miércoles, 25 de mayo de 2016

A FAR AWAY COUNTRY...

Iñigo Errejón se queja de que se haga campaña «en países muy lejanos al nuestro». Sirvan estas entradas, antiguas y nuevas, para recordarle que hasta hace poco el país en cuestión no le resultaba lejano.




«Todos los Estados, todos los dominios que tuvieron o tienen potestad sobre los hombres, pueden dividirse en repúblicas o principados. Estos, a su vez, pueden ser hereditarios (…) o nuevos (…) y se conquistan con ayuda de ejércitos ajenos o propios, por fortuna o por virtud ».

Así comienza El Príncipe, de Maquiavelo. No parece una frase especialmente complicada pero, a juzgar por la clase magistral (ejem) que propina a unos pobres profesores venezolanos que pasaban por ahí, se le ha atascado al politólogo Juan Carlos Monedero. Maquiavelo habla claramente de la fuerza, la fortuna y la virtud como métodos de conquistar el estado, pero al pasar por Monedero estos tres elementos quedan convertidos en fortuna, virtud y necesidad. Vayan, vayan al capítulo XXVI exhorta Monedero a sus alumnos. Pero antes de que puedan hacerlo la fortuna, la virtud y la necesidad mudan en estructura, actores y consciencia, que suenan muy marxistas pero convierten la argumentación, la clase magistral, y al propio Maquiavelo en algo ininteligible. El capítulo XXVI, por cierto, no rectifica la enumeración inicial que abre estas líneas, pero es normal que atraiga a Monedero porque en él Maquiavelo, abandonando la frialdad que ha mantenido hasta el momento, se dedica a darle coba a Lorenzo de Medici, y lo de hacer la pelota al gobernante de turno se le da muy bien al politólogo español:

«Hay muchos que citan a Marx sin haberlo leído. Ojalá, ojalá... Yo que he tenido la suerte, como saben, de poder trabajar con el presidente Chávez… ¡cómo lee ese señor! ¡Cómo lee ese señor! Es impresionante la cantidad de lecturas que incorpora». (minuto 1:28:05)

La lectura de El Príncipe suele provocar dos tipos de reacciones. Los más idealistas quedan horrorizados y prefieren ignorar el cuadro que Maquiavelo pinta. Por el contrario los que tienen pocos escrúpulos se sienten liberados: la política era esto y sólo esto; cualquier intento de someterla a preceptos morales es propio de niños, ingenuos y/o débiles. Descubren, para su deleite, que no es que ellos sean poco honrados sino realistas, adultos en un mundo de niños. Hay por supuesto un tercer grupo, aquellos que se dan cuenta de que lo que presenta Maquiavelo es real y demuestra la necesidad de establecer límites al poder, pero Monedero no está entre ellos.

«Dónde está el límite de justificación de la actuación pública? Yo les diría que no lo hay» [1]. Por eso le gusta Maquiavelo, porque para él la política es “autónoma” es decir, independiente de cuestiones morales o de legitimidad. Y a continuación -a partir del minuto 46:00- pone tres ejemplos de la superioridad absoluta de la razón de estado. ¿Ustedes le arrebatarían sus medios de subsistencia a una persona?, les pregunta a sus atribulados alumnos. No, no, responden. Pues el estado se ve obligado a quitar el camión y la licencia a un conductor que conduce borracho. Otro ejemplo. ¿Por qué el presidente Chávez -cada vez que pronuncia su nombre Monedero parece licuarse- apoya a Muamar Gadafi o de Bashar al-Assad?

«Por necesidades de estadista. Porque sabe que cae Libia, cae Siria y eso va a envalentonar a alguno que va a decir: ahora voy por Venezuela».

Y mira que Venezuela está lejos, pero un estadista tiene la vista larga y adivina rápidamente las intenciones de sus enemigos. Por la misma razón, continúa Monedero, como hombre de Estado Chávez ha de estar radicalmente en contra de cualquier intervención de la OTAN. Porque sabe que «aunque sea para ayudar a una viejecita a cruzar la calle, la asaltan, la violan, le quitan la cartera».
Con estos ejemplos Monedero demuestra que la razón de estado puede situar al estadista por encima de la moral, del sentido común e incluso del sentido del ridículo. Pero hay otro ejemplo más ominoso, cuando Monedero habla del control de los medios por Chávez:

«Es simplemente una cuestión de realismo político. Realismo político. Maquiavelo lo que nos está diciendo es que o usted hace determinadas cosas o usted dé por perdido el nuevo principado (…) Maquiavelo diría, o usted asume elementos de fuerza para asentarse en la construcción del nuevo principado u olvídese».

Y todo sin dejar de retorcer los palabras para no renunciar a las que tienen prestigio; la manipulación de los medios por el poder político se justifica porque “la información es un bien público”; el exhaustivo intervencionismo, la proscripción de la disidencia y la vulneración de la libertad pasan a llamarse “libertad positiva”. También se encarga de diluir los derechos de la persona con algo que llama derechos identitarios o culturales, que no explica claramente -en toda su intervención no explica claramente nada- pero suenan bastante mal. Y mientras tanto no deja de advertir a sus abrumados alumnos que no se dejen embarullar por los conceptos -por los de otros, claro-.

Toda la lección magistral se reduce a una cháchara deslavazada, de la que no se puede extraer ni una idea interesante pero que está sazonada generosamente con citas de autoridad. Ni con su mejor voluntad bolivariana podrían decir sus alumnos de qué narices les ha hablado a lo largo de dos horas el entusiasta polítólogo. Porque, a falta de capacidad de argumentar, Monedero habla muy enfáticamente, gesticula sin parar, se toca continuamente la cabeza, e insulta esporádicamente a sus oyentes -no es broma-.

Uno de los episodios más cómicos -otro es en el minuto 1:08:40 cuando imita a Chávez y Uribe; el primero con voz viril, y el segundo ridículamente afeminada- es cuando se ve obligado a conciliar las tesis marxistas -el estado es gestor de los intereses de la clase dominante- con el estado encarnado en Chávez, porque a ver quién se atreve a decir que el Comandante también es una superestructura de la clase dominante. Lo arregla diciendo que «a veces el estado es capaz de emanciparse de las clase sociales para garantizar el funcionamiento del sistema. No sé si se entiende». Perfectamente. Entretanto nos enteramos de que Monedero ha tenido que «ver porno por cuestiones profesionales», lo que constituye una excusa francamente novedosa dentro del variado repertorio habitual.

Una última cosa. Tuve ocasión de asistir a una conferencia de Monedero en Mallorca en la que se burlaba de los que le llamaban chavista. Pues bien a lo largo de toda la clase magistral él se incluye sin ambages en la revolución bolivariana.


[1] Esta preocupante opinión, que el poder del estado no admite límites, es compartida por Pablo Iglesias. Puede verse claramente, por ejemplo, en el comentario que en su libro Maquiavelo en la gran pantalla dedica a la película Algunos hombres buenos. Permanezcan atentos. Próximamente en su pc.

[2] Lo de que hay que acabar con la prensa independiente, también lo ha dicho, y más crudamente, Pablo Iglesias:



Publicado en el blog de Santi González el 14 de febrero de 2015.

domingo, 22 de mayo de 2016

¿LA NUEVA POLÍTICA?



Publicado en Diario de Mallorca, 21 de mayo de 2016




La crisis ha debilitado seriamente la clase media. Las tasas de paro españolas –una anomalía en Europa sólo compartida con Grecia– y la precariedad del mercado laboral han provocado que haya siete millones de personas que, aun trabajando, no alcanzan el salario mínimo en cómputo anual. Muchos lo están pasando mal, y mucha gente se muestra legítimamente preocupada y escandalizada, pero hay otros factores que tener en cuenta. Ante las crisis, a lo largo de la historia y la geografía se repite con exactitud milimétrica el mismo fenómeno: la aparición de profetas. Aprovechando –y fomentando– el descontento, la inseguridad y la frustración de la población, los profetas ofrecen soluciones mágicas, milagrosas, como las de aquellos vendedores de crecepelo que prometían cabelleras leoninas a los que habían perdido la suya.

Que la nueva política no es tanto una construcción ideológica como una corriente emocional, producida por la crisis internacional y convenientemente aprovechada por iluminados, lo demuestran los brotes populistas simultáneos en Estados Unidos y Europa: Alexis Tsipras en Grecia, Pablo Iglesias en España, Marine Le Pen en Francia, Norbert Hofer en Austria, Nigel Farage en el Reino Unido, Donald Trump en Estados Unidos… Aunque adopten formas distintas, su fundamento es el mismo, y en este sentido sí que existe, como muchas veces ha afirmado Pablo Iglesias de su partido, una clara transversalidad que desborda el eje tradicional izquierda-derecha. Todos estos partidos comparten una misma visión de las cosas, un mismo enfoque de la realidad. Recientemente Iñigo Errejón ha reconocido el hilo que une a Podemos con Marine Le Pen basado en "la necesidad de (…) sentirse parte de algo". "Yo quiero ser parte de un pueblo (…) que en las malas me protege", añade Errejón. Porque la nueva política es exactamente eso: ante la inseguridad, retornar a la tribu. Las recientes declaraciones en este sentido de Anna Gabriel no son casuales.

Lo malo es que la manera en que los profetas populistas agrupan a la tribu, sean griegos, españoles o franceses, suele ser la misma: definir a los de fuera como enemigos. Pueden ser los extranjeros, los inmigrantes, la troika, los liberales, o la España que nos roba. Lo importante es tener a alguien sobre quien descargar la ira y a quien culpar cuando las recetas mágicas fracasen como inevitablemente siempre hacen. Por eso los profetas populistas son tan destructivos, porque las construcciones tribales se alimentan de la confrontación: hemos visto su poder destructivo en Europa en la primera mitad del siglo XX, pero podríamos remontarnos mucho más atrás en el tiempo. La nueva política resulta ser muy vieja.


Esta es la disyuntiva a la que nos enfrentamos en las próximas elecciones: o elegir opciones constructivas o sucumbir al canto de sirena de los profetas, sus soluciones mágicas y su señalamiento de enemigos. Necesitamos imperiosamente recuperar la clase media y trabajadora, regenerar la vida política, crear un sistema educativo de calidad. Debemos, además, afrontar el reto separatista que pretende romper España y acabar con la igualdad de todos los españoles. Para conseguirlo necesitamos una política constructiva que busque amplios consensos entre los partidos. Exactamente lo opuesto a las políticas de confrontación de los profetas populistas, que acaban arrastrando al desastre incluso a los mejor intencionados.

martes, 17 de mayo de 2016

COLA DE RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (8)


En algún momento entre 1190 y 1195 el abad calabrés Joaquín de Fiore accedió a una revelación: en las Escrituras se encuentra encriptado un manual para entender la historia de la humanidad, y una guía para averiguar su futuro. No era el primero en pretender encontrar significados escondidos en la biblia –en esos momentos la cábala se estaba desarrollando en España y Francia- pero sí en utilizar ese conocimiento como ciencia predictiva de la historia. En este sentido el abad de Fiore puede considerarse el primer historicista, anticipándose en casi siete siglos a los que vendrían después. Basándose en el Antiguo y Nuevo Testamento, y especialmente en el Apocalipsis, Joaquín de Fiore decidió que proporcionaban un patrón de la historia como un ascenso a través de tres sucesivas edades [15], cada una de ellas presidida por una de las personas de la Trinidad. La primera fue la Edad del Padre; la segunda, la contemporánea al abad, era la Edad del Hijo. La tercera, que estaba por llegar, era la Edad del Espíritu Santo, que comenzaría con la segunda venida de Cristo, duraría mil años, y comparada con las anteriores sería como la luz del sol frente a la de las estrellas, o como el verano frente al invierno. Sería una edad dorada de amor, donde todos vivirían como hermanos sin conflictos ni privaciones. En concreto, precisó de Fiore, el mundo será como un vasto monasterio, expresión máxima para él de la felicidad y la virtud, lo que pudo desconcertar a aquellos de sus lectores que esperasen una edad de oro más animada.

De acuerdo con San Mateo, entre Abraham, punto de origen de la primera Edad, y Cristo, inicio de la segunda, transcurrieron cuarenta y dos generaciones. Considerando una duración de veinticinco o treinta años por generación, y asumiendo para mayor armonía que cada Edad debía durar lo mismo, Joaquín de Fiore concluyó que el advenimiento de la Tercera Edad estaba al caer. Puesto que una de sus principales fuentes de conocimiento era el Apocalipsis, de Fiore anunció que en los últimos tres o cuatro años previos al segundo advenimiento gobernaría el mundo el anticristo, un gobernante temporal dirigido desde la sombra por Satán, que ya comenzaba a estar muy presente en las mentes de los europeos.


Unos años después de la muerte de Joaquin de Fiore Francisco de Asís constituyó su fraternidad basada en la pobreza y un ideal monástico que parecía encajar bastante bien con la tercera Edad del abad calabrés. Pero tras la muerte del santo fundador en 1226, conforme la fraternidad devenía Orden, se iba extendiendo, construía monasterios y acaparaba tierras, un grupo de fieles levantó las cejas y manifestó sus dudas. El punto clave era el derecho de propiedad. ¿Podía admitirse? ¿No era cierto que Jesucristo, y el propio fundador de la Orden, habían predicado la pobreza absoluta? Para los dirigentes de la Orden, apoyados por la Santa Sede, un anhelo exagerado de pobreza impediría el mantenimiento de monasterios, tan necesarios para la salvación, así que el idealismo debía compatibilizarse con la realidad. Esta tesis más mundana acabó imponiéndose momentáneamente y con grandes renuencias. Surgieron disidentes, los franciscanos espirituales, que constituyeron un movimiento primero dentro de la orden y después fuera de él. A mediados del siglo XIII ya habían desempolvado las predicciones de Joaquín de Fiore y habían asumido que eran ellos, y no la Iglesia, quienes debían dirigir al mundo a su Tercera Edad Dorada. A tal fin adaptaron las teorías del abad calabrés para dejar claro que el anticristo era el propio papa, que la iglesia era la ramera de Babilonia, y otras cosas poco elegantes de afirmar. Como era previsible los franciscanos espirituales no tardaron en ser declarados herejes, lo que aumentó su furia contra la iglesia.

A principios del siglo XIV las ideas de los franciscanos espirituales se mezclaron con las de Gerardo Segarelli, fundador de la Hermandad Apostólica, que antes de ser quemado en Parma se había dedicado a recorrer las calles de Italia conminando a los sobresaltados viandantes a arrepentirse y hacer penitencia: penitentiam agite. Fray Dulcino de Novara aportó sus propias ideas y su liderazgo, y la secta resultante, en la que las tesis milenaristas de Joaquin de Fiore continuaban desempeñando un papel esencial, sería conocida como los fraticelli. Para entonces habían adquirido bastante importancia, y dado que consideran el anticristo al papa no es de extrañar que los gibelinos simpatizaran con ellos y los protegiesen.


Entretanto los franciscanos ortodoxos continuaban rumiando el ideal de pobreza absoluta y la proscripción de la propiedad privada, y un capítulo de la orden celebrado en Perugia en 1322 aceptó una proposición favorable a ambas. Un año más tarde un alarmado Juan XXI declaró que afirmar la extrema pobreza de Cristo y los apóstoles era llevar las cosas demasiado lejos, y los sucesivos papas adoptarían este mismo punto de vista. Renuentemente esto fue definitivamente aceptado por la orden franciscana, pero no por los fraticelli, para los que la pobreza era un dogma. A partir de ese momento la iglesia haría un enorme esfuerzo por acabar con la herejía de los fraticelli, por la conversión voluntaria si es posible, por la aniquilación en caso contrario.
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Desde su humillante retirada en diciembre de 1347 Cola di Rienzo pasa las siguientes semanas en su refugio del castillo de Sant’Angelo. Aunque no es plenamente consciente de ello su situación es precaria. Niccoló Orsini ha comenzado a recibir ofertas, y tanto sus parientes de Marino como el cardenal Bertrand de Déaulx compiten por la entrega de la cabeza del tribuno. Las pujas mantienen al señor de Sant’Angelo entretenido unas semanas. Entretanto el 24 de enero de 1346 Luis de Hungría entra en Nápoles, y Cola di Rienzo decide marchar a su encuentro. Antes de hacerlo se retrata en un último mural en una iglesia enfrente de Sant’Angelo aplastando una serpiente, un basilisco, un león y un dragón; esa noche los viandantes, bastante hartos, se dedican a lanzar pellas de barro a la pintura. Al día siguiente el Tribuno se escabulle de Roma.


Luis recibe amablemente al tribuno, pero le hace ver que ya no porta una corona, no lo acompañan soldados, carece de apoyos y en general su insignificancia es total. Un par de meses antes barcos genoveses procedentes de Caffa, en Crimea, han desembarcado en Sicilia. Los tripulantes, además de las mercancías que constituyen el objeto social de su negocio, han traído una variedad de la bacteria Yersinia pestis. En enero otras galeras infectadas llegan a Génova y Venecia, y desde allí la peste negra se propaga rápidamente. En febrero llega a Pisa, y desde allí a Florencia. Boccaccio lo relatará así:

«Salíanles a las hembras y a los varones unas hinchazones en las ingles y los sobacos que a veces alcanzaban el tamaño de una manzana común o el de un huevo, unas mayores que otras. Vulgarmente se las denominaba bubas. Las mortíferas inflamaciones iban surgiendo por todas las partes del cuerpo en poco tiempo, y seguidamente se convertían en manchas negras o lívidas que aparecían en brazos, piernas y demás partes del cuerpo, grandes y diseminadas, o apretadas y pequeñas. Y así como el bubón primitivo era signo, y aún lo es, de muerte inmediata, también éranlo esas manchas. Para curar tal enfermedad no parecían servir el consejo de los médicos ni el mérito de medicina alguna, ya porque la naturaleza del mal no lo consentía, o bien a causa de la ignorancia de los médicos (cuyo número, aparte del de los hombres de ciencia, habíase hecho grandísimo, entre hombres y mujeres carentes de todo conocimiento de Medicina), haciendo que escapase el origen del daño y el modo de tratarlo. Y así, no sólo eran raros los que se curaban, sino que casi todos, al tercer día de la aparición de los antedichos signos, cuando no antes o algo después, morían sin fiebre alguna ni otro accidente. Esta peste cobró una gran fuerza; los enfermos la transmitían a los sanos al relacionarse con ellos, como ocurre con el fuego a las ramas secas, cuando se les acerca mucho. Y el mal siguió aumentando hasta el extremo de que no sólo el hablar o tratar con los enfermos contagiaba enfermedad a los sanos, y generalmente muerte, sino que el contacto con las ropas, o con cualquier objeto sobado o manipulado por los enfermos, transmitía la dolencia al sano» [16].


Al mismo tiempo la peste alcanza Aviñon, donde reclama la vida del cardenal Giovanni Colonna y la de Laura, la amante de Petrarca. El papa Clemente da ejemplo permaneciendo en la ciudad todo el tiempo posible, organizando procesiones, e incluso protegiendo a los judíos, que ya han comenzado a ser culpados de la plaga. Ni los rudimentarios remedios médicos, ni las procesiones, ni el sacrificio de chivos expiatorios resultan ser eficaces: allá por donde pasa la peste devasta las poblaciones reduciéndolas a su mitad. Junto con la peste se propaga el desconcierto, la sensación de haber despertado la ira de Dios, y la impresión de que el mundo conocido está llegando a su fin. Con todo ello las profecías apocalípticas cobran mayor verosimilitud. En mayo la plaga alcanza Nápoles, lo que provoca la precipitada marcha de Luis hacia Hungría y la de Cola di Rienzo hacia las montañas de Majella al sur de Abruzzo.


NOTAS:
[15] La teoría de las tres edades reaparecerá a lo largo de la historia con sorprendente pertinacia y en los momentos más insospechados. Por ejemplo, Augusto Comte concebirá la historia en tres etapas, teológica, metafísica y científica, siendo esta última la de plenitud humana. Del mismo modo Marx describirá el ascenso de la humanidad a través del feudalismo, capitalismo y comunismo, siendo este último una especie de nirvana. Cabe pensar, por tanto, que se trata de un relato que encaja especialmente bien en la configuración de la mente humana –o bien, que ha sido repetida tantas veces que nos parece razonable por mero confort cognitivo-. En un capítulo de El gen egoísta Richard Dawkins propone el concepto de “meme” como idea o unidad cultural con capacidad de reproducción en las sociedades. Del mismo modo que los genes que mejor se adaptan al medio proliferan en el acervo génico, así los memes que mejor se adaptan al entorno psicológico y emocional proliferan en el acervo cultural. Dawkins propone como ejemplo de meme exitoso la inmortalidad del alma. Otro podría ser –eso no lo dice Dawkins- la teoría de las tres edades de Joaquín de Fiore. Otro posible meme apocalíptico, el del reino feliz con duración de mil años, será recogido en 1923 por el publicista Moeller van den Bruck que desarrolló el exitoso eslogan del Tercer Reich destinado a durar, precisamente, mil años.

[16] Giovanni Boccaccio. Decamerón.

Nota adicional. Los que hayan seguido esta serie se habrán dado cuenta de que ya había hablado de la peste negra en una entrada anterior. Ocurre que este es un relato dinámico, y he modificado y trasladado el párrafo en cuestión a esta entrada por encajar mejor. Disculpen las molestias. Cuando la serie termine, quedará consolidada y será presentada en formato ebook.

Imágenes: 1) Joaquín de Fiore; 2) San Francisco y los franciscanos; 3) Dulcino de Novara; 4) El Decamerón visto por John William Waterhouse. Unos jóvenes florentinos que se han refugiado en una villa huyendo de la peste distraen sus temores contándose recíprocamente cuentos; 5) Nada ilustra mejor el avance de la peste negra que El triunfo de la muerte, por Brueghel.

domingo, 8 de mayo de 2016

COLA DE RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (7)


26 de agosto de 1346. Amanece en Abbeville y Felipe VI de Francia está contento. Lleva diez días persiguiendo al ejército de Eduardo III de Inglaterra, que ha cruzado el canal con planes poco definidos: es posible que pretendiera una gran invasión del noroeste francés apoyado por un ataque simultáneo desde Flandes; es probable que sólo se tratase de una incursión masiva para humillar al rey francés delante de sus súbditos. Lo cierto es que, tras saquear todos los pueblos por los que ha pasado, y merodear por las cercanías de París, Eduardo III ha emprendido una marcha forzada hacia el norte, intentando alcanzar los puentes del Somme antes que los franceses. Tras varios intentos infructuosos los ingleses han conseguido pasar por el vado de Blanchetaque, y ahora esperan, cansados y hambrientos, unos kilómetros al norte. En Crecy.

A Felipe VI se han unido sus aliados. El rey Juan de Bohemia; Carlo Grimaldi [13]con un contingente de ballesteros genoveses; Luis de Flandes; Jaime, último rey de Mallorca recientemente desposeído de su trono. Al amanecer el ejército francés marcha al encuentro de los invasores. En lo alto de una colina los caballeros ingleses esperan desmontados y apiñados detrás de dos cuerpos de arqueros galeses. En la distancia parecen poca cosa, y los caballeros franceses, numéricamente muy superiores, hierven de impaciencia: sienten que está a punto de escribirse una página gloriosa de la historia, aunque no sospechan que será a su costa. Algo más tarde la mayoría yace en el lodo.


La actuación de Juan de Bohemia ha sido impresionante, especialmente teniendo en cuenta su vejez y su ceguera. Ha pedido a sus caballeros que lo enfilen hacia las líneas enemigas “para al menos dar una buena estocada”; estos han atado sus bridas a las de su señor y se han encaminado hacia su muerte. ¿Qué hace el rey de Bohemia muriendo en suelo francés? Es un reflejo del juego de alianzas de los monarcas europeos en torno al emperador o el papa. En un principio Juan de Bohemia apoyó a Luis IV Wittelsbach, vigente emperador, pero después ha cambiado su alianza por el papa, lo que inmediatamente lo ha colocado en órbita francesa. Un mes antes de Crecy Clemente VI ha nombrado Rex romanorum [14] a Carlos, hijo de Juan de Bohemia. Tradicionalmente este es el paso previo a ser nombrado emperador, por lo que una guerra civil con Luis IV es inminente. Pero en octubre de 1347 Luis morirá de un ataque mientras está cazando osos. Aunque su camino se ha visto súbitamente despejado, Carlos tendrá que esperar aún ocho años para ser coronado emperador.


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«A nuestro dilecto hijo Nicolás, hijo de Lorenzo, nombrado por Nos rector de la ciudad de Roma y su distrito…». «Al ciudadano romano Nicolás, hijo de Lorenzo…». A partir de octubre de 1347 las cartas que Clemente VI dirige al tribuno lo despojan de títulos y ceremonias, sutilmente le recuerdan su origen, y en general pretenden bajarle los humos y ponerlo en su sitio. En una de ellas le ordena que libere a todos los nobles que aún mantiene encarcelados; en otra, que se someta a la autoridad de su legado el cardenal Bertrand de Deulx, que en esos momentos marcha hacia Roma. Cola di Rienzo responde con sus habituales quejas sobre lo injustamente que es tratado y lo malinterpretadas que son sus intenciones, pero continúa haciendo lo que le viene en gana. Mientras tanto, tras huir de Roma después del memorable banquete y frustrada ejecución, Rinaldo y Giordano Orsini han comenzado a hostigarlo desde su fortaleza en Marino, en los montes Albanos, a unos veinte kilómetros al sudeste de Roma. La familia Orsini continúa dividida, y Niccoló permanece en el bando del tribuno como comandante de sus tropas. En noviembre Cola di Rienzo emprende una expedición contra Marino: lleva consigo unas flamantes catapultas de nuevo diseño adquiridas para la ocasión, y tropas de refuerzo proporcionadas por Luis de Hungría. Pero mientras está montando el asedio recibe noticias de la llegada a Roma de Bertrand de Deulx. Tras un par de días de vacilación, Cola di Rienzo decide volver a la urbe. Previamente, y para insultar a sus adversarios, perpetra un acto de crueldad: ahoga en un arroyo cercano a dos cachorros de perro a los que previamente ha bautizado como Rinaldo y Giordano.

Una vez en Roma Cola di Rienzo se encamina a San Pedro con su corona de plata y su pompa habitual. Allí, en absoluto impresionado por el despliegue, el cardenal legado le proporciona fríamente instrucciones: debe abstenerse en el futuro de acciones insensatas como las que ha venido protagonizando, debe arreglar las perpetradas siguiendo estrictamente sus órdenes, y debe jurar sin dilación lealtad al papa. En caso contrario se emprenderán de inmediato acciones temporales y espirituales, incluida la excomunión. Para mayor humillación, el obispo Raimundo de Orvieto es repuesto en su cargo de co-rector. Bastaría la insinuación del más humilde de los mensajeros de Clemente para que él abandonara todo, había dicho Cola di Rienzo en una carta precedente al papa. Ahora sin embargo, ante las órdenes directas de Bertrand de Deulx, continúa arrastrando los pies y mostrándose renuente. Sin ganas de perder más tiempo el legado se retira a Montefiascone, y se dedica a preparar sus próximos movimientos en connivencia con los barones romanos.


En noviembre los Colonna ya han reunido un ejército, marchan contra Roma, y una noche lluviosa llegan por la Via Tiburtina a San Lorenzo extramuros. Al frente está Stefanuccio Colonna, uno de los primeros en haber tomado el humillante juramento de fidelidad al tribuno que ahora el legado ha dispensado. Los acontecimientos se desarrollan caóticamente: la lluvia, la noche y la furia enturbian la percepción de las cosas. Los Colonna han sobornado a unos soldados que guardan la puerta de San Lorenzo, pero no saben que han sido reemplazados en el último turno. El joven Gianni, hijo de Stefanuccio, carga alegremente esperando que las puertas le sean abiertas; tras un momento de sorpresa y vacilación, los guardias destrozan al imprudente jinete. Stefanuccio Colonna ha contemplado la carnicería y carga a su vez desesperadamente, sólo para encontrar el mismo fin. Sucesivas oleadas desorganizadas son repelidas en la puerta, hasta que una salida de las milicias romanas convierte el ejército invasor en despojos. Acaba así el 20 de noviembre de 1347.

Finalmente Cola di Rienzo ha conseguido su venganza contra los Colonna, pero ésta marca su declive definitivo. Leyendo entre líneas la descripción del cronista parece claro que la victoria no se ha debido a la intrepidez del tribuno, sino que ha tenido lugar a pesar de sus vacilaciones. Eso no impide que a continuación se haya arrogado todo el mérito del triunfo. Incluso, tras mojar sus dedos en la sangre de los Colonna caídos en la puerta, ha nombrado a su hijo Caballero de la Victoria. Los pocos cavalerotti que le quedan observan el gesto con desagrado. En realidad ni los más benévolos espectadores pueden dejar de ver que Cola di Rienzo no sólo es un megalómano sino un tirano. Rodeado de los peores, y completamente sobrepasado por los acontecimientos, su equilibrio emocional comienza a vacilar. Más tarde contará que durante doce noches consecutivas se ha visto impedido de pegar ojo por culpa de una lechuza cuyos sirvientes se ven incapaces de ahuyentar y cuyo ulular le parece cargado de malos presagios. Como tiene que continuar manteniendo a su corte de aprovechados y a sus mercenarios, Cola di Rienzo va agobiando a los romanos con tributos cada vez más insoportables: el último un incremento desaforado del impuesto sobre la sal. La situación de los romanos empeora por el bloqueo que los barones imponen a la ciudad.


A finales de noviembre Petrarca, que ha llegado a Pisa, le escribe una última carta:

«He oído que has dejado, de amar a todo el pueblo, como anteriormente, y ahora sólo lo haces a sus peores elementos. Que sólo son éstos a los que sigues la corriente, a los que muestras alguna consideración, y cuyo apoyo buscas (…) ¿Debe el mundo contemplarte a ti, que has sido líder de patriotas, convertirte en cómplice de criminales? ¿Ha declinado nuestra estrella tan rápidamente? (…) La gloria es inmortal; inmortal es también la infamia (…) Recuerda el papel que estás representando en la historia de nuestra ciudad, el título que has asumido, las esperanzas que has despertado, y las promesas que has hecho al pueblo. Considera todo esto y te darás cuenta de que no eres el amo de la república, sino su servidor».

El 3 de diciembre Clemente VI, a través de su legado, excomulga a Cola di Rienzo con palabras poco amables nombrándolo precursor del anticristo e hijo de la perdición. El papa declara además que el tribuno:

«Es puro fraude y falsedad, el hijo del diablo, el enemigo de la justicia, una bestia monstruosa con los nombres de la blasfemia inscritos en su frente».

La segunda semana de diciembre Luca Savelli, convertido en nuevo líder de los barones, aprendiendo las técnicas comunicativas del tribuno, coloca unos carteles en Sant'Angelo in Pescheria urgiendo a la gente a que se rebele contra Cola di Rienzo. Peor aún. En el acuerdo que Cola di Rienzo ha firmado con el emperador Luis IV se incluye el derecho a reclutar tropas entre los romanos. Ahora un cierto conde de Minorbino ha acudido a Roma a tal fin, y por el camino se ha encontrado a los Savelli que, mediante una transacción económica, le han convencido de que cambie de bando. Con unos pocos soldados napolitanos y húngaros Minorbino se atrinchera en Sant'Angelo in Pescheria y desafía al tribuno: los gritos de los napolitanos se entienden con dificultad, y los de los húngaros son incomprensibles, pero el mensaje general está claro. El tribuno, que ha perdido toda su arrogancia, llora y se queja de la envidia y la maldad que ha provocado el fracaso de su gloriosa hazaña. Finalmente se pone en marcha saliendo del Capitolio, pero no marcha al encuentro del conde en Sant'Angelo in Pescheria; sino a refugiarse en el castillo de Sant'Angelo, fortaleza inexpugnable de su general Niccoló Orsini. El tribuno ha abdicado y la aventura ha terminado.
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NOTAS.
[13] Grimaldi fracasará en Crecy, pero en el futuro sus descendientes poblarán la prensa rosa.

[14] Guillermo de Ockham lo llamaba burlonamente ‘rex clericorum’, queriendo decir que no era más que un títere del papa. Luis IV invadió Roma en 1328 y fue coronado, contra la voluntad de Juan XXII, por el senador Sciarra Colonna, el mismo que en 1303 había agredido en Anagni al vigente papa. Durante su breve estancia en Roma Luis IV publicó un decreto deponiendo a Juan XXII por hereje, y facilitó el nombramiento como nuevo papa de un franciscano espiritual que lo acompañaba en sus desplazamientos -este antipapa no gobernaría durante mucho tiempo, y acabaría pidiendo perdón al papa oficial en Aviñón- Después Luis marchó a Pisa, donde permaneció hasta 1329. Su incursión en Italia fue insospechadamente fructífera: con él volvieron a su corte bávara Guillermo de Ockham, el filósofo Marsilio de Padua, y el teólogo franciscano Miguel de Cesena. Este último reaparecerá seis siglos y medio más tarde en la película ‘El nombre de la rosa’.

Imágenes: 1) Batalla de Crecy; 2) El príncipe de gales, hijo de Eduardo III, contempla con admiración el cadáver del rey Juan de Bohemia muerto. Pintura de Julian Russell Story; 3) Eduardo III de Inglaterra nombrado en Coblenza vicario general del Sacro Imperio Romano germánico por el emperador Luis IV; 4) Carlos IV de Bohemia, hijo de Juan de Bohemia, nuevo emperador tras la muerte de Luis IV.