martes, 5 de mayo de 2009

UN SUEÑO BEATNIK

Ana y yo estábamos en nuestra casa, que no coincidía con la que habitamos en la realidad. Esta era, más bien, la de unos parientes en Zaragoza, aunque con una terraza mucho más grande. Un día aparecía Steve McQueen, e inmediatamente nacía una recíproca corriente de simpatía, a pesar de que tenía la desagradable costumbre de poner los pies calzados con botas encima de los sofás. Hay que aclarar que la simpatía no provenía del hecho de tratarse de Steve McQueen, pues dentro del sueño no éramos conscientes de esta cualidad o, más bien, era irrelevante. El caso es que, como teníamos una habitación libre, se la cedíamos. A partir de ese momento las cosas se torcían. Para empezar, Steve McQueen permanecía continuamente recluido en su cuarto, pero nosotros comenzábamos a percibir sutiles diferencias en otras habitaciones, e incluso evidentes daños, que necesariamente eran imputables a él. Además, McQueen comenzaba a recibir continuamente visitas que, en realidad, parecían revestir un cierto carácter de peregrinación. Conviene describir el aspecto de los peregrinos. Eran jóvenes, aunque limpios, con el pelo largo y la vestimenta cuidadosamente descuidada. Un buen día llegábamos a casa y la encontrábamos completamente abarrotada. Y, a todo esto, McQueen continuaba sin dar señales de vida. Enfadado, me dirigía a su cuarto, que casi desde el comienzo había permanecido cerrado. McQueen abría la puerta, y de este modo se revelaba cuál había sido su tarea secreta: había estado pintándolo. Los frescos recordaban el estilo de David Hocney, pero el efecto era absolutamente cautivador. Por otra parte, los visitantes habían comenzado a decorar el resto de las habitaciones, con los mismos impactantes resultados. Además, habían organizado una larga mesa en la terraza, y se encargaban de proporcionar comida a un ritmo ininterrumpido. Nosotros estábamos encantados, y nos acoplábamos al ritmo de comidas. Recibíamos, además, continuas visitas de nuestros amigos, que se maravillaban del avance de los trabajos. Un buen día nos levantábamos y comprobábamos que la obra había finalizado, y que McQueen y sus amigos habían desaparecido, aunque dejando todo en perfecto orden.

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