sábado, 26 de noviembre de 2011

BLACKTHORN


En Buenos Aires, a punto de ser asesinado en un callejón, Corto Maltés es salvado por Robert Leroy Parker. Unos años más tarde, este mismo RLP ve pasar los días desde una cabaña perdida en Bolivia bajo el nombre de Blackthorn. El sitio es idílico, vive con una india, y se dedica a criar caballos, pero lo atenaza la nostalgia. Planea volver a Estados Unidos, donde vive un adolescente con el que mantiene una correspondencia regular. El valor emocional de este joven deriva de ser hijo de su mejor amigo, Harry Longbaugh, y de la mujer a la que ha amado, Etta. Los nombres de ellos nos dicen poco. Sus seudónimos algo más: son Butch Cassidy y Sundance Kid*. Etta es Etta Place. Resulta que ni uno ni otro han muerto en el famoso tiroteo con el ejército boliviano. Unos meses más tarde, Sundance Kid muere efectivamente, y Parker abandona el robo de bancos.

Así que Blackthorne saca del banco sus ahorros, esta vez de forma convencional, y emprende el regreso, pero es asaltado por Eduardo Noriega que acaba de robar en una mina de plata y, tras perder su caballo, se encuentra a merced de sus seguidores. Ahora ninguna de ellos tiene caballo, pues también el de Blackthorn ha huido durante el episodio, y el asunto es serio, pues se encuentran en mitad de ninguna parte. Noriega es un tipo simpático, y Backthorn, que es un sentimental y valora la amistad por encima de todo, acaba cogiéndole cariño. Continúan, pues, juntos sometidos a una larguísima y azarosa persecución (lo que, en el caso de Blackthorn, parece ser su sino) que los lleva al deslumbrante desierto de sal de Uyuni.

Hasta aquí bien. La película consigue desarrollar el tono nostálgico adecuado (crepuscular, dirían algunos), y Sam Shepard crea un personaje convincente. Pero luego el director se lo carga todo. Para empezar porque mete en la historia a un inverosímil detective de Pinkerton (Stephen Rea), que ha seguido a lo largo de los años a Parker, y cuyo discurso es imposible de entender si no es asumiendo que padece cierto retardo mental. Pero lo peor de todo deriva, creo, de la profunda ideologización del cine español. Entiendo que están tan acostumbrados a justificar las subvenciones incluyendo a los consabidos personajes yin-yang (como el malvado plutócrata y el heroico miliciano) que el director se ha sentido obligado a meter el esquema en la película. De este modo Blackthorn se lleva el disgusto de su vida al descubrir que el simpático Noriega no ha robado los ingresos de una mina a un capitalista opresor (¡bien hecho!), sino a una cooperativa de indios (¡ah!, ¡oh!, ¡ha robado al pueblo oprimido!). Al enterarse, Blackthorn, impelido al parecer por su conciencia de clase, le pega un tiro a Noriega y lo deja a disposición de sus perseguidores. Les he destripado la película, sí, pero, créanme, les he hecho un favor.

He mencionado a Corto Maltés porque la película me lo ha recordado. También el frustrado personaje de Noriega me evoca al inolvidable teniente Stella, un tipo sin escrúpulos, simpático y peligroso, en el que me atrevo a pensar que se ha inspirado el director. De hecho, también el teniente Stella acaba asesinado por su amigo, el revolucionario Cush, pero es que, visto retrospectivamente, hay que reconocer que también Corto Maltés estaba ideologizado hasta las cachas.

* Realmente, si estos nombres tampoco les suenan deben ir más al cine.



BLACKTHORN. 2011. Mateo Gil

viernes, 18 de noviembre de 2011

HHhH


Llegué a este libro gracias a una critica de Vargas Llosa, aparecida hace algunas semanas, creo, en El País. El enigmático título es el acrónimo de Himmlers Hirn heisst Heydrich, el cerebro de Himmler se llama Heydrich. Narra el atentado organizado desde Inglaterra, y perpetrado por comandos checoeslovacos, contra el todopoderoso Protector (magnífico eufemismo) de Bohemia y Moravia.

Estamos acostumbrados a que el narrador sea omnisciente, aséptico y neutral, pero el autor, Laurent Binet, no es ninguna de estas cosas. Titubea y duda al contar los sucesos, y en ocasiones relata una cosa que desmiente un par de capítulos más adelante reconociendo su error. Toma partido por los personajes, y no se molesta en absoluto en disimular sus afectos y fobias. Además se entromete continuamente en la historia contándonos la suya propia. Todo esto podría ser una técnica deliberada (el propio Borges aconseja que el narrador simule dudar para proporcionar mayor verosimilitud), pero produce más bien la impresión de naturalidad. El lector acaba cogiendo simpatía a Binet, y termina contagiado por su entusiasmo.

Aunque la historia, por sí misma, merece todo el entusiasmo. Heydrich es quizás una de las personas más malvadas que ha existido, capaz de destacar incluso entre la maldad absoluta que representa el nazismo. Uno no puede dejar de sentir la misma simpatía que el propio autor por los comandos checos que organizaron el atentado, y al final se ve irremisiblemente envuelto en el relato. No se lo pierdan.

Imagen 1. Heydrich recibiendo las 7 llaves de Praga del presidente-títere Hácha.
Imagen 2. Gabcík y Kubis (no en este orden).

jueves, 3 de noviembre de 2011

ZAPATERO EN EL LABERINTO

Suso de Toro escribe hoy en El País un sentido homenaje a Zapatero. Su lectura es algo farragosa, así que les dejo una síntesis:

Zapatero es “un intelectual", dotado de “buenas maneras”, “ascetismo” y unas “ fuertes convicciones”, que en el "laberinto de Moncloa" se ha enfrentado a las ”acechanzas financieras”. El Minotauro de León también ha sido “un gobernante valiente y audaz” y un “un regeneracionista español puro" que ha estado “entregado al sueño de España", aunque "no es nada arquetípicamente español o, al menos, castizo". Ha conseguido “una ampliación impensable e histórica de las libertades y el reconocimiento de derechos de las personas". Ha “extendido la cobertura social", y ha “animado la modernización y democratización de la sociedad española”. Intentó pinchar la burbuja de ladrillo (qué hermosa imagen), y ha acabado con ETA. A la vista de todo esto, nadie puede dudar que Zapatero es “un tipo decente y valiente", y, en resumen, que ha sido un gobernante providencial.

Es cierto por otra parte (y Suso es demasiado honesto como para negarlo), que la situación en España es horrorosa, pero se trata de un mero problema geológico: “estamos en una placa tectónica que desciende mientras asciende otra”. ¿Quién podría culpar a Zapatero de estos movimientos telúricos, tan caprichosos”. No seamos, pues, ingratos. Simplemente, debemos resignarnos y abandonar el “hegelianismo decimonónico autocomplaciente, sea eso lo que sea, porque “viene el tiempo de China”.

(Suso de Minotauro, aquí y en Pekín.)