martes, 10 de septiembre de 2013

"SOLO JEL BASTA"



Por Belosticalle


«Tenemos de religión justo la bastante para hacernos odiar, aunque no la suficiente para hacernos amar el uno al otro.»


La cita es de Swift, y encima auténtica: inicio de su folleto, ‘Pensamientos sobre asuntos varios’ [1]. La extensión de este opúsculo viene a ser igual que la de los ‘Pensamientos’ más los ‘Apuntes íntimos’ de Sabino Arana [2]. De las sustancias respectivas nadie dirá lo mismo.
Por desgracia, ahora toca Sabino, no Swift. Y ya que hemos rozado su mitomanía religiosa aplicada al plano político, veamos de profundizar en el fenómeno, con su consecuente mística del odio como virtud política teologal.


El Tratado Teologiko-Politiko sabiniano
Los hermanos Arana, Sabino sobre todo, impregnaron de verbo religioso su proyecto político. Esto no lo inventan ellos, era bastante normal entonces en la retórica de partidos confesionales: integristas, carlistas, neocatólicos…  Trasladaban a la palestra política la peor apologética católica del siglo XIX, olímpica y agresiva, con ramalazos de odio teológico.
La novedad del tándem Arana-Goiri fue su extremismo histriónico paranoide, con una visión pseudo-cósmica maniquea, religiosa y bélica. Su mitología patriótica y su automito profético-redentor no escaparon a ese dualismo militante, asimilado en la familia y en el colegio. Su política es religión, en versión católica integrista. Su mito ‘Euzkadi’ es historia sagrada. Euzkadi es el pueblo de Dios, regido por su Ley Vieja.
Para Sabino, la finalidad del hombre es  es Dios, la salvación eterna. Esto en el plano individual. Pero todo individuo pertenece naturalmente a un linaje y pueblo, que en cierto modo es vehículo de salvación colectiva: «Caminar a Dios: este es el fin de todos los pueblos» [3].
Lo singular del fenómeno vasco deriva de la singularidad de este pueblo, superior a cualquier otro de la Península, y del mundo entero, por su antigüedad de origen y solar, pureza de sangre, religión, lengua, libertad y leyes propias.
Allá otros pueblos y su destino; la única patria/iglesia de los vascos es Euskadi. Y así como la Iglesia de Cristo se define por cuatro ‘notas’ –una, santa, católica y apostólica–, cuatro también definen la patria/iglesia terrenal Euzkadi:

«Dios, Ley, Raza, Lengua: he aquí los cuatro elementos inseparables de la entidad de nuestra Patria.
1. Dios, esto es, la Religión Católica Apostólica Romana íntegramente manifestada en la teoría y en la práctica, en las leyes y en las costumbres y usos.
2. Ley, esto es, la ley tradicional, pura, sin sujeción a Estado alguno, absolutamente independiente, sólo dependiente de las leyes divina y natural y de las buenas costumbres y usos del pueblo como determinantes inmediatos de la ley positiva.
3. Raza, a saber, la euskeldun pura y sin mancilla o mezcla de extraña raza, y determinada por la naturaleza de los apellidos.
4. Lengua, esto es, el Euskera perfectamente definido y depurado de parásitos que le afean.
Los tres últimos elementos, Ley, Raza y Lengua, que pueden reducirse a uno como positivos que son, e ir incluidos en la idea de ‘Ley’, forman el cuerpo del Estado. El elemento Dios, constituye su espíritu.
Y así como el cuerpo debe sujetarse al espíritu, y los fines inferiores subordinarse a los superiores, así también el segundo elementos de nuestro lema, Ley, debe subordinarse al primero, Dios.
En la idea de Dios se encierra, pues, nuestro ideal, el objeto de nuestro amor patrio.» [4]

Dios, Patria, Ley, tríada indivisible:
«No se puede atacar a Dios en Euskelerría sin atacar la existencia de este Estado, ni se puede destruir éste sin atentar contra Dios.
Y esta idea de Patria, que es aplicable de deber a toda otra nación, lo es a la nuestra de hecho; pues desde el origen de nuestra raza, los elementos de Ley y Dios han sido inseparables, y de la naturaleza indicada.» [5]
Y termina (este pensamiento y ‘Pensamientos’) con esta efusión patrio-devota, digna de un libro de lectura escolar:
«¡Cuán grande es nuestra Patria! ¡Gracias, Dios mío!»

La Verdad es única: «Jaungoikua eta Lagizarra» (‘Dios y Leyvieja’), abreviado JEL. El profeta de JEL es Sabino. La salvación de los vascos como pueblo pasa por JEL. Los fieles de JEL  forman un cuerpo místico, Euzkadi, en el seno de una iglesia militante visible, el Bachoki primero, el PNV después. Por lo demás, «Solo JEL basta.» [6]
La jerarquía de valores fundamentales reza así:
«Nosotros, para la Patria, y la Patria, para Dios»
Esa es la voluntad de Dios, descubierta por los hermanos Arana.

Teología del odio salvador
El lema sabiniano JEL sería inocuo si no fuese maniqueo de origen. La fórmula en sí es la expresión de un plan divino, que versa sobre un mito cósmico dualista, de buenos y malos.
Tal mito y lema obliga a odiar cordialmente todo lo que se oponga o se interponga en esa «unidad  de destino en lo universal», por decirlo en fórmula no menos rimbombante, aunque ya de la siguiente generación [7].
Como cristianos, saben que el mandamiento primero es amar; pero como integristas católicos saben también que la Verdad/Bondad absoluta está en guerra con enemigos mortales irreductibles. A éstos hay que odiar, si no para destruirlos –empresa imposible–, para tenerlos a raya, pero sobre todo para no hacerse como ellos.
Euzkadi, conjunto de los vascos en su tierra vasca, está en guerra con el enemigo invasor, España/Maketania. El enemigo tiene un plan diabólico y un arma no menos diabólica. Su arma: un virus letal encapsulado en cada maketo, portador de semen maldito, de apellidos nefandos, instintos bestiales, costumbres infectas.  Su plan: invasión masiva de maketos, hasta la degeneración total y la extinción del pueblo vasco.
Con su tesis conspiranoica, los perfectos adanitas que son estos hermanos Arana irrumpen como misioneros autoenviados por Jaungoikua para gestionar en exclusiva la salus populi. Ellos en exclusiva, esto es, no sólo contra el maqueto, sino también frente al maketófilo, llámese carlista, fuerista, regionalista, euskalerríaco etc.; nada digamos del liberal, socialista etc., que mayormente coinciden con el maketo.
Sabino Arana ha dejado tras de sí fama de gran sembrador de odio. Habría que tener a mano unas concordancias de su obra escrita, o mejor la obra completa en OCR, para contar las veces que invadió el campo semántico del odio, desprecio, rechazo, enemistad…; en primera persona y enfilando a ‘enemigos’ nada ideales, todos de carne y hueso.
Por lo demás, de tal siembra, tal cosecha. Si su odio fue sólo retórica, si sus adeptos han tomado el rábano por las hojas, qué más da: el odio que practican es sincero, incluso mortal.
Pero vamos a ver, ¿tan malvado, requetemalvado, era el buen Sabin? ¡Qué va! Su odio era, por así decirlo, profesional. Fuera de su horario de trabajo como hombre público, en la intimidad era todo bondad, con efusiones de amor universal. ¿Odio, él?:
«Nunca debe el hombre odiar o aborrecer al malo; porque es ilícito todo ataque a la personalidad. Pero sí se debe aborrecer y odiar el vicio y el error del hombre malo…  […]  Haz siempre todo el bien posible a tu prójimo…»
Otra cosa es que, por sus grandes amores, le guste ser odiado. Era la medida de su importancia social:
«¡Feliz, dichoso yo si llego a tener muchos enemigos que lo sean de la Iglesia, muchos que lo sean de Bizkaya! Sólo entonces podré llamarme con razón católico y patriota.»
Esto escribía Sabino en enero de 1889. En mayo, con la Naturaleza en flor de promesas, los ansiados enemigos no brotaban por ninguna parte. Seguía siendo un Don Nadie:
«Nada he debido de hacer a favor de Bizkaya, pues aún no tengo enemigos. Esta idea me apena profundamente.»
Sabino no odia por gusto, aunque necesita enemigos que le odien a él.  Quiere la paz,  pero el cuerpo le pide lucha:
«Si mi Patria fuese feliz, iría a buscar la lucha entre los leones del Atlas, el oso gris y el tigre de Bengala . Pero los enemigos de mi Patria son en verdad más indomables que el león, el tigre y el oso.»
Este pujo cinegético inspiró a Juaristi unas páginas hilarantes sin odio, sobre ‘Tartarín en Vizcaya’ [8]. Pero a lo nuestro: ¿Qué Sabino no odió? He de conformarme con un espigueo aleatorio:
«Nosotros a ningún maketo, a ningún españolista odiamos tanto como al español que, conociendo de alguna manera la historia de Bizkaya, se la da falseada, adulterada y españolizada al pueblo bizkaino…» [9]
«Los bizkainos que queremos la restauración de nuestra antigua Patria aborrecemos a España… por cualquier lado que la miremos. Y este mismo odio nos tienen los españoles.»
«Ya ve El Basco que en odio al español como invasor, andamos muy cortos los bizcainos patriotas de hoy, comparados con aquellos de otros siglos.» [10]
Y no es que en el ardor de la polémica política al periodista Sabino se le caliente la pluma. También en frío, en sus catecismos como en las orientaciones de partido, fue un atizador de odio. Por ejemplo, en los ‘Deberes fundamentales del Nacionalismo Bizkaino’ se dice que todo afiliado
«trabajará diligentemente… por mantener la pureza de la raza en su familia y en aquellos a que alcance su influencia, y dificultar la invasión española, haciéndole aborrecible al español la vida en Bizkaya mediante el desprecio y el aislamiento». [11]
No es menester acumular más y más textos, siempre reiterativos. El mandamiento del odio al ‘otro’ es explícito y universal, motivado básicamente por motivo religioso, en cuanto que ‘el otro’ interfiere con el proyecto salvífico sabiniano y se opone a la voluntad de Dios.
Los textos donde Sabino predica el amor y parece excluir el odio entre humanos sólo pueden entenderse como un desiderátum para cuando la Patria sea libre. Y esa contradicción aparente de textos salidos de su misma pluma viene a confirmar que el antimaquetismo  preconizado no es circunstancial, coyuntural o abstracto, sino esencial y necesario, con base religiosa. Odio que no distingue entre España y el Estado español, provincias, grupos o individuos.
«Haz siempre todo el bien posible a tu prójimo». Sí, pero, como en la parábola del Buen Samaritano, ¿quién es mi prójimo? Uno de los textos más debatidos sobre el particular se titula ‘Egundokua’.  
Es el cuento del jebo o bato –el aldeano vascongado puro–, que llegando a Bilbao se dirige al alguacil maqueto, preguntando en vascuence por el hospital, donde tiene al hijo enfermo. El guardia enfadado le replica que deje de ladrar y hable en cristiano. «Baña nik ezdatik erderaz!» (¡pero si no sé en otra lengua!), se excusa el rústico.
El chascarrillo es aquí apólogo, con su moraleja:
«Si algún español te pidiera limosna, levanta los hombros y contéstale, aunque no sepas euskera: nik eztakit erderaz (yo no entiendo el español).
[…]
Si algún español que estuviese, por ejemplo, ahogándose en la ría, pidiese socorro, contéstale: nik eztakit erderaz
La conclusión no puede ser más cristiana: «ojo por ojo y diente por diente» [12].
La cáscara vacía
En el sistema  teológico-político sabiniano, el único ‘elemento’ definido con claridad es, paradójicamente, Dios. Lo trascendente se hace palpable aquí como familiar Jaugoikua, y en su avatar más integrista y ‘carca’ habita en Euzkadi. La fe católica y los dictados de la Iglesia regirán la futura patria libre. El primer elemento del lema JEL, o sea, Jaungoikua, implica:
«la constitución de Bizcaya como Estado esencialmente católico-apostólico-romano, que encamine derechamente a las familias y a los individuos, sus elementos, a la consecución del fin último del hombre, que es el mismo Dios… Bizkaya, pues, ha de acatar y obedecer cuanto la Iglesia Cristiana de Roma enseña y ordene, y ha de rechazar cuanto ésta repruebe y condene.» [13]
Por el contrario, lo que debería estar más claro para todo el mundo, creyentes o no,  que es la ‘Ley’ o constitución de ese estado Euzkadi, se queda en la inconcreción más desoladora, sin precisar siquiera la forma de gobierno y participación social, poderes y separación de los mismos… Lo dejo así, porque la República Sabiniana merece estudio aparte, donde se discutirá también el papel relativo de los otros dos elementos, Raza y Lengua.
Ahora bien, decir que Sabino Arana ha dejado claro y concreto un concepto, aunque sea uno solo en toda su vida, es hacer de menos su condición proteica irracional. Cierto que ha escrito, en otro ‘pensamiento’, «dad a Dios lo que es de Dios, a la Patria lo que es de la Patria» [14]. Pero El Reglamento del Bachoqui, ya desde su boceto, establecia para Bizkaya:
1.  «Una clara y marcada distinción entre el orden religioso y el político, entre lo eclesiástico y lo civil».
2. «Una perfecta harmonía y conformidad entre el orden religioso y el político, entre lo divino y lo humano».
3.  «Una completa e incondicional  subordinación de lo político a lo religioso, del Estado a la Iglesia».
Inquietante, incluso para los nacionalistas.
Ya en los últimos años del fundador aparecen textos más tajantes en cuanto a separación e independencia Iglesia-Estado [15]. La realidad es que «en la práctica, la separación entre lo político y lo religioso no se tuvo en cuenta» [16]. ¿Para qué? En caso de conflicto con la jerarquía eclesiástica, Sabino siempre tenía a mano el ‘pase foral’ («se obedece, pero no se cumple»).
La consecuencia de semejante engendro se veía venir. Con la secularización, cualquier sociedad racional desecha o fagocita la exuvia religiosa, y tras un reajuste discreto y poco o nada traumático de su estructura laica sigue su andadura. Aquí no. La sacralización y divinización del mito Euzkadi con sus «elementos inseparables» –en la medida en que se ha mantenido en serio el mito–, se ha traducido en una transferencia de la sacralidad al nuevo espíritu seglar de Euzkadi. Del totalitarismo de derecho divino al totalitarismo de derecho sabino, cuya implantación está en marcha.
Queda por ver por dónde y hasta dónde llevamos el experimento patriótico, sin descuidar cómo se nos gestiona nuestro deber vasco de odiar.
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[1] ‘Thoughts on Various Subjects’. The Works of Dr. Jonathan Swift. Edinburgh, A. Donaldson, 1761. Vol. 4, págs. 383-392.

[2] J. Corcuera y Y. Oribe, Historia del Nacionalismo Vasco en sus Documentos (HNVD), 1: 107-116 (‘Apuntes íntimos’), 117-120 (‘Pensamientos’).

[3]  ‘Pensamientos’; HNVD 1: 117.

[4] Ibíd., pág. 120] El lema carlista-fuerista era ‘Dios y Fueros’ (traducido como ‘Jaungoikoa eta Foruak’.

[5] Sabino extrae este corolario práctico: «Luego no puede ningún euskeldun ser fuerista siendo liberal, pues peca contra Dios; ni puede ser católico siendo carlista, pues peca contra su Patria.»

[6] La máxima, calcada de santa Teresa («Solo Dios basta») sirvió de título al folleto de propaganda nacionalista de Ceferino de Jemein, ‘Amandarro’, Solo JEL basta (Bilbao, E. Verdes, 19**).

Este heredero espiritual de Sabino se habría escandalizado ante la estatua del Maestro erigida en Bilbao, cuya peana silencia lo esencial para quedarse con lo accesorio de su doctrina:

«Hay que destruir esas modernas teorías pseudo-nacionalistas que afirman que el eje central de las enseñanzas de Arana-Goiri estriba en esta afirmación: EUZKADI ES LA PATRIA DE LOS VASCOS. Porque esto no es así. Porque el eje central, y la idea madre, y el programa íntegro, netamente nacionalista, vasco y además humano –ya que tanto se habla hoy de humanismo- es este otro: JAUN-GOIKUA ETA LAGI-ZARRA.» (O. cit., pág. 6)

[7]  A los nacionalistas vascos les molesta que se les apliquen marbetes ajenos, soy consciente y lo entiendo, porque todo nacionalismo por definición se siente único, irreducible. En particular, los aberchales afectan repulsa total al ideario de un ‘fascista’ como José A. Primo de Rivera y su ‘Falange Española’. Desde fuera, sin embargo, al no nacionalista se le escapa esa supuesta singularidad, sea del nacionalismo español, catalán, etc., salvo en el énfasis religioso del nacionalismo sabiniano. ¿O será que los nacionalistas vascos de hoy no se reconocen en Sabino? Es lo que estamos examinando.

[8] El bucle melancólico, Espasa, 1997, págs. 143 y sigs.

[9] Bizkaitarra, nº 22. El tipo del maisu, el maestro de escuela maketo, fue para los vizcaitarras muñeco del pimpampún, cabeza obtusa en competencia con el tonto del pueblo, pero siempre un malvado antivasco. Lo mismo hizo el reverendo Azcue con su personaje de Vives, en su zarzuela ‘Vizcaitic Bizkayra’, tan aplaudida por el bando de Sabino, hasta que se pelearon con aquel cura de los euskalerríacos, vendido al capital, el capellán de postín entre las damas de la sociedad bilbaina.

[10] ‘El Basco’ (Bizkaitarra, nº 22, 24-02-1895)

[11] Hoja autógrafa de Arana, 5 de mayo 1896;  HNVD 2: 43 y 97.

[12] Bizkaitarra, nº 29 (20-06-1896). El título del chascarrillo, egundokua, pertenece a la neoparla sabiniana, con el sentido más o menos de ‘barbaridad, enormidad’.

[13]  Directrices de Sabino Arana para el reglamento del ‘Euzkeldun Batzokija’; HNVD 1: 74.

[14] «… y al pueblo tirano lo que se merece», añadía a guisa de coda, aunque arrepentido lo tachó.

[15] Algunos se incluyeron en las Obras Completas de S. A., aunque su autenticidad es dudosa para Javier Corcuera y Yolanda Oribe; HNVD 2: 46-49.

[16] Ibíd. 2: 49.

[17] ‘Amandarro’, Solo JEL basta, l. cit., pág. 6.



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