lunes, 28 de febrero de 2011

AZNAR, DICTADOR DE LIBIA

En un artículo titulado “El negocio del tirano: Aznar ese buen amigo” un tal Ignacio Cembrero se dedica a desvelar la trama mediante la que Aznar mantuvo a Gaddafi en el poder a cambio de un caballo. Es esta una noticia destinada al homo videns, de modo que las imágenes son decisivas. Por eso en un lateral de la notica, bajo el título “El tirano que compró a occidente” aparece una foto de un Aznar sonriente y otra del dictador libio. Al otro lado, en una foto obtenida sin duda con cámara oculta, puede verse cómo Gaddafi entrega el caballo a Aznar, que lo acaricia con expresión lasciva.

Pero el artículo no se queda en las imágenes. Ante la improbable eventualidad de que alguno de sus lectores se anime a leerlo, Cembrero lo comienza con esta declaración impactante: ”los jefes de Estado y de Gobierno europeos visitan oficialmente a los autócratas del Tercer Mundo y, a veces, justifican bajo cuerda esos viajes alegando que defienden los intereses del Estado, que abren mercados a las empresas de su país y crean así empleo”. Superada la perplejidad motivada por la inevitable contradicción entre “justificación” y “bajo cuerda”, todo parece indicar que Aznar ha sido el valedor de Gaddafi por un mero afán de enriquecimiento personal. Se adjuntan como pruebas, además del caballo, que en una visita a Libia Aznar participó en un banquete, y que, en otra de Gaddafi a España, éste “lo invitó a degustar tres corderos preparados por su cocinero”.

Pero un momento ¿Zapatero no ha visitado recientemente a Gaddafi? Si, pero lo ha hecho con buena intención. E incluso esa ocasión fue malévolamente aprovechada por Aznar a través de su yerno: ”El viaje de José Luis Rodríguez Zapatero a Trípoli, en junio pasado, abrió nuevas oportunidades de negocios y le brindó a Agag la posibilidad de iniciar su andadura en Libia. Al mes siguiente de esa visita puso en marcha en Libia un inmenso coto de caza repleto de perdices importadas de España.

La noticia completa aquí.

lunes, 21 de febrero de 2011

EL PARADIGMA DE LA RECOMPENSA INSUFICIENTE

“La oposición de ideas (cogniciones) irreconciliables que concibe simultáneamente un mismo individuo crea una fuerza motivadora que, en las circunstancias apropiadas, lleva al reajuste de las creencias para acomodarlas a la conducta, en vez de cambiar la conducta de acuerdo con las propias creencias”. Leon Festinger

"Quién no vive como piensa, acaba pensando como vive". Gabriel Marcel*

Pongamos un anuncio en prensa y contratemos a un grupo de personas para que realicen un trabajo durante unas horas. Encarguémosles, durante ese tiempo, la realización de las tareas más monótonas, aburridas, frustrantes, y soporíferas que consigamos imaginar. Una vez finalizadas éstas, dividamos al grupo en dos. Encarguemos a todos ellos que, por favor, convenzan a los nuevos candidatos, que esperan para realizar la misma tarea, de que se trata de una actividad apasionante. Para los integrantes del primer subgrupo, reforcemos esta petición con una cuantiosa recompensa económica (digamos, 200 €). A los del segundo, incentivémoslos con una recompensa ridícula (supongamos 5 €). Una vez realizado este encargo, sometamos a todo el grupo, nuevamente reunido, a una encuesta sobre el trabajo realizado previamente. Para nuestra sorpresa, los miembros del segundo subgrupo, aquellos que han mentido a los candidatos por una suma insignificante de dinero, declararán haber encontrado la tarea mucho más interesente que aquellos que han mentido por una cantidad sustanciosa.

La disonancia cognitiva es la sensación desagradable que se produce en el individuo cuando en él concurren simultáneamente cogniciones (en palabras de Festinger) contradictorias. Estas cogniciones abarcan tanto las creencias del individuo (incluyendo lo que considera que es bueno y malo, así como su percepción de sí mismo), su conducta, y la percepción de los hechos (es decir, la propia realidad). Si bien la secuencia lógica en un ser racional debería ser adaptar la conducta a los creencias, Festinger afirma que, en realidad, los lados más débiles del triángulo (conducta, creencias, hechos) son las creencias, que se pueden reformular para que se adapten a nuestra conducta, e incluso la realidad, que se puede distorsionar para que, a martillazos, encaje penosamente en el esquema. Por eso, el ajuste de la disonancia produce efectos tranquilizadores en el individuo a corto plazo, pero lo condena a vivir en un mundo definido a partir de su conducta previa. De este modo, el asesino vivirá en un mundo en el que el crimen es normal e incluso recomendable.

A partir de la formulación de la teoría de la disonancia, y la realización de diversos experimentos, Festinger definió varios patrones típicos de conducta, que el llamó “paradigmas”. El que describe el experimento citado al comienzo de estas líneas es el “paradigma de la recompensa insuficiente”. En este caso, la disonancia generada por la concurrencia de las cogniciones contradictorias a) mentir es malo, b) yo soy bueno, y c) estoy mintiendo, se atenúa ante la existencia de un motivo sólido (por ejemplo, lo he hecho porque me han amenazado de muerte, o porque me han dado mucho dinero). Sin embargo, una recompensa mísera no proporciona una justificación suficiente (“no puedo ser tan cutre como para mentir por una miseria”), por lo que la disonancia se tiene que eliminar haciendo desaparecer el factor más débil, es decir, la realidad. De este modo, el sujeto intenta hacer desaparecer el hecho de haber mentido, y para ello se tiene que convencer de que, en realidad, la tarea encomendada no ha estado tan mal.

El paradigma de la respuesta insuficiente era bien conocido (y fue convenientemente aplicado) por los chinos en la guerra de Corea. Después de ésta, los norteamericanos se quedaron asombrados ante la gran cantidad de conversiones al comunismo producidas entre los prisioneros de guerra. Las explicaciones apuntaron a torturas y lavados de cerebro, pero en la mayoría de los casos la respuesta estaba en el paradigma de recompensa insuficiente. Parece ser que los chinos pedían a los prisioneros norteamericanos que escribieran artículos que contuvieran elogios hacia el comunismo (o que fueran levemente anticapitalistas), y, a cambio, les ofrecían pequeñas cantidades adicionales de arroz. Los prisioneros, que habían cedido ante las magras raciones sufrían el efecto del paradigma de recompensa insuficiente, y acababan convenciéndose de que creían realmente lo que habían escrito.

Por si quieren conocer otro de los paradigmas de Festinger, el del aumento del proselitismo ante el fracaso de la creencia, lo pueden encontrar
aquí.

* Esta frase, proporcionada por el bloguero MAIMONIDES, parece tener una paternidad discutida, aunque en internet se atribuye mayoritariamente a Marcel.

miércoles, 16 de febrero de 2011

EL PRETENDIDO LAICISMO

La Ilustración se encargó de convencer al hombre de que es un ser racional. No es así, desde luego. Los instintos y emociones no desaparecen ante una declaración solemne (afortunadamente), y. en una abrumadora proporción, los hombres continúan tomando sus decisiones por impulsos emocionales. ¿Qué tenía que hacer el ser humano para seguir viéndose a sí mismo como racional? Pues aprender a construir argumentaciones a posteriori para justificar las decisiones emocionales tomadas de antemano. Es esta una habilidad en la que ha alcanzado cotas de virtuosismo, pues ha llegado a conseguirlo de manera instantánea y sin ser consciente del proceso. En esta fase estamos: el hombre no es predominantemente racional, sino mentirosillo (incluso ante sí mismo) lo que lo hace, con frecuencia, un poco cargante.

Dentro del mapa de emociones de la persona, hay un conjunto francamente importante de ellas (inmortalidad, pertenencia, desamparo…) que tradicionalmente encontraban resguardo en la religión. No me parece bien ni mal. Pero las religiones, que habían renunciado explícitamente a la aplicación de la razón en su campo, quedaron por este motivo completamente desprestigiadas por la Ilustración. Las emociones no habían desaparecido, desde luego, pero el hombre moderno ya no podía acudir a la religión. ¿Qué hacer? Pues buscar algo nuevo* que, a la vez que continuara satisfaciendo su anhelo de inmortalidad y de pertenencia, y dando sentido a su vida, mantuviera un disfraz racional aceptable. Era el tiempo, por tanto, de las religiones científicas, de la que el marxismo y sus derivados constituyen un ejemplo evidente.

Visto desde este punto de vista ¿qué quiere decir laicismo? ¿Qué la religión esté ausente de la política? Pues bien, esto es algo que la religión católica ha conseguido desde hace mucho tiempo. Pero, obviamente, no ocurre así con las religiones modernas, en las que la política es, precisamente, el receptáculo de las emociones religiosas. Es altamente ridículo, por tanto que los más furibundos laicistas sean, a la vez, adeptos a una religión política como la Progresía.



* Esto es, creo, a lo que se refiere la famosa frase de Chesterton: lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en todo.

jueves, 10 de febrero de 2011

IG FARBEN (6)

La Gran Depresión no alteró en absoluto la decisión de Bosch de producir carburante sintético a partir del carbón, pero no todos compartían su opinión en IG Farben. En julio de 1930, al regresar de vacaciones, Bosch encontró a una parte de los directivos que, en franca rebelión, pedían el cierre inmediato de la planta de Leuna. Ante la discrepancia, ambas partes acordaron constituir dos comités que evaluaran de forma independiente la viabilidad del proyecto. El primero dictó un informe desfavorable. Con la caída del precio del petróleo, la gasolina sintética sólo podría ser rentable si el gobierno la subvencionaba, lo que equivaldría a depender de él y, consiguientemente, a estar dispuestos a aceptar su influencia. El segundo comité, por el contrario, recomendó la continuación del proyecto, y el peso de Carl Bosch desequilibró la decisión a su favor. Poco después, Bergius y Bosch recibieron el premio Nobel de física por “la invención y desarrollo de los procesos químicos de alta presión”. Bosch fue el primer ingeniero en recibir la distinción.

Mientras tanto, la presencia de numerosos judíos entre sus administradores y técnicos había convertido a IG Farben en blanco de los nazis, que se dedicaron a representarla como “IG Moloch”, en referencia al sanguinario dios semita, o mediante una grotesca caricatura de Shylock con el nombre “Isidore G. Farber”. Los ataques nazis eran preocupantes, y a finales de 1931 se decidió poner a Heinrich Gattineau, un prometedor empleado con excelentes relaciones con el partido nacional socialista, como jefe de prensa en Berlín. A lo largo del siguiente año los directivos de IG Farben tomaron nota del ascenso del partido nazi. En las elecciones presidenciales de marzo de 1932 el NSDAP obtuvo el 36,8% de los votos, y en las elecciones al Reichstag de julio el porcentaje ascendió hasta el 37,4%, convirtiéndose en la mayor fuerza política en el parlamento, con un porcentaje superior a la suma de los partidos socialdemócrata (21,9%) y comunista (14,6%). Hitler solicitó al presidente Hindenburg ser nombrado Canciller, pero éste declinó. Sin el apoyo de Hitler el gobierno era inestable, y nuevas elecciones fueron programadas para noviembre.

Bosch decidió que había llegado el momento de contactar con Hitler. Pidió a Gattineau que solicitara una cita, a la que acudiría el propio Gattineau y Heinrich Buetefisch, que, aunque no había cumplido cuarenta años, era director técnico de Leuna y una autoridad en los procesos de alta presión. La cita tuvo lugar en noviembre en Munich, justo antes de las elecciones. Hitler llegó evidentemente cansado por la campaña electoral que desarrollaba, pero demostró un gran interés y un gran conocimiento sobre la obtención de carburante sintético. Alemania necesitaba permanecer independiente de los suministros extranjeros, manifestó, y una economía sin petróleo era impensable. Por ello “el carburante alemán para motores debe convertirse en una realidad, aunque requiera sacrificios; por lo tanto, es imprescindible que el proceso de hidrogenación de carbón continúe”. Estaba programada una duración de treinta minutos para la entrevista, pero se extendió durante dos horas y media. Hitler aseguró a los enviados e IG que la compañía podía contar con su apoyo, tanto político como financiero. Cuando reportaron a Bosch, éste exclamó: este hombre es más sensato de lo que pensaba.

En las elecciones de noviembre de 1932 el partido nazi descendió al 33,1%, mientras que el partido comunista ascendía hasta el 16,9%. La alarma cundió entre los empresarios. Hjalmar Schacht, presidente del Reichsbank, se puso de acuerdo con prominentes industriales y redactó una carta para el presidente Hindenburg, en la que, en esencia, pedían que nombrara Canciller a Hitler. Fue firmada por personas tan influyentes como Krupp, Siemens, Thyssen, Bosch (el tío de Carl), von Schroeder y Voegler. Carl Bosch no estaba entre ellos. En febrero Schacht volvió a dirigirse a los industriales y les solicitó la aportación de un millón de marcos para apoyar la campaña del partido nazi. IG accedió a colaborar con 400.000 marcos, con gran diferencia la mayor aportación individual. El apoyo de IG a Hitler era ahora oficial. En las elecciones de marzo de 1933, el partido nazi obtuvo 5,5 millones de votos más que en las elecciones precedentes, y ascendió a un 43,9% de los votos.

Poco después de las elecciones Bosch y Hitler se reunieron por primera vez. Al principio las cosas se desarrollaron bien. Hitler confirmó su deseo de que Alemania fuera autosuficiente en carburante, y reiteró su completo apoyo al proyecto de hidrogenación. En un momento dado Bosch planteó una cuestión que sus asesores le habían aconsejado evitar. Si los científicos judíos eran obligados a abandonar el país, expuso, la química y la física retrocederían 100 años en Alemania. Hitler, perdiendo la compostura, gritó: pues trabajaremos 100 años sin físicos ni químicos. A continuación, con la cara encendida, llamó a su secretario y, sin dirigirse a Bosch, le dijo que su visitante deseaba marcharse. Jamás volvieron a reunirse. Bosch continuó con su campaña a favor de los científicos judíos. Como Fritz Haber, que en abril había sido destituido de su cátedra en la Universidad de Berlín. No sirvió de mucho. Haber se vio obligado a huir de Alemania, y en enero de 1934 murió, abandonado y devastado, en Basilea.

Pero la hostilidad personal entre Hitler y Bosch no interfirió en el proyecto compartido de creación de gasolina sintética. El 14 de diciembre de 1933 Bosch y Schmitz, en representación de IG, firmaron un acuerdo con el gobierno para incrementar exponencialmente la producción de Leuna en los siguientes cuatro años, de modo que, a finales de 1937, estuviera en condiciones de producir 350.000 toneladas anuales de carburante. A cambio, el gobierno se comprometía a garantizar un precio, muy superior al del petróleo, que cubriera los costes de producción y un 5% en concepto de beneficios. De este modo, la incertidumbre económica se desvanecía por completo del horizonte de IG Farben.

Mientras tanto, una vez fijadas las bases para conseguir la autosuficiencia alemana en carburante, Hitler la buscó para otras materias primas, y la más importante era el caucho. Aquí se encontró con la oposición, tanto del ejército como de Hjalmar Schacht, que acababa de ser nombrado Ministro de Economía del Reich. Las objeciones de los militares provenían del hecho de que, hasta ese momento, ninguno de los sustitutivos sintéticos del caucho, Buna incluida, resultaban aceptables. Para el segundo se trataba de una mera cuestión económica: el coste de Buna era 5,5 veces superior al precio de mercado del látex.

En Septiembre 1935 se celebró en Nuremberg el 7º congreso del partido nazi, llamado “Congreso
de la Libertad” (libertad, en este caso, se refería frente al Tratado de Versalles), que Leni Riefenstahl reflejó en un documental titulado “Día de la Libertad:nuestra Wehrmacht”. Entre otras cosas, Hitler anunció que el caucho sintético podía considerarse un problema resuelto. De modo que Bosch, a pesar de la oposición de Schacht, comenzó la construcción de una nueva planta de Buna en Schkopau, cerca de Leuna. En abril de 1936 Göring fue nombrado Comisario de Materias Primas, y colocó a Carl Krauch, directivo de IG, al frente de su comité de expertos. Inmediatamente comenzó la redacción de un plan cuatrienal para conseguir la autosuficiencia de materias primas cuyo objetivo era, en esencia, preparar a Alemania para la guerra. Hitler lo anunció en el siguiente Congreso de Nuremberg (“Congreso del Honor”; documental de Riefenstahl “Nuremberg festivo”): ”En cuatro años Alemania debe ser completamente independiente de los países extranjeros con respecto a todos los materiales que, en una forma u otra, pueden ser producidos a través de la capacidad alemana en química, ingeniería y minería”.

El 90% de las inversiones previstas en el plan cuatrienal fueron destinadas al sector q
uímico, y el 73% directamente a IG Farben. A lo largo del siguiente año se produjo un decidido proceso de nazificación de la compañía. La mayor parte de los directivos ingresaron en el Partido Nacional Socialista, mientras que todos los judíos fueron depurados de sus cargos directivos y técnicos. Mientras tanto, la pugna entre Schacht, por un lado, y Göring e IG Farben por otro, finalizó con el descalabro absoluto del primero, que en 1937 fue despojado de todo su poder. Paralelamente, Göring fue confiando cada vez más en Krauch. Sus esfuerzos en la preparación de Alemania para la guerra fueron reconocidos por Hitler, que le concedió la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro.