viernes, 20 de febrero de 2015

a.t.p. JOHN STUART MILL O EL UTILITARISMO DESCAFEINADO


El padre de John Stuart Mill (1806-1873) es adepto de Jeremy Bentham, un verdadero creyente que decide iniciar a su hijo en los científicos principios del utilitarismo. Para ello renuncia a enviarlo a la escuela y lo educa en casa por medio de preceptores estrictamente supervisados por él mismo:

“Mi padre siempre mantenía, y yo estaba convencido de ello, que el objeto de la educación debería ser formar las asociaciones más fuertes posibles (…) de placer con todas las cosas beneficiosas para el conjunto (de la sociedad), y de dolor con todas las cosas dañinas para él”. [1]

Esto en sí resulta sorprendente. Para Bentham el dolor y el placer son el palo y la zanahoria con los que la naturaleza nos guía, y los gobiernos deben limitarse a maximizar la felicidad, identificada con el placer. Pero si son el padre y los preceptores, y no la naturaleza, los que se encargan de crear en el alumno las asociaciones de dolor y placer más adecuadas para dirigirlo hacia el utilitarismo, de lo que estamos hablando es de mero adiestramiento, similar al que podría practicarse con un oso. El caso es que John Stuart resulta ser un niño superdotado. A los tres años comienza a aprender latín y griego; a los ocho ya es capaz de leer a Esopo, Herodoto, Jenofonte, Luciano y Diógenes Laercio; a los diez ya se atreve con Platón y Demóstenes, aprende geometría y astronomía, y en sus ratos libros lee el Quijote y Robinson Crusoe; a los quince se inicia en los arcanos del maestro Bentham; y a los veinte sufre una profunda crisis nerviosa:

“Desde el invierno de 1821, cuando leí por primera vez a Bentham (…) tuve lo que podría realmente llamarse un objetivo en la vida: ser un reformador del mundo. Mi idea de felicidad se identificaba completamente con este objetivo (…) Acostumbraba a felicitarme por la certeza de la vida feliz que me esperaba, al emplazarla en algo durable y distante hacia lo que siempre podrían hacerse progresos (…) Pero llegó el momento en que me desperté de esto como de un sueño. Fue en otoño de 1826 (…) se me ocurrió plantearme directamente la cuestión. Supón que todos tus objetivos vitales fueran alcanzados; que todos los cambios en las opiniones e instituciones que anhelas pudieran ser completamente conseguidos en este preciso instante: ¿supondría para ti una verdadera alegría y felicidad? Y algo imposible de contener contestó: ¡no!”. [2]

Contra todo pronóstico la lectura de los poetas románticos ingleses lo ayuda a salir poco a poco de la melancolía. Aún más eficaz resulta que en 1830, a los veinticuatro años, conoce a Harriet Taylor. Es una mujer culta y sofisticada, que ejercerá una influencia decisiva en su obra. También está casada, pero esto resulta no ser un inconveniente insalvable. Desde 1833 únicamente las apariencias la mantendrán unida a su marido y cuando éste muera en 1849 se casará con Mill.


En Consideraciones sobre el gobierno representativo (1861) Mill defiende que éste es el mejor sistema político posible. Alerta contra el extendido espejismo que invita a creer que idealmente el gobierno más eficaz sería el de un déspota benévolo y cultivado que tomara todas las decisiones en bien de la sociedad. Esto no sólo requeriría un monarca bueno, sino también omnisciente y omnipresente, capaz de penetrar en el conocimiento de todos los rincones de su imperio y tomar las decisiones apropiadas en cada cado. Pero además, continúa Mill,

¿Qué tendríamos entonces? Un hombre con actividad mental sobrehumana gestionando la totalidad de los asuntos de un pueblo mentalmente pasivo (…) Dejar las cosas al gobierno, como dejarlas a la Providencia, es sinónimo de no preocuparse de ellas y de aceptar sus resultados, cuando son desagradables, como un fenómeno de la naturaleza”. [3]

Para Mill es imprescindible tener una sociedad intelectualmente activa. Las instituciones influyen en el carácter de los ciudadanos, y el despotismo, incluso el benévolo, produce rebaños. Recíprocamente, sólo si predominan un determinado tipo de cualidades en la sociedad podrán florecer en ella determinadas instituciones:

“Un país puede preferir un gobierno libre; pero si por indolencia, o falta de cuidado, o cobardía, o falta de sentido común, (sus habitantes) no están a la altura de los esfuerzos necesarios para preservarlo; si no luchan por él cuando es directamente atacado; si pueden ser engañados por los artificios usados para confundirlos; si, por una momentánea falta de coraje, o un momentáneo pánico, o un ataque de entusiasmo por un individuo, pueden ser inducidos a abandonar sus libertades a los pies de alguien, aunque sea un gran hombre, que le posibilite para subvertir sus instituciones, en todos estos casos son más o menos inadecuados para la libertad”. [4]


La libertad, empezamos a ver, es algo decisivo para Mill. Porque las sociedades sólo crecen a través de “la energía, el patriotismo, y el ensanchamiento mental, que, como cualidades nacionales, son frutos exclusivos de la libertad”. En todo momento las instituciones políticas requieren una participación activa de los ciudadanos, y hay que estar permanentemente alerta porque éstos tienen una tendencia natural hacia la comodidad. Por ejemplo, en las democracias se está desarrollando inadvertido un nuevo peligro. Al ser los gobernantes periódicamente elegidos

“lo que procede entonces es identificar a los gobernantes con el pueblo; que sus intereses y voluntad sean los del pueblo. El pueblo no necesita ser protegido frente a su propia voluntad. No hay temor de que se tiranice a sí mismo”.

Esto debilita a las sociedades frente a los demagogos y los enemigos de la libertad. También está el problema de la tiranía de la mayoría, que tiende a eliminar la disidencia y a imponer una sofocante unanimidad, algo letal para las sociedades como veremos:

“Se necesita también protección contra la tiranía de la opinión y los sentimientos dominantes; contra la tendencia de la sociedad a imponer (…) sus propias ideas y prácticas como reglas de conducta a los que disienten de ellas; para encadenar el desarrollo y si es posible prevenir la formación de cualquier individualidad que no esté en armonía con su modo de ser, y obligar a todos los caracteres a acomodarse a su modelo”.
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Mill se declara utilitarista y pasará a la historia como tal, pero en realidad dejará la teoría de Bentham irreconocible. En realidad Mill llegará a desconfiar profundamente de Bentham, y escribirá que su personalidad lo descalificaba como filósofo a causa del carácter incompleto de su alma:

«Para muchos de los más naturales y fuertes sentimientos de la naturaleza humana carecía de simpatía; de muchas de las más importantes experiencias estaba igualmente desconectado; y la facultad por la que una mente entiende otra mente diferente de la suya, y se sumerge en los sentimientos de esa otra mente, le era denegada por las deficiencias de su imaginación». [5]

Mill continúa con la comparación interpersonal de utilidades [6], pero a diferencia de Bentham ya no es valorativamente neutral ante ellas:

Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un idiota satisfecho. Y si el idiota o el cerdo tienen una opinión diferente, es porque sólo conocen un lado del asunto. [7]

En efecto, Mill es elitista. Cree que en la sociedad existe una minoría intelectualmente superior que debe funcionar como un guía espiritual. Por eso sitúa los placeres morales o intelectuales, que enriquecen a las personas y acaban constituyendo el motor de progreso de la sociedad, muy por encima de los físicos.


Pero lo más importante es el tratamiento que Mill dará a la libertad. Recordemos que Bentham reconocía un ámbito de autonomía individual a las personas, pero tan cercado y amenazado por la aplicación de los principios utilitaristas a favor del todo que lo convertían en un precario enclave a punto de ser engullido. Ahora Mill se centra en esa ciudad sitiada, y la desarrolla y fortifica hasta convertirla en un reducto inexpugnable que domina todo el paisaje. Su ensayo más famoso en este sentido es Sobre la libertad (1859), que consensuará con Harriet Taylor Mill, que publicará un año después de la muerte de ésta, y que intentará resumir en una sencilla fórmula:

”El objeto de este ensayo es establecer un principio muy simple que rija todas las relaciones de obligación y control de la sociedad con respecto al individuo, sean los medios empleados la fuerza física en la forma de penalizaciones legales, o la coerción moral de la opinión pública. Este principio es que el único fin por el que la humanidad está legitimada, individual o colectivamente, para interferir en la libertad de acción de alguno de sus miembros es la autodefensa. Que el único propósito por el que el poder puede con justicia imponerse sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada en contra de su voluntad, es prevenir que haga daño a otros. Garantizar su propio bien, ya sea físico o moral, no es suficiente razón (…) Sobre uno mismo, sobre su propio cuerpo y mente, el individuo es soberano. [8]

Este el principio que limita la acción del utilitarismo, que sólo podrá entrar en juego si existe una amenaza de daño contra las personas, y se conoce como “principio del daño”. Para Mill la libertad incluye la de emprender acciones destructivas contra uno mismo, siempre que no afecten a terceros. Uno es libre para emborracharse hasta caer inconsciente; únicamente deberá intervenir la sociedad si en ese estado pretende conducir, pues podría causar un daño a otro. Al alcohólico se le puede intentar convencer, pero no obligar:

“Para justificar esto (el uso de la fuerza) la conducta de la que se le quiere disuadir debe haber sido calculada para dañar a alguien”.

¿Qué alcance tiene, pues, el principio del daño? Esto dependerá de la respuesta que se dé a dos cuestiones. Una, qué quiere decir Mill con “calculada”. Dos, si el eventual daño abarca sólo el producido por acción o también el causado por omisión. Con respecto a la primera pregunta, las respuestas se situarán en una línea que va desde la intencionalidad -“calculado” quiere decir que el individuo desea producir ese resultado, es decir, existe dolo- hasta el consecuencialismo -se atiende directamente al resultado, es decir, va mucho más allá del dolo e incluso de la mera negligencia-. Combinadas estas posibilidades con las que se obtienen al responder a la segunda de las cuestiones -se considera sólo el daño causado por acción o también por omisión-, obtenemos un amplio espectro en el que se situará la posibilidad de que el gobierno intervenga en los asuntos del individuo. Un concepto del daño reducido a la intencionalidad y a la acción dejará el poder del gobierno reducido a la nada -véase el ejemplo de los comerciantes de maíz- y convertirá el principio del daño en algo altamente conservador. Un concepto consecuencialista que incluya el daño por omisión abrirá la puerta a los intervencionistas y dejará la libertad convertida en una palabra vacía. Desde luego, no parece que Mill pretenda esto último:

"Unas opiniones en el sentido de que los comerciantes de maíz están provocando el hambre en los pobres, o de que la propiedad privada es un robo, deben ser permitidas para que circulen libremente en la prensa, pero pueden ser penalizadas si son emitidas oralmente a una masa excitada reunida delante de la casa de un comerciante de maíz”.

Esto abre la puerta a nuevas preguntas. ¿Y si los comerciantes de maíz estuvieran realmente provocando una hambruna? Descartados los agitadores ¿debería el gobierno limitarse a razonar con ellos, o podría intervenir más decisivamente?


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En su compatibilización de la libertad, en cuya defensa no tiene intención de ceder un paso, con el utilitarismo, Mill emplea una aproximación indirecta: la libertad es útil desde la perspectiva utilitarista porque promueve la razón, ésta el desarrollo de la ciencia, y ésta en última instancia el bien común. La libertad, por tanto, no sólo es una exigencia de las personas, sino una necesidad para el progreso de la sociedad. Ahí está, por ejemplo, la libertad de pensamiento y discusión, a la que dedica el más extenso capítulo de la obra. Mill está convencido de que en una sociedad saludable es imprescindible mantener un campo en el que se ejercite asiduamente la argumentación, en el que se enfrenten en buena lid las distintas opiniones, y del que pueda salir victoriosa la que aporte mejores razones [9].

Mill sabe, además, que la razón no suele ser el cauce más importante por el que se accede a las opiniones. Sobre cualquier asunto que se quiera analizar “No hay dos épocas, y apenas dos países, que hayan llegado a la misma conclusión, y la decisión de un país o una época es fuente de asombro para los demás. Sin embargo las gentes de un determinado país o época no encuentran ninguna dificultad en ello, como si fuera un asunto en el que la humanidad siempre hubiera estado de acuerdo. Las reglas que ellos aplican les parecen evidentes y justificables por sí mismas. Esto no es más que una ilusión universal que no es más que un ejemplo de la influencia mágica de la costumbre, que no es como dice el proverbio, una segunda naturaleza, sino que continuamente funciona como la primera”.

Además, al tratar de la formación de las convicciones también Mill tiene su propia versión del materialismo histórico:

"Donde hay una clase en auge una gran parte de la moral del país emana de sus intereses de clase y de sus sentimientos de superioridad. La moralidad entre espartanos e ilotas, entre dueños de plantación y negros, entre príncipes y súbditos, entre nobles y plebeyos, entre hombres y mujeres, ha sido en su mayor parte la creación de estos sentimientos e intereses de clase”. [10]

Afortunadamente los intereses de clase no ejercen una fuerza tan decisiva como en el materialismo histórico de Marx:

“No fue por un cambio en la distribución de los intereses materiales, sino por la propagación de convicciones morales, por lo que se ha puesto fin a la esclavitud de los negros en el Imperio Británico (…) Es lo que los hombres piensan lo que determina como actúan [11],y a pesar de que las convicciones y persuasiones del hombre medio están en un grado mucho mayor determinadas por su posición personal que por la razón, no poca fuerza ejercen sobre ellos las persuasiones y convicciones de los que están en una posición personal diferente, y por la autoridad unida de los instruidos.


Una vez formada la opinión dominante -por mimetismo, por interés de clase, por la autoridad de los instruidos, por un cóctel de todos los ingredientes- Mill observa que la sociedad busca imponer la unanimidad y eliminar la disidencia. Se forman así corrientes de opinión que penalizan socialmente a los que se atreven a nadar contra ellas, y que poco a poco consiguen imponer una sofocante unanimidad.

En resumen, tanto en el proceso de formación de la opinión pública como en su mantenimiento posterior la sociedad tienda a la esclerosis. Pues bien, precisamente para luchar contra ello es por lo que es imprescindible la libertad de pensamiento y discusión. La sociedad debe proteger al raro espécimen que se atreve a pensar de forma independiente. En primer lugar, porque puede tener razón. Pero es que, aunque esté equivocado y sea la opinión dominante la correcta, es necesario que los ciudadanos se ejerciten en su defensa mediante la argumentación. De lo contrario la sociedad se convierte en una bandada de cacatúas repitiendo lemas y máximas; aunque sean ciertas. O en chinos, contra los que Mill parece tener prejuicios:

”Tenemos un alarmante ejemplo en China (…) que ha hecho a todos iguales, todos gobernados en su pensamiento y en su conducta por las mismas máximas y reglas (…) A no ser que la individualidad sea capaz de afirmarse contra este yugo, Europa, a pesar de sus nobles antecedentes (…) se convertirá en otra China”. [12]

En conclusión nadie puede pretender sofocar la libertad de pensamiento y opinión:

“El poder en sí es ilegítimo. El mejor gobierno no está más legitimado para ello que el peor. Es tan nocivo, o aún más nocivo, cuando es ejercido de acuerdo con la opinión pública que en contra de ella. Si toda la humanidad menos una fuera de la misma opinión, y sólo esa persona profesara la contraria, la humanidad no estaría más legitimada para silenciarla que esta misma persona, si tuviera el poder, lo estaría para silenciar a la humanidad”.

Mill, eso sí, mantiene el cálculo utilitarista para la adopción de aquellas instituciones que, si bien perjudican a algunos, su saldo global es positivo. Como la meritocracia, que perjudica a los menos dotados (y a los menos esforzados), pero resulta beneficiosa para el progreso de la sociedad. O el mercado, que discrimina a aquellos menos aptos para competir:

"Ahora se reconoce, aunque después de una larga lucha, que tanto la disminución del precio, como la calidad de los bienes, son conseguidos más efectivamente en un régimen de mercado libre”.

Dejemos aquí a Mill. Tengan ustedes un buen día.
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Notas:
[1] y [2] J. S. Mill.: Autobiography. Capítulo V. A Crisis in My Mental History. One Stage Onward. Si tienen curiosidad pueden verlo por ejemplo aquí: http://www.bartleby.com/25/1/5.html
[3] J. S. Mill.: Consideraciones sobre el gobierno representativo.
[4] Es una gran verdad. Lo estamos experimentando ahora en España. También proviene de Consideraciones sobre el gobierno representativo.
[5] Mill está haciendo lo que parece un diagnóstico de síndrome de Asperger, una forma de autismo en la no existe déficit de inteligencia. Un ejemplo de este síndrome podemos verlo en el Sherlock Holmes presentado en una reciente serie televisiva. El diagnóstico de Mill coincide con Philip Lucas y Anne Sheeran: “El síndrome de Asperger y la excentricidad y genio de Jeremy Bentham”. Según Simón Baron-Cohen el autismo se puede localizar trazando unas coordenadas con la empatía y la capacidad de sistematizar de la persona.


Resulta irónico que los pensadores que han proporcionado las dos corrientes de pensamiento moral -utilitarismo y deontologismo- más potentes de la actualidad sean sospechosos de haber padecido mayor o menor grado de autismo.
[6] Ver el capítulo de esta serie dedicado a Jeremy Bentham.
[7] J. S. Mill.: Utilitarismo.
[8] J. S. Mill.: Sobre la libertad.
[9] En esto John Stuart Mill resultará ser clarividente. En su imprescindible libro The righteous mind el psicólogo social Jonathan Haidt describe las relaciones entre las emociones y la razón como un elefante sobre sobre el que va montada precariamente esta última. La razón no dirige al elefante –las emociones- sino que se limita a proporcionarle argumentos a posteriori para demostrar a sí mismo y a los demás que ha obrado correctamente. La razón funciona de este modo, no como un guía, sino como el abogado o el jefe de prensa del elefante. Haidt se refiere en su libro sobre todo a los juicios de tipo moral, y concluye que en la inmensa mayoría de los casos el conductor no tiene la menor capacidad para guiar efectivamente al elefante. Sin embargo, el elefante puede ser poco a poco “convencido” por los argumentos de los conductores de otros elefantes: “No deberíamos esperar que los individuos sean capaces de generar un razonamiento correcto, de mente abierta y dirigido a la búsqueda de la verdad., en particular cunado el interés propio o asuntos de reputación están en juego. Pero si se pone a los individuos juntos en el camino correcto, de manera que algunos individuos pueden usar el poder de su razonamiento para desmentir la afirmaciones de otros, y todos los individuos sienten algún lazo en común o un destino compartido que les permite interactuar cívicamente, se puede tener un grupo que produce buen razonamiento como una propiedad emergente del sistema social. Por eso es tan importante tener diversidad intelectual e ideológica dentro de cualquier grupo o institución cuyo fin sea alcanzar la verdad”. Por eso es Haidt coincide con Mill en que es imprescindible que en una sociedad existan mecanismos que favorezcan el intercambio libre y fluido de argumentos.
[10] J. S. Mill.: Consideraciones sobre el gobierno representativo.
[11] Obsérvese que para Marx es exactamente lo contrario: “No es la conciencia del hombre lo que determina su existencia, sino por el contrario su existencia lo que determina su conciencia”.
[12] Esta y las siguientes citas. J. S. Mill.: Sobre la libertad.

Imágenes: 1) La Cámara de los Comunes en el S.XIX; 2) Harriet Taylor Mills; 3) Los deprimidos suburbios de Londres, por Doré; 4) John Stuart Mill; 5) No tiene nada que ver, pero me recuerda a los alborotadores y a los comerciantes de maíz; 6) Mills y su hijastra Helen Taylor.

8 comentarios:

viejecita dijo...

Me ha gustado mucho esta entrada, Don Navarth . Leí On Liberty de joven, hace muchísimos años, pero con este escrito suyo de hoy, me ha vuelto a apetecer, y lo he sacado de la fila de atrás de la biblioteca, donde lo tenía escondido detrás de P.D.James , para releerlo.
Y me ha hecho doblemente gracia, porque en su blog, D. Vicente Torres habla de Sócrates, y del sentido moral, y de la responsabilidad de cada cual... Que el ejercicio de la libertad de cada cual significa que asumen esa responsabilidad...

viejecita dijo...

Antes se me ha olvidado ponerle el enlace a lo de D.Vicente Torres. Ya siento
http://vientosdelasdosorillas.blogspot.com.es/2015/02/vivir-sin-dios.html

Anónimo dijo...

El Mill no se podía imaginar lo que la prensa del 20 y 21 podía hacer con los líderes políticos en particular y con la sociedad en general.

Creo que la mayoría de los pensadores siempre han valorado de más y erróneamente a la sociedad y al individuo. A mi parecer no somos nada ejemplares como individuos y mucho menos como masa. Tenemos como una predisposición a la prostitución de ideas y principios si nos garantizan paz, cama y pienso. La gente, sólo en teoría quiere un mundo mejor; pero lo que de verdad le preocupa es vivir bien y cada vez mejor. En lo más íntimo nadie hace esfuerzos para sembrar por las gentes del futuro, ya que la poca energía que se gasta en mejorar se hace por y para uno mismo y su entorno más íntimo.

La comodidad y el bienestar físicos y no de conciencia es el verdadero objetivo de la mayoría.Una sociedad libre y acomodada preocupa menos que "mi" comodidad y libertad. El hombre no es ser soliable por naturaleza; lo es sólo por la necesidad de utilizar a sus semejantes. Es sociable por necesidad.El fín (YO) justifica casi cualquier medio.

Sólo los dictados de Jesucristo hace a muchas personas dudar de sus deseos más íntimos y en ocasiones consigue que esos deseos sean reprimidos.
Gracias por su post. Es instructivo y destraido.

Fulano

viejecita dijo...

Querido Don Fulano:
Pues esta vez no estoy de acuerdo con usted.
Porque creo que, al menos las mujeres, ( el 50% de la población ), y, sobre todo, las mujeres que tienen hijos y nietos no son, no somos , como usted piensa que somos.
Que queremos la paz, la seguridad, y la tranquilidad, para nuestros descendientes, claro, pero que sabemos que para ello son necesarios el sacrificio personal, el intentar ponerse en el lugar de los demás, y la generosidad para con esos demás. Que el egoísmo cerril es pan para hoy, y hambre para mañana ( o sea, para nuestros nietos ).
Y ello desde el puro utilitarismo realista, independientemente de que seamos Cristianas o no lo seamos.
Ya siento

viejecita dijo...

Y, Don Fulano :
No es ningún mérito lo del comportamiento de las mujeres con hijos. Es algo que venimos heredando en nuestros genes ( al menos, así lo he entendido yo al leer "El gen Egoísta", obedeciendo a la sugerencia de D. Psycoactive y de D.Navarth , aunque, como es habitual en mí, me he podido enterar al revés )

Anónimo dijo...

Doña, sí, sí; pero... no, no.

Su afirmación sobre las mujeres es muy genérica. Claro que hay madres como las que usted define, y madres que lo son por una posibilidad que les da la naturaleza; pero que psicológicamente no están ni quieren "criar" con las verdaderas responsabilidades y sacrificios que ello conlleva.

Incluso, entre las madres y padres que podríamos llamar "pata negra"los hay que no saben que es lo que quieren para ellos y sus descendientes, y aún sabiéndolo, no saben que es lo que le conviene.

Por regla general, las personas con poco criterio suelen ser las personas con "más certezas" y con más facilidad de convencer si lo que le propones son sólo y exclusivamente ventajas.

"Quien bien te quiere te hará llorar"

Ese dicho, que hace referencia " a los responsables de", es cada vez menos aplicable a padres y políticos.
Y como hablamos de nuestro tiempo, no hay que pasar por alto que a la mayoría de padres de hoy se les ha dado casi todo sin grandes esfuerzos. Han sido educados en "sus derechos" y no en sus responsabilidades, por lo que han educado a sus hijos con los mismos parámetros, pero con lo adicional del mimo, en su mayoría de las veces material. Mimo tangible, que es el mimo más perverso que hay, y con unos efectos de carácter irreversible que condicionan la vida futura del mimado y de quienes le rodean.

Sus réplicas son un placer. Siempre hay pasión entre sus líneas.

Siento no ser puntual en mis respuestas. Mis obligaciones...

Fulano.

viejecita dijo...

Seguramente tenga usted razón, Don Fulano, y mi interpretación sea puro "wishful thinking", como le dicen los anglos. Porque si de verdad las mujeres tuvieran esa carga genética que yo les atribuía, habría desaparecido hace ni se sabe la práctica de la ablación genital a las niñas, puesto que las que la ejecutan son mujeres...
¡ Porca miseria !

navarth dijo...

Discúlpenme a mí que no les haya contestado antes, pero he tenido poco tiempo disponible estos últimos días. Sigo con atención su debate porque, como he dicho a menudo, con freceuncia lo mejor del blog está en sus comentarios. Saludos.