sábado, 20 de diciembre de 2014

CULTURAS DE HONOR

Los antropólogos llaman “culturas de honor” a las sociedades en las que concurren dos supuestos: 1) no existe un poder estatal efectivo, de modo que las personas no están protegidas por leyes; 2) por lo anterior, las personas pueden verse fácil y súbitamente desprovistas de sus propiedades y de sus vidas.

”En estas regiones el estado a menudo tiene poco poder para garantizar el cumplimiento de la ley, y los ciudadanos tienen que crear su propio sistema de orden. El medio para hacerlo es la regla de la venganza: si te metes conmigo te castigaré”.

En estas circunstancias mantener una reputación, la de alguien capaz de defenderse recurriendo en su caso a la violencia, puede garantizar una existencia más larga y próspera. Entre las culturas de honor están el far west, la mafia y los beduinos [1].

”Para mantener un creíble poder de disuasión, el individuo debe proyectar una imagen de disposición a responder agresivamente, a afrontar heridas y arriesgar la vida. De este modo debe estar constantemente en guardia contra afrentas que podrían ser interpretadas como falta de respeto. Cuando alguien permite ser insultado, se arriesga a dar la impresión de que carece de la determinación para defenderse lo que es suyo”.

Honor, por tanto, equivale aquí a reputación. En las culturas de honor las personas tienen que estar muy atentas al insulto, porque dejar pasar uno sin respuesta puede indicar que la víctima no tiene el suficiente coraje como para plantear resistencia. El insulto funciona entonces como un tanteo: en caso de no obtener respuesta, el siguiente paso sería la agresión. Desde luego las culturas de honor son altamente violentas y constituyen el hábitat idóneo para los individuos más primitivos, brutales y desagradables. Pero también tienen algunos efectos secundarios benéficos. Para empezar, al ser sociedades en las que un insulto, incluso inadvertido, puede tener consecuencias desagradables para el que lo emite, tienden a desarrollar estrictas normas de cortesía. Además la consideración de la reputación como algo inmaterial vulnerable al insulto favorece el desarrollo de los conceptos de respeto y dignidad.


Posiblemente la película que mejor muestra la sensibilidad ante el insulto en una cultura de honor sea Horizontes de grandeza, de William Wyler, pero hay muchos otros ejemplos. En True Grit, el estupendo remake de los Cohen, el ambiente produce una niña dispuesta a todo para vengar a su padre asesinado, actitud que no deja de despertar admiración entre buenos, malos y espectadores. El hombre que mató a Liberty Valance [2] representa el tránsito de una cultura de honor a una sociedad con leyes. El tránsito es obviamente una bendición, pues supone la destrucción del caldo de cultivo de todos los candidatos a ser Liberty Valance. Pero también implica la desaparición de tipos de una pieza como Tom Doniphon, que tienen que asistir a su propia extinción y a que su chica se largue con el abogado. Esta paradoja, la aparición benéfica de la ley y la nostálgica desaparición de tipos recios es también tratada en los llamados westerns “crepusculares”, como Grupo salvaje. Dentro de las sociedades sin ley, los antropólogos han llegado a la conclusión de que las sociedades basadas en la ganadería son más tendentes a crear culturas de honor que las sociedades agrícolas, quizás porque están más expuestas al robo. Los perpetuos conflictos entre los violentos barones ganaderos y los más pacíficos colonos también los recoge Hollywood. Véase La línea del cielo (si se dispone de abundante tiempo sobrante), Shane, o Chisum.

Curiosamente, dentro de las sociedades con ley se puede detectar la pervivencia de culturas de honor. Por ejemplo, según han demostrado los psicólogos Richard E. Nisbett y Dov Cohen, en el sur de Estados Unidos:

”La tesis de este libro es que el Sur tuvo – y en un grado sustancial aún tiene – un tipo de cultura de honor”.

“La frontera que marca la ausencia de ley se fue moviendo más hacia el sur y más hacia el oeste con cada década desde el comienzo del siglo XVII hasta el final del XIX. La economía ganadera en sus diversas formas se fue desplazando con ella. En el Sur, la frontera ahora ha desaparecido, y pocos continúan viviendo de la ganadería. Pero todo parece indicar que la violencia y la ideología dirigida a la violencia creada por estas condiciones ha pervivido”.

Los experimentos de Nisbett y Cohen en la Universidad de Michigan son brillantes. Selecciónese a unos cuantos participantes norteños y sureños, que no deben conocer el objeto real del experimento, y encárguese a cada uno ciertas tareas que no tienen nada que ver con el mismo. Pídase en un momento dado a cada uno que vaya a recoger algo de un despacho situado al final de un pasillo. Sitúese en el mismo a un cómplice para que los golpee con el hombro al pasar y les llame “gilipollas”. Sométase a continuación al participante a una serie de análisis y pruebas [3].

“Demostramos que después de ser insultados los sureños expresan más cólera que los norteños, sufren más cambios hormonales indicativos de estrés y preparación para la agresión, actúan más agresivamente hacia otros individuos, y exhiben más dominación. Además, el sureño insultado cree que la afrenta lo humilla a los ojos de los otros en un grado muy superior a los norteños”.


Nisbett y Cohen demuestran además que los sureños están mucho más dispuestos a recurrir a la violencia que los norteños, pero no indiscriminadamente sino selectivamente:

“Los sureños no apoyan la violencia de cualquier tipo, sino precisamente los tipos de violencia que se supone que las culturas de honor promueven. Los sureños, comparados con los norteños, están más inclinados a favor de la violencia cuando es para proteger la propiedad, o como respuesta a un insulto”.

En un proceso de selección de personal, tanto en el norte como en el sur se tiende a rechazar a un candidato que presenta antecedentes penales por robo. Sin embargo, en el sur se puede ver con benevolencia a alguien que acaba de salir de la cárcel por matar a aquel que insultó a su novia.

“Las altas tasas de homicidios en el Sur reflejan valores de autoprotección, sensibilidad ante el insulto, y disposición a asumir los asuntos relativas a castigos en las propias manos”.

Richard E. Nisbett y Dov Cohen: Culture of honor: the psychology of violence in the South.

[1] También, al parecer, los españoles éramos una cultura de honor, como demuestra Iñigo Montoya. O los corsos, según Goscinny.


[2] En el idioma original, The man who shot Liberty Valance. Shoot puede entenderse como “pegar un tiro” y como “matar a tiros”. En un divertido artículo del Huffington Post Daniel Gamero defiende que la traducción en español es mala porque hace desaparecer la ambigüedad y se carga el suspense de la escena, cuando no se sabe si Valance está vivo o, afortunadamente, muerto. También se mete con la sorprendente traducción de una sabrosa comida, compuesta por un chuletón, alubias y patatas, convertida súbitamente en un dietético asado con guisantes. Y con otra más chocante aún: la apetitosa tarta de manzana queda convertida en español en ¡una piña!

[3] He seleccionado un gráfico (para verse correctamente se debe hacer click sobre él) que me parece especialmente representativo. Muestra los cambios producidos en la producción de cortisol, hormona relacionada con altos niveles de estrés y ansiedad, y de testosterona, hormona relacionada, entre otras cosas, con la preparación para la agresión y la dominación. Obsérvese la espectacular diferencia de efecto que produce el insulto en norteños y sureños.

sábado, 13 de diciembre de 2014

MITCHELL EL TEMIBLE: LA RISA Y LOS 40 MILLONES

”Sólo soy un tipo al que se le pidió hacer algo por su país”.

James Mitchell a The Guardian Los utilitaristas definen lo bueno independientemente de lo que es justo, y a continuación definen lo justo como aquello que maximiza lo bueno. Queda por tanto definir qué es lo bueno, y si decidimos que es el placer llegaremos al hedonismo, si es domeñarlo al estoicismo, si es la felicidad al eudemonismo, y si es el logro de la excelencia al perfeccionismo. En cualquier caso podemos decir que para el utilitarismo clásico el bien está en la satisfacción racional del deseo, lo que presupone, que no es poco, que los seres humanos somos básicamente racionales.

Lógicamente las satisfacciones de las distintas personas en una sociedad pueden ser incompatibles. El utilitarista busca alcanzar la maximización del bien, diseñando funciones de utilidad a partir de las distintas combinaciones de satisfacciones en conflicto y dibujando curvas de indiferencia. Una de las características del utilitarismo es que, para juzgar la bondad (es decir, la justicia) de un resultado, atiende a la suma de satisfacciones alcanzadas, pero no a cómo se distribuyen éstas entre los participantes. Para los utilitaristas “no hay en principio razón por la cual las mayores ganancias de alguno no han de compensar las menores pérdidas de otros, o, lo que es más importante, por qué la violación de la libertad de unos pocos no pudiera ser considerada correcta por un mayor bien compartido por muchos”, nos explica Rawls en su Teoría de la justicia.

El pensamiento utilitarista presupone la existencia de un observador imparcial y empático que juzga desde fuera la situación y evalúa los distintos bienes en juego. Al ser empático se pone en la piel de aquellos cuyos intereses están en juego, y decide si es razonable sacrificar unos a costa de otros si el resultado obtenido maximiza la función de utilidad.

La justificación de las torturas es eminentemente utilitarista: a costa de sacrificar unos determinados bienes (la dignidad, la integridad, y el deseo de no sufrir de unos sospechosos) se han alcanzado otros bienes (la prolongación de la vida de las eventuales víctimas) Puestos ambos grupos de bienes en la balanza por el imparcial espectador, pesan más las vidas salvadas que los daños causados, y de este modo la decisión es justa y todos duermen bien por las noches. Comencemos con una observación: en la balanza se han pesado daños causados reales junto con daños evitados potenciales (podrá argumentarse: son potenciales precisamente porque se han evitado y no han llegado a convertirse en reales).

Pero sigamos ¿es realmente imparcial el espectador? No desde luego el psicólogo James Mitchell, cuya próspera empresa de torturas se ha embolsado más de 40 millones de dólares (posiblemente para el utilitarista estricto también los 40 millones deberían pesar en la balanza, aunque no sabemos en qué platillo). Mitchell, por cierto, y contra todo pronóstico, se ha definido como firme partidario de Amnistía Internacional, habiendo llegado incluso a ofrecerse para participar en campañas para recaudar fondos. En cualquier caso tampoco el espectador estadounidense parece imparcial, y de hecho todo el asunto de las torturas hace aflorar colateralmente un cierto tufillo xenófobo. Porque, si admitimos las torturas bajo el argumento del mayor daño evitado, cabría importarlas al ámbito doméstico y emplearla, por ejemplo, para desmantelar organizaciones criminales, cosa que no parece que incluso los más esforzados utilitaristas estén dispuestos a aceptar. ¿Es más lícito entonces aplicar torturas a extranjeros sospechosamente oscuros, que hablan lenguas bárbaras, que a aborígenes del país? Dejémoslo ahí.

He aquí una paradoja. Una vez aceptada la procedencia de la tortura ¿es admisible todo tipo de tortura? Parece que no. Seguramente la opinión pública se habría visto aún más indignada si Mitchell, recurriendo a los clásicos, hubiera recomendado el uso del potro, o la extracción de los ojos del torturado. Parece, por tanto, que, después de haber antepuesto lo bueno a lo justo, el juicio utilitarista descubre súbitamente consideraciones humanitarias, o estéticas.

Es el momento de decir que no debe de haber un solo utilitarista que haya aprobado las torturas (entre otras cosas porque la mayoría detesta a Bush), pero no cabe duda que, con sus planteamientos, no es complicado legitimarlas. Y es que es innegable que el utilitarismo tiende a adentrarse con excesiva alegría por terrenos resbaladizos, a convertir las vidas en unidades de medida, y a tratar de incluir los derechos y libertades en el sistema métrico decimal.

He mencionado a Rawls, que no es utilitarista. Él cree que lo que es justo debe definirse con prioridad a lo que es bueno, y que los deseos sólo pueden moverse legítimamente en el campo definido previamente por lo que es justo. Llama a su modelo, que desarrolla en Teoría de la justicia, “justicia como imparcialidad”:

“En la justicia como imparcialidad el concepto de derecho es prioritario al del bien. En contraste con las teorías teleológicas, algo es bueno sólo cuando se ajusta a las formas de vida compatibles con los principios del derecho ya existentes”.

El libro comienza con un planteamiento intuitivo de la justicia que a continuación se propone confirmar o refutar:

“En una sociedad justa las libertades básicas se dan por sentadas, y los derechos, asegurados por la justicia, no están sujetos al regateo político ni al cálculo de intereses sociales”.

“Distinguimos, como cuestión de principio, entre las pretensiones de la libertad y de lo justo, por un lado, y lo deseable de aumentar el beneficio social en conjunto por otro; y que damos cierta prioridad, si no un valor absoluto, a lo primero, Se supone que cada miembro de la sociedad tiene una inviolabilidad fundada en la justicia o, como dicen algunos, en un  derecho natural, el cual no puede ser anulado ni siquiera para el bienestar de cada uno de los demás”.

Por mi parte, el planteamiento está bastante bien como está.

martes, 2 de diciembre de 2014

LA HORA ESTELAR DE LOS IDIOTAS



El 13 de mayo de 1990 el Estrella Roja de Belgrado se enfrentaba con el Dinamo de Zagreb en el estadio de este último, y unos 3.000 miembros de Delije viajaron a la capital croata. Delije era el nombre del principal grupo de hinchas del Estrella Roja, y en los alrededores del estadio Maksimir tuvieron sus primeros enfrentamientos con los BBB (Bad Blue Boys), la hinchada del Dinamo. Una vez dentro del campo, los de Delije fueron estabulados en un lugar separado del resto, pero los BBB no dejaron de acosarlos mediante el lanzamiento de objetos diversos. La tensión fue incrementándose hasta que finalmente, enarbolando asientos arrancados y navajas, y al grito de “Zagreb es serbio” y “Muera Tudjman”, los hinchas de Delije se abalanzaron sobre los seguidores locales. Las alusiones homicidas se referían al nacionalista Franjo Tudjman, que acababa de ganar las elecciones en Croacia.


Pronto los incidentes se extendieron a todo el graderío, y los BBB acabaron imponiendo su superioridad numérica y asaltando el terreno de juego. Mientras la policía intentaba infructuosamente contenerlos, los jugadores del Estrella Roja se retiraron prudentemente a los vestuarios, pero no así los del Dinamo. El mediocampista Zvonimir Boban, contagiado por la ira desencadenada, propinó un formidable patadón a un policía que intentaba contener a un hooligan local [1]. Allí estaba yo, contaría más tarde, un personaje público preparado para arriesgar la vida, la carrera y todo aquello que la fama me había procurado por un ideal, una causa: la causa croata. Mucha épica para tan poco acto, pero quizás la construcción nacional pueda, o deba, hacerse a patadas. El episodio convirtió a Boban en un héroe. Más tarde jugaría en el Celta de Vigo.

Uno de los líderes de Delije era Željko Ražnatović, también conocido como Arkan. Hombre de un temperamento inestable (quizás debido a un exceso de acentos en las consonantes) Arkan había desarrollado una exitosa carrera profesional en el extranjero como atracador de bancos. Aunque había sido detenido en varias ocasiones en Italia, Holanda, Alemania y Suiza, había conseguido fugarse en todas ellas, y algunos atribuyen esta sorprendente habilidad a su relación con el ministro del interior yugoslavo Stane Dolanc, a quien Arkan habría prestado servicios ocultos.


El 11 de octubre de 1990 Arkan y otros hinchas de Delije crearon la Guardia Serbia de Voluntarios, un grupo paramilitar. En 1991, con la guerra propagándose por Yugoslavia, Arkan y sus voluntarios viajaron a Krajina, enclave de mayoría serbia en el interior de Croacia [2]. Fue arrestado por la policía croata, y una vez más misteriosamente liberado. En julio de 1991 Arkan y sus voluntarios marcharon a Bukovar y un año más tarde a Bosnia. Excepcionalmente bien financiados, y por tanto excepcionalmente bien pertrechados, fueron conocidos como Los Tigres de Arkan, y participaron en masacres diversas y operaciones de limpieza étnica contra los bosniacos. Para entonces Arkan era considerado un héroe nacional serbio, y se le dedicaban canciones heroicas y turbo folk. En 1993 fundó el Partido de Unidad Serbia.


Tras los acuerdos de Dayton que marcaron el fin de la guerra de Bosnia, la Guardia Serbia de Voluntarios fue disuelta. Arkan, que se había hecho rico con el pillaje, adquirió el club de segunda división FK Obilić, que bajo su dirección inició una ascensión meteórica. Entre otras cosas porque entre sus nuevos seguidores estaban antiguos Tigres de Arkan que, durante los encuentros, acostumbraban a apuntar con sus armas a los jugadores rivales disminuyendo su concentración y rendimiento. De este modo el FK Obilić llegó a ganar la liga 97/98. Como la UEFA amenazó con excluir al club de las competiciones por sus conexiones con el hampa, Arkan encomendó su dirección a su mujer, la cantante Ceca, que también era turbo folk.

Gracias a sus conexiones políticas y con el mundo del crimen, que iban desde el presidente Milosevic hasta la Camorra napolitana, Arkan se convirtió en un personaje inmensamente rico e influyente. Sin duda debido a sus relaciones en junio de 2000 fue asesinado en el lobby del Hotel Intercontinental de Belgrado. Ese mismo año el Partido de Unidad Serbia que había fundado obtuvo 200.000 votos y 14 escaños en el Parlamento. Un año antes el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia lo había acusado formalmente de crímenes de guerra.

¿A qué viene este relato? Sirve (o no) para enfatizar dos reflexiones acerca del reciente conflicto entre distintos grupos de hinchas en España. La primera: en realidad no son distintos, sino idénticos (y en este sentido es irónico que se peleen entre ellos). Clasificarlos como hinchas del Atlético o del Coruña (o, ya puestos, de ultra derecha o ultra izquierda) es tan absurdo e irrelevante como hacerlo según el color de su pelo. Lo que los caracteriza, e incluye en una única categoría, es un explosivo coctel psicológico derivado de una formación y una capacidad intelectual limitadas, un nivel de frustración notable, y una tendencia a liberar la ira. Son, quizás, los perdedores radicales de los que habla Enzensberger. La segunda: el hooliganismo es la ventana que permite detectar a la sociedad sus elementos más nocivos en tiempos de paz, y conviene que actúe muy severamente contra ellos. En tiempos de guerra continúan siendo los peores, pero entonces están en su salsa y ya no hay quien los detenga. Incluso pueden devenir en héroes, como nos demuestra Arkan (y ya nos contó Kohout [3]).

Reflexiones alternativas: hooliganismo y delincuencia; nacionalismo y hooliganismo; nacionalismo, hooliganismo y kitsch.

[1] Puede verse en el minuto 1:16 del primer vídeo.
[2] En agosto de 1995 Franjo Tudjman, que consiguió que sus atrocidades pasaran más desapercibidas para la opinión pública que las de su colega serbio Milosevic, ordenó la operación Tormenta, una gigantesca actuación militar y de limpieza étnica para expulsar a los serbios de lo que él consideraba Croacia.
[3] Pavel Kohout: La hora estelar de los asesinos.