sábado, 10 de marzo de 2012

EPISODIOS DEL VÖLKITSCH. Apéndice 2: LOS PROTOCOLOS DE LOS SABIOS DE SIÓN


En 1797 el jesuita francés Augustin Barruel publica las “Memorias para ilustrar la historia del jacobinismo”. Barruel, como tantos otros, se encuentra profundamente desorientado tras la destrucción de su mundo por la Revolución Francesa, y se ha dedicado afanosamente a buscar sus causas. En los cinco tomos de sus Memorias, Barruel revela que todo se inició en el siglo XIV, cuando el rey Felipe intentó destruir a los templarios. Resulta que la aniquilación de la Orden no fue total, y sus miembros supervivientes, lógicamente enfadados, constituyeron una organización secreta que desde entonces está consagrada a la destrucción de todas las monarquías occidentales. Ya en el siglo XVIII los templarios se han infiltrado en la masonería, a la que ahora controlan por completo. Por si faltaba alguien más, Barruel ha descubierto que el núcleo actual de la conjura han sido los Illuminati de Baviera (1), una sociedad secreta fundada en 1776 por Adam Weishaupt. En realidad, Barruel no sospechaba la existencia de una conspiración mientras experimentaba la Revolución. La idea se la ha dado el matemático escocés John Robison, que se encuentra preparando un libro sobre el asunto con el poco comercial título “Pruebas de una conspiración contra todas las religiones y todos los gobiernos de Europa, organizadas por las sociedades secretas de los masones, los Illuminati y las sociedades de lectura”. Profundamente impresionado, Barruel ha robado la idea del imprudente matemático, ha escrito y publicado antes su propio libro, y se ha hecho rico. En un principio Barruel no ha atribuído ninguna participación en la conjura a los judíos, pero un día recibe una carta desde Florencia de un oficial llamado J. B. Simonini que, tras felicitarlo por haber desenmascarado a las sectas infernales que están abriendo el camino al Anticristo”, le revela que la “secta judaica” está detrás de toda la maquinación. El mito de la conspiración judeo-masónica acaba de nacer.


El siguiente hito lo encontramos en 1868, en Alemania. Bajo el seudónimo de John Retcliffe, el periodista Hermann Goedsche publica una novelita gótica llamada Biarritz. En uno de sus capítulos, “En el cementerio de Praga”, se describe un misterioso cónclave nocturno de jerarcas judíos ante una tumba, que resulta ser la del mismísimo diablo. En el transcurso del diabólico sanedrín, cada uno de los asistentes va detallando el estado de los planes que están desarrollando para controlar el mundo. En 1872 una adaptación anónima del relato de Goedsche aparece en San Petersburgo, y advierte de forma ominosa que se trata de una ficción, sí, pero basada en hechos reales. En 1886 una nuevo versión se publica en París: en esta ocasión se supone que la historia recoge un suceso absolutamente real que ha descubierto “el diplomático sir John Readclif”. En la versión de 1896 sir John Readclif se ha convertido en un rabino. Y la de 1933 anuncia lúgubremente que el heroico Sir John Readclif ha pagado con su vida el haber revelado al mundo la siniestra cábala. Los sucesivos avatares del folletín de Goedsche, asumidos ya como el relato de un hecho histórico, acaban siendo conocidos genéricamente como “El discurso del rabino”. El texto termina adquiriendo cierta notoriedad, y el propio Theodor Fritsch lo incluye dentro de su “Catecismo antisemita”. Además, su idea central, una pérfida intriga judía a escala planetaria, proporcionará la base de los Protocolos.

Los Protocolos de los Sabios de Sión pretenden ser las actas secretas de la “Cancillería Central de Sión, en Francia”. En su versión general, constan de 24 actas en las que los Sabios de Sión detallan su proyecto de dominación mundial. Dentro del batiburrillo de su contenido se pueden distinguir tres temas principales: una crítica del liberalismo, una explicación de los métodos que los judíos van a emplear para lograr sus fines, y una descripción del escenario futuro, un reino mesiánico gobernado por un descendiente de la casa de David. Los dos primeros asuntos predominan en los 9 primeros protocolos, mientras que los 15 restantes se centran en la descripción del estado futuro. Ya de entrada hay varias cosas curiosas. Una, que el temible reino judío no está, en realidad, nada mal: el futuro soberano será una persona intachable, que trabajará constantemente en las tareas de gobierno y conseguirá un mundo sin violencia ni injusticia en el que todos disfrutarán de prosperidad. Otra, que en el texto, impecable en su tosquedad, se entreveran algunos razonamientos brillantes. Esto último tiene una explicación.


En cuanto al argumento, resulta completamente imposible resumirlo de forma coherente. Resulta que los judíos están embarcados, desde hace siglos, en una conspiración para lograr el poder mundial. La Revolución Francesa y el liberalismo son obra de esta conjura, y su finalidad no es otra que debilitar a los aristócratas, que son los únicos capaces de contener a las masas. El liberalismo está produciendo una sociedad fofa, sin valores ni principios, fácilmente manejable (en esto los Protocolos no andan desencaminados). Además, para debilitar aún más a los gentiles, los Sabios fomentan continuamente el vicio y la degeneración. Como controlan la economía, pueden causar la agitación en los obreros y derribar gobiernos. Por si esto fuera poco, los Sabios han promovido la idea de construir el Metro en algunas ciudades, cuyo objeto no es otro que poder volarlas cómodamente si sus ciudadanos se muestran especialmente refractarios a la dominación.


La primera versión de los Protocolos se publica en San Petersburgo entre junio y septiembre de 1903, en varias entregas del periódico Znamya (La Bandera). El director de Znamya es Pavel Krushevan, un virulento antisemita que unos meses antes ha instigado el pogrom de Kishinev, en Besarabia. Dos años después de aparecer por fascículos en Znamya, los Protocolos se editan por primera vez en forma de libro con el título “La raíz de nuestros males”. El editor es Grigori Butmi, socio de Krushevan con el que en esos momentos está fundando la Unión del Pueblo Ruso, organización de extrema derecha que más tarde será conocida como las Centurias Negras. El libro tiene una tirada muy escasa, pero simultáneamente los Protocolos se publican como parte del libro “Lo grande en lo pequeño. El Anticristo como una posibilidad política inminente”. El autor es Sergey Nilus, un terrateniente que, tras dilapidar enérgicamente su herencia, ha pasado a considerarse un místico y un instrumento de Dios a mayor gloria del zar. Hay que decir que Nilus se hace un lío con el título y confunde Sión (Francia) con el movimiento sionista, identificando así al Gran Maestre de la conjura en la persona del sionista Theodor Herzl, y los Protocolos como las actas del primer congreso sionista de Basilea.



En cualquier caso, Nilus se toma muy en serio los Protocolos. Guarda el manuscrito bajo llave, convenientemente exorcizado dentro de un sobre negro con una gran cruz, la inscripción "con este signo vencerás", y una estampa del arcángel Miguel. Por eso, le resulta muy frustrante comprobar que sus compatriotas no acaban de compartir su preocupación por la amenaza judía. Contribuye a ello la actitud del propio zar. En un principio Nicolas II ha leído los Protocolos con entusiasmo, como atestiguan las notas manuscritas que deja en ellos: "Qué profundidad de ideas"; "Qué percepción"; "Qué exactitud en la realización del programa. Nuestro año de 1905 ha transcurrido como si los Sabios lo hubieses programado"; "En todas partes se ve la mano rectora y destructora del judaísmo". Pero cuando representantes de la Unión del Pueblo Ruso le piden que los Protocolos sean usados a gran escala para alertar del peligro judío, el zar encarga a Stolypin, Ministro del Interior, que verifique su autenticidad, y éste concluye que son falsos. Decepcionado, Nicolás II afirma "Dejemos los protocolos. No se puede defender una causa pura con métodos sucios".

Pero en julio de 1918 la familia imperial es asesinada en Ekaterimburgo. Una semana más tarde, los ejércitos blancos penetran en la ciudad y descubren sus restos en un bosque cercano, desmembrados y quemados en el pozo de una mina. Al visitar la casa Ipatiev (2), y entrar en los últimos aposentos de la zarina, los soldados encuentran tres libros: la Biblia, “Guerra y Paz”, y “Lo grande en lo pequeño”. Descubren, además, un detalle curioso: la zarina ha dibujado una esvástica en la ventana. Parece ser que la consideraba una especie de talismán, un amuleto que proporcionaba buena suerte, pero para muchos otros el símbolo tiene otro significado. Guido von List lleva tiempo presentándolo como el símbolo de los arios, y a éstos como el bastión de la lucha contra los judíos. Para ellos, descubrir junto a la zarina asesinada el documento que revela la conspiración mundial de los judíos y una esvástica, proporciona a los Protocolos una dimensión monstruosa. En los ejércitos blancos de Kolchak, Denikin, y Wrangel, antiguos miembros de las extintas Centurias Negras se dedican a propagar los Protocolos y a instigar pogromos. De repente, también el bolchevismo comienza a ser atribuido a la conspiración judía. Entre 1918 y 1920, más de 100.000 judíos son asesinados. Los Protocolos acaban de demostrar su potencial criminal.


Y a todo esto ¿de dónde han salido los Protocolos? ¿Quién los ha escrito? El texto original se escribe entre 1897 y 1898 en Francia, en francés, e indudablemente redactado por un ruso. Alguno, desde luego, interesado en promover pogroms. Existen varios candidatos para la autoría, pero el más consistente es Pyotr Ivanovich Rachkovsky, el intrigante jefe de la policía secreta zarista (Ojrana).

En todo caso, resulta tan sensato creer en los Protocolos como en la capacidad de la astrología para adivinar el futuro. Pero es que, además, muy pronto se descubre, sin dejar margen para la duda, su naturaleza fraudulenta. Resulta que el autor de los Protocolos, sin duda agobiado por la tarea de redactar las actas de una reunión imaginaria, se ha inspirado en un libro preexistente. Se trata del ”Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu”, del francés Maurice Joly, una crítica del gobierno de Napoleón III. En el libro Montesquieu y Maquiavelo conversan, el primero defendiendo una versión de la política ideal y el segundo contraponiendo otra de la política real. El discurso de Maquiavelo es brillante, y pone de manifiesto como, con frecuencia, bajo las formas liberales se esconden gobiernos despóticos. El autor de los Protocolos usa mayoritariamente la parte de diálogo de Maquiavelo, que, en muchos casos, copia casi literalmente. Este pequeño detalle, que las supuestas actas de una cábala secreta no sean más que la adaptación de un libelo contra Napoleón III, no desanima a los entusiastas partidarios de los Protocolos que, a partir de 1920, se extienden por el mundo. Por si están interesados, aquí pueden ver algunas de las ediciones.


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1) Qué magnífica ironía: el mito de la conspiración judía nace de una supuesta conspiración de un grupo de iluminados bávaros, y es finalmente otro grupo de iluminados bávaros el que lo llevará a su paroxismo.

2) Ultima vivienda de los Romanov, propiedad de un comerciante con ese nombre.
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IMAGENES:
1) Augustin Barruel.
2) Hermann Goedsche alias John Retcliffe.
3) Construcción del Metro de París, obra de los Sabios de Sión para poder dinamitar la ciudad en caso necesario.
4) Pavel Krushevan.
5) Sergei Nilus.
6) La casa Ipatiev.
7) Maurice Joly.

11 comentarios:

gorkataplines dijo...

Muy bueno, Don Navarth.

Da la casualidad que acabo de terminar de leer "El maestro Juan Martínez, que estaba allí", de Manuel Cháves Nogales. El libro, creo que le gustará mucho, describe las peripecias de un bailarín de flamenco de Burgos atrapado con su mujer en medio de la revolución soviética. Los pobres viven en primera línea la revolución, los ataques de los ejércitos blancos, los contraataques de los rojos, la fugaz aparición, a río revuelto, de los polacos y la victoria final de los bolcheviques con los resultados de todos conocidos.

En ese maremagnum hay un grupo que recibe collejas, por decirlo suavemente, por todas partes: los judíos. Los judíos demuestran ya un increíble instinto de supervivencia, que será puesta a prueba de verdad quince años más tarde con la llegada a la Cancillería de Berlín, elegido por los alemanes, del más aprovechado discípulo de todos esos frikis que nos ha enseñado usted con tanto arte.

Aunque confieso que los que más pena me dan de entre todos los que padecen esa época tan convulsa y terrible son el protagonista y su señora, que las pasan más que putas.

En fin, que me ha encantado el libro y se lo recomiendo.

Aprovecho para felicitarle por esta magnífica serie, que merece ser publicada en algún periódico o revista de prestigio... previo pago de suculentos derechos de autor.

Belosticalle dijo...

Como siempre, magnífico, querido Navarth.

No sé si, con buena intención de ayudar, meto el remo. El abate Barruel se conoció en traducción castellana de José de La Canal, con el título La Conspiración de los Sofistas de la Impiedad (Madrid, 1814). Accesible en libros Google, que aunque no veo el t. III, el resto puede servir para dar idea a quienes no leen francés:
Tomo I; Tomo II; Tomo IV

Del ‘Diálogo en el Infierno’ , me voy a permitir un comentario discretamente malvado:
Diríase que el poder ‘conspirativo’ de Joly afecta también al prologuista Jean-François Revel, quien después de comentar el plagio de la impostura ‘Protocolos’, él mismo escribe la siguiente «visión profética» del libro, respecto al ‘Estado democrático moderno’ (pp. 11 s.):

«El Estado mismo debe hacerse periodista. Visión profética, tanto más si se tiene en cuenta que Joly no pudo prever la electrónica, ni que llegaría el día en que el Estado podría apropiarse del más influyente de todos los órganos de prensa de un país: la radio-televisión.

Uno de los pilares del despotismo moderno es la subinformación que, por un retorno del efecto sobre la causa, cuanto mayor es, menos la perciben los ciudadanos.

Todo el arte de oprimir consiste en saber cuál es el umbral que no conviene trasponer, ya sea en el sentido de una censura demasiado conspicua como en el de una libertad real. Y, por añadidura, el potentado puede contar con la certeza de que difícilmente la masa ciudadana se indigna por un problema de prensa o de información. Sabe que en lo íntimo el periodista es entre ellos más impopular que el político que lo amordaza. […]

Se trate de la destrucción de los partidos políticos y de las fuerzas colectivas, de quitar prácticamente al Parlamento la iniciativa con respecto a las leyes y transformar el acto legislativo en una homologación pura y simple, de politizar el papel económico y financiero del Estado a través de las grandes instituciones de crédito, de utilizar los controles fiscales, ya no para que reine la equidad fiscal sino para satisfacer venganzas partidarias e intimidar a los adversarios, de hacer y deshacer constituciones sometiéndolas en bloque al referéndum, sin tolerar que se las discuta en detalle, de exhumar viejas leyes represivas sobre la conservación del orden para aplicarlas en general fuera del contexto que les dio nacimiento (por ejemplo, una guerra extranjera terminada hace rato), de crear jurisdicciones excepcionales, cercenar la independencia de la magistratura, definir el “estado de emergencia”, fabricar diputados “incondicionales” »


No tiene sentido seguir copiando, mejor ir al propio Prólogo.

Disculpas por la intromisión y extensión. Me ha podido el entusiasmo por este artículo y toda la serie.

Un fuerte abrazo.

Belosticalle dijo...

Vaya, veo que, por media cabeza, a La Canal se le había adelantado
un fraile mallorquin: Fray R. S. V., Palma, 1813.

Aquí el Tomo III que faltaba.

nonpossumus dijo...

Bufff.
Sin duda su entrada es magnífica, admirado Navarth, pero su enlace, y otro más al que he accedido desde el suyo, me han dejado anonadado por la cantidad de reediciones de los Protocolos en los países musulmanes. Se trata de un fenómeno mayor del que pensaba.
Porque la ecuación para los conspiranoicos que tanto abundan en el fracasado mundo islámico es evidentísima, claro: Israel = USA = liberalismo = deseo de acabar con la umma. No hace falta que sean ciertos: es una confirmación tautológica de los Protocolos.
Y más ahora, teniendo en cuenta que los Hermanos Musulmanes, convencidos antijudíos (Arafat y su partido provenían de esta organización, así como otros muchos movimientos islamistas), se disponen a hacerse con el poder y gritan cada vez más fuerte las voces favorables a revisar los acuerdos de Camp David (por los que la Yamaa Islamiyya, que ha obtenido un 20% de los votos, asesinó a Sadat). Ocho millones de israelíes a los que se les niega el derecho a defender su patria frente a ochenta millones de egipcios (y muchos más árabes de otros países) cuya mayor parte cree a pies juntillas, sin necesidad de leerlas, las mentiras de los Protocolos.
Muy, muy preocupante. Tal vez los ciudadanos de Israel deberían administrar mejor sus victorias, no fueran a morir de éxito. Leer a Runciman y su Historia de las cruzadas les vendría bien para comprobar que es posible desaparecer del lugar tras dos siglos de existencia. Aunque, gracias a Dios, hoy por hoy no se vea a ningún Saladino en el mundo islámico.

Perdón por el tocho. Le agradezco sus entradas y que me deje este privilegiado sitio para descargar mis neuras.

BenGunn dijo...

Qué nivel, la entrada y los comentarios; da reparo meter la cuchara. Con la venia del respetable, me saldré por peteneras con un par de anécdotas personales:

Una: Hace unos tres meses me dí de bruces con los Protocolos donde menos me lo esperaba, en mi correo electrónico. La madre de un amigo mío, una anciana que vive en el extranjero y cree con entusiasmo en cosas como la astrología o el Priorato de Sión (el de El código Da Vinci ¿recuerdan?) me envía correos de escaso interés a un ritmo de cinco o diez por día. Casi nunca los miro, pero esta vez llamó mi atención uno etiquetado "Protocolos". Conociendo la propensión de mi amiga a las opiniones peregrinas, me temí lo peor. Efectivamente, eran los Protocolos de los Sabios de Sión. Alguien se los había mandado desde Sudamérica y decidió reenviármelos porque los encontraba "interesantísimos" y ofrecían "claves para entender el mundo moderno" La buena mujer daba la impresión de no haber oído hablar nunca antes de ellos.

Dos: Hará dos años acudí a una reunión de empresa, de ésas por desgracia cada vez más frecuentes que se convocan sin un propósito claro y desembocan inevitablemente en conversaciones confusas sin relación alguna con el trabajo. Hacia el final de la sesión, el directivo que la presidía y que siempre me había parecido un tipo inteligente, culto y juicioso, se descolgó con unos comentarios inquietantes sobre el "inmenso" poder de los judíos en la Unión Europea (que según él, ejercían en comandita con el Opus Dei, un aliado casi cómicamente improbable de la Kahal) Usó un tono de la mayor naturalidad, parecía no tener conciencia de estar diciendo nada polémico o censurable. Como quien habla del tiempo o de los resultados de la liga de fútbol. De las doce personas más o menos que había en la habitación, nadie mostró sorpresa alguna (yo no dije ni mu)

A veces pienso que la paranoia no es una enfermedad, es una tendencia innata y universal del pensamiento humano, casi una necesidad psíquica. La educación es un esfuerzo titánico para mantenerla a raya.

Por cierto, J.B.Simonini es el protagonista de la última novela de Umberto Eco, El cementerio de Praga, que me pareció decepcionante.

BenGunn dijo...

En tan selecta compañía, si no hago una recomendación de lectura voy a quedar como un náufrago hirsuto y tan escaso de modales como de cordura (es decir, como lo que soy) De modo que ahí va: sobre las actividades de la Ojrana, léanseme ustedes ya mismo "Las almas bellas del terror", un ensayo de Hans Magnus Enzensberger incluido en su libro Política y delito.

Ya puestos, léanse todo el libro. Merece la pena pese a lo marcado que está por la ideología revolucionaria de los sesenta que abrazaba el autor cuando lo escribió.

navarth dijo...

Don GORKATAPLINES, me acaba de llegar el libro Chaves Nogales, junto con otra recomendación suya sobre cierta expedición al Everest. Tengo muchas ganas de empezar a leerlo. En cuanto a publicar la serie en algún periódico, hay que decir que de momento no están lloviendo las ofertas. Eso sí: tengo pocos lectores pero de muy alto nivel. Saludos.

navarth dijo...

Querido BELOSTICALLE, muchísimas gracias. He empezado a ojear la estructura del libro, y parece que en el Tomo II se mete en faena interesante. En el capítulo XIII se dispone a abordar la trama de masones y templarios.
Un prólogo de Revel al Diálogo en el Infierno debe de ser, por fuerza, muy interesante. Mi edición está prologada por Savater, que tampoco está mal. Eso sí, para clarividencia la de los Protocolos. Mire como describe la manera en que la educación por medios visuales convierte a la gente en “animales sumisos no pensantes, que esperan a que se les presenten las cosas ante los ojos a fin de formarse una idea de ellas.”, una definición del “Homo videns” que ya quisiera haber hecho Sartori. Un abrazo.

navarth dijo...

NONPOSSUMUS, de perdón nada: el “tocho” ha resultado muy interesante, y viene a confirmar una vez más que, en este blog, lo mejor suele estar en los comentarios. Así que soy yo quien agradece sus visitas. Un abrazo.

navarth dijo...

Vaya BEN GUNN, así que los Protocolos cabalgan de nuevo, y no sólo por el mundo islámico como advertía NONPOSSUMUS. “La educación es un esfuerzo titánico para mantener a raya la paranoia”. Magnífico.

Como siempre, le agradezco mucho las recomendaciones, y animo a los demás a que hagan lo mismo. Por cierto, tengo que actualizar el enlace “Libros recomendados”. Un abrazo.

p.d. No tenía ni idea de que Simonini fuera el protagonista de la novela de Eco.

Anónimo dijo...

ESTIMADOS HERMANOS:
Solicito mi consagracion denominacional de mi avatar del arcángel San Miguel porque tengo mi avatar del arcángel predeterminado y porque tambien soy el profeta Elias del ecumenismo cristiano eclesiastico.

Atentamente:
Jorge Vinicio Santos Gonzalez,
Documento de identificacion personal:
1999-01058-0101 Guatemala,
Cédula de Vecindad:
ORDEN: A-1, REGISTRO: 825,466,
Ciudadano de Guatemala de la América Central.