lunes, 19 de agosto de 2013

SABINO ARANA: LA ENFERMEDAD DEL BRONCE


Por Belosticalle


                «Cuando se sacan a luz los hechos con los nombres de sus autores, no hace falta aplicar a éstos ningún calificativo, porque el lector se encarga de juzgarlos.» (Sabino Arana Goiri, ‘El Bizkaitarra’, Nº 4, dic. 1893)

El 30 de noviembre de 2003, el ya caído o descabalgado preboste del Partido Nacionalista Vasco (PNV), Xavier Arzalluz, se despedía a su estilo  autocrático, inaugurando en Bilbao la primera estatua del fundador Sabino Arana.

Fue idea toda suya. La designación de artista y aprobación del proyecto, suya la elección de emplazamiento, suyo el discursito  inaugural, biliososo como suyo y maleducado, donde no tuvo el detalle de dar las gracias o pedir disculpas a la ciudadanía, por haber  plantado semejante estorbo en lugar público. Presidiendo nada menos que los Jardines de Albia, feudo secular de D. Antonio de Trueba (Benlliure, 1895), hay que ser patán.

Y de pocas luces el Ayuntamiento que lo dio por bueno, imponiendo a la Villa la presencia cotidiana de quien es hoy en día, incluso para el partido político sabiniano, un impresentable en sus escritos.

Porque todo monumento es lo que la palabra dice: un recordatorio. Pues bien, recordemos al estatuario Sabino Arana. No es otro el propósito de esta serie de capítulos entre Navarth y yo, con toda la frustración que supone hurgar en un bronce hueco y una personalidad esquiva. ¿Entonces…? Pues eso: que la estatua está ahí, expuesta al público, y lo menos que puede hacer el transeúnte es preguntarse (ya que nadie se lo explica en la peana) qué méritos nos hizo el tal Sabino para estar donde nos lo han puesto.

Porque toda estatua pública pide una explicación. Y Azcuna nos la debe, como alcalde nuestro que es; aunque a diferencia del de Villar del Río, no nos la piensa pagar.

El Trueba de enfrente, sin ir más lejos. ‘Antón el de los Cantares’, seudónimo del cuentista y cronista del Señorío de Vizcaya, no será gran figura literaria, pero fue un tipo honesto y sobre todo popular, que en su peana ofrece el catálogo de sus pequeñas obras sencillas y sensibleras. Tan popular como lo fue la suscripción que sufragó el monumento.

Pero este otro bronceado, ¿qué pinta aquí?
Fundó un partido político....
Bien, ¿y eso qué?
Deje acabar. No un partido cualquiera. Sabino Arana  fundó el PNV, un partido centenario, el partido-guía.  El Partido. Además nació aquí al lado, en ‘Sabin-Etxea’, la actual sede central del Partido.
Ahí le iba. Lo lógico sería erigir la estatua en ese  solar natal, en el atrio de la sede del partido. Aquí donde está es una publicidad partidista inadmisible.
—  ¿A usted qué le importa, si no le cuesta nada? Esta estatua la costearon los afiliados al partido.
— Pues razón de más para no plantarla en un parque público, como si fuese su  jardín particular. ¿Qué le debe a Sabino Arana quien no sea del PNV ni nacionalista?
—  A Sabino Arana debemos el nombre de Euskadi, la bandera de Euskadi,  el himno de Euskadi.
—  Imposible, señor mío. Euskadi es una comunidad autónoma de España constituida a tenor de la Constitución Española de 1978.  Arana  no pudo nombrar lo que nunca conoció. Además, él renegó de España y de todo lo español, así que mál pudo dedicar himno ni bandera a un ente político basado en la Constitución española. Si algo tuvo que ver la Euzkadi sabiniana con la Euskadi actual, sería como antítesis.
— Es una manera de ver las cosas. Los nacionalistas lo vemos de otro modo.
— Sí, jugando al equívoco con las palabras y los símbolos. Pero es que Sabino, además de antiespañol furibundo, fue un racista xenófobo sembrador de odio entre los vascos contra los ‘maquetos’ españoles y un lenguaraz. Un sujeto así no merece monumento público. Una estatua tiene que ofrecer un minimo de ejemplaridad ciudadana.
— Lo del racismo se ha exagerado. Sabino Arana fue hombre de su tiempo, y entonces todo nacionalismo era xenófobo, incluso racista. ¿Acaso no celebra España el Día de la Raza?
—   ¿Me toma usted el pelo? Esa ‘raza hispana’ (como retórica, discutible) es término inclusivo, no exclusivo. En él entran por igual castellanos, andaluces, gallegos, aragoneses, navarros, catalanes y, por supuesto, vizcaínos y guipuzcoanos… El racismo de Sabino es todo lo contrario: racismo biológico excluyente, hasta negar (con toda razón) la existencia de una raza española, mientras mantiene la suya, la raza vasca, como raíz y principio de todo derecho cívico.
—   
 
El diálogo imaginario podría hacerse interminable. Es así siempre con el nacionalismo. El diálogo que siempre ofrecen y reclaman es de desgaste. Dejémoslo así.

Pero algo hemos aprendido en la imaginaria discusión: la estatua de Sabino no se ha pagado con dinero público ni tampoco con suscripción popular. ¿Cómo pues? Si es cierta la versión nacionalista, Arzalluz habría pasado la gorra por toda la lista de  afiliados al partido, a cambio de sendos ‘sabines’: diplomas personalizados para enmarcar y colgar en la chimenea de la sala, para orgullo de hijos y nietos. Se non e vero...

Al santo por la peana

Nos acercamos con disimulo a la estatua. Es la primera vez que lo hacemos, y nos da reparo, parece que la gente nos observa. Casi de reojo y sin detener el paso leemos la inscripción del bloque que la sostiene:

EUZKOTARREN  ABERRIA  EUZKADI  DA
SABINO ARANA GOIRI
1865 -I- 26   1903-XI-25

Mal empezamos, faltando al respeto al bronceado. Él no quiso firmarse así, sino Goiri eta Arana’ taŕ Sabin. Pero no importa, y hasta lo celebro.  En adelante me permitiré la misma licencia para escribir nombres, apellidos y topónimos vascos con mi ortografía escolar, que fue la tradicional de todos ellos.

Otro tanto cabe decir del lema. El original sería más o menos así: «Euzkotaŕen abeŕija Euzkadi da».

Tercera consideración: qué vida tan corta, 38 años y 10 meses.

En efecto, Sabino Arana murió joven, del síndrome de Addison o ‘enfermedad del bronce’; una degeneración suprarrenal misteriosa en sus causas, que pudo ser debida a tuberculosis, aunque también se ha especulado con la sífilis. No tengo datos de esto último, ni me molesto en buscarlos, porque me da igual.

La  estatua engaña. Sabino no fue el hombre provecto que ella representa, por cierto, con poco parecido físico, como lo demuestra abundante iconografía.

Como obra de arte, qué decir. Al senador peneuvista Iñaki Anasagasti le encantó, porque —sólido criterio estético—  «se entiende a la primera».

Tipológicamente es una estatua anodina, como aquellas romanas antiguas ‘de testa intercambiable’. Ni fu ni fa, entre el paseante desocupado con la mano izquierda bien metida en el bolsillo del pantalón, y el contemplativo con la mirada fija en algún punto del espacio… un punto…

[¡Pero qué punto, madre mía! El balcón de Colón de Larreátegui, 13, 4º izquierda. El balcón del que fue mi despacho editorial durante más de 30 años. Qué coincidencia. Menos mal que ya no trabajo allí.]

Así pues, Sabino Arana vivió poco, y de ese poco, su carrera política se redujo a dos décadas. Debió de ser, según eso, hombre de cerebro fecundo y actividad frenética... Pues no. Por más que la hagiografía lo quiera paliar, Sabino fue, como su hermano y mentor Luis, un señorito bilbaino zángano, que vivió de sus rentas. Y en cuanto a actividades, salvo para enredar, apenas dieron golpe. 

La gandulería de Sabino Arana no fue ninguna imputación de sus enemigos. Él mismo la reconoció a menudo; y no sólo en la intimidad, sino nada menos que en el famoso banquete y discurso de Larrazábal (3 de junio 1893), que fue su debut, su estreno de pantalón largo ante un grupo variopinto de políticos que le invitaron a merendar, por curiosidad y para tomarle las medidas al nuevo líder salvapatria.

Otro día hablaremos de aquella merienda-cena y homilía de marras, en que el nuevo profeta puso a sus anfitriones a caldo. Es de suponer que Sabino sabía lo que decía, y lo que todos pensaban de él, cuando les leyó estas palabras:

          «Por ella [mi Patria] desde hace diez años estoy trabajando: por ella dejé la carrera, pues me parecía indigno el ocupar mi  poca actividad en acopiar bienes de fortuna..., y si hasta ahora tan poco he producido, ha sido por la negativa pasión de la pereza, que por desdicha largas temporadas me ha tenido dominado. Efecto de esa pasión...  Unos cuantos folletos y el opúsculo ‘Bizkaya por su independencia’ es cuanto mi pluma hasta el presente ha dado a la publicidad.»

El propio Sabino reconocía sin rubor que en su vida leyó muy poco, y que si por casualidad abría un libro raramente llegaba a terminarlo. Pues lo mismo en todo lo demás. ¿Y por qué había de ruborizarse, si esa era su manera de afirmar su originalidad absoluta?

Pero volvamos a la lacónica peana. ¿Qué dice el lema? Traducido del euzkera sabiniano, esto dice, ni más ni menos: 

«El aberri de los euzkotarras es Euzkadi»

¡Pero eso no es una traducción! Cierto, no lo es, porque tampoco el original es vascuence. Ningún vascongado de cuna en su tiempo lo pudo entender sin comentario; porque quitado el verbo sustantivo, las otras tres palabras fueron invento de Sabino: aberri, Euzadi, euzkotarra. ¿En qué neoparla o jerigonza se inscribe, pues, el principio y fundamente y quintaesencia de toda la doctrina del hombre de la estatua?

Ya esta primera muestra grabada en la piedra pone de relieve la personalidad incongruente del tipo de la mano en el bolsillo. Enuncia este su primer teorema sobre un pueblo multimilenario, y de entrada hete con que ese pueblo no tiene nombre. Un pueblo con lengua propia, la mas antigua de Europa y una de las más antiguas y perfectas del mundo, y resulta  que esa lengua no tiene palabras para expresar los pensamientos de Sabino.

Aberri: ‘la tierra o pueblo de ab’, ¿cómo se come eso? Pero si es muy fácil: si  abizen (ab-izen, el ‘nombre de ab’) —otro invento sabiniano—  quiere decir ‘nombre patrio, apellido’, entonces aberri (ab-erri), ha de ser ‘tierra patria, la patria’. Aun así, ¿de dónde ha salido ese ab o aba, ‘padre’, más arameo que vasco?

Las otra dos palabras también se las traen. Para Sabino, ni siquiera existía un equivalente vasco para decir ‘vasco’. Cierto, había una forma tradicional de designar el país y pueblo vasco:  Euscalerria (o Euscal Herria, también Escual Herria). Pero por alguna razón ese término no agradó al demiurgo, cuya mollera emanó el verdadero nombre de la cosa, digo, de lo vasco: euzk(o).

Dijo, pues, el demiurgo: «Haya Euzkadi». Y Euzkadi fue.  Volvió a decir el demiurgo: «Puéblese Euzkadi de euzkotarras, oriundos de Euzkadi». Y las cumbres y valles y tierra llana y costas de Euzkadi bulleron de gente ezkotarra, hombres y mujeres primigenios en el paraíso primigenio. Y hubo ocaso y hubo aurora. Era el día primero.

De ese modo el demiurgo, con toda soltura y desparpajo, fue cubriendo las carencias y tapando las vergüenzas de la geografía y de la lengua primigenia y perfecta. Y del mismo modo que Adán, según el Génesis «pasó revista a todas las criaturas poniéndoles nombre, y el nombre que Adán les impuso era el verdadero», así también el adanismo sabiniano dio para todo un diccionario vasco de neologismos para las ocurrentsias que iba creando.

Y una de las primeras fue Euzkadi, término formado por aglutinación de dos elementos, euzk-adi, donde -adi aporta la idea de conjunto o agrupamiento. Euzkadi, el conjunto de los vascos.

De los verdaderos vascos, para ser más exactos. Euzkadi no era, ni es para los patriotas vascos, lo que hoy entendemos por ‘sociedad vasca’, ni con mucho. Euscalerría estaba toda infiltrada de maketos y de vascos espurios. La verdadera Euzkadi es como la verdera Iglesia:  no el mogollón de toda la ciudadanía, sino sólo el cogollito de los predestinados, reconocibles entre ellos por la marca de adhesión al ideario sabiniano.

Al término Euzkadi, o Euskadi (como se impuso), se le ha reprochado de forma un tanto puntillosa esa terminación, -adi (o -di), propia de conjuntos vegetales, como si los vascos de Sabino fuesen alguna especie arbórea, fruticosa o herbácea. «El follaje vasco», que escribió aquí una vez D. Luigi. Supongo que nuestro demiurgo produjo su euzkadi sobre la falsilla de gizadi, gentío, y mi reserva, más que por lo botánico, va por el carácter amorfo, inorgánico, de ese conjunto que ni merece el nombre de sociedad.

Obras completas: el empujón del vago

En 1893, tras una década de trabajo patriótico, un indolente Sabino Arana se reconocía en público como pensador prácticamente ágrafo. Diez años después, enfermo grave de un mal incapacitante, decae y en pocos meses fallece. En este intervalo, sin embargo, desarrolló una actividad literaria que da para unas 2.500 páginas por lo menos, en las ediciones de sus Obras Completas.

La cosa es más notable, por cuanto que toda esa producción no incluye ningún libro ni trabajo de aliento –a menos que entendamos por tal la confección de cuadros gramaticales del vascuence, como ejercicio de oposición (frustrado) a una cátedra de esta lengua suya propia, que nuestro hombre desconocía por completo y nunca llegó a hablar con soltura. Otro día vemos esto.

Sabino ‘al completo’ se editó primero en Buenos Aires (1965), y nuevamente en San Sebastián (Sendoa, 1980, 3 tomos). Bien presentado, pero asaz caro para el bolsillo medio. Existe una gran Fundación ‘Sabino Arana’, entre otras cosas depositaria de los textos sabinianos, la cual debería tener como primer compromiso una edición crítica con garantías. Lejos de ello, se reserva el derecho de admisión y acceso a sus depósitos, y para el público sólo ha publicado antologías ‘ad usum delphini’.

Es verdad, por tanto, que «esos textos siguen en las catacumbas», aunque esto lo diga José Dueso, autor de una Antología de Sabino Arana (Roger, 1999). Y digo ‘aunque’, porque para este colaborador habitual de ‘Gara’, la culpa de que se interprete mal al buen Sabino la tienen sobre todo los españoles, que por sistema le sacan de contexto. ¡Con lo interesante, revelador  y hasta ameno que es Arana leído en directo!

Obras completas, tres tomazos y muy variados, en prosa y en verso . ¿Con que de un empellón el perezoso cambió las ‘ociosas plumas’ por la de escribir y se volvió polígrafo? Sólo a su aire. Siguió tan superficial como siempre y tan reiterativo como un molinillo de oración dándole vueltas a los mismos mantras. Mantras  insultantes, hay que añadir. Insultantes a España, ofensivos al maqueto, desde luego; pero sobre todo insultantes a la razón, a la inteligencia y al civismo.

Al emprender esta incursión por andurriales tan ingratos, tanto mi socio como yo hemos tomado como brújula la frase de nuestro hombre que encabeza este artículo. Cuando un ciudadano se convierte en bronce hay que escuchar cómo suena. Y si alguna frase suena a cuerda de horca, el contexto de la misma  es para el autor como su propio cuerpo, que le aprieta el nudo corredizo.

4 comentarios:

viejecita dijo...

Don Navarth
Quería haber entrado aquí primero, pero usted ha querido dejar bien claro que el autor del texto de hoy es el Profesor Belosticalle , y no lo ha traído a su blog hasta casi la noche...

Pues me da igual. No voy a repetir lo mismo que ya he dicho en el blog con el que colabora .
Sólo que me encanta , que el Profesor Belosticalle ha dicho que la idea es de usted, que si no fuera por usted, él no la hubiera emprendido, y que:
¡ Haga usted el favor de no ser tan humilde ! ¡Caray !, ¡ que sus series son divertidísimas, y que tendrá usted pocos años ( podría ser perfectamente hijo mío ), pero talento le sobra !

Pues eso

navarth dijo...

Ah, Doña Viejecita, muchas gracias. Pero no me dirá que entrada de Don Belosti no ha sido espectacular. Me ha puesto el listón muy alto. Un abrazo.

viejecita dijo...

Don Navarth
Cuanto más alto esté el listón, mejor se cruza bailando debajo... ¿ por qué va a haber que saltar por encima ?

Belosticalle dijo...

Me parece que el verdadero listón alto ya lo puso Juaristi, y algo le comenté al respecto al amigo Navarth cuando me reveló su proyecto.

Bailemos, pues, entrambos sin peligro alguno para nuestros respectivos cascos (el de arriba y los inferiores), muy por debajo de ese listón estratosférico.

Y que el buen Jon, tan samaritano como judío, nos eche una mano piadosa, si en esta bajada a Jericó tropezamos por el desierto. Que tropezaremos (yo por lo menos).

Sigo creyendo, con todo (como quien se cura en salud), que la aproximación primaria, ingenua, cándorosa de mi colega a los textos sabinianos le otorga cierta ventaja sobre un resabiado como yo para la ironía inocente, que es de todas la más eficaz y la más temible.