sábado, 28 de septiembre de 2013

TARTUFERÍAS






«¡Dios mío! ¿Qué sentimiento es este que agita mi alma? ¿Qué fuego es este que arde en mi pecho, que abrasa, inflama y dilata mi corazón de tal manera que me parece no hay inmensidad capaz de contenerlo? ¿Qué es esto, Dios eterno? Es amor… ¡amor!... ¡odio! ¡odio igualmente intenso!
Sí, siento un amor a Vos, que quisiera poner a vuestros pies ahora mismo todas las criaturas; siento un odio, que quisiera arrasar y aniquilar en un instante toda la maldad que esclaviza a la tierra.
¡Basta, Dios mío, basta; que no puedo nada, porque no mando a nadie!
Mas ¡ay!, que quiero justicia para el universo, y no la quiero en mí mismo; pues soy un gran pecador!...
¡Perdón, Dios mío!» 

Esta efusión no es de san Agustín, ni de san Bernardo o san Buenaventura; tampoco de santa Gertrudis, Ángela de Foligno, Catalina de Sena o de la gran Teresa de Ávila… Es de Sabino Arana. Con ella, este místico metido a político confirmaba que de lo sublime al ridículo, no es que haya un paso —como dicen que dijo Napoleón—, sólo hay una raya. Y sin vuelta atrás. Del ridículo no hay retorno.

Sabino escribió para sí mismo un pequeño manual de autoayuda, que tituló “G.E.T.E.G. - Apuntes íntimos” [1]. Allí , tras dar gracias a Dios por haberle adornado con «un natural justo y un espíritu reflexivo», un poco a lo Kempis, otro poco como anticipo de ‘Camino’, se daba a sí mismo este consejo:

«Medita, pues, mucho, pidiendo luz de lo Alto, antes de hablar o escribir de cuestiones trascendentales sobre todo, y no busques sino la justicia, la razón y la pureza de Fin: de esta suerte evitarás la mofa o la maldición de los que te lean u oigan.»

Bien fuese porque la luz de lo Alto no bajó a Sabino, o porque Sabino nunca se propuso hablar en serio de nada trascendental –pues lo otro, que meditaba sus cosas, nadie lo duda–, el hecho es que sus escritos hoy no se leen, ni mucho menos se comentan en los bachoquis. ¿Tan malos son? El propio autor, a renglón seguido, nos ahorra el trabajo de calificarle:

«El que publica una idea extraviada con conocimiento de causa, es indigno de permanecer en la sociedad; el que la publica creyéndola verdadera, es doblemente ignorante, pues ignora que no sabe»

Sabino largó sus extravíos impertérrito, sin asomo de duda. De buena o mala fe, poco importa. Lo esencial para Sabino era la novedad, lo nunca visto.

Para Sabino, el saber del vulgo —lo que la mayoría entienden por ‘saber’— no pasa de erudición: atesorar «conocimientos adquiridos por otros». Estos ‘otros’, con Sabino en cabeza, son los raros talentos creadores, originales, amén de autoconscientes:

«Saber que se sabe es el colmo del saber, el summum de la sabiduría».

Eso sí, reconoce con humildad de criatura frente al Creador:

«El que sabe que sabe todo, posee una inteligencia infinita: tal es el Ser Supremo». (Febrero de 1884. «Y aquél a quien Jaungoikoa se lo ha revelado», pudo añadir sin despeinarse.)

El que el místico llegue a ser omnisciente no implica que sea comunicable. ¡Cuántas veces el alumbrado, preñado de saber, es incapaz de dar a luz sus conceptos. De esa condición fue Sabino, quien de improviso corta el discurso místico con esta línea de paso de lo sublime a lo banal:

«De muchas cosas hablaría, si pudiese.» [2]

Una vez pasada la raya, lo demás es bufo. Veamos.

¿A qué va el cristiano común al templo? A rezar, a pedir perdón y ayuda, a oír la palabra.
¿A qué va Sabino y su brigada de corchetes? A fisgar y cotillear, a pasar revista, a contar vascos y maquetos; a criticar si se reza y se predica en castellano o en vascuence, cuándo y a qué horas; a cambiar la letra de la liturgia para que se exprese en bizcaitarra… Sabino va a la iglesia a tocarle las pelotas a Dios Padre. Es toda su religión.

Cuando Sabino va a un sermón en su nueva lengua propia, siempre lleva consigo un cuadernito. No para apuntar conceptos religiosos, sino los apellidos y el (a su juicio) mal vascuence del predicador, que en una sola parrafada ha soltado tal vez diez o doce ‘extranjerismos’: elexa (ecclesia o iglesia), zeru (coelum o cielo), santu (santo), arima (ánima, alma), gorputz (corpus o cuerpo),  salbau (salvar), pekatari (pecador), bedeinkatu (benedictus, bendito, bendecir), birgiña (virgen)… Es casi lo único que Sabino entiende de oído; y si él lo entiende es que está mal, es castellano. Por tanto, el fiel devoto va tomando nota, para buscar luego en sus diccionarios los términos correctos; y si no los halla, para inventarlos en su lengua milenaria.

«Dios mío, no puedo nada, porque no mando en nadie». Cuando él pueda, cuando él mande en Bizkaya, ¡en el Nombre de Dios/Jaungoikoa!, ‘santo’ se dirá deun; y por tanto, ‘iglesia’ se dirá txadon (etxe deun, casa santa), y ‘cielo’, donoki (deun toki, lugar santo). ‘Salvar’ no será salbau, sino gaizkatu. ‘Pecar’, ‘pecado’, ‘pecador’, le dan más guerra, prueba neologismos a cual más cacofónico… Hasta que alguien le descubre que los vascos franceses dicen (h)obendu, (h)oben. Bienvenido sea, con tal de borrar el maldito pekatu. Y eso que obendu viene también del latín offendo, ofender…  

Pero bueno, también deun es el latino dominus, y el castellano don o señor, título de persona. Según eso, su txadon es ‘doña casa’, y su donoki es ‘don lugar’. Por supuesto, ya nadie se acuerda de aquellas ocurrensias de Sabino. Aun así, colará Don... osti. La multimilenaria San Osti, digo, San Sebastián.

Más tarde compondrá un calendario, con el nombre vasco de cada santo y cada misterio. De ahí saldrá todo un onomástico o nomenclátor eusquérico, no sin problemas ante la pila bautismal y el registro civil. Esta sí que fue una iniciativa propagandística de primer orden, una seña eficacísima para el identitario neovasco, hay que reconocérselo. El favor de curas adictos a la causa fue decisivo, aunque siempre quedará en disputa si con eso servían mejor a la religión, o si la ponían al servicio de una idea profana. Desde luego, llamarse Koldobika o Agurtzane siempre ha sido más seña de vasquismo que de religión.

Begoña profanada

El texto que sigue no es del Maestro en persona, pero fue inspirado, ‘calificado’ y aprobado por él. Para entenderlo mejor, recordemos que la Virgen de Begoña fue la gran devoción femenina de Sabino y su bachoqui. (La masculina era San Ignacio, o mejor Íñigo de Loyola.)  Según eso, Begoña no podía escapar al  sacristaneo tartufesco de aquella peña. 

En mayo de 1895 se celebró en la parroquia de Begoña un enlace de campanillas. Eustasio Zarraoa, mejor pintor que plumífero, deja la paleta por el tintero, para hacer  de aquel «enlace de dos familias distinguidas por lo mucho que han atesorado en poco tiempo» una reseña periodística de juzgado de guardia. Por si acaso, el artista ‘nazareno’ se camuflaba como ‘Zu’ [3].

Espectáculo desgarrador
«Muy de mañana, ya un gentío inmenso inundaba el venerando santuario… ¡pero qué gentío!... No eran bizkainos, al menos en su mayoría, era gente bullanguera, mal encarada, advenediza, holgazana y miserable, que iban en busca de la pitanza; porque había corrido la noticia que sólo en flores se iban a gastar esas gentes más de mil duros… ¡Pobres que iban a pedir! ¡También los había que eran capaces de algo más!
El templo… ¡Perdón, Virgen Santísima de Begoña! ¡yo sólo quisiera propalar tus glorias, solamente cantar tus alabanzas y tus triunfos! pero creo firmemente que conviene se sepa todo, todo exactamente…, para que todos los que te amamos entrañablemente, te hagamos siquiera algún desagravio.
El templo, decía, fue asquerosamente profanado. Profanado al decorarlo impúdicamente… Aquello parecía el templo pagano de Himeneo…
En las naves laterales… encima de los bancos, de las mesas, en el coro y sobre los altares, pisoteando las aras…, estaba encarnada esa gentuza pestilencial, maketa casi toda, pero aunque sea doloroso el decirlo se veían entre ellas algunos hijos degradados de este pueblo que no adora sino el becerro de oro…
Allí, en aquel recinto adorado por los euskeldunes todos, se proferían los chistes más indecentes; allí se cometieron una porción de robos, a pesar de los representantes de la autoridad, pues no faltaron las correspondientes parejas de miñones armados dentro de la iglesia.»

Abunda el buen ‘Zu’ en consideraciones de moral social , celebrando cómo la turba de miserables maketos, defraudados en sus esperanzas de propina generosa, obsequiaron a los novios y padrinos tacaños con una pita, para retomar su argumento:

«Si Dios y la senzatez y bravura de los euskeldunes no lo remedia, esto tiene trazas de convertirse en un refugio de foragidos…» 

Y concluye con una propuesta a la Virgen, asombrosa. Una llamada al buen sentido y oportunismo de la Señora, que ella vea lo que le conviene, si no como socia del Bachoqui, al menos como simpatizante activa. Si ella se porta bien, su devoto le promete que tendrá para su templo una torre digna:

«Por los muchos fieles que aún os quedan, Virgen de Begoña, no nos mostréis vuestro enojo, antes bien pensad en la necesidad de coadyuvar a nuestros ideales, y pedid a Dios la destrucción de nuestros enemigos, que lo son también vuestros.
Destruid a esos hipócritas, y no temáis, Madre querida, que os falte una torre, una torre hermosa, digna de vuestra soberanía y de nuestro amor, de la que nunca tengáis que avergonzaros.»

Doctor también in Divinis

Para entonces también el Maestro se había despachado, no ya sobre celebraciones eventuales, sino contra la manera misma de organizar y gestionar el santuario. ¡Y que era de buen conformar don Sabino! La primera festividad de su amada Virgen en la vida de su periódico tuvo que ser para él un martirio, pues casi todo cuanto vio le secó la devoción. Sobre ello escribió unos ‘cabos sueltos’, mezclando a voleo apreciaciones subjetivas, donde algún acierto quedaba más que compensado por el dislate a caño libre [4]. 

«Un error vulgarísimo es el creer que Nuestra Señora de Begoña es la Virgen de la Asunción. La primera es la Virgen representada en una imagen determinada, la segunda es la Virgen en el misterio de su asunción a los Cielos. Así es que aquella imagen no representa la Asunción, sino a la Madre de Dios, puesto que está sentada con el Niño en los brazos. Por eso están de más allí aquellos ángeles que la rodean, los cuales no corresponden a la Madre de Dios, sino a la Virgen de la Asunción, pues representan los que la condujeron al cielo.»

Esta precisión de Sabino sólo tenía de original la machaconería y el tono desabrido. También la incongruencia; porque ¿cuál era la cuestión de fondo? Dejemos de lado que «la imagen, según un erudito autor, es de fines del siglo VIII o principio del IX» [5], lo que a él le incordia es lo que sigue:

«Consecuencias del error que censuramos son el que los oradores que predican en Begoña el 15 de Agosto poco o nada digan de la Virgen de Begoña, y sólo se ocupan en el misterio de la Asunción; el que la novena de la Virgen de Begoña y la de la Virgen de la Asunción están refundidas en una sola, o mejor dicho, que bajo aquel título se comprende la segunda; y el que la Virgen de Begoña no tenga fiesta particular, y sólo se celebre la de la Asunción. Y el caso es que la Virgen, no por el misterio de su Asunción, sino por medio de su imagen de Begoña ha colmado de tantos favores y gracias a los bizkainos en general, y en particular a los bilbainos.»

Nuestro hombre se ha puesto pesado y empieza a aburrir. Sin embargo, hasta aquí sólo ha sido el preámbulo y exposición de motivos. Ahora viene la parte dispositiva, lo que a Sabino le importa de verdad, para quedar a medias contento:

«Lo que procede, por lo tanto, es retirar aquellos ángeles que están a los lados de la Virgen de Begoña; colocar otra imagen de la Asunción, que esté velada cuando se encuentre manifestada la de Begoña, y viceversa…» 

Pero vamos a ver, ¿está este hombre en su sano juicio? Él mismo nos saca de duda con la nota que añade al pie:

«Lo más lógico y natural, en vez de esto, sería edificar un santuario particular para la Virgen de Begoña; pero comprendemos que no se acordaría muy fácilmente.»

¿Cómo que no? Maqueto o filomaqueto ha de ser el que discrepe. Adelante, Maestro, usted a lo suyo:

«… componer una novena particular de la Virgen de Begoña, que no guarde ninguna relación con la Asunción; y celebrar la novena y la fiesta de la Virgen de Begoña independientemente de las [sic] de la Asunción. [...]»

Lo notable es que los bachoquis pudieron jactarse de que alguna de las propuestas de Sabino se aceptó. En efecto, la fiesta begoñesa se desdobló en la popular del 15 de Agosto (Asunción) y la más discreta el 11 de octubre (Maternidad). Pero se entiende que no fue por seguirle la cuerda a un maniático, sino por considerandos que ya se venían discutiendo. Los angelotes también han desaparecido, pero por antiestéticos. Por lo demás, nadie tomó en serio la esquizofrenia de desdoblar a la propia Virgen María, y construirle por ejemplo un camarín giratorio con doble imagen, o mejor con trampilla automática, ‘cucu… ¡tas!’.

«Son nombres de mujer Pilar, Loreto, Guadalupe, etc. ¿Por qué los euskerianos no hemos de usar los nombres de Arantzatzu, Ixiar y Begoña?»

He aquí una innovación a mérito de Sabino. En efecto, ¿por qué no? Bien entendido que tanto los autóctonos Begoña, Itziar etc. como «en el extranjero» Loreto y Pilar, todo es un mismo nombre de María con acentos locales. A muchos fieles y curas, partidarios o no del nacionalismo, les entusiasmó una idea que ya estaba de moda por toda España.

¡Ah!, pero al troll don Tartufo también aquí se le ve el plumero. Poco antes ha nombrado, entre las vírgenes vascas, a Nuestra Señora de la Antigua , aventurando que «esta imagen de Nuestra Señora de Begoña… es en nuestro concepto la misma que en Orduña, en Lekeitio y entros puntos de Bizkaya se conoce con el nombre de la Antigua». Sin embargo, en la propuesta de nuevos nombres femeninos no incluye ‘Antigua’, más que por feo, obviamente por ser nombre castellano. ¡Pillín!

¿Contento Sabino? Sabino contento es oxímoron. Falta lo grueso:

«No es tan lamentable, al fin, la costumbre de confundir a la Virgen de Begoña con la de la Asunción, como el maketismo que se advierte en el culto que se tributa en aquel templo a la Santísima Virgen. En el idioma patrio, en el idioma de los begoñeses, tenemos entendido que no se reza más que una novena: la del alba. En cambio en castellano, en el idioma de los que han invadido el pueblo bizkaino y están corrompiendo sus costumbres, se rezan varias novenas al día y se pronuncia el sermón del día de la fiesta….»

Y enfilando al clero, le marca la línea pastoral correcta : 

«¿No están en tierra de euskeldunes? Pues perfeccionense en el Euskera, que esto es lo que más les importa para ejercer su ministerio…, y déjense de ejercitarse en el idioma de Cervantes, Santa Teresa y fray Luis de Granada.
 Pero aun hay más.
 Fijándonos por casualidad en el anuncio de las funciones que se celebraban el día de Nuestra Señora, leímos: “Predicará (en la Misa Mayor) Don Pascual Fernández, Cura  Párroco de Logroño.
¡Por todos los santos! ¿Quiere decírsenos qué es lo que puede hablarnos sobre la historia de Nuestra Señora de Begoña y los favores que le debemos los bizkainos, un Sr. Fernández Párroco de Logroño?» 

Tampoco esta mención de la capital riojana es bala perdida. Hacía más de 30 años que se había erigido la diócesis de Vitoria, para las tres Provincias Vascongadas, y al Maestro le parece intolerable que todavía siga el clero maqueto de la antigua diócesis de Calahorra pisando el suelo sagrado de su Bizkaya, donde nunca fue bienvenido [6].
___________________________
[1] Algún día hablaremos del capicúa GETEG y otros misterios del rosario sabiniano. El documento, en HNVD, 1: 107-116.
[2] Antes había escrito: «No olvidar que de Dios procede toda fortaleza. Es grato, en la esclavitud, acordarse de la omnipotencia del que es libre por esencia.» (‘Pensamientos’. Barcelona, hacia 1885.)
[3] Bizkaitarra, 31-05-1895; HNVD, 1: 436.
[4] ‘Nuestra Señora de Begoña’ (Cabos sueltos), Bizkaitarra, 31-08-1894; HNVD, 1: 383.
[5] El ‘erudito’ de Arana era nada menos que don Aureliano Fernández-Guerra (1816-1894), que falleció aquel mismo año. De este académico y anticuario corría un dictamen, donde con los criterios de su tiempo interpretaba mal y databa peor las imágenes llamadas entonces ‘bizantinas’. Sabino no parece tener idea del autor ni del dictamen, pero acepta la datación absurda porque le conviene.
[6] Cuentan que en otros tiempos, cuando el obispo de Calahorra-La Calzada se permitía cumplir visita pastoral a Vizcaya, por sí o por delegado, al despedirse, unos agentes forales  con palas recogían simbólicamente tierra de sus últimas pisadas, para echarla afuera del límite del Señorío. Verdad o no, los prelados procuraban excusar la visita pastoral, y el clero vizcaíno pudo vivir con bastante desahogo y relajo larguísimas temporadas.  
[*] Este grabado de Vicente Laporta Valor (1854-1922), según dibujo de F. Ruiz,  fue reproducido por ‘La Ilustración Católica’ en su Nº 10 (septiembre 1881). Reconstruida muy modestamente la torre, se aprecia la nave lateral izquierda desaparecida en los derrumbes, durante los sitios de Bilbao en las Guerras Carlistas.

No hay comentarios: