martes, 5 de septiembre de 2017

EL ESTALLIDO DEL POPULISMO

«El comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal —de la libertad—, sino el populismo». Mario Vargas Llosa.


Entonces ¿qué es el populismo? ¿Existe un tipo ideal? ¿Comparten características comunes los populismos de distintos signos? A responder estas preguntas se dedica el libro que hoy comento. Para ello analiza, por un lado, la experiencia populista en distintos países sudamericanos –los brotes agudos en Cuba, Bolivia, Venezuela, Ecuador, Argentina y El Salvador; los más leves en Brasil y Chile- y, por otro, la nueva eclosión en Estados Unidos y Europa. Observen como en el momento en que los populismos están siendo desenmascarados en Latinoamérica, batiéndose en general en retirada, llegan a Europa, mucho peor preparada para comprenderlos. Por eso es imprescindible leer los relatos sudamericanos. Los populismos siempre llegan disfrazados, de modo que es preciso saber de antemano qué es lo que ocultan bajo sus vistosos ropajes. Tanto más en el caso español, que está directamente importado de allí [1].

He aquí alguna de estas características comunes.

1) El populismo divide a la sociedad en dos bandos irreconciliables. En un lado está “el pueblo”, las buenas gentes a las que los populistas prometen rescatar de los malvados que desde siempre las oprimen: los poderosos, las élites corruptas, la casta, los privilegiados, las “cúpulas podridas” (© Chávez), o “la trama” (© Iglesias). Evo Morales llegó al poder polarizando la sociedad en indios y blancos. En Cuba los desafectos a la Revolución son “vendepatrias” o “gusanos”. Pero quizás la mayor riqueza léxica corresponda al peronismo kirschnerista:

«Quienes no avalaban la forma de gobierno oficial fuimos “paracaidistas húngaros” (a decir de Néstor), “demonios de adentro” (a decir de Cristina), “chantas” (según el jefe de gabinete Jorge Capitanich), “ejércitos de gansos” (según el jefe de gabinete Aníbal Fernández); “zánganos” (según el diputado Mariano Recalde), “adláteres del desánimo” (según el diputado Agustín Rossi), “agoreros”, “cipayos”, “buitres”, “vendepatrias» y “gorilas», según las multitudes kirchneristas. Pero acaso el adjetivo más fuerte y exitoso fue el de “destituyentes”, creado por Carta Abierta, una organización de filósofos e intelectuales kirchneristas que cobraban buen dinero por darle un sentido teórico a la praxis del matrimonio».

El adversario queda reducido a la condición de enemigo al que hay que destruir para conseguir la felicidad del pueblo. Esta visión maniquea de la política -buenos frente a malos, luces frente a sombras- no es apta para la tolerancia ni permite espacios para el entendimiento: en suma, es poco compatible con la democracia liberal.


Pero la canalización y ampliación del rencor social es, precisamente, el ingrediente que hace atractiva la receta populista. Todas las sociedades en crisis necesitan un chivo expiatorio sobe el que descargar la frustración, la inseguridad y el miedo, en la creencia de que acabando con él acabarán con sus problemas: por eso los populismos brotan inmediatamente tras ellas. El éxito de los populismos, por tanto, no es ideología sino antropología. No es debido a una refinada construcción intelectual, sino a impulsos humanos particularmente destructivos. Por eso, aunque a nuestros populistas universitarios se escandalicen si leen esto, su populismo no es progresista ni moderno, sino francamente regresivo [2].

2) Por supuesto los populistas se arrogan la representación exclusiva de la “buena gente”. En realidad el proceso se invierte: serán incluidos entre la buena gente todos aquellos que se alineen con los populistas. En todo caso el populismo se presenta como una emanación del pueblo. Su representación se pretende más verdadera y legítima que la obtenida a través de los cauces de la democracia representativa, y de esto se deriva una importante consecuencia: el desprecio a la ley y su subordinación al proyecto populista.


Para los populistas las leyes que se interponen en su camino no son legítimas. Es normal: puesto que se consideran los únicos representantes de la voluntad del pueblo, si las leyes se los oponen es que el sistema no funciona. Pero además –esto en los populismos de izquierda- porque sobre las leyes recae la sospecha marxista de ser una mera superestructura de la explotación burguesa. La Constitución deja de ser entendida como lo que es, un freno para la arbitrariedad de los gobernantes, la garantía de la igualdad de los ciudadanos, y el marco para sus libertades. Y pasa a ser considerada un corsé o un “cerrojo”. El populismo hace así retroceder de golpe cuatrocientos años en la construcción de las democracias liberales. Desde luego la separación de poderes y los sistemas de checks and balances de la democracia liberal estorban igualmente, y serán debilitados o desmontados si el populismo llega a alcanzar el poder:

«Las revoluciones abundan en gritos contra los tiranos. Pero lo cierto es que no los encuentran en sus comienzos y sí, en cambio, los suscitan al final».

3) Derivado de lo anterior, y quizás porque es más sencillo centrar la representación en una persona concreta, el populismo parece requerir un caudillo, un líder carismático capaz de interpretar sin molestos intermediarios la voluntad del pueblo. Sobran sobre esto los comentarios, porque la experiencia en todos los países está a la vista.

4) Los populismos suelen ser adanistas. «Nunca antes en este país», era el lema de Lula da Silva. Creen que la verdadera historia empieza con ellos, pues hasta ese momento todo ha sido oscuridad y opresión. Si acaso el populismo se declara continuador de algún pasado mítico. Para la creación de ese pasado, y su implantación en el imaginario de los súbditos, los medios afines desempeñan un papel fundamental.


5) El populismo crea redes clientelares para mantener el apoyo de una parte de la sociedad. Para ello se embarca en insostenibles programas de gasto público –subsidios, pagas, gratuidades- generadores de un déficit presupuestario crónico que en su versión más grave acaba arruinando el país. Algunas de estas medidas, las Misiones chavistas, o los programas “Hambre Cero” o ”Usura cero” de Daniel Ortega, se envuelven en una cobertura virtuosa de atención a segmentos desfavorecidos –otros programas , como los kirschneristas “Fútbol para todos”, “Televisores para todos” e incluso "escalopes a la milanesa para todos", presentan una justificación más complicada-. –En todo caso los sectores más desfavorecidos, presuntamente amparados por el populismo, serán los que más sufran cuando se produzca la inevitable bancarrota:

«si el populismo luce agradable durante la fase inicial, cuando todavía hay recursos para gastar o empresarios a quienes exprimir, es harto conocido que cuando el dinero se acaba el populismo muestra los dientes y la violencia de Estado emerge con todo furor, tal sucede en tierras venezolanas».


En su versión más leve, cuando el caudillo populista es algo más prudente, el populismo desarrolla un capitalismo corrupto de compinches en el que el éxito en los negocios viene determinado por la cercanía al poder. Se crea así, en paralelo al empobrecimiento del país, una nueva elite de compinches multimillonarios. Conviene repetir esto: aunque con frecuencia la corrupción de viejos partidos anquilosados contribuyen a aupar al poder a los populismos, la corrupción que éstos desarrollan, una vez que han disuelto los controles de la democracia, es infinitamente peor.

6) El control de los medios de comunicación es imprescindible. Todo populista detesta la prensa libre, y si llega a alcanzar el poder se encargará de anularla. En Argentina se aprobó una Ley de Medios dirigida contra el grupo Clarín. Chávez cerró Radio Caracas Televisión (RCTV), la cadena más veterana y con mayor audiencia de Venezuela. Correa se dedicó a demandar con persistencia a El Universo y a periodistas concretos. En Bolivia:

«Según la Sociedad Interamericana de Prensa, en tres meses hubo «46 agresiones físicas verbales a los periodistas». En el 2008 se registraron 117 agresiones contra periodistas. Entre el 2010 y el 2016, en promedio, 60 por año (…) Fernando Vidal, director de Radio Popular de Yacuiba (frontera con Argentina), estaba denunciando, en vivo, el contrabando millonario, sobre todo de harina, que realizan grandes empresas del oriente boliviano en sociedad con el gobierno, cuando un grupo de encapuchados entró al cuarto de transmisión, lo rociaron con gasolina y lo quemaron».

Morales intentó ocultar sus continuos ataques contra la libertad de expresión promulgando una ley contra el racismo y la discriminación. En cuanto a Pablo Iglesias, cualquiera puede encontrar declaraciones emitidas cuando aún no disimulaba sus intenciones. En todo caso la distorsión del lenguaje y la razón, y el control de los medios, es imprescindible para ocultar la distancia entre la propaganda y la realidad.


Desgraciadamente los autores de este libro no han incluido la cursilería entre las características definitorias del populismo. Sin embargo desborda, por ejemplo, en la historia de la coronación de Evo Morales en las ruinas de Tiwanacu:

«La puesta en escena mostraba la inusitada metamorfosis del líder del sindicato de cocaleros en monarca. La prensa internacional y el Occidente biempensante quedaron convencidos de que el hombre de batón colorido y tocado de mandarín era un auténtico jefe indígena en contacto telúrico con su cultura ancestral. Un pope aimara lo proclamó Apu Mallku (líder supremo) (…) El coronador tenía un inalterable gesto de gravedad, aunque en su gorro vernacular llevara bordado un sol sonriente. Cinco años más tarde fue detenido en posesión de 240 kilos de cocaína».

Y en el acceso al poder de Correa: «El populismo de la llamada Revolución Ciudadana llegó al poder ufanándose de estar liderado por “mentes lúcidas, corazones ardientes y manos limpias". Inmediatamente creó un Ministerio del Buen Vivir, y convirtió las escuelas en centros de adoctrinamiento llamados Centros Infantiles del Buen Vivir (CIBV). Con estos mimbres Correa dio los primeros pasos para promover una utopía utilitarista en Ecuador:

«Un funcionario del gobierno incluso llegó a promover la felicidad como objetivo nacional, por supuesto que éste era nada más y nada menos que el secretario del nuevo Ministerio del Buen Vivir. Otro miembro del gobierno sostuvo en una publicación del Estado que es posible calcular la felicidad de todos los habitantes del país —excepto los indígenas, para quienes el autor la calcula «por separado»— en torno a una fórmula matemática».

Dejaré para otro momento la mano de Fátima, los Árboles de la Vida, la Cábala y los ojos de Horus, todas ellas aportaciones de Daniel Ortega. Pero es que, como recuerda el libro, según Bernard-Henri Lévy una de las características del populismo es la promesa de milagros.


Ya se habrán dado cuenta de que el nacionalismo comparte las características del populismo. Como recuerda Cayetana Álvarez de Toledo «basta escarbar con la yema de un dedo para descubrir entre los separatistas y Podemos un entramado de similitudes».

Terminemos con una cita de María Corina Machado:

«La única solución viable es la democracia liberal porque fue ésta —la que surgió en la Modernidad— la que contempló un diseño institucional capaz de dividir el poder del Estado en varias ramas, al amparo de una constitución y en el marco de un Estado de derecho, en resguardo siempre de la libertad de cada ciudadano (…) La defensa de sus instituciones pasa por el ejercicio de todos los recursos de la ley para combatir a quienes, disfrazados de demócratas, no buscan más que ampararse en un régimen de libertades para terminar implantando regímenes que las conculcan».

El estallido del populismo. Álvaro Vargas Llosa, Enrique Krauze, Yoani Sánchez, Carlos Alberto Montaner, Sergio Rámirez, Fernando Luis Schüler, María Corina Machado, Gerardo Bongiovanni, Gabriela Calderón, Plinio Apuleyo Mendoza, Juan Claudio Lechín, Roberto Ampuero, Cristián Larroulet, Cayetana Álvarez de Toledo, Lorenzo Bernaldo de Quirós, Mauricio Rojas. Prólogo de Mario Vargas Llosa. 2017.

Notas.
[1] Recuerda Juan Claudio Lechín que la constitución boliviana «fue hecha por el Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS) de Valencia (España) de Rubén Martínez Dalmau y Roberto Viciano Pastor, expertos en constitucionalismo cubano. Anteriormente hicieron la Constitución bolivariana de Chávez. Al terminarla se quedaron en el palacio de Miraflores los juniors de esa organización: Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero. Años más tarde, fogueados y financiados, harían su ingreso rutilante en la política española (…) Martínez Dalmau y Viciano Pastor también pergeñarían la Constitución ecuatoriana de Rafael Correa. Las tres cartas magnas —la de Venezuela, Bolivia y Ecuador— se divulgaron como autóctonas. En lo medular buscaban legalizar dictaduras democráticas con reelección del caudillo y concentración del poder. Eran “proyectos incompatibles con el Estado de Derecho”».

[2] Tanto que los populismos son sorprendentemente parecidos a movimientos milenaristas. O a los gnósticos, como destacó en su momento Voegelin.

4 comentarios:

viejecita dijo...

Estupendo artículo Don Navarth
El libro tiene la gran facha, así que me lo he comprado y ya lo tengo en mi Kindle.
Lo empezaré mañana, en cuanto se marchen mis marcianitos.
Muchas gracias

Bruno dijo...

La lucha de clases explicada sencillamente y sin complicaciones argumentales a un sentimental rencoroso, con pocas luces, perezoso mental que se dice pobre y, sobre todo, vago.
Reestreno en España.

Anónimo dijo...

Gran artículo, como siempre; pero hay un concepto que suelo echar en falta cuando se habla de populismo y es el del totalitarismo. Creo que el populismo es un estilo y se puede encontrar en mayor o menor medida en casi cualquier corriente política. El populismo es sólo un medio, pero lo más grave de muchos de los populismos de los que se habla es que esconden (y a veces ni eso) un proyecto totalitario. Y eso sí que da miedo.
Saludos.
Torvic

luigi dijo...

.
Podemos y sus franquicias: Milenarismo dialéctico.