiente como para garantizar un suministro regular de franceses al papado. Así ocurrirá con sus sucesores Juan XXII, Benedicto XII y Clemente VI. Todos ellos francamente predispuestos hacia los intereses de su monarca temporal Felipe IV.



El traslado a Avignon ha sido un duro golpe para Roma. Para empezar ha sido un indicador de su vigente irrelevancia, algo que los romanos, aún orgullosos de su lejana gloria imperial, no han digerido bien. Además la salida del papa y los cardenales del palacio de Letrán ha provocado un vacío de poder. Rápidamente se ha pergeñado un gobierno integrado por representantes de comerciantes, gremios, campesinos y pequeña nobleza local: los Trece Hombres de Bien. Representan a los 13 barrios de Roma, y están dirigidos por un noble güelfo de Milán que actúa como senador. Pero los Trece Hombres se han visto incapaces de controlar a los turbulentos nobles romanos. En especial los Colonna y los Orsini campan a sus anchas y han convertido la Urbe en escenario de sus peleas. Enseguida han colocado senadores propios, y han convertido el gobierno de los Trece en una institución desprovista de poder. Roma ha intentado por todos los medios la vuelta de la sede papal, y se ha visto involucrada en todo tipo de alianzas a favor y en contra de emperadores. Todo esto ha provocado una rápida decadencia de la Urbe y su rápida despoblación. Ahora sus habitantes se concentran en un margen del Tíber entre Sant’Angelo y la isla tiberina más el Trastévere en el otro, con grandes zonas dentro de la muralla dedicadas al cultivo o al libre desarrollo de las hierbas. Estas zonas, entre las que sobresalen ruinas del lejano esplendor, suponen un lúgubre recordatorio a los romanos de su decadencia.



Felipe IV trasladó a Avignon la sede papal para tenerla controlada, y esta es una situación que sus sucesores prefieren mantener: a medio plazo la vuelta a Roma es impensable. Los miembros de la comitiva romana saben esto perfectamente, pero los senadores guardan un as en la manga: una petición de reducción de plazos en el Jubileo [3]. El Jubileo ha sido instituido en 1300 por Bonifacio VIII, que ha concedido indulgencia plenaria a los fieles que acudan a Roma y visiten las tumbas de San Pedro y San Pablo. Atraídos por la oferta los peregrinos, tanto pobres como ricos, han acudido por miles, y gracias a ellos los romanos han experimentado los benéficos efectos del turismo sobre la economía. Los viajeros han necesitado alojamiento y alimento, desbordando la capacidad de las posadas habituales y permitiendo enriquecerse a todo aquél capaz de improvisar una cocina o tender un lecho o un haz de paja. Zapateros y sastres han tenido que trabajar día y noche para reparar los destrozos del viaje en los vestidos, y para fabricar atuendos más elegantes para la ocasión. Carros y caballos han proporcionado trabajo a herreros y guarnicioneros. Las lavanderas se han visto sobrepasadas… Incluso ha nacido una nueva industria de artesanos que se dedican a fabricar souvenirs de Roma y del magno acontecimiento. El dinero ha fluido con liberalidad, y el súbito aumento de los precios derivado del incremento de la demanda ha sido visto con benevolencia por los fieles, a los que el aliviamiento de sus pecados ha predispuesto hacia el aligeramiento de sus bolsillos. El año 1300 ha sido magnífico para Roma, pero después… Después el flujo se ha secado. Es cierto que siguen llegando regularmente algunos fieles convencidos, pero suelen venir sin blanca. En realidad, habiendo idealizado el fraternal recibimiento que esperan recibir en la ciudad santa, se quejan de la tacañería y la rapacidad de los romanos. Algunos, como los Palombelle, mendicantes que llevan cosida una paloma blanca en su túnica, son francamente reivindicativos y turbulentos. Por eso, junto a la petición de retorno del Santo Padre, los legados vienen con otra petición de efectos más mundanos: que el Jubileo, en vez de ser proclamado cada 100 años, lo sea cada 50. Esperan así revitalizar el prestigio de Roma y, sobre todo, su economía.


Con este segundo encargo ha llegado a Avignon la expedición romana. Estas cosas llevan su tiempo, y las negociaciones se alargan durante meses. Tampoco los miembros de la legación tienen excesiva prisa en volver, pues el esplendor de la corte de Avignon excede con mucho al de la decaída Roma. Pero entretanto algo ha ocurrido en la Urbe: el gobierno de los Trece se ha rebelado contra los senadores. Convencidos de que la primera comitiva enviada no va a hacer nada para revelar al papa la calamitosa situación de Roma a merced de los nobles, ha enviado a su vez a un legado. Es Nicola di Lorenzo, mucho más conocido como Cola di Rienzo.

Más tarde Cola di Rienzo tendrá a su disposición dos biografías opuestas, que usará según el auditorio al que se enfrente. Frente a la plebe dirá que es uno de ellos, nacido en el Rione della Regola, uno de los barrios más populares -y frecuentemente insalubre- de Roma, y criado en Anagni como un campesino entre campesinos. Frente a auditorios más ilustres dirá que es hijo ilegítimo del emperador Enrique VII de Luxemburgo, que en una visita turística al Rione dejó embarazada a su madre. [4] Así cuando visite Praga podrá hablar de igual a igual al sucesor de Enrique, el también emperador Carlos IV de Luxemburgo y Bohemia: «de vostro lenajo so’ figlio di vastardo di Herrico Imperatore lo Prode» [5]. En ese ambiente de franca camaradería le contará su vida en Anagni y Roma, y le confesará: «fue entonces cuando comencé a despreciar la vida plebeya». Esta segunda biografía, la del parentesco imperial, es obviamente una patraña; la primera también presenta dificultades. Rienzo es cultivado, domina el latín clásico y está dotado de una gran elocuencia. Si se ha criado en un ambiente tan rústico, no se sabe cómo ha podido recibir tan sólida formación. Parece que su padre es Lorenzo Gabrini [6], dueño de una posada en Roma, y que mandó al pequeño Nicola al cuidado de unos tíos en Anagni. Allí se familiarizará con la historia del agravio a Bonifacio VIII y aprenderá a odiar a los Colonna, uno de cuyos miembros, Sciorra Colonna, fue quien quiso cortar el gaznate al papa. Este odio se verá muy reforzado cuando el propio hermano de Nicola se vea accidentalmente envuelto en una reyerta entre matones de los Orsini y los Colonna y sea asesinado por uno de estos últimos.


Poco después de volver a Roma desde Anagni Cola di Rienzo se ha casado con la hija de un notario y ha ingresado a su vez en el oficio; sus colegas dirán de él que es industrioso y eficaz. Acostumbra a pasear por Roma entre las ruinas de su pasado esplendor. Le gusta descifrar las inscripciones en latín que encuentra, y contar a todo el que quiere oírle las antiguas glorias romanas, que contrapone a la actual situación de postración. En esto nunca le falta auditorio, porque el notario habla muy bien.

Cola di Rienzo llega a Avignon con un memorial de agravios contra los nobles bajo el brazo, pero allí se entera de que la expedición oficial acaba de lograr el triunfo parcial del Jubileo. Tal y como habían previsto los senadores, el papa ha rechazado la posibilidad de volver a Roma y se ha limitado a prometer vagamente una visita en un momento indeterminado del futuro. Pero a cambio ha accedido a que el Jubileo vuelva a tener lugar en 1350. Es una gran noticia para Roma que sumerge a Cola di Rienzo, que extrae su fuerza de la frustración de los romanos, en un dilema. ¿Qué hacer?

Dos cartas parten hacia Roma para contar el resultado de la negociación, una remitida por la legación senatorial y otra por el embajador de los Trece Hombres Buenos. Ambas están cargadas de alabanzas y ditirambos hacia el papa, resaltando su comprensión y su sabiduría. Ambas han sido redactadas por Cola di Rienzo. ¿Qué ha ocurrido? Pues que Cola di Rienzo ha conseguido acercarse al papa, al que también ha cautivado con su elocuencia. Y a través de él ha tomado contacto con los senadores de la primera expedición. Cola di Rienzo se ha ofrecido a redactarles la misiva que deben enviar a Roma, y ellos han accedido. (continuará)


Notas.
[1] Bonifacio VIII, antes cardenal Benedicto Gaetani, ha llegado al poder por medios poco convencionales. Tras la muerte de Nicolás IV ha propuesto como sucesor a Pedro Morone, un santo eremita que vive en una cueva. Pero una vez nombrado papa Morone se ha empeñado, para alarma de los cardenales, en renunciar al lujo y en mantener su austera forma de vida. Gaetani ha decidido entonces sustituir al incordio Morone por él mismo. A tal fin ha practicado un agujero en la celda del antiguo eremita y se ha dedicado a susurrar todas las noches: “Celestino, renuncia al puesto. Es una carga demasiado pesada para ti”. Tantos años en una cueva han dejado en Morone un equilibrio psicológico precario, se ha convencido de que la voz es del Espíritu Santo y ha renunciado al cargo. Gaetani ha ocupado entonces su lugar, y ha inaugurado una época bastante menos crítica con el boato.
[2] Comienza así: “Escucha hijo, los preceptos de un padre, en cuanto a la doctrina, de un maestro que sobre la tierra ocupa el puesto de Aquél que es el único Maestro y Señor …».
[3] Espero que el maestro Belosticalle nos explique si jubileo viene de cuerno o de júbilo, que la Wikipedia no se pone de acuerdo.
[4] Enrique, según Cola di Rienzo, había ido disfrazado a visitar San Pedro, pero había sido reconocido por los guardias papales. En su huida se había refugiado en la taberna del señor Lorenzo, y para hacer tiempo se había acostado con su mujer.
[5] «Soy de vuestro linaje, hijo bastardo del emperador Enrique el valiente». Cronica - Vita di Cola di Rienzo, de un anónimo contemporáneo de Cola di Rienzo. Aunque literalmente dice «hijo de bastardo» en el contexto hay que entender lo primero.
[6] De ahí el nombre Nicola de Lorenzo, que tras ser sufrir doble contracción en nombre y apellido queda como Cola di Rienzo.

Imágenes: 1) Bonifacio VIII; 2) Dos versiones del ultraje de Anagni, con Sciorra Colonna detenido por Guillermo de Nogaret en el preciso momento en que iba a asesinar al papa. La segunda en uno de los famosos cromos de la Chocolaterie d'Aiguebelle; 3) Felipe IV; 4) Peregrinos en el Jubileo; 5) Versión prerrafaelita de William Holden Hunt de la muerte del hermano de Cola di Rienzo.

sábado, 2 de enero de 2016

FRANCESC PUJOLS: DE LA SUMPÉCTICA A LA HIPARXIOLOGÍA

«DEL NOMBRAMIENTO DE LOS SACERDOTES. El nombramiento de los sacerdotes tiene dos tiempos, el de aceptación y el de creación (…) La aceptación la hará el jurado competente encargado de la aprobación de los conocimientos sacerdotales exigidos por el ritual, y la investidura, ordenación o acto de ser hecho sacerdote podrá ser realizada por cualquiera de los sacerdotes por medio del ceñimiento o ceñida, que consiste en ceñir el cinturón sobre la bata, que también le habrá sido puesta por el sacerdote creador. Una vez puesta la bata el creador le dará las cinco vueltas reglamentarias diciendo, a la primera vuelta: ‘”Tú has sido vegetal”; a la segunda, “Tú has sido protozoo”; a la tercera “Tú has sido animal”; a la cuarta, “Tú ahora eres hombre”; y a la quinta “Tú serás ángel”. Y añadirá, en representación de los cinco escalones de la escalera de la ciencia catalana que es la escalera de la vida y de la muerte; que nos lleva de la tierra al cielo, y de esta vida a la otra, “ahora eres sacerdote de la religión catalana”. [1]


Francesc Pujols Morgades ha nacido en 1882 en la Plaza Real de Barcelona. Su padre es procurador y su madre está emparentada con Josep Morgades, obispo de Vich y Barcelona. La familia goza de una situación económica confortable que permitirá a Francesc vivir toda su vida de las rentas. El joven Pujols escribe poesía, y dos de sus poemas, Idilio y Balada de las fiestas, obtienen respectivamente la Flor Natural y el primer accésit de los Juegos Florales de 1903. Así conoce al poeta Joan Maragall, miembro del jurado, que le prologa Libro que contiene las poesías de Francesc Pujols. En 1906, bajo el seudónimo de Augusto de Altozanos, publica la novela surrealista El nuevo Pascual o la prostitución. Desde 1908, como secretario de la agrupación Les Arts i els Artistes, colabora con numerosas publicaciones: El Poble Català, La Publicidad, Las Noticias, Picarol (cascabel), Vell i Nou y la revista satírica Papitu, de la que se convierte en director. Posteriormente es nombrado secretario de la Junta de Museos del ayuntamiento de Barcelona y Secretario del Cercle Artístic. En 1918 publica Concepto general de la ciencia catalana.


La tesis que Pujols desarrolla en casi quinientas páginas es ésta. La humanidad ha tenido dos pilares fundamentales o ‘clásicos’, Grecia y Roma. Grecia es el modelo de las artes, y Roma el modelo de la ética cristalizada en su Derecho. Ahora falta un tercer pilar para que el edificio de la humanidad no se tambalee, la ciencia ‘clásica’, y Pujols está convencido de que esta misión está reservada para Cataluña. Junto a Atenas y Roma Barcelona debe convertirse en el tercer faro que guíe a los hombres, así que trazando una línea que parte de Ramón Llul –al que dedica casi la mitad del Concepto-, pasa por Ramón Sibiuda [2], Juan Luis Vives, Jaime Balmes y Eugenio D’Ors, y finaliza en el propio Francesc Pujols, se dedica a desarrollar la Sumpéctica o ciencia de lo concreto:

«Ni Grecia fue clásica en Derecho ni Roma en arte, de manera que estás dos naciones únicas en su género fueron especialistas, que es una cosa que los que nos dedicamos a estudiar la Humanidad la encontramos de una importancia capital, porque demuestra que no solamente el pueblo clásico en las dos manifestaciones humanas, estética y ética, aún no ha existido y puede que no pueda existir, sino que ni Grecia ni Roma alcanzaron el clasicismo científico, porque no alcanzaron la ciencia más elevada y completa que se puede alcanzar en este mundo, que es la Sumpéctica, es decir la ciencia que corresponde a la altura y plenitud del arte griego y el derecho romano, que es como decir que si bien las producciones de la sensibilidad y la voluntad han alcanzado la plenitud como la luna llena, las producciones de la inteligencia no han pasado de ofrecer productos fragmentarios que no han satisfecho el deseo científico de la Humanidad».

«(…) nuestra patria como la nación que tiene que conseguir el conocimiento más elevado y completo que se puede conseguir en este mundo y debe fundar la ciencia universal que lo contenga llegando a lo que podríamos llamar la ciencia clásica, de la misma manera que Grecia fundó el arte y Roma el Derecho”.


Los grandes descubrimientos tienen un componente aleatorio. Se cuenta que Newton desarrolló su teoría de la gravitación –importante aunque no llegó a ser ciencia ‘clásica’- viendo caer una manzana; y tampoco Pujols estaba buscando la Sumpéctica cuando la ha encontrado:

«Después de decir que, siendo la Sumpéctica la ciencia que estudia el ser concreto conocido, se desprende que tiene por objeto toda la realidad concreta conocida y, por consiguiente, que es la ciencia universal de lo concreto, es decir, la ciencia catalana preconizada por los catalanes, explicaremos la forma en que nosotros desde nuestra modesta esfera hemos llegado a esta ciencia sin querer y nos la hemos encontrado en las manos sin darnos cuenta cuando buscábamos los fundamentos de la Belleza y por una serie de razones que no vienen al caso, pasamos a estudiar los fundamentos de la verdad y del bien, por otra serie de razones que tampoco vienen al caso y que un día u otro serán publicadas si tenemos ocasión de hablar del asunto».

El procedimiento sumpéctico no es estrictamente equiparable al científico:

«Nosotros, como catalanes que somos, que es como decir hombres a los que nada les hace ilusión y que están por lo positivo, que es saber la verdad porque el resto no son más que fuegos de artificio, nos hemos desengañado de los trabajos experimentales que hacen las ciencias particulares y hemos ideado el método de prescindir del conocimiento de la esencia, del espíritu y de la materia, porque, como decía Ramón Llull, tan imposible de concebir es el átomo que según palabras textuales es tan poca cosa que no puede menguar, como la grandeza infinita de la esencia divina».

En cualquier caso la importancia de la Sumpéctica, y con ella de Cataluña, es enorme:

«Para empezar la Sumpéctica tiene prioridad sobre todas las otras ciencias, y para continuar es la más sublime, la más posible, la más antigua y, aunque parezca contradictorio, la más novedosa y la más útil de todas (…) y es que la Sumpéctica lo abarca todo y lo funde y lo fusiona como la olla [3] de la cocina catalana que cuando bulle llena la casa de ruido al cocer la carne de buey que se pone con la gallina, la butifarra, el tocino, la albóndiga que se hace con la carne trinchada, huevo, harina, y en algunos casos le ponen ajo y perejil, y todo ello, carne, gallina, butifarra, y albóndiga, mezclado con col, patatas y garbanzos, hierve para hacer el caldo que mantiene el vientre y la casa, y (la Sumpéctica) es como la olla de la verdad».


Uno de los ingredientes que posibilitarán el nacimiento de la ciencia clásica catalana es, obviamente, el seny catalán. Por eso Pujols nos recuerda que

«no puede existir seny allí donde no se vea el río Llobregat y las montañas de Monserrat y del Montseny, que por cierto, ahora que hablamos de esta montaña podemos decir que es muy curioso que siendo como es la montaña más alta de nuestra patria después del Pirineo (…) se haya denominado Montseny, que es como decir Montaña del seny».

Hay que decir que a lo largo de toda su obra Pujols mantiene un tono cortés, y si bien defiende el papel decisivo de Cataluña en la historia, no muestra la menor agresividad hacia otras naciones. Eso no impide que constantemente recuerde que hay naciones y naciones:

«Sin negar que todos los pueblos tengan o puedan tener una misión diremos que de todas las misiones que se pueden tener la misión de Cataluña es mil veces superior a todas, y si los catalanes defendemos lo que es catalán por el mero hecho de serlo, como hacen todos los hombres civilizados de la tierra con las cosas de su patria(…) un hombre de cualquier país puede defender Cataluña como si fuera su propia patria, y por eso si nosotros deseamos prosperidad y grandeza a todas las naciones del mundo, también queremos que, piense lo que piense y diga lo que diga el orgullo natural de los pueblos, se reconozca que no hay ninguno sobre la tierra que pueda mirar con indiferencia la constitución de la nacionalidad catalana, porque siendo Cataluña la nación más razonable de las naciones razonables, que son las menos, todos los pueblos de este mundo deben esperar que si un día u otro debe triunfar la razón, como es de esperar que ocurra, este triunfo debe venir de Cataluña, y todos los pueblos que entiendan sus intereses deben procurar la constitución de la nación catalana con más afán que su propia constitución».

El futuro que espera a Cataluña es, por tanto, deslumbrante, y no es de extrañar que el penúltimo capítulo del Concepto se llame 'La dominación catalana'. Contiene el que sin duda es el párrafo más conocido de la obra de Pujols:

«Si bien es cierto que nosotros no lo veremos porque estaremos muertos y enterrados, lo cierto es que los que vengan después de nosotros verán que los reyes de la tierra o los que gobiernen las naciones, se arrodillaran ante Cataluña y entonces será cuando los que hayan leído este libro, si todavía queda algún ejemplar, comprenderán la razón que tenía su autor (…) De los catalanes se dirá que son los compatriotas de la verdad, y todos los extranjeros nos mirarán como si mirasen la sangre de la verdad, y cuando den la mano a un hermano nuestro, más allá del respeto y la veneración que le tendrán, les parecerá que tocan la verdad con las manos, y como habrá muchos que se echarán a llorar de alegría, los catalanes tendrán que enjugarles los ojos con el pañuelo, y ser catalán equivaldrá a tener los gastos [4] pagados en todas partes allá donde vayan, porque bastará y sobrará ser catalán para que la gente los acoja en su casa o les paguen el hotel, que el mayor obsequio que se les puede hacer a los catalanes cuando van por el mundo, y en resumidas cuentas valdrá más ser catalán que millonario». [5]

El Concepto es un libro exhaustivo, pero Pujols es consciente de que el conocimiento que encierra no es accesible a todos los lectores:

«(…) hablando con perdón, suponemos que la inmensa mayoría de nuestros lectores son más burros que una suela de zapato y que si las cosas no se les dan mascadas y bien especificadas no las pueden tragar, porque muchas veces ni siquiera bien especificadas llegan a entenderlas, según algunos nos han confesado».


Quizás por eso Pujols desarrolla en paralelo a la Sumpéctica la Hiparxiología, un ritual destinado a que las verdades de la nueva ciencia clásica catalana estén al alcance de cualquiera:

«El ritual de la religión catalana se denomina Hiparxiología o ritual hiparxiológico, porque está fundamentado en la hiparxiología o ciencia de la existencia, que es la ciencia universal catalana que estudia la existencia conocida (…) El objeto de la Hiparxiología o ritual hiparxiológico de la religión catalana, hija de la ciencia, es, pues, exclusivamente la representación plástica y poética, en forma artística, de las leyes científicas que la hiparxiología enseña con referencia a la religión, procurando que penetre por los ojos y los oídos lo que la ciencia hace penetrar en el pensamiento».

El escenario del ritual -o drama lírico como también lo llama- está protagonizado por una escalera de cinco peldaños que representa el ascenso de la vida desde la humilde piedra hasta el ángel. En este escenario el sacerdote, ataviado con una bata algo incongruente con la solemnidad del momento, va ascendiendo y bajando peldaños mientras pronuncia frases majestuosas:

«Contemplad y meditad. Espíritu y materia, las dos alas del águila infinita encerrada en nuestra jaula, porque es todo lo que podemos conocer. Mirad y ved, escuchad y oíd, que el espíritu unido a la materia es el alma, como dice la ciencia catalana por boca de Xavier Llorenç». [6]

En 1921 Pujols escribe La religión y la moral, y en 1926 Historia de la hegemonía catalana en la política española (1926). En 1927 Pujols se retira a vivir a la Torre de las Horas en Martorell, donde escribirá La visión artística y religiosa de Gaudí (1927), La solución Cambó (1931) y El problema peninsular (1935).


Notas

[1] Francesc Pujols. Hiparxoligi. Existen varias versiones de la Hiparxiología, con mínimas correcciones, que Pujols fue dictando en sucesivos momentos de su vida.

[2] Raimundo de Sabunde, autor de la Teología Natural, que fue traducida y alabada por Montaigne.

[3] Se refiere a la escudella amb carn d’olla, suculento plato catalán con alguna semejanza con el cocido.

[4] En español en el original.

[5] En este momento es pertinente plantearse una cuestión. ¿Es Pujols sencillamente un bromista? Si es así, se toma sus bromas extraordinariamente en serio. Concepto general de la ciencia catalana se extiende a lo largo de tres libros y casi quinientas páginas. Pero además Pujols es un autor prolífico que escribirá obras con escasa pretensión cómica. En cualquier caso lo realmente relevante –y lo verdaderamente divertido- es la cantidad de gente que continúa tomándoselo en serio.


En este video puede verse la presentación en 2012, en el Ateneo barcelonés, de la última edición del Concepto general de la ciencia catalana. En ella, junto a Director General de Cultura de la Generalidad, el doctor en filosofía por la Universidad de Barcelona Joan Cuscó i Clarasó defiende que la obra reeditada es «imprescindible para la cultura catalana”. Esta importancia deriva de haber conseguido trasladar al siglo XX el pensamiento de Ramón Llull, superando el racionalismo de Descartes que, según Cuscó i Clarasó, acabó desembocando en la Alemania nazi. Por eso es muy importante para el pensamiento de Cataluña rastrear la senda de los pensadores catalanes que comienzan en Llull (que es mallorquín), pasan por Vives (que es valenciano) y a los que Cuscó i Clarasó se permite añadir a Juan Mascaró (que también era mallorquín), que fue quien reveló la sabiduría hindú al beatle George Harrison. Cuscó i Clarasó, por cierto, comenta en su blog lo de los gastos pagados de los catalanes, afirmando que en el fondo hay algo de verdad en el asunto.

[6] Se refiere, de forma algo inesperada dentro de la invocación, a Francesc Xavier Llorens i Barba, filósofo catalán autor de Filosofía del sentido común.

Imágenes: 1) y 3) Retratos de Francesc Pujols; 2) Artículo de Pujols en Picarol; 4) Portada de Picarol; 5) Francesc Pujol, en bata sacerdotal, delante del símbolo de la escalera catalana de la vida; 6) Pujols en comic. Viñeta de Les extraordinàries aventures de Francesc Pujols (Sebastià Roig, Toni Benages, Editorial Males Herbes, 2015).