domingo, 29 de abril de 2012

SOBRE LA MODA POLÍTICA (O EL UNIFORME IDEOLÓGICO)


En lo más profundo de su ser, no sólo en palabras sino también en hechos, el revolucionario ha roto cualquier vínculo con el orden social y el mundo cultivado, incluyendo todas sus leyes, propiedades, convenciones sociales y reglas éticas. Es un enemigo implacable del mundo, y si continúa viviendo en él, es sólo para destruirlo más eficazmente” Sergei Nechayev. Catecismo del revolucionario.

Estamos llamados a destruir, no a construir; otros mejores, más inteligentes, menos anquilosados, construirán.” Mijail Bakunin.

He aquí un proyecto ambicioso: contar la historia de los movimientos revolucionarios que florecieron en Rusia en el siglo XIX y principios del XX. Desde luego, ya se ha escrito mucho (y con mucho más conocimiento del que podría aportar yo) sobre el asunto, pero, en mi opinión, normalmente se cometen dos errores de partida. Uno, analizarlos exclusivamente como construcciones racionales. Dos contemplarlos, con simpatía, entendiendo que tenían razón. Ambos errores tienden a reforzarse entre sí.

El primer error se produce cuando el autor entiende que, puesto que los revolucionarios crearon sus propias doctrinas, la mejor manera de entenderlas es exponerlas y analizarlas. Esto es lo que hace, por ejemplo, Franco Venturi en su documentadísimo libro “Las raíces de la revolución”. Desde este punto de vista se considera, por ejemplo, que, en Bakunin, es decisivo haber leído a Hegel y Fichte, a partir de los cuales desarrolló su propia teoría. Un problema de este enfoque es que obliga a leer muchísimo (incluso a Hegel), pues los líderes revolucionarios solían ser prolíficos. Y, con frecuencia, a nuestros ojos, lo leído es sumamente denso pero con poca enjundia. He puesto dos ejemplos al comienzo de estas líneas a modo de test: en la actualidad, no dedicaríamos mucha atención intelectual (policial probablemente sí) a quien manifestara esas opiniones. ¿Somos, pues, más listos que Bakunin? Rotundamente no: Bakunin poseía una mente poderosa. ¿Cuál es, entonces, la explicación del embrollo? En mi opinión, esta: omitir la importancia de la moda.


La moda intelectual de la época apuntaba a Francia y a la Ilustración. El hombre se había convencido de que era racional, y de que con la razón se podía diseñar un mundo nuevo. Había llegado a la conclusión de que el mundo en que vivía era un compendio de maldad, y de que con la mera fuerza de su razón podría construir uno nuevo. De un lado, existía un mundo habitado por personas mezquinas y sin amplitud de miras; del otro, los revolucionarios destinados a barrer el mundo y elevar al hombre a su máxima plenitud. Estas imágenes definían la realidad, y era importante no ser encuadrado en el lado malo. Era imprescindible no ser confundido con un reaccionario. Eso explica la imperiosa necesidad de adoptar y exhibir el uniforme ideológico adecuado. Hablamos, pues, de moda, y no especialmente de razón. Hablamos de una de las más potentes fuerzas emocionales: el mimetismo.

Esto explica nuestra primera perplejidad: no somos más listos que Bakunin, pero podemos ver con más claridad que él porque no estamos sometidos a los mismos espejismos (nosotros tenemos los nuestros) Ahora podemos ver los argumentos fuera del influjo de la moda del momento, y, con frecuencia, el efecto es tan devastador como contemplar ahora unos pantalones de campana. . El enfoque de las ideologías como uniforme ideológico también explica que la revolución prendiera fácilmente en las universidades, pues los jóvenes son especialmente sensibles a la agregación mimética. Y es interesante observar como la moda política, entendida como el afán de adoptar un uniforme que garantice ser admitido en el grupo de los privilegiados, se extendía a su campo habitual, el vestuario:

Desdeñando las muselinas, plumas, parasoles y flores de la mujer rusa, la arquetípica militante del credo nihilista en la década de 1860 vestía un sencillo traje oscuro de lana, que caía recto y suelto desde la cintura, con cuello y puños, y la persona usaba frecuentemente gafas oscuras (1)”

En los hombres funcionaba una etiqueta igual de rigurosa. La indumentaria de las nihilistas no era favorecedora, pero con ella pretendían enfatizar su ruptura de la mujer tradicional. Por otra parte, esta uniformidad de los nihilistas facilitaba notablemente la labor de la policía, por lo que fueron abandonándola. En la actualidad también nosotros tenemos un buen ejemplo de mimetismo ideológico e indumentario en ETA y sus alrededores.

Por cierto, he comentado que en la aproximación tradicional al estudio de los nihilistas los autores suelen cometer dos errores, y el segundo es tratarlos con simpatía. Pues bien, la razón de ello es que la moda ideológica ha cambiado, pero no del todo. La izquierda sigue dominando la moda política actual, y la presión hacia este uniforme ideológico que nosotros padecemos es heredera de la de entonces.


(1) Richard Stites. The Women’s Liberation Movement in Russia – Feminism, Nihilism, and Bolshevism 1860-1930 .

Imágenes:
1.- Ilya Repin: el cónclave de los revolucionarios.
2.- Ilya Repin: estudiante nihilista.
3.- Vera Zasulich, Vera Figner y Sofía Perovskaya
4.- Ilya Repin: el arresto

miércoles, 18 de abril de 2012

SOBRE LA GUERRA TERMONUCLEAR

A pesar de una extendida creencia en contrario, estudios objetivos indican que, aunque la magnitud de la tragedia humana se vería considerablemente incrementada en la posguerra (termonuclear), esto no impediría que la mayoría de los supervivientes y sus descendientes llevaran vidas normales y felices.


Esto podría haber sido enunciado por el doctor Strangelove. En cierto modo así fue. También es correcto decir que fueron escritas en 1960 por Herman Kahn, físico y consultor de la RAND Corporation, un think tank creado para ofrecer asesoramiento a las fuerzas armadas norteamericanas. En aquélla época era frecuente describir la escalada de armamento nuclear de Rusia y Estados Unidos con esta alegoría: dos personas, metidas en un bidón de gasolina, compitiendo por ver quien tiene más cerillas. La imagen se basaba en el convencimiento de que una guerra termonuclear acabaría inexorablemente con ambos contendientes, lo cual tenía su parte buena: en esas circunstancias, ninguna de los dos partes estaría incentivada para lanzar un ataque. Esta estrategia de disuasión, basada en el mantenimiento de un arsenal suficiente, era conocida como MAD: Mutual Assured Destruction (Mutua Destrucción Asegurada)

Pero Kahn veía las cosas de otro modo: un ataque termonuclear no implicaría necesariamente la destrucción automática de ambos contendientes, y ésta dependería de factores tales como la capacidad y voluntad de devolver el golpe y la preparación previa para las consecuencias del evento. En realidad, una guerra termonuclear podía ser ganada por una de las partes. Desde ese punto de vista, cualquiera de ellas podían verse tentadas a intentarlo, y la confianza que proporcionaba la estrategia MAD no era más que un espejismo.

Para Kahn una guerra termonuclear no era más que una guerra, y procedía comenzar a desdramatizar y analizar fríamente las consecuencias. La herramienta usada para este fin fueron los malabarismos numéricos. Tomemos el caso de las malformaciones genéticas producidas por la radiación. Según Kahn era cierto que, si nos fijábamos en los números absolutos, las cifras previsibles eran perturbadoras, pero no porque los riesgos relativos fueran inasumibles, sino porque la población de la tierra era muy numerosa. Y además en el cálculo estaba incluida no sólo la población actual, sino la de los siguientes 10.000 años. ¿10.000 años? Bueno, sí, es el tiempo que algunos materiales radiactivos permanecerían activos. Pero, si uno lo piensa bien, el repartir las bajas a lo largo de 10.000 años no es más que una ventaja:

Si se pidiera a alguien que eligiera entre cuatro situaciones, una en que el 100% de la gente resultara muerta inmediatamente, otra en la que el 10% de cada generación muriera prematuramente, otra en la que un 1% de cada generación muriera prematuramente a lo largo de 100 generaciones, o, finalmente, una en la que el 0,% de cada generación muriera prematuramente a lo largo de 1.000 generaciones, no hay duda de cuál es la situación que escogería la mayoría de la gente. Sin embargo, el número total de muertos sería el mismo.”

Por cierto, en su cálculo Kahn omitía los abortos debidos a la radiación, y explicaba el motivo: “en conjunto, la raza humana es tan fecunda que una pequeña reducción no tendría que suponer un serio problema”. Debíamos restar importancia al asunto de las radiaciones, pues. No debíamos olvidar que “el hombre ha estado sometido a radiación natural durante millones de años, y cualesquiera que sean los potenciales efectos de las exposiciones tras una guerra, éstas no son por naturaleza distintas a aquéllas: únicamente más intensas

Como he dicho, la guerra la ganaría aquél que estuviera mejor preparado de antemano para todas las contingencias de la guerra, y Kahn estaba dispuesto a analizar todos y cada uno de esos aspectos. Por ejemplo, es bien sabido que el estroncio-90 es altamente cancerígeno, y era previsible que grandes cantidades de alimentos quedaran contaminados tras las bombas. ¿Qué hacer? Muy sencillo. Los alimentos se clasificarían en categorías A, B, C, D, y E, según la cantidad de estroncio-90 que contuvieran. Los de categoría A serían lo que contuviesen entre 0 y 200 unidades de estroncio, y los E los que presentaran 25.000 o más. De este modo:

La comida A se restringiría a los niños y las mujeres embarazadas. La comida B sería alimento de alto precio a disposición de cualquiera (que pudiera o estuviera dispuesto a pagarlo). La comida C sería alimento de bajo precio, también a disposición de cualquiera. La comida D se destinaría a las personas mayores de 40 ó 50 años (…) porque con estos niveles de radiación normalmente se tardan décadas en desarrollar cáncer. La mayoría de estas personas morirían de otras causas antes de que lo contrajeran.

De manera injusta, por lo que Kahn es más conocido es por el Doomsday device (el mecanismo del Juicio Final). Este ingenio consistiría en un arsenal de bombas termonucleares, con capacidad para destruir a toda la humanidad, programado para dispararse automáticamente ante determinadas circunstancias (por ejemplo, un ataque previo del enemigo). He hablado antes del Doctor Strangelove, y es el momento de decir que Kubrick se basó en Kahn para este personaje. En cualquier caso, es evidente que Kahn no proponía la construcción del mecanismo: lo presentaba como un elemento teórico para el análisis de la disuasión, para lo que el artefacto era especialmente idóneo. Resulta parcialmente tranquilizador que “sólo unos pocos científicos e ingenieros” se sintieran atraídos por la posibilidad de construir un Doomsday device. Pero lo cierto es que la cuestión deja abiertas perturbadoras preguntas. Es obvio que casi ningún político ni militar estaría dispuesto a poner en peligro la vida de todos los habitantes del planeta (especialmente, porque con el Doomsday device su propia vida estaría en juego). Pero ¿cuántas vidas estarían dispuestos a arriesgar? Según Kahn “ambos, Estados Unidas o la OTAN estarían dispuestos a afrontar renuentemente 100 o 200 millones de muertos debidos a los efectos inmediatos de una guerra” Y posiblemente lo más inquietante de toda la frase es ese “o” que parece delatar la escasa importancia que Kahn concede a una diferencia de 100 millones de personas muertas.

"On Thermonuclear War". Herman Kahn; 1960