lunes, 27 de enero de 2014

LO QUE NO ESPERÁBAMOS OÍR DE CESAR MOLINAS

Ayer El País publicó un extraño artículo de César Molinas en El País: Lo que no se quiere oír sobre Cataluña.

El año pasado Molinas saltó a la fama por una excelente columna en la que caracterizaba a la clase política española como una “élite extractiva”, término extraído de Por qué fracasan las naciones de Azemoglu y Robinson. Con estos mimbres acabó tejiendo un libro llamado Qué hacer con España, en el que extrapolaba en exceso las conclusiones del artículo original. El error es frecuente: conseguimos proyectar un brillante haz de luz sobre un cuarto oscuro, y con el vistazo nos creemos capaces de aventurar todo su contenido.

En su artículo de ayer Molinas compara a Cataluña con Lombardía (Italia), Baden-Württemberg (Alemania) y Rhône-Alpes (Francia). Esto le permite definir el problema catalán, que es el de “encaje de un pueblo norteño en un país sureño”. Este concepto lo extrae, al parecer, del libro de Robert Kaplan La venganza de la geografía, en el que defiende que las cuatro regiones son “norteñas, que no se sienten identificadas con las que creen regiones atrasadas, perezosas y subsidiadas del sur mediterráneo”. Es una maldición geográfica, pues su característica deriva de estar situadas en un supuesto eje que une el Canal de la Mancha con los Alpes, ruta principal de comunicaciones del imperio carolingio (el lector que consulte un mapa no podrá dejar de ver que Cataluña queda algo fuera de ese eje; tampoco le quedará clara la importancia que pueden tener las comunicaciones carolingias en el siglo XXI). En cualquier caso esto hace que, según Molinas, estas regiones sean europeas “pata negra”, lo que hace suponer que hay otras, en sus respectivos países, de menor calidad europeísta. Pero ¿por qué se califica de “norteñas” a estas regiones? En primer lugar, no todas ellas están en el norte de sus respectivos países. Y en segundo ¿no se puede decir que cualquier otra región de Alemania es más norteña que Cataluña o Lombardía?

El argumento de la influencia fatal de la geografía en la formación del carácter de las sociedades lo creíamos felizmente superado, pero no hay problema porque el propio Molinas lo abandona a mitad de artículo para agarrarse a Toni Judt, que pasaba por allí. Ahora el problema pasa a estar en que estas cuatro regiones ”se sienten europeas, pagan sus impuestos, están mejor educadas, tienen una ética del trabajo y una industriosidad (sic) que no comparten otras regiones de los Estados a los que pertenecen —regiones a las que se ven obligadas a subvencionar” (una vez más, esto implica que el resto de regiones “subvencionadas” por las “pata negra” no se sienten europeas, no pagan sus impuestos, están peor educadas y no tienen una ética del trabajo). Molinas acaba recogiendo una afirmación de Vicens Vives para explicar el problema de Cataluña: es que vive “un permanente éxtasis transpirenaico”.

Luego continúa Molina describiendo el espíritu catalán como “menestral” (pone como ejemplos a Oriol Junqueras y a la monja Forcades) y con una clara “limitación de horizontes” (lo que choca un poco con el “éxtasis transpirenaico”), pero lo hace con orgullo. Esto le sirve (de forma un tanto inesperada) para reconocer que el modelo de sociedad ideal del independentismo menestral recuerda al pueblo de los hobbits, y (de manera algo desconcertante) para contarnos que desde el XIX se han realizado infructuosos intentos por “catalanizar España construyendo una sociedad moderna basada en el trabajo”, tal vez exportando Hobbiton al resto de España. Termina reconociendo que Cataluña, a pesar de sus grandes semejanzas con Baden-Wurttemberg y Rhone-Alpes, no tiene, como éstas, grandes empresas multinacionales porque los catalanes no son ambiciosos y tienen (lo repite varias veces) “limitación de horizontes”, y esto sí tienen que aprenderlo de los españoles, que no dan ni golpe pero tienen ambición.

En todo el artículo (que, recordemos, se supone que trata sobre los problemas de Cataluña) no existe la menor mención al nacionalismo catalán (que también choca con el “éxtasis transpirenaico”). Posiblemente porque él mismo lo ha contraído inadvertidamente, como demuestran sus empeños por buscar el alma catalana. La afección se confirma al leer sus conclusiones: si no se consigue ofrecer una alternativa atractiva, ”lo mejor que podrían hacer los catalanes es soltar lastre y plantearse el debate por separado”.

(Comentario publicado en el blog de Santiago González el 20/01/2014)

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