martes, 8 de diciembre de 2020

LA RELIGIÓN POSMODERNA (3)

 


Madrid, mayo de 2019. Representantes de Ciudadanos acuden a la Manifestación del Orgullo gay donde son abroncadas, acosadas, sometidas a la visión de un culo infernal –adosado a la espalda de un militante socialista- y rociadas con pis. Más tarde se dirá que la hostilidad se debía a sus pactos con Vox en Andalucía y Madrid –como si eso fuera una razón suficiente- pero en realidad los abucheos a Ciudadanos venían produciéndose desde 2015. Lo cierto es que, para una parte de los manifestantes, la presencia de Ciudadanos rechinaba. Mejor dicho: entendían perfectamente que su papel en la representación era precisamente aquél al que habían sido sometidos.

Desde las universidades el wokismo se ha propagado con bastante facilidad a la sociedad. Esto no debe extrañar, porque proporciona ventajas innegables a los adeptos a la nueva fe: permite exhibir la bondad sin esfuerzo y participar de la épica de los derechos civiles allí donde la batalla ya ha sido ganada. Y por supuesto permite señalar infieles y herejes contra los que descargar la virtuosa ira. Gracias al wokismo hemos visto, por ejemplo, que una periodista puede señalar como micromachista al camarero  que le sirve la Coca-Cola –no todo son ventajas, claro: muchos hombres blancos, heterosexuales de bajo poder adquisitivo han descubierto súbitamente que son multiopresores-.

Puesto que el wokismo es una mercancía que vende muy bien, los partidos políticos han levantado sus antenas. Ha sido naturalmente patrimonializado por los partidos de izquierda, que es donde encajaba mejor. La lucha de identidades permite sustituir casi sin solución de continuidad la lucha de clases, y el materialismo histórico predispone a identificar a la sociedad opresora, capaz de tejer telarañas invisibles de poder, con el capitalismo. El wokismo –podríamos decir- es la continuidad del marxismo por otros medios. Normalmente la izquierda ha comprado el paquete entero, con su formato religioso, sus inquisidores y sus herejes, pero hábilmente lo dosifica siguiendo la estrategia Motte and Bailey de Shackel [1]. Por un lado exhibe unas banderas –la igualdad., la lucha contra la discriminación- que nadie, absolutamente nadie, discute en la actualidad. Pero envueltas en ellas están los elementos más destructivos para la tolerancia la convivencia y la propia democracia liberal. La estrategia  es esta: cuando estos elementos son cuestionados, la izquierda se rasga las vestiduras clamando que se están atacando las banderas. Los partidos de la no izquierda caen con admirable regularidad en esta trampa. Les aterra el anatema que se decreta cuando se animan a señalar los aspectos más disparatados del wokismo, y acaban en una posición intermedia, algo pastelera, en la que renuncian a defender los principios liberales. Realmente lo que no acaban de entender es que, si bien su papel en la doctrina woke es muy importante, está predeterminado y es el de malos. De modo que Ciudadanos en el Orgullo despierta la misma perplejidad que si el diablo pretendiera cortésmente rezar en una iglesia.

El reparto de papeles es tan obvio que la adscripción a la opción política equivocada puede conllevar, incluso, la pérdida de la identidad.  En 2016 Peter Thiel, cofundador de Paypal y uno de los principales inversores de Facebook, subió al estrado de la Convención Nacional Republicana. Estoy orgulloso de ser gay –dijo-, estoy orgulloso de ser republicano, pero sobre todo estoy orgulloso de ser americano. La reivindicación pública de la homosexualidad en un reducto conservador debería ser esperanzadora para los que ven opresión por todas partes, pero Thiel fue inmediatamente excomulgado por la revista Advocate, que incluso le negó la condición de gay. Por un procedimiento similar el rapero Kanye West fue despojado sin mayores ceremonias de su condición de negro [2].

Desde luego el wokismo reporta excelentes dividendos para los partidos de izquierda, y cabe pensar que la propia gestión electoral de la agenda sea más importante que las causas invocados. En realidad la agenda política woke –y este es otro problema- ya está desplazando otros problemas, que son mucho más acuciantes pero difíciles de resolver y sujetos a la evaluación de resultados.

 

[1] El profesor Quintana Paz lo explica en este artículo de The Objective

[2] Lo cuenta con gracia Douglas Murray en La masa enfurecida.

5 comentarios:

Bruno dijo...

¡Eureka! La desigualdad como el motor de agua. Va a ser un no parar.

Enrique Zubiaga dijo...

Muy bueno, Navarth.

Yo soy fan de Douglas Murray

Al dijo...

En una sociedad cada vez mas infantil el cuento de buenos y malos florece en una eterna primavera.
Así nos va.
Unos artículos excelentes D Navarth.

viejecita dijo...

Estupendérrimo Don Navarth
Yo soy bastante de los de la "baja cultura", y no suelo leer no ficción, a no ser que sea sobre volcanes, sobre puentes, de psiquiatría, ( soy más bien de ciencia ficción, de policiacos, y así ). Pero voy a ir inmediatamente a los dos enlaces que nos pone, a ver si gracias a ellos consigo que me den la hora "mis progres", que me llaman "derechita" y me dicen que "los derechitos" nos inventamos los falsos argumentos, y que les cite fuentes dignas de crédito...

Muchas Gracias

viejecita dijo...

Ya me he leído lo del Profesor Quintana Paz, y ya tengo en mi kindle el libro de Douglas Murray.
Estoy acabando "The Kingdom", de Jo Nesbo. Pensaba ir luego a " Los Visigodos, hijos de un dios furioso" de Soto Chica, que me trajeron ayer, pero me parece que voy a ir antes al de Douglas Murray, que, al no ser español, me será más útil .