miércoles, 27 de febrero de 2013

IG FARBEN (12)



En julio de 1943 el Departamento del Tesoro de Estados Unidos aprobó el uso de unos fondos para facilitar la evacuación de un contingente de judíos desde Rumania. A continuación la autorización se hundió en un espeso torrente de burocracia, y para cuando volvió a emerger cinco meses más tarde la posibilidad de salvación había desaparecido. Se descubrió, además, que algunos miembros del Departamento de Estado entorpecían sistemáticamente los expedientes de ayuda, y que incluso existían instrucciones para que las noticias sobre el exterminio de judíos no llegaran al gran público. En diciembre Josiah E. DuBois Jr., oficial del Departamento del Tesoro, redactó un documento detallando los pormenores del asunto, lo tituló Informe al Secretario sobre la aquiescencia de este gobierno en el asesinato de los judíos, y lo entregó a su superior. Este accedió a poner también su firma, y ambos lo elevaron al Secretario del departamento Henry Morgenthau Jr. con la petición de que, a su vez, lo presentara al presidente Roosevelt. Morgenthau se mostró inicialmente reluctante, pero fue finalmente convencido cuando DuBois Jr le anunció que, en caso de no presentarlo al presidente, dimitiría y convocaría una rueda de prensa en la que desvelaría el escándalo de los refugiados. Tras cambiar el título del documento por Informe personal del Secretario al Presidente Morgenthau se entrevistó el 16 de enero de 1944 con Roosevelt, que inmediatamente decidió la creación de la War Refugee Board (Agencia de Refugiados de Guerra). Las funciones de la WRB incluían “el desarrollo de planes y programas y la formalización de medidas efectivas para a) el rescate, transporte, mantenimiento, y apoyo de las víctimas de la opresión enemiga, y b) el establecimiento de refugios temporales para las mencionadas víctimas”. Al finalizar la guerra la WRB había colaborado en la salvación de aproximadamente 200.000 judíos.

Mientras tanto, a la vista de que la derrota de Alemania era inevitable, entre enero y septiembre de 1944 Henry Morgenthau Jr. se dedicó a diseñar su destino en la posguerra. El Plan Morgenthau preveía la partición de Alemania en dos estados independientes y el desmantelamiento completo de su industria pesada. Además sus principales centros industriales mineros serían reasignados a los países vecinos (el Sarre a Francia, y la Alta Silesia a Polonia) o convertidos en zona internacional (el Ruhr). En septiembre el presidente Roosevelt se reunió en Quebec con Churchill y le convenció, con la mediación de un préstamo de 6.000 millones de dólares, para que aceptara las directrices básicas del Plan. Un nuevo borrador fue redactado y firmado por ambas partes. Finalizaba anunciando la intención de “convertir a Alemania en un país básicamente agrícola y pastoril en su carácter”. El Plan fue criticado por los propios mandos aliados, que avisaron de que unas medidas tan drásticas incentivarían a los alemanes a luchar hasta el fin, y de hecho el Doctor Goebbels le dio amplia publicidad con esa precisa intención: “el judío Morgenthau desea convertir Alemania en un enorme patatal”. La noticia se publicó en el Völkischer Beobachter bajo el título “Roosevelt y Churchill de acuerdo con el criminal plan judío”.


El Plan Morgenthau también abordaba la cuestión de los criminales de guerra nazis. El destino que reservaba para los llamados archicriminales, aquellos en altos niveles de la jerarquía nazi y evidentes responsabilidades en matanzas y atrocidades diversas, era ser puestos inmediatamente a disposición de un pelotón de fusilamiento. El mismo trato se reservaba para todos aquellos culpables de muertes producidas a) en violación de las leyes de la guerra, b) en actos de represalia sobre rehenes, c) por motivos de nacionalidad, raza, color, creencias o convicciones políticas. La previsión de ejecuciones que Morgenthau podía tener en mente no es conocida. A finales de 1943, en la Conferencia de Teherán, Stalin había defendido la conveniencia de fusilar sin juicio previo a un número de oficiales alemanes entre 50.000 y 100.000, a lo que Roosevelt, ante la horrorizada mirada de Churchill, había respondido bromeando que quizás bastaría con 49.900. Pero incluso Churchill, que se oponía a la ejecución sumaria de miles de soldados, estaba de acuerdo en la de los principales jerarcas nazis, pues entendía que los juicios estaban fuera de lugar al tratarse de una cuestión política antes que judicial.


Pero poco a poco la idea de llevar a los criminales nazis a juicio fue abriéndose camino. Entre los detractores del Plan Morgenthau estaba el Secretario de Estado Henry L. Stimson, algo que no resulta sorprendente dada la rivalidad entre el departamento de Estado y el del Tesoro tras la publicación del memorando de DuBois Jr. En septiembre de 1944 Stimson presentó a Roosevelt un documento titulado “Juicio de los criminales de guerra europeos” en el que defendía la viabilidad de realizar grandes juicios en vez de ejecuciones sumarias, pero Roosevelt continuó fiel a las prescripciones del Plan Morgenthau. De hecho en febrero de 1945, en Yalta, estando ya gravemente enfermo, Roosevelt dijo que le había impactado la magnitud de la destrucción en Crimea, que por tanto estaba más sediento de sangre en relación a los alemanes de lo que había estado un año atrás, y que esperaba que Stalin propusiera de nuevo un brindis por la ejecución de 50.000 oficiales alemanes.

Tras la muerte de Roosevelt en abril de 1945 el nuevo presidente Harry S. Truman dio un nuevo impulso a la idea de los juicios. En agosto de 1945 las potencias ganadoras de la guerra, acompañadas de Francia, firmaron la Carta de Londres, que establecía las bases legales de los juicios y creaba un Tribunal Militar Internacional con competencia para juzgar los crímenes de guerra, crímenes contra la paz, y crímenes contra la humanidad.


El lugar escogido para la celebración de los juicios fue el Palacio de Justicia de Nuremberg. La ciudad no sólo compartía su nombre con las infames leyes antisemitas de 1935, sino que había acogido las celebraciones anuales del partido nacional-socialista, por lo que escogerla como sede de los juicios tenía una gran carga simbólica. Adicionalmente, el Palacio de Justicia había resistido bien los bombardeos aliados y se encontraba en buen estado. En noviembre de 1945 comenzó el principal de los juicios, el Juicio contra los Principales Criminales de Guerra. En el banquillo se sentaban veinticuatro acusados: Hermann Goering, Rudolf Hess, Martin Bormann, Ernst Kaltenbrunner, Alfred Rosenberg, Albert Speer, Joachim von Ribbentrop, Julius Streicher, Wilhelm Keitel, Alfred Jodl, Erich Raeder, Karl Doenitz, Hjalmar Schacht, Alfred Krupp, Hans Frank, Arthur Seyss-Inquart, Wilhelm Frick, Hans Fritsche, Walter Funk, Konstantin von Neurath, Franz von Papen, Fritz Sauckel, Baldur von Schirach y Robert Ley. En octubre de 1946 el juicio finalizó, y doce de los acusados fueron sentenciados a muerte.
 

Gustav Krupp había sido escogido en representación de los industriales que habían prestado un apoyo decisivo a Hitler. En realidad el apoyo de Krupp, magnate del acero, había sido mucho menos decisivo que el de IG Farben, pero a cambio había gozado de mucha más notoriedad. En cualquier caso en el momento del juicio se encontraba en un avanzado estado de demencia senil, por lo que su presencia no era posible. Se intentó sobre la marcha que su hijo Alfred aceptara sustituirlo en el banquillo, pero la cosa no prosperó. En abril de 1946, antes de que el juicio contra los archicriminales finalizara, los aliados planearon celebrar un segundo juicio contra industriales del Reich frente al Tribunal Militar Internacional, pero éste no llegó a llevarse a cabo. En su lugar se encomendó a cada una de las potencias que, en su respectiva zona de control, realizaran los juicios que estimaran oportunos. Estados Unidos fue la más activa, y llevó a cabo, frente a sus propios Tribunales Militares, los llamados “juicios subsiguientes de Nuremberg”: doce procedimientos entre los que se encontraban el juicio de los doctores, el de los jueces [7], el de los Einsatzgruppen, y el de Krupp. También el de IG Farben.



Imágenes: 1.- Josiah Dubois. 2.- Henry Morgenthau. 3.- Conferencia de Yalta. 4.- Palacio de Justicia de Nuremberg. 5.- Banquillo de los acusados en el Juicio de los Archicriminales.
 

sábado, 23 de febrero de 2013

LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS (6): CABET (2ª parte)


Los lectores de “Viaje por Icaria” están ansiosos por llevar a la práctica las teorías del libro, y Cabet se encuentra ante una oportunidad única: demostrar que su exhaustiva construcción intelectual puede ser trasladada a la realidad (aunque él no percibe la diferencia entre ambas). Decidiendo que es mucho más sencillo empezar de cero que revolucionar un continente con instituciones consolidadas, Cabet fija sus ojos en América. Robert Owen le sugiere Tejas que, recientemente incorporada a la Unión, está muy escasamente poblada. Plenamente convencido, Cabet firma un contrato con una compañía americana para la compra de un gigantesco terreno a orillas del río Rojo. A principios de 1948 un primer contingente de sesenta y nueve icarianos se reúne en el puerto de Le Havre, y tras firmar unos “contratos sociales” por los que acuerdan mantener un régimen comunista, embarcan hacia el Nuevo Mundo. Cabet los despide desde tierra: ante tales hombres de vanguardia, dice, no se puede dudar de la regeneración de la raza humana.

En marzo de 1848 los primeros icarianos se encuentran en Nueva Orleáns descubriendo que han sido estafados. Las tierras compradas para edificar su utopía no se hallan estrictamente en la ribera del río Rojo, sino a cuatrocientos cincuenta kilómetros de ella. Además, quizás por un error en las unidades de medida, su propiedad se limita a la centésima parte de lo que ellos pensaban. Peor aún: las tierras no se encuentran agrupadas en un único punto, sino dispersas por el territorio. A pesar de ello la vanguardia de Cabet se pone en marcha en carretas tiradas por bueyes. En el trayecto, todos enferman de paludismo, y el médico pierde la razón.


Instalados en su destino los icarianos sobreviven penosamente. Transcurrido un tiempo el propio Cabet se incorpora, y con él nuevos adeptos. Tras meses de penurias los icarianos emprenden una segunda emigración hacia Illinois y ocupan Nauvoo, la ciudad que los mormones acaban de desalojar prudentemente tras el asesinato de su líder Joseph Smith. Pero por alguna razón la nueva Icaria se resiste a parecerse a su versión literaria. En el libro la sociedad vivía en la opulencia rodeados de adelantos tecnológicos, con sus habitantes desplazándose en dirigibles y trenes de alta velocidad movidos por orujo; en la Icaria real sus habitantes practican una agricultura de subsistencia y malviven con los donativos que reciben de simpatizantes en París. En la Icaria utópica reinaba la concordia y la unanimidad; en Icaria-Tejas los habitantes viven inmersos en perpetuas disensiones enfrascados en interminables discusiones políticas. En lo único que ambas se parecen es en la desaparición de la libertad. Cabet, erigido en dictador por el bien de la Humanidad en abstracto, se dedica a controlar las vidas de sus súbditos concretos. Prohíbe el tabaco y el alcohol, se dedica a supervisar todos los asuntos privados, y hace que los icarianos se espíen y denuncien entre sí.


Icaria funciona endogámicamente, y sus miembros tardan decenios en aprender inglés. Esto dificulta notablemente su relación con sus vecinos, ya de por sí suspicaces tras su experiencia previa con los mormones. En Francia, a partir de la revolución de 1848 el interés por los icarianos se desvanece rápidamente, y con él las ayudas y donativos. Icaria comienza a contraer deudas que no puede pagar. Paralelamente al deterioro económico, Cabet incrementa el control de todos los aspectos públicos y privados de la comunidad. Finalmente se produce una rebelión. Cabet, el admirador de la Revolucion, acaba encontrando bajo su ventana a sus súbditos sublevados cantando La Marsellesa. No hemos emprendido este proyecto para no ser libres, se quejan amargamente, lo que parece indicar que realmente no se habían leído el libro. Cabet es destituido y expulsado de su utopía. Muere amargado al poco tiempo en San Luís.

Con la marcha de Cabet no desaparecen las tensiones entre los icarianos. Los mayores se han aburguesado y se entretienen cultivando sus huertos privados. Los más jóvenes, estimulados por las noticias de la Comuna de París, exigen su colectivización. Una penúltima escisión provoca que algunos icarianos emigren a California, donde poco a poco se mezclan con la población local. En 1895 los últimos icarianos de Illinois se disuelven, pues en nada se diferencian ya de sus vecinos agricultores.



Imágenes: 1.- Étienne Cabet. 2.- El puerto de Le Havre. 3.- Nauvoo, en el río Mississippi.
 

miércoles, 20 de febrero de 2013

viernes, 15 de febrero de 2013

LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS (5, creo): CABET

Si consideramos las riquezas de que ha colmado al género humano la Naturaleza bienhechora, y la inteligencia o la Razón con que le ha dotado para servirle de instrumento y de guía, es imposible admitir que el hombre esté destinado a ser infeliz sobre la tierra; y si, por otra parte, vemos que es esencialmente sociable, y por consiguiente simpático y afectuoso, tampoco podremos admitir que sea naturalmente malo.

No obstante, la historia de todos los tiempos y países nos muestra solamente trastornos y desórdenes, vicios y crímenes, guerras y revoluciones, suplicios y mortandades, calamidades y catástrofes. Empero si estos vicios y estas desdichas no provienen de la voluntad de la Naturaleza, preciso es, pues, buscar su causa en otra parte.

¿Y dónde hallaremos esta causa sino en la mala organización de la Sociedad, ni el vicio radical de esta organización sino en la desigualdad que le sirve de base? (…) Mas al penetrar seria y ardientemente en la cuestión de saber cómo podría la sociedad organizarse en Democracia, es decir, sobre las bases de la Igualdad y de la Fraternidad, se llega a reconocer que esta organización exige y trae consigo necesariamente la Comunidad de bienes.”


Étienne Cabet nace en 1788 en Dijon. Hijo de un tonelero, consigue estudiar para ser abogado aunque no acaba de destacar en la profesión. Lo que realmente le gusta es la política: entiende que la Revolución Francesa ha sido el acontecimiento más importante de la humanidad, y que hay que vigilar permanentemente que las cosas no vuelvan a su estado previo. De este modo se convierte en un modesto incordio para los restaurados borbones. Contempla con simpatía la revolución de 1830, y en el reinado de Luís Felipe es nombrado procureur-général en Córcega, aunque no por eso deja de criticar al Gobierno hasta que es cesado. En 1831 consigue ser elegido diputado, pero tres años más tarde se encuentra exiliado en Inglaterra acusado de traición. Allí, muy influido por Owen, reflexiona sobre el modo de construir una sociedad perfecta. El resultado es la obra que le reportará gran fama: ”Viaje por Icaria”.

El libro comienza con la cita que abre este capítulo. Cabría pensar que Cabet está tan capacitado para construir una sociedad perfecta a partir de la mera razón como para diseñar un cohete interplanetario. Pero aunque sin duda es consciente de la segunda de estas limitaciones, no lo es en absoluto de la primera, y este es un defecto bastante común en los hijos de la Ilustración. El libro nos confirma la incapacidad de Cabet para diseñar un mundo perfecto en la teoría; posteriormente la realidad se encargará de ratificarla en la práctica.


A primera vista “Viaje por Icaria” es el exhaustivo recorrido por todos los rincones de una utopía ñoña. A lo largo de una infinidad de páginas, un viajero embobado describe con innecesaria minuciosidad una sociedad igualitarista-comunista en la que la propiedad privada ha desaparecido y con ella todos los males de la humanidad. Icaria debe su nombre al libertador Icar, que en una revolución consiguió derrocar a los despóticos gobernantes Corug, Lixdox y Clorámida, por cuyos nombres parecen más bien colutorios. Cabet no contempla con ecuanimidad a los contendientes:
 “La pasión de Icar fue el amor al género humano. Desde su niñez se distinguió por el cariño que profesaba a los demás niños, a quienes acariciaba y con quienes compartía lo poco que llegaba a poseer. En su juventud no podía ver a un desgraciado sin sentirse herido por sus miserias y sin consolarlo. Con frecuencia daba su pan al pobre que encontraba. Un día halló a un joven casi desnudo y que muerto de frío estaba tendido en el suelo; le fue muy natural quitarse el vestido, darlo al pobre, y quedarse él mismo casi en cueros.
 (…) Mas lo que distinguía a Icar era la serenidad de su semblante, y a Lixdox su fealdad; era tuerto y giboso, parecía más maligno que feroz, aunque realmente fue tan cruel como ambicioso e hipócrita.

Este es el nivel general del análisis de Cabet. Pero bajo su máscara de felicidad tontorrona Icaria oculta un estado-masa en el que la individualidad ha desaparecido, y en el que se ha impuesto una ominosa (no para Cabet) unanimidad. De hecho existe un Parlamento, pero en el que está ausente el debate político:
 “¿Cómo no ha de haber calma en nuestras discusiones, si no tenemos intereses exclusivos, si no hay partidos, ni pasiones políticas entre nosotros? ¿Olvidáis, pues, la influencia que ha de ejercer en nosotros la educación general y sobre todo la educación cívica?


A la consecución de la unanimidad ha contribuido decisivamente el adoctrinamiento. La educación en Icaria se basa en estrictos principios igualitaristas que perdurarán en el tiempo y arraigarán en otras sociedades:
 “- ¿Qué recompensas -pregunté a Dinarós- hay establecidas para excitar la emulación? - Ninguna -me contestó-; ni premio, ni corona, ni distinción, porque deseando infundir a los niños los sentimientos habituales de la igualdad y de la benevolencia fraternal, nos guardaríamos mucho de crear distinciones que excitarían el egoísmo y la ambición de los unos al mismo tiempo que la envidia y el odio de los otros.

La autoridad es vista con desconfianza, y el buen rollo es generalizado. Véase cómo ejemplo la manera en que unos maestros reprenden a un alumno díscolo:
 “Uno de los profesores terminó la sesión haciendo presente a los niños que no debían dejar de amar al chiquito, a éste que no debía dejar de amar a sus jueces, a todos que debían amar más a la República que tanto hacía por su felicidad, y amarse recíprocamente cada vez más ellos mismos para agradar a la República.

Icaria ha abolido la libertad de imprenta. Los libros son censurados por comités que sólo dejan publicar los libros buenos para la República. Cuando otro viajero (tal vez una emanación de alguna duda en el subconsciente de Cabet) se atreve a manifestar sus dudas al respecto pasa a ser descrito como “pajarraco”:
- ¡Vos sois enemigo de la libertad de imprenta!.
- No señor. Yo la deseo en las monarquías opresivas; pero en la República de Icaria…
 “- Si mi pajarraco os oyera, os acusaría de imitar al feroz Omar que prendió fuego a la biblioteca de Alejandría, o al tirano chino que redujo a cenizas los anales de su país para favorecer a su dinastía. - Pero yo le contestaría -dijo Valmor- que nosotros hacemos en favor de la Humanidad lo que hacían contra ella sus opresores; nosotros hemos encendido fuego para quemar los malos libros.

Y aquí está una de las claves del pensamiento de Cabet: la República de Icaria puede hacer cualquier cosa, porque lo hace en bien de la Humanidad. En el análisis de los hechos debe aplicarse un doble rasero: lo que hacen las monarquías opresivas está mal, pero si lo hace el paraíso igualitario de Icaria está bien. Esta valoración según una atribución apriorística de intenciones se impondrá durante mucho tiempo en otros países más allá de Icaria.



También, por supuesto, ha desaparecido de Icaria la libertad de prensa:
 “Nosotros hemos cortado la raíz al mal: primeramente, estableciendo una organización social y política que hace inútil la libertad de la prensa; luego, no permitiendo la publicación de más diarios que uno para cada comuna, otro para cada provincia, y un tercero nacional para todo el país, y en seguida confiando la redacción de estos periódicos a funcionarios públicos.”

De acuerdo, no hay libertad de prensa, y sólo hay un periódico oficial por territorio, pero Cabet describe una ventaja alternativa:
 “por otra parte, habréis notado la hermosa calidad de papel, la comodidad del tamaño, lo magnífico de la impresión, la distribución acertada de materias... ¡Comparad nuestros periódicos con los ingleses o franceses... y maravillaos!

La censura alcanza también a la creación artística:
(…) todas las canciones de Icaria eran bonitas porque nadie podía imprimir ninguna obra, aunque fuese una simple canción, sin permiso de la República. (…) Y hay ciertas canciones que pueden ser venenos morales tan funestos a la Sociedad como los venenos físicos.

Todos los aspectos de la realidad están exhaustivamente regulados. En la visita que el viajero realiza al Parlamento se entera de las leyes que se están aprobando en ese momento:
Ley que ordena inscribir una nueva legumbre en la lista de los alimentos; su cultura, y de la manera que se distribuirá. Diez otras leyes referentes a los alimentos, a los vestidos, las habitaciones y al mobiliario.

De hecho, tal y como descubre el viajero, incluso la existencia de Dios fue en su momento sometida a decisión asamblearia:
 “Todas las opiniones fueron examinadas y discutidas por el espacio de cuatro años; todas las cuestiones fueron decididas por una gran mayoría y muchas de ellas por unanimidad.

En fin, el control de la sociedad es tan intenso que el icariano no se libra de él ni después de muerto: su cadáver es inexorablemente diseccionado en un gigantesco anfiteatro a la vista de todo el mundo.

"Viaje por Icaria" triunfa en la Francia de Luís Felipe. De hecho, su influencia es tan potente sobre los obreros que se estima que hacia 1847 Cabet cuenta con un número de partidarios entre doscientos mil y cuatrocientos mil. (Continuará)


Imágenes: 1.- Étienne Cabet. 2.- La revolución de 1830 según Delacroix. 3.- Portada de “Viaje por Icaria”. 4.- Luís Felipe I de Orleáns.

sábado, 9 de febrero de 2013

LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS (8): NOYES (2ª PARTE)




Al mismo tiempo que la comunidad de Putney es acosada por sus vecinos, otro grupo de perfeccionistas se ha establecido en un antiguo aserradero en el arroyo Oneida, en el condado de Madison, Nueva York. Ante los apuros de Noyes lo invitan a que los acompañe y dirija su Comunidad, y éste acepta. El resto de la comunidad de Putney lo acompaña. Nace así la Comunidad Oneida.

Inicialmente Oneida obtiene ingresos de la venta de sus excedentes agrícolas, pero su situación económica no es favorable. La edición del periódico local [1] consume la mayor parte del beneficio, y además Oneida debe sufragar los gastos de otras comunidades perfeccionistas en desarrollo, entre ellas la de Wallingford (Connecticut) y la de la ciudad de Nueva York. La situación financiera mejora cuando el cuñado de Noyes, próspero comerciante, orienta la actividad hacia el sector servicios: Oneida se dedica a comprar productos en los condados del este, y a revenderlos en los del centro y oeste, mucho más inhóspitos. Pero el salto a la prosperidad lo da en 1848, cuando Sewell Newhouse se incorpora a la Comunidad. Newhouse ha diseñado y patentado una trampa de acero especialmente eficaz para atrapar castores. La trampa Newhouse se pone de moda entre los tramperos, y Oneida se convierte en proveedora de la Hudson’s Bay Company, dedicada al comercio de pieles.



Con la tranquilidad económica asegurada, Noyes pude dedicarse de lleno a la búsqueda del perfeccionismo. Los principios sobre los que se erige son la búsqueda de la perfección individual, la renuncia al interés individual a favor de los de la comunidad, y la propiedad en común. En Putney Noyes ha podido comprobar como la implantación del “matrimonio compuesto” le ha granjeado la desaprobación social; ahora en Oneida experimenta otro de sus efectos secundarios: la proliferación incontrolada de embarazos. Así que, para facilitar la extensión del “matrimonio compuesto”, se ve obligado a desarrollar otra institución perfeccionista: la ”continencia masculina”. Esta no hace referencia a la castidad, algo que, según Noyes, ni siquiera es exigida a los ángeles: se refiere a la contención de la eyaculación [1]. En El Perfeccionista Noyes se dedica no solo a dar una cobertura teológica a la técnica…

Ciertamente malgastar la simiente no es natural. Dios no puede haber diseñado al hombre para que siembre la semilla en la orilla del camino, donde no espera que crezca, o en el mismo campo donde la simiente ya ha sido sembrada y está creciendo; y sin embargo esa es la práctica del hombre durante el acto sexual ordinario. Siembra semillas habitualmente donde no desea que crezcan

. … sino también instrucciones concretas de funcionamiento. Noyes es consciente de que cuanto más cercano está el clímax más difícil es retener el orgasmo, y propone como alegoría estar remando en las cercanías de una catarata: a una prudente distancia del borde uno puede fácilmente dar media vuelta y alejarse remando, pero si se acerca demasiado la corriente lo arrastra y no hay vuelta atrás. Por tanto Noyes recomienda a los que se inician en la “continencia masculina” que practiquen el remo a cierta distancia del salto:

Si quiere aprender, la experiencia le enseñará lo sabio que es limitar sus excursiones a la región de fácil remado, a no ser que tenga un objetivo (propagación) que merezca la pena el coste de dejarse llevar por la cascada”.



Otra institución básica de Oneida es la “camaradería ascendente”. Los adeptos de Noyes están jerarquizados según el nivel de perfección que han alcanzado, desde el estrato más bajo ocupado por los recién iniciados hasta los que prácticamente han alcanzado la perfección. Se considera que los miembros de mayor edad están en un nivel más alto de perfección, y por tanto ocupan un escalón superior de la pirámide. La posición en la “camaradería ascendente” tiene efectos prácticos inmediatos, ya que Noyes insiste en que aquellos que deseen mejorar deben mezclarse, en su sentido más amplio, con los espiritualmente superiores [2]. Noyes, como cúspide de la “camaradería ascendente” se reserva el derecho a iniciar sexualmente a todas las mujeres vírgenes. Puesto que la perfección está ligada a la edad, los más jóvenes de la secta se ven compelidos a relacionarse con los de más edad, para deleite de éstos. No siempre. Una mujer madura, insuficientemente perfeccionada y aún no inmune a los celos, abandona la comunidad alegando que las jóvenes son “requeridas para mantener relaciones sexuales hasta siete veces a la semana o más”.



En Oneida las relaciones exclusivas están proscritas, porque Noyes considera que la excesiva atención en una única persona crea subgrupos de afecto dentro de Oneida e impide el fluir del amor comunitario. Las penalizaciones impuestas a la fidelidad son severas, e incluyen degradaciones en la “camaradería ascendente” con la consiguiente reducción del éxito social en todos los niveles.

El funcionamiento conjunto del “matrimonio compuesto”, “la continencia masculina”, y la “camaradería ascendente” permiten a Noyes dedicarse a una nueva creación. En 1860 lee ‘El origen de las especies’ de Darwin, y se interesa por las teorías de Galton sobre la posibilidad de mejorar la especie humana mediante la selección de los progenitores. Como aún no se ha formulado el término “eugenesia”, Noyes crea el de ”estirpecultura”. La idea principal consiste en que, para perfeccionar la raza en su conjunto, sólo a los más altos en la “camaradería ascendente” debe serles permitida la procreación: “Las personas deben perfeccionarse, antes de transmitir perfección a su descendencia”. Los miembros de la comunidad aceptan de buen grado el programa. Las mujeres en edad y estado espiritual idóneo para estirpecultivar debían firmar una declaración incluyendo:

1.- Que no nos pertenecemos en ningún concepto sino que pertenecemos, primero a Dios, y después al señor Noyes como su legítimo representante. 2.- Que renunciamos a todos los derechos o sentimientos personales en lo relativo a la crianza de los niños que pudieran en el más mínimo grado entorpecerlo en su selección de combinaciones científicas. 3.- Que dejaremos de lado cualquier tipo de envidia, infantilismo y egoísmo, y que nos alegraremos por todos los que sean elegidos candidatos; que, en caso necesario, nos convertiremos gustosas en mártires de la ciencia y con gusto renunciaremos a todo deseo de convertirnos en madres, si por cualquier razón el señor Noyes nos considera material no apto para la propagación. Sobre todo, nos ofrecemos como “sacrificios vivientes” a Dios y al verdadero Comunismo.



Entre 1869 y 1879 el programa eugenésico de Noyes produce satisfactoriamente 58 especímenes. Noyes, que cree sinceramente en la superioridad de su línea familiar, aporta 10 estirpecultivos, y su hijo mayor 5. El resto de los miembros debe conformarse con un número que oscila entre 0 y 2. Tras ser destetados los niños son separados de sus madres e ingresados en la Casa de los Niños, un ala de la mansión reservada a tal fin. Se pretende que, desde el principio, aprendan a no desarrollar afectos exclusivos.

En 1854 A.J. Macdonald visita Oneida. Está recopilando información sobe las comunidades socialistas que han ido brotando en América, sobre las que pretende escribir un libro. Cuando Macdonald muere sin haber logrado su objetivo, Noyes adquiere los derechos sobre los textos y los agrupa en un volumen llamado “Historia del socialismo americano” [5]. La transición de Noyes hacia el socialismo ha sido gradual. A lo largo de los años 40 y los 50 en El Testigo, El Perfeccionista, y la Circular Oneida se ha dedicado a explicar la teología perfeccionista; a partir de entonces se van centrando en la socialista. En 1864 Noyes advierte en la Circular que ésta dejaría de ser una publicación estrictamente religiosa, y que los adeptos debían acostumbrarse a una serie de “herejías, innovaciones y novedades”. En 1876 Oneida es sustituido por El Socialista Americano. En su editorial de presentación Noyes afirma que pretende “conseguir un relato fiable de los hechos acerca de los progresos del socialismo en todas partes, y (…) ofrecer a los socialistas de todo tipo un medio liberal de intercambio y discusión (de ideas)”. Un ejemplo de la nueva orientación se contiene en uno de sus artículos: “Como pasar el domingo de manera científica”.




De manera simultánea a la transición al socialismo, Oneida ha ido triunfando decisivamente en el capitalismo. A finales de los 70 la producción de trampas de acero es sustituida por la de cubertería como principal línea de negocio. Pero Noyes, prematuramente envejecido, se enfrenta a un cisma en la comunidad. La divergencia no es estrictamente teológica ni ideológica: James Towner, uno de los miembros más antiguos, reclama su derecho a ser el iniciador sexual de las jóvenes. La discusión entre noyesianos y towneritas divide a la comunidad. Mientras tanto una revisión médica rutinaria de las mujeres de Oneida revela al exterior que éstas han sido iniciadas sexualmente muy poco después de sus primera menstruación, oscilando las edades entre los 10 y los 18, y estando la media en 13 años. El descubrimiento enfrenta a Noyes con una denuncia por estupro, y en 1879 emigra a Niagara Falls. Otra vez las cataratas. La comunidad, en su configuración religioso-ideológica, no sobrevive mucho tiempo la marcha de su líder. En 1881 los bienes de la comunidad son repartidos en forma de acciones entre los adeptos, que se convierten en socios. Nace así la compañía mercantil Oneida Ltd. que triunfará como fabricante de cubiertos y vajillas.



NOTAS:
[
1] El periódico El Perfeccionista es sustituido por la Circular Oneida.

[2] También conocida como coitus reservatus. No se debe confundir con el coitus interruptus: en este último la emisión seminal sí tiene lugar, aunque fuera del lugar donde se ha desarrollado la acción previa.

[3] Podría argumentarse que, del mismo modo que los espiritualmente inferiores se enriquecen con el contacto con los superiores, éstos últimos podrían resultar empobrecidos ante el contacto con los inferiores: Pero Noyes zanja la cuestión: los superiores son inmunes a la influencia de los inferiores. Y punto.

[4] Si aceptamos que el juego de la trasgresión constituye un elemento esencial del erotismo, sin duda la prohibición de las relaciones amorosas exclusivas convierten la fidelidad en Oneida en algo sexualmente excitante.

[5] El material recopilado por Macdonald se encuentra ahora en la Universidad de Yale.

domingo, 3 de febrero de 2013

LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS (7)*: NOYES


John Humprey Noyes nace en un pueblecito de Vermont en 1811. Su padre es un próspero comerciante que unos años después del nacimiento de John ingresará en la Cámara de Representantes. No es el único familiar involucrado en política: su primo Rutherford B. Hayes se convertirá en el decimonoveno presidente de los Estados Unidos. En 1830 Noyes finaliza sus estudios secundarios con altas calificaciones, y entra a trabajar en el despacho de abogados de un cuñado. A pesar de que el trabajo no se le da mal, transcurrido un año lo abandona y anuncia su intención de convertirse en predicador. Durante un año estudia en el Seminario Teológico de Andover, y en otoño de 1832 ingresa en la prestigiosa Escuela de Teología de Yale. Tras un año de intenso estudio obtiene la licencia para predicar. Mientras tanto ha entrado en contacto con una serie de corrientes de pensamiento que, opuestas a la idea calvinista de la predestinación y la indefensión humana ante el pecado, creen que el hombre es capaz de alcanzar la salvación por sus propios medios. Reciben el nombre de Perfeccionistas.

El Perfeccionismo atrae a Noyes, que desde el principio se enriquecerlo con sus particulares teorías. En un momento en que proliferan las sectas milenaristas, Noyes defiende que el Segundo Advenimiento de Cristo ya ha tenido lugar hace tiempo, concretamente en el año 70. Desde ese momento el hombre puede alcanzar la perfección sin tener que esperar a llegar al cielo, y de hecho, continúa Noyes, él ya es perfecto. Sus colegas dudan de su cordura, y Yale acaba presionándolo para que devuelva su permiso para predicar. Desconcertado por no encontrar la aceptación que cree merecer, durante unas semanas vaga por Nueva York emborrachándose y predicando el Perfeccionismo entre los mendigos. Es tentado por prostitutas y experimenta el horror de flaquear y arder en el infierno en consecuencia. A partir de ese momento incluye a los clientes de los burdeles entre los involuntarios receptores de su mensaje. Finalmente es rescatado por su hermano, que lo lleva a vivir con él. Recobrada la tranquilidad, continúa exponiendo sus tesis perfeccionistas en los diarios locales. En 1836 vuelve a su casa paterna en Putney.

Las prédicas de Noyes comienzan a germinar, y poco a poco los adeptos comienzan a afluir a Putney. Entre ellos están sus hermanas. También una tal Abigail Merwin, con quien mantendrá una intensa relación. Cuando unos meses después ella abandone simultáneamente el Perfeccionismo y a él, y se case con un comerciante local, Noyes escribirá una encendida diatriba contra el matrimonio describiéndolo como una institución tiránica que no existía en el cielo y será abolido en la Tierra. Y dicho y hecho se pone poco a poco a la tarea. Entre los nuevos conversos está Harriet Holton, una huérfana que realiza periódicas aportaciones al grupo. Noyes le propone matrimonio, aclarándole los términos: ambos deben amar a todos los hombres y mujeres, y ninguno debe pretender monopolizar el amor del otro y esclavizarlo de este modo.


En 1847 Noyes está en condiciones de escribir sus conclusiones teológicas en un tratado: El Bereano: un manual para los que buscan la fe de la iglesia primitiva [1] , que se convierte en la Biblia Perfeccionista. Como Noyes cree que la segunda venida de Cristo ya ha tenido lugar, defiende que los especímenes más perniciosos de la humanidad ya han sido filtrados, y que los que quedan son perfectamente aptos para alcanzar la perfección. El único problema ha sido la excesiva discreción con la que el regreso de Cristo tuvo lugar, que hizo que una vez desaparecida la primera generación de cristianos (la iglesia primitiva a la que hace referencia en su libro) la gente se haya olvidado del asunto. Pero desde el año 70, insiste Noyes, la perfección es posible. Es más, la perfección, y con ella la salvación, no sólo es posible, sino que puede ser alcanzada sin sufrimiento. Con el tiempo incluso la muerte será abolida, un poco después de que lo sea el matrimonio.

El sexo es un asunto que preocupa profundamente a Noyes, y El Bereano lo afronta sin ambages. Lo hace a partir del Evangelio de San Mateo: 30 Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo. (Mateo 22:30) Según la interpretación convencional los ángeles son asexuados; según la de Noyes los ángeles no se ven obligados a respetar la fidelidad. Obviamente, la segunda interpretación resulta notablemente más atractiva para los adeptos. Noyes racionaliza la lógica del asunto: el hombre debe amar a Dios y a todos sus congéneres, por lo que al enfocarse excesivamente en su pareja puede distraer de este fin último. Y si según San Mateo en el cielo existen las relaciones sexuales (al menos según la interpretación de Noyes), sin duda el estado ideal celestial es que todos los hombres están casados con todas las mujeres. Noyes denomina a esta institución “matrimonio compuesto”. Adicionalmente a San Mateo Noyes llama a San Pablo en su ayuda, y dice que si el apóstol era reacio al matrimonio era porque disponía de poco tiempo en la Tierra y estaba esperando a la Resurrección para relajarse y disfrutar de él. Pero ahora, continúa Noyes, tras el Segundo Advenimiento no hace falta esperar a la resurrección, pues el Reino de Dios puede tener lugar en la Tierra. Y todo así.


Noyes continúa difundiendo sus doctrinas a través del periódico El testigo, que posteriormente será sustituido por El Perfeccionista[2]. En 1841 su padre divide la herencia entre los hermanos. Noyes emplea su parte para fundar su primera comunidad perfeccionista en Putney. A lo largo de 1846 se ha sentido atraído por una de sus adeptas, y simultáneamente el marido de ésta y Harriet, la mujer de Noyes, también parecen encontrarse respectivamente dignos de atención. Entre todos discuten el asunto, llega a un acuerdo, y la primera experiencia de “matrimonio compuesto” tiene lugar en la comunidad perfeccionista de Putney. Las noticias del arreglo pronto llegan a los oídos de los vecinos de Putney que, poco versados en el credo perfeccionista, se sienten escandalizados. Preguntado sobre el asunto, Noyes lo defiende con aplomo. Recibe a cambio una querella por adulterio, y en noviembre de 1847 se ve obligado a huir (continuará).

_________________

* Que nadie se moleste en buscar los artículos precedentes, porque aún no existen. El propósito de esta nueva serie de entradas es hablar de los “socialistas utópicos”, tal y como los bautizó Engels. Los primeros comentarios tendrían que tratar de los principales: Saint Simon, Fourier y Owen. Los siguientes de otros menos conocidos pero no menos interesantes. No me he podido resistir a empezar por Noyes. Además, como la entrada me esta quedando muy larga, la dividiré en dos.

Notas:
[1] Bereano intenta describir a un creyente especialmente apto para recibir el mensaje de Dios, y viene de aquí:

Hechos 17:10-11, Pablo y Silas en Berea: "10 Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. En cuanto llegaron, entraron en la sinagoga de los judíos. 11 Estos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así".

[2] Posteriormente cambiaría su nombre por el más impactante El Perfeccionista y Centinela Teocrático.

Imágenes:
1.- John Noyes.
2.- La Escuela de Teología de Yale.
3.- Harriet Holton, esposa de Noyes.