sábado, 25 de julio de 2015

a.t.p.: NOZICK Y EL ESTADO MÍNIMO

Imaginémonos los diferentes planteamientos sobre la justicia social de A y B. A es un brillante y exitoso empresario que ha trabajado muy duramente durante toda su vida, mantiene un elevado nivel de gasto y ha reunido una cantidad respetable de dinero. B no es especialmente brillante ni especialmente afortunado. Ha nacido en un hogar con pocos recursos, y malvive con trabajos precarios y estancias en el paro, lo que le hace llegar con serias dificultades a fin de mes. B se compara con A, observa la desigualdad entre ambos, y entiende que se trata de una situación injusta que se debe corregir. A por su parte entiende que ha ganado honradamente y con esfuerzo su dinero; cree que merece todo aquello que disfruta, y que la situación actual es perfectamente justa.

Como hemos visto en una entrada precedente, el planteamiento de B coincide bastante con el de John Rawls, para el que el triunfo social depende en definitiva de la diferente capacidad de las personas, y ésta a su vez de un reparto genético aleatorio: se trata, en sus palabras, de una ‘arbitrariedad moral’ que no puede justificar las desigualdades entre las personas. Por el contrario, el planteamiento de A encontrará mayor simpatía en el filósofo Robert Nozick (1938-2002).


Ha recorrido un fulgurante camino por las mejores universidades de Estados Unidos -Princeton, Columbia, Oxford- que lo ha llevado a ser profesor de Harvard a la muy temprana edad de 30 años; allí permanecerá hasta que, en plenitud de sus facultades, sea alcanzado por la muerte. Elegante, original, y meticuloso constructor de sus argumentos, se puede estar en desacuerdo con las conclusiones de Nozick - algo que ocurre con frecuencia-, pero resulta extraordinariamente complicado rebatirlas. En 1974 escribe Anarquía, estado y utopía, 3 años después de la Teoría de la Justicia de Rawls a la que pretende contraponer una visión alternativa. Pero mientras Rawls pasará los siguientes 30 años puliendo su obra y respondiendo objeciones – lo que la convertirá en algo aún más inmanejable -, Nozick no dedicará más atención a la suya y pasará a estudiar otras asuntos. Mientras tanto ha dejado fascinados a liberales y conservadores, algo que el propio Nozick no acaba de entender porque su planteamiento ultraliberal incluye, entre otras cosas, la legalización de la prostitución y de las drogas duras.

Para Nozick se pueden usar dos enfoques al analizar la justicia de una situación, uno es dinámico, el otro estático. El primero analiza el camino que ha conducido a esa situación; el segundo se limita a tomar una foto de ella y a compararla con un patrón ideal. Si analizáramos el hecho de existir personas dentro y fuera de la cárcel desde una perspectiva estática, y lo comparáramos con un modelo ideal – por ejemplo, todas las personas deben ser tratadas igualmente- podríamos concluir que estamos ante una situación injusta; si empleásemos una perspectiva dinámica y contempláramos el camino que ha llevado hasta esa situación –hay personas que han cometido crímenes legalmente penados y han sido condenadas por los cauces procesales adecuados- podríamos decidir que la situación es justa. Otro ejemplo: ¿es justo que unos tengan más que otros? Un modelo estático de justicia cortará la loncha temporal – groseramente entendido el tiempo como una especie de embutido- correspondiente al momento actual y la colocará en el microscopio. Allí la comparará con su modelo ideal -por ejemplo, el igualitario- y sacará las conclusiones correspondientes –si dos personas tienen distinta riqueza la situación es injusta -. Por el contrario la ‘justicia de las pertenencias’ de Nozick – así llama a su modelo de justicia- es decididamente dinámica:

“La justicia de las pertenencias es histórica; que una distribución dada sea justa depende de cómo se ha producido. Por el contrario principios de justicia basados en rebanadas de actualidad mantienen que la justicia de la distribución se determina por cómo las cosas están distribuidas (quién tiene qué) de acuerdo con algún principio estructural de justa distribución”.

“La economía del bienestar es la teoría de principios de justicia de rebanadas de actualidad”.

Todos los principios de justicia no históricos o de resultado exigen que la realidad se ajuste a un modelo - a cada uno lo mismo, o según sus necesidades, o su contribución a la sociedad -. A Nozick todos estos patrones le parecen arbitrarios, y ni siquiera le parece especialmente relevante que el reparto de las cosas tenga o no lugar según los méritos de las personas. Critica a Hayek en este sentido:

“Hayek argumenta que no podemos saber lo suficiente sobre la situación de cada persona como para distribuir a cada uno según su mérito moral, pero ¿exigiría la justicia que hiciéramos esto si tuviésemos ese conocimiento?”.


Porque para Nozick el único criterio verdaderamente relevante es la libertad. Dentro de los distintos modelos ideales el igualitarismo es especialmente desafortunado para Nozick, que lo relaciona con la envidia y los problemas de autoestima:

”Es convincente conectar igualdad con autoestima. La persona envidiosa, si tampoco posee algo (o talento, o cosas así) que cualquier otro tiene, prefiere que la otra persona tampoco la tenga”. [1]

El modo en que nos valoramos es comparativo. En Literatura y revolución Trotsky describía cómo sería el hombre en la sociedad comunista:

“El hombre se volverá inconmensurablemente más fuerte, más sabio, más sutil; su cuerpo se volverá más armónico, sus movimientos más rítmicos, su voz más musical (...) El humano medio ascenderá a las alturas de un Aristóteles, un Goethe, o un Marx”.

Nozick se burla de este concepto. Si esto ocurriera, argumenta, la persona media que sólo alcanzara el nivel de Aristóteles (o Marx) no pensaría que es muy buena en esa actividad, y tendría problemas de autoestima. Si un niño destaca en su colegio en el baloncesto estará satisfecho; si ese niño, con idéntica habilidad baloncestista, tiene la mala suerte de coincidir con los hermanos Gasol estará frustrado. El igualitarismo entonces acude en ayuda de estas frustraciones: es la doctrina que pretende cortar todas las cabezas que sobresalen para que no hagan sombra al resto. Por eso el igualitarismo acaba consiguiendo igualdad, pero al nivel del más bajo.

“No tendría sentido intervenir en contra de la situación de alguno con el fin de reducir la envidia e infelicidad que otros sienten al contemplarla. Esa táctica sería comparable a otra que prohibiera algún acto (por ejemplo, una pareja racialmente mixta caminando de la mano) por la razón de que puede molestar a alguien”.



Para la ‘justicia de las pertenencias’ una situación es justa si se han cumplido los principios de justicia en la adquisición y transmisión de las cosas, lo que básicamente equivale a exigir que las personas hayan actuado libremente en el proceso. Para Nozick siempre que se deje a las personas actuar en libertad las diferencias serán inevitables, y usa como ejemplo al baloncestista Wilt Chamberlain. Supongamos que en un momento dado la renta estadounidense se reparte de forma perfectamente igualitaria entre la población, y en ese momento Wilt Chamberlain hace la siguiente oferta pública: los que quieran verme jugar el próximo año tendrán que aportar un dólar. Supongamos que dos millones de estadounidenses aceptan la oferta: al finalizar la transacción, acordada libremente, la igualdad se habrá roto: dos millones de estadounidenses tendrán la renta media menos un dólar, y Wilt Chamberlain tendrá la renta media más dos millones de dólares. ¿Es injusta esta flagrante desigualdad? ¿No han actuado todos los agentes libremente? Nozick concluye que la libertad desbarata los patrones. Y la otra cara de la moneda es que los patrones asfixian la libertad. Porque un estado que mantenga una concepción estática de la justicia basada en el ajuste a un modelo determinado (pauta) tendrá que estar continuamente introduciendo mecanismos correctivos, medidas redistributivas a costa de la libertad de las personas. Por eso Nozick acabará manifestando una única duda: no sé si los impuestos redistributivos son similares a los trabajos forzados o son trabajos forzados.
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Fiel a la tradición del contrato social, Nozick intenta decidir cuál es el estado al que las personas llegarían partiendo de un estado de naturaleza. ¿Qué ocurriría si de repente desapareciera el estado? La visión de Nozick no es tan pesimista como la de Hobbes, sino que se aproxima más a la de Locke: sería una situación bastante incómoda pero no terrible. Nozick analiza todas las fases por las que pasarían los ciudadanos, y la primera sería la búsqueda de seguridad. De este modo nacerían agencias de protección que, a cambio de una cuota, velarían por la protección de sus asociados. Las distintas agencias de protección con jurisdicción en un mismo territorio competirían entre sí –porque el poder es un monopolio natural -, y tendrían que acabar federándose o eliminándose unas a otras. Con el tiempo estas agencias no sólo proporcionarían seguridad, sino un sistema de resolución de conflictos, lo que llevaría al establecimiento de unas normas y un procedimiento para llevarlas a cabo. Un aspecto importante es el de los independientes: ¿qué ocurriría con aquéllos que no quisieran pagar a las agencias de protección y prefiriesen defenderse por sí mismos? A través de meticulosas argumentaciones Nozick concluye que las agencias no podrían tolerarlo porque pondrían en peligro la tranquilidad de los asociados- los independientes podrían tener un sistema de resolución de conflictos poco tranquilizador, como por ejemplo eviscerando animales o leyendo en las hojas de té -. De modo que las agencias de protección, para cumplir correctamente su función, acabarían obligando a los independientes a integrarse en el sistema, proporcionándoles también protección y exigiendo la correspondiente cuota. Esto representaría el primer nivel de coerción estatal tolerable: el estado ultramínimo. Sin embargo este nivel no es satisfactorio para Nozick al haber individuos que, por falta de recursos, quedarían fuera de la protección de las agencias. Nozick cree que esta situación es moralmente insostenible, de modo que los asociados deberían sufragar también la parte correspondiente a aquellos que no pudieran costear su seguridad. Se llegaría así al estado mínimo, que representa para Nozick el nivel máximo de coerción del estado sobre el individuo:

“El estado mínimo es el más extenso que puede ser justificado. Cualquier estado más extenso viola los derechos de las personas”.
______________

Recordemos finalmente que Nozick es kantiano y se opone ferozmente al utilitarismo. En el capítulo correspondiente ya vimos dos de sus construcciones doctrinales, el monstruo utilitarista y la máquina de las sensaciones. Dejémoslo aquí.


[1] Experimentos realizados con niños por Paul Bloom demuestran lo preparados que venimos genéticamente para esto. Los niños prefieren un reparto igualitario - por ejemplo, dos caramelos a cada niño - a uno no igualitario pero objetivamente más favorable - tres caramelos para él y cuatro para otro niño -.

Suelo insistir en que frecuentemente lo mejor de estas entradas son los comentarios que suscitan. Hoy es sin duda uno de esos días. Les recomiendo encarecidamente que no se pierdan el debate generado.

22 comentarios:

viejecita dijo...

¡ Que gozada de hilo, Don Navarth
Eso del Estado mínimo me encanta.
Un mínimo suficiente, pero no más. Espero que venga corriendo Don Parmenio, que iba a disfrutar con el hilo.
Por mi parte, me voy ahora mismo a Amazon, a comprar todo lo que encuentre de Nozick ( al que había oído nombrar así como de pasada nada más, y que me parece que me va a encantar ), y en cuanto me llegue lo que haya para el Kindle, esta misma tarde me pongo con ello...
¡¡¡ Muchísimas Gracias !!!

Bruno dijo...

Se acabará el mundo y se seguirá hablando de esto.
Pero son dos sistemas distintos, el de la riqueza de cada uno y cómo ha llegado hasta ella y la redistribución de la riqueza, el papel del estado, etc. Y cualquier mecanismo que los ligue es artificioso, fruto de una convención, muchas veces muy oscura, de la sociedad.
Lo malo es que ese mecanismo que los liga, fatalmente los altera.

Lebato de Mena dijo...

Me ha dejado usted muy sorprendido. Me está dando en qué pensar esta melancólica tarde se sábado. El igualitarismo castiga el esfuerzo de superación y está llevando a España a sus más bajas cotas de estupidez.

Gracias por su trabajo.

Anónimo dijo...

Magnífico y clarificador. Muchas gracias

arcu

Belosticalle dijo...

Aburrido mortalmente por la lectura de una entrevista a Ibarretxe sobre su ‘nuevo’ (sic) libro, me acojo a este puerto seguro de sensatez comunicable. Parodiando aquel «tiemble después de haber reído», de la ‘Codorniz’, este artículo es para mí un despertar después de haber bostezado.

Mi (de)formación de biólogo no me inclina precisamente a la filosofía del rasero, esa extraña fantasía moderna. Otra cosa es que, por humanidad, por estética o por simple cálculo, discurramos arbitrios para paliar los efectos asociales y antisociales de una desigualdad insostenible; arbitrios que no se reduzcan al peso de la ‘dura Lex’.

Como arbitrios curiosos de reajuste social, me viene a la memoria el ‘año sabático’ y el ‘año jubilar’ de la Ley Mosaica.

El primero, en el Levítico (25: 1-7), tiene un sentido agrícola simbólico –descanso de la tierra cada séptimo año–, pero en Deuteronomio (15: 1-11) cobra otro sentido totalmente diferente, socioeconómico: era el año de la remisión o quite general de préstamos y contratos onerosos (ojo, sólo entre hebreos, no aplicable a extranjeros).

El ‘año jubilar’ (Éxodo 21: 2-11; Levítico 25: 15), cada medio siglo, a toque especial de cuerno (júbilo), se ponía a cero la economía general, devolviendo valores y personas a su estado anterior.

El fundamento de estas normas era que «la tierra es de Yahweh», y no es apropiable ni enajenable. Eso sí, las transacciones sobre el usufructo del suelo tomaban en consideración también la proximidad del año jubilar. (Para entendernos, la entrada al cine se iba abaratando conforme se acercaba el final de la película.)

Sin duda los grandes economistas se han fijado en estas ‘soluciones’ bíblicas a la cuestión que hoy propone Navart. En todo caso, he citado unos textos cuya lectura vale la pena.

catenaccio1970 dijo...

No voy a esconderme, mi sensibilidad es liberal; comparto la idea de que los modelos de justicia estática igualan en sociedades a la baja: quien prospera padece mayor exacción fiscal y ve reducido el estímulo para esforzarse; quien recibe subsidios se acomoda a ellos y también deja de esforzarse. Sin embargo, las sociedades meritocráticas son muy vulnerables porque el trabajo, el talento y el esfuerzo se retribuyen con dinero ─ y bien está que sea así porque las medallas de latón con el careto de Marx y Lenin, y el diploma de trabajador de vanguardia se los pueden meter por el culo ─; pero el dinero lleva al poder y éste genera rápidamente conciencia de clase: puedo ser muy buen baloncestista pero soy humano, y si puedo ayudar a mi hijo a tener una vida más cómoda lo haré aunque mi hijo sea un perfecto imbécil. Es necesario, desde mi punto de vista, ampliar la frontera del estado mínimo para preservar la igualdad de oportunidades dando educación y otros servicios básicos a quienes no se los puedan pagar, porque, de lo contrario, en unas cuantas generaciones la libertad resultaría irreconocible, no sería más que un fetiche burgués para solaz de acomodados. ¿Cuándo derogar el carácter básico del servicio? Ah, en esas andamos. Hay zonas de penumbra sin duda, pero hay otras que son cristalinas: el cine, los toros, la danza, el bable, el cáñamo ─ por poner algunos ejemplos ─ no son servicios básicos, ni de coña; si violentan mi patrimonio con impuestos para preservarlos no es para garantizar la libertad de nadie, sino para corroborar privilegios, es decir, clases. Salud

Belosticalle dijo...

Tiene usted razón, don catenaccio1970. Sólo le pondría un ‘pero’ menor, cuando entre las zonas cristalinas que ejemplifica, junto al cine y los toros pone el bable.

El bable, usted lo dice bien, «no es servicio básico ni de coña». El catalán y el euskera no es que no sean básicos, es que no son servicios, sino todo lo contrario: son instrumentos de una política de agresión a la libertad.

El pobre bable, ni como chiste tiene nada que ver con las políticas lingüísticas nacionalistas del catalán o el vascuence. Políticas que, con el cuento del patrimonio cultural y la lengua 'propia', lo único que hacen es imponer fetiches identitarios y crear barreras discriminadoras anticonstitucionales, más una trama de intereses económicos, con un despilfarro jamás contabilizado y sin haber celebrado nunca una consulta cívica sobre tema tan crucial (inmersión lingüística infantil, abuso de la lengua propia como requisito para trabajar o percibir ayudas etc. etc.).

Un cordial saludo.

catenaccio1970 dijo...

Sr. Belosticalle, en ningún momento pretendía trasladar la idea de que el bable generase un nivel de coerción administrativa parangonable al catalán; no es así y posiblemente nunca lo sea aunque se extienda la idea ─ cómo no, entre la izquierda naif y asna ─ de que sólo el bable es asturiano y de que la lengua que habla de forma libre y espontánea el noventa por ciento de los asturianos es fruto de la colonización castellana ─ lo que nos devolvería al tema ampliamente abordado por el responsable de este blog de quién es competente para definir lo que ha de entenderse por “pueblo” y cuáles son sus manifestaciones “culturales” señeras, y merced a lo cual los asturianos hispanoparlantes pasaríamos a engrosar una de dos categorías: colonos invasores o nativos alienados ─. Lo que pretendía con la mención del bable era ilustrar cómo la exacción fiscal, que es en origen un acto de violencia, pierde toda legitimidad cuando el producto recaudado se destina a fines que no tienen por objeto la perfección de los derechos fundamentales de los ciudadanos sino las fantasías planificadoras de los gobernantes. Eso era todo. Salud

navarth dijo...

Impresionante el nivel de los comentarios. Lo he resaltado en la entrada, para que los visitantes no se los pierdan.

E interesantísimos los textos bíblicos Don Belosti. Parece que Merkel es lectora del Deuteronomio:

”prestarás entonces a muchas naciones, mas tú no tomarás prestado; tendrás dominio sobre muchas naciones, pero sobre ti no tendrán dominio”.

Temístocles dijo...

La defensa que hace Nozick de la libertad frente a la igualdad mediante el ejemplo del reparto de un dólar... la escuché hace años a un amigo de rica familia. Está claro que al cabo de un tiempo se generarán diferencias, entonces (me decía mi amigo) ¿qué hacemos?,¿igualamos otra vez?
Un planteamiento así de radical, suponiendo que todos los actores actúan con limpieza, eliminando a los trileros, defraudadores, etc, generaría, aunque sólo fuera por azar, grandes diferencias sociales. No sé si se puede calificar como justa esa situación, pero lo que considero claro es que habrá que nivelar siempre el acceso a un sistema educativo de calidad y a unos servicios sociales básicos.
En el conflicto entre libertad e igualdad hay que decantarse por la primera ya que en una sociedad sin libertad tampoco habrá igualdad entre los no libres.
Ahora bien, sabemos que el exceso de libertad conduce a la falta de libertad ya que provoca la tiranía del fuerte sobre el débil. Esta paradoja la resolvió Kant mediante su fórmula de limitación de las libertades de manera que no interfieran en las libertades de los demás.
Nacionalismo y libertad son incompatibles.


Temístocles dijo...

”Es convincente conectar igualdad con autoestima. La persona envidiosa, si tampoco posee algo (o talento, o cosas así) que cualquier otro tiene, prefiere que la otra persona tampoco la tenga”.

Una de las disposiciones innatas más fuertes del hombre es la búsqueda de un estatus elevado. Lo explica la teoría del gen egoísta.
Pues bien, esa propensión implica desbancar a quien tiene estatus mayor que el nuestro. He ahí el origen de la envidia. "La persona envidiosa", instintivamente, genéticamene, somos todos.
La predisposición se atenúa cuando alcanzamos un alto nivel socioeconómico, ya no hace falta.
Digo "se atenúa" porque, en realidad, parece no acabar nunca. El jefe de Hommer Simpson, tras escuchar al ejemplar trabajador que lo considera la persona más rica que jamás ha conocido, responde: "Sin embargo, cambiaría todo lo que tengo por... un poco más".
Este disparo neurótico de la disposición al estatus elevado puede presionar también hacia abajo, es decir, buscando que quienes están por debajo de mí caigan aún más, lo cual acentuará mi nivel. De ahí que la envidia de quien no tiene hacia quien tiene encuentre una simetría en la neurosis del estatus.

Temístocles dijo...

Homer, perdón.

Bruno dijo...

El señor Navarth estará contento con el desembarco de los griegos buenos.
Sólo que me apunto a eso básico de la educación: El estado ha de velar por una educación de calidad para todos los ciudadanos. Esa es una madre del cordero que ya se encargan de deteriorar con minuciosidad hasta los progres.
Aunque esa educación genere ya las primeras desigualdades...
Y aprovecho para sugerir un artículo sobre las ventajas de las diferencias. Que algunas habrá.
Es una rara casualidad que las sociedades avanzadas se organicen por niveles y otros parámetros. ¡Venga diferencias!Es que ni las hormigas son todas iguales.

viejecita dijo...

Sólo decir que, a pesar de estar abducida por los problemas de trabajo, de familia, y de salud ( propios de la vejez ), y de que, por tanto, tengo las pocas neuronas que me quedan, a medio gas, he terminado la primera parte del libro de Nozick , y me ha hecho pensar muchísimo, porque es muy general, y hace uso de términos algebraicos para sus demostraciones ( unos términos que yo dejé atrás hace 50 años, y que me cuesta usar ), pero que, a pesar de ello me ha encantado.
Y que, el propio Nozick dice en la introducción que la primera parte es la más dura de leer. Así que hoy mismo, en cuanto se me vayan al Norte, los que en Madrid quedan de la familia, y nos quedemos mi germanófilo y yo solos, me meto con la segunda parte, que va a ser mucho más concreta y específica, y por tanto, más fácil para mí, y que sé que voy a disfrutar, sobre todo, después de haber hecho el esfuerzo con la primera parte, que es la que me ha dado la base para poderme defender de los progres krugmanitas .
Así que
Muchas Gracias Don Navarth

plazaeme dijo...

A mi estas virguerías de los liberales ideológicos no pueden dejar de parecerme una construcción alucinante de muchos pasos lógicos, que se soportan todos en una falsedad original. La idea de que “estado” y “sociedad” son dos cosas independientes. Y así, puedes eliminar el estado, e ir dando muchos pasos para ver cómo va a ir evolucionando la situación, y a dónde se llega.

Y luego, con una idea propia de “justicia” (axioma o asunción particular), decides cuál de los posibles resultados del experimento anterior es “bueno” (moral) y cuál es inaceptable (inmoral).

Pero no se dan cuenta (o hacen como si no se dan cuenta) de que sin estado no existe sociedad; y sin sociedad no hay ni justicia ni moral. No entienden (o hacen como que no entienden) la dinámica del asunto.

Cuando Robinson llega a la isla no hay ni estado, ni justicia, ni moral. Hay Robinson, y los “otros” (los salvajes). Y muy contento no está.

Rescata a Viernes. Ya hay una (mini) sociedad: Robinson + Viernes. Y un (mini) estado: manda Robinson. Y una (mini) justicia: lo “justo” lo decide Robinson, después de escuchar a Viernes. Y una (mini) moral: Robinson, como te pases conmigo y no seas amistoso, me escapo. Y se acaba la sociedad.

Luego van rescatando a más, y la sociedad (y el estado, la justicia y la moral) empiezan a ser menos “mini” y más complejas. Pero se van construyendo al mismo tiempo que se aumenta la sociedad. No son independientes.

Pero Nozick parece partir de una alucinación:

Fiel a la tradición del contrato social, Nozick intenta decidir cuál es el estado al que las personas llegarían partiendo de un estado de naturaleza.¿Qué ocurriría si de repente desapareciera el estado? La visión de Nozick no es tan pesimista como la de Hobbes, sino que se aproxima más a la de Locke: sería una situación bastante incómoda pero no terrible. Nozick analiza todas las fases por las que pasarían los ciudadanos, y la primera sería la búsqueda de seguridad. De este modo nacerían agencias de protección que, a cambio de una cuota, velarían por la protección de sus asociados.

El problema es que no hablamos de teoría, sino algo que hemos visto mil veces. Cuando desaparece el estado, nadie forma “agencias de seguridad”, sino que forma bandas en aras de tomar el poder y crear un nuevo estado. Porque la naturaleza (nuestra naturaleza) no permite un grupo humano sin una estructura de poder y unos mitos que hacen de “pegamento”. Y eso es “el estado”. Cuando nos sueltan a muchos desconocidos en una isla deshabitada, o nos ponermos a matarnos, o nos ponemos a crear “estado” a una velocidad y con una naturalidad prodigiosas. Como si lleváramos el código incrustado. ¡Y es que lo llevamos!

navarth dijo...

Interesantísimo debate

Estoy de acuerdo en que el estado mínimo de Nozick, sin mecanismos de redistribución, llevaría en poco tiempo a enormes diferencias en la sociedad. El problema está en que, al no haber restricciones morales favorables a cierta nivelación, aquellos que acumularan más riqueza descontarían el efecto del azar y desarrollarían inmediatamente la convicción de merecer su situación privilegiada (y la convicción de que los más desfavorecidos merecen la suya). El aséptico sistema moral de Nozick podría acabar en una especie de darwinismo social, y en una sociedad férreamente estratificada en castas bastante desagradable.

Por otro lado el enfoque de Nozick ayuda a comprender que el esfuerzo de redistribución es, precisamente, un esfuerzo. Los mecanismos de nivelación social no son, como creen los igualitaristas, algo natural, sino un esfuerzo que como tal debe ser reconocido. Esto nos puede ayudar a entender cabalmente esa tendencia tan molesta de los igualitaristas a denunciar permanentemente la sociedad redistributiva en la que vivimos por la vía de señalar con dedo acusador las diferencias – que salvo que se proscriba definitivamente la libertad siempre existirán - en lugar de fijarse en el esfuerzo solidario.

Carlota dijo...

¿estado mínimo?
me acordé de este artículo de Gonzalo Fernández de la Mora en el ABC de 09/01/1980, El estado mínimo:
... Al hombre no le salva ni ese monstruoso Leviathan que es el Estado socialista, ni otro Leviathan de signo ideológico contrario. Pero le podría salvar la reducción del Estado a unas proporciones a la medida humana. Menos impuestos, menos gasto público consuntivo, menos empresas nacionalizadas, menos servicios burocratizados, menos obstáculos a la iniciativa privada, menos obsesión uniformadora, menos rencor contra el éxito individual. Un Estado vertebral y fuerte; y una sociedad extensa, competitiva, libre y creadora. Ese es el camino para evitar la coralización de la convivencia y la identificación de la política con la apicultura. Al mundo desarrollado —y mucho más al marxista que al humanista— le sobran tasas, reglamentos, oficinas, formularios, intervenciones y tópicos prefabricados; y, en cambio, le faltan estímulos a la autorrealización individual, que es la matriz del bienestar personal y de los destellos geniales; es decir, de la felicidad individual y del progreso histórico. Para que la existencia humana no sea gris, como en los países colectivistas, y para que recobre la brillantez del Renacimiento, de la Ilustración o del Romanticismo, hay que reducir el tamaño del Estado. El estatismo es el supremo mal ecológico y, si no se le frena, lo contaminará todo. Frente al socialismo y al partitocratismo, que estrangulan al ciudadano actual, pienso que la gran consigna en esta grave crisis de las formas políticas es «Menos Estado y más sociedad».
Ah, qué bella utopía el estado mínimo.
Mi padre tiene 80 años y una buena pensión que no llega a 1.000 € para su sostenimiento y el de mi madre, tres años menor, sus labores cuando podía con ellas.
Mi padre cultiva un pequeño huerto en la periferia urbana, en un terreno en precario, sin maquinaria, sólo con los aperos tradicioniales y su declinante sistema osteoarticular. Hoy me ha llamado mi madre, que vive prácticamente inmovilizada en casa por achaques de la edad, para que vayamos a levantar los tomates y otras hortalizas y las consumamos. Mi padre ha sido denunciado por trapichear con ellas, algo que hace en el mismo huerto, a vista de quien quiere mirar. Aún no tengo los detalles, pero no dejo de admirar la eficacia, la grandeza, la omnisciencia, la munificencia y la justicia del estado, a cuyo ojo esférico no se le escapa ni el más ridículo chivatazo.
Gracias al estado mi padre va a trabajar un poco menos. El estado acelera en este caso lo inevitable, en lugar de 'laisser faire' al tiempo su obra inexorable.

Fernández de la Mora también publicó un estimable ensayo titulado "La envidia igualitaria".

viejecita dijo...

¡ Caray Señor/a Corday !
Me ha dejado epustuflada.
Y con envidia, a pesar del estado cotilla y gentuza, porque yo, desde hace más de 30 años, ya soy la más vieja de mi familia...

navarth dijo...

Qué bueno el artículo de Fernández de la Mora, Carlota

Carlota dijo...

Celebro que lo aprecie, querido Navarth.
Y a usted, Viejecita, ... le deseo una vida muy, muy larga, para el bien de los suyos.
En el artículo de Savater de hoy en el Pravda:
los mas aviesos y traviesos liberales hablan al ponerse serios como socialdemócratas (sin dejar de hacer chistes sanguinarios contra ellos)
Yo, no. Y lo digo muy en serio.
-0-0-
A mi padre lo ha denunciado una tendera del barrio. Pobre, me da pena. Ella, digo.
El estado batante social, algo democrático y poco de derecho, crea esbirros y produce miserables. Más que de ninguna otra cosa, son dignos de lástima.

Carlota dijo...

quise decir que yo no hablo como socialdemócrata en ninguna circunstancia (aunque hace muchos años no era así). Chistes sanguinarios contra ellos sí me gustaría hacerlos, pero, aunque me sobra malicia -¡y motivos!-, me falta ingenio.

Carlota dijo...

bueno, ... tampoco hay que flagelarse:
Como casi todos los grandes anticomunistas, Robert Conquest fue comunista en su juventud, llegando a visitar Rusia en 1937, en pleno apogeo de las purgas, a conocer de primera mano el supuesto éxito del gran experimento soviético.
Acabo de enterarme de la existencia de las tres leyes de R. Conquest -al mismo tiempo que de la existencia, ya pretérita, de este autor-:
La primera dice: Toda persona es de derechas en aquello que conoce mejor
Esto confirma mi intuición de que la fuerza más ampliamente hegemónica en la política española es la ignorancia