miércoles, 24 de noviembre de 2010

DEMOCRACIA Y CRITERIOS DE MÉRITO

El mundo democrático moderno comienza con la defensa de que el gobierno de los no elegidos (es decir, el de aquéllos que acceden a el por herencia) es injusto, y debe ser sustituido por el de los seleccionados. Pero cuando Rousseau y los pensadores de la Ilustración defendían este principio, lo hacían porque estaban convencidos de que los seleccionados serían los mejores, y, de este modo, implícitamente estaban defendiendo la necesidad de un criterio de valor y capacidad en el acceso al poder.

Sin embargo, desde entonces, la elección de los gobernantes se ha basado en criterios meramente cuantitativos (tantos votos, tanto poder). Esto es una exigencia ineludible del principio de igualdad, que otorga a cada hombre un voto, pero, obviamente, la cantidad no conduce necesariamente a la calidad (más bien lo contrario). Pero los primeros gobernantes eran perfectamente conscientes de que el mero número no era una aspiración suficiente. Tomas Jefferson, en su discurso inaugural, dijo eso de que “aunque la voluntad de la mayoría debe prevalecer en todos los casos, para que sea justa debe ser razonable”.

¿Y ahora? Pues en España la cosa ha empeorado notablemente. Por un lado, la elección está llevando al poder a personajes tan obviamente incapaces como Bibiana Aído, Montilla, o Leire Pajin. Pero además, y esto es más grave, parece haberse renunciado a la necesidad de que los gobernantes sean los mejores: Es más, cualquier reclamación en ese sentido comienza a parecer sospechosamente antidemocrática. Cuando Zapatero dijo aquello de “Sonsoles, no sabes la cantidad de cientos de miles de españoles que podrían ser presidente” parecía hacerlo con orgullo, como diciendo “fíjate que democracia tan perfecta, que el tipo más simple puede llegar a presidente”

Yo continúo aspirando a que los gobernantes sean los más capaces. Es a eso a lo que me refiero cuando digo que el criterio de mérito es una aspiración ineludible para la democracia. ¿Y qué hacer? Pues ni idea. Idealmente, el problema debería atacarse en primer lugar desde el lado activo, es decir, el de los electores, mejorando su educación cívica para que no acaben eligiendo a un bufón o a un delincuente. Pero mientras tanto ¿no se podría atacar también por el lado pasivo, el de los elegibles, estableciendo ciertos requisitos mínimos? La verdad es que no lo sé.

(Aprovecho para enlazar esta entrada del blog de Santiago González, que viene al pelo para ilustrar el comentario)

lunes, 15 de noviembre de 2010

LA LÓGICA PUNTUAL

Dice Santiago González: Zapatero y Rubalcaba le emplazaban este fin de semana a no gobernar con el PP. Exige que no se mezcle con los parias de Cataluña a Mas, ese estadista, quien dio el placet a Patxi López para investirse lehendakari precisamente con el apoyo de la casta impura. Llegado el caso, afearán a Rajoy que pacte con los nacionalistas.

Es que la progresía no se deja constreñir por las hechuras impuestas por la lógica, y hace bien. Ellos, los adalides del Progreso, saben que lo que tienen entre manos (el Bien de la humanidad y su permanencia en el poder) es demasiado importante como para andarse con remilgos. La flexibilidad que exige la geometría variable reclama una lógica menos estricta. Para ello, resulta muy conveniente segmentar la realidad en el espacio y el tiempo, y así establecer compartimentos estancos que permitan decir una cosa y la contraria siempre que esté mínimamente separada en cualquiera de esas dos dimensiones. Zapatero pacta con el PP en el País Vasco, pero exige a Mas que no pacte con el PP en Cataluña, y en ambos casos tiene razón (este es el único axioma válido). En el futuro, la técnica se perfeccionará y será posible alcanzar la contradicción instantánea (por ejemplo, Zapatero podrá decir “Mas debe/no debe pactar con el PP), pero no adelantemos acontecimientos. En cualquier caso, con esta sencilla técnica la progresía conseguirá conservar para siempre la razón, simplemente a costa de perder la cordura. Una ganga.

viernes, 12 de noviembre de 2010

MAS SOBRE EL PROMEDIO

El mecanismo sicológico del promedio consiste en pensar que, ante dos posiciones enfrentadas, la verdad se encuentra siempre en un punto intermedio entre ambas. Puede estar más cerca de uno u otro extremo, pero no en uno de ellos. Y esto funciona así aunque una de las posiciones sea perfectamente razonable y la otra evidentemente descabellada, estúpida, o maligna. El caso es que, a la hora de ponderar, nunca damos valor cero a estas posiciones disparatadas, de modo que, poco a poco, a través de sucesivos promedios, la repetición de situaciones perversas va desplazando hacia ellas la percepción de normalidad. Así enferman las sociedades.

El corolario es que una posición firmemente argumentada, si se resiste a ceder ante cualquier estupidez o inmoralidad que se le oponga, es inmediatamente vista como radical.

jueves, 11 de noviembre de 2010

ESPAÑA Y EL ESTADO DE DECORO

Llamemos ‘estado de decoro’ a aquél en el que rige la obligación de sujetarse a unas normas de higiene y honestidad intelectual, tales como la sumisión a los principios de la lógica y la coherencia (y la proscripción de los sofismas), con la correspondiente imposición de penas de rubor intelectual a los que son sorprendidos en flagrante infracción de dichos principios.

Lo llamo ‘estado de decoro’ para poder establecer una cierta analogía con el ‘estado de derecho’. Porque, del mismo modo que hay quien se cree legitimado para permanecer al margen del estado de derecho por una causa superior (que él propio infractor decide), hay quien piensa que puede funcionar al margen del ‘estado de decoro’. Es este, una vez más, el caso de
El País, que seguro que también lo hace por una buena causa (el triunfo duradero de la progresía y, de paso, de su propia cuenta bancaria). Yo no estoy de acuerdo, y creo que desde hace mucho tiempo El País debería cumplir la merecida condena por ridículo intelectual, que lleva aparejada una pérdida completa de credibilidad.

jueves, 4 de noviembre de 2010

SOBRE EL TEA PARTY

Dos versiones en Herrera:

Nicolás redondo se ha referido al magnífico artículo de Vargas Llosa, ha dicho que dentro del Tea Party, entre una serie de bufones que la prensa se empeña en destacar, hay una idea de gran importancia, que es el temor del individuo ante la amenaza que supone el crecimiento desmesurado del Estado. Redondo se ha remontado a Tocqueville y ha recordado que en Estados Unidos, por la forma en que nació, la libertad del individuo es un valor capital de la sociedad.

El enfoque de Ónega ha sido, quizás, menos sofisticado. Ha dicho que en la derecha española todos guardan algo del Tea Party “en el armario”. No ha definido, pues, en que consiste el movimiento, pero ha dejado claro que se trata de algo vergonzoso. A continuación, para que no quedaran dudas, ha pasado a enumerar a los que lo integrarían en España: Intereconomía, Federico Jiménez Losantos, Esperanza Aguirre (que, según Ónega, proporcionaría la faceta populista), el alcalde de Valladolid, Mayor Oreja y Vidal Cuadras. Es extraño que se haya olvidado de Sánchez-Dragó.
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Y la tercera, de Camacho.

Denuncia Camacho a los que ponen palos en las ruedas a Rajoy en su proyecto de que el PP sea un all catch party, es decir, un partido de amplio espectro. Para ganar las elecciones, Camacho reclama un partido simpático que no despierte los recelos de la izquierda, y en esto coincide con los que aconsejaron a Rajoy que cambiara el rumbo tras perder las elecciones de 2008. Para Camacho sí hay un embrión de Tea Party en España, que puede perturbar el triunfo del “moderantismo” de Rajoy. Se compone de tres variedades mitológicas: 1) el “integrismo católico”, 2) el “fundamentalismo economicista” (que además es “alborotado”), y 3) aquellos que mantienen “una interpretación cerrada y ultramontana del hecho nacional”.

Obviamente la posibilidad de cubrir un mayor espacio político (léase: un mayor caladero de votos) es directamente proporcional a la ambigüedad del mensaje, y, por tanto, inversamente proporcional a la firmeza de las convicciones. Desde esta perspectiva no es raro que a Rajoy le molesten los que exigen claridad en sus posiciones. Más sorprendente es que también le molesten a Camacho. En cualquier caso, Camacho deja pocas alternativas: o asumir el “moderantismo” (es decir, el esqueleto gelatinoso) o ser reos de extremismo.

martes, 2 de noviembre de 2010

LAS 'PRIVATIZACIONES'

Fernando Garea en El País: El PP quiere reordenar el Estado y privatizar los servicios sociales.

Buscado el texto del titular dentro del artículo, resulta que no aparece de forma exacta sino aproximada: El PP quiere privatizar la gestión de servicios sociales básicos como la sanidad.

‘Privatizar’ es la palabra clave que envía el País a sus lectores. No concreta su significado, pero en ella está condensada la avaricia del PP, su desinterés por la gente, y el deseo de privarles de servicios públicos. Por ejemplo, continuamente se escucha que Esperanza Aguirre ha ‘privatizado’ la Sanidad en Madrid. Pero entonces ¿ya no son públicos estos hospitales? ¿Ha vendido Esperanza Aguirre la red de hospitales de Madrid al sector privado? ¿Hay que pagar, o contratar un seguro privado, para ser atendido? Obviamente, no es así.

La ‘privatización’ consiste en nuevas formas de gestión del sector público por las que se externaliza temporalmente la explotación de determinados servicios. Por ejemplo, en el sector sanitario, el mantenimiento, la limpieza o, más recientemente, el laboratorio. La finalidad, en principio, no es expulsar a los pobres de la sanidad, sino hacer más eficaz la gestión y reducir costes. Obviamente, estas ‘privatizaciones’ se practican en todas las Comunidades, pero sólo en Madrid está Esperanza Aguirre.

Estas ‘privatizaciones’ se suelen realizar bajo la forma de ‘contratos de colaboración entre el sector público y el sector privado’, modalidad regulada en el artículo 11 de la Ley 30/2007 de Contratos del Sector Público.

¡Ahá! Ya tenemos un responsable. ¿Quién es el malvado neocón que aprobó esta Ley que posibilita las ‘privatizaciones’? Pues fue, me temo, José Luis Rodríguez Zapatero.

lunes, 1 de noviembre de 2010

ACERCA DEL BULLSHIT

No me consta que exista en español una palabra específica para bullshit (o para su equivalente, más fino, humbug’, literalmente ‘zumbido de insectos’). Lo que más se aproxima es ‘charlatanería’ o ‘palabrería’, pero tienen significados más amplios.

El bullshit florece en todos los campos, pero se da especialmente bien en la política. Es así, supongo, debido a una abundancia de términos de difícil precisión pero provistos de un aura de prestigio, características que los hacen muy codiciados por los vendedores de crecepelo. De hecho, la utilización continua de estos términos como arma de bullshit (véase por ejemplo, ‘democracia’ o ‘libertad’) es un problema serio, pues van siendo despojados de todo contenido y convertidos en meras palabras huecas y altisonantes, ideal para políticos vacuos. El bullshit es, pues, muy destructivo a largo plazo. Sin embargo, suele ser mejor tolerado que la mentira directa, Resulta interesante, por tanto, investigar las diferencias entre ambos y decidir si esa benevolencia está justificada.

En su breve ensayo On bullshit, Harry G. Frankfurt establece la siguiente característica. El que dice la verdad piensa que lo que afirma es cierto, y el mentiroso que lo que dice es falso. Ambos, por tanto, se sienten constreñidos por la conexión de sus afirmaciones con los hechos objetivos. Ambos, por decirlo de alguna manera, respetan las reglas del mismo juego, aunque lo practican en equipos diferentes. Por el contrario, lo que caracteriza al emisor de bullshit es una perfecta desconexión con respecto a lo que es cierto o mentira. Esto es así porque, normalmente, para el productor de bullshit los puntos concretos en los que se basa su discurso, aquellos sobre los que se podría defender su certeza o falsedad, tienen un valor secundario con respecto al fin principal, que es proyectar una opinión sobre sí mismo. Frankfurt ejemplifica esto con cualquier discurso del 13 de julio en el que el orador hable de “nuestra gran nación, con la que nuestros padres fundadores, guiados por Dios, crearon una nueva esperanza para la humanidad”. Es evidente que tal orador no se está planteando si es o no cierto que su nación es grande, que los padres fundadores estaban inspirados por Dios, o que supone una nueva esperanza para la humanidad. Lo que el orador pretende transmitir es una imagen determinada de sí mismo: un patriota convencido de la grandeza y la misión de su país y de la importancia de los valores religiosos.

Un último punto. ¿Es justa la denominación bullshit? El significado literal ‘caca de toro’ parece hacer referencia a algo expelido de forma apresurada y sin gracia, y que desprende un olor desagradable. Contrapondría, de este modo, al apresurado emisor de bullshit con el cuidadoso artesano que realiza una obra con mimo y sujeción a unas normas determinadas. Podemos estar de acuerdo con la definición en la mayor parte de los casos, pero no hay que olvidar que detrás de la política (o de la publicidad) también hay cuidadosos artesanos que, con sofisticadas herramientas (por ejemplo, la demoscopia o la investigación de mercados), producen sofisticadas piezas de bullshit.

Coda: "Nunca cuentes una mentira mientras puedas salir adelante a base de bullshit". Eric Ambler. Una historia sucia.