viernes, 17 de enero de 2014

GAETANO MOSCA Y LA CLASE POLÍTICA

“La política debe ser realista; la política debe ser idealista. Dos principios que son ciertos cuando se complementan, y falsos cuando aparecen por separado”. J. K. Bluntschli

A lo largo del siglo pasado no era infrecuente la siguiente proposición: el socialismo real es superior a las democracias liberales. Y esto se afirmaba tranquilamente a la vez que se descubrían renuentemente los horrores del estalinismo y la ruina económica de los países bendecidos con el paraíso comunista. Curiosamente la magnitud de la falacia pasaba a menudo desapercibida incluso para los que tenían que rebatirla: consistía en comparar las democracias reales con el comunismo ideal, las democracias tal y como eran con el comunismo tal y como debía ser en la imaginación de sus sostenedores. Por eso Sartori propone (y eso es lo que refleja la frase de apertura) que la definición de democracia debe ser simultáneamente descriptiva (lo que es) y prescriptiva (lo que debe ser), y que la primera debe apuntar siempre hacia la segunda.

El no reconocimiento de las dos facetas, real e ideal, de la democracia no sólo conduce a colosales falacias como la mencionada. También puede hacer que las posturas del idealismo y realismo puro se desencanten con la democracia y la abandonen. Este es el caso de los tres pensadores italianos de los que trata esta serie: Gaetano Mosca, Vilfredo Pareto y Robert Michels [1]. Estos autores están hoy, en cierto modo, injustamente marginados por su rechazo a la democracia y porque son considerados precursores del fascismo italiano. Lo primero es cierto, lo segundo no, como veremos. El realismo de los autores los alejó de la democracia; por un error simétrico, la defensa de la democracia nos puede inducir a despreciar el realismo político. Con eso desperdiciaremos el pensamiento de Mosca, Pareto y Michels, todos brillantes, y sin duda uno de ellos constructor de una de las obras más sugestivas de comienzos del pasado siglo.
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¿Por qué las sociedades presentan distintas organizaciones políticas? ¿De dónde provienen las diferencias? Gaetano Mosca descubre que los estudiosos del asunto tradicionalmente recurren a dos métodos:

“El que hace depender la diferenciación política de las distintas sociedades de la variedad del ambiente y, sobre todo, del clima donde ellas se encuentran; y el otro, el que la hace depender principalmente de las diferencias físicas, y por consiguiente psicológicas, que existen entre las distintas razas humanas [2]".

Unos autores derivan, pues, las diferencias del medio ambiente, y otros intentan explicarla por la raza. Entre los primeros está Montesquieu, para quien el clima es determinante, no sólo en la configuración política de las sociedades, sino incluso en su moral: “cuando nos acercamos a los países del Mediodía, uno puede creer que se va alejando de la moral misma [3]”. Montesquieu opina que la libertad es incompatible con la calidez del clima, y afirma que no crece donde florece el naranjo.

Y en el bando de los que buscan el origen de las diferencias en la raza la cosa es aún peor:

”Para De Gobineau [4] el punto central de la historia se encuentra siempre allí donde habita el grupo blanco más puro, más inteligente, más fuerte. Lapouge lleva la doctrina hasta sus últimas consecuencias: según este autor, no sólo la raza verdaderamente moral y superior en todo es la aria, sino que también dentro de ésta llegan a la cima de excelencia sólo aquellos individuos donde el tipo ario se presenta puro e incontaminado: los altos, rubios y dolicocéfalos”.

De entre estos algunos hablaran del ‘espíritu de la raza’:

“(…) muchos creen que algunas de ellas (las razas) tendrían especiales cualidades intelectuales y morales, que se corresponden necesariamente con ciertos tipos de organización social y política, de los que no les permite alejarse su espíritu, o, mejor todavía, lo que suele llamarse el genio mismo de la raza [5]“.

Todo esta discusión no es meramente doctrinal. A la evidencia de que existen diferencias entre las sociedades, sigue la de que unas triunfan y otras no. Si situamos la diferencia en la raza podemos dar un pequeño salto hacia al darwinismo social, decidir que existe una lucha entre las sociedades por la supervivencia del mejor preparado, y que las perdedoras merecen su triste suerte:

“Se ha hecho la distinción entre razas superiores e inferiores, atribuyéndoles a las primeras la civilización, la moralidad, la capacidad de constituirse en grandes conglomerados políticos, y reservándole a las otras la suerte dura, pero fatal, de desaparecer ante las razas elevadas, o bien de ser conquistadas y civilizadas por ellas”.


Con un potente bagaje de conocimientos históricos Mosca se dedica con paciencia, y frecuentemente con humor, a rebatir ambas tendencias. Y acaba llegando a una importante conclusión: en realidad, las semejanzas psíquicas entre los hombres son enormes, y existe una gran estabilidad de sus emociones a lo largo del espacio y el tiempo:

Quien ha viajado mucho termina afiliándose a la opinión de que los hombres, por debajo de sus diferencias de costumbres y de apariencias, se asemejan muchísimo en su fondo psicológico. Quien ha leído mucha historia adquiere una convicción análoga por lo que respecta a las distintas épocas de la civilización humana: recorriendo los documentos que nos informan sobre cómo sentían los hombres de otras épocas, y como pensaban y vivían, la conclusión a la que se llega es siempre idéntica: que eran muy parecidos a nosotros”.

Afirma además que los fenómenos sociales son “el efecto de tendencias psicológicas constantes, que determinan la acción de las masas humanas”. Para entender la sociedad y la política no hay que acudir a la raza o al clima, sino estudiar estas tendencias psicológicas. Pero si la raza y el clima son escasamente relevantes ¿cómo es posible entonces que las sociedades acaben presentando cierta homogeneidad, ciertas características que diferencian unas de otras? El propio Mosca reconoce esta semejanza:

”Es innegable que, no digamos cada raza, sino cada nación, cada región, cada ciudad, tiene cierto tipo especial, no igualmente determinado y preciso, que consiste en un complejo de ideas, de creencias, de opiniones, de sentimientos, de costumbres y de prejuicios, que representan para cada grupo humano lo que las líneas de fisonomía para los individuos”.

Mosca denomina tipo social a cada una de estas agrupaciones más o menos homogéneas de personas que comparten ciertas creencias, costumbres y modas. Y a continuación formula una teoría para explicar cómo se forman los tipos sociales sin apoyarse ni en la raza ni en el clima sino

“en otro hecho, que es uno de los más seguros y constantes que se puedan establecer merced a la observación de la naturaleza humana. Estamos aludiendo al mimetismo, a esa gran fuerza psicológica por la cual cada individuo suele adquirir las ideas, las creencias y los sentimientos que son más comunes en el ambiente en el que ha crecido. Salvo raras excepciones, se piensa, se emiten juicios, se cree, tal como piensa, juzga y cree la sociedad en la cual se vive. Generalmente se aprecia el lado de las cosas que más notan las personas que nos circundan, y se desarrollan en el individuo con preferencia las actitudes morales e intelectuales con más prestigio y más comunes en el ambiente humano donde se ha formado”.

Mosca ha definido así el mimetismo y las corrientes de opinión en las que el individuo nada y a las que se adapta inconscientemente. Él las llama “los grandes ambientes nacionales” o “las grandes corrientes psicológicas”, que es aún mejor. De este modo el tipo social puede ser racialmente heterogéneo, pero adquirirá homogeneidad por el mimetismo. Y añade: “El así llamado genio de las razas no es, pues, nada fatal y necesario, como a algunos les place imaginar”.

Recordemos esta saludable conclusión a la que llega Mosca cuando lo encontremos entre los autores proscritos por los demócratas más virtuosos.
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Mosca esboza por primera vez sus teorías en 1884 en Sulla teorica dei governi e sul governo parlamentare (Sobre la teoría de los gobiernos y sobre el gobierno parlamentario). Es la obra apasionada pero intelectualmente sólida de un joven (ha nacido 26 años antes en Palermo) que levemente corregida, y unida a otra obra de juventud, se reeditará en 1896 con el nombre de Elementi di scienza politica (Elementos de ciencia política). Los Elementi contienen las líneas maestras del pensamiento de Mosca, que volverá a publicarlos, corregidos y aumentados, en 1923 y 1939.

Como he comentado anteriormente, Mosca cree que hay leyes universales en las sociedades que determinan su organización política, y un estudio científico de la política debe comenzar por esta:

“En todas las sociedades (...) existen dos clases de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados. La primera, que es siempre la menos numerosa, desempeña todas las funciones políticas, monopoliza el poder y disfruta de las ventajas que van unidas a él. En tanto la segunda, más numerosa, es dirigida y regulada por la primera de un modo más o menos arbitrario y violento”.

Esto ocurre “en todo tiempo y lugar”. Los elementos que contribuyen a la formación de esta “clase especial” ”pueden variar muchísimo, ciertamente, pero de cualquier modo que esté compuesta, siempre constituye una escasa minoría ante la masa de los gobernados ante los que se impone” [6].

Así pues hay algún mecanismo sociológico que lleva a que en todo grupo humano el poder se concentre en una minoría organizada, a la que Mosca llama clase política. Con esto Mosca está bosquejando la teoría de las élites políticas, que más tarde perfilará brillantemente Pareto. Mosca, por cierto, reconoce su deuda intelectual en este sentido con Saint-Simon y Taine, cosa que Pareto, que no mencionará a las élites hasta 1902 en Los sistemas socialistas, no hará con el propio Mosca.

Desde este punto de vista las clasificaciones de las distintas organizaciones políticas hechas por Aristóteles (monarquía, aristocracia y democracia) y por Montesquieu (despotismo, monarquía y república) son erróneas: en la historia siempre ha regido una aristocracia. En realidad Mosca aspira a definir científicamente la política, y a que la futura clase política esté constituida por una “aristocracia intelectual”, anhelo que por el momento está lejos de ser alcanzado.

La teoría de la clase política de Mosca es sin duda razonable [7], el problema es la conclusión a la que llega a continuación: la democracia como gobierno del pueblo no es más que una farsa ya que al final sólo son unos pocos los que detentan el poder. La democracia es, sencillamente, la coartada actual de la clase política:

“La clase política no justifica su poder sólo con poseerlo de hecho, sino que procura darle una base moral y hasta legal, haciéndolo surgir como consecuencia necesaria de doctrinas y creencias generalmente reconocidas y aceptadas en la sociedad regida por esa clase”.

Mosca llama “fórmula política” a estas elaboraciones doctrinales mediante las que la clase política justifica el monopolio del poder, y equivale a lo que Pareto llamará “derivaciones”. En otras épocas la “fórmula política” ha sido “por la gracia de Dios”. La democracia es, sencillamente, la “formula política” del momento, aquella con la que los gobernantes, actuando como en todas las épocas en su propio interés, declaran actuar en nombre del pueblo [8].
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Mosca es, desde luego, un precursor. También anticipa una teoría sobre los movimientos sociales que cristalizará en la “circulación de las élites” de Pareto…

“Se puede decir que toda la historia de la humanidad civilizada se resume en la lucha entre la tendencia que tienen los elementos dominantes a monopolizar en forma estable las fuerzas políticas y la tendencia no menos fuerte hacia el relevo y cambio de estas fuerzas y la afirmación de fuerzas nuevas”.

… así como el componente cíclico de esos movimientos sociales (que también Pareto, aunque no lo admita, recogerá):

“Observamos que en las sociedades humanas predomina a veces la tendencia que produce la clausura, la inmovilidad, la cristalización de la clase política, y otras veces la que tiene por consecuencia su más o menos rápida renovación”.

“En fin con el tiempo se forma la fuerza conservadora por excelencia, la de la costumbre, por la cual muchos se resignan a estar abajo, y los miembros de ciertas familias o clase privilegiadas adquieren la convicción de que para ellos es casi un derecho absoluto estar arriba y comandar”.

Y con su teoría de la “sociedad burocrática” (la actual) se adelanta en más de un siglo a la teoría de las ”élites extractivas” [9]:

“Creemos que la característica principal de este tipo de organización social reside en este hecho: que allí donde ella subsiste el poder central retira por vía de impuestos una parte notable de la riqueza social, la cual sirve (...) para subvenir una cantidad más o menos grande de funcionarios civiles. De modo que una sociedad será tanto más burocrática cuanto mayor sea la cantidad de funcionarios que desempeñan oficios públicos y viven recibiendo un salario del gobierno central y de los organismos locales”.

Este sistema asegura un control y una disciplina férrea por parte de la clase política. En el sistema feudal deponer a un vasallo rebelde, que estaba rodeado de sus propios guerreros, requería un esfuerzo considerable. En el burocrático la situación de los cargos dependientes del poder “a los cuales un golpe de telégrafo puede despojar de pronto de toda autoridad y hasta de su retribución” es mucho más precaria.

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En cualquier caso el realismo de Mosca no le lleva a identificar el poder que detenta la clase política con la fuerza, y mucho menos a legitimar ésta. Mosca no muestra una indiferencia ética ante las distintas clases políticas en acción, y esto le lleva a desarrollar el concepto de “protección jurídica”. Con este nombre poco afortunado Mosca se refiere a “aquellos mecanismos sociales que regulan la disciplina del sentido de la moral“ (la definición tampoco es afortunada). Mosca define la bondad de un sistema político en función del grado de “protección jurídica” que las personas puedan esperar en él. Y entiende que el mejor sistema es aquel en el que está presente un mayor número de fuerzas sociales contrapuestas, pues de este modo unas sirven como contrapeso a las otras. Con esto sí que coincide con Montesquieu y la conveniencia de la separación de poderes:

”La preponderancia absoluta de una sola fuerza política, el predominio de un concepto simple en la organización del Estado, la aplicación severamente lógica de un solo principio inspirador de todo el derecho público, son los elementos necesarios para cualquier género de despotismo; tanto para el que se funda en el derecho divino como para el que presume tener su base en la soberanía popular, por el hecho de que dichos elementos le permiten, al que tiene en sus manos el poder, disfrutar de las ventajas de una posición superior en beneficio de sus propias pasiones. En efecto cuando los que están en la cima de la clase gobernante son los interpretes exclusivos de la voluntad de Dios o del pueblo [10], y ejercen la soberanía en nombre de estas entidades en sociedades profundamente impregnadas de creencias religiosas o de fanatismo democrático, y cuando no existen otras fuerzas sociales organizadas fuera de las que representan el principio sobre el que se basa el régimen predominante en la nación, entonces no es posible ninguna resistencia, ningún control eficaz que sirva para frenar la tendencia a abusar de su poder que tienen los que están a la cabeza de la jerarquía social”.

Este aprecio por el gobierno mixto, entendido como aquél en el que intervienen de forma equilibrada distintas fuerzas sociales, irá llevando poco a poco a Mosca a un reconocimiento de las bondades prácticas del sistema parlamentario:

“Resulta innegable que el sistema representativo da a las múltiples fuerzas sociales la manera de participar en el régimen político, controlando y limitando la acción de otras fuerzas sociales”.

De hecho se mantendrá como un liberal firme cuando el fascismo se haga con el poder. Eso no quiere decir que acepte el sufragio universal, del cual será firme adversario hasta el fin de sus días.
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Notas:
[1] ¿Michels italiano? Bueno no, era alemán. Pero, obligado a largarse de su patria por sus simpatías políticas, se estableció en Italia donde ejerció y escribió sus libros. Su pensamiento está muy relacionado con el de Mosca y Pareto, y de hecho los tres forman la llamada Escuela Italiana de Elitistas.
[2] La mayoría de las citas provienen de Elementi di scienza politica (Elementos de ciencia política), la obra que, reformulada a lo largo de su vida, recoge el legado político de Mosca. Cuando la cita provenga de un libro distinto se indicará expresamente.
[3] Montesquieu, El espíritu de las leyes. Citado en los Elementi.
[4] Sería interesante hacer un estudio sobre la relación de las teorías racistas de Gobineau con su nostalgia por la aristocracia de sangre, a la que su familia había pertenecido, destruida por la Revolución Francesa. Gobineau creía simultáneamente a) que la raza superior era la germánica y b) que los aristócratas franceses descendían directamente de los francos, pueblo germánico, mientras que el pueblo llano descendía de los galos, celtas vulgares. De este modo Gobineau conseguía mantenerse en el bando de los superiores. Esta última teoría no es de Gobineau (Saint-Simon, que también era aristócrata, ya la menciona), pero le permitía trasladar la superioridad racial de los arios a la social de los aristócratas.
[5] Por ejemplo el nacionalista catalán Prat de la Riba escribirá sobre el espíritu catalán, síntesis afortunada de la raza, la tierra y la cultura catalanas.
[6] Mosca, Sulla teorica dei governi e sul governo parlamentare.
[7] Este cambio de enfoque es decisivo. Para la teoría democrática los políticos son los representantes del pueblo; para la teoría elitista la clase política, que se desarrolla inevitablemente en todos los sistemas políticos, se representa a sí misma. Júzguese en el momento actual cuál de las dos afirmaciones es más valida. La consideración de los políticos como clase (o casta) permite entender fenómenos como la auto-concesión de privilegios económicos, judiciales o fiscales. O el desarrollo de políticas que, si bien son difíciles de entender como beneficiosas para la sociedad en su conjunto, contribuyen indudablemente al mantenimiento del poder de la clase política. Obviamente los integrantes de la clase política acostumbran a afirmar virtuosamente que obran en nombre del pueblo, y con frecuencia incluso lo creen. Pero ¿y los privilegios que se conceden, superiores a los del pueblo que dicen defender? No hay problema: de acuerdo con Mosca, en los miembros de la clase política se activa un mecanismo psicológico que los lleva a la convicción de merecerlos por el hecho, precisamente, de formar parte de la elite política.
[8] La decepción de Mosca, Pareto y Michels con la democracia no carece de fundamento. En 1876 la derecha piamontesa sucesora de Cavour pierde el poder a favor de una serie de gobernantes ventajistas y poco escrupulosos cuya máxima expresión será Giolitti, que gobernará entre 1897 y 1914. Dotado de un esqueleto de convicciones flexible, que le permitirá adaptarse a cualquier circunstancia con tal de mantener el poder, y practicante de un eficaz caciquismo electoral, Giolitti practicará una forma de gobierno consistente en “contemporizar por miras interesadas”. En Italia esto se conocerá como giolittismo; en España esta es la definición exacta que la RAE otorga a “pastelear”. Curiosamente, en una especia de justicia poética, a la mayoría de los turistas que recorren actualmente Roma Giolitti únicamente les evoca una pastelería cercana a la Cámara de los Diputados, famosa por sus helados. Posiblemente el giolittismo (y no el realismo político) debilitó la confianza de los italianos en el sistema representativo y acabó facilitando la llegada del fascismo. Sirva esto de enseñanza a los giolittistas actuales.
[9] Formulada por Daren Azemoglu y James Robinson, Why nations fail.
[10] O de la nación.

Imágenes: 1) Busto de Gaetano Mosca; 2) El conde Gobineau; 3) El palacio Montecitorio, sede de la Cámara de Diputados; 4) Giolitti.

5 comentarios:

viejecita dijo...

Profesor Navarth
Me ha gustado muchísimo este comentario.
Como soy más bruta que un arado, no conocía ni a Mosca, ni a Pareto, ni a Michels ( sí que conocía a Montesquieu y a Sartori, pero a este último, lo leí ya de vieja, y me aburrió muchísimo ).
El caso es que me ha encantado , y que estoy deseando que aparezcan nuevos capítulos.

Lo que me ha hecho especial ilusión ha sido lo de

las semejanzas psíquicas entre los hombres son enormes, y existe una gran estabilidad de sus emociones a lo largo del espacio y el tiempo:

Porque viene a desmentir eso de que los hombres se han hecho "mejores", a través del tiempo. Y que el famoso Progreso, consista en ese perfeccionamiento de los individuos.
Para mí, El Progreso es puramente material ; son las vacunas, los antibióticos , la electricidad , las lavadoras... Que han cambiado el mundo, haciéndolo más amable y más cómodo para todos, y, por tanto también para los individuos, pero esos siguen siendo como siempre fueron, ...

Muchas Gracias

navarth dijo...

Viejecita, el más conocido es Pareto, que además de sociólogo era economista. De hecho es más conocido en economía por funciones como el “óptimo de Pareto”.

En efecto, que los hombres han mejorado en su conjunto es difícil de defender contemplando la historia el siglo XX. Lo que sí creo es que en todas las sociedades, en todos los tiempos y lugares, hay personas que se esfuerzan por ser mejores. Eso sí, son siempre una minoría. Un abrazo.

Carlota dijo...

Magnífico, Navarth.
Imposible, para mí, no ver a Maquiavelo inspirando a sus paisanos, y, casi coetáneo, al mismísimo Ortega en su conocida cita de "El espectador", 1927:

“Democracia y liberalismo son dos respuestas a dos cuestiones de derecho político completamente distintas.

La democracia responde a esta pregunta: ¿Quién debe ejercer el poder público? La respuesta es: el ejercicio del Poder público corresponde a la colectividad de los ciudadanos…..

El liberalismo, en cambio, responde a esta otra pregunta: Ejerza quienquiera el Poder público, ¿cuáles deben ser los límites de éste?

La respuesta suena así: el Poder público, ejérzalo un autócrata o el pueblo, no puede ser absoluto, sino que las personas tienen derechos previos a toda injerencia del Estado. Es, pues, la tendencia a limitar la intervención del Poder público.”


También Ortega ha corrido una suerte parecida, de olvido, porque, aunque responsable intelectual -y en el pecado tuvo la penitencia- del experimento republicano, no resulta muy homologable para el 'fundamentalismo democrático' que constituye parte esencial del consenso socialdemócrata, o sea, común a la casta política turnante en España después de la transición (y aún antes, pues poco menos socialdemócrata e intervencionista era el régimen falangista-tecnocrático del que procede el actual, aunque sí mucho más barato, dados los inmensos costes de organización añadidos por nuestra Constitución para ricos)

Decía Mosca en su tiempo que estaba lejos el advenimiento de una élite cultivada o intelectual. ¡Qué podemos decir nosotros en esta triste hora de España, en la que Mariano, Alfredo y otros aun peores okupan el lugar reservado a la élite!
Es tremendo. Y no soy tremendista.

viejecita dijo...

Doña Carlota
Los políticos puede que intenten "okupar " el lugar y el cometido de las élites, pero, ya siento, tienen de élite lo que yo de china.

Las élites , hoy en día, están en algunos blogs donde se piensa y se discute, y sus mejores ejemplos están personificados en algunos hombres y mujeres justos, , a los que no les ha importado jugarse destierros, expulsiones, e intento de desprestigio por parte de esos politicastros, por desvelar los abusos de poder de los que parten el bacalao.

Lo que pasa es que todavía esas élites son muy recientes, y no han hecho "mancha de aceite", pero los que ejercen el poder saben que contra ellos no pueden. Por eso les tienen tanto miedo y les ponen tantas trabas...
Pero es una cuestión de tiempo. No creo que yo vea el advenimiento de esas élites pensantes y liberales , pero espero que les alcance a mis hijos y a mis nietos.

navarth dijo...

Muchas gracias querida Carlota. Y sí, bien visto: a la escuela de los elitistas italianos también se los conoce como maquiavelistas. Muy buena esa definición de Ortega sobre el liberalismo.

Doña Viejecita, lo de las élites cultivadas de Mosca no pasaba de ser una aspiración, un ideal. Ya verá, más claramente con Pareto, como su concepto de élite gobernante no hace referencia a su capacidad, sino simplemente a un hecho objetivo: son las que tienen el poder.

Espero tener mañana la entrada sobre Pareto. Un abrazo.