domingo, 13 de septiembre de 2009

LA LISTA. (Decepcion. Marcel Langenegger. 2008)




Ewan McGregor es un auditor bastante pardillo, cualidad que es adivinada por el espectador en cuanto ve su flequillo inverosímil y sus gafas. Un día, trabajando hasta altas horas de la noche en la empresa que está auditando, conoce a Hugh Jackman, que también trabaja allí y es un tipo arrebatador. A partir de aquí se produce la previsible historia a través de la cual McGregor va descubriendo, de la mano de Jackman (en sentido figurado), un mundo mucho más interesante que aquél por el que hasta ese momento se deslizaba su existencia anodina. Un día intercambian, aparentemente sin querer, sus móviles, y esa misma noche McGregor recibe una llamada que lo convoca a una cita. Resulta que Jackman está inmerso en un club de sexo, en el que los participantes, todos ellos de un alto status económico, quedan para mantener fugaces y anónimos contactos eróticos. Así que McGregor se dedica a gorronear todo lo que puede el teléfono de Jackman, lo que permite descubrir al desolado espectador que, además del flequillo inaudito, acostumbra a llevar calzoncillos cortos tipo Ocean. En una de esas citas conoce a una atractiva joven (en realidad todas las participantes del club parecen estar bastante buenas, lo que resulta un tanto inverosímil). Inmerso en una música empalagosa, McGregor se enamora tontamente de ella, y ésta accede a una segunda cita. Una vez en el hotel McGregor, ataviado con los inexorables calzoncillos cortos, va a por hielo, y al volver, en rápida secuencia, descubre unas manchas de sangre en la cama, recibe un porrazo, y queda inconsciente; al despertar la chica ha desaparecido. Tras llamar a la policía, ésta no encuentra ni rastro de la chica, ni tampoco de la sangre, lo que induce al espectador a dudar de la cordura de McGregor. ¿Es posible que todo fuera una fabulación, y que la película fuera similar a ‘una mente maravillosa’ pero con putas? Pues no. Jackman, que obviamente es quien está detrás de todo, se pone inmediatamente en contacto con McGregor y le expone sus condiciones para devolverle a la chica. Se trata de que, aprovechándose de su condición de auditor, transfiera unos fondos de una empresa a su cuenta particular (el guionista pasa de puntillas sobre toda esta parte de la trama, así que no me veo obligado a profundizar en los detalles) ¿Y cuál es el banco al que deben ser transferidos los fondos? Nada menos que el Banco Nacional de San Sebastián (tal cuál) que encima tiene una oficina en Madrid. Y allí se van. Renuncio a contarles el resto porque tampoco merece la pena, pero quiero mencionar dos detalles accesorios: 1) el director presenta una imagen de Madrid muy fotogénica y calida, con vejetes en los cafés y niños en los parques; 2) por alguna razón, en cuanto llega a la capital del reino McGregor se siente obligado a ponerse una chupa de taxista, lo que me resulta de manera vaga un poco insultante.

2 comentarios:

Monsieur de Sans-Foy dijo...

Dilecto Señor de Navarth y Bearn:

Leerle es siempre un placer. Es Vd. como Stefan Zweig: siempre ameno e interesante, con independencia de lo que escriba.

Sus cualidades narrativas me parecen especialmente adecuadas para hacer crítica cinematográfica de pelis malas: osea, casi todas.

Lástima que no sea Vd. cocinero. Nadie es perfecto. ¿Qué tal prepara los cubatas?

navarth dijo...

Querido Monsieur de Sans Foy, muchas y sinceras gracias. Es cierto que suelo hacer únicamente críticas de películas malas o, al menos, de aquellas que tienen algún aspecto involuntariamente cómico o estrafalario, lo que, ciertamente, me proporciona un campo ilimitado. Lo de cocinar lo llevo peor, porque como llevo mucho tiempo viviendo en Mallorca la naturaleza me ha bendecido con un paladar de corcho. Sin embargo, hago una aceptable caipiriña. Un abrazo.