sábado, 9 de octubre de 2010

GRACIAS POR EL CHOCOLATE. Claude Chabrol. 2000.


Comienza la película con una boda. A través de las conversaciones mantenidas entre los distintos invitados, el espectador se entera de que él es un famoso pianista, con un hijo, que se casa en segundas nupcias. De la novia, por el momento, no se sabe nada, pero, como es Isabelle Huppert, no cabe duda de que trama algo maligno. Isabelle Huppert tiene, a mi entender, un problema como actriz. Es decididamente guapa y su expresión es enigmática, pero es muy bajita. Normalmente no hay nada de malo en ello, pero es que tiene cara de ser alta, y esto desorienta al espectador.

En la siguiente escena, dos amigas charlan en un restaurante junto al lago Léman mientras esperan la llegada de la hija de una de ellas y el novio de ésta. Cuando llegan, la amiga A, que rebosa maledicencia, aprovecha la menor excusa para revelar un secreto a la recién llegada. Resulta que ésta nació el mismo día que el hijo del pianista, y que, cuando éste acudió a la clínica para conocer a su hijo, una enfermera le enseñó en su lugar a la chica. Todo parece indicar que es posible que hubiera un error, y que la chica sea, en realidad, hija del concertista.

Pero, un momento. ¿Un error? Podría entenderse que la enfermera cambiara en el nido dos bebés nacidos el mismo día. Pero ¿es creíble que tenga lugar tal error cuando los bebés son de distinto sexo? ¿Es que ni las madres ni las comadronas recordaban si el resultado del parto había sido un niño o una niña? Pues así están las cosas. El caso es que la chica, que también toca el piano, está encantada con la posibilidad de que se confirme la confusión, pues entiende que es mucho mejor tener un padre que es pianista y famoso a otro que es un desconocido y, por cierto, está muerto. Cariño filial, el justo.

De modo que la chica decide visitar al pianista, que vive en una hermosa villa sobre el lago. Tras un primer momento de desconcierto, éste también queda encantado de conocer a su hija eventual. Es normal, pues es guapa y talentuda, mientras que su hijo oficial es molondro y despeinado. En esa primera visita la chica asiste por casualidad a un suceso llamativo. Voluntariamente, aunque pretendiendo que se ha tratado de un accidente, la mujer del pianista (Huppert) derrama el contenido de un termo con chocolate que estaba destinado a su hijastro. Como la acción la ha intrigado, y el chocolate ha manchado su jersey, la chica pide a su novio, que es químico, que lo analice. Según su dictamen, el chocolate está atiborrado de somníferos. En realidad, todo en la casa del pianista gira en torno a los tranquilizantes. Él no puede dormir sin recurrir al Rohipnol, y su primera mujer murió al estrellarse su coche cuando, al bajar al pueblo para reponer las existencias que se habían agotado, se quedó dormida al volante. La chica, tras enterarse de que Huppert ha intentado drogar a su hijastro, ata cabos. ¿Será posible que también provocara la muerte de la primera mujer del pianista? Pues sí, averigua el espectador.

Las sospechas no impiden que la chica acuda a casa del pianista cuando éste la invita a pasar unos días para ayudarla a superar un certamen de piano. El hijo, que cada vez está más obtuso, recibe la noticia con profundos celos. En resumen, Huppert decide volver a matar, y como es exageradamente fiel a su modus operandi repite minuciosamente la secuencia original: anuncia que se ha agotado el Rohipnol, acepta la oferta de la chica de bajar a la farmacia del pueblo, y droga su bebida. Incluso se pone el mismo echarpe que utilizó cuando mató a la primera mujer del pianista. La chica, a pesar de sus recelos, se toma el café narcotizado. El hijo, que también sospecha, la acompaña. Cuando a la chica le entra sueño, en lugar de, una vez confirmadas sus sospechas, parar el coche en el arcén, continúa hasta que se estrella contra un muro. Un comportamiento singular.

Y hablando de comportamientos ¿por qué actúa así Huppert? Pues por ninguna razón en especial. Porque es mala, y punto. Así se lo comunica a su marido, que recibe la noticia, así como la posibilidad de que su hijo o hija, sea el que sea el auténtico, va a morir, con perfecta ecuanimidad. En resumen, las cosas no ocurren de acuerdo con la lógica convencional sino con la francesa, que consiste en, cuando no se sabe qué decir, poner una cara de intensa vida interior que evoca un cierto retardo mental.

Una pregunta más. ¿Cómo un mismo director puede hacer una película tan buena como “La ceremonia” y esta otra?

8 comentarios:

BenGunn dijo...

Es decididamente guapa y su expresión es enigmática, pero es muy bajita. Normalmente no hay nada de malo en ello, pero es que tiene cara de ser alta, y esto desorienta al espectador.

En resumen, las cosas no ocurren de acuerdo con la lógica convencional sino con la francesa, que consiste en, cuando no se sabe qué hacer, poner una cara de intensa vida interior que evoca un cierto retardo mental
.

No sabe lo que me he reído con estas tres frases. Y con el resto de la entrada. No sé cómo se gana usted la vida, pero si no es como crítico de cine, algo funciona mal en el orden del universo.

P.D.: No conocía la palabra "molondro". Merci.

BenGunn dijo...

Ah, me olvidaba. Me ha convencido: no veré la película.

navarth dijo...

Gracias BEN GUNN. Pues me temo que el orden del universo está alterado porque, desgraciadamente, mi trabajo es bastante más aburrido que la crítica cinematográfica. Así que, si se entera de que necesitan a alguno en algún lado, por favor avíseme. Por cierto esta película es perfectamente prescindible, pero no se pierda ‘La ceremonia’ que el otro día mencionaba SG en su blog. Es estupenda (salvo, para mí, en un detalle), y en ella sí que se pueden vislumbrar algunas facetas el mal.

p.d. Lo de 'molondro' lo he tomado de unos familiares que son de Aragón. Creo que también se puede decir 'tolondro', que tampoco está mal.

navarth dijo...

...'del mal', quiero decir.

BenGunn dijo...

He visto La ceremonia, que me pareció una obra maestra ¿Cuál es el "detalle"?

navarth dijo...

Estoy de acuerdo, es una obra maestra. El detalle que mencionaba es el siguiente.

Isabelle Huppert y Sandrine Bonaire representan dos tipos de maldad. La primera, la que deriva de la frustración y el resentimiento, y la segunda la que crece en la estupidez. Juntas forman un equipo perfecto para desencadenar la atrocidad. Entendido así, me parece un error del director hacer que Bonaire haya matado a su padre, pues me parece que enturbia la definición del personaje. Que Huppert haya matado a su hija encaja perfectamente, pero lo de Sandrine no. Me parece más creíble que la criada sea meramente simple hasta el extremo, incapaz, por ello de resistir el veneno de Huppert, que activa eficazmente sus los malos instintos.

También me resulta muy interesante la parte pasiva del crimen, una familia encantadora pero quizás cegada por una bondad mal entendida, que es incapaz de darse cuenta de la tormenta que se está formando.

Laslo a Sotavento dijo...

Uno de los mejores momentos de mi infancia, era cuando después de haber visto una película, cosa que ocurría casi todos los domingos, nos la contábamos unos a otros, incluso escenificando algunas escenas, sobre todo aquellas en las que había acción. El narrador saltaba, se batía, hacia el efecto sonoro de un galope, mientras disparaba ficticias flechas por debajo del cuello de su caballo.

Así aunque no hubiéramos visto la peli, disfrutábamos con ella como si en ese momento la estubiéramos visionando.

Hoy al leer su post he tenido esa misma sensación.

Si el narrador es bueno te gusta a veces más una película contada y comentada que la película en si.

¡Y lo ha conseguido V.D. sólo con palabras escritas!

Un abrazo.

navarth dijo...

Pues es usted un narrador de primera, porque ha descrito la escena perfectamente. Puedo verlo claramente disparando flechas agazapado tras el caballo. Además, me han comentado que tiene usted una rara habilidad con el arco. Saludos.