sábado, 30 de julio de 2011

BONDAD SIN ESFUERZO

Uno de los impulsos más potentes del hombre occidental es el deseo de ser considerado bueno, tanto por uno mismo como por los demás. Sin embargo, comportarse bien requiere esfuerzo y, con frecuencia, riesgos. Por eso el hombre desarrolló la capacidad de coordinar ambas variables (bondad y coste), limitando el ámbito de la bondad a la teoría, y evitando realizar los penosos esfuerzos que exigiría su aplicación práctica. Esta creación, que durante mucho tiempo permitió ser bueno sin esfuerzo, llegó a ser conocida como hipocresía.

Con el tiempo la hipocresía fue suficientemente entendida y sufrió cierto desprestigio, y por eso el hombre moderno ha tenido que desarrollar otras técnicas. Por ejemplo el progresismo, la religión mayoritaria de occidente, ha desarrollado un complejo proceso de evaluación del bien basado en las intenciones y un estricto sistema de presunciones: se presume que los adeptos de la progresía actúan siempre con buena intención, y sus adversarios siempre con mala. De este modo un mismo hecho es bueno o malo dependiendo de su autor, y por tanto los criterios de bondad no son estables. Esto obliga a un continuo reajuste de las convicciones a los comportamientos previos, que, además de cansado, vuelve más estúpido al que lo practica. Mientras tanto el grupo de las personas sinceramente buenas, es decir, aquellas que intentan adecuar su comportamiento a lo que consideran bueno, se ha mantenido bastante estable en el tiempo, es decir, francamente bajo.

Las religiones tradicionales se encargaban de proporcionar las normas para ser incluidos en el grupo de los buenos. Cuando la Ilustración las abolió, y como la necesidad de ser considerado bueno persistía, fue necesario que surgieran otras religiones que no parecieran serlo. Aparecieron así nuevos gurús encargados de señalar el camino de la bondad: los intelectuales. En cierto modo, los intelectuales se convirtieron, si no en dioses, al menos en profetas. ¿Y ellos? ¿Eran sinceros? ¿Adaptaban sus planteamientos de bondad a sus propias vidas?

Los que Paul Johnson presenta en su libro “Intelectuales” no mucho. Este es el caso, por ejemplo, de Rousseau, referente absoluto de la educación progresista, que abandonó a sus cinco hijos en un hospicio. Obviamente la muestra escogida es absolutamente sesgada (Johnson se limita a mostrar a los intelectuales que encajan en sus planteamientos), pero el libro es muy entretenido.

En realidad, la característica predominante de los intelectuales analizados por Johnson parece ser el egoísmo. Y, lo que es más interesante para el tema que nos ocupa, han descubierto una manera especial de ser buenos sin esfuerzo que está muy extendida en nuestros días. Consiste en considerarse benefactores de la humanidad en su conjunto, lo que les permite portarse mal con las personas concretas. Obviamente esto revela una indiscutible insinceridad, pero de momento parece funcionar. Acabo con la clarividente carta que Sonya, la mujer de Tolstoi, escribió a este cuando la dejó sola en Moscú con su hijo de cuatro meses enfermo:

Mi pequeño todavía está mal (…). Puede que tanto Syutayev como tú no améis a vuestros propios hijos, pero nosotros, simples mortales, no podemos justificar esa carencia de amor por una persona profesando un tipo de amor u otro por el mundo entero”.

martes, 19 de julio de 2011

HISTORIA DEL JAPON (13): SHINGEN vs KENSHIN


He aquí una magnífica historia del Sengoku jidai. Takeda Shingen y Uesughi Kenshin eran daimyô de provincias situadas en la zona central de Honshû. Shingen estaba emparentado con los Minamoto, mientras que Kenshin provenía de una familia samurai de rango menor que había ido ascendiendo progresivamente gracias a su habilidad política y sus éxitos militares. Ambos eran consumados guerreros y mecenas de las artes. A partir de aquí hay ciertas diferencias entre ambos. Kenshin se mantuvo soltero toda su vida y no tuvo hijos. Shingen tuvo dos esposas, tres amantes oficiales, y unas treinta extraoficiales. Además, por si este alarde fuera poco, era bisexual, y mantenía una relación estable con uno de sus generales (aunque no en batalla).


Ambos eran budistas. A Shingen le gustaba ser representado como el demonio Fudo Myo-o, y Kenshin era considerado por sus seguidores un avatar de Bishamonten, deidad budista de la guerra. Quizás por ello, para él la guerra no era un medio, sino un fin: “Shingen hace la guerra para conquistar territorios y plantar arroz en ellos. En cuanto a mi, me fastidia que se enmohezcan mis lanzas”.


Ambos, en fin, compartían una recíproca y renuente admiración, y se peleaban de una forma bastante caballerosa. Un ejemplo. Shingen obtenía sal del océano Pacífico pero su provincia no tenía costa, de modo que, cuando sus poderosos vecinos, los daimyô Hôjo e Imagawa, se pusieron de acuerdo, se quedó sin suministro. Cuando Kenshin lo supo envío una carta a Shingen que decía: “Me he enterado de que Ujiyasu (Hôjo) y Ujizane (Imagawa) están usando la sal para atormentarte. Esto es cobarde e injusto. Yo peleo contigo con arcos y flechas, no con arroz y sal. Por eso, te ruego que obtengas la sal a través de mis tierras”.


El escenario de sus luchas fue Shinano, la provincia que tuvo la desgracia de estar entre ambos. Allí, entre 1553 y 1563, Shingen y Kenshin se enfrentaron en nada menos que seis batallas, y siempre en el mismo sitio, el valle de Kawanakajima. De todas ellas, la cuarta fue la más dura. En una ocasión, en Kawanakajima, Shingen estaba esperando en retaguardia noticias de una escaramuza cuando unos jinetes se acercaron al galope. Nadie sospechaba una incursión enemiga, pero se trataba de Kenshin en persona. Antes de que la guardia personal pudiera reaccionar, Kenshin cargó contra Shingen, que, sin tiempo para coger su katana, tuvo que defenderse con el abanico que usaba para dar indicaciones en combate (de este episodio salió con heridas de diversa consideración).



Puede decirse que la guerra entre Kenshin y Shingen terminó en tablas. A continuación, Kenshin dirigió sus esfuerzos hacia los daimyô Hôjo y Oda Nobunaga (de quien más adelante hablaré), y en 1577, en Tedorigawa, infligió a este último una de las pocas derrotas que sufrió en su vida. En ese momento Kenshin parecía el único daimyô capaz de oponerse a Nobunaga, pero un año más tarde un criado lo encontró agonizando en sus aposentos. Tan providencial resultaba esta muerte para Nobunaga, que se sospechó que había sido obra de éste a través de asesinos ninja.


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Imágenes:
1.- Takeda Shingen con su abanico.
2.- Uesugi Kenshin.
3.- Takeda Shingen representado como Fudo Myo-o.
4.- Una imagen más serena de Takeda Shingen.
5.- Una de las batallas de Kawanakajima.
6.- Un general de Kenshin, en Kawanakajima, rompiendo un escudo de un sablazo. Pueden (y deben) ver una estupenda colección de hazañas de generales en Kawanakajima aquí.
7.- Estatua en Nagano representando el famoso episodio de Kenshin, Shingen y el abanico.

sábado, 16 de julio de 2011

SALZBURGO Y BERCHTESGADEN


Salzburgo podría ser una ciudad bonita, pero se queda en sosa. Contribuyen decisivamente a ello las fachadas de las casas que, o bien son pintadas con colores tristes (predominando el gris cemento), o sometidas a un severo gotelé. Con frecuencia, sufren simultáneamente ambos tratamientos, y en ese sentido, la gente de Manacor estará allí como en su casa.


A 30 kilómetros de Salzburgo, en los Alpes bávaros, se encuentra Berchtesgaden. Está en un valle rodeado de montes, y uno de ellos es el Obersalzberg, famoso por albergar el Berghof, la residencia de vacaciones de Hitler. También adquirieron casas allí Göring, Speer y Bormann, y en 1936 todos los propietarios originales de la zona habían sido desplazados. A continuación, el Obersalzberg fue fortificado con búnkers, cañones antiaéreo, y barracones para albergar numerosos contingentes de las SS y las SD. El pueblo de Berchtesgaden se convirtió en destino de visitantes extranjeros y en lugar de peregrinación nacionalsocialista; se construyó una estación apta para recibir visitantes ilustres, y se adecuaron hoteles de lujo. En 1939, como regalo por el 50 cumpleaños del Führer, el Partido le regaló el “Nido del Águila”, un chalet en la cima del monte con impresionantes vistas sobre Berchtesgaden. Para acceder a él tuvo que ser construida una carretera de 6,5 kilómetros, incluidos 5 túneles, que costó, según wikipedia, el equivalente a 150 millones de euros de 2007. Los últimos 125 metros son salvados mediante un ascensor, decorado con exquisito mal gusto abundante en dorados. El regalo no tuvo, en realidad, mucho éxito. Parece ser que Hitler sentía claustrofobia dentro del ascensor, y no subió al “Nido del Águila” más de dos o tres veces.


En abril de 1945, temiendo que Hitler huyera de Berlín y estableciera un último reducto en la zona, los aliados bombardearon meticulosamente Berchtesgaden y el Obersalzberg. A continuación, tropas de las SS en retirada incendiaron el Berghof. Según “Band of brothers”, los soldados de Easy Company fueron los primeros en llegar a la zona, aunque parece ser que, en realidad, fueron los de la 3ª División de Infantería.


Si visitan Berchtesgaden, reserven tiempo para alguna excursión por el Königssee.




* En esta magnífica página web pueden ver imágenes de Berchtesgaden, en la época nazi y en la actual.

Imágenes
1) La “Calle del trigo” en Salzburgo.
2) Detalle del gotelé de Salzburgo (k.u.k.)
3) El ex rey Eduardo VIII, acompañado de Wallis Simpson, en Berchtesgaden en octubre de 1937. Una imagen que contribuye a explicar por qué no continuó siendo rey.
4) y 5) El Königsee.

domingo, 10 de julio de 2011

HISTORIA DEL JAPON (12): LA ERA SENGOKU


La Guerra Ônin marca el inicio del Sengoku jidai, el “periodo de los estados en guerra”, que abarca desde la mitad del siglo XV hasta comienzos del XVII. Todo empezó con el declinar de los sucesivos shôgun Ashikaga y el desvanecimiento del poder central, que fue gradualmente asumido por los antiguos gobernadores provinciales. Eran estos los shugo, que cuando llegaron a ser virtualmente independientes se llamaron daimyô, señores absolutos en sus respectivos Reinos de Taifas. Una vez independizados del poder central (aunque todos ellos continuaban venerando al Emperador), los daimyô se dedicaron a acrecentar su poder a costa de sus vecinos, y así, poco a poco, el poder disperso volvió a reunirse. Como una gota de mercurio que se estrellase contra el suelo y se fragmentara en otras más pequeñas, y después las más grandes de éstas fueran absorbiendo a las menores hasta volverse a reunir en un todo. Todo esto a lo largo de un siglo y medio.


En 1542, el portugués Fernando Mendes Pinto salió de la colonia de Macao en dirección a Portugal. Una tormenta lo desvió de su rumbo e hizo que tuviera que refugiarse en Tanegashima, un puerto de Kyushu. Los portugueses fueron llevados ante el daimyô local, que se mostró muy impresionado por los arcabuces que llevaban. Los japoneses ya conocían, a través de los chinos, la pólvora y distintas armas de fuego, básicamente para asedio, pero nada parecido a estas armas ligeras. Después de estudiarlos detenidamente consiguieron reproducirlos, iniciando una exitosa tradición de imitación de tecnología. Estos arcabuces, a los que denominaron Tanegashima, por el puerto a través del que habían llegado, o teppô, suscitaron el desagrado de los samurai, ya que mataban de una manera impersonal que no permitía poner en evidencia el valor de los contendientes. Otra vez el gekokujô. Pero el pragmatismo volvió a imponerse, y poco a poco fue extendiéndose su uso, primero como un arma auxiliar, y, finalmente, como un arma decisiva en la batalla.


En uno de sus viajes Mendes Pinto regresó de Japón con un fugitivo llamado Anjiro. En Goa, Anjiro conoció al jesuita Francisco Javier, que se preparaba para evangelizar el Japón, y que lo convenció para que lo acompañara como intérprete. En 1549 llegaron a Kagoshima. A pesar de la formidable barrera idiomática, y la dificultad de transmitir ciertos conceptos teológicos cristianos, Francisco Javier consiguió crear congregaciones jesuitas estables en Hirado y Yamaguchi.


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Imágenes:
1.- El daimyô Uesugi Kenshin, del que hablaré en una próxima entrada, luciendo una magnífica armadura sengoku.
2. Tanegashima, arcabuz japonés.
3.- Arcabuceros.
4. Estatua de Francisco Javier y Anjiro en Kagoshima.

sábado, 9 de julio de 2011

LOS NUEVOS GNÓSTICOS (3)


4)
El Evangelio de la Verdad es motivo de alegría para aquellos que han recibido del Padre de la Verdad el regalo de conocerlo, a través del poder de la Palabra que vino directamente desde el Pleroma”.

El Evangelio de la Verdad es uno de los textos de Nag Hammadi, y está escrito por discípulos del maestro gnóstico Valentín (100-160) o quizás por él mismo. Digamos desde el principio que para Valentín no todos los hombres son iguales. Los pocos elegidos tienen ante sí una misión de gran importancia: nada menos que desvanecer con su iluminación los restos de ignorancia del Pleroma. La historia es la siguiente.

Según Valentín la crisis se desencadenó en el Pleroma por la arrogancia de Sofía, el más joven (y obviamente femenino) de los Eones que en su alocamiento pretendió comprender al Dios Supremo. No lo consiguió porque para evitar curiosidades inoportunas en el Pleroma está establecido el Límite. Al chocar violentamente contra él Sofía se disoció en dos, y una de las partes recobró la cordura. Pero en la otra se desencadenaron una serie de emociones derivadas de la ignorancia y la incomprensión que iban desde la angustia al terror, lo que provocó que la ignorancia se extendiera “como una niebla”. En este estado de desorientación Sofía creó la materia y al demiurgo que a su vez creó el mundo. Desde ese momento existe una perturbación en el Pleroma que los gnósticos bendecidos por el conocimiento están destinados a eliminar cuando retornen a él, y de esa manera armoniosa se cerrará el círculo.

Armoniosa pero no para todos. ¿Qué pasa con el resto de mortales, con esa mayoría que no ha sido bendecida con la Iluminación? El destino que les augura Valentín es más bien lúgubre: desaparecerán con el mundo material cuando la iluminación de los elegidos corrija la ignorancia en el Pleroma. El Evangelio de la Verdad describe la dispar situación de los elegidos y los no elegidos con dos parábolas. Según la primera, la existencia tal y como creemos conocerla no es más que una pesadilla cósmica. Aquellos que sean “despertados” comprenderán inmediatamente la situación; los demás, ni siquiera habrán existido. En la segunda alegoría se habla de una mudanza (desde el mundo tal y como lo conocemos) en la que el propietario de la casa (Dios) decide únicamente llevarse las jarras (los hombres) que están en buen uso, dejando abandonadas las demás.

Es el momento de hacer una pregunta ¿Provocaba el enfoque vital de los gnósticos efectos secundarios en su capacidad intelectual? Dice Voegelin que una de las características más destacadas de los gnósticos, tanto de los antiguos como de los nuevos, es su tendencia a prohibir las preguntas y el cuestionamiento de la doctrina. En el caso de Valentín esta prohibición aparece como una característica estructural del Pleroma, materializada como el Límite (1). En su tratado ‘Contra los gnósticos’ Plotino (204-270) se dedicó a criticar las enseñanzas de Valentín. Molestaba especialmente a Plotino que los illuminatii, como él llamaba a los seguidores de Valentín, exhibieran una aplastante superioridad moral a la vez que rehusaban dar definiciones o explicaciones concretas acerca de su doctrina, sustituyéndolas por la afirmación de que ellos “miraban a Dios”. Con esto se referían al Dios oculto, sólo accesible a ellos, justificando así la superioridad de sus planteamientos y eludiendo la argumentación.


Podríamos pensar que un argumento de autoridad similar funciona también dentro de cualquier otra religión: también el cristianismo tiene el límite de la fe. Pero la situación de cristianos y gnósticos ante el conocimiento no era simétrica. Los primeros partían de la base de que el mundo es real; los segundos, de que el mundo no es más que un engaño. El cristiano limitaba la fe a lo sobrenatural, pero podía intentar conocer el mundo con las herramientas intelectuales a su alcance. Para el gnóstico, por el contrario, lo sobrenatural empezaba en el mundo. El gnóstico recibía de entrada un mensaje demoledor: todo lo que creías saber es falso. Con esto el acceso al conocimiento por la vía empírica quedaba vedado, y sólo era posible a través de la revelación del profeta de turno. En este sentido, como señala Bertonneau, el gnosticismo no supone un avance en la sofisticada especulación filosófica, sino un retroceso a la tribu agrupada en torno al chamán.

He comentado anteriormente que, según Bertonneau, en el origen del gnosticismo está el resentimiento; también se desprende del mensaje de Valentín. Según Plotino, en el origen del resentimiento de los gnósticos se encontraba la envidia provocada por la desigualdad económica y de status. En realidad no era exactamente la desigualdad en sí lo que los molestaba (pues ellos se apresuraban a establecer un abismo entre ellos, los elegidos, y los otros), sino el hecho de no encontrarse en el lado bueno del desequilibrio del mundo realmente existente. Básicamente, por tanto, lo que los gnósticos anhelaban era la destrucción de un mundo no satisfactorio, y el advenimiento de otro en el que ellos resultasen favorecidos.
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(1) Para Valentín Sofía expresa la más peculiar dualidad. Desde lo espiritual hasta lo completamente material. En sus enseñanzas se refiere a ella como “Sophia-Prunikos” (“Sabiduría la Ramera”).

(2) Y esto no sólo aparece en Valentín: también el Tratado Tripartito sitúa el origen de la crisis en la soberbia de un Eón que consistió en “traspasar el límite del discurso en el Pleroma” al intentar captar lo incomprensible.
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Imágenes
1.- San Ireneo, el mayor detractor de Valentín.
2. Plotino.

lunes, 4 de julio de 2011

HISTORIA DEL JAPON (11): LA GUERRA ÔNIN

(Para Balsera y Pau)


La rivalidad de dos familias samurai, los Yamana y los Hosokawa, aceleró el final de la era Muromachi. Hosokawa Katsumoto y Yamana Sôzen aspiraban simultáneamente al puesto de Kanrei, delegado del shogun en Kyoto. Ese fue el momento, particularmente inoportuno, que el shôgun Ashikaga Yoshimasa, una persona débil e incapaz, escogió para dimitir y retirarse a la vida contemplativa. Los aspirantes a la sucesión en el shogunato eran su hijo y su hermano menor, y los Yamana y los Hosokowa se alinearon respectivamente con cada uno de los pretendientes. Fue el comienzo de la Guerra Ônin, que duro de 1467 a 1477. A pesar de que prácticamente se circunscribió a Kyoto fue muy destructiva, y dejó la capital en ruinas.


Mientras tanto Yoshimasa permanecía al margen de los acontecimientos, preocupado únicamente por el diseño de su Pabellón de Plata, un edificio que pretendía emular al Pabellón Dorado de su abuelo*. La guerra finalizó con la poco deportiva retirada de los Yamana, que se marcharon incendiando la ciudad. A partir de ese momento, todos los sogunes Ashikaga fueron meras marionetas en manos de los Hosokawa. Hosokawa Katsumoto pudo dedicarse entonces a construir el Ryōan-ji, un templo zen, famoso por su jardín de piedras, que serviría de tumba para siete emperadores.



* Como el inepto Yoshimasa no pudo conseguir fondos para la plata, el Pabellón quedo, significativamente, de color negro.
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Imágenes:
1.- Escena de la guerra Ônin
2.- Hosokawa Katsumoto
3. El jardín de piedras de Ryōan-ji