miércoles, 20 de noviembre de 2013

PREAMBULO A UNA (POSIBLE) HISTORIA DEL PRESTIGE





‘Lo supe desde el primer momento’

La memoria es un palimpsesto*. Cabría pensar (y tendemos a hacerlo) que debiera de funcionar como un sistema de fichas que se van cumplimentando en cada momento de la vida y archivándose cronológicamente. De este modo si quisiéramos recuperar los recuerdos de un momento determinado (qué pensábamos, qué sabíamos, cuál era nuestra visión del mundo en ese momento) bastaría con acudir al archivador adecuado y localizar la ficha en cuestión. Pero no es así la cosa.

La memoria, como el resto de nuestras interpretaciones de la realidad, es reducida a un relato simplificado con ciertas limitaciones: todos los hechos están unidos por vínculos causales sencillos y directos, el papel de las actuaciones humanas es decisivo, y el azar despreciable. Pero este relato de la memoria se va reescribiendo con los nuevos hechos que conocemos. De este modo la memoria de un hecho lejano está ‘contaminada’ por nuevos sucesos ocurridos con posterioridad. La memoria es, pues, dinámica, y por esa misma razón su fiabilidad es limitada. Estamos poco preparados para reconstruir, de acuerdo con ella, cual era nuestro punto de vista en un momento pasado, porque somos incapaces de obviar la información recibida con posterioridad.

El ‘sesgo retrospectivo’ de nuestra memoria fue descrito en 1972 por Baruch Fischhoff y Ruth Beyth. Con motivo del anuncio de la visita de Richard Nixon a China, la primera de un dirigente occidental al país comunista, Fischhoff y Beyth pidieron a sus alumnos que rellenaran un cuestionario de quince preguntas con su predicción acerca de asuntos relacionados con el viaje (si Mao se reuniría con Nixon, si Estados Unidos concedería estatus diplomático a China, etc.) Finalizado el viaje volvieron a reunir al grupo y pidieron a sus integrantes que recordaran cuáles eran las probabilidades que habían asignando a los distintos desenlaces posibles (desconocidos inicialmente pero conocidos en el momento de realizar el segundo test). Invariablemente en todos los casos la memoria se había alterado al incluir los nuevos datos, y así todos ellos modificaron inconscientemente sus predicciones previas: si un hecho había tenido efectivamente lugar, la probabilidad que ‘recordaban’ haberle asignado era mucho mayor, y a la inversa. Fischhoff bautizó este mecanismo como ‘lo supe desde el primer momento’.

Este funcionamiento de la memoria es inmisericorde con los que toman decisiones, políticos y gestores. Puesto que juzgamos las actuaciones pasadas, no con los datos que teníamos en ese momento, sino también con los que conocemos en el momento de emitir el juicio, tendemos a evaluarlas de acuerdo con el resultado que han producido. De este modo minusvaloramos el mérito de las decisiones que han resultado acertadas (porque vistas retrospectivamente nos parecen obvias), y cuando las actuaciones han producido malos resultados somos incapaces de reconocer que tal vez fueran la que tenían más probabilidades de éxito (porque lo que vemos es, precisamente, que salieron mal). En noviembre de 2002 se hundió el petrolero Prestige y provocó una grave contaminación. Se tomaron decisiones, quizás acertadas, quizás erróneas, pero que en todo caso fueron juzgadas retrospectivamente con datos que no se tenían en el momento de tomarlas.

Algo sobre el chivo expiatorio

El filósofo Rene Girard demostró que, ante una crisis grave, todos los grupos humanos necesitan imperiosamente encontrar un culpable. Es un fenómeno que todo padre e hijo han podido experimentar si, colgando un cuadro, el primero se ha aplastado un dedo con un martillo mientras el segundo se hallaba cerca. De modo similar el grupo necesita alguien al que imputar el daño que lo amenaza, canalizar hacia él su frustración y odio, y, tras eliminarlo, recobrar la tranquilidad y la paz dentro de la unanimidad tribal. Obviamente el culpable escogido no tiene por que serlo efectivamente, y de hecho casi nunca lo es, Los mecanismos que sirven para designar al chivo expiatorio no son racionales ni detectivescos, sino que se basan en la presencia de ‘signos victimarios’ (en terminología de Girard) con los que está teñido de antemano.

Girard ha estudiado el fenómeno del chivo expiatorio a conciencia, pero también percibimos en él algunos de los mecanismos psicológicos descritos por Kahneman. Uno de ellos está relacionado con las ya mencionadas limitaciones del relato: en él los hechos decisivos son siempre debidos a la actuación de las personas. Y detrás de una amenaza especialmente grave, tiene que haber un culpable especialmente malvado, apto para provocar un odio de especial intensidad (en realidad la secuencia está invertida: es el odio despertado el que conjura a la víctima). Pero también está la sustitución: cuando no sabemos cómo responder ante algo complicado contestamos algo más sencillo. El chivo expiatorio es un caso claro de sustitución: la masa no sabe cómo conjurar realmente la amenaza, así que se conforma con destruir a alguien que pasaba por allí a quien arbitrariamente culpa de ella. La amenaza no desaparece así (a veces lo nace por otras causas o por el mero transcurso del tiempo) pero la turba cree que ha hecho algo útil para remediarla.

Las sociedades modernas deben estar constantemente en guardia para prevenir el desencadenamiento de estos mecanismos victimarios, y lo menos que se puede exigir a unos gobernantes civilizados es que no los alienten. Históricamente para el papel de chivo se ha escogido al de fuera del grupo, al extraño, al extranjero, al diferente. A fin de cuentas este es un fenómeno desarrollado para mantener su cohesión. Pero en la política española rige una asimetría especial que ha convertido a los partidos de derecha en especialmente aptos para ser marcados con estigmas victimarios siendo así designados como chivo expiatorio. Este fue el hallazgo de nacionalistas y socialistas en 2002. Las protestas en torno al Prestige fueron un ensayo exitoso. A partir de ese momento, la estrategia de José Luis Rodríguez Zapatero consistió en azuzar la indignación de la masa, enfocarla hacia el PP y organizar linchamientos controlados (linchamiento, escrache y chivo expiatorio son facetas de un mismo fenómeno). Eso, y no otra cosa, fueron las virulentas manifestaciones en contra de la guerra de Irak. También en este caso podía discutirse si la decisión de apoyar políticamente (no militarmente) a Estados Unidos y el Reino Unido en la guerra contra Saddam Hussein fue errónea o acertada, pero esta discusión racional no existió: se trasladó desde el ámbito de la argumentación al de las emociones furibundas. El proceso culminaría en los días posteriores al atentado del 11 de marzo de 2004, y acabaría llevando al poder a Zapatero. Pero ni siquiera entonces acabó. Continuó, por ejemplo, mediante la promoción de la ‘Memoria Histórica’, una reconstrucción maniquea del pasado (bajo apariencia virtuosa) en la que los papeles yinyang atribuidos a la izquierda y la derecha (a los que se asignaba una continuidad histórica en el presente) convertían a la última en algo perfectamente idóneo para canalizar el rencor de la primera.

Nos queda un triste consuelo: nosotros, al menos, sí sabemos cuándo se jodió nuestro Perú. Fue en 2002, cuando políticos sin escrúpulos decidieron que el cultivo de los impulsos más destructores de la masa era aceptable para alcanzar el poder. A partir de 2002, a partir del Prestige, la derecha española pasó a desempeñar el papel de chivo expiatorio de la sociedad, y se convirtió así a la mitad de los españoles en el receptor de la ira de la otra mitad. Desde esta perspectiva denominaciones tan siniestras como la de ‘cordón sanitario’ resultan extremadamente significativas. Quizás en el futuro pueda verse con mayor claridad la magnitud de la irresponsabilidad que supuso someter a una sociedad a tal tensión. ¿Mereció la pena? Bueno, conseguimos ocho años de Zapatero.

La “nube acusatoria”

Un último apunte sobre el método acusador empleado por los políticos y medios de comunicación (cuyo papel, lógicamente, fue decisivo). Ante la evidencia de que ni Aznar capitaneaba el Prestige ni era su propietario, a la hora de culpabilizar al PP de la marea negra producida por su hundimiento la acusación directa resultaba inútil. Se recurrió, por tanto, a lo que llamo (a falta de un nombre mejor) “nube acusatoria”. Esta acusación es de apariencia imponente pero carente de solidez, y se forma por la mera agregación de denuncias, sin necesidad de que éstas estén fundamentadas ni de que exista coherencia (ni lógica) entre ellas. Para el que la emplea la acusación en nube presenta notables ventajas frente a la acusación directa de hechos concretos. Para empezar, no se puede demoler mediante argumentos: cuando cualquiera de las denuncias concretas es disipada el resto se expande para ocupar su lugar y la nube conserva su apariencia imponente. Es más podrían ser destruidas todas y cada una de las denuncias que la componen y la indignada nube continuaría impertérrita en su vacuidad. Es un método de acusación que admite una defensa difícil, ante la que el PP, que parece sufrir una seria patología en la comunicación, se vio completamente desbordado.

* Palimpsesto: Tablilla antigua en que se podía borrar lo escrito para volver a escribir.

viernes, 8 de noviembre de 2013

VIDA Y COLONOSCOPIA



La eternidad está en las cosas
del tiempo, que son formas presurosas
J.L. Borges

A comienzos de los 90 Daniel Kahneman [1] y Don Redelmeier hicieron un estudio sobre la experiencia de los pacientes sometidos a una colonoscopia. En esos momentos se trataba de un proceso muy desagradable y doloroso (actualmente atenuado por la aplicación rutinaria de anestésicos) de duración variable en función de las necesidades de la exploración. En el experimento, cada 60 segundos se pedía al paciente que dijera el nivel de sufrimiento que estaba padeciendo en ese momento referido a una escala  de 0 (ningún dolor) a 10 (dolor insoportable), y el resultado se trasladaba a un gráfico cuyo eje vertical representaba la escala de dolor y el horizontal el tiempo. El siguiente gráfico muestra el ejemplo de 2 pacientes:

 

¿Cuál de estos pacientes lo pasó peor? Parece lógico que para evaluar el sufrimiento total padecido por el paciente sumemos el que experimentaba en cada momento. El resultado estaría representado por el área rayada, y así todo parece indicar que la experiencia del paciente B tuvo que ser mucho más traumática: ambos pacientes experimentaron un pico máximo de sufrimiento similar (alrededor de un 8) pero el proceso de éste último fue mucho más largo y con más momentos de alto dolor.

Finalizadas las exploraciones, Kahneman y Redelmeier pidieron a sus pacientes que realizaran una evaluación global del sufrimiento padecido, y los resultados fueron sorprendentes: la evaluación global a posteriori (es decir, la memoria del sufrimiento padecido) no coincidía en absoluto con el sufrimiento registrado mientras se estaba padeciendo.

Todo parece indicar que en el recuerdo del dolor padecido hay dos factores decisivos:

a)       El valor determinante para evaluar el sufrimiento global no es la suma del sufrimiento en cada momento (el área rayada); tampoco el pico máximo de dolor; tampoco el número de picos dolorosos. Es un promedio entre el pico máximo y el dolor experimentado al final de la prueba.

b)       La duración total de la experiencia es poco relevante.

Con estos datos, no resulta extraño que el paciente B calificara su experiencia como menos dolorosa que el paciente A. Obsérvese que el primero experimentó un pico de dolor superior a 6 al terminar la prueba, mientras que el paciente A, cuyo proceso había sido mucho más largo, lo finalizó con un nivel bajo de dolor (en torno a 1). El final condiciona la evaluación a posteriori en ambos casos.

De sus investigaciones Kahneman concluye que en la evaluación de las experiencias existe un conflicto entre dos seres: el yo que tiene experiencias y el yo que recuerda. En el experimento, ‘el yo que experimenta’ fue registrando puntualmente su situación en cada momento. Pero el ‘yo que recuerda’ sacó sus propias conclusiones. Y los datos proporcionados por uno y otro no coinciden.

Este ‘yo’ disociado no aparece en la persona únicamente cuando se le inserta un tubo por el recto, sino en todas las facetas de la vida. El yo que tiene experiencias es el ser fugaz que vive en el torrente del tiempo; el yo que recuerda es el encargado de crear un relato perdurable sobre la persona. También es este último el que formula anhelos de estabilidad, atesoramiento y eternidad, que son incompatibles con la naturaleza del ser en movimiento que tiene experiencias. Es el funcionamiento de ambos lo que evoca el poema de Borges que abre la entrada.

El experimento de Kahneman y Redelmeier pone de manifiesto que existen disfunciones en el trabajo del yo constructor del relato. Para empezar, como hemos visto, su relación con el yo que tiene experiencias no es del todo estrecha, y sus conclusiones difieren notablemente. Pero además, en la construcción del relato de la vida parece estar sometido a los mismos sesgos (las mismas reglas de estilo, podríamos decir en este caso) que en el recuerdo de las colonoscopias: ignora la mayoría de los momentos concretos, desprecia la duración total y sobrevalora el final, que en el caso de la vida siempre es el mismo.  Expongo, pues, esta intuición: una mayor armonización del funcionamiento de ambos ‘yo’ permitiría disipar la perplejidad ante la muerte y posibilitaría una existencia más plena.


[1] Daniel Kahneman. Pensar rápido, pensar despacio.




lunes, 4 de noviembre de 2013

HOMICIDA VIDENS




Hace 27 años se encargó personalmente del asesinato de más de mil personas. Ahora, con el pelo blanco y una festiva camisa de colores, muestra a la cámara uno de los escenarios habituales de la matanza. Al principio, cuenta, acuchillaban a las víctimas, pero se derramaba mucha sangre que producía un olor desagradable, y que había que limpiar después. Entonces diseñó un mecanismo para estrangularlas: un largo alambre fijado a un poste que, provisto de un mango de madera en el extremo libre, permitía al asesino aplicar la fuerza necesaria. Orgullosamente muestra la técnica, y representa uno de sus crímenes usando a su acompañante en el papel de víctima. En todo momento la conversación es distendida. El es un hombre feliz al que le gusta la música y bailar, y lo demuestra al espectador improvisando un chachachá en la escena del crimen. Más tarde contemplará la secuencia en su casa, sentado apaciblemente ante el televisor con su nieta, que contempla los manejos de su abuelo con el alambre.

Al revivir sus andanzas el asesino no ha mostrado el menor remordimiento, la menor turbación, el menor pudor. Sus compañeros se muestran igualmente inmunes. Pero ¿puede realmente un asesino arrepentirse? Previamente tendría que sentir repugnancia por lo que ha hecho. O, con más frecuencia, percibir el rechazo de la sociedad. Pero con respecto a lo primero Milgram nos enseñó que a las personas normales no nos causa un gran problema causar sufrimiento a otras. Y además disponemos del ajuste de disonancia, ese mecanismo psicológico por el cual deformamos la realidad hasta hacerla confortable. Así se pudren las personas. También las sociedades (definición: una sociedad esta podrida cuando en ella florecen personas como el asesino). De hecho, en esta película el retrato más insoportable es el de la sociedad indonesia. Los personajes que desfilan por la pantalla (periodistas, miembros del gobierno, funcionarios, locutores de televisión...) relatan los crímenes pasados con la misma naturalidad que el asesino protagonista. Así aprendemos por un paramilitar (en activo) que, si bien violaban a todas las mujeres ‘comunistas’, las más codiciadas eran las de catorce años. “Esto puede ser el infierno para ti, pero sin duda será el cielo para mí”, decía a las niñas. Mientras un editor afirma que los comunistas “con un guiño estaban muertos”, y la locutora de un programa televisivo, con el tono convencional de cualquier programa de entretenimiento de cualquier televisión, explica que los asesinos “desarrollaron un sistema mucho más eficiente para exterminar comunistas (aplausos del público); era más humano y menos sádico, y evitaba una violencia excesiva”. Quizás, sin embargo, el momento más nauseabundo sea éste. Un vecino del asesino, exiliado e hijo de un comunista, se presta para aportar su testimonio. ¿Se atreve, pues, a enfrentarse a los asesinos? Pues no. Entre una sobreactuación de risas cuenta como llegaron a su casa a las tres de la madrugada y se llevaron a su padrastro. El tenía entonces trece años, dice sin dejar de reír, y su familia estaba aterrorizada. Al día siguiente lo buscaron por el barrio hasta encontrarlo muerto bajo un bidón. Lo encontraron, cuenta entre carcajadas nerviosas, porque un pie asomaba al exterior. Nadie se atrevió a ayudarlos, y tuvieron que arrastrarlo entre él y su abuelo al cementerio.


Más adelante el asesino vuelve a pasearse por la misma escena del crimen del comienzo, pero las cosas parecen haber cambiado. Para empezar, se ha teñido el pelo de negro. Y va provisto de un traje de chaqueta. Ahora pasea circunspecto por el lugar, como sumido en profundas reflexiones. Emite algunas vaguedades, parece contrito, y finalmente parece sufrir un ruidoso ataque de nauseas, aunque no desemboca en vómito. No parece probable que los remordimientos, ausentes durante los 25 años transcurridos entre la matanza y la primera escena descrita, hayan surgido inopinadamente entre ésta y la segunda. Obviamente, el asesino está actuando, y ha percibido que el dramatismo de la situación se acentúa si el protagonista trasluce emociones profundas. En este punto resulta evidente que para él lo importante no son los crímenes, sino su película. Y al igual que el homo videns de Sartori es incapaz de percibir nada más allá de las imágenes.

En realidad toda su vida ha sido predominantemente audiovisual. Con frecuencia cometía sus crímenes tras salir del cine, y la película condicionaba su actuación en ellos. Por ejemplo, si había visto una película de Elvis, la víctima asistía a su muerte entre cantos y bailes de su asesino. Pero su principal fuente de inspiración eran las películas americanas de gangsters. Él y sus compañeros lo eran (en indonesio fréman, de free man) tendían a hablar y comportarse como ellos, e incluso el asesino se anima a decir que su máxima inspiración fue Marlon Brando. Si se refiere a El Padrino esta influencia no era posible: la película se rodó años después de sus crímenes. Pero cuando el asesino construye la película de su propia vida se puede permitir ciertas licencias. En cualquier caso posee una evidente cultura cinematográfica occidental, y por eso puede conectar con el espectador occidental. Así ocurre en la escena de las nauseas: el desasosegado espectador puede interpretar que el asesino está finalmente arrepentido, lo que le devuelve cierta humanidad, y esto le devuelve la tranquilidad.

Pero resulta que el asesino es indonesio, y cuando en su relato se impone el gusto local el espectador occidental queda desconcertado. Ahora la escena muestra al asesino reconciliándose con dos de sus víctimas. Están ensangrentadas, y llevan al cuello los alambres con los que fueron estranguladas. Emocionadas, extraen una gran medalla con la que condecoran al asesino por “haberlos mandado al paraíso”. Y otra secuencia representa la expiación del asesino. Se encuentra delante de una cascada, en un paisaje maravilloso. Suena la música de Born free, y el asesino está acompañado por bailarinas de variedades y por su compañero de crímenes... ¡disfrazado de drag-queen!



El efecto es grotesco y siniestro para el occidental, pero obviamente no para ellos: se trata de una mera discordancia cultural. Ellos no se están burlando: sencillamente tienen mal gusto. En circunstancias similares un asesino español jamás habría optado por ese formato, sino tal vez por algo parecido al “Diario de Patricia”, abrazándose con el familiar de alguna víctima en una exhibición de sentimientos imitados de alguna otra película.

¿Banalidad del mal? Sí, también. Los asesinos que aparecen en la pantalla son primitivos y planos, incapaces de proferir nada más que lugares comunes. Han conseguido una relevancia que no les corresponde a fuerza de asesinar. También han conseguido ser protagonistas de una película. De dos, en realidad: la suya, una historia kitsch de gangsters, y la que recibe el espectador gracias a Oppenheimer, en la que aparecen como sangrientos bufones. Posiblemente por la primera darían por buenos sus asesinatos.

The act of killing. Joshua Oppenheimer. 2012.