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LÁGRIMAS DE COCODRILO


Tenían derecho a hacer daño -era una buena causa y los enemigos malvados-, pero tal vez se pasaron un poco. Lo dijo Otegui hace año y medio: «lo siento de corazón si hemos generado más dolor a las víctimas del necesario o del que teníamos derecho a hacer». Ahora vuelve a lamentarse de que el dolor se prolongó en exceso –si la tortura se prolonga en exceso no es ecosostenible-. Es todo una bazofia que debería repeler al paladar mínimamente democrático, pero abundan los paladares de corcho. Sugerían en la tertulia de Alsina que, si la comprensión de la enormidad del crimen fuera real, Otegui renunciaría a seguir haciendo política. Cierto, pero no hay comprensión y arrepentimiento sino oportunismo. Era oportuno matar para despejar el camino e imponer sus ideas, y ahora es oportuno disimular para llegar al poder.

Pero Otegui es un oportunista político: quiere llegar al poder para materializar su visión totalitaria. Sánchez es un oportunista vacío: quiere conseguir el poder por un mero placer narcisista. Serán, por tanto, los oportunistas políticos los que marquen su agenda. Lo más desagradable -y, me temo, lo más perdurable- son los ajustes de disonancia de sus votantes. Al funcionar las siglas como marcador identitario -y una vez estigmatizado el adversario; muchas iniciativas legislativas están orientadas principalmente a este fin- los votantes reordenaran sus posiciones en torno a las evoluciones del líder hueco de su partido. Es decir, quieren seguir votando al PSOE, así que Bildu -que es su socio- no puede ser malo. Lo llaman «mover la ventana de Overton», pero se parece bastante al envilecimiento. Vienen malos tiempo, y se necesita con urgencia un partido de centro izquierda con capacidad para escandalizarse ante estas cosas.

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