miércoles, 25 de febrero de 2009

SOBRE LA REINSERCIÓN Y LAS VÍCTIMAS

Con frecuencia, el debate entre los partidarios de la reinserción a ultranza y los que opinan que ésta debe subordinarse al cumplimiento previo de penas acordes con la magnitud del daño causado, acaba convirtiéndose en una discusión llena de actitudes implícitas y frases solemnes, en la que los partidarios de la reinserción, que normalmente no son víctimas, suelen adoptar un aire de portadores de la virtud derivado de su preocupación por el futuro del delincuente. El daño causado es irreversible, parecen decir, pero aún podemos salvar al descarriado, y acompañan esta postura con argumentos del tipo de “condenas más severas no devolverán la vida de X”. Este posicionamiento deja en mala situación a los partidarios del cumplimiento íntegro de las condenas o del endurecimiento de las mismas, pues los hace parecer cavernícolas vengativos (lo que, por cierto, hace que con frecuencia se avergüencen de exigir una justa retribución del daño causado y cambien el fundamento del discurso hacia una prevención a futuro: “queremos que esté mucho tiempo en la cárcel para que no cause más daño”)
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El resultado es evidente: la excesiva preocupación por la reinserción termina pasando por alto los intereses de las víctimas, y añade al daño causado por el delincuente un doble insulto: el derivado de la supuesta superioridad moral que asumen los defensores de la reinserción, y la evidencia de que la sociedad, que en ese asunto se expresa a través de la condena aplicada, otorga un escaso valor al bien dañado, es decir, a las víctimas.

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