martes, 7 de enero de 2014

PRAT DE LA RIBA Y LAS BASES DE MANRESA

 (Nota. Este humilde autor tiene la intención de escribir algunas cosas sobre el nacionalismo catalán, pero se conoce lo suficiente para saber que estos viajes empiezan pero no siempre llegan a puerto. De momento escribirá sobre lo que se ocurra, de forma poco sistemática y no cronológica. Después ya se verá)


El origen de las Bases de Manresa está en la aprobación del Código Civil de 1889. Más concretamente en su artículo 15, que visto desde fuera no parece especialmente alarmante o provocador: se limita a establecer criterios para la sujeción de los españoles al derecho común o foral en materia de capacidad legal, familia y sucesiones. En realidad la Liga de Cataluña ha recibido la aprobación del Código con bastante indiferencia, pero uno de sus socios, Narcís Verdaguer y Callís, no ha parado de enredar hasta convencer al resto de la conveniencia de organizar una intensa campaña en contra del artículo 15, que finalmente acaba siendo redactado de nuevo. Hasta ese momento la Liga de Cataluña, formada por la fusión del Centro Escolar Catalanista con miembros escindidos del Centro Catalán, ha sido la organización catalanista más importante. En 1891 la Liga se une con otras asociaciones para formar la Unión Catalanista [1], que un año más tarde organiza una reunión en Manresa para presentar las “Bases para la Constitución Regional Catalana”.

Curiosamente la primera Base no se refiere a la organización política de Cataluña, sino a cómo debe organizarse el poder central para satisfacer los gustos de ésta, definiendo un peculiar poder legislativo integrado por una cámara legislativa y el Rey, en el que las distintas regiones aportarán representantes en función de su población y, significativamente, su tributación. A continuación las Bases describen, con distinto nivel de profundidad, distintos aspectos del futuro gobierno regional. Entre las cosas más relevantes, establecen un Tribunal Supremo catalán sin instancia superior central, una división territorial en comarcas y municipios, y la delegación del orden público en el Somatén (una milicia ciudadana proveniente de la Edad Media) y algún otro cuerpo “similar al de los Mozos de Escuadra o de la Guardia Civil”. El poder legislativo regional se confía a las Cortes catalanas, que únicamente deberán reunirse anualmente aunque serán itinerantes. Resulta interesante (aunque algo confuso) el medio de escoger a sus miembros:

"Base 7. (...) Las Cortes se formarán por sufragio de todos los cabezas de familia agrupados en clases basadas en el trabajo manual, en la capacidad o en las carreras profesionales y en la propiedad, industria y comercio, mediante la correspondiente organización gremial siempre que sea posible".

Se prevé, pues, una especie de sufragio censitario y gremial. Esta apelación a los gremios no debe sorprender, porque, como se verá, las Bases recogen el anhelo del nacionalismo catalán de retornar a la Edad Media. También en cuanto al contenido de la legislación venidera las Bases se orientan sin complejos al pasado:

"Base 2: Se deberá mantener la vocación expansiva de nuestra legislación antigua, reformando, para adecuarlas a las nuevas necesidades, las sabias disposiciones que contiene respecto de los derechos y libertades de los catalanes.

Base 17 (disposiciones transitorias). Se reformará la legislación civil de Cataluña tomando como base el estado anterior al Decreto de Nueva Planta".

De momento las Bases prevén que continúe aplicándose el Código Penal y el Código de Comercio, pero las futuras modificaciones correrán a cargo de las Cortes Catalanas. También dedican una gran atención a la educación:

"Base 15. La enseñanza pública, en sus diferentes ramas y grados, deberá organizarse de manera adecuada a las necesidades y carácter de la civilización de Cataluña (…) En cada comarca, según sea su carácter agrícola, industrial comercial etc., se establecerán escuelas prácticas de agricultura, de artes y oficios, de comercio, etc. Deberá informar los planes de enseñanza el principio de dividir y especializar las carreras evitando las enseñanzas enciclopédicas".

Y el saber que si uno nace en una comarca agrícola va a realizar estudios agrícolas sin duda satisfará un anhelo de seguridad perdido desde la bendita Edad Media.
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En Manresa, en la defensa de las Bases destaca el Secretario de la Unión Catalanista, el joven de veintidós años Enric Prat de la Riba. Nacido en 1870, proviene del Centro Escolar Catalanista y se declara enfáticamente seguidor de las teorías que Valentí Almirall ha plasmado en El catalanismo, del que dice que es una obra “hasta ahora no superada ni igualada por los que después han tratado materias similares”. Pero dicho esto el camino que emprende Prat es completamente diferente al que El catalanismo parecía proponer. En su libro Almirall ha sostenido la doctrina del “particularismo”, consistente en la defensa de la variedad contra un estado centralizador, uniformador y, en consecuencia, opresor. Porque en última instancia la defensa de la variedad es, para Almirall, una defensa de la libertad. A pesar de su encendida defensa Prat encuentra lo del particularismo excesivamente abstracto porque, a fin de cuentas, ¿en qué nivel debemos fijarnos para defender ese particularismo? ¿En el individuo? ¿En el municipio? ¿En la comarca? Prat, aunque no lo explicite, parece tenerlo claro: lo que es digno de protección es la visión folclórico-kitsch de Cataluña que habita en su mente:

”Fue abriéndose camino el amor a la lengua catalana, el estudio de la historia propia, la adhesión al derecho civil. Las costumbres patriarcales de la familia catalana, la milenaria barretina, todo lo típico y especial de nuestra tierra inspiró a lo poetas”.

Por esa razón Prat acaba tomando de El catalanismo únicamente sus aspectos menos interesantes y más pintorescos, aquellos en los que Almirall se entretiene en resaltar las diferencias estereotipadas de los distintos pueblos de España. Por supuesto Prat también recoge el memorial de agravios contra los catalanes esbozado por Almirall, y a partir de ellos se dedica a reconstruir su sociedad catalana idílica:

”Más allá del periodo absolutista encontramos un periodo que hace palpitar el corazón de alegría. Cataluña, desligada de toda injerencia perturbadora, dejada a su espontaneidad, fue creciendo y formándose y convirtiéndose en nacionalidad próspera y poderosa”.

Los Decretos de Nueva Planta constituyen un hito fundamental del decaimiento de Cataluña, pero no es el único. Antes de la reunión de Manresa Joan Mañé y Flaquer, director del Diario de Barcelona, se ha dirigido irónicamente a los nacionalistas diciéndoles que sólo ha habido en la historia dos pequeños acontecimientos desfavorables para sus tesis, el Renacimiento y la Revolución Francesa. Para triunfar, ha continuado, tendréis que borrar estos acontecimientos considerables. Prat no se ha amilanado por la ironía (o sencillamente no la ha percibido) y ha contestado:

”Es chocante pero es cierto: la primera constitución que declaró los derechos del hombre fue la que entronizó el más absorbente de los absolutismos, la que más aniquiló la consideración del individuo frente al poder público”.

También Almirall ha denunciado el estado centralista francés surgido de la Revolución: lo ha hecho porque, en su opinión, en su empeño por establecer la igualdad legal ha conseguido una sofocante unanimidad. Pero al llegar a Prat esta denuncia se ha convertido en un mero mantra cuyo poder de convicción no deriva de su contenido sino de su repetición. Por eso, aunque invocan la libertad, los nacionalistas reunidos en Manresa no buscan la diversidad en la nación de su fantasía, sino que están sentando las bases de una agobiante uniformidad:

"Base 3. La lengua catalana será la única que, con carácter oficial, podrá usarse en Cataluña y en las relaciones de esta región con el poder central.

Base 4. Sólo los catalanes, ya sea por nacimiento o en virtud de naturalización podrán desempeñar en Cataluña cargos públicos, incluso tratándose de los gubernamentales o administrativos que dependan del poder central".

Esta preocupación por la catalanidad llega hasta la Iglesia:

”Deberá procurarse que, respecto de Cataluña se prevenga en el Concordato que sean catalanes los que ejerciten jurisdicción eclesiástica propia o delegada, como también los que obtengan dignidades o prebendas”.

Junto con las quejas hacia los Decretos de Nueva Planta y la Revolución, la letanía nacionalista se completa con las críticas al Renacimiento, entendido como el momento en que se crearon los nefastos estados unitarios europeos. Esto provoca que, al soñar su nación ideal, los nacionalistas dirijan su mirada hasta la Edad Media, un periodo considerado generalmente algo oscuro. Y por eso Prat cree con total tranquilidad que ambos acontecimientos, Renacimiento y Revolución, deben ser borrados sin dejar rastro. Afirma, además, que los nacionalistas no están solos en la tarea, que toda la ciencia contemporánea está ya afortunadamente empeñada en una labor de “destrucción de la obra aparatosa de la Revolución francesa y del Renacimiento”, y que simultáneamente “hay un movimiento de retorno a las instituciones de la Edad Media” [2].

Por lo expuesto hasta ahora puede decirse que, desde el comienzo, se manifiestan en el nacionalismo dos paradojas. Una: la continua invocación de la libertad mientras se supedita la del individuo a una comunidad ideal. Dos: la permanente apelación al progreso mientras se suspira por un retorno a la Edad Media.

Las Bases de Manresa son acogidas con impecable indiferencia por la mayoría de la sociedad catalana. Por su parte el particularisnmo también parece haber prendido en la propia Unión Catalanista, y dos facciones comienzan a abrirse camino: una alrededor del periódico La Renaixença, y la otra en torno a Prat de la Riba y Verdaguer y Callís. En 1899 esta segunda facción se escinde y crea el Centro Nacional Catalán, que en 1901 se funde con la Unión Regionalista para crear la Liga Regionalista, esta sí destinada a durar más tiempo.

En 1906 Prat de la Riba condensará su pensamiento nacionalista en La nacionalidad catalana, libro que será tratado en una próxima entrada.

Notas:
[1] En efecto, toda esta profusión de nombres similares en este periodo recuerda un poco a La vida de Brian.
[2] Citado por Josep Pla en O.C. XXV, “Francesc Cambó”.

Imágenes: 1) La reunión nacionalista de Manresa; 2) Prat de la Riba.

7 comentarios:

viejecita dijo...

Don Navarth
Muy entretenido. Espero que no se desanime, porque yo al menos voy a aprender muchísimo, que tengo que reconocer mi más absoluta ignorancia sobre Prat de la Riva, sobre lo de Manresa . Y necesito que cuente usted más, y más ,y más. En cualquier caso
¡ Muchísimas Gracias !

Lo que no me convence es lo de " este humilde autor. Que se describa usted como tímido, pues bueno.
Pero ¡ Humilde ! ¡Eso no, Por Favor!

Carlota dijo...

¡qué bueno, admirado Navarth!
Como todo lo que escribe.
Además, en este caso, qué oportuno.
A falta de otra cosa, quiero darle ánimos.

navarth dijo...

Pues nada Viejecita, cuente conmigo.

Doña Carlota, es un honor. Este blog tiene pocos lectores pero creo sinceramente que son muy selectos. Es un orgullo para mí ver que entran aquí.

Lebato (y Muniadona) de Mena dijo...

Quizá tenga un punto de vista equivocado, pero lo que veo en "Las Bases" es MIEDO. Miedo del mundo al que se enfrentaban, y se enfrentan, esas familias elitistas, plenas y soberbias, que han gobernado siempre esa tierra.

El terror a que los criados alcancen el poder y les quiten la "mamandurria", el pánico a comprobar que los de fuera son mejores que ellos y el canguelo a ser pobres. (Los del PNV son iguales)

Pero la independencia es dificil de conseguir o, sobre todo, cara y lo mejor, ayer y hoy, es cambiar las leyes de España para que ellos siempre estén por libre pero controlando (es decir: arriba) o se van. De hecho, en eso está rubalcaba, pobre infeliz.(Seguir asumiendo ese chantaje no es bueno)

Los de la Lliga/CDC/UDC/ER solo quieren el imperio que los demás les negaron y que, en un acto de suprema injusticia, si consiguieron Portugueses y Castellanos: El Imperio Ibérico de Catalunya.

Incluso a nivel interno los industriosos no quieren que las zonas agrícolas, y sus gentes, mejoren, formándoles en aquello que ya conocen.

Miedo tienen y miedo producen.

viejecita dijo...

Don Navarth
Dice usted este blog tiene pocos lectores : ¿ nos lo tenemos que creer ?¿de verdad?

Sí me creo que haya poca gente , ( aparte de los dos o tres escritores privilegiados que aquí aparecen, de igual a igual ), pocos, pues, que estén a su altura, suficientemente orgullosos ( humildes, según otros ) , para atreverse a poner comentarios debajo de sus textos, y que no les importe el contraste...
Porque aquí, yo al menos no veo el número de visitas a pie de página. Y ya sabemos que hay un lector que se lanza a escribir por cada no sé cuantísimos que se contentan con leer,y, como mucho, ponen algún comentario en alguna otra parte..

navarth dijo...



Sres Lebato y Muniadona, en lo que comentan está el irresistible atractivo del nacionalismo. Para la masa, el atractivo está en que permite la disolución (en este caso en la nación) del individuo, antídoto eficaz ante el temor y la frustración. Y en cuanto a las élites, a los gobernantes nacionalistas, a ellos les basta con ser gestores de la identidad. Esa capacidad autoatribuida para definir la nación les proporciona un poder gigantesco hacia adentro y hacia fuera, donde nuestros intrépidos partidos mayoritarios se apresuran a pactar con ellos.

Doña Viejecita muchas gracias, pero no sea ahora usted la modesta: el contraste que dice no existe.

viejecita dijo...

¡ Já !