Casi sin resistencia se ha instalado una religión en nuestras sociedades. Es religión porque tiene todos sus ingredientes: sirve de guía espiritual y proporciona sentido a la vida; exige adhesión a los dogmas; permite la exhibición virtuosa y la estigmatización del hereje, lo que, a su vez, permite el ascenso en estatus. Para los que nos hartamos de decir que somos liberales, debería ser una preocupación: es nuestra mayor amenaza interna. Y, a diferencia de las religiones tradicionales, con esta no hay separación entre Iglesia y estado: ya tiene incluso un Ministerio. Esta religión posmoderna es intolerante; aborrece la disidencia y proscribe la libre expresión; elimina la igualdad; sustituye la persona por el grupo identitario; desconfía de la razón. Y es especialmente insidiosa porque se camufla tras las banderas de causas justas. Por esa razón, los que perciben el peligro no se atreven a alzar la voz porque saben lo sencillo que es convertirlos en espantapájaros y triturarlos. El wokismo y el ecologismo-gretista son los temas fundamentales de esta religión posmoderna que, de paso, por ciertas inercias históricas, odia a occidente: sus herejes son siempre autóctonos.
En fin, estas cosas religiosas -como pone en evidencia el hilo de Shellenberger- acaban teniendo un enorme impacto en el mundo real.
“ La política debería ser realista; la política debería ser idealista. Estos dos principios son verdaderos cuando se complementan, y falsos por separado. ” Johann K. Bluntschli
La política puede contemplarse desde una perspectiva ideal y otra real. O bien prescriptiva (lo que debe ser) y descriptiva (lo que es). Lo importante es destacar que, cuando el análisis se acomete exclusivamente desde una de las perspectivas, el error (o el desastre, cuando se tiene poder efectivo) están garantizados. De paso, sospecho que cuando políticos poco escrupulosos llegan al poder, y acceden a un conocimiento privilegiado de la política real, el efecto es devastador. Es fácil que estos políticos lleguen rápidamente a la conclusión de que toda la política es real, y olviden con la misma velocidad el plano ideal o prescriptivo. El político así liberado de escrúpulos pensará que todos los que continúan contemplando la política desde una perspectiva de valores son meros ingenuos, y que él no es un si...
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