lunes, 10 de octubre de 2011

EL HOMBRE DISUELTO (2)

Pues parece que me he metido en un berenjenal. Eric Hoffer demuestra una penetración sicológica sorprendente y el libro está trufado de frases brillantes, de modo que la tarea de resumirlo es francamente complicada. Únicamente se podría poner algún pero a su sistematización. El libro esta dividido en cuatro partes:

1. La llamada de los movimientos de masas.
2. Los conversos potenciales.
3. Unidad de acción y autosacrificio.
4. Principio y fin.

Las partes 1 y 3 se dedican a describir los impulsos que mueven a las personas a fundirse en una masa. La 2 se centra en el perfil de los más proclives a ello. La 4 se encarga de estudiar la evolución del movimiento de masas, y el papel que desempeñan en cada fase distintos tipos de personas, desde los intelectuales hasta los fanáticos. Centrémonos ahora en las partes 1 y 3.

Lo primero que hay que decir al estudiar la atracción de la masa es que hay fuerzas que son evidentes y otras que no lo son tanto. Todas ellas derivan de necesidades emocionales de la persona por lo que, a pesar de que el movimiento de masas siempre dice defender nobles causas, el impulso que lleva a él es egoísta. Entre las primeras está, obviamente, el deseo de cambio, que a su vez deriva directamente de la insatisfacción de la persona con su condición presente. Esto no quiere decir que, cuanto peor sea la situación de partida, mayor sea la probabilidad de que el movimiento se desencadene. Para que éste se ponga en marcha es imprescindible que concurra una cierta sensación de poder. Ni la revolución bolchevique ni la francesa estallaron cuando las condiciones de vida eran más opresivas sino, paradójicamente, cuando habían comenzado a mejorar. En Francia, por ejemplo, habían desaparecido instituciones que se mantenían intactas en otros países de Europa (1).

Me interesan más el segundo grupo de fuerzas, las menos obvias. Copio un párrafo de Erich Fromm que viene perfectamente al caso:

Lo que caracteriza a la sociedad medieval, en contraste con la moderna, es la ausencia de libertad individual. Todos, durante el periodo más primitivo, se hallaban encadenados a una determinada función dentro del orden social. Un hombre tenía pocas probabilidades de trasladarse socialmente de una clase a otra, y no menores dificultades tenía para hacerlo desde el punto de vista geográfico. (…)

Pero aún cuando una persona no estuviera libre en el sentido moderno, no se hallaba ni sola ni aislada. Al poseer desde su nacimiento un lugar determinado, inmutable y fuera de toda discusión, dentro del mundo social, el hombre se hallaba arraigado dentro de un todo estructurado, y de este modo la vida poseía una significación que no dejaba ni lugar ni necesidad para la duda.
”.(2)

Según Fromm, hasta el Renacimiento el hombre no tenía libertad, pero a cambio tenía un sitio definido en el mundo. Formaba parte de una comunidad, y dentro de ésta de un estamento y de un gremio. No tenía que plantearse grandes cuestiones, porque lo que se esperaba de él estaba perfectamente claro. Su vida tenía un sentido derivado de su pertenencia al grupo, y así incluso las cuestiones de inmortalidad eran menos relevantes, porque el grupo es inmortal.

Con el paso al mundo moderno, el hombre comienza a ser dueño de su destino, y enseguida descubre que esto no es una ganga. Liberado de los lazos que lo unen con el grupo, el hombre siente antes el peso de la soledad que los beneficios de la libertad. Su insignificancia ante la inmensidad del espacio y el tiempo lo angustia: se visualiza a sí mismo como un náufrago agarrado precariamente a una tabla en un negro e infinito océano. El miedo y la incertidumbre lo abruman.

Para colmo, la capacidad de tomar las propias decisiones viene acompañada de la responsabilidad. Integrado en un grupo, el hombre se limita a seguir sus movimientos como pez en cardumen; fuera de él es responsable de sus actos.

Surge, además, un problema adicional. Liberado a sus propios recursos, el hombre descubre que dispone de un tiempo limitado y que no puede desperdiciarlo: se ve obligado a desarrollar un buen papel. Para el que fracasa, la visión de los que triunfan se hace insoportable. Aparece con fuerza la frustración. Descubre que una igualdad, en la que nadir destacar, es mucho más gratificante.

Soledad, incertidumbre, insignificancia, miedo, responsabilidad, posibilidad de fracaso, envidia, frustración, mortalidad. En estas condiciones, no es de extrañar que experimente un fuerte deseo de rehacer los lazos rotos que lo unían con la comunidad. De renunciar a su individualidad. Por eso, el deseo de disolución es potente, y la llamada de la masa una tentación constante.

Hoffer proporciona una serie de ingredientes para que la receta de la masa sea exitosa. Uno de ellos es la denigración del presente: “Todos los movimientos de masas menosprecian el presente pintándolo como un mero preámbulo para un glorioso futuro; un simple felpudo en el umbral del milenio. Para un movimiento religioso el presente es un lugar de exilio, un valle de lágrimas que conduce al reino de los cielos; para un revolucionario social, es una mera estación en el camino a la Utopía; para un movimiento nacionalista es un innoble episodio previo al triunfo final.

En realidad, el correcto manejo del tiempo no sólo debe apuntar hacia el futuro, sino también hacia el pasado: “los movimientos religiosos se remontan al día de la creación; las revoluciones sociales hablan de una edad de oro en la que los hombres libres, iguales e independientes; los movimientos nacionalistas reviven o se inventan memorias de pasadas grandezas.”. Este abandono del presente a favor del pasado y el futuro es muy importante para la disolución completa del individuo, pues éste, que realmente no dispone más que del presente, podrá acceder a sacrificarlo todo y, si la causa lo requiere, matar o morir. Permítanme acabar con este párrafo genial:

Una conciencia histórica proporciona una sensación de continuidad. Poseído por una vívida visión del pasado y el futuro, el verdadero creyente se ve a sí mismo como parte de algo que se extiende ilimitado hacia el pasado y el futuro: algo eterno. Puede desprenderse del presente (y de su propia vida) (...) porque no es el principio y el fin de todas las cosas. Es más, una vívida conciencia del pasado y el futuro despoja al presente de su realidad. Hace que el presente parezca una etapa en una procesión, o un desfile. Los seguidores de un movimiento de masas se ven a sí mismos marchando con tambores y banderas al viento. Son participantes de un emocionante drama representado ante una vasta audiencia _generaciones que ya se han ido y generaciones venideras. Se les hace creer no son ellos mismos, sino actores interpretando un papel, y sus actos una representación más que algo real. Morir, asimismo, lo ven como un gesto, un acto de fantasía.

(continuará, me temo)
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(1) En Alemania el campesino continuaba vinculado a la tierra que trabajaba, que no podía abandonar. Además estaba obligado a trabajar gratuitamente para su señor, en ocasiones hasta tres días por semana, mientras que en Francia la corvée ya había desaparecido. A este respecto dice Tocqueville en "El Antiguo Régimen y la Revolución": “Una cosa sorprende a primera vista: la Revolución, cuyo objeto propio consistía en abolir por doquier las restantes instituciones medievales de la Edad Media, no estalló en los lugares en los que tales instituciones, conservándose mejor, hacían sentir más al pueblo sus trabas y su rigor, sino al contrario en aquéllos donde lo hacían menos; de suerte que el yugo ha parecido más insoportable allí donde, en realidad, era menos pesado.

(2) Erich Fromm. El miedo a la libertad.