miércoles, 11 de febrero de 2015

Apuntes de teoría política: EL UTILITARISMO DE JEREMY BENTHAM


La naturaleza ha situado a la humanidad bajo el gobierno de dos amos soberanos, dolor y placer. Ellos son los únicos encargados de señalar qué es lo que deberíamos hacer, así como de determinar qué es lo que haremos (…) Nos gobiernan en todo lo que hacemos, en todo lo que decimos, en todo lo que pensamos: todos los esfuerzos que hacemos por librarnos de su sometimiento sólo sirven para demostrarlo y confirmarlo. De palabra una persona puede pretender abjurar de su dominio, pero en realidad permanecerá bajo él todo el tiempo. El principio de utilidad reconoce este sometimiento, y lo asume como fundamento de un sistema cuyo objeto es producir la felicidad por medio de la razón y la ley. Los sistemas que intentan oponerse a este acaban generando ruido en vez de sentido, capricho en lugar de razón, oscuridad en vez de luz”.

Cuando, 84 años después de haber nacido, Jeremy Bentham murió en 1832, dejó en su testamento dos voluntades singulares. Una, que su cuerpo fuera sometido a pública autopsia. Otra, que sus restos fueran disecados “sentados en la silla que habitualmente ocupé mientras vivía, en la misma actitud en la que me siento cuando estoy ocupado en pensar mientras escribo”. Bentham, hombre previsor, acostumbraba a llevar en sus bolsillos los dos ojos de cristal destinados a ocupar las cuencas de su momia que, siempre según su testamento, debía ser llevada a las reuniones que en el futuro tuvieran lugar para ”conmemorar al fundador del sistema de moral y legislación capaz de proporcionar mayor felicidad”. Desgraciadamente el proceso de momificación de la cabeza, basado en técnicas de los maoríes, no fue bien: quedó ennegrecida y con expresión de estupor, y tuvo que ser sustituida por una de cera. La momia sedente de Bentham fue instalada en una cabina en el University College London. Como nadie sabía qué hacer con la verdadera cabeza fue colocada en una bandeja entre los pies del pensador, lo que ofrecía una imagen chocante. Peor aún, resultó ejercer una atracción irresistible sobre los estudiantes. En una ocasión fue secuestrada y sometida al pago de rescate; en otra, apareció en una consigna de la estación de Edimburgo. Colmó la gota la sospecha de que la promoción de 1975 la había utilizado para jugar al futbol. Finalmente fue retirada y puesta a buen recaudo.


Bentham es un pensador singular por varias razones. Para empezar, es capaz de seguir sus ideas hasta al final, mucho más allá del punto en que pensadores más prudentes las abandonarían por empezar a convertirse en desaforadas, absurdas o cómicas –en realidad, todo parece indicar que padecía síndrome de Asperger-. Pero además, y esto es muy de gradecer, puede condensar toda su doctrina en una sencilla formulación, que es la que abre estas líneas. El utilitarismo [1] es el sistema que, partiendo de la guía natural proporcionada por el placer y el dolor, se encarga de proporcionar la mayor felicidad para el mayor número. ¿Se refiere a que hay que maximizar la felicidad de la mayoría, o que hay que maximizar la cantidad total neta de felicidad en una sociedad? Todo parece indicar que Bentham se refería a lo segundo. Empecemos.

Para desarrollar una teoría de la utilidad Bentham parte de dos conceptos, uno comúnmente usado en su época y otro desarrollado por él. El primero es la utilidad marginal decreciente [2], que bajo este nombre ominoso oculta un concepto más bien sencillo: si una unidad de un bien determinado nos proporciona una determinada satisfacción o utilidad, la siguiente unidad de ese bien nos produce una utilidad algo inferior. La siguiente unidad del bien nos reportará una utilidad aún menor que la precedente, y así hasta llegar a la saturación, momento a partir del cual la utilidad proporcionada por una unidad adicional del bien en cuestión puede ser negativa. Eso se puede expresar en una curva cuyo eje horizontal representa las unidades del bien, y cuyo eje vertical representa la utilidad total conseguida:

                            Fuente: welkerswikinomics.wikifoundry.com

A continuación Bentham se inventa la comparación interpersonal de utilidades, estableciendo que las distintas satisfacciones pueden ser pesadas, medidas y reducidas a unidades de modo que pueden ser comparadas entre sí. Bentham se anima incluso a definir los parámetros para poder cuantificar el placer y poder incluirlo en el sistema métrico decimal: intensidad, duración, certeza y asequibilidad. Una vez reducidos a unidades de utilidad homogéneas, los distintos placeres de distintas personas pueden ser comparados. Por ejemplo la ingesta de una hamburguesa provoca X unidades de utilidad a una persona A, y un concierto de violín proporciona Y unidades de satisfacción utilidad a otra persona B. Si X > Y, el goce de A es más valioso que el del B desde el punto de vista utilitarista.

La teoría de Bentham proporciona inmediatamente algunos sobresaltos. Para empezar, como vemos, renuncia a ponderar la calidad de las utilidades; de este modo no hace distinciones entre las derivadas de la satisfacción de las necesidades fisiológicas más básicas -como atender un picor pertinaz o defecar- y las intelectualmente más sofisticadas [3]. Además, la sujeción estricta a la ley del placer y el dolor convierte en algo perfectamente satisfactorio el Mundo Feliz de Huxley, con sus habitantes atiborrados de soma. O la vida de una persona conectada a la “máquina de experiencias” propuesta por Robert Nozick, en la que unos electrodos suministrasen constantemente a su ocupante sensaciones placenteras. O Matrix.


Otra objeción al utilitarismo está en que, al buscar maximizar la utilidad total neta de la sociedad, no entra en juicios morales. De modo que en una sociedad compuesta mayoritariamente por lobos el exterminio de los corderos puede ser perfectamente legítimo, si el placer de los primeros es superior al dolor (utilidad negativa) de los segundos. Por la misma razón el utilitarista tendrá que aceptar el exterminio de los judíos si resulta que la utilidad obtenida por los nazis en el proceso es superior a la que obtendrían las víctimas al evitarlo. En la sociedad feliz de Bentham las minorías vivirán en permanente desasosiego. Incluso en el mejor de los casos el utilitarismo tiene la desagradable tendencia a convertir a las personas en números; una vez convertidas en cifras es fácil sacrificarlas si, en opinión del utilitarista de turno, se hace en beneficio de un número mayor.

Por último está el argumento, digamos, genético. Según Bentham la naturaleza nos está orientando con el palo del dolor y la zanahoria del placer (discúlpenme por lo inadecuado de la imagen). Fourier usará un argumento similar para desarrollar su teoría de las pasiones: éstas son las pistas que tenemos de los designios de Dios. Si diseñamos una sociedad en la que las pasiones puedan florecer con exuberancia, habremos conseguido una sociedad feliz, pues sin duda esa era la voluntad del creador al dotarnos de pasiones. Pero Bentham no está hablando de Dios. Según él estamos atados al principio de utilidad “por la constitución natural de la estructura humana”. Por algo nos habrá hecho así la naturaleza, parece pensar Bentham, y de hecho si intentáramos pasar por alto el principio, continúa, “la especie dejaría de existir”.

Así pues tanto Fourier como Bentham proponen la ciega sumisión al placer y el dolor. Si resulta, como Fourier cree, que ha sido el propio Dios el que nos los ha instalado para orientarnos hacia la felicidad el argumento tiene sentido; en el caso de Bentham la cosa es mucho más discutible. Ahora sabemos que en realidad son los genes los que ciegamente nos han diseñado para perpetuar, no nuestra especie, sino a ellos mismos. Ese complejo mecanismo con resortes de placer y dolor que somos resulta ser, en esencia, una máquina de supervivencia especialmente exitosa para los genes, exactamente igual que ocurre con el resto de los animales. Si como norma última de conducta Bentham propone a la humanidad la ciega e ilimitada sumisión a las estrategias genéticas, necesariamente tendrá que incluir en su modelo utilitario a todos los animales, cuyos genes son similares a los nuestros. En realidad Peter Singer, el más conspicuo utilitarista de nuestros días, ya está en ello. Pero se ha olvidado de las plantas, que desde luego también habría que incluir.

¿Cuál es el papel del gobierno en todo esto? En primera instancia debe crear un espacio para la iniciativa privada, pues Bentham entiende que la creación de riqueza es una de las mayores fuentes de placer:

”La ley no dice ‘trabaja y te premiaré’, sino que dice ‘trabaja y, al detener la mano que podría arrebatártelos, te aseguraré los frutos de tu trabajo (…) Si el trabajo es el que crea, es la ley la que protege; si en un primer momento debemos todo al trabajo, a continuación debemos todo a la ley”.

Pero recordemos que el gobierno debe buscar “la mayor felicidad para el mayor número”, de modo que la autonomía del individuo está de hecho completamente supeditada a la maximización de la felicidad total de la sociedad. El utilitarismo estricto no está, por tanto, demasiado interesado en la libertad. En cambio su estricta aplicación llevaría a la redistribución total de riqueza y al igualitarismo. La utilidad marginal que una moneda proporciona a un pobre es mayor que la que proporciona a un rico; quitemos, por tanto una moneda a éste y démosla a aquél, y el saldo neto de utilidad será favorable. La redistribución continuará de este modo hasta que ambas riquezas se igualen. Bentham es consciente de que el rico no va a estar muy dispuesto a ser desplumado en nombre de la utilidad, y por eso acaba desarrollando el concepto de “utilidad práctica”, más allá del cual la utilidad pura produce efectos contrarios a los deseados (por ejemplo, porque el rico se resista en exceso, o decida quemar su riqueza antes que compartirla).

Para conseguir sus fines el gobierno estará a cargo del “utilitómetro”, aparato que computará las distintas utilidades en juego, y podrá tomar así las decisiones necesarias para alcanzar la mayor felicidad de la sociedad. Una cosa que Bentham pasa por alto es que los gobernantes, empeñados como cualquier otro en la búsqueda egoísta de la felicidad, podrán estar tentados de prescindir del utilitómetro y tomar las decisiones más convenientes para ellos mismos. Pero es que, hijo de la Ilustración al fin y al cabo, está tan convencido de la verdad axiomática de su doctrina que está convencido de que la razón inducirá a todos, incluidos los políticos, a respetarla.


Les dejo con un par de ejemplo del utilitarismo llevado a las viñetas. En la de arriba, el niño abusón emplea un argumento más o menos utilitarista. No me puedes quitar el camión simplemente porque eres más grande, protesta el pobre Calvin. Contesta el matón: no te lo estoy quitando; me lo vas a dar porque de ese modo los dos seremos más felices. En la de abajo aparece el “monstruo utilitarista” también creado por Nozick, cuya capacidad para el placer es ilimitada y de este modo acaba desequilibrando la balanza de la sociedad. En la viñeta se ve destrozando las tuberías del utilitarista Peter Singer, que encuentra su sótano inundado. No te preocupes, dice el monstruo a Singer, he calculado que el placer que obtengo de destruir tus tuberías sobrepasa de sobra el sufrimiento que te causa.



Notas:
[1] Para las actuales versiones del utilitarismo se usa indistintamente también el nombre consecuencialismo.
[2] Posiblemente plasmado por primera vez por Daniel Bernoulli en el primer tercio del siglo XVIII. [3] Dostoievski afirmó en una ocasión que si Dios descendiera a la tierra y le pidiera que le demostrara que la humanidad realmente merecía la pena, él, Dostoievski, se limitaría a señalarle el Quijote. Bentham, por el contrario, quizás mostraría como ejemplo al Creador el placer de una buena comilona o el de rascarse el trasero, según los casos.


12 comentarios:

viejecita dijo...

Por lo menos, el adefesio verde reconoce que es un monstruo.
Pero el grandullón pretende que el pobre Calvin encima de que le ha quitado su juguete, se lo agradezca...
Yo, desde luego, no pienso dejarme convencer para regalarles a los Nuevos Redistribuidores de la riqueza lo que es mío. Me lo tendrán que quitar a la fuerza. Y no se lo cambiaré por unos sacos de "caramelos Sugus", como quería hacer Fidel Castro con lo que los españoles tenían en Cuba cuando él se hizo con la isla...

Anónimo dijo...

Bueno, las desgracias e ilusiones fustradas de los personajes del Quijote, junto con los padecimientos y las muchas amargas experiencias de Mike, su autor; provocan un necesario placer en los lectores.

Este Jeremy sería muy tal y pascual, pero eso lo tiene resuelto Toni Machado en su Juan de Mairena: (+/-) "Por más que lo intento no consigo sumar individuos"

Fulano de Mileto

Bruno dijo...

Ahora, si se atreve, va a la Complutense y explica todo eso a nuestros politólogos tan queridos.
Se me ha ocurrido pensar en la moral como el campo gravitacional que distorsiona las curvas de las utilidades materiales.
Los asesores de los políticos, algunos, han estudiado todo eso. Pero no lo dicen.
Luego están los otros. Negarían, si les es de menester, la gravedad. Eso indica que no estudiaron nada de microeconomía y que no saben nada importante de la sociedad, excepto teorías.

Bruno dijo...

¿Qué demonios de reloj tiene este blog?

envite dijo...

Qué bueno, Navarth!
Estuve viendo la momia hace dos meses en la UCL.
No tenían muy claro los alumnos sus méritos, más allá de ser uno de los fundadores de la Universidad.

Interesantísimo y divertido, como siempre. Nunca defrauda!

navarth dijo...

Vaya, qué animado está esto hoy. Pasem pasen.

Dª Viejecita, ya veo que no le convencen los argumentos utilitaristas. A mí tampoco. Aprovecho para recomendarle a “Calvin y Hobbes”. Le encantarán.

D. Fulano ese es exactamente el defecto gravísimo del utilitarismo: pretende reducir a las personas al sistema métrico decimal (o, como dice Mairena, se atreve a sumar individuos).

D. Bruno, me gusta mucho esa imagen de la moral como campo gravitacional. Con su permiso la usare en el futuro. En cuanto a la hora, creo que tiene la de algún lugar indeterminado del Pacífico.

Muchas gracias D. Envite. Tengo pendiente esa visita al UCL.

Psykoaktive dijo...

Buenos Días D. Navarth,

no hay de qué en el agradecimiento. Como le dije al recomendarle Coursera, se pone negro sobre blanco el escasísimo nivel de la educación en España, salvo algunas ingenierías (independientemente del esfuerzo de sus profesionales).

Por otro lado, si se pasea cerca de la UCL, no dude en contactarme.

Lo curioso del pensamiento utilitarista es que se queda cojo, ya que la estrategia utilitarista es una de las múltiples que se utilizan al realizar decisiones.

Es decir, se pone de manifiesto el siguiente supuesto: las decisiones morales tienen que seguir una única estrategia. Deben ser de aplicación universal.

Esto es francamente discutible, como ejemplo las aberraciones que usted muestra al estirar la idea. Salvando las distancias, me recuerda a las discusiones en los medios de comunicación sobre la manera en la que se debe de jugar al fútbol. En mi opinión son muestras del mismo sesgo en el pensamiento.

De ahí la enorme calidad del curso sobre moralidad de Paul Bloom al hablar de "intuiciones", a falta de una mejor expresión, y su exploración a las preguntas
¿Cuáles son esas estrategias de decisión? ¿Cómo han surgido durante la evolución, incluída la evolución cultural?

Esta última pregunta tiene muchísimo peso, ya que supone un nexo con la conciencia humana. Los libros de Antonio Damasio son una delicia en ese aspecto.

Una última cosa. Bill Watterson, el autor de Calvin and Hobbes, ha anunciado un nuevo libro en breve.

Un cordial saludo

Bruno dijo...

Todo esto de la utilidad no es el teorema de Pitágoras. Es una "ley" que hay que tener en cuenta. Muy en cuenta. Pero no lo explica todo. Es que los actos de los humanos no son racionales por obedecer a una sola lógica. Los factores subyacentes en las decisiones son múltiples y variados y cambian con el tiempo. Que las preferencias varían. Pero ahí están.
Y estoy persuadido que todo esto son minas para el pensamiento totalitario, todos iguales, justos, indiferentes y generosos. Lo que no es el comportamiento de la naturaleza humana. Aunque algunos formen una comuna...y mueran en ella.
Me alegro que le guste esa imagen. Es que la moral distorsiona las utilidades "egoístas", que algunos dirían "positivas". Y todo eso da para mucho. Si lo utiliza me avisa, que será un placer comprobar que uno aún sirve para algo.

Belosticalle dijo...

«No saber qué hacer con la cabeza»: un problema personal intransferible.
Los albaceas toman la decisión correcta: «Quédesela».

Y fueron piadosos depositándola a sus pies. Pudieron ponérsela en brazos, como a los santos cefalóforos. Ridículo en el caso, pero siempre divertido.

Arturo dijo...

Hola, Fernando.
Para evitar las imprecisiones y las consecuencias indeseables del utilitarismo, se plantea hoy en día "el utilitarismo de las normas". No consiste en juzgar un acto simplemente si aumenta la felicidad general, sino en si se ajusta a una norma que aumenta la felicidad general de forma contrastada. Por ejemplo, la ética del deber, mantendría rígidamente,que jamás se debe mentir. El utilitarismo de las normas mantiene que "nunca mentiré, a menos que ahorre mucho sufrimiento haciéndolo". Es cierto que esto es algo impreciso, pero busca puntos medios entre la norma estricta y las circunstancias. Lo fundamental,lógicamente, es tener una buena capacidad para discernir cuándo está justificado romper una norma que ha dado resultados positivos. Abrazos.

navarth dijo...

En efecto Don Belosti, los albaceas actuaron con toda prudencia. Me ha descubierto a mí, asno al fin y al cabo, una nueva palabra: cefalóforo. Parece que Word tampoco la reconoce, porque me la corrige por cefalópodo.

Arturo tenemos que hablar de esto porque, si bien el utilitarismo de Bentham me provoca bastante aprensión, el consecuencialismo de Weber me parece razonable.

Sursum corda! dijo...

Hola Navarth


Con seguridad, lo peor que podemos hacer con una teoría es seguirla como un dogma sean cuales sean sus consecuencias. Y eso es aún más claro si se trata del utilitarismo.

Eso no significa que no agotemos todas las deducciones a partir de los principios de cada modelo, sino que no debemos creer en ellas salvo como hipótesis conveniente. Una teoría es una aproximación mental a la realidad, algo que pertenece a nuestro conocimiento y que no puede replicar la realidad como una imagen exacta. Y es más claro en el utilitarismo porque éste busca la felicidad, el bienestar en las consecuencias y no un riguroso dogmatismo de los principios.

Así que, si una consecuencia del utilitarismo nos lleva a algo "raro", abandonamos al menos la parte que nos lleva fuera del camino y tan felices.

La parte innegablemente positiva del utilitarismo es su insistencia en que las normas morales o legales DEBEN SERVIR para el bienestar humano. Lo de que se haga justicia y perezca el mundo está en las antípodas del utilitarismo; o que se cumpla la ley de Dios o de tal o cual principio abstracto.

De todos modos, una de las consecuencias del utilitarismo que señala, el peligro para las minorías, es el mismo en todas las formas de moral pública o de legalidad, en el propósito de ajustar a todos los individuos a un mismo modelo. Y mayor en las de moral absoluta: no era nada cómodo ser protestante entre católicos, católico entre protestantes, judío en todos los casos o crítico entre judíos, como bien pudo ver Spinoza.

Otro día más.