domingo, 17 de octubre de 2010

I.G. FARBEN (4)


Tras el armisticio las autoridades alemanas comenzaron a preparar la comisión que negociaría las condiciones de paz en Versalles. En representación de la industria química fue propuesto Duisberg, pero éste había decidido, prudentemente, emigrar a Suiza. Era una figura excesivamente conocida, cabeza de la temida industria de los colorantes y, tal como lo describió el NYT al relatar su huida, “el eslabón entre el mundo de los negocios y Ludendorff y uno de los más activos pangermanistas”. Duisberg propuso en su lugar a Bosch, que aceptó.

En abril de 1919 la delegación alemana llegó al Hotel des Réservoirs en Versalles. Las peticiones más exigentes con las que tenía que lidiar eran la de la delegación francesa, que exigía el desmantelamiento de toda la industria militar alemana incluyendo las fábricas de nitratos y colorantes. Bosch razonó que la destrucción de las plantas de Oppau y Leuna imposibilitaría la fabricación de fertilizantes y propiciaría de este modo una hambruna en Alemania, pero los franceses no se dejaron convencer. Ante el fracaso de este argumento humanitario, Bosch recurrió a otro de carácter práctico: si los franceses respetaban las fábricas de colorantes, Alemania les transmitiría el know-how necesario para la síntesis de los nitratos. Los franceses aceptaron. Suponía el comienzo del fin del monopolio alemán sobre la técnica Haber-Bosch, pero las fábricas no serían destruidas.

En otoño Fritz Haber obtuvo el Premio Nobel de química por el descubrimiento de la síntesis del amoniaco en laboratorio. Esto despertó las iras de gran parte del mundo científico, que denostaba la orientación de su talento hacia la fabricación de armas químicas, y así el nombre de Haber salió a la luz pública en un momento especialmente inadecuado. El tratado de Versalles preveía el establecimiento de un tribunal especial para juzgar a las “personas acusadas de haber cometido actos en violación de las leyes y costumbres de la guerra” En febrero de 1920 los
aliados elaboraron una lista de 900 personas, que comenzaba con el Kaiser, Hindenburg, y Ludendorff, y en ella fue incluido Haber, que, ataviado con una barba postiza, decidió emigrar, a su vez, a Suiza. El asunto finalmente quedó en nada. El Kaiser, después de pronunciar una serie de declaraciones altisonantes acerca de morir rodeado de sus hombres, se había refugiado en un confortable castillo cerca de Utrecht, y los holandeses rehusaron entregarlo. Por otra parte, habían pasado más de quince meses desde el armisticio, las fuerzas aliadas habían comenzado a ser desmovilizadas, y no se deseaba un enfrentamiento directo con una Alemania a la que se adjudicaba el papel de tapón contra el bolchevismo. La lista original se redujo a 45 personas, todas ellas de tercera fila. Los juicios tuvieron lugar en mayo y, en lugar del Kaiser y sus generales, fueron procesados unos cuantos guardias de prisiones que habían maltratado a los prisioneros a su cargo y un comandante de submarinos que había disparado sobre los ocupantes de un bote salvavidas. Algunos de ellos fueron condenados a penas leves, entre ellos el comandante de submarinos, que posteriormente se fugó.

Sin embargo, la aplicación de la ciencia a la fabricación de gases venenosos había provocado un cambio en la percepción de la gente. Los científicos dejaron de ser contemplados como unos venerables ancianos con bata y barba blanca que trabajaban para llevar a la humanidad a un futuro de sabiduría. Ahora también había inventores malignos que, en misteriosos laboratorios, trabajaban para desatar y controlar inimaginables fuerzas de destrucción. En septiembre de 1921 estas sospechas parecieron verse confirmadas cuando una gigantesca explosión destrozó la fábrica BASF de Oppau, produciendo 600 muertos, más de 2.000 heridos, y un enorme cráter.

La prensa internacional, recogiendo los gustos del público, se lanzó a propalar rumores sobre las tenebrosas fuerzas de la naturaleza que se habían desencadenado, y sobre las conspiraciones a las que se hallaban dedicados los alemanes. En cualquier caso, Bosch tenía ante sí el enorme problema de la reconstrucción. A las pérdidas generadas por la explosión se añadirían otras, insostenibles, si la producción no era reiniciada en el menor tiempo posible. Encomendó la tarea a Carl Krauch que, a pesar estimar que sería necesario recurrir a una fuerza de trabajo de 10.000 trabajadores, obró el milagro en tres meses.

Mientras tanto en Estados Unidos continuaban convencidos de la necesidad militar de desarrollar una industria propia de colorantes, y habían depositado sus esperanzas en la empresa Du Pont. En 1919 las fuerzas aliadas habían ocupado Renania, donde se encontraba, entre otras fábricas de I.G., la de Oppau. Los norteamericanos habían confiscado patentes y habían tratado de persuadir a los técnicos alemanes para que les revelaran sus técnicas, pero éstos, cortésmente, les habían proporcionado todo tipo de información irrelevante. En 1920 la empresa Du Pont, a quien ni las patentes ni los variopintos datos suministrados por los alemanes habían servido de gran cosa, inició una nueva aproximación al asunto, y fichó, por unas cantidades astronómicas, a cuatro prominentes químicos de Bayer. A continuación la historia se desarrolló de manera rocambolesca. Los científicos se encargaron de llenar un camión con muestras, redomas y documentos. El camión fue descubierto, por casualidad, en la frontera holandesa, que lo retuvo y dio tiempo a que los alemanes dictaran una orden de búsqueda y captura por espionaje industrial. Dos de los químicos consiguieron llegar a Estados Unidos, pero los otros dos fueron detenidos y devueltos a Alemania, junto con el camión. Du Pont activó entonces sus influencias políticas. Como resultado el comandante de las fuerzas de ocupación en Alemania, dio las órdenes oportunas al jefe de la policía secreta, que organizó una operación para liberarlos que culminó con éxito. Ahora Du Pont, al igual que Francia, estaba en posición de comenzar a competir en el sector.

En 1925, el incremento de la competencia internacional llevó a Haber a proponer a I.G. un nuevo paso: que las empresas del grupo dejaran de existir de forma independiente y se fusionaran en una única entidad. Y, puesto que dejarían de constituir una Comunidad de Intereses, Bosch propuso abandonar el nombre de I.G. y adoptar el nombre, nada comercial, de Unión de Empresas Alemanas de Colorantes de Alquitrán de Carbón. Sin embargo Duisberg, que había retornado desde Suiza, expuso lo absurdo que sería renunciar al fondo de comercio que proporcionaba una marca consolidada. El día 9 de diciembre las empresas de I.G. se integraron en BASF y formaron I.G. Farbenindustrie Aktiengesellschaft*, la compañía más grande de Europa en términos absolutos, y la mayor empresa química del mundo.
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* Aktiengesellschaft: Sociedad Anónima

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