domingo, 22 de septiembre de 2013

SABINO, EL OTRO CRISTO

Por Belosticalle
Lo que sabemos de la vida de Sabino es, casi todo, lo que contaron de él sus adeptos.  Del anecdotario sabiniano se puede extraer una semblanza hagiográfica, al estilo del bíos neoplatónico, con el héroe como ‘varón divino’ (theîos anér). Las historias pueden ser auténticas o apócrifas, da lo mismo, lo que cuenta es la enseñanza.
Siendo la empresa sabiniana religiosa por encima de todo, los gestos del Maestro son tan religiosos como políticos. Y siendo su religión cristiana, para entenderlos hay que recurrir constantemente al Evangelio entre líneas, con la figura de Cristo como ‘el Rabí con autoridad’, el provocador y escandalizador de fariseos, el mártir redentor.  La imitación va unas veces en serio; otras más, como parodia o bufonada, a lo ‘Vida de Brian’. En este artículo propongo algunos ejemplos.
Sabino Arana –lo hemos visto– pensaba que un líder político como él, sin enemigos no es nadie. No enemigos personales, sino de la causa: enemigos de Dios y de la Patria, enemigos de JEL [1]
Recibida la revelación, que ya conocemos, Sabino, tras un retiro preparatorio, es tentado por la duda. ¿Será capaz? Él mismo se confiesa su decepción, porque los enemigos no asoman por ningún lado. Tendrá que ir él a buscarlos, a provocarles. Y esa será  siempre su estrategia, la provocación. Llamar la atención, escribir grueso, crispar y (esto sobre todo) pisar la raya de la legalidad española. Actuar ‘como si ya’, en virtud de la legitimidad que él mismo se confiere.
En la rebotica de una farmacia de la bilbaína Plaza Circular, a un paso de su casa, se da a conocer y recluta a sus primeros discípulos. Con ellos fundará su iglesia, el Bachoqui [2]; pero primero fue la farmacia:
«A veces entraba Sabino con las manos en los bolsillos, severo y melancólico el semblante, la mirada soñadora, y su cabeza de Cristo humildemente inclinada sobre el pecho. Comenzaba a circundar su noble frente la dorada aureola del heroísmo.»
Así que pronto hubo Sabino/Cristo. Un Cristo con las manos en los bolsillos, ¿y qué?: también la aureola era de heroísmo, no de santidad. Todavía.
Como cuando el cristianismo era una peña de amigos, así también los socios del primer Bachoqui son pusillus grex (el rebañito), donde el número importa menos que la calidad, la entrega total, el sacrifico del ‘yo y mi patrimonio’ a la causa, entrar por la puerta estrecha; en fin, portar al hombro la bicrucífera y seguir al Maestro sin chistar, hasta el fin.
En ‘El Bachoqui’, Navarth da un repaso al articulado del Reglamento de lo que pasaba por ser una sociedad recreativa. Sólo que aquel pequeño club, en la mente de Sabino, era el embrión, no ya de un partido político, sino del partido único en su futuro Estado vasco; y el reglamento, el boceto de la Constitución que pensaba imponer a tal estado.
El primer Bachoqui de Bilbao fue, como la primera Iglesia de Jerusalén:
«Una sociedad cerrada,
1) por dificultades para el ingreso;
2) por la abundancia de penas de exclusión; y
3) por las condiciones exigidas a los no socios para la estancia en los locales sociales.
Además, el poder estaba concentrado en la Junta Directiva y, sobre todo, en el Presidente.» [3]
Presidente –Sabino, ¿quién si no?– que acumulaba en su persona la función de Calificador o Gran Inquisidor, con poderes discrecionales para marcar la línea política y salvar la ortodoxia doctrinal y moral.
Así se inauguró el Bachoqui
La inauguración del primer Bachoqui (15 de julio 1894) fue una provocación en regla, con su paralelo bíblico. Domingo a mediodía, en el Arenal, golpe de gente silenciosa, porque empieza el concierto de la Banda Municipal.  Lo evocaba Rafael de Picavea (1931) para el diario Euzkadi:
«En aquel instante salieron al balcón del ‘batzoki’ los bravos txistularis. Las notas de unos aires vascos acompañados de tamboril, hindieron, atrevidas, el ambiente apacible.
¡Dios mío, qué fue aquello! “¡Están locos!”, gritaban los más benévolos.  “Esto es retroceder varios siglos”, oí que decía don Pablo de Alzola, al ver las atrevidas manifestaciones del bizkaitarrismo naciente.» [4]
Cuando el público se vuelve hacia la música intrusa, en el balcón de la Calle del Correo ondea la gran bicrucífera. Junto a la bandera, no menos llamativos el rótulo y escudo, más las colgaduras a juego.
El mismo Picavea, al que más de una vez se le pidieron anécdotas de Sabino, o no recordaba muchas, o las iba improvisando. El año siguiente (1932) y para el mismo periódico vuelve a contar la misma historia, con ligeras pinceladas de retoque. Se asoman, pues, al balcón los chistularis, «heraldos del ‘bizkaitarrismo’ que llamaban al pueblo»:
«¡Qué estridencia. En aquel momento iniciaba un pasodoble torero la Banda Municipal en el quiosco. ¡Simbólico! Los txistus pudieron más. La gente, abandonando la música del Arenal, corrió a situarse al pie del balcón. ¡Curioso espectáculo! En Bilbao apenas si se sabía de los ‘txistularis’. Ni siquiera de su existencia en el mundo.
En seguida se nos explicó la ocurrencia. Era que se inauguraba el primer Centro político separatista (!). Un loco andaba en ello.
No se oyó el menor grito en la calle.  No se conocía el ‘gora’. Mucho menos el ‘azkatuta’. Ni había más ‘bizkaitarras’ en Bilbao que los reunidos en fiesta en el Círculo de la pequeña casa de vecindad. Allí quedó sembrada, a voleo desde el balcón histórico… la simiente… » [5]
La evocación de Pentecostés habría quedado más transparente si, en medio de la barahúnda musical y humana, hubiese aparecido en el balcón del Cenáculo Sabino en persona, como nuevo san Pedro:
«Varones vascos, y todos los que vivís en Bilbao, sabed y oíd: No es lo que pensáis, éstos no están beodos, pues es la hora de tercia, etc. etc.» (Hechos, 2: 14-15).
Pero no. Sabino, que desde Larrazábal se conocía como mal orador, no pondrá paño en púlpito –nunca lo hizo–, reservándose para la pluma y la tinta, en las hojas volantes que iba a lanzar, precursoras de su arma definitiva, El Bizkaitarra.
Si me he permitido la metáfora de Pentecostés, no se tome a ligereza irreverente. Ese juego retórico sacro-profano pronto se hizo tradición en los bachoquis. Volvamos al autor del relato, Picavea.
Sin ser para nada entusiasta –era hombre de empresa, capitalista, liberal y político oportunista–, este periodista cedió a la costumbre de espolvorear dulcedumbre cristiana, grata a los jelzales. Ahora mismo acaba de hacerlo, evocando la parábola del sembrador [6].
En el mismo artículo, Picavea se presenta como un converso del 94. Secuaz del Maestro, «pero a honesta distancia. A la manera cautelosa de Pedro respecto de Cristo en la noche trágica. ¡Pero no le negué jamás!».
Aunque, mejor que Pedro, un Nicodemo: «Metido en la vorágine de los negocios industriales de Bilbao, no puse mucho empeño analítico en la doctrina Vamos, un simpatizante regionalista, «al que las vibraciones de mi alma vasca arrastraron…»
Le arrastraron, hasta el punto de no percibir en aquella manera de estreno un acto de gamberrismo, reventando un concierto público, alterando el orden.
Estampas evangélicas del Maestro
Picavea se ha comparado con san Pedro. Y así como san Pedro tentó a Cristo  hasta exasperarle ( “vade retro!”), también Rafael tentó a Sabino en lo más sagrado: la exigencia de cuatro apellidos vascos para ser socio pleno del Bachoqui.
«Un día discutí con Sabino… Me parecía contraproducente esta exigencia de los apellidos. Poco en armonía con la democracia característica del país. ¿Qué vasco no tendría algún apellido ‘erdérico’? Sería humillante para muchos la condición diferenciadora. “Mas tarde lo quitaré, según vaya la cosa”, me contestó.» [7]
El manso Sabino no se irrita contra Rafael; al contrario, la da la oportunidad de ser, mejor que un Pedro, un nuevo san Pablo, como el que libró a los cristianos gentiles de la circuncisión y les permitió comer cerdo:
«Bien metida en la médula del pueblo la doctrina…, llegó aquel “más tarde lo quitaré” [¡?]  Los nacionalistas de hoy pueden tener los apellidos que quieran.»
Mérito que se apunta Picavea. Pues mil gracias, caballero. Sólo que el Picavea/Pablo omite citar la fatwa sabiniana correspondiente, porque no la hubo. Fueron los Euskalerríacos los que, hechos los amos del cotarro, iniciaron la deriva paulina de la secta.
Y vuelta al Sabino alter Christus. Sabino, el Maestro a secas (sin ‘divino’, menos mal):
«Pronto surgió en el ‘Batzokija’ el incidente. Un paqueño grupo de los que acudían… se destacó por su poca frugalidad: merendolas, vinazos… Un día estalló la indignación del Maestro: “¡Señores, aquí no queremos borrachos! ¡A la calle!”. Y a la calle los arrojó. Como Cristo a los profanadores del lugar santo [8]
La parábola del sembrador ya la hemos recordado. ¿Pues y la de la levadura en la masa? Pues eso será el primer Bachoqui: levadura. Bueno, no exactamente en el pan, sino más en el espíritu vinario de la dipsómana casa, la ‘solera’ que daría aroma a las cosechas sucesivas. El vino/sangre. Porque también la muerte de Sabino fue sacramental, tras «su lento martirio por la Causa»[9]
La ambivalencia Sabino/Cristo para sus discípulos de la primera hora llegó hasta los extremos cómicos que rodearon su inopinada y secreta boda con doña Nicolasa, pues como a Cristo, ellos le querían virgen. Pero esto último mejor que nos lo cuente Navarth.

Digresión: Sabino enamorado
Con todo, no me privo de revelar aquí a quienes lo ignoren, que ya antes  de «Nikole maitia» el corazón de Sabino latió muy fuerte por una chica de Bilbao, guapa y de la buena sociedad. Pero, ¡ay dolor!, no era neska digna de él, ni de nadie del Bachoqui: ¡maqueta perdida pura sangre, con apellidos «del erderismo más furibundo»! Esta última expresión es de Rafa Picavea. Dejemos que él nos lo chismorree a su estilo [10]:
«Años antes de conocer a la que fue su esposa, se entusiasmó de [sic] una señorita que vivía calle arriba de Hurtado de Amezaga. Llegó a mí la versión del drama por conducto de pariente muy próximo de la damisela.  Buena moza ésta. Figura gallarda que vi, en el paseo del Arenal, muchas veces. Acabó la cuitada, como vulgarmente se dice, en enamorada perdida.
Sabino quiso inquirir,  prudentemente, antes de dar un paso en firme. Resultó que la muchacha no era vascongada. Además tenía los apellidos del erderismo más furibundo, por todos los costados.
Acababa de ponerse en circulación el Consejo Político: sería preciso que los buenos ‘jelkides’ procurasen mantener la pureza de la raza. ¿Cómo iba él a dar el mal ejemplo?»
[El Calificador, nada menos. Por suerte, Sabino tenía el corazón con freno y marcha atrás, que diría Jardiel Poncela.]
«Hubo un retroceso en la iniciación [sic] de los amoríos: violento, cruel, enérgico, por parte de Sabino. Un retroceso más fundamentalmente doloroso para la muchachita… No necesito describir la angustia de la joven, en quien se trocaron los afectos en oleadas de ira, de ansias de venganza contra los bizkaitarras.
Sabino deploró el lance infortunado.  En su reciedad de atleta no faltaron lágrimas de ternura para ella. ¡Pero tenía que ser un euskeldún, al modo de sus prédicas! ¡Antes que nada! ¡Fue acaso éste, el primer sacrificio que hubo de ofrendar en homenaje a la doctrina
Tales sentimientos del Maestro para con una maketa, bonita ni fea, allá quien los crea, bajo fe de Picavea. Máxime una maketa que por poco no le puso en ridículo, la comidilla del bachoqui; y él tan ciego y cornudo, el último en enterarse.
¿Y qué pasó luego? Tras un signo de suspense, Rafa larga su versión inédita:
«Andando el tiempo, una circunstancia inopinada volvió a recordarme el episodio. La señorita de… [puntos suspensivos] se había casado en Buenos aires. Tuvo hijos. ¡Convirtiose en una bizkaitarra furibunda! Los nombres de Sabino [sic], de Miren, de Koldobika, andan mezclados entre ciertos criollos, con extrañeza de quienes no conocen esta historia. ¿Delicado homenaje femenino al recuerdo de un amor que pasó? La paradoja me dio que pensar.»
Una vez más, el narrador pone a prueba nuestra candidez. Porque hasta pudiera ser que esta segunda parte de la historia esté inspirada en habladurías sobre Unamuno, a quien le salió una cuasi novia espontánea en Buenos Aires, casada y madre, que a pesar del desvío de don Miguel no decayó en su entusiasmo, acosándole con cartas y hasta oferta económica. La relación de Delfina Molina de Bastianini con don Miguel la cuenta Jon Juaristi con su sorna envidiable. Eso sí, la Molina tenía al menos el segundo apellido vasco: Vedia [11]. Sea como fuere, en el caso de la novia de Sabino, una evocación de la Magdalena resulta inevitable.
Más parábola
Lo dicho da idea de por dónde iba la cosa. Los ejemplos de semántica evangélica saltan a cada paso. A menudo, con ribetes de tartufismo.
«¿Quién pecó, éste o sus padres?», preguntan al Señor los apóstoles, ante un ciego de nacimiento (Juan, 9: 2). Pues, ¿y qué más ciego que el vasco degenerado, que no ve el origen de su miseria? Este fue el caso.
Una tarde lluviosa en un bar bilbaino, Sabino entre sus amigos, desgranando su monotema:
«El Maestro hablaba lentamente. Ante el cariño de los fieles que le rodeaban se sentía feliz… Inculcaba la idea de Patria.
De golpe se abrió la puerta. Una cabeza desmelenada y unos brazos sarmentosos se adelantaron. Un desgraciado que apenas podía tenerse sobre los pies penetró en el bar… Su figura era grotesca.
Los que estaban junto al Maestro comenzaron a reírse ante aquel tipo raro de aldeano y callejero corrompido, que zurcía sus palabras con giros castellanos. Comenzó a hacer payasadas. Todos se reían, menos Sabino. La figura del Maestro se puso seria… Arana y Goiri se puso muy triste. Una lágrima brilló en sus ojos. La raza que degeneraba al contacto con los extraños pasó por su mente.» [12]
Como en el Evangelio: «Ni pecó él, ni sus padres». –La culpa la tiene el de siempre, el maqueto.– Sólo faltó añadir: «Y estas cosas pasan, para que se manifieste la gloria de JEL».
¿Recordamos el ejemplo evangélico del joven rico? Sí, hombre; aquello de «si quieres ser perfecto, da cuanto tienes a los pobres y sigueme». El chico torció el gesto, porque era un capitalista (Lucas, 18: 23). Pues bien (se dice el pecado, pero no el pecador):
«Cuando J. de A. acudió… para la fundación del Euzkaldun Batzokija, había cuatro o cinco apuntados antes que él, y se fijó en el nombre del que encabezaba la lista… Aquí le llamaremos X.
Este X era un joven hijo de familia muy rica; pero su padre, viudo y casado en segundas nupcias, … jamás le proporcionaba ningún dinero, y por fin el muchacho hubo de abandonar la casa paterna. Se acogió a un pobre empleo …, y entonces Sabino comenzó a pasarle una pensión.
Murió el padre, y X. entró en posesión de una gran fortuna, y continuó entre los nacionalistas amigos de Sabin. Éste, al cabo de pocos años, había gastado su fortuna en la propaganda patriótica y se encontraba frecuentemente en dificultades económicas. En una de ellas acudió a X. para obtener de él un pequeño préstamo, que garantizaba, además de disponerse a pagarle un interés módico. Pero X. le negó el favor, que había sido pedido por tercera persona amiga de ambos, alegando que sacaba mejor provecho a su dinero en otras inversiones.»
Porque en verdad, más fácilmente pasaba una maroma por el ojo de una aguja, que entraba un rico en el reino de JEL (hasta el desembarco de los hombres de Ramón de la Sota, se entiende) [13].
Bandera de discordia… y de negocio
Y para terminar de verdad, tal vez nos suena de algo, «no he venido a traer paz, sino guerra y división» (Mateo, 10: 34; Lucas, 12: 51). Pienso que esa fue la máxima evangélica preferida de Sabino. En los jesuitas de Orduña, alguna vez hizo sin duda la meditación ignaciana de los dos ejércitos y las dos banderas, el bien contra el mal.
Él también alzó su bandera, para enfrentar a vascos buenos y malos, y a vascos contra maquetos o españoles. Conocemos la ikurriña como la «santa bandera» (Luis Arana), cargada de simbolismo religioso-patriótico. En parodia cristiana, signo de discordia. Padres carlistas contra hijos nacionalistas, y viceversa, veamos: la casa de los Arana tenía amplia terraza cubierta, al jardín y a la campa de Albia.
«El techo de la terraza tenía por decoración pintada una gran bandera tricolor. Era la enseña bicrucífera… “¡Un atrevimiento, una estridencia inaguantable, esta axhibición de la bandera!”, gritaban manoteando en los círculos muchos padres de los que, afiliados o simpatizantes entusiastas, llevan como distintivo en el ojal de la chaqueta la miniatura que reproduce, precisamente, la enseña misma de la estridencia. La que crispaba los nervios sensibles de sus buenos papás[14]
Padres contra hijos. También ciudadanos contra ciudadanos. Construyéndose una casa en Arteaga, al llegar a la altura del tejado hay que enarbolar una bandera, como es de costumbre. Ángel Zabala (‘Kondaño’) tuvo una idea brillante: que sea una ikurriña, para provocar al personal, mayormente carlista. (En la vecina Guernica tuvo lugar la ‘Sanrocada’, cuando los del Bachoqui, al grito de «¡Muera España!»,  arriaron y quemaron la bandera española  izada en el Ayuntamiento:  «una provocación», según Sabino.)
A todo esto, la sagrada bandera se trivializaba y amonedaba. No sólo en forma de insignias de solapa, también en variantes a cual más ingeniosa. Así El Correo Vasco (7 de septiembre 1899) insertaba este anuncio:
«Un acreditado alpargatero bermeano ha puesto a la venta en Bilbao, calle de la Esperanza, 24. 1º, alpargatas blancas que llevan en su parte superior una bien hecha bandera bizkaitarra o nacionalista».
_________________________
[1] Es lo propio de las encarnaciones totalitarias. Tambien Franco en su testamento político negaba tener otros enemigos que los de España.
[2] ‘La cuna del nacionalismo’, Euzkadi, 23-12-1905; HNVD, 1: 158-161. La rebotica de Benigno Cortina, entusiasta nacionalista y admirador de los Arana, fue durante algún tiempo saludada por los jelzales como ‘cuna del nacionalismo.  Cosa que luego algunos rechazarán airadamente, porque era hacer de menos al Bachoqui, y porque a dicha tertulia concurría gente de vario pelo.
[3] HNVD, 1: 78, citando al historiador labortano Jean-Claude Larronde, El nacionalismo vasco.  Su origen y su ideología en la obra de Sabino de Arana-Goiri. (Tesis doctoral). San Sebastián, Txertoa, 1977, págs. 186-187.
[4] HNVD, 1: 221.
[5] Euzkadi, 26-11-1933; HNVD, 1: 223.
[6] Rafael de Picavea Leguía (1867-1946) fue un empresario guipucoano, fundador y propietario de ‘El Pueblo Vasco’, periódico de San Sebastián. Al escribir esta memoria era recién electo diputado del PNV en su provincia.  Admiraba a los nacionalistas: «un partido de gran porvenir, de acción radical. Y como radical, reclutador de juventud. ¡Fuerza de choque! para los radicales de enfrente… »
[7] HNVD, 1: 224.
[8] Ibíd.; HNVD, pág. 224.
[9] HNVD, 3: 620.
[10] Euzkadi, 25-11-1931; HNVD, 3: 621-622.
[11] Cfr. J. Juaristi, Miguel de Unamuno, Taurus, 2012; ver Índice onomástico, pág. 508, y fotos 10 y 11.
[12] ‘El gesto’, por Adolfo de Larrañaga; Euzkadi, 25-11-1932; HNVD, 3: 622.
[13] El cotilleo de bachoqui puso nombre a la X.: Juan de Aramburuzabala, que fue directivo del Recreativo y del Partido. Es notable que este tesoro de recuerdos se iba enriqueciendo con los años, al revés de lo que ocurre con las memorias normales. Ésta y otras anécdotas aparecieron en ‘Alderdi’, en noviembre de 1957; cfr. o. cit., ibíd. pág. 623.
[14] Rafael Picavea (‘Alcibar’), Euzkadi, 25-11-1931; HNVD, 3: 621.

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