sábado, 17 de marzo de 2012

EPISODIOS DEL VÖLKITSCH. Apéndice 3: HITLER

Hemos visto la sofisticación intelectual de autores como Guido von List y Lanz von Liebenfels. No está de más finalizar echando un vistazo a la del propio Hitler.


En 1920, por encargo de su superior en la Abwehr, Hitler escribe una carta al soldado Adolf Gemlich, que se ha dirigido al ejército para conocer su opinión sobre la “cuestión judía”. Esta carta tiene un cierto interés, pues es la primera manifestación escrita de las ideas del futuro Führer. Pues bien, en ella Hitler define a los judíos como la “tuberculosis racial de los pueblos”. Afirma, además, que un gobierno responsable debe, desde luego, privarlos de sus derechos civiles, pero su objetivo final debe ser la “eliminación de todos los judíos”.

En esos momentos, entre sus fuentes básicas de conocimiento (además de la revista “Ostara” de Lanz von Liebenfels) están los “Protocolos”. En 1923, momento en que los alemanes contemplan como la superinflación devora su riqueza, escribe: “según los Protocolos de Sión a los pueblos se los ha de reducir a la sumisión por el hambre. La segunda revolución bajo la estrella de David es el objetivo de los judíos en nuestro tiempo”. El año siguiente Hitler escribe Mein Kampf en la cárcel, y se dedica a describir las maniobras empleadas por los judíos para dominar el mundo y fastidiar a los arios.

En 1924 se publica “El bolchevismo de Moisés hasta Lenin: diálogo entre Adolf Hitler y yo”, de Dietrich Eckart. Eckart, periodista, poeta, amigo personal de Hitler, y uno de los fundadores del partido nacionalsocialista, ha fallecido un año antes de la publicación de su libro, y Hitler finalizará Mein Kampf con una invocación a su memoria (1). Del contenido del libro, que por todo lo dicho debe considerarse fidedigno, podemos extraer una imagen bastante nítida de la visión del dictador, que se resume en lo siguiente. Lo expresado por Darwin para el mundo animal es aplicable a la estructura de las sociedades y a las relaciones de éstas entre sí. Las sociedades deben luchar por su supervivencia, y de esta lucha debe resultar naturalmente un ecosistema jerarquizado. Por lo tanto, hay razas inferiores y superiores, y en la cúspide debe estar, naturalmente, la raza superior, es decir, los arios. Pero cuando no ocurre así, cuando los arios experimentan dificultades, quiere decir que alguien ha obstaculizado los designios de la naturaleza, y ese alguien son los judíos. Realmente, los judíos son la gran enfermedad de la humanidad. En su momento se encargaron de socavar la sociedad del antiguo Egipto mediante la introducción del capitalismo y la sublevación de las clases inferiores contra las castas superiores. Desde este punto de vista, José es el primer capitalista de la historia, y Moisés el primer bolchevique y el precursor de Lenin, de cuya ascendencia judía tanto Hitler como Eckart están plenamente convencidos. También el cristianismo fue un invento judío para corroer al Imperio romano. Es cierto que Jesús era indiscutiblemente ario, pero Saulo era un judío de tomo y lomo. Después vino la Revolución Francesa, en la que los judíos se aliaron con los masones para destruir a la aristocracia. Seguirían el liberalismo y la democracia, otras tantas herramientas judías. Y finalmente el bolchevismo, ultimo movimiento de los judíos en su lucha contra las demás razas. Hitler entiende, además, que las sociedades también deben estar internamente jerarquizadas. Históricamente, las clases superiores han sido las racialmente puras, y los estratos inferiores un batiburrillo bastante desagradable. La historia es, por tanto, la historia de la conspiración judía para dominar el mundo, y de los sucesivos derrocamientos de las clases superiores a favor de la chusma impura.


Lo que Eckart registra en 1923 es confirmado por el propio Hitler, más explícitamente que en Mein Kampf, en un libro sobre política internacional que escribe posteriormente, en 1928. En esos momentos Mein Kampf no se está vendiendo muy bien, y el editor renunció a publicarlo. Y cuando Hitler alcanza el poder renuncia el mismo ante la evidencia de que revela demasiado explícitamente su política exterior. De este modo el libro no verá la luz hasta 1961, momento en que será traducido al inglés y publicado con el título de “El segundo libro de Hitler”, en Inglaterra, y “El libro secreto de Hitler”, en Estados Unidos. El libro es una exhortación a una alianza con la Italia fascista, pero incluye un epílogo en el que se lanza a una furibunda diatriba antisemita. Hitler insiste en revelar los planes judíos de conseguir la mezcla racial, con el fin de obtener sociedades más aborregadas. Por eso, afirma, “tras la revolución bolchevique (el judío) (...) abolió el matrimonio y proclamó en su lugar la cópula general, con el objeto de crear una mezcolanza general humana inferior mediante una bastardización caótica, que por sí misma sería incapaz de dirigirse, y que acabaría por no saber hacer nada sin los judíos como único elemento intelectual”, párrafo en el que parecen vislumbrarse las peculiares preocupaciones sexuales de la Teozoología de von Liebenfels.

¿Y en Mein Kampf?. Pues también allí hace referencia a sus fuentes: “La medida en que toda la existencia del pueblo (judío) se basa en la mentira se revela de modo incomparable en los Protocolos de los Sabios de Sión, que tanto odian los judíos”. Un texto especialmente (y escalofriantemente) revelador es este: “Si el judío conquistara, con la ayuda del credo marxista, las naciones de este mundo, su corona sería la guirnalda fúnebre de la raza humana y el planeta volvería a girar en el espacio despoblado como lo hacía millones de años atrás. (...). De ahí que yo me crea en el deber de obrar del Todopoderosos Creador: al combatir a los judíos, cumplo la tarea del Señor”. Las implicaciones del ominoso párrafo son claras: la dominación judía significaría el final de la humanidad, porque los judíos, no son humanos.


Mein Kampf señala también a los responsables de la derrota alemana en la gran guerra: si Alemania perdió la guerra fue porque los judíos minaron su voluntad de combatir. Y propone soluciones al asunto: “Si al principio de la guerra o durante la guerra se hubiera administrado gas tóxico a 12 o 15.000 de esos corruptores del pueblo, el sacrificio de millones en el frente no habría sido en vano. Por el contrario, la eliminación de 12.000 miserables en el buen momento quizás habría salvado las vidas de un millón de alemanes decentes, tan valiosas para el futuro”.

Los alemanes no estaban engañados a este respecto. En un discurso en el Reichstag el 30 de enero de 1939 Hitler continúa revelando el destino de los judíos: “Hoy voy a ser profeta una vez más: si los financieros judíos internacionales de Europa y fuera de Europa logran sumir a las naciones una vez más en una guerra mundial, entonces el resultado no será la bolchevización de la Tierra, y con ella la victoria del judaísmo, sino la aniquilación de la raza judía en Europa”. El Führer, pues, echa la culpa a los judíos, no sólo de la guerra que él mismo está desencadenando, sino de su destino final. El propio Hitler da gran importancia a esta arenga, que repetirá, casi literalmente, en varias ocasiones: el 30 de enero de 1941 ("Y no quiero que se olvide la sugerencia que hice ya el 1 de septiembre de 1939 en el Reichstag alemán: que si el mundo se ve sumido en una guerra general, el judaísmo en su totalidad se verá acabado en Europa. Que se rían de esto hoy, como se han reído antes de mis profecías. Los meses y los años venideros demostrarán que también en este caso he acertado"); el 30 de enero 1943 (“Comprendemos cabalmente que esta guerra no puede terminar más que con el exterminio de los pueblos arios o con la desaparición del judaísmo en Europa. Ya dije el 1 de septiembre de 1939 en el Reichstag alemán -y yo me cuido mucho de hacer profecías temerarias- que esta guerra no terminará como se imaginan los judíos, es decir, con el exterminio de los pueblos arios de Europa, sino que su resultado será la aniquilación del judaísmo"); y en el mensaje de Año Nuevo de 1943 ("Ya he dicho que la esperanza del judaísmo internacional de que destruiría a Alemania y a otros pueblos europeos en una nueva guerra mundial será el peor de los errores cometidos por los judíos en miles de años; porque no van a destruir al pueblo alemán, sino a sí mismos, y acerca de eso no cabe hoy día la menor duda")

Coda. Hitler no engañó a los alemanes, y los europeos no valoraron correctamente el peligro que suponía. Es imprudente subestimar la capacidad de destrucción de un hombre ridículo.

_____________________


(1) “Quiero citar también al hombre que, como uno de los mejores, consagró su vida en la poesía, en la idea y por último en la acción, al resurgimiento del pueblo suyo y nuestro: Dietrich Eckart. Un abrazo!!!
______________________

IMÁGENES. Retratos del Führer:
1.- Por Fritz Erler.
2.- Por Hubert Lanzinger.
3.- Por K. Stauber.

4 comentarios:

Psykoaktive dijo...

Buenas noches D. Navarth.

Comenta: "Hitler no engañó a los alemanes, y los europeos no valoraron correctamente el peligro que suponía". Sí y no, en mi opinión.

En el tema alemán la principal crítica se hacía en la línea política expuesta, por ejemplo, por John Heartfield más que en los aspectos de exterminio judío que luego ocupó un primer plano en la historia. Esto no es una disculpa, por supuesto.

Sin embargo el caso de Europa sí es más vergonzoso. Hay que recordar que Chamberlain llegó en loor de multitudes tras el Pacto de Munich con su política de appeasement y Churchill era considerado un crispador. Y eso que era el Imperio Británico de la época y los que tenían las ideas medianamente claras.

Saludos

gorkataplines dijo...

El otro día leí un artículo de un historiador, creo que británico, en el que se cuestionaba que Hitler hubiera llegado a cabo.

Estoy leyendo "Germany: Jeckyll and Hyde", de Raymond Pretzel, más conocido como Sebastian Haffener. El primer capitulo lo dedica a "deconstruir" al supuesto cabo y le da tal repaso que no me extraña que el bueno de Raymond se cambiara el nombre, ya que lo escribió en Londres en 1940 y tenía a toda su familia en Berlín.

Hubiera sido interesante hacer un estudio sobre el cambio de color de las caras de algún nazi, por no hablar del mismísimo Hitler, si es que el libro llegó a sus manos, ya que detrás del capítulo de Hitler va el dedicado a los nazis, con especial atención a la camarilla de Hitler: Goering, Goebbels, Himmler, Ribbentrop, Hess y compañía. Lo más suave que dice de ellos es que son una pandilla de gañanes, de chorizos y de nuevos ricos. Demoledor creo que es un adjetivo que se queda bastante corto.

Muy recomendable.

navarth dijo...

PSYKOAKTIVE, no conocía a John Heartfield, muy interesante. En cuanto a los alemanes, en mi opinión, había un número suficiente que compartían los postulados básicos de Hitler, es decir, que los judíos (y los eslavos) no eran estrictamente humanos. O bien, que no estaban en la misma categoría de humanidad que los arios. Y que, además, eran dañinos para éstos. A partir de esa premisa, el camino hacia el exterminio estaba abierto. Hitler se limitó a seguirlo hasta el final (como usted decía en la última entrada, siguiendo la lógica del Calígula de Camus). Saludos.

navarth dijo...

GORKATAPLINES, ya me dirá qué tal cuando lo acabe. Entretanto, lo apunto como recomendación. Saludos.